jueves, 5 de marzo de 2009

CONSULTAS EN EL LABERINTO

—¡Hola, Etelvina! Evaristo; te llamo desde el Policlínico. Listo. Mañana me toca. Tenés que prepararme, no sé, una mochilita.

—¿En serio, Evaristo? —dijo Etelvina, mi señora, al teléfono—. ¿Y qué consultorio te tocó?
—El 52. No sé de qué es.



Todo comenzó con el malestar que me creaban mis achaques agregado a la frustrante secuencia de consultas a diversos especialistas, de crípticos análisis, en distantes consultorios y laboratorios. Me mudé enfrente de la entrada principal del Policlínico. Todas las especialidades, todos los estudios, en una manzana. Comencé con un clínico, cualquiera. Lunes 10:30 hs., consultorio 16 planta baja. Hasta el consultorio 20, estaban agrupados: clínica, pediatría, ginecología, otorrinolaringologí a, rubros usuales.

Fui a la primera consulta del 16 sin ningún informe de mi abultado legajo de paciente. Preferí comenzar todo desde el principio. El clínico ordenó análisis de sangre y orina, radiografías, ecografías. En una semana, lleno de optimismo, volví al 16 con los resultados.

—Quiero que vea a estos especialistas —dijo, mientras redactaba unas órdenes Todo está bien, con valores dentro de los promedios, pero cerca del límite. Vuelva cuando tenga todo.



Las nuevas especialidades atendían en consultorios del primer piso. Una pequeña salita, con el cartel “consultorios 21 a 53” se abría a tres corredores, pulcramente señalados “21 a 32”, “33 a 41” y “42 a 53”. Cada corredor daba a consultorios o nuevos corredores, con sillones a lo largo de los mismos.

Sucesivamente accedí a los consultorios 24, 27 y 36. Estas consultas derivaron en visitas a los consultorios 28 y 39. Como dijo un paciente “vamos trepando las patas de una araña”. No cayó bien, el chiste.



En la salita, los que íbamos a 33 a 41, pocos, llevábamos gastados pasos, asientos e ilusiones. El mal era huidizo, las energías se agotaban.

Las esperas eran largas, las consultas frecuentes, los pacientes los mismos, con pocos cambios. Cada tanto un hombre, de mediana edad, recorría el corredor buscando el consultorio 37. Lo remitíamos a los carteles. Su educación le impedía mostrar un nerviosismo cada vez más evidente.

La novedad eran los pacientes del 42 a 53, cinco o seis. No nos saludaban, no nos miraban. No se los veía pasar por la salita. Eran las últimas especialidades, los últimos sabios capaces de lidiar con la enfermedad subrepticia.



Un día –soleado, fresco, recuerdo- el neurólogo me remitió al 46.

—En ese corredor están los especialistas finales. Confíe en ellos, de todos modos no le queda otra que confiar.

—¿Y los otros tratamientos? —pregunté.

—El 46 concentra todo, a partir de ahora. Le repito: confíe.

El lunes siguiente a las 10:00 horas, recorrí primer piso, salita, corredor 42 a 53. Ocho puertas, numeradas del 42 al 49. Al final del corredor un mostrador como de hotel, con un cartel “51 52 53”, precedía la entrada a una puerta lateral.

Este corredor era distinto. El ambiente, digo. Ese día éramos cinco, conmigo. Me ubiqué en el asiento más cercano al 46.

Un hombre mayor se sentó a mi lado. —Urbano, 26 meses, mucho gusto —comenzó— Fui al 47 El doctor revisó mi historia –todo está en la computadora- , luego de cerca de media hora redactó una orden mientras me decía Vaya al especialista del 43. Esa mañana fui al 43, me atendió el mismo doctor del 47, cuarenta minutos mirando la pantalla, me mandó al 47. Hace meses que estoy así. Yo me veo peor, cada día me cuesta más venir. Por eso no me voy.



—¿Ve a ese que está sentado entre el 42 y el 44? —continuó hoy Urbano—. Es Nicanor, más antiguo que yo. Se sienta ahí mirando la puerta del 49. Cuando ésta se abre –apenas asoma un brazo, parte de una cara, un ojo que lo mira- Nicanor se agazapa, como previniendo un castigo. Si la puerta se cierra, recomienza la espera. O si no, un dedo de la mano hace un gesto imperceptible, Nicanor se acerca, hay un cuchicheo, y Nicanor vuelve a su sitio a esperar. No se sabe qué dicen.

—¡Nada nos decimos!¡Nada! —exclama Nicanor, inclinado en su silla, casi a punto de caer. —Nunca entiendo lo que habla. No sé si me dice algo, o farfulla. Al final me ordena, ahora claramente, Espere a que lo llame. Llevo tres años, siempre igual. No lo soporto. Algún día habrá un desastre —Asustado por sus palabras, volvió a acurrucarse en su asiento, vigilando el 49.



Hoy doña Rosario pasa al consultorio 51. Primer caso que veo. Está esperando a su hija; cuando ésta llega se aíslan para conversar. Quiero acercarme y desearle suerte, pero los otros me disuaden.

Madre e hija se dirigen el mostrador. Quieren pasar las dos pero la Recepcionista las detiene con su sonrisa.

—Tiene que entrar sola —sentencia.

—¿Puedo esperarla en el corredor? —pregunta la hija.

—Si tiene paciencia... —es la respuesta.

Madre e hija se abrazan. Doña Rosario desaparece detrás de la puerta 51 52 53.

Días después la hija se levanta del asiento en el que se había refugiado luego de la despedida de su madre, saluda a la Recepcionista y se va. No la volvimos a ver.



Ya llevo dos años en este corredor. Siempre en el mismo consultorio, el 46, siempre el mismo médico. Me cuenta los latidos, me toma la presión, me dice Vuelva mañana. La vez que le pregunté, airadamente, qué tratamiento era este, sin estudios ni remedios, me respondió: —Si no puedes vencer a tu enemigo, hazte su aliado. Vuelva mañana.

Mañana... Este corredor es distinto. El ambiente, digo. No hay turnos, es como si estuviéramos siempre. ¿Había noche, día? ¿Cuándo es mañana? No recuerdo cuándo volví a casa. Volví, seguro, pero no recuerdo cuando, ni cómo lo hice, cuándo regresé al corredor.



Hoy apareció un nuevo paciente. Una mujer, cerca de cuarenta. Ingresó repentinamente, buscó el lugar más solitario, y se recostó contra la pared. Miraba a derecha e izquierda. Parecía una actriz de cine mudo, gestos exagerados, al borde del grito. Repentinamente, corriendo, desapareció. Esto se repitió varias veces.



—¿Se acuerda del hombre que buscaba el consultorio 37? —me pregunta hoy Urbano —. Hoy se tiró del balcón que da al patio, un piso, con tanta mala suerte que se partió el cráneo. Nunca encontró el 37. Pero antes existía, se ve que cuando lo anularon ya se habían emitido unas órdenes de consulta. Lo cerraron –al 37, dicen- porque era una especialidad que ponía tan a la vista males que era preferible no curar, dejarlo morir limpio por fuera. ¿Vieron que falta aquí el consultorio 50? Era el 37 promovido a especialidad final, pero al desatarse una epidemia de suicidios cerraron todo.



Hoy vino la actriz de cine mudo. Se pegó a la pared, espantada. Se apartaba para un lado y para otro. Repentinamente se abrió la puerta del consultorio 44, asoma un médico, mira a la actriz. La cara de ésta se congestiona hasta el paroxismo. Por fin, el grito tan largamente contenido explota, electriza el corredor. Y cae, floja, seguramente ya muerta.

—¡Todos en sus asientos! —ordena perentoriamente la Recepcionista, que por primera vez, desde que la conozco, abandona el mostrador. Un tropel de auxiliares levanta el cuerpo de la muerta.

—¡Al 53! —ordena la Recepcionista. El cortejo desaparece detrás de la puerta 51 52 53. La Recepcionista endereza la alfombra y vuelve al mostrador. El médico del 44 cierra la puerta. Silencio.

La Recepcionista me obsesiona. Aumenta mi paranoia. Luego de éste último suceso paso el tiempo vigilando su sonrisa esmaltada.



Ya debe ser mañana, llega mi mujer, con la mochilita. Está vestida de negro, pálida como la luna.

Charlamos un rato, estirando inútilmente el tiempo. —Mejor nos despedimos ahora, Etelvina —le digo finalmente. El momento me pesa como una loza, lucho entre irme corriendo por el corredor, y escapar del Policlínico, o enterrarme en mi asiento cerca del 46, o desembarazarme de mi mujer y saltar al 51 52 53. —No prolonguemos el momento.

La veo irse, sin mirar atrás, desaparecer. Me desentiendo de las miradas pegajosas de los demás, de la sonrisa metálica de la Recepcionista.

¿Qué hice?¿Voy a morir?¿Cuándo me enterré en esta catacumba?¿Desde cuándo estoy muerto?¿Me van a devolver a la vida?¿Ahora, y para qué?

La Recepcionista refulge.

Miro a todos. No me miran. Me levanto, camino al 51 52 53.

Nicanor, el del 49, se levanta de su asiento, dirigiéndose a su consultorio. Repentinamente se agarra de mi brazo y me obliga a correr con él a la puerta 51 52 53. Urbano –por alguna razón, atento a lo que pasa- se tira encima nuestro, derribándonos, se abraza a las piernas de Nicanor.

—¡Sálvese! —me grita. Nicanor se me aferra como un poseído, gime, grita, llora.

Desde el piso pateo la cabeza de Nicanor, hasta que me suelta. Lucho desesperadamente, por mi vida, supongo. Me pongo de pié, alcanzo la puerta 51 52 53 y la abro. Antes de cerrar, me despide la sonrisa de Gioconda de la Recepcionista.

© Carlos Adalberto Fernández

miércoles, 4 de marzo de 2009

Museo del Juguete

Habían leído los comentarios en los periódicos nacionales sobre el Museo del Juguete. Se habían dado un tiempo los cinco integrantes de la familia Pedigrí de la Huerta –ahora adultos- para conocerlo. De este año no pasa –dijeron- . Y al fin ya se encuentran en él, lo primero que ven es una casita de muñecas colocada dentro de una vitrina.

-Admirable- comentan en voz alta.

Una de las hijas Rebeca le dice a Eduardo, el hermano mayor:
-Tuvimos una, recuerdas cuando éramos chicos, pero con una como ésta jugaron nuestros abuelos. ¡Què preciosidad! , añade. ¡Es completa, todo tiene! –dice- Eufrasia, la segunda hija.

Horacio y Elena se adelantan a los hijos en esta visita, ante sus ojos están los muñecos, esos los de biscuit. -Con esos ojos de vidrio, comenta Elena. Mami jugaste con ellos cierto – dice- Rebeca. No la escucha Elena, está absorta ante la vitrina. Y Rebeca se contesta: -Seguro mami y papi si jugaron.

Elena contempla uno a uno a estos muñecos, se acuerda de una muñeca que todavía tiene en su casa, que está sin brazos. Y de otro llamado Manuelito, al que le daba ternura de pequeña.

Estos muñecos –le dice- a su marido, con esos ojos, esas expresiones parecen unos chukis, ahora entiendo al realizador de la película del muñeco Chuki. Horacio ríe.

-Mira está ahí el negrito Caratumbé con sus negritas, lindos muñecos de trapo. –Mami como la Ña Pancha, que nos regalaste a mí y a Eufrasia– Si dice Eufrasia, que es más callada que la hermana. Elena y Horacio se abrazan y abrazan a sus hijos, este Museo trae tantos recuerdos.

Rostros de asombro cuando ven en la sala contigua a los muñecos: los soldaditos de plomo de diversos países. Marcha de soldaditos con sus tambores, suena: -¡tum tum tum, tam tam tam!. Tacitas de té, cocinitas, maquinitas de coser, trompos, sonajas, triciclos, carritos, camiones, aviones, caballitos balancines, trenes, muñecos de cuerda; estos juguetes de diversas épocas desde el siglo XVIII. Y miren chicos -dice –Horacio, el padre hay juguetes prehispánicos.

Posan, se toman fotos con los juguetes, juguetes de la añorada infancia. Y toda la familia está alegre, sonríen, ríen. Se toman de la mano, si hubiera espacio hasta jugarían a la ronda.

Hay una persona extraña que los sigue, que no articula palabra. Sólo limpia y limpia cada juguete, sobre todo los más grandes. No pierde de vista a la familia Pedigrí de la Huerta. Y ellos siguen tomando fotos. Estas cámaras digitales – piensa – Elena son juguetes modernos.

Se retiran del museo contentos, han estado más de una hora. Y emprenden un viaje corto hacia el mar, hacia la playa. Al llegar, en el malecón abren las cámaras digitales. Y ¡oh sorpresa! no hay una sola foto del Museo del Juguete “las anteriores a la visita están, las del camino a la playa están ¡Que ha podido pasar!” comentan casi al unísono. Desaparecieron sólo las del Museo del Juguete –dice- Eduardo, el hijo mayor. -¿Qué extraño?.

Elena muy segura le dice a su marido Horacio y a sus hijos: - Desaparecer las fotos de las dos máquinas digitales- - ¡No, no, son esos muñecos los chukis quienes nos hicieron esto! Horacio dice: - ¿Y si se fueron? se liberaron- Y Eduardo, agrega: - Ya se, se han ido hacia el mar, en cuanto hemos llegado.

Están apenados, se dan aliento, hay un video que han comprado y otro que sigue en una de las digitales- Llegan al hostal luego del paseo en la playa y abren una de las cámaras para ver el video que habían filmado Eduardo, Rebeca y Eufrasia. En su lugar aparece el rostro de ese ser, de esa persona extraña que los seguía, les hace muecas. ¡Están perplejos!. Hechizo, brujería, magia, almas, espíritus ¡Qué joder!.

lunes, 23 de febrero de 2009

La voz

La mató porque hablaba demasiado. Ya no la soportaba.
Durante treinta años, los siete días de la semana la había escuchado hablar: de sus gustos, de los vecinos, de sus actividades durante el día, de los programas de televisión.
Sólo había logrado descansar de su voz cuando trabajaba, pero últimamente y debido a su jubilación (efectuada antes de tiempo por causas de enfermedad) todo había empeorado.
No sólo debía soportarla de día, también lo despertaba en las noches hablando dormida.
Ya era imposible vivir con ella. Por eso la había matado; no porque no la quisiera (a su manera la quería) pero el sólo hecho de que ella abriese la boca y su chillona voz difundiera sus vibraciones por el aire, era razón suficiente para destruir todo sentimiento marital que él sintiese por ella.
Nadie pudo percatarse del asesinato. Una caída, sólo una caída de las escaleras, un golpe en la nuca y ya…
¿Quién iba a creer que un esposo asesinase a su mujer luego de 38 años de casados?
Además no existían intereses económicos de por medio ni mucho menos románticos.
Ahora podía hablar: decir todo lo que sentía por primera vez en su vida, investigar las reacciones de extraños ante sus palabras, opinar sobre cualquier tema que le viniese en gana.
Podía incluso entablar conversaciones con sus hijos, mirándolos a los ojos; no como antes, cuando solo monosílabos requeridos por su esposa se intercalaban en la conversación filial.
A veces la extrañaba pero el mero recuerdo de su histriónica voz la hacía olvidarla de nuevo.


Aquella madrugada lo despertó el sonido del teléfono, con furia y preocupación a la vez, atendió.
--Hola…Hola --su voz fue aumentando en volumen y gravedad
Del otro lado del tubo un sonido reconocible lo angustió.
--Joaquín…soy yo…¿por qué Joaquín? ¿Por qué?
Colgó el teléfono temblando. Debía estar paranoico. ¡No podía ser que hubiese escuchado la voz de su mujer! Pero estaba seguro que era su timbre, su forma de hablar…
La razón le dictaba que no era lógico su pensamiento. Su mente le estaba jugando una mala pasada…eso debía ser.
Esa noche ya no pudo dormir.
Ni las siguientes noches. El teléfono sonaba todas las noches hasta que lo descolgó, pero aún descolgado seguía sonando.
--Papá, bien sabes que mamá murió…no puedes haber escuchado su voz. Ha de ser que la extrañas – le decía su hija.
¡No, no! Sus hijos se equivocaban. El no estaba loco; él la escuchaba hablar; debían creerle.
¿Acaso su mujer había regresado del más allá para vengar su muerte? Quizás ella no había muerto realmente y estaba tramando algo.

--Joaquín –le había dicho su yerno—perdone que sea rudo pero supongamos que fuese ella…¿cómo iba a hablar? ¿Olvida usted que con la caída se le destrozó un trozo de lengua?. Si hubiese sobrevivido no podría hablar ¡y no quiero creer que un hombre inteligente crea en fantasmas!




Consejos, puros consejos…Psicó logos, visitas a todo tipo de loqueros; nada le resultaba.
Nadie le creía: él la escuchaba hablar…ellos debían creerle, debían escucharla también.

Cuando destrozó el teléfono contra la pared -que permanecía en ese instante descolgado- se decidió: grabaría la voz de su mujer; nadie más lo tildaría de loco.
Removió cielo y tierra buscando esas viejas cintas de tape que su mujer siempre tenía. A ella le gustaba –como si no fuese suficiente- grabar su voz en medio de los chillidos familiares y luego torturarle sus oídos una y otra vez.

Apretó Record disimuladamente escondiendo entre almohadones el grabador. Fantasma o no ella no debería ver qué era lo que él se traía entre manos.

--Ahora hablá bruja…hablá….-comenzó a gritar como poseído-

Hubo sólo silencio.
Se desplomó cuando vio el espectro de su mujer frente a él, con la boca entreabierta… vacía, sin lengua, sin palabra articulada al aire…




--Esto te va a hacer bien papá; descansa.
Su hija le acomodaba el almohadón. Esa madrugada lo habían hallado inconsciente con un grabador entre sus manos.
--No te preocupes Papá, el médico dijo que la hemiplejia que tienes puede ser reversible; aunque no puedas más que mover los párpados…vas a recobrar el movimiento de a poco —dijo su hija mientras le daba un beso — sé que extrañas a mamá. Nos dijo el psicólogo que esto te ayudará a superar un poco su partida, aguarda…



Los ojos abiertos de Joaquín -casi sin movimiento- parecían llenarse de lágrimas mientras la voz de una mujer sonaba desde un grabador cantando el feliz cumpleaños, riendo y hablando sobre su familia.



Liliana Varela 2009



*De "Cuentos para no dormir" (de próxima aparición)

miércoles, 11 de febrero de 2009

La mano

I
Del desagüe salía una mano.
Cada vez que, al levantarse, intentaba lavar su rostro para deshacer con el agua los residuos de sus pesadillas, salía una mano del desagüe.
Al abrir la puerta cada mañana, una mano la acompañaba hasta el otro lado para abrirle el ascensor.
La misma mano, extendía su índice con ademán seguro y pulsaba la tecla B.
Allí, desaparecía.
Una vez que abandonaba el portal parecía estar sola.
Caminaba sola por las aceras.
El asfalto se confundía con los resquicios de la noche, pero la pesadilla no volvía a su mente.
A paso ligero, sin mirar hacia atrás por miedo a ver, sin mirar hacia delante por miedo a no ver; mirando hacia dentro de sí misma, deambulaba por las calles de cada día, siempre iguales y siempre diferentes.
En un edificio que le era hostil se iba dejando la piel cada mañana, eternos desconocidos que nunca la observaron, tampoco hoy percibirían su presencia.
Todo lo llevaba dentro, para qué mirar más allá de su propia mente.
Estaba allí, nadie lo sabía pero allí estaba. Ella podía sentirlo, se abandonaba a su caricia, se entregaba cada noche al roce de sus uñas, y su piel se sentía viva, su respiración se agitaba, le vibraba el alma y después, el sopor invadía sus entrañas.
Antes de caer en el sueño, notaba como unos nudillos ligeramente peludos acariciaban su sien.
Cuando llegaba el sueño, la mano desaparecía y, en su cerebro, quedaba un hueco inmenso, donde todas las pesadillas tenían cabida.
La mano volvía con el primer chorro de agua. Volvía por el desagüe de la ducha. Cuando las primeras gotas resbalaban por su barbilla y podía verla, la recibía con alborozo sabiendo que estaría con ella, dentro de ella, cada instante del día, ocupando el vacío dejado por las pesadillas de la soledad, llenando el vacío de la indiferencia de otros.
Era la mano amiga, la mano amante. La mano que guiaba sus pasos entre las brumas, la mano que la abandonaba al sueño, la mano que alentaba su propio aliento, el único afecto que la aferraba al mundo, que la invitaba a seguir, el único motivo de su existencia.
II
Llamó el vecino de abajo. El agua caía a torrentes desde su techo.
Todo parecía indicar que la inquilina del segundo había salido de viaje dejando algún grifo abierto.
El agua les había faltado tres días debido a las obras de la calle.
Dicen que nunca recibía visitas.
En el trabajo nadie la recuerda, ni siquiera saben su nombre. Se dieron cuenta de que llevaba días sin aparecer, porque ya no quedaban tazas limpias para el café en la sala de reuniones, los ceniceros estaban rebosados y en el suelo empezaba a ser evidente la falta de limpieza.
Estaba allí, su cuerpo inerte, hinchado, unas marcas en su cuello delataban que había sido estrangulada.
La puerta estaba cerrada y también las ventanas. Nadie las había forzado.
El fregadero lleno de platos sucios.
Sólo sus huellas por todas partes.
Tampoco hay señales de pelea.
Lo más extraño de todo es que el desagüe de la bañera no estaba taponado, los fontaneros tampoco han encontrado nada que pudiera estar obstruyendo la salida del agua y en los labios de la víctima aún se percibe una sonrisa de alegría, de consuelo, de esperanza, de plena felicidad, como cuando te reencuentras con un viejo amigo que en algún tiempo fue tu alter-ego.

Lena

lunes, 9 de febrero de 2009

LAS PRUEBAS DE LA INFAMIA

Puta que hace frío… También, quién me manda hacerme el eficiente, el todo terreno. En este galpón hasta las ratas se ríen de mí. Dije "yo me hago cargo" cuando el Dr. me pidió –no me ordenó, me pidió- que hiciera justicia en su nombre, que terminara con el insolente que se permitió pastar en sus propiedades, las de él, las del hombre más poderoso del lugar, que será una mierda pero es su feudo de mierda. Y con su mujer, se permitió, con la esposa del Señor del lugar, que será una sombra al lado de cualquiera de las pupilas que aloja en sus prostíbulos, pero que es la única Señora Peñaralta.
—Vos estás a cargo, Antonio, me respondés por mi seguridad. Y ahora te pido que me respondas por mi honor. Ese sacrílego tiene que morir, de muerte atroz, de muerte ejemplar, para que todos se enteren que con la propiedad del Dr. Peñaralta no se juega. Aunque sea un hueso tirado en el camino, no se juega. Esta noche viene, el jueputa. Quiero saber quién era el que venía a picotear, como si el gallinero fuera suyo. Y digo "era" porque me lo vas a mostrar muerto. Y a ella también. Los quiero muertos, Antonio, a los dos. Y quiero las pruebas de sus muertes aquí, en mi mesa, esta misma noche. Y si fracasás, Antonio, quiero tu muerte como pago.
Ya me había dicho –muchas veces- el viejo: "Cuidate, Antonio. Ya no hay principios, no hay leyes, no hay ni siquiera códigos". Nada de lo que te enseñé tiene valor. Ni la verdad, ni el honor, ni mucho menos la palabra. La violencia, el acomodo, la riqueza, valen, por el tiempo que duran".
Hoy soy el brazo de la ley. un empleado del Dr. Peñaralta, un poderoso de turno. Soy, como se dice, un esbirro. Y le tengo que cumplir. Identificar al insolente, y ajusticiarlo. Identificar a la Luciana, decirle que por bocona el patrón se viene a enterar de lo nuestro. ¡Me mandó que me suicide, el loco de mierda! Claro, porque no sabe, lo nuestro. Alguna alcahueteada, para ganar puntos, de algún maricón que no va a asomar la cara.
Si, viejo, sí. Fui un boludo. Donde se come… Pero cómo hago, viejo, Ud. que me está mirando –sí tiene razón, no me cuidé-, cómo zafo, viejo..Olvídese de heredar su nombre, continuar su estirpe. Voy a morir joven, sin nombre, nadie que me llore, no me hable de la Luciana, que ya la estoy viendo venir, que no viene sola, viene con ese pelandrún recién llegado al barrio, ese que viene sobándola, haciéndola reir y temblar, a la guacha, que otra vez metiéndole los cuernos al Dr, dos días que me ausento y ya se buscó otro, la reventada. Yo cuidando lo nuestro, borrando huellas a cada paso, y ésta a los gritos en plena calle, que si no los paro se hacen de exibición condicionada, yo me preparo ahora que la está arrinconando, está contenta la guacha, se rie como se reía conmigo. No si yo…
—¡Alto!¡Paren ahí! —nunca hacen caso, para qué lo digo. Inmediatamente el patuquito manotea el revolver, aprieta el gatillo, salen tres balazos, para dónde, digo yo, si tres balas mías se le introdujeron sin pedir permiso en ese cuerpo que buscaba caricias y encuentra plomo.
—¡Antonio!¡No es como vos pensás, Antoñito! No sabés cómo te extrañaba, pensé que volvías mañana, pero que alegría…
El Dr me la pidió en bandeja. Ella debe pensar que soy tan estúpido como el, que con dos mimitos alcanzan, así cai yo, viejo, la miré y no me cuide, pero ella está hermosa en su julepe, la mirada le brilla, las manos le tiemblan al hurgar en su cartera, quiere darme…
—¿Cómo? La pistolita –un juguetito ridículo- dispara sus tres tiros de norma que me dan de lleno y yo -como siempre, viejo- dándome cuenta tarde, Luciana que suelta el arma, como si le diera asco, pobrecita, se inclina, me mira, no hace falta mucho oficio para darse cuenta que me queda poco.
—Si me hubieras hecho caso, Antonio, todo esto sería nuestro, en unos días. Pero vos, que los códigos, que la palabra. Este, el gringuito, a vos, ni a la altura de los zapatos, lo enganché para abrir la caja fuerte. Me llevo como para tirar un tiempo en algún otro lado. No te molestés, yo me llevo todo. Si te llegás a salvar buscame, aunque no creo
El gringo murió. Luciana desapareció. El Dr. viene corriendo, con sus esbirros –todos, mehos yo, que estoy aquí pero me voy yendo-. Tiene razón viejo, pero ya es tarde. No pida que me pongan con Ud. allá, que nos vamos a amargar la muerte. Escuche lo que dice el patrón, por lo menos alguien me recuerda.
—Y este hombre, Luciano no sé cuánto, que dio la vida por cumplir su misión, es un ejemplo del empleado que quiero a mi servicio… —todos solemnes, reconociendo mis méritos—. ¿Tendrá alguien a cargo? Lástima, le podría dar una bonificación, que el Dr. Peñaralta sabe corresponder. Bueno, otra vez será, voy a poner una placa recordatoria.


© Carlos Adalberto Fernández

sábado, 31 de enero de 2009

ESE VIEJO ALMACÉN

Versión libérrima de
Sentimiento gaucho
Tango 1924
Música: Rafael Canaro / Francisco Canaro
Letra: Juan Andrés Caruso


Igualito, El mismo viejo almacén, los mismos adoquines, los faroles, la recova. Alguien me detiene en la entrada.
— ¿Cuándo la perdiò?
— ¿Cuándo perdí la qué? –los patovicas eran alfeñiques al lado de este megatipo. Que raro. Capaz que el gallego cambió de ramo-. ¿La qué? Repetí.
— La fe. Ud. Se puso en esta cola –El doble ancho me señaló el cartel: "Salón exclusivo de La Fe Perdida. Presentar comprobante para ingresar".
— Yo, si es por eso, ya soy vitalicio. La fé, la perdí o me la robaron hace años.
— ¿Constancia de denuncia?
— ¿Lo qué? Pero, oíme, ¿vos no sos Palito, el del kiosco del tano?
— Soy Pablo. Era Palito, hace tiempo. Ahora me doy cuenta. Ud. es Matias, el de la mesa permanente. Disculpe, el tiempo pasa.
— Oime, ex Palito, ¿No está el yoyega, el Pepe?
— El señor Pepe falleció, hace tres años. Ahora está el hijo, el Sr. Pepe. Pero pase, ya conoce el lugar. Yo le aviso al Sr. Pepe.
§
Lúgubre, casi tenebroso, mesas oscuras y gastadas, gente oscura y gastada. MI mesa, gastada y oscura, en el lugar de siempre. El vaso, la botella abierta, el cenicero lleno de puchos, uno encendido, como siempre. Paso por entre las mesas, molesto a los clientes encorvados sobre el mantel de papel, el sombrero ocultando los ojos. Algunas toses profundas entre pitadas. Una mustia lámpara sobre cada mesa, con una pantalla oscura y gastada iluminando, en el centro, el vaso; en penumbras una botella. Cada tanto una mano repta desde el borde de la sombra, inclina la botella, que luego vuelve a su penumbra. La mano toma ahora el vaso, que desaparece comido por la sombra del sombrero, vuelve con el vaso vacío, toma el cigarrillo desde el borde de la sombra, desaparece, vuelve al cenicero. Al rato una tos cavernosa, ahogada, interminable. Silencio. El hombre piensa, evoca, maldice. Una mano repta desde el borde…
En una mesa, la tos se hace prolongada, de extremaunción. Entre espasmo y espasmo, la voz dice un "¡Mariantonia!" cada vez más ahogado, Desde el otro lado de la mesa incursiona una mano. Toma la botella. La sombra del sombrero desaparece y la botella se estrella sobre la cabeza del cliente, que deja de toser. Dos paquebotes levantan al ex cliente, retiran el vaso, el cenicero, pasan un trapo rejilla oscuro y gastado, colocan mantel de papel, botella hasta la mitad, vaso, cenicero, cigarrillo encendido, hasta la mitad. Me siento en esa mesa, tomo la botella…
— ¡Eh! ¡Con cuidado! —Desde las profundidades de las gastadas y oscuras maderas del piso, o desde debajo de la mesa, me gritan. Algo me agarra un pie. Miro. Acurrucado debajo de la mesa, abrazando una botella, un vaso y un cenicero lleno, un tipo –huesos, algo de piel, ojos de sapo- me mira desafiante pero asustado —. No deschavés, gil. Hace rato que estoy aquí, es como si la mesa fuera mía. Si te sentás con cuidado podemos charlar, de paso vigilás. Cualquier cosa mové el pie derecho.
— Oime, esqueleto gordo, Traigo mis propias pálidas, compañeras de una vida. Sé quién sos. Te veo y no siento emoción alguna. Como no quiero faltarle al tango, si tenés una cruel confesión y me hacés lugar, te escucho -. Hago una señal y en un momento nos preparan el piso, con botellas nuevas, ceniceros limpios, una picada. La luz, al principio no veíamos un carajo, pero desde otro bar nos aportan un candil.
Percha vacía me mira fijo. Comienza.
— ¡Se me ha ido, che! Sólo tres años duró lo nuestro. ¡Bah, lo nuestro! ¡Yo aporté laburo, tres changas, algunos choreos, la latita en la escalera del subte! No digo que la tenía como reina, pero con los préstamos que pedí, unos meses sin fumar, pudo presentarse sin vergüenza en la pista del Social y Deportivo, se ganó el Mireya de oro y un contrato como bailarina del Pindonga Tango Ballet. ¡Qué orgullo, che! Brillaba en la pista. Bueno, dicen. Yo nunca pude verla. A las cuatro largaba el puesto de sereno, corría a casa, limpiaba todo, preparaba la comida y a eso de las seis, cuando sentía la puerta del coche que la traía hasta la casa, saludándose a los gritos con los tipos, le servía el plato. Entraba tarareando y bailando, comía y se metía en la cama. Después te cuento, me decía y quedaba frita. Cuando al anochecer yo volvía del lavadero de coches, me esperaba el cartelito. "Sinforoso: El churrasco más a punto, no me gusta seco. La ensalada sin vinagre. Cambiá las sábanas. Después te cuento". Nunca me contó.
— Yo no me quejaba, che. Gracias que la veía, dormida. Algo de celos, sí. "Tontito", me decía mientras se pintaba los labios, agarraba la cartera, me tiraba un piquito, "No te valorás, no sabés cuánto valés. Dale, Sinfo, no te olvidés de plancharme la camisa".
Cuando tuve el accidente pedí permiso en el depósito, compré unas flores y corrí a casa. Vamos, a los alaridos en la cama, la ropa tirada por todos lados, el tipo jadeando, eso de que era una visita social no te lo cree nadie. Pero me pasé. Perdí la cabeza, o sea la perdió él, papilla se la dejé con el cenicero de mármol que me prestaron por un tiempo en la mansión de Olivos. Yo, a cafúa. A ella la echaron del Club, me hicieron fama de malevo posesivo que en cualquier momento volvía, Todos le rajaron. Al final, pobre mujer, sola, indefensa, se fue con el hombre que la supo seducir. ¿Vos la culparías?

Y, si acaso algún día quisiera volver a mi lado otra vez, yo la he de perdonar.
Si por celos a un hombre se puede matar se perdona cuando habla muy fuerte el querer a cualquiera mujer.

Ahora dicen que me está buscando. Lo echo, echo está. Además, tengo miedo. Tengo miedo de su llanto atrapante como su risa. La quiero como a mi madre pero me sobra bravura. Si golpean a la mesa, no digas que estoy.
§

Me partió el corazón. Ya no le quedaba para mucho. Allí mismo, debajo de la tercera mesa a la izquierda, lo miré.
Este amor no merece morir así, pensé. Decidì; este amor no va a morir así, en el anonimato. Le compré ropa nueva (la vieja la puse en una canasta que decía "Venia con esta ropa"), Lo empaché de inyecciones: calcio, yodo, multivitamínicos, lo dejé como para tirar un tiempito más, con cenicero nuevo y limpio, tinto berreta pero de marca, lupines, Todas las noches iba al almacén del gallego. Siempre el mismo verso, me decía.

Y si llama ella no le digas que estoy. Di que me he ido.
Pero, ¿Vendrá alguna vez? Decime.

Con el puré de vitaminas impedía que se fuera, por unos días. La noticia se corrió. Cada vez venía más gente. Lloraban, aplaudían, nos pedían autógrafos. Hice acordonar un caminito alrededor de la mesa, Se vendían fotos, ceniceritos de mármol con foto de Sinfo. Como con el glacial Perito Moreno, ya tenía fecha de derrumbe. Llegaron contingentes de turistas, tuvieron que cerrar Paseo Colón.
Pero el Sinfo ya estaba en las últimas. El gallego lo trasladó a una piecita interior. Unas mesas, un caminito pegado a la pared, reproducía a escala la escena original, en la que –dicen- De Niro protagonizaba la película que estaban filmando.
En el escenario íntimo, sólo él, respirando trabajosamente, un médico, el gallego y yo. Y los espectadores, claro, no más de 50 personas por función, De repente. la puerta se abrió Una mujer asoma tímida. No encuentra a quien busca. Pero Sinfo, desde debajo de la mesa, grita "¡Maricarmen!
¡Que momento! La emoción nos embargaba. "Por fin llegaste. Te esperaba. No quería irme sin entregarte la camisita, bien planchada", dijo él.
La premio Mireya de Oro, bellísima, lloraba en brazos del Sinfo. "No me dejes sola" suplicaba, mirando a las cámaras.
— Esa ropa… espero que te haya alcanzado la plata que todos los meses te depositaba en la cuenta, no quería que pasaras penurias por mi ausencia.
— No te preocupes, querido Sinfo, no te vayas, quedate conmigo, yo te cuido en el tiempo libre.
— Ya es tarde, Maricarmen, me estoy yendo.
— Entonces no te olvidés de dejarme las cuentas bancarias, los derechos de publicidad, venta, comercializació n de las fotos, ceniceros, discos y cds y todas las novelas, crónicas y películas basadas en tu historia. Casualmente aquí traigo un documento, firmalo y listo. Quiero que te vayas tranquilo, yo acá cuido tu memoria.
— Todo lo que quieras, mi amor, mi ensueño. Vamos que no queda tiempo-. Sinforoso se incorporó trabajosamente. Apoyado en Maricarmen, que tenía fuerzas para todo, se acercaron a un armario. Sinforoso extrajo de entre sus ropas una llave con la que abrió el candado. Le entregó la llave a Maricarmen, emocionada hasta la taquicardia. Del armario Sinforoso extrajo una caja con cerradura, la abrió. "Vení Mireya", le dijo a la mujer "Acercate que quiero que seas la primera en ver". La tomó del hombro y los dos se inclinaron sobre la caja.
El disparo nos sobresaltó a todos. Maricarmen miró extrañada a Sinforoso. El segundo disparo convirtió la sorpresa en terror. Después no expresó más nada, sólo la inexpresividad de la muerte. Sinforoso giró poniéndose de frente a nosotros, con Maricarmen colgando como un trapo de su brazo izquierdo, En la mano derecha tenía el revólver de la sorpresa.
— Creí que ya no llegaba a verla. La esperé, en noches interminables tratando de imaginar su actitud, y mi decisión. Soñaba que me pedía dejarla morir conmigo, ningún comentario sobre plata. Estúpido. Yo mismo me decía estúpido. Porque la otra actitud que imaginaba fue la que se dio: Dejá la plata, Chau. No importa. Aguanté. Me cobré. Ahora, supongo que debo pagar.
Se colocó el caño del revólver en la boca y disparó.
§
Regalé mi mesa, me despedí del gallego. Ya no iba a volver. Sinforoso me hizo recuperar la fe en los valores humanos. Miren que esperar no sé cuánto tiempo para terminar sin deudas un conflicto amoroso, poner cada cosa en su lugar antes de dejar el mundo de los vivos… Si eso no es amor, que me tiren los perros.


© Carlos Adalberto Fernández

jueves, 29 de enero de 2009

Montañas del Espasmo

Lo había lastimado. Lo sabía.

Tantos años acumulando dolor e impotencia, ahorrando energía robada al tan necesario sueño, sacrificando el presente en pos del incierto futuro.

Sus músculos pregonaban la fuerza de miles de fibras contrayéndolo todo, incluso la rabia.

Se había convertido en una eficiente máquina de asalto, un arma mortal que destruía todo a su paso sin detenerse en detalles ni opciones.

Nadie jamás lastimaría su coraza; su pecho amurallado estaba dispuesto a resistir miles de embates sin acusar tan siquiera un roce.



Pero ahora, esa defensa, esa herramienta que convertía su humanidad en impenetrable le había traicionado.

Él yacía en el suelo: y de ella era la culpa.

Pensó en la esencia del escorpión, en el involuntario reflejo que la llevaba a defenderse de todo movimiento agresor, en la cima a la que sus pasos la habían conducido.

Se inclinó hacia él, aunque más no fuese para tocarlo…siquiera para decirle que quería que siguiera intentando acercarse a ella.

Un grito la paralizó



-¡¡Nunca más te abrazo por sorpresa!!.. ese karate de mierda me va a romper los huesos un día -bramó la voz masculina.


Liliana Varela

http://lilianavarel a.blogspot. com

viernes, 23 de enero de 2009

LA GUERRA DE DANI

Dani es un niño normal. Dani, como todos los niños de su edad, tiene, además de un balón y una bicicleta, un cajón lleno de juguetes en el que esconde los más sorprendentes cacharros. Algunos de ellos, incluso, se encuentran ya perdidos en el olvido desde su más tierna infancia.

Uno de sus juguetes preferidos era la escopeta de corcho que, al disparar, hacía un ruido similar al de las escopetas de verdad. Y, de noche, hasta se veía una pequeña lengua de fuego. Ni qué decir tiene que esta mínima llamarada hizo más de una vez las delicias de sus amigos cuando, encerrados en su cuarto, apagaban todas las luces para verla mejor.

Dani solía jugar a la guerra con los amigos del colegio. Lo pasaban fabulosamente bien, pues debéis saber que nuestro amiguito vive en una pequeña aldea, perdida entre montañas y riachuelos. Sus batallas encontraban en aquellos parajes un lugar ideal para correr, saltar de una orilla a otra del arroyuelo, esconderse en las trincheras improvisadas con dos pedruscos detrás de un viejo árbol carcomido, escalar peñascos que, en sus mentes inocentes, se trocaban en abruptas montañas...

Ni siquiera para vestirse de camuflaje encontraban el más mínimo problema:

-Arrancamos un par de matojos y un puñado de hierbas para hacernos un gorro.

Con él se asomaban por encima de las retamas y veían perfectamente al enemigo sin que éste se percatase de su presencia...

Cuando sucedió nuestra historia, la primavera estaba tomando posesión de aquellos paisajes. La nieve dejaba paso, lentamente, al verdor de las hierbecillas que comenzaron tímidamente a manchar el blanco e inmaculado paisaje. El calorcito de un sol radiante aprovechaba la limpieza del aire para enviar su leve ardor de manera engañosa. Los inocentes rostros de Dani y sus amigos tenían ya unos tonos colorados y sanos que eran la envidia y el orgullo de sus mamás.

El sábado los dos "bandos enemigos" gozaron de lo lindo durante toda la tarde, hasta que el sol, agotado, decidió abandonar aquellos parajes en busca de lugares menos umbríos en los que seguir empleando sus aún débiles fuerzas.

Como tantas otras veces la batalla terminó cuando, a lo lejos, oyó la voz de su hermano que venía con la buena nueva:

-¡Daniiii! ¡La merienda...!

La guerra entró automáticamente en un armisticio que, como de costumbre, suspendía las hostilidades entre la alegría de los contendientes. Los chiquillos hicieron un alto con el fin de reponer fuerzas antes de reiniciar la incruenta e inocente lucha.

Al anochecer, cuando Dani entró en casa, el padre leía la prensa. Su rostro, naturalmente risueño, evidenciaba una profunda preocupación.

-Esto será un desastre –comentó en voz baja mientras sus ojos se posaron en el arma inocente dormida en brazos de Dani.

-Las guerras... –musitó su madre- sabemos cuando comienzan, pero nunca cuando acabarán.

-¿Vamos a tener una guerra? –fueron las palabras de Dani, alborozado al oír a su madre-. Yo quiero ser un soldado. Seré el más valiente de mi ejército...

-Prefiero un hijo cobarde antes que un hijo muerto –confesó su madre con sinceridad.

-No hijo. No habrá guerra –intervino su padre-. Esperemos que la sensatez se imponga a la soberbia y la locura de algunos gobernantes.

-Y si ganamos... ¿no seremos más poderosos y más ricos, papá?

-No hijo, de una guerra todos saldremos más pobres. Sólo el odio y el rencor triunfan en ella...

Dani, que no quedó muy convencido de aquellas palabras, se enfrascó en sus taras escolares mientras penetraban en sus inocentes oídos las incomprensibles palabras, huecas y altisonantes, que surgían del receptor de televisión.

Era una alocución huera y ampulosa de alguien que, a juicio de su padre, no iba a jugarse ni vida ni hacienda. Palabras de guerra, negras como pájaros de mal agüero, inundaron la habitación.

Imágenes de aviones, barcos, carros de combate y todo tipo de armamento desfilaron ante la mesa durante la cena más tristes que Dani había conocido en su vida.

-Vamos, Dani, a dormir, que mañana hay que ir a la huerta. Debemos levantarnos tempranito para que no nos coja mucho calor -rogó su padre.

Dani apenas pudo conciliar el sueño esa noche, daba vueltas y vueltas hasta que... Un silbido atronador se apoderó de la oscuridad. Sus gritos, desgarrados, se perdieron entre el resonar de las detonaciones. Sólo un eco ensordecedor respondía a su desesperación.

El muchacho intentó levantarse, encender la luz, correr hacia el dormitorio de sus padres... Imposible. El pavor paralizaba todo su cuerpo.

Tras unos momentos de silencio, un destello estremecedor sucedió a aquellos primeros instantes de terror. Dani había cerrado los ojos aturdido por la luz cegadora que invadió su dormitorio.

Parecía como si las paredes se hubiesen convertido en transparentes pantallas incapaces de frenar aquella tormenta de ígneos colores. Inmensas llamaradas anunciaban un fuego destructor que se apoderó de todo el pueblo.

Cayeron sobre su cuerpo cascotes, trozos de muebles, ropa... Y luego, un ruido ronco, eterno y aterrador... Dani se hundió en una pesadilla hipnótica, sentía su cuerpo sumido en una oscura sima de tinieblas y gritos. Estos rebotaron en las paredes, subían y bajaban desde los más profundos abismos hasta la luna negra, preñada de rojizos colores que, mortecina, brillaba entre las brumas.

Pasaron largas horas. Una luz pálida, ensombrecida por extraños olores a azufre, fuego y muerte, fue abriéndose paso entre la oscuridad de la noche... Dani intentó levantarse. Sus piernas parecían más pesadas que nunca. Realizó un esfuerzo supremo y extendiendo una pierna fuera de la cama, trató de erguir su cuerpo...

-¡Mis piernas! ¡He perdido mis piernas!

Lloró desesperadamente. Sólo el silencio respondía a sus llantos.

Fatigosamente Dani se arrastró hasta el dormitorio de sus padres. Allí sólo encontró un inmenso espacio vacío y, al fondo, los restos del pijama que su padre usara la noche anterior. Algo más allá, un reloj de pulsera destrozado y sin hora...

Las últimas energías de su cuerpecillo debilitado y exánime le sirvieron para llegar hasta la alcoba de su hermano: nada.

La soledad y la desesperación se apoderaron de su corazón que, lentamente, se sumergía en un pesado sueño.

Entre sollozos y gemidos, Dani llamó a sus padres.

De nuevo, el silencio...

En unos segundos su vida se convirtió en espuma vacía que flotaba en un mundo en guerra, un mundo convertido en basura, dolor y tristeza... Eso es la guerra: basura, dolor, tristeza y muerte. Pero una muerte de verdad, una muerte definitiva y distinta de aquella que tantas veces ha vivido en sus guerras por los verdes prados, hoy regados de sangre y fuego.

Luego...

Soñó. Soñó que la calle recuperaba la oscuridad de su pacífica noche primaveral.

Soñó que allí, al otro lado del pasillo se oía el rumor de las voces de sus padres.

Soñó que las piernas volvían a moverse obedientes a sus órdenes...

Soñó que la primavera volvía a sembrar los campos de vida y color…

Soñó que los pájaros, con sus cantos, vencían aquel horrísono estallido de bombas.…

Soñó... que los gritos de dolor daban paso al canto de un gallo que, en la lejanía, rompía el cálido silencio del amanecer...

Soñó que sus alas estallaban en un cielo azul del que habían desaparecido humos y olores de guerra...

De nuevo el silencio. Agotado por todo lo que en tan breve y eterna noche ha vivido, Dani cae en un reparador sueño del que le despertará una mano cariñosamente apoyada en su hombro...

-Dani...

-¡Papá! -gritó nuestro amigo mientras unas lágrimas de felicidad brillaban en sus ojos.

Después del desayuno Dani emprendió junto a su padre el camino de la huerta. A sus espaldas llevaba una mochila. Cuando llegaron a la huerta, Dani cogió decididamente una azada, y dirigiéndose a uno de los árboles que crecen a la orilla del riachuelo. Cavó un agujero. Sacó su escopeta de juguete, la depositó en el fondo y, cuidadosamente, tratando de borrar cualquier huella, lo cerró de nuevo.



Manuel Cubero

domingo, 11 de enero de 2009

Avancemos todos mancomunados (cuento)

El Jefe de Sección se afloja en el sillón, agotado. Pasó toda la noche elaborando el Informe Mensual de Progreso, controlando valores diarios, sumando, tildando sumandos, balanceando subtotales, cuadrando totales. El número final: 2.678.417, era exacto, inamovible. Ni las entidades técnicas, ni las autoridades administrativas, ni los poderes políticos, podrán cuestionar la incorruptibilidad del valor 2.678.417.

Siete y veinte; falta una hora para el inicio normal de actividades. Va al baño, se higieniza lo mejor posible, se arregla la ropa, se pone presentable. De nuevo en su oficina, arma la carpeta de presentación del Informe Mensual de Progreso. Toma café, esperando. Se adormila.

—Gutiérrez, ¿me tiene el informe mensual? —pregunta desde el teléfono, como era previsible, a las 08:35 horas, el Jefe de Departamento— . Gutiérrez no quiere imaginar la catarata de insultos, preparada y ensayada, si la respuesta fuera negativa.

—Lo tengo, Señor —respuesta impersonal, respetuosa, triunfadora.

—Suba inmediatamente.

Gutiérrez, con la carpeta en la mano, sube por la escalera hasta el piso del Jefe de Departamento. Se presenta en Secretaría; lo introducen a la Jefatura.

—¿Algún comentario, Gutiérrez? —el Jefe de Departamento hojea el informe, mira el Valor Final: 2.678.417. Lo anota en un papelito. No se inmuta—. Gracias, Gutiérrez, déselo a la secretaria.

Dos días después vuelve el expediente, habiendo circulado, con la prontitud esperable, por Técnica, Legales y Auditoria. El Jefe de Departamento revisa las fojas agregadas. Agrega la correspondiente a su nota de elevación del Informe Mensual de Progreso a la Gerencia de División. Él mismo se ocupa de la entrega: asciende por el ascensor que lleva a los pisos de Gerencias, Comité y Presidencia. En la Gerencia de División se hace avisar; lo reciben con rapidez, el Informe era esperado.

—¿Ninguna inexactitud, ninguna desprolijidad? Mire que el Comité lo va a examinar minuciosamente antes de su distribución a las otras Gerencias, para la Asamblea —El Gerente casi amenazaba.

—Es una fotografía exacta e irreprochable de la producción del mes. No tendrán nada que objetar.

—Ud. Siempre me dice eso. Pero acuérdese cuando los otros Gerentes denunciaron una coma en lugar de un punto; el ridículo que pasé —el Gerente de División bajaba la cuchilla, todos los meses.

—No volvió a pasar, yo personalmente reviso hasta el menor detalle —el Jefe de Sección no se acostumbra, lo odia todos los meses.

Logística copió el expediente, armó las carpetas, las distribuyó a las Gerencias. La Asamblea se llevó a cabo. Unos minutos después el Gerente de División hizo comparecer al Jefe de Sección.

—¿Ud. estaba al tanto de esto? —El Gerente no bramaba, sonaba deprimido. El Jefe de Sección respiró, no era para él, la cuchilla.

—Ese valor, 2.678.417. Tendría que haber sido 2.742.966,85. El mes anterior tuvimos un 2.659.821. La producción aumentó 0,0069%; tendría que haber aumentado un 0,241% de acuerdo al Plan Estratégico y la Arenga en Conmemoración del Aniversario. La tasa de Incremento de la Productividad se está desinflando. Tenemos que ir a las raíces.

—¿Al EndoPropulsor?¿ Señor?.

—Si. Al EndoPropulsor mismo. ¿Dónde, si no? Si todos los valores dan correcto, ¿dónde está la causa de la baja de Productividad? Elemental, Watson, en la baja de voluntad y sentido de colaboración de los Propulsores. Vamos ya mismo.



El Gerente de División y el Jefe de Sección bajaron en el ascensor hasta la planta baja. Por una escalera angosta descendieron hasta el subsuelo de EndoPropulsió n, donde estaban las oficinas en las cuales se observaba, registraba, inspeccionaba y documentaba la Producción.

La puertita daba acceso al EndoPropulsor, una enorme caverna de cemento y acero, poblada de plataformas -llenas de dispositivos, tableros, luces, medidores- comunicadas mediante escaleras metálicas. En el piso de la caverna, rígidamente aferrado al suelo, y conectado con las plataformas mediante poleas, engranajes y –últimamente- conexiones inalámbricas, estaba el EndoPropulsor. Una como bicicleta fija con una sola rueda, delantera, de enormes dimensiones, una cabellera de cables en la parte posterior y asiento, manubrio y pedales convencionales, con medidores al frente.

—¿Quién es el propulsor? —pregunta el Gerente.

—Pérez, Señor —informa el Jefe de Sección—; es el encargado de EndoPropulsió n.

—¿Cómo anda, Pérez? —el Gerente inicia, diplomáticamente, la conversación— ¿Cómo van las cosas?

—Apechugando. Señor. No hay mucho para divertirse. Pedaleando, o para variar, pedaleando —contesta, no con mucho entusiasmo, Pérez—. Antes teníamos música –funcional, que le decían-, pero ahora el único ruido, de terremoto constante de los motores, no es muy variado.

—Hubo que quitarla, la música. Nuestros especialistas en Productividad detectaron que distrae, desconcentra y desmotiva; el empleado se vuelve rutinario. Por otro lado, eliminando la música ahorramos en equipo y personal especializado, o sea, aumentamos la productividad, que es nuestro objetivo principal. Se dará cuenta que el nivel directivo se ocupa de los objetivos.

—Sí. También se ocupó cuando eliminó el puesto de empleado de mantenimiento. Ahora la lubricación, el ajuste y la reparación del puto propulsor –con perdón- la tengo que hacer yo —Pérez conocía el sermón mensual, y se estaba amoscando.

—Y con mucha razón, pero por favor, no se distraiga, mantenga el pedaleo en las 66 vueltas por minuto de norma —el Gerente debía esforzarse, como siempre, por imponer su autoridad—. Aquí también logramos economía en personal y equipos. El mes pasado, sin ir más lejos, la rotura de un pedal demandó, para su reemplazo y ajuste, 139 segundos; el entonces responsable de mantenimiento lo hubiera hecho en 98 segundos, pero debiendo estar permanentemente a disposición. Y aquí un comentario, más bien un reproche, Pérez; en esos 139 segundos dejó de pedalear 152,9 vueltas. Retomando el pedaleo, no a 66 vueltas por minuto, sino a la Velocidad de Recuperación de 69 vueltas como claramente lo indica el manual, en sólo 51 minutos hubiéramos retomado los valores normales. Pero el parte diario de Inspección denuncia que en esa jornada no sólo no se recuperaron las 152,9 vueltas perdidas, sino que se perdieron además 38 vueltas, sin justificación.

—Es que yo estaba ejecutando el plan de recuperación de mi aliento. Retirar el pedal roto, buscar ¡en la estantería el repuesto, colocarlo, etc., etc., me dejó sin fuerzas para pedalear. Para colmo el tornillo que faltaba tuve que reemplazarlo con un alambre.

—Hubiera ejecutado el Plan Alternativo de Recuperación, Pérez. Me inquieta, y sinceramente me molesta, que todos nosotros, ejecutivos, directivos, técnicos, nos estrujemos el cerebro para que Ud. no tenga que pensar, ni decidir, ni siquiera opinar; sólo vigilar el medidor de RPMs y pedalear. ¿Para qué? Para que Ud. haga lo que le plazca y se desentienda de las consecuencias. Voy a tener que elevar un informe, que no le será favorable, se lo advierto. Buenos días.

—Ma sí... Andá a laburar, gerente de las pelotas... licenciado en viñetas... —Pérez no aguantó más. En los siguientes 98 segundos pedaleó a 69 vueltas por minuto, para quitarse la bronca.

—Este Pérez, como si fuera el único que trabaja. Hasta cree ser el único que piensa —masculla el Gerente, ya en el ascensor camino a su oasis— No tiene conciencia del volumen del Presupuesto asignado a dirigirlo y controlarlo. No hay caso, para directivo se nace. Por otro lado, sin un Pérez, no tendríamos a quién dirigir. Mejor sigamos así, Avancemos todos, mancomunados. Bajo mi conducción, naturalmente.




--
Carlos Adalberto Fernández

LERDA

.
.
Yacía en mullido tálamo de hechos, adormilada, cubierta por las
hojas que se volaban del libro de la Historia. En ese letargo a
vivido siempre y ha tenido por solaz ver pasar los acontecimientos
en festivo desfile, sin inmutarse. Así, con sus ojos entornados, se
fue quedando de nuevo dormida y olvidó que "el ahora" dependía como
producto consecuente y cierto, del desaparecido "ayer".

En ese goyesco desfile se iban desnudando las personas y los pueblos
y, ella, allí, tendida, quieta, como estatua, viendo cómo se repetía
una y mil veces el hacer del Planeta, apareciendo especialmente
errores que se hubiesen podido evitar si ella estuviese bien
dispuesta.

La película que ha visto y que no recuerda, o no quiere recordar,
contiene la construcción y la destrucción de miles de ciudades, y
así, con voluntaria ceguera, ha tenido "cara a cara" a la guerra y a
la paz.

Pasaron por la puerta de su casa grandes civilizaciones que hoy solo
son un archivo en las capas de la tierra, ellas quisieron asomar su
empolvada testa para que las gentes de hoy las observasen en la
grandeza que una vez tuvieron, pero esa dura mujer nunca las tuvo en
cuenta.

Los milenios, como zombis emergieron también, uno detrás del otro de
debajo de lo que habían construido encima de su olvido. También
asomaron su faz las antiguas razas y subrazas y, con ellos venían de
cortejos todo lo que hicieron allá… lejos… en la oscuridad de los
tiempos…

De un momento a otro esa mujer vieja, aún bella ¡qué digo! siempre
bella, empezó a estirarse como gato que se sueña cazador. Se
desperezó poco a poco, bostezó y empezó a masticar recuerdos,
siempre queda en una cuasi narcolepsia…

Engulló paisajes vistos, saboreó sentires de amores idos, volvió a
gozar con frenesí en los diferentes cuerpos del amor y con la
fragancia de las flores… Miró la procesión de familiares que había
tenido y siempre dejo abandonados allá, bien lejanos… en el olvido…

Ah! Esta mujer instalada en palco de honor, quiso por primera vez
esculcar el archivo de los tiempos y convertir la vida en eterno
ahora… en esa tarea está ocupada…y lo más bello es que lo disfruta…

A esta mujer la llaman "La Memoria".



Ana Lucía Montoya Rendón