domingo, 18 de noviembre de 2007

El tren que no llegaba

cuentos

Estaba sentado en un banco de la estación de trenes; en ese momento, su mirada estaba perdida en un punto inexistente del horizonte.

Era un hombre joven, pero su semblante denotaba la dura vida que le había tocado en suerte.

Era el único ocupante del andén. Un empleado de la boletería era la segunda forma humana que se encontraba allí – pero se hallaba dentro de su cabina, aislado de aquel joven.

El hombre se miró las manos, estaban ajadas, deterioradas como las manos de cualquier trabajador manual; se acomodó el botón de la camisa (que aunque se notaba vieja, estaba muy limpia) y carraspeó como para aclarar la voz.

Cualquiera que lo viese pensaría que era un ser insignificante, que no llamaba la atención; quizás fuese así…pero sólo él sabía el por qué de su importancia en ese lugar.

Nada podía sacarlo de sus pensamientos; inclusive la mujer que llegó con esa niñita gritona que lo miraba desafiante. Apenas levantó la mirada para verlas discutir entre ellas y luego volvió a sumergirse en sus propias ideas.

El estaba en su propio mundo…esperando ese tren que no llegaba…

Aunque tuviese que esperar años por esos vagones lo haría; la espera no importaba; sólo deseaba verla por última vez; era su único deseo.

Quizás ella no lo reconociese ¡Tanto tiempo había pasado!. Además nunca lo había visto de traje, pero estaba seguro que aunque el traje fuese pobre (y usado) , ella sentiría orgullo al verlo vestido así.

¡Tantas cosas tenía para decirle que las memorizaba en voz alta por miedo a olvidarlas!

Estaba muy nervioso; sentía sus manos transpiradas, llevaba más de tres horas de espera y el tren no aparecía en el horizonte.

Pensó que ella no podía defraudarlo. Era verdad que se había molestado cuando él decidió dejarla para ir en busca de un futuro mejor para los dos, pero finalmente había logrado reunir una pequeña fortuna con la cual había adquirido su propia casa…¡Ella debería estar feliz por ello!.

Su impaciencia iba en aumento; la mosca que se apoyó en su rostro fue la víctima de sus nervios al estallar su cuerpo en un manotazo brusco y veloz.

Sintió un ruido extraño pero esperado…parecí a ser el tren que se acercaba; ese tren que parecía no llegar jamás, finalmente aparecía ente sus ojos.

Se paró de su asiento como si tuviese un resorte dentro y con pasos bruscos y largos se acercó a la orilla del andén.

Cuando vio al guarda que se asomaba de uno de los vagones de pasajeros, corrió a su encuentro. Jadeando llegó a él.



--¿Señor Pérez? –preguntó el guarda.

--Sí, sí, soy yo, soy Pérez…--respondió apurado-- ¿vino ella? ¿llegó?...

--Sí señor, ya llegó. Está en el último vagón de carga.



El joven corrió con toda la velocidad que sus piernas pudieron darle; llegó en el momento en que dos empleados descorrían la compuerta del vagón. Ella quedó al descubierto; finalmente pudo verla.

Allí estaba: el cajón que contenía los restos de su madre finalmente llegaba a reunirse con él.





Liliana Varela 2006

lunes, 12 de noviembre de 2007

LA DEUDA PÚBLICA

Don Antonio siempre fue un hombre volcado en los asuntos públicos de Villabermeja. Don Antonio, hombre de carácter noble y sencillo, se adornaba, además, de cuantas cualidades hacen de un empresario honesto la víctima ideal de un ayuntamiento.

No menos de diez obras de gran envergadura había realizado para la Corporación Municipal durante la última legislatura. Esto suponía un montante de dos millones de euros, céntimo arriba, céntimo abajo.

Y como una corporación que se precie no puede ni debe carecer de sus correspondientes deudas millonarias, he aquí a nuestro protagonista convertido en uno de los principales acreedores de las arcas municipales, cosa que, al decir del señor Alcalde de la localidad, era un honor para don Antonio.

-Considere, amigo, que todos y cada uno de los vecinos están en deuda con usted, y eso, bien considerado, es motivo más que suficiente para que se sienta orgulloso de su comunidad.

Después de múltiples intentos por recuperar el capital invertido en obras municipales, nuestro respetado don Antonio acabó por considerar aquellos dos millones de euros más perdidos que su bisabuelo, que en gloria esté.

Y no fue esto lo malo, sino que, por impago del Impuesto Municipal de Circulación de su motocicleta, fueron embargados por la Hacienda Local los pocos ahorros que le quedaban. Así pues, ingresó con todos los honores en la prestigiosa lista negra de la banca nacional.

A partir de ese momento el grifo de los préstamos se cerró sobre su antigua cuenta corriente como se cerraba una pirámide imperial egipcia después de acoger en su seno el cuerpo de un faraón.

Esto acabó por convertir a don Antonio en un hombre ensimismado, huraño y, lo que es peor, pobre como una rata. Avergonzado de su situación, un día, tomó las pocas pertenencias que le quedaban y abandonó el lugar dejando a su hijo como toda herencia un cepillo y una vieja caja de limpiabotas.

Algunos vecinos del lugar afirman que don Antonio había sido visto deambulando entre mendigos por las plazas de algunos pueblos vecinos. Incluso hubo quien afirmaba que, gracias a su tesón, había recuperado parte de su maltrecha economía, y se había convertido en un hombre de negocios respetado entre sus nuevos conciudadanos en una villa no muy lejana.

Sin embargo, la realidad, mucho más cruel que la fantasía, devolvió las cosas a su sitio. Don Antonio malvivía en una aldea próxima dedicado a la realización de pequeñas chapuzas de albañilería, fontanería y similares. Que eso fue lo único que le quedó de su antigua profesión: unos conocimientos básicos de las tareas relacionadas con el mundo de la construcción.

Como quiera que nuestro amigo, a pesar de los vapuleos que le había proporcionado la clase política, aún se consideraba un ciudadano responsable, he aquí que el gobierno de la nación convocó elecciones generales. Don Antonio -"Antoñito el chapucero" para sus nuevos paisanos-, considerándose obligado a ejercer su derecho inalienable a votar, tuvo a bien depositar su voto por correo.

-Votaré a quien defienda mejor mis derechos –comentó a un limpiabotas- . O sea, que votaré al partido que prometa mantenerse lo más alejado posible de la ciudadanía en general y de mi persona en particular.

Todo transcurría durante aquella campaña electoral con absoluta normalidad: insultos entre candidatos, promesas falsas, coloquios en los que no se permitían preguntas a los votantes, carteles ensuciando todas las paredes del pueblo... En fin, nada destacable.

Y llegó el día de las elecciones. Quiso la fortuna que el señor Alcalde actuase de interventor en la mesa electoral a la que pertenecía don Antonio. Emocionado al comprobar el ejemplo de ciudadanía y responsabilidad de don Antonio, el señor Acalde sintió cómo un extraño cosquilleo recorría su espina dorsal hasta despertar sus células grises, cosa sumamente extraña en un ciudadano dedicado, como él, a la vida pública.

¿Consecuencias de aquel cosquilleo que algunos llaman conciencia? El señor Alcalde, tomando nota de la dirección actual de don Antonio, decidió dirigirle un escrito que supondría una ayuda moral para tan respetable ciudadano.

Pasaban los días en su lento devenir recorriendo los oscuros horizontes de aquella comarca sin más noticias destacables que la victoria electoral del partido de costumbre. Gracias a la tacañería de las arcas municipales, la corporación se permitía el lujo de contar en aquellos momentos con algo de liquidez. Una mañana, hojeando el periódico mientras desayunaba en el bar de la esquina, el señor Alcalde detuvo su mirada sobre una fotografía que ocupaba el último rincón de la página de sucesos.

Las palabras brotaron de su boca en un leve susurro mientras leía la noticia:

Un mendigo, conocido como "Antoñito el chapucero", ha aparecido muerto esta mañana en un banco de la Plaza Mayor de Villavieja de los Burros. El hombre falleció de un ataque al corazón mientras leía una carta. La referida misiva, que tenía el remite de una localidad vecina, era del siguiente tenor:

Querido amigo:

El Alcalde Presidente de esta Corporación Municipal tiene el honor de dirigirse a usted para comunicarle que deberá pasar con la mayor antelación posible por las oficinas de Intervención de Fondos del Ilustre Ayuntamiento de Villabermeja con el fin de liquidar las deudas que dicha Corporación tiene pendientes con su empresa desde...

Muy compungido ante el grave suceso, el señor Alcalde hizo en aquel momento un voto que jamás rompería:

-Nunca más pagaré una deuda municipal. Pobrecito, qué mal rato se llevaría al verse solo y con dos millones de euros. Para que viniese un ladrón...





Manuel Cubero Urbano

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Don Manuel y doña Pepa

cuentos
(Carolina González Velásquez)

Todos los días a la misma hora, doña pepa se dirige al mercadito que esta a dos calles de su casa, a hacer las compras para preparar el almuerzo.
"Ella es una señora como las de antes", dice don Manuel, el verdulero, que todos los días surte a doña pepa de lo necesario para prepara sus guisos que han de nutrir a la familia, a la pequeña María que siempre la acompaña a las compras, a su esposo (que no le sabe el nombre por que siempre lo llama "mi marido") que trabaja arduamente en el hospital hasta tarde, pero tampoco sabe en qué, no le ha preguntado, por que qué tiene el que preguntar nada y a "su niño", su orgullo, "niño tan empeñoso, que estudia durante el día y trabaja los fines de semana por las noches para ayudar a sus padres a pagar su carrera en la universidad, por que el estudia pedagogía en a mejor universidad de la ciudad, por que era el mejor alumno en su enseñanza media y tiene media beca"
Todos los días entablan una pequeña charla, desde temas triviales como el clima, pasando por la historia de alguna vecina o sus propias vidas, por que en esos paseos por el mercadito, los clientes y los "caseros", siempre tiene algo que decir y la habitualidad de las visitas hace que se cree una pequeña intimidad.
Cuando hablan de los hijos, el tema se alarga, quejas y orgullos, depende de que sea que están hablando, cuando el orgullo, ambos padres dictan cátedra de las bondades de sus vástagos, don Manuel, habla de su niña, la mayor, la que le llena el alma, ella tan linda, tan bien educada por su esposa, es artista, quería estudiar arte, pero la vida no está para vivir por simple amor al arte y le habían convencido de estudiar traducción interprete, por que el inglés doña Pepa, se usa en todo el mundo y trabajo no le va a faltar, tiene buenas notas, por que es estudiosa, así que cuando tiene tiempo se encierra a hacer esas cosas que a ella le gusta.
Su niño, es un ángel de hijo, no sabe como se las arregla para ser de los mejores de su clase, entre los estudios y el trabajo en el pub.
Ya lo quisiera como yerno, dice don Manuel a doña Pepa, un joven bien educado, trabajador y estudioso, no como el pololito de mi hija, ese chascón con aro en la oreja, siempre con ojeras y que trae tan tarde a mi hija a la casa los fines de semana, nunca se viste decente, para mi que es un vago, mi hija dice que estudia, pero con esa pinta ¡¡¡que va a estudiar!!!, yo no digo mucho, por que mi hija espera viajar a Estados Unidos cuando termine la carrera y yo espero que encuentre un buen marido por esos lados, usted sabe doña Pepa que los pololeos de los jóvenes no duran mucho tiempo y menos de lejos…
Tenemos el mismo problema Don Manuel, la polola de mi hijo es una loca, siempre de jeans y polera, y llama a mi hijo a la casa cuando está estudiando, las pocas veces que va a la casa, siempre tiene restos de pintura entre las uñas, por que la chica es pintora y como dice usted, ¿Quién puede vivir del arte en estos días?, se pasa el fin de semana en fiestas, por que va al mismo pub donde trabaja mi hijo y la muy fresca lo espera para que él la lleve a su casa y él sale de madrugada, una niña decente se retira temprano a su casa, ya quisiera yo una niña tranquila como su hija de nuera. Al igual que usted, espero que, cuando mi hijo empiece a dar clases, encuentre una buena chica, como su hija tal vez, para que me de nietos, tengo la esperanza que el dichoso pololeo dure lo que duran las relaciones de los jóvenes de ahora, pero mi niño es distinto y a veces me asusta que la chica se embarace para amarrar a mi hijo, que es lo que hacen las chicas locas, usted ve, como es él, es un buen partido, cualquier loca lo quisiera, si las niñas buenas no abundan don Manuel.
Y se despiden hasta le siguiente día.
Un día de éstos deberíamos presentarnos a nuestros hijos, quien sabe, tal vez se gusten y terminemos de consuegros, dice doña Pepa a don Manuel, no es mala idea doña Pepa, pero creo que es algo tarde, mi hija quiere reunir a la familia de su pololo y la nuestra para hablar de la relación de ambos, yo me opongo, pero vamos a ver que sale de todo esto, yo pensaba que ese muchachote no tenía familia, pero ya ve, uno se equivoca.
Curioso don Manuel, mi hijo me ha dicho lo mismo, nos vamos a juntar con la familia de la polola a hablar de la relación de ambos, creo que el se quiere casar, no ha dicho nada, pero esperemos a ver que pasa, de todos modos me opondré a cualquier cosa.
El sábado don Manuel Y doña Pepa, se encontraron en un restaurante de la ciudad, sentada a su lado, la pequeña María, ¿Qué anda haciendo por estos lados doña Pepa?, aquí, en reunión familiar don Manuel ¿y Usted?, misma cosa doña Pepa y ambos se rieron y mientras se presentaban a sus respectivos cónyuges.
Un minuto más tarde, la hija de don Manuel, entra de la mano del hijo de doña Pepa, tres minutos después, don Manuel y doña Pepa, estaban atónitos tras la noticia, que serían abuelos y que ellos vivirían juntos por que no tenían intención de casarse.

sábado, 3 de noviembre de 2007

EL JUGADOR

Hoy ha sido demasiado para mí. Luisita, sabes muy bien que, desde que nos casamos, pocas son las veces que hemos tenido problemas realmente graves.
Ya ves, mi gran preocupación cuando nos enamoramos era que iba a tener que olvidarme del fútbol los domingos. Pues llegó el primer domingo que salimos por la tarde y no se te ocurre otra cosa que decirme que te encantaría ir a ver el partido del Betis. ¡Del Betis, nada menos, Dios mío!
El alborozo me hizo dar tal cantidad de saltos que las personas que caminaban a nuestro lado llegaron a confundirme con un canguro.
Pero no quedó ahí la cosa. ¿Recuerdas el invierno aquel en que llovió más que cuando se ahogó “Bigotes”? Entonces fui yo quien se planteó la idea de proponerte, con el miedo metido hasta los tuétanos, que una partidita de tute subastado sería una buena posibilidad para entretener aquellas tardes frías y grises...
Llegamos al estanco a comprar un paquete de tabaco, distraídamente, como quien no quiere la cosa, cogí una baraja de cartas, la acaricié sintiendo, en ellas, la calidez de una piel femenina... Tú, mirándolas de forma arrobada, me las arrebataste de entre las manos para continuar las caricias que casi a hurtadillas yo les había regalado.
Con la más inocente de las intenciones me preguntaste si sabía jugar al tute subastado. Sin poder contener la emoción, me limité a proponerte echar una partidita y contarte alguno de los trucos de aquel juego...
En la primera partida, cantaste las cuarenta, las veinte en espadas, las diez de últimas y, para más INRI, me comiste los cuatro treses... Desde entonces, nunca nos han faltado nuestras partidillas de sobremesa, nuestras inocentes apuestas de un par de euros para darle algo más de emoción al juego...
A partir de ahí, todo fue una serie de coincidencias que hacían de nuestra vida un continuo encuentro de placeres comunes. Si el Rock era una de mis preferencias musicales, a ti te encantaba Elvis. Si tú disfrutabas visitando el Museo del Prado, Velázquez era para mí un artista inconmensurable.
El año que yo quería pasar las vacaciones en los Pirineos, antes de que yo te dijese la más mínima palabra, tú te presentaste el día de mi santo con todo un equipo de montaña...
Y hoy... Hoy precisamente, cuando se cumplen nuestras Bodas de Plata, has venido a poner sobre la mesa, con toda la crudeza de que eras capaz, una desconfianza hacia mi persona que nunca pude imaginar. Sí, tú, mi amada Luisita, mostrando tu desconfianza, preguntándome qué he hecho de los últimos veinte euros que me diste. Tú, mi amada Luisita, culpándome de derrochón, cuando sabes que miro por el último céntimo como si fuese mi alma...
Sí. Luisita, sí. Hoy me has herido en lo más profundo de mi ser. Tu desconfianza me ha parecido totalmente injustificada, y te lo voy a explicar de la forma más clara posible:
¿No has observado que hoy tienes en tu monedero veinte euros más? ¿Acaso no recuerdas que ayer, en la última partida de tute, me dejaste más pelado que a un quinto?


Manuel Cubero

martes, 30 de octubre de 2007

OTRA VUELTA

cuentos
Versión libérrima del tango

Volvió una noche
Letra Alfredo Le Pera


Costanera Sur, entrada por Belgrano. Me acuerdo, como olvidar. Cómo olvidarla.

Pobre y errante adolescente, estudiante incierto del Krause, en los mediodías exploraba, con algunos compañeros, los recovecos de la costanera. Algunas estudiantes de un liceo cercano, caminatas, apretujones, risas, nada.

O las hamacas del parque, en el boulevard cerca de la vía, la respiración agitada, la adolescencia reclamando por las obreritas de la fábrica, aleteando risas nerviosas, volando en las hamacas, ofrecidas, pidiendo, temiendo.

¿Te empujo? ¡No muy fuerte que me asusto! ¡No tengas miedo, yo te sostengo!

Las manos ardiendo en las caderas ofrecidas, apoyando el empuje desde las nalgas, gritos, risas, pieles erizadas de placer y deseo. Aumentando el envión hasta provocar el grito. ¡Más despacio! Y mis manos sujetándola de los pechos, deteniendo la hamaca y antes del reto, deslizándolas por la cintura, las caderas, los muslos, sosteniéndola hasta la inmovilidad, respirando en su nuca. ¡No tengas miedo, yo te agarro! ¿Otra vuelta? Y reiniciando sin esperar respuesta hasta que el llamado de la fábrica las llevaba volando y riendo.

Lucía (es todo lo que supe de ella), después de los primeros escarceos grupales, terminaba siendo mi pareja. La secundaba en su vuelo como en un Pas de deux litúrgico, quemante, que cortaba el aliento en cada roce de las carnes. Nunca charlamos, ni caminamos juntos, ni nos invitamos a nada. Sólo la danza erótica donde aprendimos, ella y yo, de la tortura y el placer de la sensualidad minuciosa, agónica, de la ronda de dos cuerpos. Entre mediodías sufría de ausencias, llenaba mis noches de insomnios ansiosos.

Hasta que un día me besó en la boca, saltó de la hamaca y se fue. Los días siguientes no vino. A mis preguntas sus amigas contestaban entre risas que no sabían. ¿Me hamacás?, preguntaban, evaluaban. Las hamacaba, manos firmes en los hombros o sosteniendo los brazos, después sentado silencioso en el tobogán. Se burlaban, ellas y ellos. Cuánto la necesitaba.

Un día volvió, silenciosa entre sus compañeras mudas, como un séquito secreto. Me esperó a la distancia. Cuando me acerqué me tomó de la mano y me guió entre los árboles. Fue mía en un ensueño como una sinfonía de ángeles y faunos, como una explosión de pétalos y alas, como un arco iris escondido en su vientre.

Y me dijo adiós.

Cómo olvidarla, Lucía.

Eso fue hace diez años. No sé qué me trajo, esta noche, al boulevard, las hamacas, mi adolescencia. Desde la hamaca la distinguí entre las mujeres que paseaban insinuantes y hastiadas por la vereda y entre los coches. Lucía. Desde la vereda me distinguió, se acercó lentamente. Se sentó en la hamaca de al lado.

Nos hamacamos silenciosamente un largo rato.

Como vez, no pude irme, Carlos, no pude esquivar a mi destino. Tal vez, con vos, hubiera sido distinto. Pero eras un estudiante, todo futuro, y yo, en la fábrica desde chica, no me ilusioné con vos. Tampoco aguanté la fábrica y ahora... aquí me ves.

No le dije nada. ¿Qué podía, reprocharle, reprocharme?
¿Me olvidaste, Carlos?

Nunca dejé de recordarte, Lucía, nunca dejé de necesitarte. Siempre me reproché mi cobardía de niño bien. ¿Por qué no te detuve, si ya estabas en mi piel?¿Por qué no te seguí, no te busqué? ¿Por qué sólo después aprendí que, por la felicidad, hay que pelear con uñas y dientes?

Éramos dos niños hamacándose en la vida, temiendo sufrir, no animándose a amar. No sé... tal vez aún no sea tarde, dijo y comenzó a hamacarse suavemente. ¿Te animás a otra vuelta?

Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más.


Carlos Adalberto Fernández


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Carlos Adalberto Fernández
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domingo, 28 de octubre de 2007

LA DEUDA

cuentos

Falta para la aurora, para mi encuentro con Bedoya. La noche está húmeda, pringosa. Noche agorera de muertes desangradas en grietas resecas que se hunden en el infierno. O de espectros insomnes, deambulando en busca. De qué, digo, qué carajo hago aquí, yo, Toribio Antunez, otrora guapo, ya casi pretérito. Los cuervos de la noche esperan, negro sobre negro, mi cuota de muertos, o mi propia muerte, que ya es hora.
¡Cucarachas! En esta cueva hedionda, acompañan mi inevitable descenso al ocaso.
Lejos quedó el tiempo del joven de cuchillo inhóspito, sacerdote ceremonial del requiem porque sí, porque éste o yo, entonces yo, mi fama ondeando en esquinas, bailongos, piringundines. Ya entonces Manuel Bedoya era mi referencia, le contaba las muertes, le evaluaba los gestos, lo esperaba -el momento de la búsqueda pausada de la carne del otro, de la sangre escondida, del último suspiro y la mirada incrédula y final-. No se dió. No había apuro. Alguna vez no íbamos a encontrar.

Después crecí. Hice de mi destreza -o mi suerte- un oficio.No fue lo mismo matar por encargo del político de turno, del aristócrata, del poderoso haciéndose camino sobre muertes encargadas. Matar sin odio te seca el alma, es ser verdugo, no juez, ni hay requiem. Pero era mi oficio, había que parar la olla.
Recorrer los senderos, buscar los escondites del enemigo solapado. O en la guarida, entre cucarachas y hedores, atento al afelpado paso del peligro. O el andar firme y seguro de Bedoya, buscándome. Quince noches encontrándolo. Quince madrugadas buscando luego el refugio del sueño y el olvido.
Ya ni oficio me queda. Solo una fama incierta, folklórica. Tal vez compasión, de donde conseguir para grapas y changas. Y esperar a Bedoya, quién diría, a nuestra edad, encontrarnos en este tugurio infame.

Con el primer rayo de sol se asoman los pasos de Bedoya.
-- ¿Llego tarde?-, pregunta, por decir algo.
-- No. Es la hora.
Bedoya, con lentitud ceremonial, desenvaina su cuchillo, le evalúa el brillo y lo coloca sobre ls mesa, al lado del mío.
-- Sin novedad -le digo, mientras levanto mi cuchillo-. Quince días, Bedoya; es la deuda.
-- Sí, quince días. Aproveche ahora, que ya le tomo el turno. Vaya y arregle lo suyo, Antunez. Y cuando me entere de otra changa de sereno, le informo.


-- Le agradezco, Bedoya. Que tenga buen día. Ya nos vamos a encontrar.

Carlos Adalberto Fernández

lunes, 15 de octubre de 2007

Directo al cerebro.

cuentos


por Luciano S. Doti
Cuando mi amigo estadounidense me contó esta historia mi primera
reacción fue un escepticismo mayúsculo. Es cierto que la ciencia
avanza a pasos agigantados, y mucho mas en el país que constituye la
mayor potencia mundial. Pero esa no era razón suficiente como para
considerar que fuese posible dominar la mente de las personas
mediante un virus creado en un laboratorio. "Que sabes de armas
biológicas?", me pregunto sin darme tiempo a digerir lo que acababa
de oír. Le comente todo lo que sabia, lo poco que sabia. Que son
armas elaboradas para infectar a la población con virus como el
ebola o la viruela, y que de caer en manos de organizaciones
terroristas pondrían en riesgo la salud de la gente y, obviamente,
el orden mundial imperante en la actualidad. Esa era toda la
información que manejaba hasta el instante en que el me contó acerca
del virus de dominación cerebral inducida. La existencia de este
ultimo es lo que mi natural tendencia al raciocinio me impedía
asimilar. Por que una cosa era aceptar que gente mala, terroristas,
pudieran querer sembrar el caos utilizando la cepa viral de
enfermedades ya extinguidas en la mayor parte del mundo, y otra
cosa, muy diferente, era creer que un laboratorio hubiese
desarrollado un virus hasta ese momento inexistente en el mundo y,
aun peor, detrás de este proyecto no había terroristas sino grandes
corporaciones que utilizarían el posible éxito de ese emprendimiento
para dominar a la población, induciéndola a votar y a consumir todo
lo que determinados programas televisivos le ordenara. Para ello
tenían un equipo de publicistas sin escrúpulos, los cuales se
especializaban en mensajes subliminales. Los mismos consisten en una
serie de conceptos que ingresan visual o auditivamente a la parte
inconsciente del cerebro del televidente y luego pasan a la parte
consciente, creando en la mente de este la sensación artificial de
que ese concepto nació de su propio pensamiento y no de un estimulo
externo. El resto es muy simple, los cerebros poblados por esos
virus de dominación cerebral inducida (VDCI)no tardarían en ceder
ante dicha sugerencia. Ahora bien, de que manera se colonizarían
esos cerebros? Aquí viene lo disparatado del asunto. Durante los
últimos años los implantes mamarios se han ido incrementando
notablemente; se calcula que en EEUU 3 millones de mujeres ya los
tienen. También sabemos que los mismos muchas veces son factibles de
filtraciones; una pequeña rotura en la bolsa contenedora libera el
fluido dejándolo en contacto con la sangre. Luego la sangre circula
por todo el cuerpo, irrigando la totalidad de los órganos, incluido
el cerebro. Conocedores de esta situación, estas corporaciones a las
cuales les interesa dominar a la población, habrían invertido en
empresas fabricantes de estos implantes, introduciendo en el
interior de los mismos el omnipotente VDCI. De manera que en pocos
años millones de mujeres estadounidenses serian "inducibles" para
estas corporaciones. Mas teniendo en cuenta que en ese país
aproximadamente mil mujeres se colocan implantes diariamente, eso
sin contar los que se realizan en el exterior. Por ultimo no debemos
ignorar que la mayoría de estas damas son blancas, de clase media
hacia arriba y residentes en las principales ciudades del país, es
decir pertenecen a la clase dirigente estadounidense. Son
profesionales, empresarias, madres, esposas...no seria prudente
subestimar la influencia que tienen sobre la sociedad.
Tras oír ese pormenorizado informe había quedado atónito mirando a
Paul, mi amigo estadounidense, a la espera de que este me dijera
algo mas, algo que doblegara mi escepticismo. Sin embargo, Paul no
agrego nada mas. Simplemente se limito a permanecer sentado frente a
mi, y bebió otro sorbo de su cerveza. A mi se me cruzaban mil
hipótesis por la cabeza; si esta gente conseguía su cometido en
EEUU, no pasaría mucho tiempo hasta que extendieran esa influencia
al resto del mundo; incluido mi país, la Argentina. Pese a lo
absurdo que me había resultado oír esa teoría al principio,
comenzaba a tomarla en serio. Quedaríamos a merced de un grupo de
inescrupulosos empresarios. Ahora que lo sabíamos debíamos actuar
rápido, para impedir que este perverso plan siguiera su curso."Hay
que advertir a las mujeres sobre esto",le propuse a Paul. El
continuo inmutable frente a mi, bebió un sorbo mas de cerveza y
luego me respondió. "Algunas ya lo saben, pero no pueden aparecer
diciendo esto públicamente porque las tomarían por locas. Nadie les
creería "."Entonces no hacen nada",acote resignado."Usan la excusa
del cáncer de mama, pero no esta funcionando; cada vez hay mas
estudios que echan por tierra la relación entre el cáncer y los
implantes"." Y entonces?"." Y entonces nada. No se puede evitar lo
inevitable, así que, para que luchar. La vida puede estar llena de
paz cuando dejas de nadar contra la corriente. Después de todo, no
están tan mal, las rubias y pelirrojas con el busto grande...",dijo
Paul y miro en dirección a una mesa cercana a la nuestra. En efecto,
había dos mujeres, una rubia, pelirroja la otra, con sendos
implantes mamarios. Notaron que las mirábamos y sonrieron, fue allí,
en ese momento, que lo entendí. Para que luchar, para que nadar
contra la corriente, si la suerte del mundo ya esta echada y,
después de todo, lo que nos depara el futuro, no es tan malo.

www.letrasdehorror. blogspot. com

viernes, 5 de octubre de 2007

La fiesta

cuento

¿Quién dijo que la plata no hace la felicidad?

Allí están ellos dos, juntos, muy a mi pesar pero no importa; ya lograré sobrevivir a este suceso.

Aún lo amo, es verdad y él es de ella, ya lo sé.

Los dos se rieron de mí y aún lo continúan haciendo, no a mis espaldas sino frente a mí, en mi cara.

No voy a dejar que el dolor enturbie mi visión, seré fuerte.

Todo el mundo se ha congregado en esta fastuosa fiesta, incluso hasta el gobernador. ¡Sí que han llegado a las altas esferas esos dos!

Se casaron hace muy poco y ya festejan otra fiesta más.

A la primera no asistí; estaba enferma pero enferma de ira y coraje.

¡Los hubiese matado con mis propias manos! A ella principalmente, mi “supuesta” mejor amiga, la que robó el amor del único hombre que amé en toda mi vida.

Ya sé que él era mi amigo y nada más; sé que me había confesado que me veía sólo como una hermana y no como mujer…pero a ella…a esa maldita perra, en cuanto la conoció se prendó de ella; y ella, sabiendo lo que yo sentía por él, le correspondió con la tonta excusa de ignorar mis sentimientos.

¡Maldita arpía! Lo quiso y lo tuvo….y yo, tuve que fingir que toleraba la situación para no perder la amistad de él.

Estallé cuando se casaron, por ello enfermé, pero logré rehabilitarme, salir y gritarle a ambos el odio que sentía por ellos.

Me pidieron disculpas, me rogaron perdón pero…era tarde ¡Qué importa ya!



La cosa es que los observo ahora…Están juntos; todos visten formalmente y los saludan. ¡Claro, son el centro de atención!

Aunque ellos no me ven, yo sí los veo; juntos, asidos, como amantes…

Creo que debo irme, algunos se han percatado de mi presencia y ya empiezan a chismosear entre ellos. Seguramente querrán echarme de esta fiesta.

Ya me iré…aunque deseo disfrutar con fina morbosidad la situación.

Allí vienen por mí…

Está bien, me iré con ellos.

--Bien, voy con Ustedes. Mis saludos a los anfitriones…- -digo, mientras los dos hombres me toman por los brazos—





--¡¡ Dios mío!! Menos mal que avisé a la policía, la andaban buscando desde ayer –exclamó la mujer del salón—Esa maldita demente asesinó a mi sobrina y su marido y tuvo el tupé de venir a su funeral. Está realmente loca.





Liliana Varela 2007

viernes, 28 de septiembre de 2007

La blasfema (cuento)

cuentos

Don Irineo, el viejo sacerdote, subía renqueante la cuestecilla de la
calle del Calvario todas las mañanas poco antes de las ocho. Libre de
oficiar en su parroquia, dada su avanzada edad, asistía diariamente a
la misa de la catedral.

- Qué asco de viejo.

La Patro se asomaba al balcón despeinada y en bata. Aunque su último
cliente se hubiera ido dos horas antes, siempre le esperaba para
maldecirle.

- Corre, cuervo, corre - murmuraba entre dientes -anda a lamerle el
culo a ése, y le dices que por aquí no asome que no nos hace ninguna
falta.

Don Irineo, medio ciego y medio sordo, parecía no apercibirse de esa
presencia hostil que cada día, y durante años, le elegía como
portavoz de sus blasfemias.

Sólo después de maldecir al cura podía dormirse la Patro, como si
hubiera tomado justa venganza sobre su vida y su propia historia.
Mediante este acto ritual sustentaba la supervivencia de su dureza
interior, de su rebeldía, y se dormía con el sueño entrecortado de
los soldados en la guerra.

Una mañana ya habían tocado las ocho y don Irineo no pasaba. La Patro
se impacientó porque había tenido mucho trabajo y, pensando que no
podría dormir sin insultar a Dios y a su mensajero, se echó un chal
por encima y salió a buscarle calle abajo.

- Maldito viejo, ¿dónde andará?- farfullaba iracunda al bajar la
escalera. No tuvo que andar mucho para encontrar un bulto negro caído
en la acera.

- Oiga, oiga, ¿qué le pasa, está malo?.

Le sacudió un hombro, pero don Irineo no se movía y ella se
inquietó. Al alzarle y recostarle contra la pared vio que estaba muy
pálido, las pupilas dilatadas, la boca temblona, y le caía un hilillo
de baba que la Patro le limpió con su propia mano.

- Este se muere.

Como era una mujerona fornida, resuelta en el manejo de los cuerpos,
se cargó en brazos al vejete, lo subió a su casa y lo tendió en la
cama. Al poco pensó que era raro el que un sacerdote estuviese en la
cama de una puta, pero no tenía otra habitación y ¿qué iba a hacer?

- ¿Qué ha pasado, dónde estoy? - Don Irineo se incorporó un poco y
pareció querer fijar la mirada.

- No se preocupe, voy a buscar al médico. Usted ahí, que vengo en
seguida.

- ¿Quién eres, hija, cómo te llamas?

Ella dudó algo y al fin respondió con sequedad

- Soy la Patro. ¿Qué más da?

- Dame agua, hija- Apenas pudo mojar un poco los labios. Con el
sorbito pareció recuperar un hilillo de fuerza.

- Sí, sí, la Patro. Ya me acuerdo. Si yo te conozco.

- Ah... ¿sí?

- Yo, yo... hija... tanto tiempo pasando por tu puerta para ir a
rezar por ti y por tu niño.

- ¡¿A rezar por mi hijo?!- A Patro esta declaración le causó tal
sorpresa que por un instante olvidó que estaba ante un moribundo. -
¡No, no: yo no creo en Dios! ¡Yo odio a Dios, yo le maldigo! ¡Le
odio, le odio! ¡Y a usted también, maldito cura, cabrón, mentiroso,
cerdo, cerdo!

La Patro gritaba y apretaba los puños. De repente vino en sí, se
serenó y, cogiendo la mano del sacerdote, que pendía de la cama, se
la colocó sobre el pecho.

- Perdone, ¿eh?- musitó apenas.

Don Irineo alzó la mano y trazó una temblona señal de la cruz

- Ego te absolvo...

Patro se retiró con suavidad, conmovida por el gesto del pobrecillo.
"Absorberla" a ella, ya se ve que deliraba. Con cierta ternura le
colocó a don Irineo los mechoncillos de cabello blanquísimo y fino.

- Haz tú igual- Pidió él con muy poquita voz.

¿Ella? Patro sintió un pánico supersticioso- Voy a buscar a un cura,
espere, espere...

- Por favor, tú, tú...

- Pero si yo... yo he insultado a Dios.

- A él no. A mí, sólo a mí. Por favor...

Con el dedo índice y un gran reparo ella dibujó una cruz chiquitita
en el entrecejo de don Irineo. Qué costaba darle ese gusto... El la
miró con agradecimiento.

- Voy a por el médico y a por un cura, espere, espere.

Le vinieron a don Irineo como una lucidez y un vigor repentinos y,
esta vez con firme trazo, bendijo a la mujer.

- Mater invioláta...

- Aguante, aguante.

- Mater amábilis...

La Patro salió corriendo. Cuando regresó, con un sacerdote de la
catedral, don Irineo ya había muerto.

- Hay que sacarle de esta casa inmediatamente y sin escándalo. No
puede saberse que ha muerto aquí...

La Patro cerró los ojillos de don Irineo, le envolvió en una colcha
blanca y le llevó en brazos hasta la catedral a la que el pobre
hombre no había podido llegar aquella mañana por sí mismo. La misma
colcha en la que, años atrás, había envuelto a su propio niño, muerto
de tuberculosis, para ir a pedir el cambio de su vida por la de él.
Cuánto tiempo sin hacer ese camino. Y qué corto se le hizo, y qué
poquito le pesaba el cuerpo, casi tan poco como en su anterior viaje.
Cuando la Patro entró de nuevo en la casa de su Enemigo, enfiló
derecha al altar y, como la otra vez, lo depositó a los pies del
Cristo. Un par de beatas interrumpieron su automático murmullo.

A todo esto el sol estaba ya queriendo apoderarse de las sombras. Las
golondrinas que anidaban en los aleros de la catedral alzaron un
vuelo nervioso y abigarrado ensayando su inminente partida al Sur.

Blanca Barojiana

TEORIA DE CUERDAS

cuentos


La sábana envuelve como sudario su cuerpo ahogado por las esporas que
el espacio, el tiempo, su mujer, adhieren a sus capilares. Y esa carne
globular, oleadas de grasa basculante, limita su terror en la cama de
mamá.

Otra noche sin dormir, perseguido por odios y rencores que en
infinitos filamentos
le transmiten los descerebrados protozoarios de la humanidad. "ESTE
COLOR TIENE QUE SER OCRE!!!! PELOTUDO!!!! !!!!!!!!!", ¡no te dejés
ganar por inferiores!, descerraja Helena, o mamá. Cómo defenderse.
Humillado desde el gen recibido del principio de la vida. Qué vida.

Mejor una ducha, se dice mientras se encamina por pasillos y
catacumbas flanqueadas por esqueletos sonrientes. Las manos todavía
húmedas de su padre se marcan en las paredes de Altamira, pasando el
living, entre bisontes y sonetos, camino del olvido momentáneo,
escapando al horror del nombre de la Humildad.

El agua extiende seudópodos ávidos, en busca de su entrepierna. Helena
lo persigue en la noche, por las galaxias de la humillación. Ser
humilde enaltece, ellos no dan la altura, dice, decía. Son inferiores,
no tienen huevos, vos no tenés huevos. Te dejás ganar. Todavía
sostiene el despertador puesto en hora para no dejarlo evadir el
mundo cotidiano, lleno de zombis trajinantes. La lluvia lo asfixia,
se pegotea, roja y viscosa, enrollándose, mostrando el tobillo,
marcando las nalgas prohibidas de su mujer.

Cómo defenderse. ¡El sueño, por favor! Ella respira como un Moloch
ahito de rencor y orgullo. O no respira. ¿Quién respira? ¿Mamá? La
noche extiende sus tentáculos coagulados en busca de su sexo. O es una
mano (de él, de ella, de ella?). O dormir, o morir. O matar. Papá,
todavía mojado, se revuelca en la cama con la muchacha, riendo como un
chico. Él no. El placer no llega, el miedo no se va. La angustia
unifica el universo en un destello de autodesprecio, otro fracaso, ni
para pajearse. No hay futuro, ni pasado, sólo un presente inmemorial
de ignominia y vergüenza, comenzando por el parto públicamente no
deseado. Ni humilde. Toda la humanidad desde el alba del Hombre, en
una sola mirada de Górgona, de Helena, incinerando insignificantes
significados.

Es, otra vez, la muerte, el descenso al infierno de todas las noches.
El cuerpo vecino, el predador, despliega su ectoplasma, lo devora. Es
el fin. Declarado culpable, vulnerable a las críticas, incapaz de
triunfar, débil, desterrado. Por fin grita, transgrede el tabú. Odia.
Ataca. Sacude los brazos como un molino desbocado, como una hélice
enloquecida, como un espantapájaros espantado. Los golpes resuenan
como yunques del infierno. Los aullidos del monstruo disuelven su
cerebro en un magma oleaginoso, nauseabundo. Se limpia los ojos
salpicados. Cierra la ducha.

Silencio. El Minotauro es ya un fangal pastoso, oscuro como brea. El
se va hundiendo lentamente en la placenta primordial, cierra los ojos.

Esposado, flanqueado por policías, médicos y curiosos, mirando las
paredes garabateadas con sangre y residuos, el cuerpo desarticulado de
Helena, su cráneo destrozado, su rostro dilatado en el último grito,
se dio cuenta que, por fin, había comenzado a dormir.
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Carlos Adalberto Fernández