viernes, 4 de septiembre de 2009

EL CARROÑERO

Compañeros, amigos todos: Como es sabido por muchos de los presentes, el aumento constante de nuestra actividad, exige precisión y determinación de las condiciones de las actividades apropiadas. Los superiores principios ideológicos, condicionan que un relanzamiento específico de todos los sectores implicados suponga un auténtico y eficaz punto de partida de toda una casuística de amplio espectro…
-¿Te das cuenta, Mariano? Este tío lleva hablando un rato sin decir absolutamente nada.
-Peligrosa actuación, no te fíes, Espe. Nunca sabemos por dónde va a salir esta gente.
-Tras esta breve introducción –continuó el conferenciante- entremos de lleno en el
tema que hoy nos trae aquí. Como sabéis estas aves carroñeras, porque debéis saberlo, la gaviota es un ave carroñera que se alimenta y vive a costa de lo peor que pueda caer en sus manos.
Escudándose en su presencia, agradable, elegante, distinguida si queréis, se esconde un animal realmente soez. Los bajos instintos, ocultos bajo la figura de un ave grácil, veloz, resistente y llena de vitalidad, brotarán de su organismo a la primera ocasión que se presente. Ahí radica su peligrosidad. La gaviota subyuga con su presencia, encubre bajo ella su innata tendencia a la agresión y sus deseos de imponerse ante cualquier eventualidad o peligro y de sobrevivir a estos a costa de lo que sea.
-Te lo dije, este hombre entra a saco en el tema que le interesa a las primeras de cambio... –comentó Mariano, casi en un susurro al oído de Espe.
Inquisitiva y acusadora, la mirada del conferenciante se hundió en el rostro de ambos charlatanes, que guardaron silencio anonadados.
-Salid al campo. Salid a cualquier sitio –continuó éste- y allí la encontraréis. Ha extendido sus dominios sobre todos los terrenos: campo y playa, mundo rural y urbano... Ha salido del ámbito propio y reducido a que estaba limitada. Voraz y destructora se ha impuesto a todos los demás y, si pudiese, destruiría sin piedad a cuantos se interpusiesen en su voraz camino.

Por este motivo, nos hemos reunido hoy aquí, para debatir y estudiar las posibles soluciones a la invasión de que estamos siendo objeto por parte de la dichosa gaviota. Ha extendido su dominio por todos los terrenos a su alcance. Y esa es la causa por la que aun reconociendo, de acuerdo con las modernas tendencias ecologistas, que debemos respetar el ámbito de todos y cada uno de los organismos que deambulan por nuestro país, no es menos cierto que se hace necesario poner coto a este indiscriminado ataque de que estamos siendo objeto. En cualquier momento, y lo digo con conocimiento de causa, estos animales insaciables serían capaces de apoderarse de toda la nación en su propio provecho...
-No lo soporto más, Espe, vámonos inmediatamente de aquí, ¡Este hombre está llegando al insulto!
-Tranquilo, Mariano, tranquilo, que este hombre es biólogo y no está hablando de política. Yademás, según me han dicho es yanqui y amigo de Josemari...


...





NOTA para los amigos de fuera de España.- El Partido Popular español tiene como símbolo una gaviota.


Manuel Cubero

jueves, 13 de agosto de 2009

LAS INTRUSAS

En memoria



Los hermanos Sandoval, Ramón y Martiniano, vivían en Balvanera, en los fondos de un galpón que usaban como depósito de repuestos de maquinarias. A la muerte de sus padres se hicieron cargo del negocio, sin descuidos ni desatenciones, y sin quitar tampoco mucho tiempo de sus tareas habituales: la noche, las mujeres, las pendencias.

Parcos, sin ser huraños, distribuían su tiempo entre la actividad obligada –atender el galpón- y sus afecciones de putañeros y pendencieros, ambas ejercitadas sin excesos, sino adecuadas a su condición de animales jóvenes.
No compartían ni se comentaban sus andanzas, pero todos sabían que enfrentarse con uno llevaba a encararse con el otro.

Frecuentaban el prostíbulo de la Colorada, llamada así no por el color de su cabello sino porque, dicen, alguna vez la vieron ruborizarse intensamente, nadie sabe cuando ni por qué.
Una pupila nueva, Deolinda, atraía por demás a Ramón, que pasaba mucho tiempo en el burdel, descuidando algo el depósito. Algunas indirectas de Martiniano originaron en los últimos escarceos duelísticos algunas aproximaciones peligrosas de los cuchillos.

Una mañana Ramón salió temprano. La noche anterior no había salido. Volvió al mediodía, con una mujer y una valija.
—Esta es Deolinda —dijo. —Se queda conmigo —Agregó.
Deolinda no perturbaba, hacía sus tareas en silencio, casi no trataba con Martiniano.
Era joven, activa, carnosa.

Paulatinamente la relación entre los hermanos se estaba poniendo tirante. Las opiniones adversas se expresaban principalmente clavando el cuchillo en la mesa. Era evidente que la presencia de Deolinda perturbaba a Martiniano.

Esa tarde Deolinda se despidió con un “Ahora vuelvo”. La mirada interrogante de Martiniano –no pudo evitarla- motivó de Ramón un “Fue a hacer un trámite”.
Volvió Deolinda, con otra mujer y una valija.
—Se llama Elvira —dijo. —Es mi hermana, viene a hacerme compañía.
Ramón agregó. —Si te interesa...
Elvira durmió unos días en la cocina. Al tercer día Martiniano le dijo:
—Agarrá tus cosas y venite a mi pieza.

La situación se había estabilizado, pero los Sandoval eran jóvenes y codiciosos. Cada uno curioseaba la relación del otro.

Ese día la hermanas secretearon seguido, lejos de los hombres. A la noche Elvira, después de lavar los platos, parada en la puerta de la pieza de Ramón, dijo:
—Con permiso, si no le molesta, —Luego de una pausa, agregó— la Deolinda va para lo de don Martiniano.
Ramón la miró, hizo una pausa larga. —Vení, acostate —decidió. Y masculló, entre inquieto y complacido: —Pucha con las intrusas, ya tomaron la manija.

El cambio de pareja se volvió una práctica frecuente. Las ocasiones eran siempre decisión de las mujeres, sin siquiera comentario de los hombres. Sólo una vez Ramón, incorregible, preguntó si no tenían otra hermana.

La muerte de Deolinda, una infección sorpresiva, fulminante, si bien sentida por todos, fue pausadamente asimilada. Elvira alternaba entre las camas, en ocasiones durante la misma noche. Vivían en familia.


La pendencia con los Linares –familia de guapos de cuidado- venía de lejos. Frecuentemente se encontraban, delegando en el cuchillo la resolución del problema. Había sangre, pero hasta ahora no hubo nadie a quién enterrar.
Un sobrino de los Linares, llegado hacía poco al barrio, quiso levantar su cotización en la familia. Una noche de tormentosas borracheras desafió a Ramón. Inexperto y arriesgado, una ominosa hoja en el pecho le reprobó el examen y lo mandó al cementerio.
Ramón envainó el cuchillo, saludó a los presentes y se encaminó a la casa. La humedad de los pastos, o algún presentimiento, hicieron estremecer a Ramón.
Los Linares lo alcanzaron cruzando el baldío. Entre varios lo desangraron por todo el cuerpo. El grito final, ·”¡A la puta, que me matan!”, avisó a Elvira, que terminó de despertar a Martiniano.
El combate fue infernal y desigual. Los Linares, con zarpazos de jauría, se lanzaban sobre las últimas energías de Martiniano.
Elvira, leona arrebatada, finalizó el duelo con el revólver que había traído en su valija. Como en un cuerpo a cuerpo, clavaba un balazo sobre quien alcanzaba con el caño del arma.
Un silencio de noche asustada corrió el telón. Ya era tarde para Martiniano

Elvira lavó y vistió los cuerpos, los acompañó a la fosa, los despidió, volvió a la casa, guardó las pertenencias de sus hombres, y se acostó a dormir en una cama que llevó a la cocina.
De permanente negro, mirada enclaustrada, siguió ocupándose de los intereses de la familia. No estaba muerta, sólo sin perspectivas ni ambiciones.

Cuando algún comedido le indicó que con su juventud y energía todavía podía tener esperanzas de una nueva familia, exclamó:
—¡Por favor!¿Dónde voy a encontrar dos maridos como ellos?



--
Carlos Adalberto Fernández

cafernandez. ar@gmail.com
Blogs, sitios personales
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http://carlosafernandez.blogspot.com/ (Museo)

jueves, 6 de agosto de 2009

El tren que no llegaba



















Estaba sentado en un banco de la estación de trenes; en ese momento, su mirada yacía perdida en un punto inexistente del horizonte.

Era un hombre joven, pero su semblante denotaba la dura vida que le había tocado en suerte.

Era el único ocupante del andén. Un empleado de la boletería era la segunda forma humana que se encontraba allí– pero se hallaba dentro de su cabina, aislado de aquel joven.

El hombre se miró las manos, estaban ajadas, deterioradas como las manos de cualquier trabajador manual; se acomodó el botón de la camisa (que aunque se notaba vieja, estaba muy limpia) y carraspeó como para aclarar la voz.

Cualquiera que lo viese pensaría que era un ser insignificante, que no llamaba la atención; quizás fuese así…pero sólo él sabía el por qué de su importancia en ese lugar.

Nada podía sacarlo de sus pensamientos; inclusive la mujer que llegó con esa niñita gritona que lo miraba desafiante. Apenas levantó la mirada para verlas discutir entre ellas y luego volvió a sumergirse en sus propias ideas.

El estaba en su propio mundo…esperando ese tren que no llegaba…

Aunque tuviese que esperar años por esos vagones lo haría; la espera no importaba; sólo deseaba verla por última vez; era su único deseo.

Quizás ella no lo reconociese ¡Tanto tiempo había pasado!. Además nunca lo había visto de traje, pero estaba seguro que aunque el traje fuese pobre (y usado) , ella sentiría orgullo al verlo vestido así.

¡Tantas cosas tenía para decirle que las memorizaba en voz alta por miedo a olvidarlas!

Estaba muy nervioso; sentía sus manos transpiradas, llevaba más de tres horas de espera y el tren no aparecía en el horizonte.

Pensó que ella no podía defraudarlo. Era verdad que se había molestado cuando él decidió dejarla para ir en busca de un futuro mejor para los dos, pero finalmente había logrado reunir una pequeña fortuna con la cual había adquirido su propia casa…¡Ella debería estar feliz por ello!.

Su impaciencia iba en aumento; la mosca que se apoyó en su rostro fue la víctima de sus nervios al estallar su cuerpo en un manotazo brusco y veloz.

Sintió un ruido extraño pero esperado… ¿sería ser el tren que se acercaba?; ese tren que daba la sensación de que jamás llegaría, finalmente aparecía ante sus ojos.

Se paró de su asiento como si tuviese un resorte dentro y con pasos bruscos y largos se acercó a la orilla del andén.

Cuando vio al guarda que se asomaba de uno de los vagones de pasajeros, corrió a su encuentro. Jadeando llegó a él.



--¿Señor Pérez? –preguntó el guarda.

--Sí, sí, soy yo, soy Pérez…--respondió apurado-- ¿vino ella? ¿llegó?...

--Sí señor, ya llegó. Está en el último vagón de carga.



El joven corrió con toda la velocidad que sus piernas pudieron darle; llegó en el momento en que dos empleados descorrían la compuerta del vagón. Ella quedó al descubierto; finalmente pudo verla.




Allí estaba: el cajón que contenía los restos de su madre finalmente llegaba a reunirse con él.


Liliana Varela
De "Cuentos para no dormir" 2009

viernes, 31 de julio de 2009

El Abuelo y la mansión del monte

A Fanny Jaretón

A ninguno de los sobrinos le gusta que se vaya de visita a casa del Abuelo y se les obligue, por una estúpida convención de familia, a festejarlo y conversar con él. Es un viejo descocado. Regañón, bueno para dar extraños consejos, y filosofar sobre las muchas puertas por las que fluye el tiempo, en superposición y conexión con el Hoy / Ahora / físico. Todas las múltiples versiones de futuro de las que habla se relacionan a una singular versión del espacio.

El no ha perdido la costumbre de su hablar vibrante. Para emocionarlo sólo basta que se le plantée el tópico del tiempo. El misterio de los universos futuros que se comunican mediante la emoción con el presente físico. «Cuanto más poderso es un futuro probable, más fuerte la urgencia de elegirlo». Cree que la fuerza de voluntad es la mayor de las virtudes.

En su casa, nunca puso luz eléctrica. No le interesa saber del mundo ni por radio ni televisión. El Abuelo medita, o piensa deliberadamente, en los futuros o realidades, que le cuadran. Pone mucha energía en tales pensamientos y ha advenido con tal poder atractivo que atrae luz de entidades cuya luminosidad es interior y habla de Tejas de Fuego y su tejado es luz. Para el Abuelo, cuyos ojos son todavía centelleantes, «la luz está dentro del cuerpo», no fuera. En la oscuridad, puede ver más eficientemente que un búho.

Además de que vive en otro tiempo, en cierto arcaísmo caprichoso, su casa está muy distante del Pueblo. «En un monte lejano, oscuro y sinuoso», como dice la madre. Sin embargo, por voluntad de su último hijo, recientemente fallecido, un día al año se le dedicaba para ir a verlo y que no muera solo. Es el día de su cumpleaños. Y el abuelo cumplió los noventa inviernos.

Siempre se tuvo la impresión de que el Abuelo, por su aislamiento y las crisis económicas del país, se habría arruinado. Y, peor juzgado, se le tiene por miserable. Hay un cierto fastidio porque no se acaba de morir. Es más, se comenta que él los enterrará a todos. Su salud es envidiable. Sigue estruendoso como si llamara a las gallinas, o animales en sus traspatios, en lo más oscuro de esas noches del monte.

Hace 40 años, su casa fue una mansión, siempre bien cuidada, digna de un hacendado y extrañamente, ya por la viudez, no la vive mas que él. Uno que otro vecino lo visita. El Alcalde le paga para que informe si ha muerto. Hay quienes alegan que él habla con el Diablo desde que murió la Judía / su mujer. «La única que aprendió cómo el aire controla la vista; el éter, el sonido; y la emoción de la voluntad, abre los tiempos».

El terreno de su propiedad es vasto. Desde hace diez años, cuando se descuidó la costumbre de visitarlo, acentuado por el hecho de su viudez, sobre lo que los sobrinos discuten es la riqueza que él pueda dejar y a quiénes. Otros hijos del Abuelo desparecieron; pero el Abuelo no es quien asegura que haya sido así; él lo que dice es que se han ido a dimensiones que él llama «Los Devachanes», mansiones de riqueza y reposo en los futuros probables. Y se ha lanzado a buscarlos, a viajar en el tiempo y, cierto es, están en otros devachanes que no son a la semejanza de éste, su casa construída y bendita por la bondad de este monte.

«Ese un viejo solitario y excéntrico».

«Es debido a la muerte de sus hijos y su esposa que se deschavetó».

Ahora, sí, ahora... los sobrinos se desvelan por lo que tiene él como dinero guardado. Han rastreado si paga los impuestos y averiguaron que tiene los impuestos pagados por anticipados hasta una fecha qye supone que él vivirá varios siglos. Paga con rocas de oro, estupendamente cotizadas por evaluadores. «Una pepa de oro se engarzó a un cuarzo, con ribetes diamantinos y una forma de huevo, que él llama el primer huevo de Seb en sus corrales».

Según esta cáfila de especuladores, ni sus propios padres dejarán para ellos alguna herencia, como la del abuelo. Alguno que otro, en estos años, ha ido como espión y le lleva un regalo, alguna bagatela y conversa con él... «¿Es cierto que el monte guarda una mina? O es mentira del señor Alcalde». Es inútil que se le saque información distinta a la que él gusta para explayarse: por ejemplo, el día que una lluvia de culebras color bronce llenó los campos. «Eso es una leyenda y, supuestamente, data de los tiempos de los indígenas que hoy no existen, los días del exterminio». El anciano dijo que las culebras le hablaron («como nadie me visitaba ni me hablaba ninguno, comencé a hablar con ellas, a veces de año en año regresan y, para mi sorpresa, me respondieron; dan sus secretos» y, entonces, lo pensaron desquiciado o embustero. Lo adjudicaron a la muerte de su esposa. Su esposa se llamaba Nachash, que significa Serpiente en hebreo. Y el dominio del tiempo, sí... sus espiritualidad exótica, ayuda a que se le piensa más loco.

El no da cuenta sobre la verdadera extensión del monte donde vive y si realmente es suyo; él prefiere decir que el Monte es sagrado. Deja que vengan científicos e ingenieros de minas. Nunca hallan ni los fósiles de la serpiente de bronce que ante teólogos y antropólogos él ha descrito con lujo de detalles... Muchas bendiciones acaecen donde el Abuelo pisa, con la gente que le habla con verdad, sin mala voluntad. Pero a muchas millas, a la redonda, se sabe que él toma por ciertas las leyendas sobre el Monte de las Serpientes y del demonio que vendría a convertirlas en cisnes. «El viejo es chiflado, sí. Pero es inofensivo y generoso».

Otro de los sobrinos, que murió hace dos años, uno después que su padre, se infartó al saber que aún la casa en que vivió, como un bueno para nada, fue un regalo del abuelo a su padre y que, en el negocio familiar de abarrotes, el dichoso Abuelo figura como socio inversionistya y, al parecer, dio todo el dinero. «Ese abuelo miserable es rico». Obsesionado con la riqueza del Abuelo, se murió de un coraje. «De codicia», diría el Abuelo. Dijeron que ese día vino y le pagó el entierro y unas misas.

«El Abuelo nos está enterrando a todos», dijo otro que, por primera vez, se plantearía si será probable que una cierta granja de Gallinas de Seb y de Cisnes de Kalanhansa, en el Monte de las Serpientes, sea lo que al Abuelo le permite su generosidad, porque, aún siendo sobrinos ingratos y presumidos [dizque con el beneficio de ser muy urbanos, hijos de la Gran Ciudad], cuando iban al campo a verle, no iban por amor. Sus padres no regresaban con las manos vacías: Lkenaban sus camionetas con costales de frutas, viandas y verduras; y siempre había un pretexto para plantear al Abuelo una emergencia, una deuda, un problemilla que no era suyo, un capricho para el menor o el mayor... Y no era que el negocio familiar de abarrotes fuese tan mal.

Como dijera su hijo: «Del negocio de abarrotes nos dio carrera nuestro padre y nos pagó hasta las bodas; pero, así como generoso, el Anielo lo es con otros, debiera ser con su hijo, Mamá. ¿Qué puede esperarse de un vejete que rechaza la luz eléctrica porque piensa que, con la voluntad, el interior del cuerpo irradiará más luz que los volcanes?».

Es verdad. Se las pasan haciendo planes con la herencia del Abuelo, porque ya el Padre no cuenta. Se murió. El que decía:

«Tarde o temprano mi padre, tu abuelo, se muere y ya que es a mí el quien él quiere o ha procurado más; único entre sus hijos que no lo dejara solo, me heredará», pero, vana espera. Se murió. Y, paradógicamente, se supuso que, anteriormente, el Abuelo enterró a seis de sus hijos. Seis tíos que ellos odiaron gratuitamente porque eran campesinos, distintos a quien se vino a la Ciudad para ser abarrotero y conocer la luz tecnológica de las centrales hidroeléctricas, las pantallas de la Televisión y los noticiarios por radio. «El Abuelo habla de viajes intergalácticos y agujeros negros y no vjo, como nosotros, cuando en tiempos de Kennedy, el hombre pisó la luna. No vio nada ni por televisión», observa un sobrino. Y el padre dijo: «Da qué pensar. Es que mamá era judía y no fue mujer de campo, hasta que se casó con él».

En su entierro, el Abuelo dijo a la viuda de su último hijo: «Este fue el único que rechazó lo más valioso que yo y su madre le quisimos dar».

«¿La hacienda? No sea mentiroso. Usted no quiso que él la vendiera y, si él no la vende, para nada nos sirve, un monte de serpientes en un villorrio de supersticiosos» .

«No hablo sobre la hacienda. Hablo sobre lo que mi viudita recopiló de las conversaciones mías con las serpientes y el mensajero del Tiempo».

Aquella mujer ignorante, incrédula, pragmática como todos ellos, volvió a reírsele en la cara y gesticuló de modo que no quedara dudas a quienes le miraban que estaban delante de un loco, viudo de una judía más loca; pero, ya suavizando su habla, le dijo:

«¡Ay, Abuelo! No nos complique la vida. ¿A quién, entre nosotros, les ha gustado el monte de donde usted no ha querido salir jamás? Dígame uno que sea campesino en esta generación, a partir de mi difunto esposo... Todos estudiaron. Son administradores, universitarios y tecnólogos en cualquier especialidad y lo hicieron para no quebrarse la espalda, con el azadón al hombro... y hasta el día de hoy ansío yo, como lo hizo su padre, ahi difuntito, que vistan de limpio desde que se levantan hasta que se van a la cama con sus mujeres... ¿A quién ve usted, entre nosotros, que le guste liarse las horas criando gallinas cagonas y alimentando cisnes, a la vera del riachuelo yendo por caminos de fango?»

«Pero el campo hace a la gente fuerte y prudente».

«Mi esposo murió prematuramente. La Ciudad no lo mató, no diga eso».

«Es el sufrimiento lo que mata».

«Pues, sí. Usted con su egoísmo mata desde el campo porque no ha soltado esos terrenos que nos habrían servido más y de una buena vez para solucionar los problemas que mi esposo se lleva a la tumba... Usted, que no ha querido ser socio de empresas que están yendo a la ruina, por falta de avales, usted que tiene la mente llena de musarañas y una actitud y tosudez arcaica que aleja a todo el mundo de su lado, usted nos mata».

«¿Qué me ocultó mi hijo? si yo se lo hubiese dado todo. Yo le ofrecí lo más valioso, la verdadera heredad y se negó a aceptarla...»

«¿Criar gallinas y pajarracos? ¿un acuario de serpientes?»

El Abuelo ahora comprende. A todos faltó la paciencia para visitarlo, oírlo y comprenderlo. Es lo mismo aquí que allá. Se burlan de él, devaluándolo y no disimulan el deseo de verlo morir. «Usted es quien debiera ocupar ese ataúd», le habían dicho cuando se personó al velatorio.

Se sintió herido, al fin. Y preparó su cosas para irse, sin quedarse para el entierro. Sabía que no era bienvenido. Ninguno de los sobrinos le dijo: «Quédate: Al menos, entierra a éste, nuestro padre, porque fue el menor y más querido de tus hijos».

Antes de que regresara al monte, uno de los hijos que había custodiado el ataúd en la noche, vio que el Abuelo puso dentro del féretro un manuscrito. Disimuló para que el Abuelo no creyera que había observado el sigilo con que abrió el ataud y escondió el paquete.

Ahora que el Abuelo ha partido, se ha atrevido a sacarlo de la caja. Lo ha leído a vuelo de pájaro, a altas horas de la madrugada, en secreto y lo retuvo para sí. Como administrador de los fracasados negocios de su padre y del supermercado, que aún parece bendito por la sombra del Abuelo, después del entierro, hizo un llamado privado a todos los hermanos, su madre y allegados, cuando se fueron los extraños que daban pésames a diestra y siniestra.

«¡Estamos salvos!» y fue por el manuscrito. «¡El Abuelo nos ha dejado todo!», grita eufóricamente. Estaba literalmente bailando. Y parecía una celebración profana por las risas y algarabías burlonas que inspiraba el Abuelo y esta noticia inesperada.

«¡Y yo que creía que ese jijodeladesgracia era un tacaño loco!»

«Nos heredó en vida».

Pero, según pasaron las semanas, tras consultar legalmente lo que, en cierto modo, fue una herencia, se hicieron evidentes también las condiciones. Y el tropel familiar, nutrido como nunca, sin faltar uno de los hermanos, esposas e hijos, fueron a visitar al Abuelo. Especularon si, como familia heredera, convendría que el Abuelo viviera otros 90 años, o se acabara de morir, porque si es así habría que tomar precauciones. A sordas, se comentó si valdría la pena que este viaje se aprovechara para matarlo. «Ayudarlo a morir», fue el eufemismo.

Cuando llegaron al monte, un portal anunciaba un rumbo hacia El Devachán, nombre de la hacienda y la mansión. Les pareció que, antes que visitar los Gallineros de Seb y los criaderos de ibis y gansos, a los que se entraba por unos referidos cercados con paso hacia túneles, explicados con gráficas en el manuscrito, había que procurar al Abuelo. Y celebraron la existencia de un rótulo a la entrada de la Mansión. Decía: «El propietario se ha ausentado y vivirá con sus hijos».

La risotada fue ensordecedora. Quien leyó festejó: «El viejo ha muerto».

Se acercaron a leer.

«Dice que se ausentó, no que esté muerto», observa la madre.

«¿No te das cuenta? No tenemos un sólo tío paterno vivo. Todos están muertos, como papá... este rótulo fue su forma de anunciar su muerte, su deseo de unirse a ellos... nadie nos quitará lo que él ya dio y lo puso en nuestras manos con su manuscrito, su última voluntad».

Y entonces se animaron a pasar a la sala. Para la mayoría de los sobrinos fue la primera vez en diez años que entraban a la casa. Hallaron la puerta entreabierta y una oscuridad y frialdad que les helaba. No imaginaron que fuera posible. El hecho fue que, con su su entrada, pese a la cautela, se hallaron en medio de un túnel. Algo en la arquitectura y el ambiente, a su antiguo esplendor, ya no existía.

«¡Vámonos de aquí», anunció el primero que experimentó pánico.

La mansión había sido totalmente desamueblada. Pero no estaba deshabitada. Haciendo memoria, contando pasos, encendiendo linteras de mano, distinguieron lo que debió ser la sala, y por su cacaraqueo, una Gallina clueca y un Cisne como sus anfitriones. Por último, una voz... que les dijo:

«Los esperaba».

El Abuelo se materializó como si fuese un conjunto de haces de luz, cobrando semejanza humana. Sucesivamente, con el mismo, proceso vieron a su viuda viva y cinco de sus hijos, los alegadamente muertos. Y vieron al Cisne gigantesco y una gallina, agitando las alas a sus anchas, como dándoles la bienvenida.

Y creyendo que eran apariciones infernales se apresuraron todos a huir, casi bricando y aplastándose los unos con los otros. Y no volvieron más.
___________

Carlos Lopez Dzur

sábado, 25 de julio de 2009

NINGUNO

Ni mi bulín huele a hombre,

ni tu cama a soledades desgarradas.

Ni mi andar a sonrisas desgastadas

ni tu yo a otra sintonía.



Por mi espalda corren mis lunares

y por tus dedos de pianista tus encantos.

Ni mis noches se envuelven de perfumes

ni tus días se abren a ilusiones.



Ni mi almohada tiene el hueco de la gloria

ni tu sábana el encanto de la dicha.

Por mi sala corre la nostalgia,

por tu jardín las flores del olvido.



Porque sin querer te quise tanto

y tu pasión perdió la vida misma.

Porque solos en camas diferentes

nos ganó la melancolía.



Ni mi piel tiene fragancias del pasado,

ni tu piel olores del futuro.



Elisabet Cincotta ©

01/02/2004

derecho de utor registrado

jueves, 23 de julio de 2009

LAS CERO CUARENTA Y TRES

Hoy sentí que las lágrimas lloraban y no supe que decir. Se alargó la distancia y el mundo se derrumbó encima como si fuera una negra mina de carbón. Se hizo un nudo en las sombras y descendí al infierno al no poder secar tu corazón en llamas.
Este universo extraño de loterías improbables me vendió tu boleto aquella tarde, inoculó en mis venas esa fiebre difusa que reemplaza a la línea y te sitúa de guardiana en el umbral, allí donde el río desborda los ojos y el buzo se asfixia de aire.
Por un momento, Orfeo flotó sobre las aguas, se revolcó en el vientre de la nada, peinó a la muerte.
Sin embargo, ahora, a las cero cuarenta y tres he renacido de mis cenizas, ave fénix de la luz que remonta el vuelo e inaugura la vida como si fuera un carnaval de color. Atrás queda el delirio macabro de la computadora, el pitido grotesco del averno, el infinito socavón del tiempo con que el futuro quería robar el destino.
El sol saldrá mañana. La tierra gira. La máquina funciona. El corazón late de nuevo sabiendo que habrá un nuevo día y tú estarás al otro lado del cable tejiendo y destejiendo Penélopes con tu alma de hilo largo y cometa al viento.

2009©Fernando Luis Pérez Poza
Del libro “El latido de las horas”
A la venta en www.eltallerdelpoet a.com

jueves, 9 de julio de 2009

El final

No sé cuándo Átropos cortará mi existencia, quizás sólo me quede el batir de alas de una mariposa o los largos inviernos de un elefante, quizás ni ella misma sepa cuándo dar fin a esta cáscara en la que la crisálida ha muerto ya hace tiempo. He cumplido con las otras dos: Cloto, sonriente me ha visto nacer entre guirnaldas de ilusión y utopías frescas, Láquesis aún me muestra su rictus pretor mientras cree dirigir los actos cotidianos.

Sólo falta ella, la que ovilla la que ahora es lana negra; la que perpetúa una agonía que no quiero continuar. Si pudiese convencerla, obligarla a cortar algo que debería haber sido cortado hace tiempo –casi al instante del nacer.

La rueca y la pluma descansan en el suelo mientras mi objetivo es la balanza que ostenta la tercer parca.

Le suplico que extinga la carne que se pudre sin otro destino bajo su mirada. He cavado la fosa hace tanto y grita mi nombre con prisa y desesperación.

Nada costaría el satisfacer mi ruego pero la maldita se resiste al deseo que me consume, que me ahoga, me atenaza...¡Córtala por favor.. córtala! suplicó.



--Te dije que compraras menos lana ¡este ovillo no se termina más!

Grita mi abuela.


Liliana Varela

martes, 23 de junio de 2009

La voz

La mató porque hablaba demasiado. Ya no la soportaba.

Durante treinta años, los siete días de la semana la había escuchado hablar: de sus gustos, de los vecinos, de sus actividades durante el día, de los programas de televisión.

Sólo había logrado descansar de su voz cuando trabajaba, pero últimamente y debido a su jubilación (efectuada antes de tiempo por causas de enfermedad) todo había empeorado.

No sólo debía soportarla de día, también lo despertaba en las noches hablando dormida.

Ya era imposible vivir con ella. Por eso la había matado; no porque no la quisiera (a su manera la quería) pero el sólo hecho de que ella abriese la boca y su chillona voz difundiera sus vibraciones por el aire, era razón suficiente para destruir todo sentimiento marital que él sintiese por ella.

Nadie pudo percatarse del asesinato. Una caída, sólo una caída de las escaleras, un golpe en la nuca y ya…

¿Quién iba a creer que un esposo asesinase a su mujer luego de 38 años de casados?

Además no existían intereses económicos de por medio ni mucho menos románticos.

Ahora podía hablar: decir todo lo que sentía por primera vez en su vida, investigar las reacciones de extraños ante sus palabras, opinar sobre cualquier tema que le viniese en gana.

Podía incluso entablar conversaciones con sus hijos, mirándolos a los ojos; no como antes, cuando solo monosílabos requeridos por su esposa se intercalaban en la conversación filial.

A veces la extrañaba pero el mero recuerdo de su histriónica voz la hacía olvidarla de nuevo.





Aquella madrugada lo despertó el sonido del teléfono, con furia y preocupación a la vez, atendió.

--Hola…Hola --su voz fue aumentando en volumen y gravedad

Del otro lado del tubo un sonido reconocible lo angustió.

--Joaquín…soy yo…¿por qué Joaquín? ¿Por qué?

Colgó el teléfono temblando. Debía estar paranoico. ¡No podía ser que hubiese escuchado la voz de su mujer! Pero estaba seguro que era su timbre, su forma de hablar…

La razón le dictaba que no era lógico su pensamiento. Su mente le estaba jugando una mala pasada…eso debía ser.

Esa noche ya no pudo dormir.

Ni las siguientes noches. El teléfono sonaba todas las noches hasta que lo descolgó, pero aún descolgado seguía sonando.

--Papá, bien sabes que mamá murió…no puedes haber escuchado su voz. Ha de ser que la extrañas – le decía su hija.

¡No, no! Sus hijos se equivocaban. El no estaba loco; él la escuchaba hablar; debían creerle.

¿Acaso su mujer había regresado del más allá para vengar su muerte? Quizás ella no había muerto realmente y estaba tramando algo.



--Joaquín –le había dicho su yerno—perdone que sea rudo pero supongamos que fuese ella…¿cómo iba a hablar? ¿Olvida usted que con la caída se le destrozó un trozo de lengua?. Si hubiese sobrevivido no podría hablar ¡y no quiero creer que un hombre inteligente crea en fantasmas!









Consejos, puros consejos…Psicó logos, visitas a todo tipo de loqueros; nada le resultaba.

Nadie le creía: él la escuchaba hablar…ellos debían creerle, debían escucharla también.



Cuando destrozó el teléfono contra la pared -que permanecía en ese instante descolgado- se decidió: grabaría la voz de su mujer; nadie más lo tildaría de loco.

Removió cielo y tierra buscando esas viejas cintas de tape que su mujer siempre tenía. A ella le gustaba –como si no fuese suficiente- grabar su voz en medio de los chillidos familiares y luego torturarle sus oídos una y otra vez.



Apretó Record disimuladamente escondiendo entre almohadones el grabador. Fantasma o no ella no debería ver qué era lo que él se traía entre manos.



--Ahora hablá bruja…hablá….-comenzó a gritar como poseído-



Hubo sólo silencio.

Se desplomó cuando vio el espectro de su mujer frente a él, con la boca entreabierta… vacía, sin lengua, sin palabra articulada al aire…









--Esto te va a hacer bien papá; descansa.

Su hija le acomodaba el almohadón. Esa madrugada lo habían hallado inconsciente con un grabador entre sus manos.

--No te preocupes Papá, el médico dijo que la hemiplejia que tienes puede ser reversible; aunque no puedas más que mover los párpados…vas a recobrar el movimiento de a poco —dijo su hija mientras le daba un beso — sé que extrañas a mamá. Nos dijo el psicólogo que esto te ayudará a superar un poco su partida, aguarda…







Los ojos abiertos de Joaquín -casi sin movimiento- parecían llenarse de lágrimas mientras la voz de una mujer sonaba desde un grabador cantando el feliz cumpleaños, riendo y hablando sobre su familia.







Liliana Varela 2009

lunes, 15 de junio de 2009

COSAS DEL NEGOCIO

Cuando llegó al pueblo, don José deslumbraba a las mozas de Villabermeja por su negra cabellera y por su verbo fácil más que por su flamante y recién estrenado título de abogado. Don José era vecino de Alamillo, pero como en su pueblo ya había dos abogados pensó, acertadamente, que entre la sabiduría de sus paisanos y la poca confianza en la justicia que éstos tenían, poco porvenir tenía si montaba allí su bufete.

Total, que dispuesto a ejercer una profesión de la que ya dijo algún paisano mío aquello de que "Dios te dé muchos pleitos, aunque los ganes", don José tomó sus bártulos y, una mañana de otoño, allá por el tiempo en que las ranas criaban pelos y él los tenía como el azabache, se presentó en Villabermeja dispuesto a hacer fortuna.

Los primeros meses fueron de toma de contacto con la realidad bermejina. Una toma de contacto que, si bien le dio pocos disgustos, le deparó aún menos cuartos. Cuatro pleitos que no llegaron al juicio, tres mediaciones en compraventa de unas fincas y dos asesorías testamentarias lo tuvieron más tiempo en la taberna de Blas que en su despacho.

-Al menos han servido para darte a conocer –lo consoló su padre una tarde en Alamillo después de rellenarle la cartera con diez billetes de los grandes y un gran dolor de corazón.

Y era cierto, a los dos meses de llegar, don José ya era conocido en diversos ámbitos populares de Villabermeja. Aunque, en un principio, aquellos conocimientos prometían poco en orden a su futuro profesional, no era menos cierto que alguno de ellos podría llegar a solucionar más de un problema económico. Don José había comenzado por ser el culpable de que las mozas casaderas del pueblo asomaran sus rizos por la puerta de la taberna cada dos por tres:

-Blas, ¿ha visto usted a mi padre?

Sus miradas, engañando a la palabra, se clavaban en el rostro del joven letrado. Luego, su figura desaparecía mientras una risita nerviosa se filtraba por las rendijas del establecimiento. Y como la envidia cochina suele ser un pecado bastante común entre los mortales, más de un joven bermejino dio en cavilar un escarmiento que si no ponía en fuga al nuevo rival, al menos sirviese para hacer ver a las mozuelas que la admiración de la ignorancia nació. Como para eso no había mejor remedio que una cura de humildad, he aquí que don Nicolasito que, al igual que su padre, estaba perfectamente equilibrado en riqueza e inteligencia –lo que le sobraba de la primera le faltaba de la segunda- tuvo la feliz ocurrencia de preparar una trampa a don José que acabaría con todo su éxito entre el sexo contrario.

Dice mi abuelo, que fue contertulio de don José por aquellos tiempos, que asno con oro alcánzalo todo. Y algo así debió pensar don Nicolasito. Lo cierto es que aquella broma supuso un cambio radical en la vida de don José, aunque no en el sentido de lo deseado por el joven cacique.

Vea usted si no.

Pensando que donde no hay pleito no hay juicio, con el fin de dejar en ridículo a don José, el muchacho no tuvo mejor ocurrencia que simular un enfrentamiento con su padre por un quítame allá esta finca que heredó de su tía doña Cuaresma, perdón, quise decir doña Rosario.

Doña Cuaresma se había hecho acreedora de tal nombre cuando apenas tenía quince años. Entregada a la oración y a la penitencia heredó la "Finquita", un terreno en el que pastaban varios cientos de vacas. Y como la gracia de Dios fue la única gracia que doña Cuaresma tuvo en toda su vida, la buena mujer murió soltera, virgen y sin más heredero que don Nicolasito.

Al decir de don Nicolás, las vacas de su cuñada tenían un problema: la superficie de la "Finquita" era tal que había reses que no se conocerían ni de vista aunque estuviesen buscándose durante treinta años caminando sin parar.

El caso es que como don Nicolasito era alérgico al trabajo, dejó en manos de su padre la administració n de la herencia. Y como no hay maldad que el pueblo no eleve a realidad incuestionable, el joven hizo llegar a oídos de don José el bulo de que don Nicolás quería vender la "Finquita" a sus espaldas.

Una vez abonado el terreno, el buen mozo no tuvo mejor idea que hacerse el encontradizo con el abogado. El encuentro, como es lógico, tuvo lugar en Casa Blas delante de una botella de vino del país. Como quiera después de dos botellas don Nicolasito tenía ya su nivel de sangre en el alcohol bajó a unos porcentajes mínimos, olvidó que abogado y doctor, cuanto más lejos mejor, y acabó firmando un contrato según el cual, en caso de que don José consiguiese paralizar la venta de aquel predio un tercio de la "Finquita" pasaría a ser de su propiedad. Primera conclusión: el supuesto intento de venta nació tan paralítico como el cerebro de don Nicolasito. Y como los contratos son para cumplirlos, el negocio tuvo una segunda conclusión en el bolsillo de don José: por obra y gracia de la escasa cantidad de sangre que el día de marras circulaba disuelta en el alcohol por las venas de don Nicolasito, un tercio de la "Finquita" pasó a sus manos.

Y para que nunca más ocurriese desaguisado de tal calibre, don Nicolás, aprovechando el viejo escudo nobiliario que pervivía cubierto por mil capas de cal sobre el dintel de la puerta de su casa, mandó labrar bajo él una frase lapidaria que, esperaba, nunca olvidarían sus descendientes:

Con los descuidados medran los abogados.

Manolo Cubero

viernes, 12 de junio de 2009

El santo entierro




















Eran las diez de la noche y Miriam estaba tranquilamente tumbada en el sofá frente al televisor, cuando sonó el teléfono. Sin darle apenas tiempo a pronunciar un diga, una voz metálica y aguda, como procedente de un contestador automático dijo:

-Funeraria El santo entierro le recuerda que le queda un mes de vida. Tenemos ofertas muy interesantes en nuestra web elsantoentierro. blogspot. com. Entre ahora y benefíciese de un 5% de descuento adicional.

La llamada se colgó. Miriam no daba crédito a sus oídos. ¿Qué clase de broma macabra era aquella? Era una broma de muy mal gusto, pensó. En cualquier caso, no quiso darle mayor importancia y volvió a tumbarse frente al televisor. Quizás, si hubiese tenido setenta años y una salud delicada, aquella llamada le hubiese incomodado pero, a sus treinta y ocho, le pareció de lo más absurdo.

Había pasado algo menos de una semana desde el incidente cuando nuevamente, el teléfono sonó a las diez en punto de la noche..

-Funeraria El santo entierro le recuerda que le quedan veinticinco días de vida. Tenemos ofertas muy interesantes en nuestra web elsantoentierro. blogspot. com. Entre ahora y benefíciese de un 5% de descuento adicional.

Esta vez fue ella quien colgó el teléfono antes de que el mensaje concluyese. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Quién podía ser tan retorcido? Descolgó nuevamente y busco en la memoria del teléfono desde que número la habían llamado. Tomó un bolígrafo y empezó a copiar los números. 96 666 66... 66. Miró nuevamente el teléfono con la expresión desencajada. Era correcto.

-¿Qué coño de teléfono era aquello? Pensó

Marcó lentamente los números y esperó. El mensaje de la operadora no se hizo esperar.

-No existe actualmente ninguna línea en servicio con esta numeración.

Aquella tontería estaba empezando a molestarle. Era cuanto menos desagradable y, el hecho de que el teléfono no existiera todavía la inquietaba un poco más.
Respiró hondo y recapacitó. No podía dejar que aquella estupidez la incomodase de aquella manera. Eso era seguramente lo que pretendía el artífice de tan retorcida gracia. Así que, con los ánimos renovados, volvió a sentarse plácidamente frente al televisor.

Durante unos días Miriam se olvidó por completo de aquello. El día a día de la oficina era bastante frenético en aquella época del año y, para cuando llegaba a casa, era tan tarde que tan sólo le apetecía tumbarse en el sofá con un bol de ensalada y una pieza de fruta.

Aquel día, la calma se vio interrumpida nuevamente a las diez en punto al sonar el teléfono.

-Si diga

-Funeraria El santo entierro le recuerda que le quedan veinte días de vida.Si llama ahora podrá beneficiarse de nuestra oferta especial dos por uno. Visite sin falta nuestra web elsantoentierro. blogspot. com. Seguro que encontrará todo lo que necesita.

Aquello ya pasaba de castaño oscuro. Había dejado de ser una broma para convertirse en una auténtica pesadilla. Volvió nuevamente a mirar en la memoria del teléfono desde qué número la habían llamado. Por segunda vez, el número que aparecía en la memoria era el mismo de antes 96 666 66 66. Un número inexistente y cuanto menos inquietante. Ahora empezaba a estar nerviosa, intranquila. No es que creyera el contenido del mensaje pero empezaba a afectarle. La única pista que podía seguir era la famosa web que se mencionaba en el mensaje; elsantoentierro. blogspot. com . Así que se fue hacia el ordenador, lo encendió y escribió el nombre de la web elsantoentierro.. blogspot. com . Ahí estaba. Jamás en su vida habría entrado por placer en una web así.

Una bienvenida un tanto peculiar adornaba la página inicial de aquella web.

Los servicios funerarios del Santo Entierro esperan que el catálogo de productos aquí expuesto sea de su agrado. Les deseamos una feliz navegación.

-¿Una feliz navegación?, Pensó. Hay que ser retorcido.

Miró la parte de abajo de la página y vio que había un contador que marcaba el número 058640. Luego, recorrió todas las secciones de la web tratando de encontrar algo que le diese una pista. Finalmente, vio al pie de la página un teléfono y una dirección de correo.

©Real, Ilustre Funeraria de El Santo Entierro
C/ Milagros, 16, Madrid Tlfno: 91 272 60 59
E-mail:
elsantoentierro@ elsantoentierro. com

Decidió llamar al número y probar pero, tal y como se temía, el mensaje de la otra vez se repitió.

-No existe actualmente ninguna línea en servicio con esta numeración.

También probó enviar un mail pidiendo explicaciones y, en breves instantes, obtuvo una respuesta.


Estimada Miriam,

Su número personal es el 058640. Ahora que ya ha cogido número para su entierro, le rogamos escoja el féretro y los arreglos florales que desee para tan feliz acontecimiento.
Gracias por su interés en nuestros servicios.

Atentamente

Santo Entierro S.A.

-¡Joder! Exclamó levantándose de un brinco. Esto no puede estar pasando en realidad.

Empezó a dar vueltas por todo el salón mordiéndose las uñas. ¿Cómo podía parar aquel sinsentido? Habría algún modo de averiguar quien estaba detrás de todo aquello. Seguro que la policía tendría más de un caso de ese tipo en sus expedientes resueltos.

A la mañana siguiente se pidió el día libre y se acercó a la comisaría del barrio. Tras más de media hora de conversación con el jefe de policía Miriam decidió mostrarle la web en cuestión.

-Escriba, escriba... elsantoentierro. blogspot. com

El hombre en cuestión, no sin una cierta desconfianza, tecleó aquella dirección. La respuesta no se hizo esperar.

The Web site cannot be found

-¡No puede ser! Seguro que ha tecleado algo mal. Vuelva a probar.

El jefe de policía la miró con cara de paciencia y volvió a teclear de nuevo la dirección.

-elsantoentierro. blogspot. com y ahora...Intro.

The Web site cannot be found

-Mire señora. Probablemente no ha sido más que una broma de mal gusto. Vuelva a casa y tranquilícese. Seguro que si no se han cansado ya, lo harán en breve.

-Pero, le juro que ayer entré en esa web...

-Si yo no lo dudo pero...ya ve. Déjelo estar, de verdad. Y ahora, si me disculpa. Tengo mucho trabajo.

Miriam volvió a casa cabizbaja. Quizás tenía razón el policía y ya se habían cansado. Era probable que tras su entrada en la web la hiciesen desaparecer sin más. Si lo pensaba fríamente lo ocurrido no era tampoco tan grave. Si no llamaban más, aquello no pasaría de ser una mera anécdota curiosa que contar a sus nietos en las noches de Halloween.

Pasaron diez días y Miriam consiguió olvidarse del suceso totalmente. El teléfono no había vuelto a sonar y la web en cuestión parecía estar desactivada. Aquel día estaba especialmente cansada. Llegó a casa sobre las nueve, se puso el pijama y tras mordisquear una manzana verde de las que quedaban en la nevera, se dirigió a la cama. Ya había apagado la luz cuando el teléfono sonó.

-Tan sólo le quedan diez días de vida y aún no ha reservado su ataúd. ¿Acaso prefiere la incineración? Seguimos estando a su servicio en elsantoentierro. blogspot. com

Miriam empezó a chillar y un ataque de pánico hizo mella en su ser. Le faltaba el aire, notó que la vista se le nublaba y el corazón aceleraba sus latidos de forma alarmante.
Cayó desplomada sobre la alfombra de su habitación.

-Abra los ojos. ¿Me oye? Señora Díaz, si me oye intente contestar.

Tenía frío y le dolía la cabeza. Trató de abrir los ojos y al hacerlo descubrió que una luz intensa le enfocaba.

-¿Me oye?
-Sí. Respondió medio aturdida
-Está usted en el hospital. Perdió el conocimiento y lleva cinco días inconsciente.
-¿Cómo?
-La portera de su bloque fue quien nos avisó.
-¿Cinco días?
-Sí, cinco días.
-Sólo quedan cinco entonces...
-Perdón, creo que no la entiendo. ¿Sólo quedan cinco que?
-Mi teléfono, la funeraria... balbuceó con voz angustiada.
-No sé de que me habla. Miré, trate de calmarse. Hemos de hablar.
-¿Hablar?
-Sí, verá. Tras la caída le hemos realizado un escáner y hay algo que no va demasiado bien.
-¿Que no va... bien?
-No sabemos si ya estaba ahí, o lo ocasionó la caída, pero debe usted saber que tiene un edema en el lóbulo frontal derecho.
-¿Un edema... ?
-Bueno, a veces acaban por desaparecer pero, es una situación delicada...
-¿Delicada... ? Miriam se echó a llorar.
-La dejaré un rato sola. Trate de descansar ¿Vale? Dijo el médico mientras salía de la habitación.

Miriam estaba aturdida. Era demasiada información de una sola vez. Su cabeza era incapaz de procesar lo sucedido. Mientras daba vueltas en su cabeza a lo que había dicho el doctor, el teléfono de la habitación sonó. Miriam lo miró durante unos segundos aterrada pero, como siempre, lo descolgó y lo acercó a su oído.

-¿Va a querer el ataúd de caoba o de pino? ¿Servicio Básico o Premium? Tan sólo le quedan cinco días... y no tiene tiempo que perder.

Miriam nunca salió viva de aquel hospital.

Cuenta la leyenda que a todo aquel que ose entrar en la web corre el riesgo de que se le asigne un número.

Luis L3mos - Lima, Peru