Todo comenzó porque es un niño enfermo. Sus huesos no son sólidos y pesados. Es un pésimo mamífero. En la médula de sus huesos, hay más aire que nada. Le dijeron el «Corino», «pies de mierda», porque siempre se traba en sus propias pies y cae al suelo. Como es un niño pobre, nadie lo lleva al médico. Lo curan con oraciones los que son piadosos; lo levantan del piso quienes más que entender, tienen misericordia, aunque pocos centavos en el arrabal.
Pero este niño arrabalero tiene a las aves como amigo. Le gustaría volar, no morirse. Y es dulce, soñador, imaginativo. Dicen que como las aves tiene el esqueleto ligero y los huesos delgados. Los niñajos burlones le dicen «la quilla» o «pechuga» porque es una caja toráxica con esternón, desarrollado y todo músculos en el pecho. «¿Para qué tanta pechuga, nene, si tienes patas de alambre?» ¿Para qué mandarlo a la escuela si siempre está en el suelo? Se cae en los caminos rumbo al aula, se resbala, se le mancha el uniforme desteñido. A deshoras, siempre está mirando pajaritos preñados, diablos azulinos, ángeles cristalinos en el aire... y ahora le ha dado con chiflar como las aves. Será que con ellas se entiende, porque no tienen dientes. La Quilla se partió los suyos, se rajó la boca, un día que se fue de bruces. Fue la única vez que, por la sangre derramada, lo pusieron de pie los ex-compañeritos escolares.
Ahora, sin dientes, cada vez menos bípedo, se sienta sobre un saliente de tejado como una cigüena que espera dar un crío al fondo de su alma. Le dijo a su mamá que un ángel nacerá, por amor de su corazón que es grande, aunque sus patas sean cortas y débiles. «No tenemos dinero para llevar a un ortopeda. Manténte quieto, sentado. No llores y no digas disparates. Bastante es estar vivo».
A veces quisiera ser como una golondrina, cuyas patas pasan inadvertidas, casi nadie se las ve porque la envergadura de sus alas y cola se las tapa. Ha visto que las águilas tienen las patas muy fuertes, aunque cortas. «¡Pero qué corazón tienen para volar así, tan veloces!» Cuando observa las aves, el chico de gran pechuga y patitas de flaco alambre parece que no está solo. Cuando se sube al alero, como si fuera una cigüeña en el saliente, él escapa de la incomprensión y la soledad; pero no está solo. A su privacía se acercan muchas golondrinas que vuelan a golpe de alas y él aprende, o alguien le explica. Tiene que ser así porque él apenas ha aprendido a leer y sale con unas cosas que a su mamá, la viuda, la sorprenden.
«El alabastro parece que navega en el aire. ¿Sabes por qué? Vuela a vela en corrientes de aire. Es el aire quien lo empuja, no necesita aleteadas ni remos».
«¿Aves remeras? Las aves simplemente vuelan», dice la madre ignorante al majadero.
Quisiera ser un colibrí, si es que de nacer de aves se trata. «Ese es un relámpago con plumas». Puede posarse, con su inquieto vuelo de 200 oscilaciones hasta en cuarenta flores por minuto. «¿De dónde sacas eso, Pechuguita?» No le dijo que es por causa de verlo. No se guardó el secreto. Un ángel que tiene alas lo visita. «Me conversa y yo aprendo con él a silvar como un pájaro». Dijo que ya sabe por qué le dicen La Quilla o Pechuga. El va a tener el corazón tan poderoso que pesará más que todas sus extremidades, más pesado que cualquier parte del cuerpo, aún más que la cabeza; pero nunca tendrá pico. «Me crecerán unas alas», concluyó. Su corazón tendrá más de 500 pulsaciones por minuto. Más veloz será que una paloma y los pulmones también serán más grandes. Suministrarán el oxígeno en abundancia. «Tal vez así podré nadar en la laguna y subir a las ramas altas de aquel árbol de roble; o subiré al mangó, o podré traerte los frutos del palo de aguacate. Cuando maduran tan alto los alcanzan con varas, o se espera que caigan por su peso; ya no sería necesario, mamita».
Ella ha comenzado a mirarlo con una tristeza extraña. Según dice, el niño tal vez lo que requiere es siquiatra. Se está creyendo que los ángeles existen y que, con milagros, cambiará el mundo su infortunio. Y la verdad es que, en el arrabal, siempre es la misma miseria. No hay dinero para curarse males ni comer suficiente. Y este niño está divinizando las aves como a los «animalitos que mejor adaptados son al movimiento». Nada existen más habilosamente móvil, sea en Tierra o Cielo.. ¿y quién lo dice? Un torpe corino, patas chuecas, pati-guango, cuasi rengo.
«No quiero que digas esas cosas y vaya a pensar las gentes que estás loco. Mejor cállate, pechuga, para que no te burlen», le aconseja. Es que el niño preguntó al ángel: «¿Cómo tú siendo hombre tienes alas y vuelas?» y le dijo, porque el ángel: «Porque soy como tú. Mis huesos están casi vacíos, sin médula, y mi corazón es muy grande y no tengo dientes para la ofensa y me gusta el secreto que esconden los flores y liban las avecillas con sus picos».
«Yo quisiera tener alas, yo quisiero tener pico y saber el secreto. Concédemelo, angelito, porque ya dice mi madre que estoy loco y me burlarán otros niños. Eso me tiene triste».
El ángel dijo con alegría: «Concedido». En la mañana, Pechuguita murió. Se fue volando y se hizo un baquiné de despedida. Vieron volando un angelito. Era La Quilla. El ataúd tan humilde estaba vacío. Entonces, por no comprender lo que había sucedido, lo cubrieron de flores. Los derredores de la casucha se llenó de colibríes y alguno vino y libó del ataúd el alma del niño.
07-12-2000 / Microcuentos
Carlos Lopez Dzur
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viernes, 1 de enero de 2010
lunes, 21 de diciembre de 2009
EL GATITO QUE QUERÍA SER PÁJARO
Cati parecía una gatita normal. Como las otras gatitas pequeñas sólo pensaba en jugar, saltar y tumbarse encima de su amiguita Lucy. Doradita y regordeta, tenía unos ojazos redondos y vivarachos, y las puntitas de sus orejas eran como dos terremotitos que nunca acababan de quedarse quietos.
Pero si os fijáis bien, Cati no es una gatita normal, no. Cuando era pequeñita, su amiguita Lucy la llevaba al parque para enseñársela a sus amigos; ella se quedaba muy quietecita en su falda mirando a todas partes hasta que, por fin, localizaba a aquellos pajaritos que, como fuentecillas traviesas, no dejaban de cantar y piar alegrando las tardes de aquel precioso mes de mayo.
Después, cuando se hacía de noche, toda la atención de Cati se volcaba hacia la lámpara junto a la cual se sentaba su amiguita Lucy. A su alrededor veía otros animalitos que no cesaban de volar en pequeños y simpáticos saltitos, eran las mariposas.
Me gustaría tanto volar como ellas, se decía sin dejar de observar sus ágiles maniobras. Y luego, una sensación de tristeza se apoderaba de la pobre Cati, pues su mamá, al ver su admiración por aquellos volanderos amiguitos, le repetía una y otra vez:
-¿Ves que son bonitos? Pues mucho más bonitos estarán entre tus zarpas cuando seas mayor y las puedas cazar de un salto: a pesar de lo pequeñitas que son, están sabrosísimas.
Cati, que era muy curiosa, como todos los pequeños, pasaba muchos ratos en el patio aprendiendo de su mamá. Ésta se dedicaba, dando ágiles saltos y volteretas, a la caza de las pequeñas mariposas que osaban volar bajito. Incluso algún que otro pajarillo había estado a punto de caer en sus garras.
Aquella noche, mientras dormitaba en la falda de Lucy, observó que una mariposa, más descarada que la demás, se aproximaba tanto, tanto, a su manita que, instintivamente dio un saltito para alcanzarla, pero...
La pobre de Cati, todavía se está arrepintiendo de su locura. Con torpeza de principiante, al caer de su atrevido salto, se resbaló e, instintivamente, trató de agarrase a la manita de Lucy con tan mala suerte que, de la punta de sus deditos, salieron unas cosas pequeñitas y muy agudas que se clavaron en la mano de su amiga.
Cuando Cati observó que de un dedito de Lucy salían una gotitas de sangre, se puso a lamerle la heridita para curársela. Lucy, que comenzaba a llorar, se contuvo al ver el cariño con que Cati le curaba su herida y la acarició suavemente.
-Pobre Cati. Ha sido sin querer, ¿verdad?
A partir de ese momento la gatita se prometió no volver a sacar nunca jamás esas cositas que le salieron de los dedos, las uñas, le dijo su mamá.
-Hija, nosotros, los gatos, tenemos necesidad de usarlas para poder cazar los ratones y otros animales que pueden hacer daño a nuestros amos...
-Entonces, los pajaritos no los tenemos que cazar –dijo, esperanzada, Cati.
-Pero es que están tan sabrosos... –le respondió mamá gata.
Cati no se quedó muy convencida, con lo buenas que están las sopitas de leche que le prepara su amiguita Lucy... Vaya, que seguro que las sopitas de leche están muchísimo más sabrosas que los pajaritos y que las mariposas, se dijo en un susurro.
Y además, los pájaros son muy simpáticos, y vuelan tan bien...
Cati se pasaba las horas mirando al cielo, y se extasiaba de tal manera viendo volar a aquellos animalitos tan ágiles que llegó un momento en que su gran deseo fue ser un pajarito más.
-Mamá, yo quiero ser pájaro –dijo Cati a mamá gata un día que la vio contenta y con ganas de concederle sus caprichos de gatita traviesa.
Y yo un tigre, hija –respondió mamá gata-. Tú está loca. Gata has nacido y gata serás.
Pero Cati seguía pensando en su gran sueño. Ya se veía volando por encima de los tejados saludando a mamá y a su amiga Lucy desde allá arriba.
No acertaba a saber cómo se vería el parque desde allí. Se imaginaba que aquella sería la visión más bonita de cuantas se puedan tener. Y lo más divertido: cuando viniese corriendo un perro, esperaría hasta tenerlo muy cerquita, muy cerquita, y entonces... ¡ale! ¡A volar!
-Je, je –se sonreía mientras imaginaba al perro en el suelo y con tres palmos de narices...
Tendré que pensar en aprender a volar, se dijo. Cati estaba convencida de que eso tenía que ser muy sencillo. Ya ves, se decía, si lo hacen los pájaros, con lo pequeños que son...
Cuando se quedó solita en su capacho, muy despacio, como hacía mamá gata cuando se aproximaba algún perro, fue acercándose a la silla de Lucy, que era la más bajita de todas, e intentó subirse a ella, pero no podía alcanzar el asiento a pesar de los muchos saltos que dio.
-Es que como todavía no sé volar... –se conformó a sí misma.
Comenzó a buscar hasta que encontró una caja de cartón en la que su amiguita guardaba los secretos que sólo ellas dos sabían: uno ovillo de color, un capuchón de un bolígrafo de color morado, dos cartoncitos con dibujos de gatos...
La empujó con el hocico y comprobó que podía arrastrarla hasta la silla. Así que pensado y hecho. Acercó la caja hasta la sillita de Lucy, y de un par de saltitos, pum, a lo alto de la silla.
Cati, se acercó algo temerosa al borde, asomó su cabeza, miró hacia abajo y allá, en el fondo, vio el suelo. Le pareció que estaba más alta que nunca. Las manitas le temblaban de la emoción: era su primer vuelo...
Sin pensárselo más Cati se lanzó al vacío... y se dio un coscorrón con la pata de la silla. Pero la verdad es que no le dolió mucho. Al fin y al cabo, fue mi primer vuelo, se consoló.
Después de lamerse una patita, decidió que, por ser el primer día, había superado todas sus dificultades.
-Mañana seguiremos, Cati, se dijo.
Al día siguiente, muy tempranito, Cati ya estaba saltando y festejando cada mirada, viniese de donde viniese. Estaba tan alegre y festiva que la mamá de Lucy, mirando a mamá gata le dijo, no sin cierto orgullo maternal:
-Hoy tenemos a Cati que parece unas castañuelas. Se nota que ya va siendo una gatita independiente. ..
Y tan independiente. .. Si ellas supiesen de su aventura nocturna...
Pero cuando más felices se las prometía nuestra amiguita, comenzaron los problemas.
-Lucy, antes de irte a jugar con tus amigas, sube a la azotea y le pones comida a los canarios, que tu hermano tiene hoy muchas cosas que hacer y no puede –dijo mamá.
-¿Me puedo subir a Cati, mamá?
-Bueno, pero ten cuidado que no se vaya a meter en la canariera...
Lucy cogió a su amiguita, la puso en el suelo y saltando los escalones de dos en dos subió a la azotea seguida de Cati que, toda ilusionada, pretendía, igualmente, "volar" escaleras arriba.
-¿Vamos Cati! Hoy vas a conocer de cerca los pájaros más bonitos que hay.
Cati saltaba de alegría tras su amita y, dos escalones arriba, uno abajo, siguió a Lucy sin dolerse de los coscorrones que, en su alocada carrera, iba dándose en cada escalón.
Nada más abrir la puerta de la azotea Cati se topó de frente con la pajarera más bonita que os podáis imaginar: amplia, limpísima y de unos colores tan alegres...
Lo primero que hizo Cati fue buscar la puerta para entrar a saludar a sus amiguitos quienes, al percibir su alocada presencia, comenzaron a demostrar una intranquilidad tan bulliciosa que Cati creyó que era de alegría...
-La casita de los pájaros no tiene puertas –dijo en un grito de sorpresa y desilusión.
-Oye –preguntó la gatita al canario más valiente que, por veterano y sabio, ni se molestó en alejarse de la gatita- ¿Por dónde se entra en vuestra casita?
El canario miró a Cati entre sorprendido y asustado. ¿Habráse visto gato más desvergonzado? Se preguntó el canario. ¿Pues no quiere que sea yo quien le explique cómo se entra aquí?
-No querrás que te abra yo. O mejor, salgo y me meto en tu linda boquita directamente ¿verdad, gracioso gatito?
Cati no acababa de comprender ese tono desvergonzado del viejo canario.
-Entonces... ¿vosotros no salís a pasear?
-Que te has creído tú eso -dijo el canario-. Mira chavala, aun sabiendo que tú y los tuyos estáis al acecho, si supiésemos que hay una forma de escapar de aquí, ¿te crees que íbamos a estar encerrados nada más que para cantarle a nuestros amos? ¡Vamos hombre!
-Entonces... ¿no podéis salir?
-Ni salir, ni entrar –contestó el canario.
Cati quedó muda por un momento. Observó a su ama y vio cómo ésta movía un pequeño pestillito y, tras agitar las manos enérgicamente para asustar a los pájaros, introdujo unas vasijitas con comida para cerrar de nuevo la canariera.
Muy seria, bajó Cati de su primera expedición al terreno de los pájaros.
En cuanto se encontró con su mamá se acercó muy cariñosa y comenzó a rozarse con ella, metió su cabecita bajo el cuello de mamá y, muy melosa, le dijo:
-Mamá, ya no quiero ser pájaro.
Mamá gata se volvió hacia Cati muy seria. Pensó que algo raro debía de pasarle a esta chiquilla...
-¿Vaya, ya entraste en razón?
-Sí, mamá, es que he visto que todos los pajaritos de nuestra ama están presos en la azotea. Y me dan tanta lástima...
-Y a mí me dan tanta hambre... –estuvo a punto de responder mamá.
Pero se contuvo al ver la carita tan seria de Cati.
-Sí, Cati, no siempre pueden ser las cosas como nos gustaría que fuesen. Todo tiene su lado bueno y su lado malo –sentenció mamá gata.
-Si, mamá, pero como me dan tanta pena... Vaya, que yo prometo no comer nunca jamás ni pájaros ni mariposas, son tan lindos cuando vuelan libres.
Mamá gata calló y dejó a Cati con sus pensamientos. La gatita se dedicó a vigilar las subidas y bajadas de todos los miembros de la familia hasta que un día...
Cati, muy silenciosa, se coló entre los pies de su amita y aprovechó un segundo para esconderse detrás de la chimenea. Cuando se quedó sola, con un gran esfuerzo, logró gatear hasta el pestillito que mantenía presos a sus amigos los canarios. Con su boquita comenzó a empujar hasta que éste cedió y con un leve chasquido, la puerta quedó entreabierta. ..
Cati, sabiendo que su presencia despertaba tanta desconfianza entre aquellos nuevos amigos, se descolgó y, separándose de la entrada, la dejó libre...
-Sed felices, amiguitos –dijo. Y se fue a su capacho.
Manuel Cubero
Pero si os fijáis bien, Cati no es una gatita normal, no. Cuando era pequeñita, su amiguita Lucy la llevaba al parque para enseñársela a sus amigos; ella se quedaba muy quietecita en su falda mirando a todas partes hasta que, por fin, localizaba a aquellos pajaritos que, como fuentecillas traviesas, no dejaban de cantar y piar alegrando las tardes de aquel precioso mes de mayo.
Después, cuando se hacía de noche, toda la atención de Cati se volcaba hacia la lámpara junto a la cual se sentaba su amiguita Lucy. A su alrededor veía otros animalitos que no cesaban de volar en pequeños y simpáticos saltitos, eran las mariposas.
Me gustaría tanto volar como ellas, se decía sin dejar de observar sus ágiles maniobras. Y luego, una sensación de tristeza se apoderaba de la pobre Cati, pues su mamá, al ver su admiración por aquellos volanderos amiguitos, le repetía una y otra vez:
-¿Ves que son bonitos? Pues mucho más bonitos estarán entre tus zarpas cuando seas mayor y las puedas cazar de un salto: a pesar de lo pequeñitas que son, están sabrosísimas.
Cati, que era muy curiosa, como todos los pequeños, pasaba muchos ratos en el patio aprendiendo de su mamá. Ésta se dedicaba, dando ágiles saltos y volteretas, a la caza de las pequeñas mariposas que osaban volar bajito. Incluso algún que otro pajarillo había estado a punto de caer en sus garras.
Aquella noche, mientras dormitaba en la falda de Lucy, observó que una mariposa, más descarada que la demás, se aproximaba tanto, tanto, a su manita que, instintivamente dio un saltito para alcanzarla, pero...
La pobre de Cati, todavía se está arrepintiendo de su locura. Con torpeza de principiante, al caer de su atrevido salto, se resbaló e, instintivamente, trató de agarrase a la manita de Lucy con tan mala suerte que, de la punta de sus deditos, salieron unas cosas pequeñitas y muy agudas que se clavaron en la mano de su amiga.
Cuando Cati observó que de un dedito de Lucy salían una gotitas de sangre, se puso a lamerle la heridita para curársela. Lucy, que comenzaba a llorar, se contuvo al ver el cariño con que Cati le curaba su herida y la acarició suavemente.
-Pobre Cati. Ha sido sin querer, ¿verdad?
A partir de ese momento la gatita se prometió no volver a sacar nunca jamás esas cositas que le salieron de los dedos, las uñas, le dijo su mamá.
-Hija, nosotros, los gatos, tenemos necesidad de usarlas para poder cazar los ratones y otros animales que pueden hacer daño a nuestros amos...
-Entonces, los pajaritos no los tenemos que cazar –dijo, esperanzada, Cati.
-Pero es que están tan sabrosos... –le respondió mamá gata.
Cati no se quedó muy convencida, con lo buenas que están las sopitas de leche que le prepara su amiguita Lucy... Vaya, que seguro que las sopitas de leche están muchísimo más sabrosas que los pajaritos y que las mariposas, se dijo en un susurro.
Y además, los pájaros son muy simpáticos, y vuelan tan bien...
Cati se pasaba las horas mirando al cielo, y se extasiaba de tal manera viendo volar a aquellos animalitos tan ágiles que llegó un momento en que su gran deseo fue ser un pajarito más.
-Mamá, yo quiero ser pájaro –dijo Cati a mamá gata un día que la vio contenta y con ganas de concederle sus caprichos de gatita traviesa.
Y yo un tigre, hija –respondió mamá gata-. Tú está loca. Gata has nacido y gata serás.
Pero Cati seguía pensando en su gran sueño. Ya se veía volando por encima de los tejados saludando a mamá y a su amiga Lucy desde allá arriba.
No acertaba a saber cómo se vería el parque desde allí. Se imaginaba que aquella sería la visión más bonita de cuantas se puedan tener. Y lo más divertido: cuando viniese corriendo un perro, esperaría hasta tenerlo muy cerquita, muy cerquita, y entonces... ¡ale! ¡A volar!
-Je, je –se sonreía mientras imaginaba al perro en el suelo y con tres palmos de narices...
Tendré que pensar en aprender a volar, se dijo. Cati estaba convencida de que eso tenía que ser muy sencillo. Ya ves, se decía, si lo hacen los pájaros, con lo pequeños que son...
Cuando se quedó solita en su capacho, muy despacio, como hacía mamá gata cuando se aproximaba algún perro, fue acercándose a la silla de Lucy, que era la más bajita de todas, e intentó subirse a ella, pero no podía alcanzar el asiento a pesar de los muchos saltos que dio.
-Es que como todavía no sé volar... –se conformó a sí misma.
Comenzó a buscar hasta que encontró una caja de cartón en la que su amiguita guardaba los secretos que sólo ellas dos sabían: uno ovillo de color, un capuchón de un bolígrafo de color morado, dos cartoncitos con dibujos de gatos...
La empujó con el hocico y comprobó que podía arrastrarla hasta la silla. Así que pensado y hecho. Acercó la caja hasta la sillita de Lucy, y de un par de saltitos, pum, a lo alto de la silla.
Cati, se acercó algo temerosa al borde, asomó su cabeza, miró hacia abajo y allá, en el fondo, vio el suelo. Le pareció que estaba más alta que nunca. Las manitas le temblaban de la emoción: era su primer vuelo...
Sin pensárselo más Cati se lanzó al vacío... y se dio un coscorrón con la pata de la silla. Pero la verdad es que no le dolió mucho. Al fin y al cabo, fue mi primer vuelo, se consoló.
Después de lamerse una patita, decidió que, por ser el primer día, había superado todas sus dificultades.
-Mañana seguiremos, Cati, se dijo.
Al día siguiente, muy tempranito, Cati ya estaba saltando y festejando cada mirada, viniese de donde viniese. Estaba tan alegre y festiva que la mamá de Lucy, mirando a mamá gata le dijo, no sin cierto orgullo maternal:
-Hoy tenemos a Cati que parece unas castañuelas. Se nota que ya va siendo una gatita independiente. ..
Y tan independiente. .. Si ellas supiesen de su aventura nocturna...
Pero cuando más felices se las prometía nuestra amiguita, comenzaron los problemas.
-Lucy, antes de irte a jugar con tus amigas, sube a la azotea y le pones comida a los canarios, que tu hermano tiene hoy muchas cosas que hacer y no puede –dijo mamá.
-¿Me puedo subir a Cati, mamá?
-Bueno, pero ten cuidado que no se vaya a meter en la canariera...
Lucy cogió a su amiguita, la puso en el suelo y saltando los escalones de dos en dos subió a la azotea seguida de Cati que, toda ilusionada, pretendía, igualmente, "volar" escaleras arriba.
-¿Vamos Cati! Hoy vas a conocer de cerca los pájaros más bonitos que hay.
Cati saltaba de alegría tras su amita y, dos escalones arriba, uno abajo, siguió a Lucy sin dolerse de los coscorrones que, en su alocada carrera, iba dándose en cada escalón.
Nada más abrir la puerta de la azotea Cati se topó de frente con la pajarera más bonita que os podáis imaginar: amplia, limpísima y de unos colores tan alegres...
Lo primero que hizo Cati fue buscar la puerta para entrar a saludar a sus amiguitos quienes, al percibir su alocada presencia, comenzaron a demostrar una intranquilidad tan bulliciosa que Cati creyó que era de alegría...
-La casita de los pájaros no tiene puertas –dijo en un grito de sorpresa y desilusión.
-Oye –preguntó la gatita al canario más valiente que, por veterano y sabio, ni se molestó en alejarse de la gatita- ¿Por dónde se entra en vuestra casita?
El canario miró a Cati entre sorprendido y asustado. ¿Habráse visto gato más desvergonzado? Se preguntó el canario. ¿Pues no quiere que sea yo quien le explique cómo se entra aquí?
-No querrás que te abra yo. O mejor, salgo y me meto en tu linda boquita directamente ¿verdad, gracioso gatito?
Cati no acababa de comprender ese tono desvergonzado del viejo canario.
-Entonces... ¿vosotros no salís a pasear?
-Que te has creído tú eso -dijo el canario-. Mira chavala, aun sabiendo que tú y los tuyos estáis al acecho, si supiésemos que hay una forma de escapar de aquí, ¿te crees que íbamos a estar encerrados nada más que para cantarle a nuestros amos? ¡Vamos hombre!
-Entonces... ¿no podéis salir?
-Ni salir, ni entrar –contestó el canario.
Cati quedó muda por un momento. Observó a su ama y vio cómo ésta movía un pequeño pestillito y, tras agitar las manos enérgicamente para asustar a los pájaros, introdujo unas vasijitas con comida para cerrar de nuevo la canariera.
Muy seria, bajó Cati de su primera expedición al terreno de los pájaros.
En cuanto se encontró con su mamá se acercó muy cariñosa y comenzó a rozarse con ella, metió su cabecita bajo el cuello de mamá y, muy melosa, le dijo:
-Mamá, ya no quiero ser pájaro.
Mamá gata se volvió hacia Cati muy seria. Pensó que algo raro debía de pasarle a esta chiquilla...
-¿Vaya, ya entraste en razón?
-Sí, mamá, es que he visto que todos los pajaritos de nuestra ama están presos en la azotea. Y me dan tanta lástima...
-Y a mí me dan tanta hambre... –estuvo a punto de responder mamá.
Pero se contuvo al ver la carita tan seria de Cati.
-Sí, Cati, no siempre pueden ser las cosas como nos gustaría que fuesen. Todo tiene su lado bueno y su lado malo –sentenció mamá gata.
-Si, mamá, pero como me dan tanta pena... Vaya, que yo prometo no comer nunca jamás ni pájaros ni mariposas, son tan lindos cuando vuelan libres.
Mamá gata calló y dejó a Cati con sus pensamientos. La gatita se dedicó a vigilar las subidas y bajadas de todos los miembros de la familia hasta que un día...
Cati, muy silenciosa, se coló entre los pies de su amita y aprovechó un segundo para esconderse detrás de la chimenea. Cuando se quedó sola, con un gran esfuerzo, logró gatear hasta el pestillito que mantenía presos a sus amigos los canarios. Con su boquita comenzó a empujar hasta que éste cedió y con un leve chasquido, la puerta quedó entreabierta. ..
Cati, sabiendo que su presencia despertaba tanta desconfianza entre aquellos nuevos amigos, se descolgó y, separándose de la entrada, la dejó libre...
-Sed felices, amiguitos –dijo. Y se fue a su capacho.
Manuel Cubero
domingo, 13 de diciembre de 2009
Amigos
Se despertó temprano y entreabrió los ojos; pensó en seguir durmiendo pero recordó qué día era y con resignación decidió levantarse.
Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.
Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.
Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.
Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.
Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.
Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.
Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.
Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.
-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.
Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.
Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.
Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.
Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.
-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-
Le daba lo mismo: ese día era feliz.
Liliana Varela
De "Cuentos para no dormir"2009
Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.
Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.
Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.
Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.
Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.
Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.
Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.
Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.
-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.
Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.
Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.
Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.
Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.
-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-
Le daba lo mismo: ese día era feliz.
Liliana Varela
De "Cuentos para no dormir"2009
domingo, 6 de diciembre de 2009
Se arrodilló frente a la luz divina que la visión de su Dios irradiaba.
Era uno de los pocos elegidos por el creador para comunicar las sagradas leyes al pueblo; era uno de los pocos que podía comunicarse con la "divina esencia" y por ello se sentía honrado y agradecido.
--dime señor, mi Dios que deseas de mi--dijo inclinándose- -
--Amedí—musitó la voz celestial en forma de trueno—Comunica al pueblo que los dioses desean que los becerros nonatos sean sacrificados en el acto.
--mi señor, perdona mi osadía pero has de saber que si todas las crías son sacrificadas nuestro alimento disminuirá y podremos morir de hambre.
--¿DESAFIAS A TU DIOS MISERO MORTAL?--bramó la voz--
Amedí se tiró en el acto de cara al suelo totalmente atemorizado.
--NO MI SEÑOR... perdona, comunicaré tu orden al instante.
--HAZLO Y VETE YA
Amedí corrió asustado hacia su aldea y comunicó la nueva a los pobladores; algunos obedecieron al instante pero otros se resistieron ofuscados.
--no podemos permitir que los dioses nos maten de hambre, si matamos esos becerros ¡nosotros moriremos de hambre!
Vociferaron algunos.
Más atemorizado aún por la negativa de un sector del pueblo, Amedí comunicó a los dioses lo que sucedía en la aldea.
A las pocas horas una nube oscura se cernía sobre el poblado.
--¿Quiénes SON LOS INDIGNOS ANTE LOS OJOS DE LOS DIOSES? --bramó con furia la voz que provenía de la nube y que cubría por completo las casas de los campesinos-
Inmediatamente varios pobladores señalaron a los culpables, ante el temor de la cólera de los dioses.
Un grupo de seis o siete personas fue llevado por el pueblo hacia el centro de la escena.
En el acto múltiples rayos salieron de la nube prendiendo fuego por completo a los rebeldes, quienes se consumieron al instante quedando sólo manchas oscuras en el pasto como mera prueba de su otrora existencia.
Todo el pueblo quedó en silencio.
--HACED LO QUE SE OS HA PEDIDO EN EL ACTO--ordenó la voz.
Los aldeanos quemaron en una gran pira todos los nonatos de los becerros. Luego de una hora aproximadamente los cadáveres animales estaban por completo incinerados; todo ello ante la observancia de la gran nube celestial que no se había movido de allí.
--HABEIS HECHO LO CORRECTO--exclamó la voz--AQUI TENEIS LA RECOMPENSA A VUESTRA OBEDIENCIA.
Y diciendo esto apareció en el suelo de la aldea--en medio de una gran luz que fue apagándose--una gran cantidad de bolsas con cereales, frutos y vid.
El pueblo se arrebató sobre ellas loando a los magnánimos dioses que los habían premiado con esos manjares.
--CONTINUAD CON VUESTRAS ORACIONES Y RESPETAD LAS REGLAS IMPUESTAS POR LOS DIOSES.
Fue lo último que se escuchó de la nube antes de desaparecer rápidamente, tan velozmente como había llegado.
Muchas reglas morales y sociales fueron comunicadas al pueblo por Amedí quién veía cómo crecía su importancia y jerarquía entre los suyos.
Las tácticas de guerra enseñadas por los dioses los ayudaban a ganar batallas contra los enemigos y consecuentemente a imponer su religión en los mismos.
Día a día el pueblo crecía en importancia y poder; pero desgraciadamente junto al aumento demográfico crecía la proliferación de enfermedades y la escasez de alimentos, además del infaltable "quiebre" de toda sociedad organizada: los cuestionadores de la fe--quizás los más peligrosos de todos los factores--
--Hemos sabido que existen agitadores de la fe entre los tuyos Amedí ¿qué dices a ello?--dijeron los dioses al enviado--
--así es omnipotente; hay algunos que descuidan, a pesar de mis advertencias, el respetar vuestra autoridad y toda regla social y moral impuesta por vosotros; tienen relaciones sexuales muy jóvenes y luego descendencia sin bendición de vuestra parte.
--¿y cómo te declaras tú Amedí ante estos hechos?
--culpable señor--se arrodilló entre sollozos—os he fallado y merezco vuestro castigo.
El silencio se apropió del escenario. Nuevamente la voz habló.
--No llores Amedí, la culpa no es totalmente tuya; los vicios y pecados de los demás, que han podido elegir su accionar mediante su libre albedrío, no te serán entíldados. Pero sí deberás comunicar a los tuyos las decisiones, que nosotros los dioses, hemos tomado. Como también deberás transmitir la advertencia sobre el castigo que se cierne sobre pecadores y corruptos.
--oigo y obedezco señor mío.
Amedí transmitió al pueblo los mandamientos de los dioses y cumplió con todos los actos impuestos por los mismos: reclutó a todos los pecadores de la carne que se hubiesen arrepentido y presentó sus nombres ante la divinidad; eligió a diez vírgenes virtuosas de corazón y rebosantes de bondad, y las llevó a la morada de los dioses--que le fue indicada con anterioridad- -acusó ante los creadores a todos los pobladores rebeldes a la fe; y finalmente anunció la venida de un pronto Mesías o salvador del mundo y purificador de los pecados mortales.
Los milagros no se hicieron esperar: los arrepentidos fueron sanados por completo de las huellas "lujuriosas" de la carne; los no arrepentidos murieron en total agonía a causa del mismo pecado carnal; los contrarios a la fe divina fueron incinerados en cuestión de segundos por acción del fuego de los dioses; las vírgenes elegidas fueron "bendecidas" con el fruto de una "semilla" concebida sin pecado y destinada a guiar al pueblo en el justo saber y bondad.
El gran pueblo se hallaba bajo el poder de los dioses y se sentía amparado, protegido y a la vez temeroso de su Dios.
En medio de una gran fiesta consagrada a los dioses agradeciendo los dones conferidos al pueblo, el Dios habló—nuevamente en forma de nube resplandeciente bajo una estrellada noche—
--El elegido Amedí será izado junto a los dioses y ocupará el lugar que merece en la mesa del señor: esta será la señal que anunciará a vosotros la llegada del pronto Mesías y sellará definitivamente el pacto de vuestro pueblo con los Dioses.
Habiendo dicho esto, Amedí fue izado por los aires hacia la nube en medio de una refulgente luz celestial, hasta perderse dentro de ella, en medio de un éxtasis colectivo.
Desde aquel momento histórico el pueblo forjó y aunó aún más el lazo entre los dioses y ellos.
-- ¿Bajas registradas? --preguntó un hombre desde la pantalla de un monitor --
--Suman muy pocas, Señor. Serán cincuenta o sesenta aproximadamente, contando entre los rebeldes al sistema y los conspiradores.
--más datos.
--se ha erradicado la brucelosis del ganado matando todas las crías infectadas, los animales adultos han sido vacunados; los dispuestos a aceptar el sistema han sido inoculados con vacunas y sueros combinados acelerando el proceso de recuperación, en tanto que los rebeldes han sido tratados exponencialmente con el efecto negativo de las enfermedades venéreas muriendo casi en forma instantánea; con respecto a las jóvenes vírgenes han sido inseminadas con gametas, en las cuales se han mejorado y alterado los genes para lograr aptitudes idóneas de mando y progreso tecnológico; el pueblo ha quedado obediente y respetuoso de las normas morales y sociales impuestas.
--¿qué ha pasado con el mortal ascendido?
--su memoria ha sido borrada por completo y será reinsertado en otro lugar del planeta con una base de recuerdos fabricados artificialmente.
--entonces la misión se ha cumplido; ya pueden dirigirse a la colonia 234.
Fin de la transmisión.
Mientras el pueblo de Amedí proseguía su vida según las reglas de moral y ética impuesta por sus dioses, una nave, que simulaba ser una estrella fugaz se perdía en el cielo, vaya a saber orientada hacia qué nuevo destino.
Liliana Varela 2006
Era uno de los pocos elegidos por el creador para comunicar las sagradas leyes al pueblo; era uno de los pocos que podía comunicarse con la "divina esencia" y por ello se sentía honrado y agradecido.
--dime señor, mi Dios que deseas de mi--dijo inclinándose- -
--Amedí—musitó la voz celestial en forma de trueno—Comunica al pueblo que los dioses desean que los becerros nonatos sean sacrificados en el acto.
--mi señor, perdona mi osadía pero has de saber que si todas las crías son sacrificadas nuestro alimento disminuirá y podremos morir de hambre.
--¿DESAFIAS A TU DIOS MISERO MORTAL?--bramó la voz--
Amedí se tiró en el acto de cara al suelo totalmente atemorizado.
--NO MI SEÑOR... perdona, comunicaré tu orden al instante.
--HAZLO Y VETE YA
Amedí corrió asustado hacia su aldea y comunicó la nueva a los pobladores; algunos obedecieron al instante pero otros se resistieron ofuscados.
--no podemos permitir que los dioses nos maten de hambre, si matamos esos becerros ¡nosotros moriremos de hambre!
Vociferaron algunos.
Más atemorizado aún por la negativa de un sector del pueblo, Amedí comunicó a los dioses lo que sucedía en la aldea.
A las pocas horas una nube oscura se cernía sobre el poblado.
--¿Quiénes SON LOS INDIGNOS ANTE LOS OJOS DE LOS DIOSES? --bramó con furia la voz que provenía de la nube y que cubría por completo las casas de los campesinos-
Inmediatamente varios pobladores señalaron a los culpables, ante el temor de la cólera de los dioses.
Un grupo de seis o siete personas fue llevado por el pueblo hacia el centro de la escena.
En el acto múltiples rayos salieron de la nube prendiendo fuego por completo a los rebeldes, quienes se consumieron al instante quedando sólo manchas oscuras en el pasto como mera prueba de su otrora existencia.
Todo el pueblo quedó en silencio.
--HACED LO QUE SE OS HA PEDIDO EN EL ACTO--ordenó la voz.
Los aldeanos quemaron en una gran pira todos los nonatos de los becerros. Luego de una hora aproximadamente los cadáveres animales estaban por completo incinerados; todo ello ante la observancia de la gran nube celestial que no se había movido de allí.
--HABEIS HECHO LO CORRECTO--exclamó la voz--AQUI TENEIS LA RECOMPENSA A VUESTRA OBEDIENCIA.
Y diciendo esto apareció en el suelo de la aldea--en medio de una gran luz que fue apagándose--una gran cantidad de bolsas con cereales, frutos y vid.
El pueblo se arrebató sobre ellas loando a los magnánimos dioses que los habían premiado con esos manjares.
--CONTINUAD CON VUESTRAS ORACIONES Y RESPETAD LAS REGLAS IMPUESTAS POR LOS DIOSES.
Fue lo último que se escuchó de la nube antes de desaparecer rápidamente, tan velozmente como había llegado.
Muchas reglas morales y sociales fueron comunicadas al pueblo por Amedí quién veía cómo crecía su importancia y jerarquía entre los suyos.
Las tácticas de guerra enseñadas por los dioses los ayudaban a ganar batallas contra los enemigos y consecuentemente a imponer su religión en los mismos.
Día a día el pueblo crecía en importancia y poder; pero desgraciadamente junto al aumento demográfico crecía la proliferación de enfermedades y la escasez de alimentos, además del infaltable "quiebre" de toda sociedad organizada: los cuestionadores de la fe--quizás los más peligrosos de todos los factores--
--Hemos sabido que existen agitadores de la fe entre los tuyos Amedí ¿qué dices a ello?--dijeron los dioses al enviado--
--así es omnipotente; hay algunos que descuidan, a pesar de mis advertencias, el respetar vuestra autoridad y toda regla social y moral impuesta por vosotros; tienen relaciones sexuales muy jóvenes y luego descendencia sin bendición de vuestra parte.
--¿y cómo te declaras tú Amedí ante estos hechos?
--culpable señor--se arrodilló entre sollozos—os he fallado y merezco vuestro castigo.
El silencio se apropió del escenario. Nuevamente la voz habló.
--No llores Amedí, la culpa no es totalmente tuya; los vicios y pecados de los demás, que han podido elegir su accionar mediante su libre albedrío, no te serán entíldados. Pero sí deberás comunicar a los tuyos las decisiones, que nosotros los dioses, hemos tomado. Como también deberás transmitir la advertencia sobre el castigo que se cierne sobre pecadores y corruptos.
--oigo y obedezco señor mío.
Amedí transmitió al pueblo los mandamientos de los dioses y cumplió con todos los actos impuestos por los mismos: reclutó a todos los pecadores de la carne que se hubiesen arrepentido y presentó sus nombres ante la divinidad; eligió a diez vírgenes virtuosas de corazón y rebosantes de bondad, y las llevó a la morada de los dioses--que le fue indicada con anterioridad- -acusó ante los creadores a todos los pobladores rebeldes a la fe; y finalmente anunció la venida de un pronto Mesías o salvador del mundo y purificador de los pecados mortales.
Los milagros no se hicieron esperar: los arrepentidos fueron sanados por completo de las huellas "lujuriosas" de la carne; los no arrepentidos murieron en total agonía a causa del mismo pecado carnal; los contrarios a la fe divina fueron incinerados en cuestión de segundos por acción del fuego de los dioses; las vírgenes elegidas fueron "bendecidas" con el fruto de una "semilla" concebida sin pecado y destinada a guiar al pueblo en el justo saber y bondad.
El gran pueblo se hallaba bajo el poder de los dioses y se sentía amparado, protegido y a la vez temeroso de su Dios.
En medio de una gran fiesta consagrada a los dioses agradeciendo los dones conferidos al pueblo, el Dios habló—nuevamente en forma de nube resplandeciente bajo una estrellada noche—
--El elegido Amedí será izado junto a los dioses y ocupará el lugar que merece en la mesa del señor: esta será la señal que anunciará a vosotros la llegada del pronto Mesías y sellará definitivamente el pacto de vuestro pueblo con los Dioses.
Habiendo dicho esto, Amedí fue izado por los aires hacia la nube en medio de una refulgente luz celestial, hasta perderse dentro de ella, en medio de un éxtasis colectivo.
Desde aquel momento histórico el pueblo forjó y aunó aún más el lazo entre los dioses y ellos.
-- ¿Bajas registradas? --preguntó un hombre desde la pantalla de un monitor --
--Suman muy pocas, Señor. Serán cincuenta o sesenta aproximadamente, contando entre los rebeldes al sistema y los conspiradores.
--más datos.
--se ha erradicado la brucelosis del ganado matando todas las crías infectadas, los animales adultos han sido vacunados; los dispuestos a aceptar el sistema han sido inoculados con vacunas y sueros combinados acelerando el proceso de recuperación, en tanto que los rebeldes han sido tratados exponencialmente con el efecto negativo de las enfermedades venéreas muriendo casi en forma instantánea; con respecto a las jóvenes vírgenes han sido inseminadas con gametas, en las cuales se han mejorado y alterado los genes para lograr aptitudes idóneas de mando y progreso tecnológico; el pueblo ha quedado obediente y respetuoso de las normas morales y sociales impuestas.
--¿qué ha pasado con el mortal ascendido?
--su memoria ha sido borrada por completo y será reinsertado en otro lugar del planeta con una base de recuerdos fabricados artificialmente.
--entonces la misión se ha cumplido; ya pueden dirigirse a la colonia 234.
Fin de la transmisión.
Mientras el pueblo de Amedí proseguía su vida según las reglas de moral y ética impuesta por sus dioses, una nave, que simulaba ser una estrella fugaz se perdía en el cielo, vaya a saber orientada hacia qué nuevo destino.
Liliana Varela 2006
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Gente de mi pueblo: Luisa Bottari
Decía Paula Rico Cardona, esposa de Don Eleuterio, que su hija le salió vaga y cachorra. Se refería a Luisa Bottari Rico. Muchas quejas se dieron por causa de rumores. Las verbalizaron las familias García, Oronoz, Rivera Alers, Yparraguire, Echeandía, Rodríguez Rabell y otras, en fin, gente que siendo de la clase propietaria, católica y conservadora, vio que la muchacha crecía con abundancia, pero como liebre salvaje en Piedras Blancas.
Nacida entre los fundos agrícolas de Eleuterio Bottari Brigalio, Luisa parecía la plenitud del espíritu mundano y auto-estima ensanchada con libertad a su paso.
Supieron muy poco y casi ninguno sobre el por qué, en 1899, don Eleuterio emigró a Puerto Rico. Un hermano suyo y él, nativos del Sur de Italia, pisaron la aduana de Ellis Island; pero el más joven, Eleuterio (nacido circa del 1865), cambió de rumbos. Llegó a Pepino. Se enamoró de esta tierra. Supo que habría un edén en los campos. Se obsesionó con la isla borincana que invadieron los americanos en 1898. Quiso trabajar con la tierra, criar caballos, oler a frutas, a cascajo, a montes. Y, para alegria de los Rico-Bottari, lo hizo.
El tenía poco menos que 35 años cuando vio a Paula Rico, bella muchacha, flor de linda cepa y de 18 años. Era hija de Braulio Rico Martín y Moreno, español.
Y siendo la edad suya el doble que la de Paula, se enamoró y se casó con ella a pocos meses. Como un niñajo caprichudo, dijo a don Braulio: «Io sono completamente nell'amore con quella ragazza, se non posso ottenere sposato con Paula, appena possibile, io morirò».
No tardó en preñarla. Se la comió con gusto en los montes de la cama. Fue una concha de rica sensualidad para sus huesos. Fue un premio de alegría para su alma. No obstante, nació así el dolor de cabeza de su casa, Luisa, linda como la madre. «No, aún más linda», dijo Eleuterio.
Y el italiano la consentiría en todo. Un dia, al rico terrateniente, por soñar qué nuevas alegrías daría a doña Paula y su hija, se le ocurrió traerse un Ford, el primer carrazo que pisaría las tierras pepinianas. Haría, como familia, historia, por aquellas calles apestosas a mierda de caballo, repletas de baches y agujeros, carentes de aceras y acueductos.
Como ya el Viejo Eleuterio tenía su auto, la muchachita le solicitó:
«Papá, quiero mejor tu caballo negro y tu caballo blanco. Quiero aprender a montarlos».
«Son briosos, muy grandes, para una piccola ragazza», le dijo, besándola.
Tarde o temprano, lo que anhelara, Luisa Bottari lo obtendría. Es que se transformó en una mujer adorable, espléndida por su silueta, su busto, sus nalgas. Derrite a quien se asoma a su mirada. Tiene carácter y, en ese cuerpecito esbelto, su portento de energías.
Por demandas de costumbres en la época, muy jovencita, le dijeron: 'Cásate'. Le asignaron hasta el varón, según su clase. Y ella dejó la hacienda de Piedras Blancas de Bottari, su padre, y terminó en Juncal, barrio hacia el sur, más profundo que Eneas y Cidral, colindante con las fincas de Echeandía en Magos, donde pronto el plan matrimonial dejó de perfilarse a su gusto. La mujer debe cuidarse. No vestir en pantalones. La mujer fina que no alimente cerdos. Que no tome la cabeza de un gallo ni les bese la cresta ni el plumaje.
«Pórtate bien. Has llegado a la casa de García. Debes visitar con nosotros el Casino e ir a la misa, aunque sea los domingos».
Habría querido verse mucho más libre, como antes, soltera, redescubriendo los huevos de las gallinas ponedoras, vaciando latones de alimentos para un corral de puercos. Le gustaban las flores, el viento aromado que penetraba el campo, tirar peñones, o pedruzcos con atinado pulso al río, dibujar los movimientos de ondinas en las aguas fluyentes de las quebradas y charcos.
Por eso, sólo por eso, rememoró la viuda de Eleuterio que Luisita es vaga, cachorra, una liebre veloz y a quien solamente el cansancio y la fatiga han de llevarla mansamente a los brazos de quienes la aman. Es independiente. Ama los caballos más que al coche que se le trajo de regalo. Luisa se ejercita por instinto. Es una amazona griega. Guerrillera o gladiadora romana metida en los huesos.
Esta jibara de Piedras Blancas, sin duda, es preciosa, tiene una negrita vacilona, duendecilla fabricada con fuego serpentino, en medio del corazón. Es cachonda, a veces imprudente.
De hecho su esposo Enrique se apesadumbra, aún queriéndola. Da su queja.
«Luisa es lúbrica, algo libidinosa».
En realidad, él ha querido decir que es ardiente y que no da la talla. Se cansa. Tiene sus preocupaciones. No está para desvelarse. Ella no es lo más importante. Si lo acosa, él se hastía.
Ella le pide que salgan y viajen juntos. Que es hora de ir a New York, ciudad que llaman la perfección de Babilonia, La Gran Manzana. Es hora de ver a los puertorriqueñ os que se han ido al Bronx y ver unos primos suyos, porque allá aún vive su tío. De hecho, según ha sabido Don Enrique, este tíazo es un capo del crimen organizado. Con él no quiere vínculos.
El ingeniero explica a la cachorra y malhablada potoquita qué sucede en el mundo, en la isla, en los Estados Unidos. Le dijo, por ejemplo: «¿Qué... no sabes? La Depresión aún no acaba. El mundo se está llenando otra vez de resentidos, trotskistas, quadristi fascistoides, la Tercera Internacional pide que se inciten más revoluciones, el Congreso no quiere japoneses ni inmigrantes. Gente que desata quemazones y mata a presidentes».
«Pero, ¿qué me dices a mí, Enrique, si no sé nada de eso?»
«Que no hay dinero. Ni en el Pueblo de Pepino ni en el mundo... Y apenas hemos podido terminar el Acueducto Urbano y la Planta Eléctrica de Riverita no da abasto para alumbrar los campos. Tenemos que comenzar el progreso en este pueblo... Tú sueñas mucho, mijita... Sí, es cierto que hay que salir de los trapiches, pero que sea poco a poco. No todo el mundo puede comprarse un tren, un Ford, alquilar aviones, comprar uno y pasearse. La miseria nos come como pueblo».
Tomó un periódico de un taburete y le dijo: «Léete ésto: acaban de predecir 'A new US Market Crash' y viene fuerte, desatará en el mundo depresiones».
A Luisa no le importa qué suceda. Sí supo que el invento del siglo que conmueve a los aventureros y valientes son los aviones. Ya se sabe que han volado sobre el Polo Norte (italianos como Umberto Nobili), desde Noruega a Alaska y, al reflexionar sobre el vaticinio del USA Market Crash que adviene («¿y qué me importa?»), al lado del titular que lo destaca se menciona que Charles Lindbergh ha volado solo sobre el Oceáno Atlántico. Se siente incomprendida y malinterpretada oído el hecho de que su esposo crea que pedirá como obsequio un avión de Floyd Bennett o Nobili.
Tan desazonada la puso él que soñó en la noche que tenía un caballo que volaba. Y se levantó al otro día, temprano en la mañana y se fue a los establos. Iría al Pueblo. Montó un caballo negro que había sido de su padre. Se puso unos ceñidos pantalones, una camisa azul de Irlanda más grande que su talla, se arremangó y, asiendo de las crines al caballo, jineteó desde Juncal a campo abierto. Al no llevar brassier, sus formados y turgentes senos se agitaban. Sentada a pelo, su nalgatorio fue agasajo. No estaba en cueras, como Lady Godiva, pero, a los 25 años, Luisa Bottero se asemejó a una diosa, con un pequeño moño trenzado, porque su cabellera no fue tan larga como pedía su marido y la madre de éste.
«La mujer fina no debe cortar su cabellera ni dejar que su busto se descote. Ni subir a un caballo a horcajadas y a pelo. Ni andarse sola por caminos rurales», pero ella lo hizo. Y no sería la última vez.
Son los tiempos del Alcalde Antonio Sagardía Torréns. En 1927, fue que admiraron su galope por primera vez. A las diez de la mañana, Chilín Echeandía y Getulio, su hermano, dialogaban en plena esquina, en punto tal en que se juntaban las calles Padre Feliciano y la M. J. Cabrero.
Y, sólo Getulio, se echó al lado cuando vio el galope de la mujer. Chilín se hizo el gracioso; se quedó en medio, como si quisiera atajar la bestia y hacerla que ella la frenara con un jalón de las crines. Antes de que ella lo hiciera, poco faltó para que el caballo lo botara y derribara sobre el rústico pavimento.
Ella oyó lo que él dijo:
«Bestias, par de contrayaos».
Dio vuelta en regreso, retrocediendo el camino galopado, y buscó al emisor del comentario.
«¿A quién carajo llamó los contrayaos?», preguntó ella. Ahora es Getulio, quien sonríe.
«¡Ah, la mujer del ingeniero!»
Chilín ya había sabido, por rumores, que doña Luisa y su marido discutían. «Habrán tener problemas en la cama por causa de esta mula, la italiana», pensó mas sin decirlo.
«Casi me echas el caballo encima», se quejó él.
«¡Pues, quítese del medio y no estorbe el camino!»
«¡Bien se ve que lo que necesita es un macho que la dome!», ripostó; pero la examinó de arriba abajo y decidió, corazón adentro que le daría su escarmiento. La agresiva soberbia de ella lo flechó.
«Sí, yo la domo», meditó aunque haga que la reputación de los García se hunda en fango. Es que había, cerquita de la esquina, sus curiosos. Oyeron lo que dijo la italiana, ¿a quién carajo...? Que sepa el pueblo, desde hoy, al hijo de Cecilio Echeandía, a la cepa de Font, Vélez y Mendoza, nadie le da carajos por respuestas. Se le trata de USTED, ni más ni menos, aunque les arda la boca o le sangren las encías.
Unos días después, Chilín comenzó a espiarla. Le mandó recaditos amorosos. La buscó por sus rumbos. Dijo que le preparó un nidito de amor, en unos rancherones avivados por palomas. En una casita azul, él la esperaba. Y, maravillosamente, Luisa fue, accedió al fin y ambos se amaban como tórtolos, porque los dos rabicalientes parecieron hechos el uno para el otro.
Este amor hizo escándalo. Se juntaron y los García sufrieron y echaron la culpa a los caballos de Bottari, cuyos enormes falos implicaban que las hembras de la hacienda estaban en celo permanente. Y con estas puyas le dijeron a Paula Rico: «Lo que sucede es que esa hija que le dio el italiano es una ramera desvergonzada; ustedes han perdido el orgullo».
Siempre se justificaba a los varones.
«No es culpa de Luisa, señora García; Chilín la persigue».
Y pasaron varios años. Los amantes seguían juntos. Ambos cómplices, como Bonnie y Clyde, creando disparates y escándalos, dándose amor y sexo, riéndose de las miserias / depresiones que vaticinó el Ingeniero García por leer las portadas de los diarios como si fuese la biblia del absolutismo burgués y económico.
Mas no se había equivocado: dIn 1929, the stock market crashed, begining the Great Depression».< /em> Getulio Echeandía atrajo, como imanes de simpatías a sus iguales, politicastros del colonialismo. Y, con grandes picnics en el campo, llegaba la gringada de La Fortaleza, terratenientes ausentistas e inversionistas y millonarios. Incluyendo, por supuesto, al Gobernador americano. Después de los años en la Alcaldía de Sagardía Torréns, el Pepino de la Depresión más aniquiladora organizó un Clan Poderoso, asociado al Gobernador Teddy Roosevelt, a los Morgan y los Vandervilt, ecos de Tugwell y Winship.
Más que el mismo Cecilio, el padre, Getulio es quien más conectado está. Es el Imponderable Cocoroco, un gígolo, seductor / mandamás de corazones / traidor con plata. Administraba ya millones de dólares de su peculio heredado cuando el grueso de la población pepiniana (y de todo Puerto Rico), lamía calderos, empobrecía, perdiendo lo que tiene y boqueando en los matorrales y en la nueva labranza, el monocultivo cañero.
Getulio era personero / representante de capitales extranjeros, uña y mugre de Teddy Roosevelt. El nacionalismo de Albizu Campos no lo asusta.
Ni el socialismo de Santiago Iglesias.
Ni el populismo de Nito.
2.
«Te voy a necesitar, Chilín. Háblate con Fundador Cubero porque ésto es muy secreto», dijo.
«Estoy para lo que me digas, hermano», ripostó Chilín.
«Te entretuviste suficiente con Luisa. ¡Déjala ya! ¡Cóbrate la insolencia que nos dijo!»
«Sí. ¡Recuerdo que nos mandó al carajo y me echó un caballo encima!»
Para proceder, ya que hoy Luisa Bottari estorba su trabajo político, los nuevos desafíos que tiene La Colchoneta y La Mogolla, Chilín la citó a solas. Habría podido citarla en otro lugar que no representara ese nidito de amor que ambos fabricaron. Es ya una casita limpia y bien acondicionada. Y Luisa, tan hacendosa, la adornó con flores, y compró unas suaves cortinas, y todo huele tan primorosamente, como su carne cuando se baña en cueras delante de él que le besa de los tobillos a la rabadilla y sube y baja y lame, y le acaricia los pechos, después de clavarla por donde se le place:
«¡Potoquita, mi única potoquita!», la chulea.
Hoy no habrá dulzura. Es el día de la separación.
«¡Me dieron un nombramiento grande y peligroso!», dijo a Luisa.
«¿Y qué?»
«No quiero involucrarte. Coordinaré la Ganga de los Siete Puñales».
«Yo no tengo miedo a nada, Chilín», aclaró Bottari.
«De todos modos, no quiero que estés».
«¿Te lo ha pedido tu hermano?»
«No. Tomé la decisión. Es más... me aburrí de tí. Dejé de quererte».
«¿Me mientes? Todavía hoy me tomaste, me besaste del tobillo al culo, te vuelves una marota cuando estás conmigo y me dices... 'dejé de amarte'?»
«Sí, porque es la verdad. Tengo otra mujer, otra que me gusta».
«¡Tén más güevos y díme que no es cierto! Sé más hombre, carajo!»
Soplándole un bofetón al rostro, Chilín repuso:
«¡Es la última vez que delante de mí y refiriéndome te oiré la palabra carajo. La próxima vez que me la digas te juro que te mato», la amenazó.
Y, oyéndolo con los ojos encendidos de coraje más que de llanto, Luisa Bottari salió de la casita. Su escondido nido de amor entre matorrales. Fue a un corral de cabros y gallinas, donde tenía un machete. Se hundió entre un montezuelo de bambúas y cortó dos de suficiente largo y grosor para que cupiera en sus puños y se manejara hábilmente su peso. Después volvió rumbo al nido de amor.
«¡Chilín, Chilín! ¿Todavía estás ahí?», gritó Luisa a todo pulmón.
Vio que de un tirón él abrió la ventana, a la que ella puso sus coquetas cortinas de seda. «Te dije que te fueras. Ya no somos nada».
«Venga acá, carajo. Que el bofetón que me díste como despedida me lo voy a cobrar hoy, por si acaso no te vuelvo a ver».
«¿Qué te traes, potoquita? Mira que yo todavía tengo orgullo. Soy flor y nata de este pueblo. Tú, sin mí, ya no eres nadie».
«¡El orgullo del pueblo me lo paso por la tocineta! ... pero ven para acá, a ver si vales algo».
"Contrayá mujer, ¿qué te traes? No me enojes» y, al fin salió mientras ésto iba diciendo, prometiéndo unas nuevas ensartas de gaznatás.
No había terminado de aproximarse a ella, cuando Luisa tiró a sus pies una de las varas de bambúas que había cortado en el monte. Se quedó, con la suya, bien en guardia.
«Dáme una tunda, carajo, porque si no te la voy a dar yo».
Chilín superó el instante de asombro. La campesinita, a la que él lleva al menos dos pies y medio de estatura, lo humillaba por segunda vez. Esto ya merecía su perro odio.
Y, pese a que la quiso golpear, tundir en serio, fue ella quien resonó un fuetaso en sus orejas. Sabía dónde golpear, el punto frágil y doloroso, cómo agotarlo y enlentecerlo. Apena él la rozó. Luisa era una liebre y una avispa brava, impredecible, y con la vara le rompió unas costillas, le hinchó la nuca, las clavículas; lo hizo revolcarse en dolor y contusiones que lo mantuvieron en cama tres semanas.
«Tú no sabes pelear ná. No sé porque Getulio te quiere al frente de la Ganga de los Siete Puñales».
Calentaba el agua, cortaba unos parches con ungüentos. Ahora, piadosamente, atendería a Chilín para curarlo.
«De valiente no tienes un gábilo, necesitas matones y pistolas».
Según lo iba curando, estudió el rostro suyo.
«Eres guapo, malote, me gustaste; pero hasta hoy me fijé que tienes unos ojos traicioneros» .
Luisa vio que Chilín convaleció con sus cuidados. Ella le cocinaba, lo alimentó con una cuchara como si fuera un niño porque le hinchó las muñecas y los dedos cuando lo molió a palos. Un día ella no llegó. El le esperaba. Quería bañarse y que ella lo vistiera. Amanecía cada noche con la pinga en arrecho y, ella ni pensar que accedería a tocarlo, después que le dijo: Me aburrí. Dejé de quererte.
No volvió. Se fue al Bronx. Quería ver los aviones, recibir la lealtad del hampa.
Chilín mismo dijo a su familia de Pepino: «Ella está bien».
Luisa prosperó. Tuvo un bar-restaurant cerca de la Casa Hernandez y otros dos edificios, uno lo ocupó su joyería. Vendía diamantes, rubíes y esmeraldas.
Después de 28 años en Nueva York, rica y millonaria, la jibarita regresó a Pepino e hizo cuanto le gustaba, criar puercos y gallinas, vender su joyería y, sobre todo, trabajar con sus manos.
Enero 2006
[Del libro en preparación «El Pueblo en sombras» [San Sebastián de las Vegas del Pepino, Puerto Rico. Los personajes de los relatos son históricos y las anécdotas reales, tal como las recordaron los aludidos, o sus parientes entrevistados]
Carlos Lopez Dzur
Nacida entre los fundos agrícolas de Eleuterio Bottari Brigalio, Luisa parecía la plenitud del espíritu mundano y auto-estima ensanchada con libertad a su paso.
Supieron muy poco y casi ninguno sobre el por qué, en 1899, don Eleuterio emigró a Puerto Rico. Un hermano suyo y él, nativos del Sur de Italia, pisaron la aduana de Ellis Island; pero el más joven, Eleuterio (nacido circa del 1865), cambió de rumbos. Llegó a Pepino. Se enamoró de esta tierra. Supo que habría un edén en los campos. Se obsesionó con la isla borincana que invadieron los americanos en 1898. Quiso trabajar con la tierra, criar caballos, oler a frutas, a cascajo, a montes. Y, para alegria de los Rico-Bottari, lo hizo.
El tenía poco menos que 35 años cuando vio a Paula Rico, bella muchacha, flor de linda cepa y de 18 años. Era hija de Braulio Rico Martín y Moreno, español.
Y siendo la edad suya el doble que la de Paula, se enamoró y se casó con ella a pocos meses. Como un niñajo caprichudo, dijo a don Braulio: «Io sono completamente nell'amore con quella ragazza, se non posso ottenere sposato con Paula, appena possibile, io morirò».
No tardó en preñarla. Se la comió con gusto en los montes de la cama. Fue una concha de rica sensualidad para sus huesos. Fue un premio de alegría para su alma. No obstante, nació así el dolor de cabeza de su casa, Luisa, linda como la madre. «No, aún más linda», dijo Eleuterio.
Y el italiano la consentiría en todo. Un dia, al rico terrateniente, por soñar qué nuevas alegrías daría a doña Paula y su hija, se le ocurrió traerse un Ford, el primer carrazo que pisaría las tierras pepinianas. Haría, como familia, historia, por aquellas calles apestosas a mierda de caballo, repletas de baches y agujeros, carentes de aceras y acueductos.
Como ya el Viejo Eleuterio tenía su auto, la muchachita le solicitó:
«Papá, quiero mejor tu caballo negro y tu caballo blanco. Quiero aprender a montarlos».
«Son briosos, muy grandes, para una piccola ragazza», le dijo, besándola.
Tarde o temprano, lo que anhelara, Luisa Bottari lo obtendría. Es que se transformó en una mujer adorable, espléndida por su silueta, su busto, sus nalgas. Derrite a quien se asoma a su mirada. Tiene carácter y, en ese cuerpecito esbelto, su portento de energías.
Por demandas de costumbres en la época, muy jovencita, le dijeron: 'Cásate'. Le asignaron hasta el varón, según su clase. Y ella dejó la hacienda de Piedras Blancas de Bottari, su padre, y terminó en Juncal, barrio hacia el sur, más profundo que Eneas y Cidral, colindante con las fincas de Echeandía en Magos, donde pronto el plan matrimonial dejó de perfilarse a su gusto. La mujer debe cuidarse. No vestir en pantalones. La mujer fina que no alimente cerdos. Que no tome la cabeza de un gallo ni les bese la cresta ni el plumaje.
«Pórtate bien. Has llegado a la casa de García. Debes visitar con nosotros el Casino e ir a la misa, aunque sea los domingos».
Habría querido verse mucho más libre, como antes, soltera, redescubriendo los huevos de las gallinas ponedoras, vaciando latones de alimentos para un corral de puercos. Le gustaban las flores, el viento aromado que penetraba el campo, tirar peñones, o pedruzcos con atinado pulso al río, dibujar los movimientos de ondinas en las aguas fluyentes de las quebradas y charcos.
Por eso, sólo por eso, rememoró la viuda de Eleuterio que Luisita es vaga, cachorra, una liebre veloz y a quien solamente el cansancio y la fatiga han de llevarla mansamente a los brazos de quienes la aman. Es independiente. Ama los caballos más que al coche que se le trajo de regalo. Luisa se ejercita por instinto. Es una amazona griega. Guerrillera o gladiadora romana metida en los huesos.
Esta jibara de Piedras Blancas, sin duda, es preciosa, tiene una negrita vacilona, duendecilla fabricada con fuego serpentino, en medio del corazón. Es cachonda, a veces imprudente.
De hecho su esposo Enrique se apesadumbra, aún queriéndola. Da su queja.
«Luisa es lúbrica, algo libidinosa».
En realidad, él ha querido decir que es ardiente y que no da la talla. Se cansa. Tiene sus preocupaciones. No está para desvelarse. Ella no es lo más importante. Si lo acosa, él se hastía.
Ella le pide que salgan y viajen juntos. Que es hora de ir a New York, ciudad que llaman la perfección de Babilonia, La Gran Manzana. Es hora de ver a los puertorriqueñ os que se han ido al Bronx y ver unos primos suyos, porque allá aún vive su tío. De hecho, según ha sabido Don Enrique, este tíazo es un capo del crimen organizado. Con él no quiere vínculos.
El ingeniero explica a la cachorra y malhablada potoquita qué sucede en el mundo, en la isla, en los Estados Unidos. Le dijo, por ejemplo: «¿Qué... no sabes? La Depresión aún no acaba. El mundo se está llenando otra vez de resentidos, trotskistas, quadristi fascistoides, la Tercera Internacional pide que se inciten más revoluciones, el Congreso no quiere japoneses ni inmigrantes. Gente que desata quemazones y mata a presidentes».
«Pero, ¿qué me dices a mí, Enrique, si no sé nada de eso?»
«Que no hay dinero. Ni en el Pueblo de Pepino ni en el mundo... Y apenas hemos podido terminar el Acueducto Urbano y la Planta Eléctrica de Riverita no da abasto para alumbrar los campos. Tenemos que comenzar el progreso en este pueblo... Tú sueñas mucho, mijita... Sí, es cierto que hay que salir de los trapiches, pero que sea poco a poco. No todo el mundo puede comprarse un tren, un Ford, alquilar aviones, comprar uno y pasearse. La miseria nos come como pueblo».
Tomó un periódico de un taburete y le dijo: «Léete ésto: acaban de predecir 'A new US Market Crash' y viene fuerte, desatará en el mundo depresiones».
A Luisa no le importa qué suceda. Sí supo que el invento del siglo que conmueve a los aventureros y valientes son los aviones. Ya se sabe que han volado sobre el Polo Norte (italianos como Umberto Nobili), desde Noruega a Alaska y, al reflexionar sobre el vaticinio del USA Market Crash que adviene («¿y qué me importa?»), al lado del titular que lo destaca se menciona que Charles Lindbergh ha volado solo sobre el Oceáno Atlántico. Se siente incomprendida y malinterpretada oído el hecho de que su esposo crea que pedirá como obsequio un avión de Floyd Bennett o Nobili.
Tan desazonada la puso él que soñó en la noche que tenía un caballo que volaba. Y se levantó al otro día, temprano en la mañana y se fue a los establos. Iría al Pueblo. Montó un caballo negro que había sido de su padre. Se puso unos ceñidos pantalones, una camisa azul de Irlanda más grande que su talla, se arremangó y, asiendo de las crines al caballo, jineteó desde Juncal a campo abierto. Al no llevar brassier, sus formados y turgentes senos se agitaban. Sentada a pelo, su nalgatorio fue agasajo. No estaba en cueras, como Lady Godiva, pero, a los 25 años, Luisa Bottero se asemejó a una diosa, con un pequeño moño trenzado, porque su cabellera no fue tan larga como pedía su marido y la madre de éste.
«La mujer fina no debe cortar su cabellera ni dejar que su busto se descote. Ni subir a un caballo a horcajadas y a pelo. Ni andarse sola por caminos rurales», pero ella lo hizo. Y no sería la última vez.
Son los tiempos del Alcalde Antonio Sagardía Torréns. En 1927, fue que admiraron su galope por primera vez. A las diez de la mañana, Chilín Echeandía y Getulio, su hermano, dialogaban en plena esquina, en punto tal en que se juntaban las calles Padre Feliciano y la M. J. Cabrero.
Y, sólo Getulio, se echó al lado cuando vio el galope de la mujer. Chilín se hizo el gracioso; se quedó en medio, como si quisiera atajar la bestia y hacerla que ella la frenara con un jalón de las crines. Antes de que ella lo hiciera, poco faltó para que el caballo lo botara y derribara sobre el rústico pavimento.
Ella oyó lo que él dijo:
«Bestias, par de contrayaos».
Dio vuelta en regreso, retrocediendo el camino galopado, y buscó al emisor del comentario.
«¿A quién carajo llamó los contrayaos?», preguntó ella. Ahora es Getulio, quien sonríe.
«¡Ah, la mujer del ingeniero!»
Chilín ya había sabido, por rumores, que doña Luisa y su marido discutían. «Habrán tener problemas en la cama por causa de esta mula, la italiana», pensó mas sin decirlo.
«Casi me echas el caballo encima», se quejó él.
«¡Pues, quítese del medio y no estorbe el camino!»
«¡Bien se ve que lo que necesita es un macho que la dome!», ripostó; pero la examinó de arriba abajo y decidió, corazón adentro que le daría su escarmiento. La agresiva soberbia de ella lo flechó.
«Sí, yo la domo», meditó aunque haga que la reputación de los García se hunda en fango. Es que había, cerquita de la esquina, sus curiosos. Oyeron lo que dijo la italiana, ¿a quién carajo...? Que sepa el pueblo, desde hoy, al hijo de Cecilio Echeandía, a la cepa de Font, Vélez y Mendoza, nadie le da carajos por respuestas. Se le trata de USTED, ni más ni menos, aunque les arda la boca o le sangren las encías.
Unos días después, Chilín comenzó a espiarla. Le mandó recaditos amorosos. La buscó por sus rumbos. Dijo que le preparó un nidito de amor, en unos rancherones avivados por palomas. En una casita azul, él la esperaba. Y, maravillosamente, Luisa fue, accedió al fin y ambos se amaban como tórtolos, porque los dos rabicalientes parecieron hechos el uno para el otro.
Este amor hizo escándalo. Se juntaron y los García sufrieron y echaron la culpa a los caballos de Bottari, cuyos enormes falos implicaban que las hembras de la hacienda estaban en celo permanente. Y con estas puyas le dijeron a Paula Rico: «Lo que sucede es que esa hija que le dio el italiano es una ramera desvergonzada; ustedes han perdido el orgullo».
Siempre se justificaba a los varones.
«No es culpa de Luisa, señora García; Chilín la persigue».
Y pasaron varios años. Los amantes seguían juntos. Ambos cómplices, como Bonnie y Clyde, creando disparates y escándalos, dándose amor y sexo, riéndose de las miserias / depresiones que vaticinó el Ingeniero García por leer las portadas de los diarios como si fuese la biblia del absolutismo burgués y económico.
Mas no se había equivocado: dIn 1929, the stock market crashed, begining the Great Depression».< /em> Getulio Echeandía atrajo, como imanes de simpatías a sus iguales, politicastros del colonialismo. Y, con grandes picnics en el campo, llegaba la gringada de La Fortaleza, terratenientes ausentistas e inversionistas y millonarios. Incluyendo, por supuesto, al Gobernador americano. Después de los años en la Alcaldía de Sagardía Torréns, el Pepino de la Depresión más aniquiladora organizó un Clan Poderoso, asociado al Gobernador Teddy Roosevelt, a los Morgan y los Vandervilt, ecos de Tugwell y Winship.
Más que el mismo Cecilio, el padre, Getulio es quien más conectado está. Es el Imponderable Cocoroco, un gígolo, seductor / mandamás de corazones / traidor con plata. Administraba ya millones de dólares de su peculio heredado cuando el grueso de la población pepiniana (y de todo Puerto Rico), lamía calderos, empobrecía, perdiendo lo que tiene y boqueando en los matorrales y en la nueva labranza, el monocultivo cañero.
Getulio era personero / representante de capitales extranjeros, uña y mugre de Teddy Roosevelt. El nacionalismo de Albizu Campos no lo asusta.
Ni el socialismo de Santiago Iglesias.
Ni el populismo de Nito.
2.
«Te voy a necesitar, Chilín. Háblate con Fundador Cubero porque ésto es muy secreto», dijo.
«Estoy para lo que me digas, hermano», ripostó Chilín.
«Te entretuviste suficiente con Luisa. ¡Déjala ya! ¡Cóbrate la insolencia que nos dijo!»
«Sí. ¡Recuerdo que nos mandó al carajo y me echó un caballo encima!»
Para proceder, ya que hoy Luisa Bottari estorba su trabajo político, los nuevos desafíos que tiene La Colchoneta y La Mogolla, Chilín la citó a solas. Habría podido citarla en otro lugar que no representara ese nidito de amor que ambos fabricaron. Es ya una casita limpia y bien acondicionada. Y Luisa, tan hacendosa, la adornó con flores, y compró unas suaves cortinas, y todo huele tan primorosamente, como su carne cuando se baña en cueras delante de él que le besa de los tobillos a la rabadilla y sube y baja y lame, y le acaricia los pechos, después de clavarla por donde se le place:
«¡Potoquita, mi única potoquita!», la chulea.
Hoy no habrá dulzura. Es el día de la separación.
«¡Me dieron un nombramiento grande y peligroso!», dijo a Luisa.
«¿Y qué?»
«No quiero involucrarte. Coordinaré la Ganga de los Siete Puñales».
«Yo no tengo miedo a nada, Chilín», aclaró Bottari.
«De todos modos, no quiero que estés».
«¿Te lo ha pedido tu hermano?»
«No. Tomé la decisión. Es más... me aburrí de tí. Dejé de quererte».
«¿Me mientes? Todavía hoy me tomaste, me besaste del tobillo al culo, te vuelves una marota cuando estás conmigo y me dices... 'dejé de amarte'?»
«Sí, porque es la verdad. Tengo otra mujer, otra que me gusta».
«¡Tén más güevos y díme que no es cierto! Sé más hombre, carajo!»
Soplándole un bofetón al rostro, Chilín repuso:
«¡Es la última vez que delante de mí y refiriéndome te oiré la palabra carajo. La próxima vez que me la digas te juro que te mato», la amenazó.
Y, oyéndolo con los ojos encendidos de coraje más que de llanto, Luisa Bottari salió de la casita. Su escondido nido de amor entre matorrales. Fue a un corral de cabros y gallinas, donde tenía un machete. Se hundió entre un montezuelo de bambúas y cortó dos de suficiente largo y grosor para que cupiera en sus puños y se manejara hábilmente su peso. Después volvió rumbo al nido de amor.
«¡Chilín, Chilín! ¿Todavía estás ahí?», gritó Luisa a todo pulmón.
Vio que de un tirón él abrió la ventana, a la que ella puso sus coquetas cortinas de seda. «Te dije que te fueras. Ya no somos nada».
«Venga acá, carajo. Que el bofetón que me díste como despedida me lo voy a cobrar hoy, por si acaso no te vuelvo a ver».
«¿Qué te traes, potoquita? Mira que yo todavía tengo orgullo. Soy flor y nata de este pueblo. Tú, sin mí, ya no eres nadie».
«¡El orgullo del pueblo me lo paso por la tocineta! ... pero ven para acá, a ver si vales algo».
"Contrayá mujer, ¿qué te traes? No me enojes» y, al fin salió mientras ésto iba diciendo, prometiéndo unas nuevas ensartas de gaznatás.
No había terminado de aproximarse a ella, cuando Luisa tiró a sus pies una de las varas de bambúas que había cortado en el monte. Se quedó, con la suya, bien en guardia.
«Dáme una tunda, carajo, porque si no te la voy a dar yo».
Chilín superó el instante de asombro. La campesinita, a la que él lleva al menos dos pies y medio de estatura, lo humillaba por segunda vez. Esto ya merecía su perro odio.
Y, pese a que la quiso golpear, tundir en serio, fue ella quien resonó un fuetaso en sus orejas. Sabía dónde golpear, el punto frágil y doloroso, cómo agotarlo y enlentecerlo. Apena él la rozó. Luisa era una liebre y una avispa brava, impredecible, y con la vara le rompió unas costillas, le hinchó la nuca, las clavículas; lo hizo revolcarse en dolor y contusiones que lo mantuvieron en cama tres semanas.
«Tú no sabes pelear ná. No sé porque Getulio te quiere al frente de la Ganga de los Siete Puñales».
Calentaba el agua, cortaba unos parches con ungüentos. Ahora, piadosamente, atendería a Chilín para curarlo.
«De valiente no tienes un gábilo, necesitas matones y pistolas».
Según lo iba curando, estudió el rostro suyo.
«Eres guapo, malote, me gustaste; pero hasta hoy me fijé que tienes unos ojos traicioneros» .
Luisa vio que Chilín convaleció con sus cuidados. Ella le cocinaba, lo alimentó con una cuchara como si fuera un niño porque le hinchó las muñecas y los dedos cuando lo molió a palos. Un día ella no llegó. El le esperaba. Quería bañarse y que ella lo vistiera. Amanecía cada noche con la pinga en arrecho y, ella ni pensar que accedería a tocarlo, después que le dijo: Me aburrí. Dejé de quererte.
No volvió. Se fue al Bronx. Quería ver los aviones, recibir la lealtad del hampa.
Chilín mismo dijo a su familia de Pepino: «Ella está bien».
Luisa prosperó. Tuvo un bar-restaurant cerca de la Casa Hernandez y otros dos edificios, uno lo ocupó su joyería. Vendía diamantes, rubíes y esmeraldas.
Después de 28 años en Nueva York, rica y millonaria, la jibarita regresó a Pepino e hizo cuanto le gustaba, criar puercos y gallinas, vender su joyería y, sobre todo, trabajar con sus manos.
Enero 2006
[Del libro en preparación «El Pueblo en sombras» [San Sebastián de las Vegas del Pepino, Puerto Rico. Los personajes de los relatos son históricos y las anécdotas reales, tal como las recordaron los aludidos, o sus parientes entrevistados]
Carlos Lopez Dzur
lunes, 16 de noviembre de 2009
El Otro yo
Debía hacerlo de una vez por todas. Su existencia pesaba demasiado para seguir cargando con ella.
Últimamente todo le había salido mal; su matrimonio estaba destruido ya que su marido la había abandonado yéndose con su mejor amiga—o la que ella creía su mejor amiga—además y como si fuera poco la había dejado en bancarrota emitiendo cheques sin fondo a su nombre, lo que la calificaba legalmente como una estafadora. No le quedaban familiares directos y los pocos que tenía se fueron alejando cuando supieron de su problema económico—siendo que en los mejores momentos financieros ella los había ayudado desinteresadamente. No tenía hijos y se hallaba en la crisis de los cuarenta. Su casa iba a ser rematada y no tenia donde vivir—al menos y obviamente— hasta que fuese a la cárcel por las estafas.
En fin ¿qué más podía salirle mal?
El frasco con píldoras para dormir estaba ante ella, sólo debía extender la mano, tomarlo e ingerir las pastillas junto con la botella de whisky que se hallaba junto a ella.
Cuando se disponía a hacerlo el timbre de la calle sonó.
--¿quién puede ser a las dos de la madrugada? –pensó-
No estaba dispuesta a atender; Así fuera la policía, los bomberos o el mismo Dios no abriría esa puerta.
Volvió a lo suyo, pero el timbre sonó repetidas veces en forma insistente y diríase casi demencial.
--maldición —gritó incorporándose y yendo a la puerta--¿quién es?
--Por favor Elaine, ábreme...
La voz le pareció familiar pero no logró reconocerla; al fin de cuentas se hallaba tan aturdida por tantos analgésicos y pensamientos que la torturaban día y noche sin dejarla dormir.
--¿qué quiere? Váyase—gritó—
--Por favor Elaine, no lo hagas, déjame entrar, quiero hablar contigo.
Se sintió tremendamente sorprendida ¿quién era esa persona, cómo sabia su nombre y peor aún cómo sabia que ella iba a hacer algo?
--Mire, no sé quien es Usted, ni como me conoce, pero no quiero ver a nadie, así que váyase—gritó duramente
--Elaine si abres esa puerta me reconocerás.. .
--¿cómo sé que no es una ladrona? –la interrumpió rápidamente, en tanto irónicamente pensaba que ya nada más le podrían robar.
--Tú me conoces Elaine, sé que tu marido te abandonó por tu mejor amiga, sé a qué colegios fuiste de niña, quienes eran...
--bien, bien, bien —la cortó—abriré apenas la puerta para que el vecindario no me tire con botellas por hacer tanto escándalo a esta hora; pero espero que sea importante lo que tienes para decirme, seas quien seas.
Abrió la puerta de par en par como si nada le importase ya. Pero...esa mujer...esa cara..¡Dios! ¡Se estaba contemplando a si misma como en un espejo! Debía ser efecto del stress que padecía...
---hola Elaine—dijo la otra mujer, entrando a la casa —gracias por abrir.
Elaine se desplomó al suelo. Esto había sido demasiado para ella.
Cuando despertó se hallaba tendida en el sofá; junto a ella estaba la botella de whisky sin tocar y el frasco de pastillas , la puerta de calle estaba cerrada.
--¡OH Dios mío! fue un sueño...
--no lo fue Elaine –dijo la mujer que aparecía desde la cocina con una bandeja con café--
Elaine no podía creerlo, esa mujer era su viva imagen, su cabello, sus ojos, su estatura, su contextura física, inclusive su voz...era como mirarse al espejo.
--acaso –apenas balbuceó—¿somos hermanas gemelas y yo no sabia nada de tu existencia y tu sí, o al menos te enteraste hace poco?
La mujer sonrió en forma suspicaz como si hubiese escuchado un chiste o al menos algo divertido.
--no Elaine, no somos hermanas gemelas; aunque parezca increíble--le respondió mientras le daba el café y dejaba la bandeja sobre la mesa ratona de vidrio-- yo soy Tú misma, y tú eres yo.
Elaine dejó caer la taza de café desparramando el líquido por todo el piso. La otra mujer comenzó a secar la alfombra con una servilleta.
--¿Estás loca ó mi mente está jugándome una mala pasada?--gritó Elaine.
--Puedo jurar que es verdad lo que te digo; tu tienes una marca de nacimiento en tu muslo izquierdo en forma de rubí que has querido operarte tres veces pero te ha dado miedo siempre y has abandonado la idea todas las veces, tu marido fue el primer hombre en tu vida, en referencia al sexo claro, y perdiste un feto de 2 meses cuando él te dejó.
---¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién eres? Por Dios, dime la verdad –suplicó—o me volveré loca.
La mujer se sentó junto a Elaine y tomó sus manos entre las suyas; la miró fijamente a los ojos.
--Elaine, créeme...soy tú misma, pero habito en otra dimensión, soy tu reflejo, tu antimateria si deseas pensarlo así; he venido porque si tú acabas con tu vida también acabas con la mía; si tú dejas de existir lo mismo me pasará a mi. ¿me entiendes?
Elaine estaba paralizada, no podía comprender lo que sucedía...¿estarí a loca ó lo qué le decía esta mujer era verdad? No sabia qué pensar, pero sí estaba segura de no estar soñando, de estar frente a esa mujer que decía ser su "doble" en otra dimensión.
--Si es verdad lo que dices –exclamó Elaine más serena--no comprendo cómo supiste tanto de mi, ni entiendo cómo llegaste hasta aquí, ni puedo explicarme cuál es la importancia que me atribuyes en tu mundo; porque sí de verdad eres mi reflejo, entonces estás pasando por lo mismo que yo ¿verdad?
--En mi mundo paralelo al tuyo se nos informa cuando la existencia de nuestro mismo ser, corre peligro, y podemos optar o no por arriesgarnos a salvarla, como lo hice yo; o bien correr la suerte que la otra parte corra.
---Eso puede entenderse, aunque parezca sacado de un libro de Alan Poe, pero no has respondido –preguntó inquieta--¿A ti también te pasa lo mismo que a mi, también te dejó tu marido y perdiste un bebé?
La otra mujer sonrió tristemente.
--lamentablemente para ti, no Elaine. Actuamos como mundos opuestos, si tu eres feliz, yo no lo soy y viceversa.
--Entonces tienes hij...
--Tengo un marido que me ama y dos hermosos hijos, la vida vale mucho para mi Elaine.
---¿y por qué debo ser yo la parte negativa?--gritó Elaine encolerizada- -¿por qué debe importarme lo que a ti te pase si yo no existo más?
--Entiendo cómo te sientes pero debía advertirte para que no sufras ni hagas sufrir a otros, como a mi y los míos; puedes recomenzar tu vida...
--¿me garantizas qué a ti te irá mal, para que a mi me vaya bien?
--no puedo saber eso, pero quizás nos equilibremos las dos en una vida de angustias y alegrías.
--ahora que sé de tu existencia –expresó acallando su voz hasta casi ser un murmullo-- nunca podré ser feliz porque sabré que tú ya lo eres...
--Elaine entiende que es por tu bien, comienza otra vez, pelea nuevamente, sé lo que te digo, sufrirás aún más si intentas dañarte, te harás más daño tú del que me harás a mí. Comprende que cada ser tiene una función en el cosmos; estas son las nuestras, ser la cara y contracara de una misma moneda, no puede existir una sin la otra.
--Vete –apenas murmuró Elaine— vuelve a tu mundo feliz y déjame sufrir en el mío, ya que es lo único que tengo.
--muy bien pero piensa en lo que te dije; no sufras más de lo ya lo has hecho.
Y diciendo esto la mujer desapareció.
Elaine quedó absorta en un silencio sepulcral. Si no había sido una alucinación ¿por qué ella debía hacer a otros felices si ella no podía serlo? a qué había venido esa mujer intentándola convencer de seguir con su sufrimiento ó -según ella--a qué luchase contra él? ¿Por qué había hecho tanto hincapié en que desistiese de su suicidio porque sino sufriría mucho más de lo ya sufría ?
--No, jamás desistiré –exclamó en voz alta.
Ingirió todas las pastillas junto con el whisky y se recostó en la oscuridad del cuarto; pensó en todo lo malo de su vida y en lo poco bueno que le había sucedido; cerró los ojos lentamente, el sueño la fue venciendo.
Despertó por la mañana con una terrible jaqueca hasta que tomó conciencia del momento y se incorporó sobresaltada.
---No puede ser, debía estar muerta con todo lo que ingerí ¿o habré soñado que lo hice?
Corrió hacia el living: allí estaba el frasco vacío, la botella tirada en el piso; los signos eran muy evidentes; había tomado todos los tranquilizantes junto con alcohol, lo menos que debería estar sufriendo era un estado comatoso; se desesperó queriendo confirmar si estaba soñando ó si estaba muerta.
Se dirigió a la cocina y tomó la cuchilla más afilada; extendió su mano y apoyó el filo del objeto cortante sobre sus venas; no dudó y de un solo golpe realizó una incisión tajante.
Comenzó a reír en forma demencial hasta que sus carcajadas se convirtieron en llanto amargo; ahora entendía la visita de aquella mujer, y entendía su advertencia sobre su mayor sufrimiento si intentaba matarse; de su muñeca no brotaba nada: ella, Elaine, no podía morir. Ella era el reflejo de aquella mujer felíz , sólo el original podía destruir la copia, y no al revés.
De "Cuentos Varios"
Liliana Varela 2006
Últimamente todo le había salido mal; su matrimonio estaba destruido ya que su marido la había abandonado yéndose con su mejor amiga—o la que ella creía su mejor amiga—además y como si fuera poco la había dejado en bancarrota emitiendo cheques sin fondo a su nombre, lo que la calificaba legalmente como una estafadora. No le quedaban familiares directos y los pocos que tenía se fueron alejando cuando supieron de su problema económico—siendo que en los mejores momentos financieros ella los había ayudado desinteresadamente. No tenía hijos y se hallaba en la crisis de los cuarenta. Su casa iba a ser rematada y no tenia donde vivir—al menos y obviamente— hasta que fuese a la cárcel por las estafas.
En fin ¿qué más podía salirle mal?
El frasco con píldoras para dormir estaba ante ella, sólo debía extender la mano, tomarlo e ingerir las pastillas junto con la botella de whisky que se hallaba junto a ella.
Cuando se disponía a hacerlo el timbre de la calle sonó.
--¿quién puede ser a las dos de la madrugada? –pensó-
No estaba dispuesta a atender; Así fuera la policía, los bomberos o el mismo Dios no abriría esa puerta.
Volvió a lo suyo, pero el timbre sonó repetidas veces en forma insistente y diríase casi demencial.
--maldición —gritó incorporándose y yendo a la puerta--¿quién es?
--Por favor Elaine, ábreme...
La voz le pareció familiar pero no logró reconocerla; al fin de cuentas se hallaba tan aturdida por tantos analgésicos y pensamientos que la torturaban día y noche sin dejarla dormir.
--¿qué quiere? Váyase—gritó—
--Por favor Elaine, no lo hagas, déjame entrar, quiero hablar contigo.
Se sintió tremendamente sorprendida ¿quién era esa persona, cómo sabia su nombre y peor aún cómo sabia que ella iba a hacer algo?
--Mire, no sé quien es Usted, ni como me conoce, pero no quiero ver a nadie, así que váyase—gritó duramente
--Elaine si abres esa puerta me reconocerás.. .
--¿cómo sé que no es una ladrona? –la interrumpió rápidamente, en tanto irónicamente pensaba que ya nada más le podrían robar.
--Tú me conoces Elaine, sé que tu marido te abandonó por tu mejor amiga, sé a qué colegios fuiste de niña, quienes eran...
--bien, bien, bien —la cortó—abriré apenas la puerta para que el vecindario no me tire con botellas por hacer tanto escándalo a esta hora; pero espero que sea importante lo que tienes para decirme, seas quien seas.
Abrió la puerta de par en par como si nada le importase ya. Pero...esa mujer...esa cara..¡Dios! ¡Se estaba contemplando a si misma como en un espejo! Debía ser efecto del stress que padecía...
---hola Elaine—dijo la otra mujer, entrando a la casa —gracias por abrir.
Elaine se desplomó al suelo. Esto había sido demasiado para ella.
Cuando despertó se hallaba tendida en el sofá; junto a ella estaba la botella de whisky sin tocar y el frasco de pastillas , la puerta de calle estaba cerrada.
--¡OH Dios mío! fue un sueño...
--no lo fue Elaine –dijo la mujer que aparecía desde la cocina con una bandeja con café--
Elaine no podía creerlo, esa mujer era su viva imagen, su cabello, sus ojos, su estatura, su contextura física, inclusive su voz...era como mirarse al espejo.
--acaso –apenas balbuceó—¿somos hermanas gemelas y yo no sabia nada de tu existencia y tu sí, o al menos te enteraste hace poco?
La mujer sonrió en forma suspicaz como si hubiese escuchado un chiste o al menos algo divertido.
--no Elaine, no somos hermanas gemelas; aunque parezca increíble--le respondió mientras le daba el café y dejaba la bandeja sobre la mesa ratona de vidrio-- yo soy Tú misma, y tú eres yo.
Elaine dejó caer la taza de café desparramando el líquido por todo el piso. La otra mujer comenzó a secar la alfombra con una servilleta.
--¿Estás loca ó mi mente está jugándome una mala pasada?--gritó Elaine.
--Puedo jurar que es verdad lo que te digo; tu tienes una marca de nacimiento en tu muslo izquierdo en forma de rubí que has querido operarte tres veces pero te ha dado miedo siempre y has abandonado la idea todas las veces, tu marido fue el primer hombre en tu vida, en referencia al sexo claro, y perdiste un feto de 2 meses cuando él te dejó.
---¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién eres? Por Dios, dime la verdad –suplicó—o me volveré loca.
La mujer se sentó junto a Elaine y tomó sus manos entre las suyas; la miró fijamente a los ojos.
--Elaine, créeme...soy tú misma, pero habito en otra dimensión, soy tu reflejo, tu antimateria si deseas pensarlo así; he venido porque si tú acabas con tu vida también acabas con la mía; si tú dejas de existir lo mismo me pasará a mi. ¿me entiendes?
Elaine estaba paralizada, no podía comprender lo que sucedía...¿estarí a loca ó lo qué le decía esta mujer era verdad? No sabia qué pensar, pero sí estaba segura de no estar soñando, de estar frente a esa mujer que decía ser su "doble" en otra dimensión.
--Si es verdad lo que dices –exclamó Elaine más serena--no comprendo cómo supiste tanto de mi, ni entiendo cómo llegaste hasta aquí, ni puedo explicarme cuál es la importancia que me atribuyes en tu mundo; porque sí de verdad eres mi reflejo, entonces estás pasando por lo mismo que yo ¿verdad?
--En mi mundo paralelo al tuyo se nos informa cuando la existencia de nuestro mismo ser, corre peligro, y podemos optar o no por arriesgarnos a salvarla, como lo hice yo; o bien correr la suerte que la otra parte corra.
---Eso puede entenderse, aunque parezca sacado de un libro de Alan Poe, pero no has respondido –preguntó inquieta--¿A ti también te pasa lo mismo que a mi, también te dejó tu marido y perdiste un bebé?
La otra mujer sonrió tristemente.
--lamentablemente para ti, no Elaine. Actuamos como mundos opuestos, si tu eres feliz, yo no lo soy y viceversa.
--Entonces tienes hij...
--Tengo un marido que me ama y dos hermosos hijos, la vida vale mucho para mi Elaine.
---¿y por qué debo ser yo la parte negativa?--gritó Elaine encolerizada- -¿por qué debe importarme lo que a ti te pase si yo no existo más?
--Entiendo cómo te sientes pero debía advertirte para que no sufras ni hagas sufrir a otros, como a mi y los míos; puedes recomenzar tu vida...
--¿me garantizas qué a ti te irá mal, para que a mi me vaya bien?
--no puedo saber eso, pero quizás nos equilibremos las dos en una vida de angustias y alegrías.
--ahora que sé de tu existencia –expresó acallando su voz hasta casi ser un murmullo-- nunca podré ser feliz porque sabré que tú ya lo eres...
--Elaine entiende que es por tu bien, comienza otra vez, pelea nuevamente, sé lo que te digo, sufrirás aún más si intentas dañarte, te harás más daño tú del que me harás a mí. Comprende que cada ser tiene una función en el cosmos; estas son las nuestras, ser la cara y contracara de una misma moneda, no puede existir una sin la otra.
--Vete –apenas murmuró Elaine— vuelve a tu mundo feliz y déjame sufrir en el mío, ya que es lo único que tengo.
--muy bien pero piensa en lo que te dije; no sufras más de lo ya lo has hecho.
Y diciendo esto la mujer desapareció.
Elaine quedó absorta en un silencio sepulcral. Si no había sido una alucinación ¿por qué ella debía hacer a otros felices si ella no podía serlo? a qué había venido esa mujer intentándola convencer de seguir con su sufrimiento ó -según ella--a qué luchase contra él? ¿Por qué había hecho tanto hincapié en que desistiese de su suicidio porque sino sufriría mucho más de lo ya sufría ?
--No, jamás desistiré –exclamó en voz alta.
Ingirió todas las pastillas junto con el whisky y se recostó en la oscuridad del cuarto; pensó en todo lo malo de su vida y en lo poco bueno que le había sucedido; cerró los ojos lentamente, el sueño la fue venciendo.
Despertó por la mañana con una terrible jaqueca hasta que tomó conciencia del momento y se incorporó sobresaltada.
---No puede ser, debía estar muerta con todo lo que ingerí ¿o habré soñado que lo hice?
Corrió hacia el living: allí estaba el frasco vacío, la botella tirada en el piso; los signos eran muy evidentes; había tomado todos los tranquilizantes junto con alcohol, lo menos que debería estar sufriendo era un estado comatoso; se desesperó queriendo confirmar si estaba soñando ó si estaba muerta.
Se dirigió a la cocina y tomó la cuchilla más afilada; extendió su mano y apoyó el filo del objeto cortante sobre sus venas; no dudó y de un solo golpe realizó una incisión tajante.
Comenzó a reír en forma demencial hasta que sus carcajadas se convirtieron en llanto amargo; ahora entendía la visita de aquella mujer, y entendía su advertencia sobre su mayor sufrimiento si intentaba matarse; de su muñeca no brotaba nada: ella, Elaine, no podía morir. Ella era el reflejo de aquella mujer felíz , sólo el original podía destruir la copia, y no al revés.
De "Cuentos Varios"
Liliana Varela 2006
sábado, 31 de octubre de 2009
Los caminos de Juana
De la serie "Aventuras, desventuras"
Los caminos de Juana
Las orejas me ardían y el cuello me quemaba. Cuando mamá me lavaba así yo quedaba la cabeza roja como un fósforo. Hoy me había tocado, claro indicio de una ocasión importante, en la que nosotros -mi hermana mayor y yo- debíamos lucir impecables, “Hoy vamos de visita” fue toda la explicación que nos dio mamá. La camisa, minuciosamente zurcida, tan almidonada que parecá de cemento, se encolumnaba bajo la otra consigna: pobres pero limpios. Debía ser tan importante ―la ocasión, digo― que luego la Juani recibió el mismo tratamiento, lo que dado su edad ―me llevaba dos años― era menos frecuente. Mi hermana no reclamó -apenas un rezongo, de dignidad herida al igualarla con “el Beto que se moja los deditos, se los pasa por la cara y ya está”. Se vengó conmigo, haciéndose cargo de mis crines de carpincho, duramente alineadas con unas cepilladas que me araron el cráneo.
Y ahí estábamos, una madrugada, los tres, en el tren a Córdoba. El vagón casi vacío; los asientos, de listones de madera cubiertos con una manta y encima nosotros, nuestros bolsos y nuestras dudas y temores. “Vamos a ver a la madrina” había anunciado mamá. Teníamos muchos padrinos, todos los que no eran parientes de sangre eran padrinos. A estos de ahora no los conocía. Muchos bolsos. Mi madre había pasado <, zurciendo, almidonando, ropa de chicos.
―Nos van a separar ―me secreteó la Juani, en la reunión de emergencia, escondidos bajo unos arbustos que bordeaban la acequia. Era una tarde le lagartijas asustadas y arena quemante, en ese pueblo norteño, al pie de la cordillera―. Mamá ya no puede con todos nosotros. Los hijos mayores quién sabe por dónde andan, los menores son muy chiquitos y los tienen que cuidar las tías mientras mamá trabaja. Tenemos que hacernos cargo, nosotros.
―¿Y no nos pueden entregar a los dos? ―pregunté, repitiendo la palabra oída en cuchicheos.
―Uno tiene que ayudar en casa.
No volvimos a hablar del tema. Demasiadas las incertidumbres, los temores. Pero ahora este tren nos arrastraba a nuestro destino. Se terminaba nuestra niñez.
§
En la estación nadie nos esperaba. Llegamos a la casa poco antes del mediodía, luego de veinte cuadras por caminos de tierra. Pocas cuadras antes de llegar, con el agua de una acequia, nos limpiamos meticulosamente. Peinados y limpios, nos recibió la madrina, en una casa imponente.
Luego de los saludos la evocación de momentos pasados, la madrina nos reunió en el comedor. Habían otros grandes y unos chicos que después de presentarlos los dejaron irse.
―No podemos recibirle a los dos chicos, Rosario. Está bien que Ud. prefiera no separarlos, sería un golpe para ellos, pero tampoco nosotros podemos hacernos cargo de vestir, alimentar educar a los dos. Uno sólo, trabajando bien, podrá mandarle una ayuda mensual y además tendrá educación escolar, un futuro. Pero no el nene, es muy chiquito todavía. La nena nos vendría bien. Será cuestión de acostumbrarse ―se dirigió a mi hermana y la miro fijamente― Vos, Juanita, ya casi sos una señorita, podés entender ¿no? Una vez por mes te pongo en el tren por el fin de semana, vas a tener piecita, guardapolvo. .. ¿qué te parece?
Aferrada nerviosamente a la pollera de mamá, Juani, los ojos dilatados, asentía, como aprobando adultamente los criterios expuestos.
La reunión siguió. A nosotros nos dejaron salir al jardín. La Juani caminaba de acá para allá, ida y vuelta, angustiada. A mi no me gustaba quedarme sin hermana, pero comprendía que su futuro era incomparablemente más horrible. Sola, sin familia. Yo, en su lugar, me moriría. Juani buscaba desesperadamente una salida. Pero sabía ―yo también sabía― que la única posibilidad dependía de un cambio de decisión de mamá. Y eso era imposible. Ella, acostumbrada a los rigores de la vida, nunca peleaba contra el destino; abrazada a su cuerpo árido, correoso, soportaba en silencio. Y esa era la única enseñanza que nos podía dar: la limpieza y el silencio.
Después, la Juani entró en una inmovilidad que me asustaba. Ya había dejado de rebelarse. No se cuánto tiempo pasamos. De golpe, me dijo “Ya van a venir a buscarnos, a despedirse de mí. Dejame un poquito sola”.
Entré y me senté al lado de mamá, que estaba sola en el comedor, esperando a que nos vinieran a buscar para llevarnos, generosamente, a la estación.
“Prepárense que ya les traemos a la nena para la despedida”, nos dijo alguien. Pero el tiempo pasaba y no la traían. Se oían los gritos de la madrina, gente corriendo.De golpe apareció la madrina, congestionada.
―Se escondió. No puede estar lejos. No conoce nada, de la estación a la casa nada más -Dijo, mirando enojada a mamá que se plantó, inmóvil, en medio de la sala― . Ud. Rosario, no puede hacer nada, no se va a quedar aquí, a discutir mi autoridad. Esta es mi casa y mando yo. Esta chica tiene que aprender a ocupar su lugar. Tome su tren, que este problema es mío, cuando la encuentre le voy a explicar algunas cosas. ―Se quedó esperando un gesto de mamá, un reclamo, algo, este acto de la Juani había afectado su orgullo―. Tome su tren, yo le aviso cuando la encontremos.
Nos llevaron a la estación. El vagón estaba vacío. Mamá subió. Colocó las mantas, los baúles. Siguió subiendo y bajando, sola con los bultos, sin aceptar ayuda de nadie. La última vez compró en un puesto unos pasteles, se despidió y subimos.
¿Qué está haciendo? ¿La va a dejar a la Juani? ¿Y si no la encuentrar? El tren está arrancando, yo me tiro...
― Ni se le ocurra una tontería, mocoso. Si se tira ahora del tren se rompe la cabeza ―me dejó parado, sabe todo lo que está pasando. Entonces por qué...
― Vamos. Deme un pastelito, que sufrir con hambre es demasiado. Y alcánceme uno a mí.
La miré con rencor mientras masticaba el pastel. Ella ni lo probó.
― Ya estamos lejos, no hay peligro. Vamos. Coma algo que debe estar desfalleciendo de hambre ―dijo mientras colocaba el pastelito sobre una servilleta, a su lado en el asiento. Un rato des pués, de entre las mantas asomó una manito que agarró el pastel, después un bracito, después la carita llorosa y feliz de la Juani.
―Ud. es mi hija, no un paquete, que se lo pueda encargar a alguien. Yo no hice este mundo de mierda ni me sobra espalda para cargar con sus penas, pero es mi hija, y aunque esté en el infierno, si me necesita voy a estar a su lado.
Se quedó meditanto. Al rato ”Lo que sí.... -dijo- creo que vamos a tener que ajustar más los gastos.
No volvimos a ver a la madrina, ni se volvió a hablar del tema.
§
Un año después una familia se llevó a la Juani a Buenos Aires.
SD
--
Carlos Adalberto Fernández
Los caminos de Juana
Las orejas me ardían y el cuello me quemaba. Cuando mamá me lavaba así yo quedaba la cabeza roja como un fósforo. Hoy me había tocado, claro indicio de una ocasión importante, en la que nosotros -mi hermana mayor y yo- debíamos lucir impecables, “Hoy vamos de visita” fue toda la explicación que nos dio mamá. La camisa, minuciosamente zurcida, tan almidonada que parecá de cemento, se encolumnaba bajo la otra consigna: pobres pero limpios. Debía ser tan importante ―la ocasión, digo― que luego la Juani recibió el mismo tratamiento, lo que dado su edad ―me llevaba dos años― era menos frecuente. Mi hermana no reclamó -apenas un rezongo, de dignidad herida al igualarla con “el Beto que se moja los deditos, se los pasa por la cara y ya está”. Se vengó conmigo, haciéndose cargo de mis crines de carpincho, duramente alineadas con unas cepilladas que me araron el cráneo.
Y ahí estábamos, una madrugada, los tres, en el tren a Córdoba. El vagón casi vacío; los asientos, de listones de madera cubiertos con una manta y encima nosotros, nuestros bolsos y nuestras dudas y temores. “Vamos a ver a la madrina” había anunciado mamá. Teníamos muchos padrinos, todos los que no eran parientes de sangre eran padrinos. A estos de ahora no los conocía. Muchos bolsos. Mi madre había pasado <, zurciendo, almidonando, ropa de chicos.
―Nos van a separar ―me secreteó la Juani, en la reunión de emergencia, escondidos bajo unos arbustos que bordeaban la acequia. Era una tarde le lagartijas asustadas y arena quemante, en ese pueblo norteño, al pie de la cordillera―. Mamá ya no puede con todos nosotros. Los hijos mayores quién sabe por dónde andan, los menores son muy chiquitos y los tienen que cuidar las tías mientras mamá trabaja. Tenemos que hacernos cargo, nosotros.
―¿Y no nos pueden entregar a los dos? ―pregunté, repitiendo la palabra oída en cuchicheos.
―Uno tiene que ayudar en casa.
No volvimos a hablar del tema. Demasiadas las incertidumbres, los temores. Pero ahora este tren nos arrastraba a nuestro destino. Se terminaba nuestra niñez.
§
En la estación nadie nos esperaba. Llegamos a la casa poco antes del mediodía, luego de veinte cuadras por caminos de tierra. Pocas cuadras antes de llegar, con el agua de una acequia, nos limpiamos meticulosamente. Peinados y limpios, nos recibió la madrina, en una casa imponente.
Luego de los saludos la evocación de momentos pasados, la madrina nos reunió en el comedor. Habían otros grandes y unos chicos que después de presentarlos los dejaron irse.
―No podemos recibirle a los dos chicos, Rosario. Está bien que Ud. prefiera no separarlos, sería un golpe para ellos, pero tampoco nosotros podemos hacernos cargo de vestir, alimentar educar a los dos. Uno sólo, trabajando bien, podrá mandarle una ayuda mensual y además tendrá educación escolar, un futuro. Pero no el nene, es muy chiquito todavía. La nena nos vendría bien. Será cuestión de acostumbrarse ―se dirigió a mi hermana y la miro fijamente― Vos, Juanita, ya casi sos una señorita, podés entender ¿no? Una vez por mes te pongo en el tren por el fin de semana, vas a tener piecita, guardapolvo. .. ¿qué te parece?
Aferrada nerviosamente a la pollera de mamá, Juani, los ojos dilatados, asentía, como aprobando adultamente los criterios expuestos.
La reunión siguió. A nosotros nos dejaron salir al jardín. La Juani caminaba de acá para allá, ida y vuelta, angustiada. A mi no me gustaba quedarme sin hermana, pero comprendía que su futuro era incomparablemente más horrible. Sola, sin familia. Yo, en su lugar, me moriría. Juani buscaba desesperadamente una salida. Pero sabía ―yo también sabía― que la única posibilidad dependía de un cambio de decisión de mamá. Y eso era imposible. Ella, acostumbrada a los rigores de la vida, nunca peleaba contra el destino; abrazada a su cuerpo árido, correoso, soportaba en silencio. Y esa era la única enseñanza que nos podía dar: la limpieza y el silencio.
Después, la Juani entró en una inmovilidad que me asustaba. Ya había dejado de rebelarse. No se cuánto tiempo pasamos. De golpe, me dijo “Ya van a venir a buscarnos, a despedirse de mí. Dejame un poquito sola”.
Entré y me senté al lado de mamá, que estaba sola en el comedor, esperando a que nos vinieran a buscar para llevarnos, generosamente, a la estación.
“Prepárense que ya les traemos a la nena para la despedida”, nos dijo alguien. Pero el tiempo pasaba y no la traían. Se oían los gritos de la madrina, gente corriendo.De golpe apareció la madrina, congestionada.
―Se escondió. No puede estar lejos. No conoce nada, de la estación a la casa nada más -Dijo, mirando enojada a mamá que se plantó, inmóvil, en medio de la sala― . Ud. Rosario, no puede hacer nada, no se va a quedar aquí, a discutir mi autoridad. Esta es mi casa y mando yo. Esta chica tiene que aprender a ocupar su lugar. Tome su tren, que este problema es mío, cuando la encuentre le voy a explicar algunas cosas. ―Se quedó esperando un gesto de mamá, un reclamo, algo, este acto de la Juani había afectado su orgullo―. Tome su tren, yo le aviso cuando la encontremos.
Nos llevaron a la estación. El vagón estaba vacío. Mamá subió. Colocó las mantas, los baúles. Siguió subiendo y bajando, sola con los bultos, sin aceptar ayuda de nadie. La última vez compró en un puesto unos pasteles, se despidió y subimos.
¿Qué está haciendo? ¿La va a dejar a la Juani? ¿Y si no la encuentrar? El tren está arrancando, yo me tiro...
― Ni se le ocurra una tontería, mocoso. Si se tira ahora del tren se rompe la cabeza ―me dejó parado, sabe todo lo que está pasando. Entonces por qué...
― Vamos. Deme un pastelito, que sufrir con hambre es demasiado. Y alcánceme uno a mí.
La miré con rencor mientras masticaba el pastel. Ella ni lo probó.
― Ya estamos lejos, no hay peligro. Vamos. Coma algo que debe estar desfalleciendo de hambre ―dijo mientras colocaba el pastelito sobre una servilleta, a su lado en el asiento. Un rato des pués, de entre las mantas asomó una manito que agarró el pastel, después un bracito, después la carita llorosa y feliz de la Juani.
―Ud. es mi hija, no un paquete, que se lo pueda encargar a alguien. Yo no hice este mundo de mierda ni me sobra espalda para cargar con sus penas, pero es mi hija, y aunque esté en el infierno, si me necesita voy a estar a su lado.
Se quedó meditanto. Al rato ”Lo que sí.... -dijo- creo que vamos a tener que ajustar más los gastos.
No volvimos a ver a la madrina, ni se volvió a hablar del tema.
§
Un año después una familia se llevó a la Juani a Buenos Aires.
SD
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Carlos Adalberto Fernández
Crónica de la Violencia II
Ahí viene otra vez de la calle…y borracho como siempre. Se choca con la mesa y tira todo lo que hay arriba; siempre es igual. A mi mamá no le importa, nunca le importó. Ella se emborracha como él y, cuando mi hermanita de 4 años llora de hambre, le pega con más bronca que cuando no está tomada.
Por eso yo siempre corro a proteger a mi hermanita, es como una muñeca para mí, me da lástima; le digo a mi mamá que no se preocupe que yo me la llevo para que la deje dormir; ella siempre se enoja y grita diciendo que esa “pendejita” ya no le sirve ni para pedir plata y que pronto la va a hacer trabajar como lo hace conmigo.
Cuando me llevo a mi hermanita me voy por la villa, a otras casas a ver si alguien tiene un pedazo de pan duro –o leche si alguno llegó a cobrar ese día—para ella ¡Si vieran con que ganas come el pedazo de pan duro!. A veces me preguntan si quiero a mi hermana.. ¡qué sé yo! ; lo único que sé es que escucha todo lo que le digo y que cuando lloro me pasa la manito chiquita por la cara y me da un beso lleno de baba para que no llore.
Ella por lo menos sabe que tiene 4 años, yo no estoy segura; mi mamá una vez me dijo que tenía como unos 11 ó 12 pero que no se acordaba, porque no estaba para estupideces; Sí me acuerdo que hace tiempo –no sé cuánto- mi mamá le dijo a ese viejo asqueroso que hiciera lo que quisiera conmigo porque yo ya era una mujer y que tenía más de 10 años; recién ahí el viejo le dio los $10 pesos.
¡Ese viejo asqueroso, con olor a vino! Recuerdo que seguí el consejo de Doña Elvira, la viejita del fondo de la villa, ella me dijo –cuando yo fui llorando a su casa el día que papá me lastimó de forma rara y muy fea- que cada vez que estuviera con un tipo cerrara los ojos y pensara cosas lindas, que pensara que yo no estaba ahí, sino en otra parte, en un parque con mi hermanita.
¡NO! Otra vez viene mi papá a donde estoy yo acostada; mi mamá no llegó todavía del bar. y mi hermanita está durmiendo. No soporto más como me hace doler y menos aguanto el olor a vino que no me deja respirar; él me dice que tengo que aprender a hacer mejor las cosas porque a los hombres les gusta que una sepa, pero estoy muy cansada…hoy trabajé mucho.
De pronto mi hermanita comienza a llorar ¡qué tonta que soy! mi papá no venía hacia mi cama sino hacia la de la chiquita…y yo ya conozco esa mirada, pero ella es todavía demasiado chica y además es mía, es mi muñeca. ¡Tengo que hacer que papá venga conmigo!
Caigo en el piso entre las botellas rotas de vino; papá me pegó una trompada muy fuerte y me sale sangre de la boca y la nariz…
Dejo la puerta abierta cuando salgo corriendo de la casilla con mi hermanita en brazos, por ahí Doña Elvira puede ayudarme como me ayudó con lo de los tipos.
No miro para atrás…¿para qué? .
Cuando mi mamá vuelva del bar. lo va a encontrar a mi papá tirado en el piso y con la botella rota metida en su estómago…
Mejor me apuro…porque me va a buscar para pegarme.
Liliana Varela 2007
Por eso yo siempre corro a proteger a mi hermanita, es como una muñeca para mí, me da lástima; le digo a mi mamá que no se preocupe que yo me la llevo para que la deje dormir; ella siempre se enoja y grita diciendo que esa “pendejita” ya no le sirve ni para pedir plata y que pronto la va a hacer trabajar como lo hace conmigo.
Cuando me llevo a mi hermanita me voy por la villa, a otras casas a ver si alguien tiene un pedazo de pan duro –o leche si alguno llegó a cobrar ese día—para ella ¡Si vieran con que ganas come el pedazo de pan duro!. A veces me preguntan si quiero a mi hermana.. ¡qué sé yo! ; lo único que sé es que escucha todo lo que le digo y que cuando lloro me pasa la manito chiquita por la cara y me da un beso lleno de baba para que no llore.
Ella por lo menos sabe que tiene 4 años, yo no estoy segura; mi mamá una vez me dijo que tenía como unos 11 ó 12 pero que no se acordaba, porque no estaba para estupideces; Sí me acuerdo que hace tiempo –no sé cuánto- mi mamá le dijo a ese viejo asqueroso que hiciera lo que quisiera conmigo porque yo ya era una mujer y que tenía más de 10 años; recién ahí el viejo le dio los $10 pesos.
¡Ese viejo asqueroso, con olor a vino! Recuerdo que seguí el consejo de Doña Elvira, la viejita del fondo de la villa, ella me dijo –cuando yo fui llorando a su casa el día que papá me lastimó de forma rara y muy fea- que cada vez que estuviera con un tipo cerrara los ojos y pensara cosas lindas, que pensara que yo no estaba ahí, sino en otra parte, en un parque con mi hermanita.
¡NO! Otra vez viene mi papá a donde estoy yo acostada; mi mamá no llegó todavía del bar. y mi hermanita está durmiendo. No soporto más como me hace doler y menos aguanto el olor a vino que no me deja respirar; él me dice que tengo que aprender a hacer mejor las cosas porque a los hombres les gusta que una sepa, pero estoy muy cansada…hoy trabajé mucho.
De pronto mi hermanita comienza a llorar ¡qué tonta que soy! mi papá no venía hacia mi cama sino hacia la de la chiquita…y yo ya conozco esa mirada, pero ella es todavía demasiado chica y además es mía, es mi muñeca. ¡Tengo que hacer que papá venga conmigo!
Caigo en el piso entre las botellas rotas de vino; papá me pegó una trompada muy fuerte y me sale sangre de la boca y la nariz…
Dejo la puerta abierta cuando salgo corriendo de la casilla con mi hermanita en brazos, por ahí Doña Elvira puede ayudarme como me ayudó con lo de los tipos.
No miro para atrás…¿para qué? .
Cuando mi mamá vuelva del bar. lo va a encontrar a mi papá tirado en el piso y con la botella rota metida en su estómago…
Mejor me apuro…porque me va a buscar para pegarme.
Liliana Varela 2007
sábado, 10 de octubre de 2009
EVOCACIÓN

A veces, siempre, me pregunto si ella advertirá que suelo pasar debajo de su balcón con mi mezquino deseo de tenerla solo mía, y eso de observarla me impregna por varios minutos, me adueño de sus ojos sin que ella se de cuenta.
La convertí en la parte superior de mi alma, esa donde yo me deshago para volverme el último y el primero, invitado oculto de sus ojos ajenos, ausente ella en mi alcoba me regala de su savia.
Sucesiva insinuación es su imagen cuando la veo desde abajo, dulce flor con encaje sudado que alimenta mi aislamiento. Esas evocaciones en mi lecho terminan siendo un volcán de semen, el cual no puedo contener hasta acabar el éxtasis resuelto.
SANTOAMOR
sábado, 3 de octubre de 2009
Borrosa huella
Nunca necesitó a nadie para sobrevivir. Menos aún ahora, al final de su existencia.
Si algo le había enseñado la vida era saber defenderse de los ataques del mundo, luchar por sus ideales e imponer su ideología por sobre la enorme masa de ignorantes que pululaban a su alrededor.
Siempre supo cómo actuar: rectitud y fidelidad a la palabra empeñada. ¡Qué importaba que sus hijos no lo quisieran ni ver en su vida! ¿Acaso una hija embarazada (y luego abandonada) de un tipo cualquiera no merecía ser echada de la casa paterna, aunque fuese a parar a la calle?... ¿Acaso un hijo adolescente queriendo decidir sobre su futuro en forma errónea no requería duras medidas como la de enviarlo a vivir con sus tíos a otro país?. Qué podían saber esos mocosos; la razón era suya y estaba dispuesto a imponerla por la fuerza si fuera necesario.
¿Su mujer?...BAH! ! . Lo habían culpado de su suicidio: patrañas, puras mentiras. Los que lo odiaban esparcían esos rumores; que la pobrecita no aguantaba la soledad sin sus hijos y que él era demasiado severo con ella (indicándole cada dos segundos lo que debía hacer y lo qué hacía mal ). Si ella se había querido matar, no era culpa suya ¡él que intenta quitarse la vida es porque lo desea! . Nada habían tenido que ver sus reclamaciones diciéndole lo que estaba mal en su mente y las ideas equivocadas que tenía sobre su forma de pensar. Ella debería haberlo escuchado y entender que él sabía lo que decía y más aún: que él poseía la verdad en sus manos para ofrecérsela.
Ahora la vida…¡No Dios!...ya que para él no existía un creador mágico, un “opio de los pueblos” como dijese Marx, lo había colocado allí; Sólo, confinado por sus carceleros a esa celda solitaria, ya que según ellos él no podía adaptarse a convivir con otros; era un “ser antisocial”…JA!! ¿Antisocial? ¿ó sólo dispuesto a ser honesto aunque la realidad doliese a oídos extraños? ¡Es que esos infelices e ignorantes seres no sabían distinguir la verdad frente a sus ojos cuando la veían! ; él se sentía obligado a “revelárselas”, a enseñarles el camino correcto…¡El sabía qué hacer, cuándo, cómo y dónde!.
Pero no entendían…sus miserables existencias no alcanzaban a intuir la “evidente razón que se les mostraba”. Por ello lo odiaban, lo criticaban, lo enjuiciaban y sólo deseaban perjudicarlo y destruirlo por completo; pero él no lo iba a permitir. Toda su vida había sido un luchador e iba a cambiar ese mundo inepto por el verdadero mundo ideal aunque en eso le fuese la vida, aunque los insignificantes seres se le opusiesen, aunque esos tontos no supieran que era por el bien de ellos mismos.
Debía ponerse de pie por el mismo; no estaba dispuesto a mendigar ayuda ni caridad.
Se sentía fuerte interiormente aunque su cuerpo no acompañara esa fuerza intrínseca.
Un poco más, solo un paso más….
Ya llegaba…eran sólo unos metros…¡Si, si…Casi, casi…!
--¿te enteraste lo que pasó? –exclamó la enfermera volviéndose hacia su compañera—el viejo insoportable, ese que hubo que trasladar a una habitación sola porque nadie aguantaba su pedantería y carácter, murió anoche ; estaba recién operado y quiso levantarse para ir al baño, trastabilló con el cable de suero y cayó rompiéndose la nuca.
--¿Y no llamó por ayuda?
--No, que bah…”él no necesitaba nada”…la verdad: “mejor que murió, molestaba demasiado y nos volvía locos a todos!...Ah! ! por las pertenencias no te preocupes y tiralas, el viejo no tenía a nadie…
Liliana Varela
Si algo le había enseñado la vida era saber defenderse de los ataques del mundo, luchar por sus ideales e imponer su ideología por sobre la enorme masa de ignorantes que pululaban a su alrededor.
Siempre supo cómo actuar: rectitud y fidelidad a la palabra empeñada. ¡Qué importaba que sus hijos no lo quisieran ni ver en su vida! ¿Acaso una hija embarazada (y luego abandonada) de un tipo cualquiera no merecía ser echada de la casa paterna, aunque fuese a parar a la calle?... ¿Acaso un hijo adolescente queriendo decidir sobre su futuro en forma errónea no requería duras medidas como la de enviarlo a vivir con sus tíos a otro país?. Qué podían saber esos mocosos; la razón era suya y estaba dispuesto a imponerla por la fuerza si fuera necesario.
¿Su mujer?...BAH! ! . Lo habían culpado de su suicidio: patrañas, puras mentiras. Los que lo odiaban esparcían esos rumores; que la pobrecita no aguantaba la soledad sin sus hijos y que él era demasiado severo con ella (indicándole cada dos segundos lo que debía hacer y lo qué hacía mal ). Si ella se había querido matar, no era culpa suya ¡él que intenta quitarse la vida es porque lo desea! . Nada habían tenido que ver sus reclamaciones diciéndole lo que estaba mal en su mente y las ideas equivocadas que tenía sobre su forma de pensar. Ella debería haberlo escuchado y entender que él sabía lo que decía y más aún: que él poseía la verdad en sus manos para ofrecérsela.
Ahora la vida…¡No Dios!...ya que para él no existía un creador mágico, un “opio de los pueblos” como dijese Marx, lo había colocado allí; Sólo, confinado por sus carceleros a esa celda solitaria, ya que según ellos él no podía adaptarse a convivir con otros; era un “ser antisocial”…JA!! ¿Antisocial? ¿ó sólo dispuesto a ser honesto aunque la realidad doliese a oídos extraños? ¡Es que esos infelices e ignorantes seres no sabían distinguir la verdad frente a sus ojos cuando la veían! ; él se sentía obligado a “revelárselas”, a enseñarles el camino correcto…¡El sabía qué hacer, cuándo, cómo y dónde!.
Pero no entendían…sus miserables existencias no alcanzaban a intuir la “evidente razón que se les mostraba”. Por ello lo odiaban, lo criticaban, lo enjuiciaban y sólo deseaban perjudicarlo y destruirlo por completo; pero él no lo iba a permitir. Toda su vida había sido un luchador e iba a cambiar ese mundo inepto por el verdadero mundo ideal aunque en eso le fuese la vida, aunque los insignificantes seres se le opusiesen, aunque esos tontos no supieran que era por el bien de ellos mismos.
Debía ponerse de pie por el mismo; no estaba dispuesto a mendigar ayuda ni caridad.
Se sentía fuerte interiormente aunque su cuerpo no acompañara esa fuerza intrínseca.
Un poco más, solo un paso más….
Ya llegaba…eran sólo unos metros…¡Si, si…Casi, casi…!
--¿te enteraste lo que pasó? –exclamó la enfermera volviéndose hacia su compañera—el viejo insoportable, ese que hubo que trasladar a una habitación sola porque nadie aguantaba su pedantería y carácter, murió anoche ; estaba recién operado y quiso levantarse para ir al baño, trastabilló con el cable de suero y cayó rompiéndose la nuca.
--¿Y no llamó por ayuda?
--No, que bah…”él no necesitaba nada”…la verdad: “mejor que murió, molestaba demasiado y nos volvía locos a todos!...Ah! ! por las pertenencias no te preocupes y tiralas, el viejo no tenía a nadie…
Liliana Varela
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