lunes, 23 de febrero de 2009

La voz

La mató porque hablaba demasiado. Ya no la soportaba.
Durante treinta años, los siete días de la semana la había escuchado hablar: de sus gustos, de los vecinos, de sus actividades durante el día, de los programas de televisión.
Sólo había logrado descansar de su voz cuando trabajaba, pero últimamente y debido a su jubilación (efectuada antes de tiempo por causas de enfermedad) todo había empeorado.
No sólo debía soportarla de día, también lo despertaba en las noches hablando dormida.
Ya era imposible vivir con ella. Por eso la había matado; no porque no la quisiera (a su manera la quería) pero el sólo hecho de que ella abriese la boca y su chillona voz difundiera sus vibraciones por el aire, era razón suficiente para destruir todo sentimiento marital que él sintiese por ella.
Nadie pudo percatarse del asesinato. Una caída, sólo una caída de las escaleras, un golpe en la nuca y ya…
¿Quién iba a creer que un esposo asesinase a su mujer luego de 38 años de casados?
Además no existían intereses económicos de por medio ni mucho menos románticos.
Ahora podía hablar: decir todo lo que sentía por primera vez en su vida, investigar las reacciones de extraños ante sus palabras, opinar sobre cualquier tema que le viniese en gana.
Podía incluso entablar conversaciones con sus hijos, mirándolos a los ojos; no como antes, cuando solo monosílabos requeridos por su esposa se intercalaban en la conversación filial.
A veces la extrañaba pero el mero recuerdo de su histriónica voz la hacía olvidarla de nuevo.


Aquella madrugada lo despertó el sonido del teléfono, con furia y preocupación a la vez, atendió.
--Hola…Hola --su voz fue aumentando en volumen y gravedad
Del otro lado del tubo un sonido reconocible lo angustió.
--Joaquín…soy yo…¿por qué Joaquín? ¿Por qué?
Colgó el teléfono temblando. Debía estar paranoico. ¡No podía ser que hubiese escuchado la voz de su mujer! Pero estaba seguro que era su timbre, su forma de hablar…
La razón le dictaba que no era lógico su pensamiento. Su mente le estaba jugando una mala pasada…eso debía ser.
Esa noche ya no pudo dormir.
Ni las siguientes noches. El teléfono sonaba todas las noches hasta que lo descolgó, pero aún descolgado seguía sonando.
--Papá, bien sabes que mamá murió…no puedes haber escuchado su voz. Ha de ser que la extrañas – le decía su hija.
¡No, no! Sus hijos se equivocaban. El no estaba loco; él la escuchaba hablar; debían creerle.
¿Acaso su mujer había regresado del más allá para vengar su muerte? Quizás ella no había muerto realmente y estaba tramando algo.

--Joaquín –le había dicho su yerno—perdone que sea rudo pero supongamos que fuese ella…¿cómo iba a hablar? ¿Olvida usted que con la caída se le destrozó un trozo de lengua?. Si hubiese sobrevivido no podría hablar ¡y no quiero creer que un hombre inteligente crea en fantasmas!




Consejos, puros consejos…Psicó logos, visitas a todo tipo de loqueros; nada le resultaba.
Nadie le creía: él la escuchaba hablar…ellos debían creerle, debían escucharla también.

Cuando destrozó el teléfono contra la pared -que permanecía en ese instante descolgado- se decidió: grabaría la voz de su mujer; nadie más lo tildaría de loco.
Removió cielo y tierra buscando esas viejas cintas de tape que su mujer siempre tenía. A ella le gustaba –como si no fuese suficiente- grabar su voz en medio de los chillidos familiares y luego torturarle sus oídos una y otra vez.

Apretó Record disimuladamente escondiendo entre almohadones el grabador. Fantasma o no ella no debería ver qué era lo que él se traía entre manos.

--Ahora hablá bruja…hablá….-comenzó a gritar como poseído-

Hubo sólo silencio.
Se desplomó cuando vio el espectro de su mujer frente a él, con la boca entreabierta… vacía, sin lengua, sin palabra articulada al aire…




--Esto te va a hacer bien papá; descansa.
Su hija le acomodaba el almohadón. Esa madrugada lo habían hallado inconsciente con un grabador entre sus manos.
--No te preocupes Papá, el médico dijo que la hemiplejia que tienes puede ser reversible; aunque no puedas más que mover los párpados…vas a recobrar el movimiento de a poco —dijo su hija mientras le daba un beso — sé que extrañas a mamá. Nos dijo el psicólogo que esto te ayudará a superar un poco su partida, aguarda…



Los ojos abiertos de Joaquín -casi sin movimiento- parecían llenarse de lágrimas mientras la voz de una mujer sonaba desde un grabador cantando el feliz cumpleaños, riendo y hablando sobre su familia.



Liliana Varela 2009



*De "Cuentos para no dormir" (de próxima aparición)

miércoles, 11 de febrero de 2009

La mano

I
Del desagüe salía una mano.
Cada vez que, al levantarse, intentaba lavar su rostro para deshacer con el agua los residuos de sus pesadillas, salía una mano del desagüe.
Al abrir la puerta cada mañana, una mano la acompañaba hasta el otro lado para abrirle el ascensor.
La misma mano, extendía su índice con ademán seguro y pulsaba la tecla B.
Allí, desaparecía.
Una vez que abandonaba el portal parecía estar sola.
Caminaba sola por las aceras.
El asfalto se confundía con los resquicios de la noche, pero la pesadilla no volvía a su mente.
A paso ligero, sin mirar hacia atrás por miedo a ver, sin mirar hacia delante por miedo a no ver; mirando hacia dentro de sí misma, deambulaba por las calles de cada día, siempre iguales y siempre diferentes.
En un edificio que le era hostil se iba dejando la piel cada mañana, eternos desconocidos que nunca la observaron, tampoco hoy percibirían su presencia.
Todo lo llevaba dentro, para qué mirar más allá de su propia mente.
Estaba allí, nadie lo sabía pero allí estaba. Ella podía sentirlo, se abandonaba a su caricia, se entregaba cada noche al roce de sus uñas, y su piel se sentía viva, su respiración se agitaba, le vibraba el alma y después, el sopor invadía sus entrañas.
Antes de caer en el sueño, notaba como unos nudillos ligeramente peludos acariciaban su sien.
Cuando llegaba el sueño, la mano desaparecía y, en su cerebro, quedaba un hueco inmenso, donde todas las pesadillas tenían cabida.
La mano volvía con el primer chorro de agua. Volvía por el desagüe de la ducha. Cuando las primeras gotas resbalaban por su barbilla y podía verla, la recibía con alborozo sabiendo que estaría con ella, dentro de ella, cada instante del día, ocupando el vacío dejado por las pesadillas de la soledad, llenando el vacío de la indiferencia de otros.
Era la mano amiga, la mano amante. La mano que guiaba sus pasos entre las brumas, la mano que la abandonaba al sueño, la mano que alentaba su propio aliento, el único afecto que la aferraba al mundo, que la invitaba a seguir, el único motivo de su existencia.
II
Llamó el vecino de abajo. El agua caía a torrentes desde su techo.
Todo parecía indicar que la inquilina del segundo había salido de viaje dejando algún grifo abierto.
El agua les había faltado tres días debido a las obras de la calle.
Dicen que nunca recibía visitas.
En el trabajo nadie la recuerda, ni siquiera saben su nombre. Se dieron cuenta de que llevaba días sin aparecer, porque ya no quedaban tazas limpias para el café en la sala de reuniones, los ceniceros estaban rebosados y en el suelo empezaba a ser evidente la falta de limpieza.
Estaba allí, su cuerpo inerte, hinchado, unas marcas en su cuello delataban que había sido estrangulada.
La puerta estaba cerrada y también las ventanas. Nadie las había forzado.
El fregadero lleno de platos sucios.
Sólo sus huellas por todas partes.
Tampoco hay señales de pelea.
Lo más extraño de todo es que el desagüe de la bañera no estaba taponado, los fontaneros tampoco han encontrado nada que pudiera estar obstruyendo la salida del agua y en los labios de la víctima aún se percibe una sonrisa de alegría, de consuelo, de esperanza, de plena felicidad, como cuando te reencuentras con un viejo amigo que en algún tiempo fue tu alter-ego.

Lena

lunes, 9 de febrero de 2009

LAS PRUEBAS DE LA INFAMIA

Puta que hace frío… También, quién me manda hacerme el eficiente, el todo terreno. En este galpón hasta las ratas se ríen de mí. Dije "yo me hago cargo" cuando el Dr. me pidió –no me ordenó, me pidió- que hiciera justicia en su nombre, que terminara con el insolente que se permitió pastar en sus propiedades, las de él, las del hombre más poderoso del lugar, que será una mierda pero es su feudo de mierda. Y con su mujer, se permitió, con la esposa del Señor del lugar, que será una sombra al lado de cualquiera de las pupilas que aloja en sus prostíbulos, pero que es la única Señora Peñaralta.
—Vos estás a cargo, Antonio, me respondés por mi seguridad. Y ahora te pido que me respondas por mi honor. Ese sacrílego tiene que morir, de muerte atroz, de muerte ejemplar, para que todos se enteren que con la propiedad del Dr. Peñaralta no se juega. Aunque sea un hueso tirado en el camino, no se juega. Esta noche viene, el jueputa. Quiero saber quién era el que venía a picotear, como si el gallinero fuera suyo. Y digo "era" porque me lo vas a mostrar muerto. Y a ella también. Los quiero muertos, Antonio, a los dos. Y quiero las pruebas de sus muertes aquí, en mi mesa, esta misma noche. Y si fracasás, Antonio, quiero tu muerte como pago.
Ya me había dicho –muchas veces- el viejo: "Cuidate, Antonio. Ya no hay principios, no hay leyes, no hay ni siquiera códigos". Nada de lo que te enseñé tiene valor. Ni la verdad, ni el honor, ni mucho menos la palabra. La violencia, el acomodo, la riqueza, valen, por el tiempo que duran".
Hoy soy el brazo de la ley. un empleado del Dr. Peñaralta, un poderoso de turno. Soy, como se dice, un esbirro. Y le tengo que cumplir. Identificar al insolente, y ajusticiarlo. Identificar a la Luciana, decirle que por bocona el patrón se viene a enterar de lo nuestro. ¡Me mandó que me suicide, el loco de mierda! Claro, porque no sabe, lo nuestro. Alguna alcahueteada, para ganar puntos, de algún maricón que no va a asomar la cara.
Si, viejo, sí. Fui un boludo. Donde se come… Pero cómo hago, viejo, Ud. que me está mirando –sí tiene razón, no me cuidé-, cómo zafo, viejo..Olvídese de heredar su nombre, continuar su estirpe. Voy a morir joven, sin nombre, nadie que me llore, no me hable de la Luciana, que ya la estoy viendo venir, que no viene sola, viene con ese pelandrún recién llegado al barrio, ese que viene sobándola, haciéndola reir y temblar, a la guacha, que otra vez metiéndole los cuernos al Dr, dos días que me ausento y ya se buscó otro, la reventada. Yo cuidando lo nuestro, borrando huellas a cada paso, y ésta a los gritos en plena calle, que si no los paro se hacen de exibición condicionada, yo me preparo ahora que la está arrinconando, está contenta la guacha, se rie como se reía conmigo. No si yo…
—¡Alto!¡Paren ahí! —nunca hacen caso, para qué lo digo. Inmediatamente el patuquito manotea el revolver, aprieta el gatillo, salen tres balazos, para dónde, digo yo, si tres balas mías se le introdujeron sin pedir permiso en ese cuerpo que buscaba caricias y encuentra plomo.
—¡Antonio!¡No es como vos pensás, Antoñito! No sabés cómo te extrañaba, pensé que volvías mañana, pero que alegría…
El Dr me la pidió en bandeja. Ella debe pensar que soy tan estúpido como el, que con dos mimitos alcanzan, así cai yo, viejo, la miré y no me cuide, pero ella está hermosa en su julepe, la mirada le brilla, las manos le tiemblan al hurgar en su cartera, quiere darme…
—¿Cómo? La pistolita –un juguetito ridículo- dispara sus tres tiros de norma que me dan de lleno y yo -como siempre, viejo- dándome cuenta tarde, Luciana que suelta el arma, como si le diera asco, pobrecita, se inclina, me mira, no hace falta mucho oficio para darse cuenta que me queda poco.
—Si me hubieras hecho caso, Antonio, todo esto sería nuestro, en unos días. Pero vos, que los códigos, que la palabra. Este, el gringuito, a vos, ni a la altura de los zapatos, lo enganché para abrir la caja fuerte. Me llevo como para tirar un tiempo en algún otro lado. No te molestés, yo me llevo todo. Si te llegás a salvar buscame, aunque no creo
El gringo murió. Luciana desapareció. El Dr. viene corriendo, con sus esbirros –todos, mehos yo, que estoy aquí pero me voy yendo-. Tiene razón viejo, pero ya es tarde. No pida que me pongan con Ud. allá, que nos vamos a amargar la muerte. Escuche lo que dice el patrón, por lo menos alguien me recuerda.
—Y este hombre, Luciano no sé cuánto, que dio la vida por cumplir su misión, es un ejemplo del empleado que quiero a mi servicio… —todos solemnes, reconociendo mis méritos—. ¿Tendrá alguien a cargo? Lástima, le podría dar una bonificación, que el Dr. Peñaralta sabe corresponder. Bueno, otra vez será, voy a poner una placa recordatoria.


© Carlos Adalberto Fernández

sábado, 31 de enero de 2009

ESE VIEJO ALMACÉN

Versión libérrima de
Sentimiento gaucho
Tango 1924
Música: Rafael Canaro / Francisco Canaro
Letra: Juan Andrés Caruso


Igualito, El mismo viejo almacén, los mismos adoquines, los faroles, la recova. Alguien me detiene en la entrada.
— ¿Cuándo la perdiò?
— ¿Cuándo perdí la qué? –los patovicas eran alfeñiques al lado de este megatipo. Que raro. Capaz que el gallego cambió de ramo-. ¿La qué? Repetí.
— La fe. Ud. Se puso en esta cola –El doble ancho me señaló el cartel: "Salón exclusivo de La Fe Perdida. Presentar comprobante para ingresar".
— Yo, si es por eso, ya soy vitalicio. La fé, la perdí o me la robaron hace años.
— ¿Constancia de denuncia?
— ¿Lo qué? Pero, oíme, ¿vos no sos Palito, el del kiosco del tano?
— Soy Pablo. Era Palito, hace tiempo. Ahora me doy cuenta. Ud. es Matias, el de la mesa permanente. Disculpe, el tiempo pasa.
— Oime, ex Palito, ¿No está el yoyega, el Pepe?
— El señor Pepe falleció, hace tres años. Ahora está el hijo, el Sr. Pepe. Pero pase, ya conoce el lugar. Yo le aviso al Sr. Pepe.
§
Lúgubre, casi tenebroso, mesas oscuras y gastadas, gente oscura y gastada. MI mesa, gastada y oscura, en el lugar de siempre. El vaso, la botella abierta, el cenicero lleno de puchos, uno encendido, como siempre. Paso por entre las mesas, molesto a los clientes encorvados sobre el mantel de papel, el sombrero ocultando los ojos. Algunas toses profundas entre pitadas. Una mustia lámpara sobre cada mesa, con una pantalla oscura y gastada iluminando, en el centro, el vaso; en penumbras una botella. Cada tanto una mano repta desde el borde de la sombra, inclina la botella, que luego vuelve a su penumbra. La mano toma ahora el vaso, que desaparece comido por la sombra del sombrero, vuelve con el vaso vacío, toma el cigarrillo desde el borde de la sombra, desaparece, vuelve al cenicero. Al rato una tos cavernosa, ahogada, interminable. Silencio. El hombre piensa, evoca, maldice. Una mano repta desde el borde…
En una mesa, la tos se hace prolongada, de extremaunción. Entre espasmo y espasmo, la voz dice un "¡Mariantonia!" cada vez más ahogado, Desde el otro lado de la mesa incursiona una mano. Toma la botella. La sombra del sombrero desaparece y la botella se estrella sobre la cabeza del cliente, que deja de toser. Dos paquebotes levantan al ex cliente, retiran el vaso, el cenicero, pasan un trapo rejilla oscuro y gastado, colocan mantel de papel, botella hasta la mitad, vaso, cenicero, cigarrillo encendido, hasta la mitad. Me siento en esa mesa, tomo la botella…
— ¡Eh! ¡Con cuidado! —Desde las profundidades de las gastadas y oscuras maderas del piso, o desde debajo de la mesa, me gritan. Algo me agarra un pie. Miro. Acurrucado debajo de la mesa, abrazando una botella, un vaso y un cenicero lleno, un tipo –huesos, algo de piel, ojos de sapo- me mira desafiante pero asustado —. No deschavés, gil. Hace rato que estoy aquí, es como si la mesa fuera mía. Si te sentás con cuidado podemos charlar, de paso vigilás. Cualquier cosa mové el pie derecho.
— Oime, esqueleto gordo, Traigo mis propias pálidas, compañeras de una vida. Sé quién sos. Te veo y no siento emoción alguna. Como no quiero faltarle al tango, si tenés una cruel confesión y me hacés lugar, te escucho -. Hago una señal y en un momento nos preparan el piso, con botellas nuevas, ceniceros limpios, una picada. La luz, al principio no veíamos un carajo, pero desde otro bar nos aportan un candil.
Percha vacía me mira fijo. Comienza.
— ¡Se me ha ido, che! Sólo tres años duró lo nuestro. ¡Bah, lo nuestro! ¡Yo aporté laburo, tres changas, algunos choreos, la latita en la escalera del subte! No digo que la tenía como reina, pero con los préstamos que pedí, unos meses sin fumar, pudo presentarse sin vergüenza en la pista del Social y Deportivo, se ganó el Mireya de oro y un contrato como bailarina del Pindonga Tango Ballet. ¡Qué orgullo, che! Brillaba en la pista. Bueno, dicen. Yo nunca pude verla. A las cuatro largaba el puesto de sereno, corría a casa, limpiaba todo, preparaba la comida y a eso de las seis, cuando sentía la puerta del coche que la traía hasta la casa, saludándose a los gritos con los tipos, le servía el plato. Entraba tarareando y bailando, comía y se metía en la cama. Después te cuento, me decía y quedaba frita. Cuando al anochecer yo volvía del lavadero de coches, me esperaba el cartelito. "Sinforoso: El churrasco más a punto, no me gusta seco. La ensalada sin vinagre. Cambiá las sábanas. Después te cuento". Nunca me contó.
— Yo no me quejaba, che. Gracias que la veía, dormida. Algo de celos, sí. "Tontito", me decía mientras se pintaba los labios, agarraba la cartera, me tiraba un piquito, "No te valorás, no sabés cuánto valés. Dale, Sinfo, no te olvidés de plancharme la camisa".
Cuando tuve el accidente pedí permiso en el depósito, compré unas flores y corrí a casa. Vamos, a los alaridos en la cama, la ropa tirada por todos lados, el tipo jadeando, eso de que era una visita social no te lo cree nadie. Pero me pasé. Perdí la cabeza, o sea la perdió él, papilla se la dejé con el cenicero de mármol que me prestaron por un tiempo en la mansión de Olivos. Yo, a cafúa. A ella la echaron del Club, me hicieron fama de malevo posesivo que en cualquier momento volvía, Todos le rajaron. Al final, pobre mujer, sola, indefensa, se fue con el hombre que la supo seducir. ¿Vos la culparías?

Y, si acaso algún día quisiera volver a mi lado otra vez, yo la he de perdonar.
Si por celos a un hombre se puede matar se perdona cuando habla muy fuerte el querer a cualquiera mujer.

Ahora dicen que me está buscando. Lo echo, echo está. Además, tengo miedo. Tengo miedo de su llanto atrapante como su risa. La quiero como a mi madre pero me sobra bravura. Si golpean a la mesa, no digas que estoy.
§

Me partió el corazón. Ya no le quedaba para mucho. Allí mismo, debajo de la tercera mesa a la izquierda, lo miré.
Este amor no merece morir así, pensé. Decidì; este amor no va a morir así, en el anonimato. Le compré ropa nueva (la vieja la puse en una canasta que decía "Venia con esta ropa"), Lo empaché de inyecciones: calcio, yodo, multivitamínicos, lo dejé como para tirar un tiempito más, con cenicero nuevo y limpio, tinto berreta pero de marca, lupines, Todas las noches iba al almacén del gallego. Siempre el mismo verso, me decía.

Y si llama ella no le digas que estoy. Di que me he ido.
Pero, ¿Vendrá alguna vez? Decime.

Con el puré de vitaminas impedía que se fuera, por unos días. La noticia se corrió. Cada vez venía más gente. Lloraban, aplaudían, nos pedían autógrafos. Hice acordonar un caminito alrededor de la mesa, Se vendían fotos, ceniceritos de mármol con foto de Sinfo. Como con el glacial Perito Moreno, ya tenía fecha de derrumbe. Llegaron contingentes de turistas, tuvieron que cerrar Paseo Colón.
Pero el Sinfo ya estaba en las últimas. El gallego lo trasladó a una piecita interior. Unas mesas, un caminito pegado a la pared, reproducía a escala la escena original, en la que –dicen- De Niro protagonizaba la película que estaban filmando.
En el escenario íntimo, sólo él, respirando trabajosamente, un médico, el gallego y yo. Y los espectadores, claro, no más de 50 personas por función, De repente. la puerta se abrió Una mujer asoma tímida. No encuentra a quien busca. Pero Sinfo, desde debajo de la mesa, grita "¡Maricarmen!
¡Que momento! La emoción nos embargaba. "Por fin llegaste. Te esperaba. No quería irme sin entregarte la camisita, bien planchada", dijo él.
La premio Mireya de Oro, bellísima, lloraba en brazos del Sinfo. "No me dejes sola" suplicaba, mirando a las cámaras.
— Esa ropa… espero que te haya alcanzado la plata que todos los meses te depositaba en la cuenta, no quería que pasaras penurias por mi ausencia.
— No te preocupes, querido Sinfo, no te vayas, quedate conmigo, yo te cuido en el tiempo libre.
— Ya es tarde, Maricarmen, me estoy yendo.
— Entonces no te olvidés de dejarme las cuentas bancarias, los derechos de publicidad, venta, comercializació n de las fotos, ceniceros, discos y cds y todas las novelas, crónicas y películas basadas en tu historia. Casualmente aquí traigo un documento, firmalo y listo. Quiero que te vayas tranquilo, yo acá cuido tu memoria.
— Todo lo que quieras, mi amor, mi ensueño. Vamos que no queda tiempo-. Sinforoso se incorporó trabajosamente. Apoyado en Maricarmen, que tenía fuerzas para todo, se acercaron a un armario. Sinforoso extrajo de entre sus ropas una llave con la que abrió el candado. Le entregó la llave a Maricarmen, emocionada hasta la taquicardia. Del armario Sinforoso extrajo una caja con cerradura, la abrió. "Vení Mireya", le dijo a la mujer "Acercate que quiero que seas la primera en ver". La tomó del hombro y los dos se inclinaron sobre la caja.
El disparo nos sobresaltó a todos. Maricarmen miró extrañada a Sinforoso. El segundo disparo convirtió la sorpresa en terror. Después no expresó más nada, sólo la inexpresividad de la muerte. Sinforoso giró poniéndose de frente a nosotros, con Maricarmen colgando como un trapo de su brazo izquierdo, En la mano derecha tenía el revólver de la sorpresa.
— Creí que ya no llegaba a verla. La esperé, en noches interminables tratando de imaginar su actitud, y mi decisión. Soñaba que me pedía dejarla morir conmigo, ningún comentario sobre plata. Estúpido. Yo mismo me decía estúpido. Porque la otra actitud que imaginaba fue la que se dio: Dejá la plata, Chau. No importa. Aguanté. Me cobré. Ahora, supongo que debo pagar.
Se colocó el caño del revólver en la boca y disparó.
§
Regalé mi mesa, me despedí del gallego. Ya no iba a volver. Sinforoso me hizo recuperar la fe en los valores humanos. Miren que esperar no sé cuánto tiempo para terminar sin deudas un conflicto amoroso, poner cada cosa en su lugar antes de dejar el mundo de los vivos… Si eso no es amor, que me tiren los perros.


© Carlos Adalberto Fernández

jueves, 29 de enero de 2009

Montañas del Espasmo

Lo había lastimado. Lo sabía.

Tantos años acumulando dolor e impotencia, ahorrando energía robada al tan necesario sueño, sacrificando el presente en pos del incierto futuro.

Sus músculos pregonaban la fuerza de miles de fibras contrayéndolo todo, incluso la rabia.

Se había convertido en una eficiente máquina de asalto, un arma mortal que destruía todo a su paso sin detenerse en detalles ni opciones.

Nadie jamás lastimaría su coraza; su pecho amurallado estaba dispuesto a resistir miles de embates sin acusar tan siquiera un roce.



Pero ahora, esa defensa, esa herramienta que convertía su humanidad en impenetrable le había traicionado.

Él yacía en el suelo: y de ella era la culpa.

Pensó en la esencia del escorpión, en el involuntario reflejo que la llevaba a defenderse de todo movimiento agresor, en la cima a la que sus pasos la habían conducido.

Se inclinó hacia él, aunque más no fuese para tocarlo…siquiera para decirle que quería que siguiera intentando acercarse a ella.

Un grito la paralizó



-¡¡Nunca más te abrazo por sorpresa!!.. ese karate de mierda me va a romper los huesos un día -bramó la voz masculina.


Liliana Varela

http://lilianavarel a.blogspot. com

viernes, 23 de enero de 2009

LA GUERRA DE DANI

Dani es un niño normal. Dani, como todos los niños de su edad, tiene, además de un balón y una bicicleta, un cajón lleno de juguetes en el que esconde los más sorprendentes cacharros. Algunos de ellos, incluso, se encuentran ya perdidos en el olvido desde su más tierna infancia.

Uno de sus juguetes preferidos era la escopeta de corcho que, al disparar, hacía un ruido similar al de las escopetas de verdad. Y, de noche, hasta se veía una pequeña lengua de fuego. Ni qué decir tiene que esta mínima llamarada hizo más de una vez las delicias de sus amigos cuando, encerrados en su cuarto, apagaban todas las luces para verla mejor.

Dani solía jugar a la guerra con los amigos del colegio. Lo pasaban fabulosamente bien, pues debéis saber que nuestro amiguito vive en una pequeña aldea, perdida entre montañas y riachuelos. Sus batallas encontraban en aquellos parajes un lugar ideal para correr, saltar de una orilla a otra del arroyuelo, esconderse en las trincheras improvisadas con dos pedruscos detrás de un viejo árbol carcomido, escalar peñascos que, en sus mentes inocentes, se trocaban en abruptas montañas...

Ni siquiera para vestirse de camuflaje encontraban el más mínimo problema:

-Arrancamos un par de matojos y un puñado de hierbas para hacernos un gorro.

Con él se asomaban por encima de las retamas y veían perfectamente al enemigo sin que éste se percatase de su presencia...

Cuando sucedió nuestra historia, la primavera estaba tomando posesión de aquellos paisajes. La nieve dejaba paso, lentamente, al verdor de las hierbecillas que comenzaron tímidamente a manchar el blanco e inmaculado paisaje. El calorcito de un sol radiante aprovechaba la limpieza del aire para enviar su leve ardor de manera engañosa. Los inocentes rostros de Dani y sus amigos tenían ya unos tonos colorados y sanos que eran la envidia y el orgullo de sus mamás.

El sábado los dos "bandos enemigos" gozaron de lo lindo durante toda la tarde, hasta que el sol, agotado, decidió abandonar aquellos parajes en busca de lugares menos umbríos en los que seguir empleando sus aún débiles fuerzas.

Como tantas otras veces la batalla terminó cuando, a lo lejos, oyó la voz de su hermano que venía con la buena nueva:

-¡Daniiii! ¡La merienda...!

La guerra entró automáticamente en un armisticio que, como de costumbre, suspendía las hostilidades entre la alegría de los contendientes. Los chiquillos hicieron un alto con el fin de reponer fuerzas antes de reiniciar la incruenta e inocente lucha.

Al anochecer, cuando Dani entró en casa, el padre leía la prensa. Su rostro, naturalmente risueño, evidenciaba una profunda preocupación.

-Esto será un desastre –comentó en voz baja mientras sus ojos se posaron en el arma inocente dormida en brazos de Dani.

-Las guerras... –musitó su madre- sabemos cuando comienzan, pero nunca cuando acabarán.

-¿Vamos a tener una guerra? –fueron las palabras de Dani, alborozado al oír a su madre-. Yo quiero ser un soldado. Seré el más valiente de mi ejército...

-Prefiero un hijo cobarde antes que un hijo muerto –confesó su madre con sinceridad.

-No hijo. No habrá guerra –intervino su padre-. Esperemos que la sensatez se imponga a la soberbia y la locura de algunos gobernantes.

-Y si ganamos... ¿no seremos más poderosos y más ricos, papá?

-No hijo, de una guerra todos saldremos más pobres. Sólo el odio y el rencor triunfan en ella...

Dani, que no quedó muy convencido de aquellas palabras, se enfrascó en sus taras escolares mientras penetraban en sus inocentes oídos las incomprensibles palabras, huecas y altisonantes, que surgían del receptor de televisión.

Era una alocución huera y ampulosa de alguien que, a juicio de su padre, no iba a jugarse ni vida ni hacienda. Palabras de guerra, negras como pájaros de mal agüero, inundaron la habitación.

Imágenes de aviones, barcos, carros de combate y todo tipo de armamento desfilaron ante la mesa durante la cena más tristes que Dani había conocido en su vida.

-Vamos, Dani, a dormir, que mañana hay que ir a la huerta. Debemos levantarnos tempranito para que no nos coja mucho calor -rogó su padre.

Dani apenas pudo conciliar el sueño esa noche, daba vueltas y vueltas hasta que... Un silbido atronador se apoderó de la oscuridad. Sus gritos, desgarrados, se perdieron entre el resonar de las detonaciones. Sólo un eco ensordecedor respondía a su desesperación.

El muchacho intentó levantarse, encender la luz, correr hacia el dormitorio de sus padres... Imposible. El pavor paralizaba todo su cuerpo.

Tras unos momentos de silencio, un destello estremecedor sucedió a aquellos primeros instantes de terror. Dani había cerrado los ojos aturdido por la luz cegadora que invadió su dormitorio.

Parecía como si las paredes se hubiesen convertido en transparentes pantallas incapaces de frenar aquella tormenta de ígneos colores. Inmensas llamaradas anunciaban un fuego destructor que se apoderó de todo el pueblo.

Cayeron sobre su cuerpo cascotes, trozos de muebles, ropa... Y luego, un ruido ronco, eterno y aterrador... Dani se hundió en una pesadilla hipnótica, sentía su cuerpo sumido en una oscura sima de tinieblas y gritos. Estos rebotaron en las paredes, subían y bajaban desde los más profundos abismos hasta la luna negra, preñada de rojizos colores que, mortecina, brillaba entre las brumas.

Pasaron largas horas. Una luz pálida, ensombrecida por extraños olores a azufre, fuego y muerte, fue abriéndose paso entre la oscuridad de la noche... Dani intentó levantarse. Sus piernas parecían más pesadas que nunca. Realizó un esfuerzo supremo y extendiendo una pierna fuera de la cama, trató de erguir su cuerpo...

-¡Mis piernas! ¡He perdido mis piernas!

Lloró desesperadamente. Sólo el silencio respondía a sus llantos.

Fatigosamente Dani se arrastró hasta el dormitorio de sus padres. Allí sólo encontró un inmenso espacio vacío y, al fondo, los restos del pijama que su padre usara la noche anterior. Algo más allá, un reloj de pulsera destrozado y sin hora...

Las últimas energías de su cuerpecillo debilitado y exánime le sirvieron para llegar hasta la alcoba de su hermano: nada.

La soledad y la desesperación se apoderaron de su corazón que, lentamente, se sumergía en un pesado sueño.

Entre sollozos y gemidos, Dani llamó a sus padres.

De nuevo, el silencio...

En unos segundos su vida se convirtió en espuma vacía que flotaba en un mundo en guerra, un mundo convertido en basura, dolor y tristeza... Eso es la guerra: basura, dolor, tristeza y muerte. Pero una muerte de verdad, una muerte definitiva y distinta de aquella que tantas veces ha vivido en sus guerras por los verdes prados, hoy regados de sangre y fuego.

Luego...

Soñó. Soñó que la calle recuperaba la oscuridad de su pacífica noche primaveral.

Soñó que allí, al otro lado del pasillo se oía el rumor de las voces de sus padres.

Soñó que las piernas volvían a moverse obedientes a sus órdenes...

Soñó que la primavera volvía a sembrar los campos de vida y color…

Soñó que los pájaros, con sus cantos, vencían aquel horrísono estallido de bombas.…

Soñó... que los gritos de dolor daban paso al canto de un gallo que, en la lejanía, rompía el cálido silencio del amanecer...

Soñó que sus alas estallaban en un cielo azul del que habían desaparecido humos y olores de guerra...

De nuevo el silencio. Agotado por todo lo que en tan breve y eterna noche ha vivido, Dani cae en un reparador sueño del que le despertará una mano cariñosamente apoyada en su hombro...

-Dani...

-¡Papá! -gritó nuestro amigo mientras unas lágrimas de felicidad brillaban en sus ojos.

Después del desayuno Dani emprendió junto a su padre el camino de la huerta. A sus espaldas llevaba una mochila. Cuando llegaron a la huerta, Dani cogió decididamente una azada, y dirigiéndose a uno de los árboles que crecen a la orilla del riachuelo. Cavó un agujero. Sacó su escopeta de juguete, la depositó en el fondo y, cuidadosamente, tratando de borrar cualquier huella, lo cerró de nuevo.



Manuel Cubero

domingo, 11 de enero de 2009

Avancemos todos mancomunados (cuento)

El Jefe de Sección se afloja en el sillón, agotado. Pasó toda la noche elaborando el Informe Mensual de Progreso, controlando valores diarios, sumando, tildando sumandos, balanceando subtotales, cuadrando totales. El número final: 2.678.417, era exacto, inamovible. Ni las entidades técnicas, ni las autoridades administrativas, ni los poderes políticos, podrán cuestionar la incorruptibilidad del valor 2.678.417.

Siete y veinte; falta una hora para el inicio normal de actividades. Va al baño, se higieniza lo mejor posible, se arregla la ropa, se pone presentable. De nuevo en su oficina, arma la carpeta de presentación del Informe Mensual de Progreso. Toma café, esperando. Se adormila.

—Gutiérrez, ¿me tiene el informe mensual? —pregunta desde el teléfono, como era previsible, a las 08:35 horas, el Jefe de Departamento— . Gutiérrez no quiere imaginar la catarata de insultos, preparada y ensayada, si la respuesta fuera negativa.

—Lo tengo, Señor —respuesta impersonal, respetuosa, triunfadora.

—Suba inmediatamente.

Gutiérrez, con la carpeta en la mano, sube por la escalera hasta el piso del Jefe de Departamento. Se presenta en Secretaría; lo introducen a la Jefatura.

—¿Algún comentario, Gutiérrez? —el Jefe de Departamento hojea el informe, mira el Valor Final: 2.678.417. Lo anota en un papelito. No se inmuta—. Gracias, Gutiérrez, déselo a la secretaria.

Dos días después vuelve el expediente, habiendo circulado, con la prontitud esperable, por Técnica, Legales y Auditoria. El Jefe de Departamento revisa las fojas agregadas. Agrega la correspondiente a su nota de elevación del Informe Mensual de Progreso a la Gerencia de División. Él mismo se ocupa de la entrega: asciende por el ascensor que lleva a los pisos de Gerencias, Comité y Presidencia. En la Gerencia de División se hace avisar; lo reciben con rapidez, el Informe era esperado.

—¿Ninguna inexactitud, ninguna desprolijidad? Mire que el Comité lo va a examinar minuciosamente antes de su distribución a las otras Gerencias, para la Asamblea —El Gerente casi amenazaba.

—Es una fotografía exacta e irreprochable de la producción del mes. No tendrán nada que objetar.

—Ud. Siempre me dice eso. Pero acuérdese cuando los otros Gerentes denunciaron una coma en lugar de un punto; el ridículo que pasé —el Gerente de División bajaba la cuchilla, todos los meses.

—No volvió a pasar, yo personalmente reviso hasta el menor detalle —el Jefe de Sección no se acostumbra, lo odia todos los meses.

Logística copió el expediente, armó las carpetas, las distribuyó a las Gerencias. La Asamblea se llevó a cabo. Unos minutos después el Gerente de División hizo comparecer al Jefe de Sección.

—¿Ud. estaba al tanto de esto? —El Gerente no bramaba, sonaba deprimido. El Jefe de Sección respiró, no era para él, la cuchilla.

—Ese valor, 2.678.417. Tendría que haber sido 2.742.966,85. El mes anterior tuvimos un 2.659.821. La producción aumentó 0,0069%; tendría que haber aumentado un 0,241% de acuerdo al Plan Estratégico y la Arenga en Conmemoración del Aniversario. La tasa de Incremento de la Productividad se está desinflando. Tenemos que ir a las raíces.

—¿Al EndoPropulsor?¿ Señor?.

—Si. Al EndoPropulsor mismo. ¿Dónde, si no? Si todos los valores dan correcto, ¿dónde está la causa de la baja de Productividad? Elemental, Watson, en la baja de voluntad y sentido de colaboración de los Propulsores. Vamos ya mismo.



El Gerente de División y el Jefe de Sección bajaron en el ascensor hasta la planta baja. Por una escalera angosta descendieron hasta el subsuelo de EndoPropulsió n, donde estaban las oficinas en las cuales se observaba, registraba, inspeccionaba y documentaba la Producción.

La puertita daba acceso al EndoPropulsor, una enorme caverna de cemento y acero, poblada de plataformas -llenas de dispositivos, tableros, luces, medidores- comunicadas mediante escaleras metálicas. En el piso de la caverna, rígidamente aferrado al suelo, y conectado con las plataformas mediante poleas, engranajes y –últimamente- conexiones inalámbricas, estaba el EndoPropulsor. Una como bicicleta fija con una sola rueda, delantera, de enormes dimensiones, una cabellera de cables en la parte posterior y asiento, manubrio y pedales convencionales, con medidores al frente.

—¿Quién es el propulsor? —pregunta el Gerente.

—Pérez, Señor —informa el Jefe de Sección—; es el encargado de EndoPropulsió n.

—¿Cómo anda, Pérez? —el Gerente inicia, diplomáticamente, la conversación— ¿Cómo van las cosas?

—Apechugando. Señor. No hay mucho para divertirse. Pedaleando, o para variar, pedaleando —contesta, no con mucho entusiasmo, Pérez—. Antes teníamos música –funcional, que le decían-, pero ahora el único ruido, de terremoto constante de los motores, no es muy variado.

—Hubo que quitarla, la música. Nuestros especialistas en Productividad detectaron que distrae, desconcentra y desmotiva; el empleado se vuelve rutinario. Por otro lado, eliminando la música ahorramos en equipo y personal especializado, o sea, aumentamos la productividad, que es nuestro objetivo principal. Se dará cuenta que el nivel directivo se ocupa de los objetivos.

—Sí. También se ocupó cuando eliminó el puesto de empleado de mantenimiento. Ahora la lubricación, el ajuste y la reparación del puto propulsor –con perdón- la tengo que hacer yo —Pérez conocía el sermón mensual, y se estaba amoscando.

—Y con mucha razón, pero por favor, no se distraiga, mantenga el pedaleo en las 66 vueltas por minuto de norma —el Gerente debía esforzarse, como siempre, por imponer su autoridad—. Aquí también logramos economía en personal y equipos. El mes pasado, sin ir más lejos, la rotura de un pedal demandó, para su reemplazo y ajuste, 139 segundos; el entonces responsable de mantenimiento lo hubiera hecho en 98 segundos, pero debiendo estar permanentemente a disposición. Y aquí un comentario, más bien un reproche, Pérez; en esos 139 segundos dejó de pedalear 152,9 vueltas. Retomando el pedaleo, no a 66 vueltas por minuto, sino a la Velocidad de Recuperación de 69 vueltas como claramente lo indica el manual, en sólo 51 minutos hubiéramos retomado los valores normales. Pero el parte diario de Inspección denuncia que en esa jornada no sólo no se recuperaron las 152,9 vueltas perdidas, sino que se perdieron además 38 vueltas, sin justificación.

—Es que yo estaba ejecutando el plan de recuperación de mi aliento. Retirar el pedal roto, buscar ¡en la estantería el repuesto, colocarlo, etc., etc., me dejó sin fuerzas para pedalear. Para colmo el tornillo que faltaba tuve que reemplazarlo con un alambre.

—Hubiera ejecutado el Plan Alternativo de Recuperación, Pérez. Me inquieta, y sinceramente me molesta, que todos nosotros, ejecutivos, directivos, técnicos, nos estrujemos el cerebro para que Ud. no tenga que pensar, ni decidir, ni siquiera opinar; sólo vigilar el medidor de RPMs y pedalear. ¿Para qué? Para que Ud. haga lo que le plazca y se desentienda de las consecuencias. Voy a tener que elevar un informe, que no le será favorable, se lo advierto. Buenos días.

—Ma sí... Andá a laburar, gerente de las pelotas... licenciado en viñetas... —Pérez no aguantó más. En los siguientes 98 segundos pedaleó a 69 vueltas por minuto, para quitarse la bronca.

—Este Pérez, como si fuera el único que trabaja. Hasta cree ser el único que piensa —masculla el Gerente, ya en el ascensor camino a su oasis— No tiene conciencia del volumen del Presupuesto asignado a dirigirlo y controlarlo. No hay caso, para directivo se nace. Por otro lado, sin un Pérez, no tendríamos a quién dirigir. Mejor sigamos así, Avancemos todos, mancomunados. Bajo mi conducción, naturalmente.




--
Carlos Adalberto Fernández

LERDA

.
.
Yacía en mullido tálamo de hechos, adormilada, cubierta por las
hojas que se volaban del libro de la Historia. En ese letargo a
vivido siempre y ha tenido por solaz ver pasar los acontecimientos
en festivo desfile, sin inmutarse. Así, con sus ojos entornados, se
fue quedando de nuevo dormida y olvidó que "el ahora" dependía como
producto consecuente y cierto, del desaparecido "ayer".

En ese goyesco desfile se iban desnudando las personas y los pueblos
y, ella, allí, tendida, quieta, como estatua, viendo cómo se repetía
una y mil veces el hacer del Planeta, apareciendo especialmente
errores que se hubiesen podido evitar si ella estuviese bien
dispuesta.

La película que ha visto y que no recuerda, o no quiere recordar,
contiene la construcción y la destrucción de miles de ciudades, y
así, con voluntaria ceguera, ha tenido "cara a cara" a la guerra y a
la paz.

Pasaron por la puerta de su casa grandes civilizaciones que hoy solo
son un archivo en las capas de la tierra, ellas quisieron asomar su
empolvada testa para que las gentes de hoy las observasen en la
grandeza que una vez tuvieron, pero esa dura mujer nunca las tuvo en
cuenta.

Los milenios, como zombis emergieron también, uno detrás del otro de
debajo de lo que habían construido encima de su olvido. También
asomaron su faz las antiguas razas y subrazas y, con ellos venían de
cortejos todo lo que hicieron allá… lejos… en la oscuridad de los
tiempos…

De un momento a otro esa mujer vieja, aún bella ¡qué digo! siempre
bella, empezó a estirarse como gato que se sueña cazador. Se
desperezó poco a poco, bostezó y empezó a masticar recuerdos,
siempre queda en una cuasi narcolepsia…

Engulló paisajes vistos, saboreó sentires de amores idos, volvió a
gozar con frenesí en los diferentes cuerpos del amor y con la
fragancia de las flores… Miró la procesión de familiares que había
tenido y siempre dejo abandonados allá, bien lejanos… en el olvido…

Ah! Esta mujer instalada en palco de honor, quiso por primera vez
esculcar el archivo de los tiempos y convertir la vida en eterno
ahora… en esa tarea está ocupada…y lo más bello es que lo disfruta…

A esta mujer la llaman "La Memoria".



Ana Lucía Montoya Rendón

viernes, 26 de diciembre de 2008

EL CUENQUITO DE LECHE






Era una de las noches más frías de aquel riguroso invierno que sembraba de escarcha los campos de Belén. Arriba, la Luna daba vida a unos prados que centelleaban convirtiendo sus gotitas de rocío en infinitos y minúsculos luceros. Era como si el cielo hubiese encontrado en la Tierra un hermano gemelo plagado de pequeñas y titilantes estrellas.

En su corta vida, Benjamín no recordaba una noche tan bella y cruda como aquella.

"Si mi madre estuviese conmigo", pensaba…

Era un recuerdo perdido entre los pliegues del tiempo pasado. Hacía un año que su madre se marchó al cielo. Su padre, pastor como él, perdió la vida, meses después, defendiendo el rebaño contra unos ladrones que lo atacaron de noche y destruyeron los dos tesoros que le quedaban: su padre y el sueño de poder convertir aquella punta de animales en un hermoso rebaño.

Acompañado de su perro pastor, Benjamín, sólo y sin medios de subsistencia, se dedicó a lo único que podía hacer: vivir de la caridad ajena. Un portal, cercano al templo de Jerusalén, acogía su cuerpecillo en las eternas y solitarias noches hasta que un día lo encontró Lázaro, un antiguo conocido de su padre. Éste sintió piedad de él y lo acogió en su casa.

Así fue como nuestro amiguito encontró un modesto cobijo, un poco de comida y algo de ropa con que abrigar su cuerpo. Benjamín, que había vivido humildemente desde pequeño, no pedía más. Sabiendo que en aquel hogar había un rinconcito para él, se sentía tan feliz que sólo añoraba los besos de su madre. Alguna vez, sentado a la sombra de un sicomoro, revivía la cálida mano del padre apoyada en su hombro mientras contemplaban su ganado pastar bajo el radiante sol de Judea.

Aquella noche, el frío, que penetraba en lo más hondo de su cuerpecito, caló hasta los rotos huesos de su pierna. Desvelado por el dolor, recordaba el día en que cayó desde la rama de un almendro al que había subido a coger algunas almendras para un primito que había ido de visita a casa. Desde entonces, padecía una leve cojera que se hacía más patente cuando el frío arreciaba. Ensimismado en estos pensamientos, su mirada se perdía entre las gélidas estrellas que, desde el firmamento, vigilaban su descanso. Entonces, una de ellas comenzó a cantar para el niño la más maravillosa melodía que jamás había oído.

Se irguió un momento asombrado por aquel extraño fenómeno. Creyendo que soñaba, se frotó los ojos y, sin prestarle más atención, se arrebujó en la manta intentando olvidar las molestias de su pierna.

La Luna era una gran bandeja de plata que recorría lentamente su camino acompañada por las mínimas estrellitas que se arrastraban sobre las praderas. Mientras el viento soplaba suave y delicadamente sobre los arbustos que picoteaban la pradera, la misteriosa melodía seguía llegando con sus cadenciosos sones desde los rincones más ocultos.

De nuevo Benjamín volvió a incorporarse. Subyugado por aquellos cadenciosos sonidos comprendió que algo extraordinario estaba sucediendo. Se levantó lentamente y su mirada se perdió muy lejos, allí donde la Luna comenzaba a esconderse tras la línea del horizonte. En aquel momento, la noche se iluminó gracias a una estrella que, acentuando su brillo, dejó escapar tras de sí una hermosa cola multicolor. Instantes después, la estrella se posó sobre una humilde casita apenas dibujada en la distancia.

Atraídas por tan extraño fenómeno, las ovejas emprendieron alocada carrera en pos de aquella luz que rompía la noche en mil colores. Intrigado, el muchacho ordenó al perro reunir al ganado y, desafiando al frío de la noche, emprendieron una alegre marcha hacia el lugar indicado por la estrella.

Comenzó a clarear el día. La estrella continuaba inmóvil. Bajo ella, un establo tenuemente iluminado atraía con una fuerza irresistible a su ganado. Cuando se acercaron, el muchacho observó cómo una mula y un buey, abrigando la entrada, parecían proteger el establo del frío que reinaba en el exterior. Dentro se encontraba una joven que, acompañada de su esposo, acunaba a un niño recién nacido.

Benjamín se acercó a ellos. Detuvo su mirada en el plácido rostro del niñito, luego se aproximó al fuego y vio que allí reposaba una olla vacía. En silencio, fue hasta una de las ovejas que acababa de parir, la ordeñó llenando un cuenco de leche, se acercó a la mamá del niño y, delicadamente, lo depositó en sus manos:

-Es para el niño. Tendrá hambre ¿verdad?

Por toda respuesta, la señora depositó un dulce beso en el rostro de Benjamín.

Aquel beso tenía tanto sabor a madre, que Benjamín se sintió el niño más feliz de la tierra. Momentos después, el niño reunió de nuevo el rebaño y emprendió la vuelta hacia sus pastos. Era tal la alegría que inundaba su corazón que el regreso se hizo cortísimo. Perro, ovejas y pastor, corrían y saltaban llenos de felicidad. Poco antes de llegar a casa encontraron a Lázaro que, preocupado por la tardanza del niño, había salido a su encuentro. El amo lo miró fijamente y, abrazándolo, preguntó:

-¿Qué te ha pasado en la pierna? Ya no cojeas...


Manuel Cubero

domingo, 21 de diciembre de 2008

TOCALA DE NUEVO, SAM



Cuento melancólicamente porno



Lo que te voy a contar lo viví yo -sudaca, argentino- en un tugurio de Nueva York.

Se llamaba –me contaron- Samantha. Y era en su juventud el más conocido tragasables de los alrededores. Es una historia como aquí la rubia Mireya, sólo que en tiempo de trolo.

Los machos se peleaban por ella (sí, ella, dije), hubo hasta duelos legendarios, a pistola no a cuchillo como aquí. Y no era, dicen, que como travestido fuera un minón que qué te importa después de un rato y unas copas. Rasgos angulosos, piel arrugada, pelambre como carpincho, su atractivo le venía de adentro y... me refiero al alma. Digo ella porque se lo merece, décadas de feminidad vocacional, sin necesidad de cirugías ni hormonas envasadas. Era felina, una pollerita que dejaba ver hasta el cruce unas piernas que ni la Marlene, medias caladas, tacos desafiantes, tenía lo suyo, que atraía a putañeros de alrededores.

Moraba, ejercía en un burdel oscuro, en un sótano que oficiaba como templo de jazz. Son como santuarios escondidos, de un culto pagano, o simplemente alguna boludez que los demás no entenderían.

Siempre sentada en la barra, luego en un banquito al lado del piano, oía Samantha y se encaminaba a la piecita del fondo. En su camino repartía saludos y besitos y (igual que al circunstancial solicitante) la gente la miraba con una sonrisa cómplice. Faltaba que gritara que vivan los novios.

El tiempo pasó y tuvo que colgar el instrumento de trabajo. El principal. Además estaba demasiado fea, era un acto de coraje encamarse con ella. Pensó en retirarse pero no la dejaron. Los clientes, los habitués y hasta los cultores de jazz la convencieron que era parte del decorado. ¿Te Acordás de Indiana Jones y ... esa película donde buscaban el Santo Grial? ¿Te acordás del Templario, que todavía estaba de guardia porque en la cueva no entraba ningún viento, si no quedaba esparcido en el aire? ¡Por qué estaba ahí y no llamaba al geriátrico a que lo busquen? No tengo la menor idea, pero así se siente en esos templos.

Adaptada a las circunstancias, paulatinamente, cambió su vestimenta por un guardapolvos dejado por algún lustrabotas, adoptó las pantuflas como anfitriones permanentes de sus pies, limitó y depuró sus oficios a los de mayor contenido esencial y mayor carga simbólica, como una misa económica. Inclusive después tuvo que dejar el sexo oral; con la mitad de los dientes la cosa se hacía peligrosa.

Pero esas manos... esos dedos sabios, ubicuos, inclaudicablemente curiosos.

Ahora lo llamaban Sam, ni hacía de travesaño, ya no importaba lo que era. Se acercaban prudente y respetuosamente, se sentaban al lado de su banquito, susurraban Tócala de nuevo, Sam, y él giraba, arremangado, una toallita colgada del brazo (en invierno usaba uno de esos aparatos de las peluquerías de antes, para calentarlas) . Los clientes de siempre. Los pocos que quedaban, no se si iban por calentura o por nostalgia.

Y ahí mismo, en un rincón, al lado del piano, con una delicadeza que ni la Samantha original, decía con permiso, extraía y comenzaba la sagrada eucaristía en homenaje a ese pequeño desvalido, ya difícilmente arrogante, ocasionalmente necesitado. Los ojos cerrados pero como mirando el cielo (o las telarañas), un cigarrillo en la boca, nada los diferenciaba de los otros parroquianos.

Yo estuve ahí, una de esas noches. No sé qué es lo que ví, qué es lo que imaginé o me contaron. Había oscuridad, jazz, gritos, humo, gente en otras cosas, y yo con vergüenza de mirar. Pero por un momento, me pareció, todo se detuvo, hubo como un resplandor, luego un Gracias Sam y todo siguió.

Te aclaro: mientras me dé, voy a apuntar para donde me indicó mi papá, pero aprendí a respetar todos los cultos, con su belleza insondable, hermética. Si a alguien le gusta, por algo será.

Esto fue hace tiempo. Capaz que ya murieron todos los oficiantes. O una nueva autopista terminó con la calle, con el bar. Ya se sabe, las especies difícilmente sobreviven fuera de su hábitat natural.

Por eso, la otra vez que volví a ver Indiana, en la escena del Templario no pude evitar un lagrimón. ¡Puta con el progreso, como arrasa con la biodiversidad!

Carlos Adalberto Fernández