Los gritos, resonando en el cubículo, anunciaban el momento de salida. Las contracciones, los empujones ya eran insoportables. "¡ya voy, no jodan, che!", grité, pero claro, qué me van a entender. Afuera había gran expectativa por el primogénito, el poseedor del apellido (Pérez Rodriguez), el heredero de los bienes familiares (una aldaba de hierro, un felpudo "bienvenido" , una tortuga renga, un tirabuzón Martini). Ya sé. Me tocó una familia pobre, pero con prosapia (que no sé qué quiere decir –comprendan, soy muy chico y acá adentro esta oscuro y minga de diccionario- pero sonaba importante). La aldaba, de 3,5 kgs., la compró mi padre cuando compró la prefabricada un ambiente. La colocó y el primer domingo bautizó la propiedad El primer aldabonazo rajó la puerta, la aldaba voló y hundió la mesa del living comedor dormitorio.
Me dejé estar. Grave error. Me olvidé del otro, porque adentro, me olvidaba decir, estábamos dos. ¿qué le quedaba, a él? Un Pérez sólo, un cenicero Cinzano, unos posavasos de cartulina. No estaba dispuesto a ser segundo. Tendría que haber estado prevenido. Hacía ya un mes que los de afuera enumeraban los bienes, asignaban, distribuían. Claro, el primogénito –o sea yo- se llevaba todo.
Cuando se gritó la largada me mordió pero todavía no tenía dientes, me rasguñó pero las uñas daban cosquillas. Me agarró del pito –bah, pitito- y ahí me asusté. La herencia no valía un pito. Lo dejé pasar. Salió. Gritos de alegría, Luego un silencio expectante y luego un "¡que lo parió, una chancleta!".
Yo salí sólo. Ni me animé a llorar, el ambiente no daba para segundo hijo.
Carlos Adalberto Fernández
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sábado, 8 de diciembre de 2007
jueves, 6 de diciembre de 2007
Pacto con el Diablo
Manuel Ramos Martínez
¡Jamás he visto alegre a don Gabriel!. ¡Jamás!. Si no le conozco sus dientes, parece que no sabe lo que es reír. Siempre lento al caminar y con esos ojos que parecieran guardar secretos de otras dimensiones. ¡Yo, en verdad, no se qué pensar!.-Tal vez sean los sueños, Elena, ¿O acaso tienes pensado quedarte aquí , enterrada en este confín del mundo, toda la vida?. Escúchame: yo ya tengo cincuenta años y nunca he conocido el mar, ni he tocado un árbol frutal. En verdad que yo nunca he acariciado una flor ¡núnca!-Es cierto lo que dices, Miriam, pero a mi me parece que es verdad lo que dice Florian, que este hombre tiene pacto con el diablo. ¡Mire que rehuir a los vecinos!. ¿O alguien le ha hecho un mal?-¡Qué mal u otra cosa! Como me llamo Florian Garcías Cortés y que existe un sólo Dios, muy seguro estoy que este hombre tiene pacto con el Diablo, y seguro que guarda diablillos en un cajón.- Mida lo que está hablando, Florian, el hecho que el no ría y sea lerdo su caminar, no da motivo alguno para que usted diga estas cosas. Usted no conoce a este hombre y ninguno del mineral.-Escúcheme, señora Miriam, escúcheme por favor. Sé que usted es una mujer muy noble, muy amorosa, pero yo no me canso ni nunca me cansaré de repetir. ¡ Como hay un solo Dios que me alumbra!, que éste hombre, que es como una sombra, tiene su historia negra . Pregúntele a Marujita, que sincera como ella,y sin ofender a nadie, no conozco a ninguna.-Bueno , bueno, Florian si usted está tan seguro de lo que dice y además pone a Dios por testigo es porque así será.De improviso un silencio confidente mostró la figura silenciosa de Don Gabriel que observando vagamente al grupo de personas que hablaban entusiasmadas , los evadió cambiando lentamente su ruta acostumbrada, lo que de inmediato permitió que continuaran con más ahinco su conversación- ¡Lo vé, Miriam! ¡véalo con sus propios ojos! ¿es acaso una mentira lo ya dicho?, ¿acaso cree usted que este hombre nos aprecia? - replicaron Elena y Florian, -mientras, como pedido del momento llegaba saludando rebosante de alegría, Marujita.-¡Hola, hola! ¿cómo están, de que se habla?-Del eterno silencio de don Gabriel, Marujita, que no conocemos sus dientes, pues no sabe lo que es reír ¡ah ! y de su pacto con el diablo… ¡válgame Dios!- ¡Ah, sí! yo le tengo miedo y pena a la vez, pero ¿sáben qué ? ayer lo vi reir con panchito , sí ayer lo vi lucir sus dos dientes de oro , depues lo vi pasear por las callejas solitarias como pidiendole perdón al tiempo por su existir, en verdad que su silencio misterioso me es extraño y atrayente y su rostro está perfectamente esculpido, ¿pero qué pasa, por que sonrien y me miran con picardía?; si yo al que prefiero es al viento que es amplio , fuerte, suave y hasta melodioso.- No vengas con tu romántica edad a hacer poesía de lo siniestro Marujita, el tiempo que es el mejor testigo, ya al hombre nos ha desnudado y seguro que tiene pacto con el diablo¡Mire que tener dientes de oro! ¿A quién quiere parecerle bien?, si no tiene mujer, y pienso que jamás ha tenido alguna ¿ y de dónde saca tánto dinero?. El viaja a la capital todos los años , el conoce el mar señora Miriam, el si ha acariciado las flores!- ¿Pero hasta cuando tengo que soportarles, que hablen mal de mi amigo Gabriel? , ¡cobardes, chismosos, ustedes hablan mal de un hombre que está ausente ,que no puede defenderse ! ¡el no tiene pacto con el Diablo! Gritó entre lágrimas de impotencia , y escapó corriendo velozmente por las callejas del campamento-Era Panchito, el niño que había escuchado absolutamente todo lo que se había hablado de don Gabriel, y que un desasosiego indefinido lo embargaba, pues el era su amigo , su orientador, con el compartía muchas veces su pan y su alegría escondida.Tenía ganas de contarle todo a don Gabriel , pero prefirió contárselo a la nada y herirse en sus pensamientos: ¿será verdad lo que dice Florian? ¿Será verdad que mi querido amigo tiene pacto con el diablo y guarda diablillos en un cajón?Así acosado de inmensas confusiones, perturbado por desconocidas fantasías, fue alejándose de la gente y de sus tristes comentarios y también de la hermosa amistad de don Gabriel. Se hizo amigo de la soledad y como la soledad no tiene edad, no supo nunca por cuanto tiempo no vió a su amigo Gabriel. Pero un día determinó descubrir y resolver por sus propio medio la verdad:¡Sí ya está, si ya está ! -se dijo insistiéndose- volveré a visitarlo y revisaré en cualquier instante que se ausente, algun cajón, claro está que deberé tener un cuchillo en mis manos, por si los diablillos, se atreven atacarme. Terminaba de pensar ésto, cuando sonaron unos pasos suaves. Era don Gabriel, que acercándosele y mirándole con ojos de extraña comprensión le dijo con su voz fraterna: Oh mi pequeño querido amigo, te he buscado por callejas y rincones y por fin te vuelvo a ver, pero dime ¿A qué obedece tu triste y prolongada ausencia?... pero ven, vamos a tomar juntos el té que acostumbramos- agregó acariciando tiernamente la cabeza de Panchito encaminándole a su casa.Y pronto mientras entraban al pequeño comedor y le decía dirigíendose a la cocina, toma asiento, pónte cómodo, espérame que haré el té.Panchito tomó rápidamente un cuchillo que estaba sobre la mesa y abrió un cajón pensando hallar los diablillos cuando don Gabriel le sorprendió en pleno hecho y le dijo: ¿ que haces con el cuhillo, niño?-¡Es que yo quiero matar los diablillos que guarda en el cajón!-¿cómo que dices, niño , qué te han metido en tu cabeza esos vecinos , dime qué te han contado?- Que usted tiene pacto con el diablo y que guarda diablillos en un cajónDespues de un silencio amistoso, don Gabriel le dijo siempre con su voz fraterna:-Escucha, querido niño, no hace muchos años yo estuve viviendo junto a una mujer que amé inmensamente y pienso que aún la amo con la misma intensidad , ella tenía unos ojos risueños y habladores , una piel suave como el agua y su voz era toda una bella melodía. Pero un triste día me abandonó. Desesperado, angustiado de dolor, la busqué por mucho tiempo por pueblos y ciudades increíbles, hasta que por fin un día la encontré bailando completamente desnuda en un cabaret de un puerto muy lejano y le saqué ésta foto:… Créeme, querido Panchito -continuó diciendo- este es el único diablillo que guardo en el cajón ¡y cómo la amo! agregó depositando un beso en el retrato que guardó nuevamente en el cajón.
Manuel Ramos Martínez
¡Jamás he visto alegre a don Gabriel!. ¡Jamás!. Si no le conozco sus dientes, parece que no sabe lo que es reír. Siempre lento al caminar y con esos ojos que parecieran guardar secretos de otras dimensiones. ¡Yo, en verdad, no se qué pensar!.-Tal vez sean los sueños, Elena, ¿O acaso tienes pensado quedarte aquí , enterrada en este confín del mundo, toda la vida?. Escúchame: yo ya tengo cincuenta años y nunca he conocido el mar, ni he tocado un árbol frutal. En verdad que yo nunca he acariciado una flor ¡núnca!-Es cierto lo que dices, Miriam, pero a mi me parece que es verdad lo que dice Florian, que este hombre tiene pacto con el diablo. ¡Mire que rehuir a los vecinos!. ¿O alguien le ha hecho un mal?-¡Qué mal u otra cosa! Como me llamo Florian Garcías Cortés y que existe un sólo Dios, muy seguro estoy que este hombre tiene pacto con el Diablo, y seguro que guarda diablillos en un cajón.- Mida lo que está hablando, Florian, el hecho que el no ría y sea lerdo su caminar, no da motivo alguno para que usted diga estas cosas. Usted no conoce a este hombre y ninguno del mineral.-Escúcheme, señora Miriam, escúcheme por favor. Sé que usted es una mujer muy noble, muy amorosa, pero yo no me canso ni nunca me cansaré de repetir. ¡ Como hay un solo Dios que me alumbra!, que éste hombre, que es como una sombra, tiene su historia negra . Pregúntele a Marujita, que sincera como ella,y sin ofender a nadie, no conozco a ninguna.-Bueno , bueno, Florian si usted está tan seguro de lo que dice y además pone a Dios por testigo es porque así será.De improviso un silencio confidente mostró la figura silenciosa de Don Gabriel que observando vagamente al grupo de personas que hablaban entusiasmadas , los evadió cambiando lentamente su ruta acostumbrada, lo que de inmediato permitió que continuaran con más ahinco su conversación- ¡Lo vé, Miriam! ¡véalo con sus propios ojos! ¿es acaso una mentira lo ya dicho?, ¿acaso cree usted que este hombre nos aprecia? - replicaron Elena y Florian, -mientras, como pedido del momento llegaba saludando rebosante de alegría, Marujita.-¡Hola, hola! ¿cómo están, de que se habla?-Del eterno silencio de don Gabriel, Marujita, que no conocemos sus dientes, pues no sabe lo que es reír ¡ah ! y de su pacto con el diablo… ¡válgame Dios!- ¡Ah, sí! yo le tengo miedo y pena a la vez, pero ¿sáben qué ? ayer lo vi reir con panchito , sí ayer lo vi lucir sus dos dientes de oro , depues lo vi pasear por las callejas solitarias como pidiendole perdón al tiempo por su existir, en verdad que su silencio misterioso me es extraño y atrayente y su rostro está perfectamente esculpido, ¿pero qué pasa, por que sonrien y me miran con picardía?; si yo al que prefiero es al viento que es amplio , fuerte, suave y hasta melodioso.- No vengas con tu romántica edad a hacer poesía de lo siniestro Marujita, el tiempo que es el mejor testigo, ya al hombre nos ha desnudado y seguro que tiene pacto con el diablo¡Mire que tener dientes de oro! ¿A quién quiere parecerle bien?, si no tiene mujer, y pienso que jamás ha tenido alguna ¿ y de dónde saca tánto dinero?. El viaja a la capital todos los años , el conoce el mar señora Miriam, el si ha acariciado las flores!- ¿Pero hasta cuando tengo que soportarles, que hablen mal de mi amigo Gabriel? , ¡cobardes, chismosos, ustedes hablan mal de un hombre que está ausente ,que no puede defenderse ! ¡el no tiene pacto con el Diablo! Gritó entre lágrimas de impotencia , y escapó corriendo velozmente por las callejas del campamento-Era Panchito, el niño que había escuchado absolutamente todo lo que se había hablado de don Gabriel, y que un desasosiego indefinido lo embargaba, pues el era su amigo , su orientador, con el compartía muchas veces su pan y su alegría escondida.Tenía ganas de contarle todo a don Gabriel , pero prefirió contárselo a la nada y herirse en sus pensamientos: ¿será verdad lo que dice Florian? ¿Será verdad que mi querido amigo tiene pacto con el diablo y guarda diablillos en un cajón?Así acosado de inmensas confusiones, perturbado por desconocidas fantasías, fue alejándose de la gente y de sus tristes comentarios y también de la hermosa amistad de don Gabriel. Se hizo amigo de la soledad y como la soledad no tiene edad, no supo nunca por cuanto tiempo no vió a su amigo Gabriel. Pero un día determinó descubrir y resolver por sus propio medio la verdad:¡Sí ya está, si ya está ! -se dijo insistiéndose- volveré a visitarlo y revisaré en cualquier instante que se ausente, algun cajón, claro está que deberé tener un cuchillo en mis manos, por si los diablillos, se atreven atacarme. Terminaba de pensar ésto, cuando sonaron unos pasos suaves. Era don Gabriel, que acercándosele y mirándole con ojos de extraña comprensión le dijo con su voz fraterna: Oh mi pequeño querido amigo, te he buscado por callejas y rincones y por fin te vuelvo a ver, pero dime ¿A qué obedece tu triste y prolongada ausencia?... pero ven, vamos a tomar juntos el té que acostumbramos- agregó acariciando tiernamente la cabeza de Panchito encaminándole a su casa.Y pronto mientras entraban al pequeño comedor y le decía dirigíendose a la cocina, toma asiento, pónte cómodo, espérame que haré el té.Panchito tomó rápidamente un cuchillo que estaba sobre la mesa y abrió un cajón pensando hallar los diablillos cuando don Gabriel le sorprendió en pleno hecho y le dijo: ¿ que haces con el cuhillo, niño?-¡Es que yo quiero matar los diablillos que guarda en el cajón!-¿cómo que dices, niño , qué te han metido en tu cabeza esos vecinos , dime qué te han contado?- Que usted tiene pacto con el diablo y que guarda diablillos en un cajónDespues de un silencio amistoso, don Gabriel le dijo siempre con su voz fraterna:-Escucha, querido niño, no hace muchos años yo estuve viviendo junto a una mujer que amé inmensamente y pienso que aún la amo con la misma intensidad , ella tenía unos ojos risueños y habladores , una piel suave como el agua y su voz era toda una bella melodía. Pero un triste día me abandonó. Desesperado, angustiado de dolor, la busqué por mucho tiempo por pueblos y ciudades increíbles, hasta que por fin un día la encontré bailando completamente desnuda en un cabaret de un puerto muy lejano y le saqué ésta foto:… Créeme, querido Panchito -continuó diciendo- este es el único diablillo que guardo en el cajón ¡y cómo la amo! agregó depositando un beso en el retrato que guardó nuevamente en el cajón.
Manuel Ramos Martínez
martes, 4 de diciembre de 2007
Gardelín
Desde chico aprendió el oficio. Que barré el patio, que sacá la basura, que el jardín está lleno de hojas. Vicente vivía con escoba y bolsa para las cosas a recoger.
—¡Puta, quién habrá inventado el piso!
—¡Y no rezongués, que te mando a barrer el baldío!
Tal vez por eso se volvió cantor. Con la Spica colgada del cuello, meta radio, música, noticias, lo que sea. Cuando por ahí salía un tango se ponía derecho, daba vuelta la escoba y frente al peludo micrófono de pie, frente a su respetable público, cantaba.
En carne propia
sentirás la angustia sorda
de saber que aquél que amaste más,
es quien te hiere...
Esta letra estaba medio censurada por la vieja. Ni qué decir de
Mientras los guapos, con entereza
Juegan la vida con ansias fieras
Allá en el baile, la muy taimada
Sólo se acuerda de que es mujer
No las entendía bien, pero eso no le impedía imitar las interpretaciones recias y pasionales, piernas abiertas, manos acogotando al micrófono, como las que veía en el Social y Deportivo del barrio. La primera vez que vio a Gardel ( Luces de Buenos Aires, El tango de Broadway, Tango bar,...) cayó en un trance, del que emergió con el que sería su estilo definitivo; gomina por kilos, sonrisa lateral, pronunciar "targo".
Mery, Pegy, Bety, Yuli,
rubias de Neuyor,
cabecitas adoradas
que vierten amor.
Y lentamente –ya estaba en la pubertad- entró en una onda romántica, melosa.
El día que me quieras
La rosa que engalana
Se vestirá de fiesta
Con su mejor color
La voz no ayudaba, pero la emoción que ponía, esa cara de condenado a muerte, le ganaron algunos corazones y otros órganos femeninos.
No estaba dotado para el estudio, pero la suerte –o tal vez las habilidades mostradas- le proporcionaron un puesto en la municipalidad acorde con sus antecedentes; barrendero. Le asignaron una zona con plaza y le permitieron hasta cuatro "espectáculos" por turno. Ya lo llamaban Gardelín. Cantando era tan parecido a Gardel como un canario a una bisagra oxidada, pero ya se sabe, la gente cuando no es cruel es afectuosa.
El frío, la lluvia, el trabajo a la intemperie lo retiraron tempranamente del servicio activo, con una pensión por invalidez y una ronquera que agregaba un matiz reo y curda a sus interpretaciones.
Gardelín estaba hecho. Le hubiera gustado un mayor reconocimiento a su dedicación y sentimiento, pero se conformaba con los aplausos, los bravos burlones o compasivos, las palmadas al pasar entre la gente.
Pero una noche un suntuoso micro de turismo se detiene en la puerta de nuestro Social y Deportivo. De él bajan una docena de turistas extranjeros, chillando en inglés, vistiendo colorinche, fotografiando a diestra y siniestra. La estrella del grupo era Miss Celine, escapando vía world tour de los incendios que amenazaban su mansión en Los Ángeles, en la seguridad de encontrar, a su vuelta, todo reparado y seguramente remozado.
Querían ver un patio de tango bien de barrio, nos pagaban lo que fuera. Hicimos lo que pudimos. Las parejas se sacaron chispas, el viejo Troiiito hizo gemir a su fueye. Pero Miss Celine pidió a Gardel, de quien alguien le había comentado: no sabía nada de él, sólo de su fama. A la rastra sacamos a Vicente del baño que estaba limpiando, le pusimos el uniforme de Gardel, lo engominamos y lo pusimos a hacer rostro por la pista.
—Ese es Gardel, Gardelín para nosotros —le dijimos a la Miss. O la soltería ya a los 50 le pesaba, o el espíritu del Zorzal descendió al club, la cosa fue que la platinada quedó encandilada. "¡un tanguerou machou!", gemía. Corrió a la pista, se prendió de las manos de Vicente. Le pidió un tango.
Ahí se pudrió todo, dijimos. Inventamos mil excusas, pero no hubo caso La Miss se hizo traer la mesa a la pista. Vicente, suicida, en la gloria ante una verdadera admiradora, cantó.
Arrabal amargo
metido en mi vida
como una condena
de una maldición.
Tus sombras torturan
mis horas de sueño,
tu noche se encierra
en mi corazón.
...
Y es un collar de estrellas
que tibio desgranan
tus ojos hermosos
llorándome así.
La yoni estaba arrebolada, nosotros desesperados. Era insoportable, Chirriaba, crepitaba. Alguno de nosotros estuvo a punto de interrumpir violentamente el suplicio, pero por otro lado, si se sabe que el amor es ciego —y también, evidentemente, sordo— ¿cómo matarlo?
Lo demás fue vertiginoso: Miss Celine lo invitó a su suite en el hotel 5 estrellas, después lo invitó a su mansión de Los Ángeles, luego le pidió quedarse con ella. Vicente se quedó ¿Qué otra cosa iba a hacer?¿En qué otro lado iba a encontrar admiración, afecto, libertad para ejercitar sus habilidades? La mansión tenía 12 habitaciones, 3 salones, 4 patios, un jardín imponente.
Es de noche. Celine lo llama, desde la cama.
—Garldelin, machitou reo ¡come here!
—Esperá que barro esta pieza y voy¡ !Preparate!
Si soy así, que voy a hacer
Nací buen mozo y embalao para el querer...
Carlos Adalberto Fernández
martes, 20 de noviembre de 2007
Amor de rata
Lo miraba embobada; podríamos decir "enamorada" ¡claro! eso si cabe el adjetivo para aplicarlo a una rata. Pero esta historia tiene ese matiz, el de una rata vulgar y silvestre que se enamora de una gallardo ratón de laboratorio.
Lo veía todos los días desde el agujero en el que vivía –al pie de la mesada del laboratorio para más datos- Vivía suspirando por ese roedor blanco con ojos rojos que apenas si le dedicaba una o dos miradas cada tanto.
Lógicamente sus mundos eran diferentes: ella, una hembra gris sin demasiados atractivos, mal alimentada, algo sucia y luchando día a día por su supervivencia; él, de aspecto impecable, bien alimentado y cuidado por los individuos que trabajaban allí y que le mantenían la jaula en perfectas condiciones de aseo.
Le parecía imposible poder llegar a conocer a su príncipe de capa blanca y cola rosada.
¡Ay! Suspiraba nuestra amiga…si al menos alguna vez pudiese tocarlo, acercarse a él… incluso, soñando mucho.. tener hijos tan bellos como ese espécimen.
Pero todo era tan improbable que lo mejor sería dejar de fantasear e intentar nuevas estrategias para escapar de ese gato de la otra cuadra que la perseguía y la zamarreaba cada vez que podía.
¡Cómo envidiaba y amaba a ese galán de su especie! Deseaba su vida, su confort, su alimentación incluso, pero más que nada lo deseaba a él.
Encima de todo sentía que su período de celo se acercaba y la naturaleza llamaba a procrear ¿cómo podría sacar de su cabeza la imagen tan preciosa y deseada de su amado? A fin de cuentas debería aceptar a ese ratón callejero de la otra esquina que últimamente le guiñaba el ojo al verla pasar.
¡No había otra solución!...
Entonces…¡sucedió!.
Ese día uno de los hombres dejó mal cerrada la jaula de su amado; seguramente él se daría cuenta y podría escapar : al fin serían felices. Pero no, su príncipe estaba tan acostumbrado al encierro que no hacía nada por salir; ella no podía permitir eso, debía actuar.
Cuando todo quedó a oscuras y el último hombre se hubo marchado, ella subió con dificultad por el mueble del laboratorio sobre el que se hallaba la jaula. Sus jadeos iban en aumento, apenas podía respirar pero valía la pena: su sueño estaba cercano ¡al fin ella y él estarían juntos!
Se paró frente a la puerta entreabierta de la jaula y con su último esfuerzo empujó los barrotes hasta que la entrada quedó libre al encuentro de los amantes.
Lo miró fijamente; los ojos rojos de su amado estaban algo apagados. Corrió a su encuentro apresurada pero a centímetros de llegar a él se detuvo en seco. Lo miró fijamente, olisqueó el aire y volvió a olisquear.
Luego dio media vuelta y corrió asustada en dirección opuesta, hacia su cueva.
Al otro día se hallaría dando el sí al ratón gris de la esquina e intentando entender por qué el ratón blanco le había parecido más hermoso de lo que era a la distancia.
En tanto en el laboratorio un hombre comentaba a otro la sorpresa de haber encontrado la jaula del ratón de experimentos abierta de par en par sin que éste hubiese escapado, a lo que el otro explicaba que debía haber sido por las pocas fuerzas que poseía ese animal a causa de los tumores inducidos científicamente.
Liliana 2007
lunes, 19 de noviembre de 2007
Los pasos
Regresa ella de su paseo por la campiña al barrio pleno de historias y
afectos, ese barrio que permaneció dormido en la memoria cuando paso a
paso caminaba en Ampatacocha. Era adolescente, jugueteaba entonces
del brazo de su padre.
Lo vuelve a ver con sus calles de piedras más los balconcitos
cubiertos por hiedras y geranios. De la mano lleva a Dulce, su
pequeña quien juega, hace piruetas mientras come su manzana cubierta
de caramelo. Estas calles despiden olores diversos. La primera huele
a sándalo, la segunda a pimienta y comino; la tercera, a hierba luisa.
La cuarta y quinta a romero e hinojo.
En la sexta y sétima percibe el olor a arroz con leche, recuerda
ahora que en toda la esquina está la vieja casona de sillar rosado de
sus abuelos. Se acerca a ella e ingresa para recorrerla, con su niña.
Escucha el rechinar de las puertas de cedro, se entreabren, ojos la
miran. Con retraso en su pupila se le aparecen rostros, rostros de
sus padres, de los abuelos, de los tìos; y otros, se le vienen más
allá de ella.
La casona tiene tres patios, el tercero y último permanece adornado
con buganvillas en sus esquinas. Al fondo de éste hay todavía un pilón
de fierro oxidado. Lo abre, le da agua a Dulce que sigue con sus
juegos. Ella también la saborea.
Madre e hija regresan al zaguán donde hay una pileta, se mojan un poco
más con el agua que les roza. Dulce de pronto le pregunta: - Madre
quiénes vivieron en esta casa. Irene conmovida le dice:- Sólo
fantasmas, fantasmas, recuerdos, recuerdos.
Julia del Prado (Perú)
Derechos reservados
EL ÁGUILA Y EL ESCARABAJO
Más de uno se preguntará por esta puñetera manía que he cogido de contar las cosas de mi pueblo. Pero es que sucede cada cosa… la última acaeció no hace mucho. Y aunque parezca mentira, la protagonizaron dos paisanos míos: el águila y el escarabajo.
Claro, que no eran dos vecinos cualesquiera, nada de apodos y similares. Eran eso: un águila y un escarabajo, de los de verdad. Que, puestos a contabilizar vecinos, como el número de habitantes estaba cayendo en picado por culpa de la emigración, apenas quedaban en el pueblo unos cientos de personas mayores que, por puras razones fisiológicas, tenían pocas posibilidades de hacer aumentar la población. En vista de ello, el señor alcalde, amparándose en la necesidad de prestar un servicio de calidad al vecindario, decidió conceder el derecho de ciudadanía a todo bicho viviente que sentase sus reales en Villabermeja.
-Como, además, les permitimos votar, y respetamos todos sus derechos legales como si de seres humanos se tratase… –justificaba el señor Alcalde.
Porque, para conocimiento de los lectores, les diremos que, ejerciendo sus derechos legales, hasta votaban como buenos ciudadanos. Y estaban tan agradecidos, que su voto -siempre por correo- se inclina unánimemente por el partido del señor Alcalde.
Siguiendo con el tema, ustedes comprenderán fácilmente que nuestra primera autoridad pusiese todo su afán en defender la vida de sus convecinos. Y conste que no fue tarea fácil poner paz entre algunos de estos flamantes ciudadanos. Por ejemplo, ¿cómo se mantendría la legalidad vigente entre aquellos componentes extremos de la cadena alimenticia que se habían integrado en la ciudadanía en igualdad de derechos?
A pesar de que los humanos se quedaron con la parte del león, el asunto funcionó bastante bien salvo contadas excepciones. Y ésta que les voy a contar fue una de ellas. Resulta que el águila andaba una de aquellas mañanas en busca de su pitanza diaria cuando vio entre la maleza del ejido un hermoso roedor.
El roedor, un conejo adulto y tan bien alimentado que más de un podenco se las había tenido tiesas con él en un intento de delinquir, levantó su hocico tembloroso hacia las alturas, y al ver el peligro que, nunca mejor dicho, se le venía encima, gritó aterrorizado:
-¡A mí la justicia!
El águila, cuando oyó que el roedor invocaba a la justicia, soltó una carcajada cuyo eco rebotó de piedra en piedra hasta llegar al humilde escondrijo en que dormitaba el escarabajo de guardia.
Ah, se me había pasado decirles que los escarabajos eran de los pocos “seres inferiores” que habían sido admitidos en el Pacto de Ciudadanía y, cosas de la economía, inmediatamente fueron incorporados a la Policía Municipal.
-En sus nuevos cargos, y dada su vestimenta tradicional, funcionarán sin necesidad de gastar un duro en uniformes –había sugerido el Concejal Delegado de Seguridad Ciudadana.
-¡Alto, águila del demonio! ¿Cómo se te ocurre atacar al conejo? –ordenó el coleóptero de guardia- ¡Ni el más sagaz de los galgos ha osado tal aventura!
-¿Conejo dices? –preguntó el águila estregándose los ojos con un par de plumas remeras-. O estoy miope o es una rata y de las más hermosas...
El escarabajo, molesto por la actitud desdeñosa del volátil ante su advertencia, y sospechando que la atenuante de miopía alegada era pura invención, decidió darle un escarmiento definitivo.
-Este animal aprende a obedecer a la autoridad civil o se va a comer… lo que yo fabrico.
Con exquisita corrección, lo primero que hizo el agente de la autoridad, cuando volvió a encontrarse con el águila, fue recordarle sus obligaciones con respecto a la prohibición de devorar a ciudadanos acogidos al Pacto de Ciudadanía, así como la necesidad de que, a partir de ese momento, procediese a identificar adecuadamente la procedencia de sus alimentos o se hiciese acompañar de algún compañero de vista más aguda con el fin de evitar errores fatales.
A pesar de esta actitud dialogante, el águila seguía aferrado a sus vicios alimenticios, haciendo caso omiso a las admoniciones de la autoridad competente. El escarabajo, recordando sus habilidades peloteriles, localizó su nido dispuesto a darle un escarmiento en vista de que el ave insistía en su tozuda actitud.
Veamos si es tan cegata como dice o si se trata de una simple excusa, se dijo. Y sustituyó varios de los huevos por réplicas de plástico de fabricación propia que, como sospechaba el agente de la ley, fueron detectadas inmediatamente por el “supuesto miope”. Ante el hipotético abuso de autoridad del escarabajo, el águila presentó la correspondiente queja solicitando el amparo de la primera autoridad municipal. El Alcalde, en aras de quedar bien con todo el mundo, y ante el evidente poderío del águila, ofreció su propio balcón al feroz volátil a fin de que sus huevos continuasen su ciclo vital con las debidas garantías legales.
Pero el águila, abusando de su íntima amistad con el Alcalde, se dedicó a cazar sin piedad cuanto conejo, liebre, ratoncillo o similar tenía la desgracia de caer bajo su ángulo de visión. El escarabajo, harto de tanta insania, decidió acudir a una medida drástica: sustituir todos los huevos del nido del águila por las más perfectas y apestosas pelotas que jamás habían sido fabricadas por coleóptero alguno.
Convocados todos los escarabajos del lugar, lograron reunir los materiales más hediondos del entorno con los que fabricaron tantas pelotas como huevos había en el nido del águila. Una vez que hubieron fermentado potenciando de esa manera sus cualidades sensoriales, aprovecharon una sesión matinal de cacería de la rapaz, y las depositaron en el nido, sustituyendo a los originales.
No tuvieron que esperar mucho. Apenas las calentó un poco el sol, una suave brisa comenzó a soplar desde la mar y, penetrando en el dormitorio del señor Alcalde, le regaló los aromas que emanaban del nido del águila. La primera autoridad se asomó al balcón indignado ante aquel insulto a su persona. Al ver el origen de aquella invasión, indignado por la desvergüenza del águila, inmediatamente arrojó el nido a la calle, la desposeyó de la categoría de ciudadana y, una vez más, se cumplió lo que dijo aquel sabio de la antigüedad:
“Nunca desprecies lo que parece insignificante,
pues no hay ser tan débil que no pueda alcanzarte”.
Manuel Cubero Urbano
domingo, 18 de noviembre de 2007
El tren que no llegaba
Estaba sentado en un banco de la estación de trenes; en ese momento, su mirada estaba perdida en un punto inexistente del horizonte.
Era un hombre joven, pero su semblante denotaba la dura vida que le había tocado en suerte.
Era el único ocupante del andén. Un empleado de la boletería era la segunda forma humana que se encontraba allí – pero se hallaba dentro de su cabina, aislado de aquel joven.
El hombre se miró las manos, estaban ajadas, deterioradas como las manos de cualquier trabajador manual; se acomodó el botón de la camisa (que aunque se notaba vieja, estaba muy limpia) y carraspeó como para aclarar la voz.
Cualquiera que lo viese pensaría que era un ser insignificante, que no llamaba la atención; quizás fuese así…pero sólo él sabía el por qué de su importancia en ese lugar.
Nada podía sacarlo de sus pensamientos; inclusive la mujer que llegó con esa niñita gritona que lo miraba desafiante. Apenas levantó la mirada para verlas discutir entre ellas y luego volvió a sumergirse en sus propias ideas.
El estaba en su propio mundo…esperando ese tren que no llegaba…
Aunque tuviese que esperar años por esos vagones lo haría; la espera no importaba; sólo deseaba verla por última vez; era su único deseo.
Quizás ella no lo reconociese ¡Tanto tiempo había pasado!. Además nunca lo había visto de traje, pero estaba seguro que aunque el traje fuese pobre (y usado) , ella sentiría orgullo al verlo vestido así.
¡Tantas cosas tenía para decirle que las memorizaba en voz alta por miedo a olvidarlas!
Estaba muy nervioso; sentía sus manos transpiradas, llevaba más de tres horas de espera y el tren no aparecía en el horizonte.
Pensó que ella no podía defraudarlo. Era verdad que se había molestado cuando él decidió dejarla para ir en busca de un futuro mejor para los dos, pero finalmente había logrado reunir una pequeña fortuna con la cual había adquirido su propia casa…¡Ella debería estar feliz por ello!.
Su impaciencia iba en aumento; la mosca que se apoyó en su rostro fue la víctima de sus nervios al estallar su cuerpo en un manotazo brusco y veloz.
Sintió un ruido extraño pero esperado…parecí a ser el tren que se acercaba; ese tren que parecía no llegar jamás, finalmente aparecía ente sus ojos.
Se paró de su asiento como si tuviese un resorte dentro y con pasos bruscos y largos se acercó a la orilla del andén.
Cuando vio al guarda que se asomaba de uno de los vagones de pasajeros, corrió a su encuentro. Jadeando llegó a él.
--¿Señor Pérez? –preguntó el guarda.
--Sí, sí, soy yo, soy Pérez…--respondió apurado-- ¿vino ella? ¿llegó?...
--Sí señor, ya llegó. Está en el último vagón de carga.
El joven corrió con toda la velocidad que sus piernas pudieron darle; llegó en el momento en que dos empleados descorrían la compuerta del vagón. Ella quedó al descubierto; finalmente pudo verla.
Allí estaba: el cajón que contenía los restos de su madre finalmente llegaba a reunirse con él.
Liliana Varela 2006
lunes, 12 de noviembre de 2007
LA DEUDA PÚBLICA
Don Antonio siempre fue un hombre volcado en los asuntos públicos de Villabermeja. Don Antonio, hombre de carácter noble y sencillo, se adornaba, además, de cuantas cualidades hacen de un empresario honesto la víctima ideal de un ayuntamiento.
No menos de diez obras de gran envergadura había realizado para la Corporación Municipal durante la última legislatura. Esto suponía un montante de dos millones de euros, céntimo arriba, céntimo abajo.
Y como una corporación que se precie no puede ni debe carecer de sus correspondientes deudas millonarias, he aquí a nuestro protagonista convertido en uno de los principales acreedores de las arcas municipales, cosa que, al decir del señor Alcalde de la localidad, era un honor para don Antonio.
-Considere, amigo, que todos y cada uno de los vecinos están en deuda con usted, y eso, bien considerado, es motivo más que suficiente para que se sienta orgulloso de su comunidad.
Después de múltiples intentos por recuperar el capital invertido en obras municipales, nuestro respetado don Antonio acabó por considerar aquellos dos millones de euros más perdidos que su bisabuelo, que en gloria esté.
Y no fue esto lo malo, sino que, por impago del Impuesto Municipal de Circulación de su motocicleta, fueron embargados por la Hacienda Local los pocos ahorros que le quedaban. Así pues, ingresó con todos los honores en la prestigiosa lista negra de la banca nacional.
A partir de ese momento el grifo de los préstamos se cerró sobre su antigua cuenta corriente como se cerraba una pirámide imperial egipcia después de acoger en su seno el cuerpo de un faraón.
Esto acabó por convertir a don Antonio en un hombre ensimismado, huraño y, lo que es peor, pobre como una rata. Avergonzado de su situación, un día, tomó las pocas pertenencias que le quedaban y abandonó el lugar dejando a su hijo como toda herencia un cepillo y una vieja caja de limpiabotas.
Algunos vecinos del lugar afirman que don Antonio había sido visto deambulando entre mendigos por las plazas de algunos pueblos vecinos. Incluso hubo quien afirmaba que, gracias a su tesón, había recuperado parte de su maltrecha economía, y se había convertido en un hombre de negocios respetado entre sus nuevos conciudadanos en una villa no muy lejana.
Sin embargo, la realidad, mucho más cruel que la fantasía, devolvió las cosas a su sitio. Don Antonio malvivía en una aldea próxima dedicado a la realización de pequeñas chapuzas de albañilería, fontanería y similares. Que eso fue lo único que le quedó de su antigua profesión: unos conocimientos básicos de las tareas relacionadas con el mundo de la construcción.
Como quiera que nuestro amigo, a pesar de los vapuleos que le había proporcionado la clase política, aún se consideraba un ciudadano responsable, he aquí que el gobierno de la nación convocó elecciones generales. Don Antonio -"Antoñito el chapucero" para sus nuevos paisanos-, considerándose obligado a ejercer su derecho inalienable a votar, tuvo a bien depositar su voto por correo.
-Votaré a quien defienda mejor mis derechos –comentó a un limpiabotas- . O sea, que votaré al partido que prometa mantenerse lo más alejado posible de la ciudadanía en general y de mi persona en particular.
Todo transcurría durante aquella campaña electoral con absoluta normalidad: insultos entre candidatos, promesas falsas, coloquios en los que no se permitían preguntas a los votantes, carteles ensuciando todas las paredes del pueblo... En fin, nada destacable.
Y llegó el día de las elecciones. Quiso la fortuna que el señor Alcalde actuase de interventor en la mesa electoral a la que pertenecía don Antonio. Emocionado al comprobar el ejemplo de ciudadanía y responsabilidad de don Antonio, el señor Acalde sintió cómo un extraño cosquilleo recorría su espina dorsal hasta despertar sus células grises, cosa sumamente extraña en un ciudadano dedicado, como él, a la vida pública.
¿Consecuencias de aquel cosquilleo que algunos llaman conciencia? El señor Alcalde, tomando nota de la dirección actual de don Antonio, decidió dirigirle un escrito que supondría una ayuda moral para tan respetable ciudadano.
Pasaban los días en su lento devenir recorriendo los oscuros horizontes de aquella comarca sin más noticias destacables que la victoria electoral del partido de costumbre. Gracias a la tacañería de las arcas municipales, la corporación se permitía el lujo de contar en aquellos momentos con algo de liquidez. Una mañana, hojeando el periódico mientras desayunaba en el bar de la esquina, el señor Alcalde detuvo su mirada sobre una fotografía que ocupaba el último rincón de la página de sucesos.
Las palabras brotaron de su boca en un leve susurro mientras leía la noticia:
Un mendigo, conocido como "Antoñito el chapucero", ha aparecido muerto esta mañana en un banco de la Plaza Mayor de Villavieja de los Burros. El hombre falleció de un ataque al corazón mientras leía una carta. La referida misiva, que tenía el remite de una localidad vecina, era del siguiente tenor:
Querido amigo:
El Alcalde Presidente de esta Corporación Municipal tiene el honor de dirigirse a usted para comunicarle que deberá pasar con la mayor antelación posible por las oficinas de Intervención de Fondos del Ilustre Ayuntamiento de Villabermeja con el fin de liquidar las deudas que dicha Corporación tiene pendientes con su empresa desde...
Muy compungido ante el grave suceso, el señor Alcalde hizo en aquel momento un voto que jamás rompería:
-Nunca más pagaré una deuda municipal. Pobrecito, qué mal rato se llevaría al verse solo y con dos millones de euros. Para que viniese un ladrón...
Manuel Cubero Urbano
No menos de diez obras de gran envergadura había realizado para la Corporación Municipal durante la última legislatura. Esto suponía un montante de dos millones de euros, céntimo arriba, céntimo abajo.
Y como una corporación que se precie no puede ni debe carecer de sus correspondientes deudas millonarias, he aquí a nuestro protagonista convertido en uno de los principales acreedores de las arcas municipales, cosa que, al decir del señor Alcalde de la localidad, era un honor para don Antonio.
-Considere, amigo, que todos y cada uno de los vecinos están en deuda con usted, y eso, bien considerado, es motivo más que suficiente para que se sienta orgulloso de su comunidad.
Después de múltiples intentos por recuperar el capital invertido en obras municipales, nuestro respetado don Antonio acabó por considerar aquellos dos millones de euros más perdidos que su bisabuelo, que en gloria esté.
Y no fue esto lo malo, sino que, por impago del Impuesto Municipal de Circulación de su motocicleta, fueron embargados por la Hacienda Local los pocos ahorros que le quedaban. Así pues, ingresó con todos los honores en la prestigiosa lista negra de la banca nacional.
A partir de ese momento el grifo de los préstamos se cerró sobre su antigua cuenta corriente como se cerraba una pirámide imperial egipcia después de acoger en su seno el cuerpo de un faraón.
Esto acabó por convertir a don Antonio en un hombre ensimismado, huraño y, lo que es peor, pobre como una rata. Avergonzado de su situación, un día, tomó las pocas pertenencias que le quedaban y abandonó el lugar dejando a su hijo como toda herencia un cepillo y una vieja caja de limpiabotas.
Algunos vecinos del lugar afirman que don Antonio había sido visto deambulando entre mendigos por las plazas de algunos pueblos vecinos. Incluso hubo quien afirmaba que, gracias a su tesón, había recuperado parte de su maltrecha economía, y se había convertido en un hombre de negocios respetado entre sus nuevos conciudadanos en una villa no muy lejana.
Sin embargo, la realidad, mucho más cruel que la fantasía, devolvió las cosas a su sitio. Don Antonio malvivía en una aldea próxima dedicado a la realización de pequeñas chapuzas de albañilería, fontanería y similares. Que eso fue lo único que le quedó de su antigua profesión: unos conocimientos básicos de las tareas relacionadas con el mundo de la construcción.
Como quiera que nuestro amigo, a pesar de los vapuleos que le había proporcionado la clase política, aún se consideraba un ciudadano responsable, he aquí que el gobierno de la nación convocó elecciones generales. Don Antonio -"Antoñito el chapucero" para sus nuevos paisanos-, considerándose obligado a ejercer su derecho inalienable a votar, tuvo a bien depositar su voto por correo.
-Votaré a quien defienda mejor mis derechos –comentó a un limpiabotas- . O sea, que votaré al partido que prometa mantenerse lo más alejado posible de la ciudadanía en general y de mi persona en particular.
Todo transcurría durante aquella campaña electoral con absoluta normalidad: insultos entre candidatos, promesas falsas, coloquios en los que no se permitían preguntas a los votantes, carteles ensuciando todas las paredes del pueblo... En fin, nada destacable.
Y llegó el día de las elecciones. Quiso la fortuna que el señor Alcalde actuase de interventor en la mesa electoral a la que pertenecía don Antonio. Emocionado al comprobar el ejemplo de ciudadanía y responsabilidad de don Antonio, el señor Acalde sintió cómo un extraño cosquilleo recorría su espina dorsal hasta despertar sus células grises, cosa sumamente extraña en un ciudadano dedicado, como él, a la vida pública.
¿Consecuencias de aquel cosquilleo que algunos llaman conciencia? El señor Alcalde, tomando nota de la dirección actual de don Antonio, decidió dirigirle un escrito que supondría una ayuda moral para tan respetable ciudadano.
Pasaban los días en su lento devenir recorriendo los oscuros horizontes de aquella comarca sin más noticias destacables que la victoria electoral del partido de costumbre. Gracias a la tacañería de las arcas municipales, la corporación se permitía el lujo de contar en aquellos momentos con algo de liquidez. Una mañana, hojeando el periódico mientras desayunaba en el bar de la esquina, el señor Alcalde detuvo su mirada sobre una fotografía que ocupaba el último rincón de la página de sucesos.
Las palabras brotaron de su boca en un leve susurro mientras leía la noticia:
Un mendigo, conocido como "Antoñito el chapucero", ha aparecido muerto esta mañana en un banco de la Plaza Mayor de Villavieja de los Burros. El hombre falleció de un ataque al corazón mientras leía una carta. La referida misiva, que tenía el remite de una localidad vecina, era del siguiente tenor:
Querido amigo:
El Alcalde Presidente de esta Corporación Municipal tiene el honor de dirigirse a usted para comunicarle que deberá pasar con la mayor antelación posible por las oficinas de Intervención de Fondos del Ilustre Ayuntamiento de Villabermeja con el fin de liquidar las deudas que dicha Corporación tiene pendientes con su empresa desde...
Muy compungido ante el grave suceso, el señor Alcalde hizo en aquel momento un voto que jamás rompería:
-Nunca más pagaré una deuda municipal. Pobrecito, qué mal rato se llevaría al verse solo y con dos millones de euros. Para que viniese un ladrón...
Manuel Cubero Urbano
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Don Manuel y doña Pepa
(Carolina González Velásquez)
Todos los días a la misma hora, doña pepa se dirige al mercadito que esta a dos calles de su casa, a hacer las compras para preparar el almuerzo.
"Ella es una señora como las de antes", dice don Manuel, el verdulero, que todos los días surte a doña pepa de lo necesario para prepara sus guisos que han de nutrir a la familia, a la pequeña María que siempre la acompaña a las compras, a su esposo (que no le sabe el nombre por que siempre lo llama "mi marido") que trabaja arduamente en el hospital hasta tarde, pero tampoco sabe en qué, no le ha preguntado, por que qué tiene el que preguntar nada y a "su niño", su orgullo, "niño tan empeñoso, que estudia durante el día y trabaja los fines de semana por las noches para ayudar a sus padres a pagar su carrera en la universidad, por que el estudia pedagogía en a mejor universidad de la ciudad, por que era el mejor alumno en su enseñanza media y tiene media beca"
Todos los días entablan una pequeña charla, desde temas triviales como el clima, pasando por la historia de alguna vecina o sus propias vidas, por que en esos paseos por el mercadito, los clientes y los "caseros", siempre tiene algo que decir y la habitualidad de las visitas hace que se cree una pequeña intimidad.
Cuando hablan de los hijos, el tema se alarga, quejas y orgullos, depende de que sea que están hablando, cuando el orgullo, ambos padres dictan cátedra de las bondades de sus vástagos, don Manuel, habla de su niña, la mayor, la que le llena el alma, ella tan linda, tan bien educada por su esposa, es artista, quería estudiar arte, pero la vida no está para vivir por simple amor al arte y le habían convencido de estudiar traducción interprete, por que el inglés doña Pepa, se usa en todo el mundo y trabajo no le va a faltar, tiene buenas notas, por que es estudiosa, así que cuando tiene tiempo se encierra a hacer esas cosas que a ella le gusta.
Su niño, es un ángel de hijo, no sabe como se las arregla para ser de los mejores de su clase, entre los estudios y el trabajo en el pub.
Ya lo quisiera como yerno, dice don Manuel a doña Pepa, un joven bien educado, trabajador y estudioso, no como el pololito de mi hija, ese chascón con aro en la oreja, siempre con ojeras y que trae tan tarde a mi hija a la casa los fines de semana, nunca se viste decente, para mi que es un vago, mi hija dice que estudia, pero con esa pinta ¡¡¡que va a estudiar!!!, yo no digo mucho, por que mi hija espera viajar a Estados Unidos cuando termine la carrera y yo espero que encuentre un buen marido por esos lados, usted sabe doña Pepa que los pololeos de los jóvenes no duran mucho tiempo y menos de lejos…
Tenemos el mismo problema Don Manuel, la polola de mi hijo es una loca, siempre de jeans y polera, y llama a mi hijo a la casa cuando está estudiando, las pocas veces que va a la casa, siempre tiene restos de pintura entre las uñas, por que la chica es pintora y como dice usted, ¿Quién puede vivir del arte en estos días?, se pasa el fin de semana en fiestas, por que va al mismo pub donde trabaja mi hijo y la muy fresca lo espera para que él la lleve a su casa y él sale de madrugada, una niña decente se retira temprano a su casa, ya quisiera yo una niña tranquila como su hija de nuera. Al igual que usted, espero que, cuando mi hijo empiece a dar clases, encuentre una buena chica, como su hija tal vez, para que me de nietos, tengo la esperanza que el dichoso pololeo dure lo que duran las relaciones de los jóvenes de ahora, pero mi niño es distinto y a veces me asusta que la chica se embarace para amarrar a mi hijo, que es lo que hacen las chicas locas, usted ve, como es él, es un buen partido, cualquier loca lo quisiera, si las niñas buenas no abundan don Manuel.
Y se despiden hasta le siguiente día.
Un día de éstos deberíamos presentarnos a nuestros hijos, quien sabe, tal vez se gusten y terminemos de consuegros, dice doña Pepa a don Manuel, no es mala idea doña Pepa, pero creo que es algo tarde, mi hija quiere reunir a la familia de su pololo y la nuestra para hablar de la relación de ambos, yo me opongo, pero vamos a ver que sale de todo esto, yo pensaba que ese muchachote no tenía familia, pero ya ve, uno se equivoca.
Curioso don Manuel, mi hijo me ha dicho lo mismo, nos vamos a juntar con la familia de la polola a hablar de la relación de ambos, creo que el se quiere casar, no ha dicho nada, pero esperemos a ver que pasa, de todos modos me opondré a cualquier cosa.
El sábado don Manuel Y doña Pepa, se encontraron en un restaurante de la ciudad, sentada a su lado, la pequeña María, ¿Qué anda haciendo por estos lados doña Pepa?, aquí, en reunión familiar don Manuel ¿y Usted?, misma cosa doña Pepa y ambos se rieron y mientras se presentaban a sus respectivos cónyuges.
Un minuto más tarde, la hija de don Manuel, entra de la mano del hijo de doña Pepa, tres minutos después, don Manuel y doña Pepa, estaban atónitos tras la noticia, que serían abuelos y que ellos vivirían juntos por que no tenían intención de casarse.
sábado, 3 de noviembre de 2007
EL JUGADOR
Hoy ha sido demasiado para mí. Luisita, sabes muy bien que, desde que nos casamos, pocas son las veces que hemos tenido problemas realmente graves.
Ya ves, mi gran preocupación cuando nos enamoramos era que iba a tener que olvidarme del fútbol los domingos. Pues llegó el primer domingo que salimos por la tarde y no se te ocurre otra cosa que decirme que te encantaría ir a ver el partido del Betis. ¡Del Betis, nada menos, Dios mío!
El alborozo me hizo dar tal cantidad de saltos que las personas que caminaban a nuestro lado llegaron a confundirme con un canguro.
Pero no quedó ahí la cosa. ¿Recuerdas el invierno aquel en que llovió más que cuando se ahogó “Bigotes”? Entonces fui yo quien se planteó la idea de proponerte, con el miedo metido hasta los tuétanos, que una partidita de tute subastado sería una buena posibilidad para entretener aquellas tardes frías y grises...
Llegamos al estanco a comprar un paquete de tabaco, distraídamente, como quien no quiere la cosa, cogí una baraja de cartas, la acaricié sintiendo, en ellas, la calidez de una piel femenina... Tú, mirándolas de forma arrobada, me las arrebataste de entre las manos para continuar las caricias que casi a hurtadillas yo les había regalado.
Con la más inocente de las intenciones me preguntaste si sabía jugar al tute subastado. Sin poder contener la emoción, me limité a proponerte echar una partidita y contarte alguno de los trucos de aquel juego...
En la primera partida, cantaste las cuarenta, las veinte en espadas, las diez de últimas y, para más INRI, me comiste los cuatro treses... Desde entonces, nunca nos han faltado nuestras partidillas de sobremesa, nuestras inocentes apuestas de un par de euros para darle algo más de emoción al juego...
A partir de ahí, todo fue una serie de coincidencias que hacían de nuestra vida un continuo encuentro de placeres comunes. Si el Rock era una de mis preferencias musicales, a ti te encantaba Elvis. Si tú disfrutabas visitando el Museo del Prado, Velázquez era para mí un artista inconmensurable.
El año que yo quería pasar las vacaciones en los Pirineos, antes de que yo te dijese la más mínima palabra, tú te presentaste el día de mi santo con todo un equipo de montaña...
Y hoy... Hoy precisamente, cuando se cumplen nuestras Bodas de Plata, has venido a poner sobre la mesa, con toda la crudeza de que eras capaz, una desconfianza hacia mi persona que nunca pude imaginar. Sí, tú, mi amada Luisita, mostrando tu desconfianza, preguntándome qué he hecho de los últimos veinte euros que me diste. Tú, mi amada Luisita, culpándome de derrochón, cuando sabes que miro por el último céntimo como si fuese mi alma...
Sí. Luisita, sí. Hoy me has herido en lo más profundo de mi ser. Tu desconfianza me ha parecido totalmente injustificada, y te lo voy a explicar de la forma más clara posible:
¿No has observado que hoy tienes en tu monedero veinte euros más? ¿Acaso no recuerdas que ayer, en la última partida de tute, me dejaste más pelado que a un quinto?
Manuel Cubero
Ya ves, mi gran preocupación cuando nos enamoramos era que iba a tener que olvidarme del fútbol los domingos. Pues llegó el primer domingo que salimos por la tarde y no se te ocurre otra cosa que decirme que te encantaría ir a ver el partido del Betis. ¡Del Betis, nada menos, Dios mío!
El alborozo me hizo dar tal cantidad de saltos que las personas que caminaban a nuestro lado llegaron a confundirme con un canguro.
Pero no quedó ahí la cosa. ¿Recuerdas el invierno aquel en que llovió más que cuando se ahogó “Bigotes”? Entonces fui yo quien se planteó la idea de proponerte, con el miedo metido hasta los tuétanos, que una partidita de tute subastado sería una buena posibilidad para entretener aquellas tardes frías y grises...
Llegamos al estanco a comprar un paquete de tabaco, distraídamente, como quien no quiere la cosa, cogí una baraja de cartas, la acaricié sintiendo, en ellas, la calidez de una piel femenina... Tú, mirándolas de forma arrobada, me las arrebataste de entre las manos para continuar las caricias que casi a hurtadillas yo les había regalado.
Con la más inocente de las intenciones me preguntaste si sabía jugar al tute subastado. Sin poder contener la emoción, me limité a proponerte echar una partidita y contarte alguno de los trucos de aquel juego...
En la primera partida, cantaste las cuarenta, las veinte en espadas, las diez de últimas y, para más INRI, me comiste los cuatro treses... Desde entonces, nunca nos han faltado nuestras partidillas de sobremesa, nuestras inocentes apuestas de un par de euros para darle algo más de emoción al juego...
A partir de ahí, todo fue una serie de coincidencias que hacían de nuestra vida un continuo encuentro de placeres comunes. Si el Rock era una de mis preferencias musicales, a ti te encantaba Elvis. Si tú disfrutabas visitando el Museo del Prado, Velázquez era para mí un artista inconmensurable.
El año que yo quería pasar las vacaciones en los Pirineos, antes de que yo te dijese la más mínima palabra, tú te presentaste el día de mi santo con todo un equipo de montaña...
Y hoy... Hoy precisamente, cuando se cumplen nuestras Bodas de Plata, has venido a poner sobre la mesa, con toda la crudeza de que eras capaz, una desconfianza hacia mi persona que nunca pude imaginar. Sí, tú, mi amada Luisita, mostrando tu desconfianza, preguntándome qué he hecho de los últimos veinte euros que me diste. Tú, mi amada Luisita, culpándome de derrochón, cuando sabes que miro por el último céntimo como si fuese mi alma...
Sí. Luisita, sí. Hoy me has herido en lo más profundo de mi ser. Tu desconfianza me ha parecido totalmente injustificada, y te lo voy a explicar de la forma más clara posible:
¿No has observado que hoy tienes en tu monedero veinte euros más? ¿Acaso no recuerdas que ayer, en la última partida de tute, me dejaste más pelado que a un quinto?
Manuel Cubero
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