lunes, 11 de enero de 2010

DOS ROMPETECHOS EN APUROS (I)

DOS ROMPETECHOS EN APUROS (I)

Había pensado pasar el fin de año en Sardegna, en compañía de mis amigos Gabriel Impaglione y Giovanna Mulas, pero las cosas casi nunca salen como uno espera o planifica y circunstancias ajenas a mi voluntad me obligaron a cancelar el desplazamiento previsto. Tal vez por eso, abandonada la opción italiana, acepté sin rechistar la oferta que me hacía la poeta gallega, residente en Valencia, Mila Pérez Villanueva, para viajar a la capital del Turia, o del exTuria, ya que dicho río ha sido desviado de su cauce y ahora ya no cruza la ciudad, y hacerle una visita. Y tengo que decir que no me arrepiento de que las cosas hayan discurrido así, porque los cuatro días pasados allí han sido tremendamente enriquecedores, como casi todo lo que me sucede últimamente. Realmente me siento un ser privilegiado y considero que todo lo vivido hasta ahora supera ya con creces lo que esperaba de la vida.
Mila es una persona espléndida. Goza de la misma retranca gallega y el mismo carácter despistado que yo, por lo que la aventura valenciana estuvo cargada de anécdotas que hasta ni el mismísimo rompetechos, héroe de los cómics españoles de mi adolescencia, se atrevería a firmar, y que espero desgranar con éxito a lo largo de la segunda parte de esta crónica.
Viajar en avión, de una forma económica, desde Galicia te obliga, a veces, a extremar la imaginación. Aquí hay cuatro aeropuertos que quedan muy a mano: Vigo, Santiago, A Coruña y Oporto. Entre las amistades me consideran un lince para encontrar las ofertas de vuelo que sacuden menos el bolsillo, por lo que el día 28 de diciembre partí de Pontevedra con destino a la capital portuguesa del vino con el fin de acompañar a otra amiga poeta que salía a primera hora de la mañana, el día 29, rumbo a Génova, y que me pidió ayuda a la hora de programar su viaje a Italia. Oporto es una ciudad maravillosa, desde el punto de vista culinario, y nunca desaprovecho la ocasión de volver a comprobarlo, así que nada más llegar, tras dejar las maletas en el hotel, nos fuimos a cenar con unos amigos asturianos que se encontraban de paso y con los que, previamente, habíamos concertado un encuentro.
Durante media hora recorrimos calle arriba, calle abajo, la Rúa Santa Catarina, con la esperanza de encontrar un restaurante del que me han contado maravillas, tanto en precio como en calidad de las especialidades que sirven, "O Solar de Santa Catarina", pero no aparecía por ninguna parte, hasta que preguntamos y nos dijeron que aún quedaba bastante lejos de donde estábamos por lo que, como el estómago apretaba y la noche, debido al madrugón obligatorio que nos esperaba al día siguiente, no daba mucho más de sí, decidimos entrar en el primer lugar gastronómico que nos deparara la suerte. ¡Craso error y más aún seguir las recomendaciones del maître! El bacalao frito que nos pusieron debieron de ir a buscarlo al museo oceanográfico más cercano, porque aquello era más antiguo que un fósil y el tufo que despedía aún me sigue persiguiendo cuando arrecian las peores pesadillas, aunque hay que decir en descargo del propietario que, como
consecuencia de la reclamación, no nos lo cobró y nos invitó a dos copas de aguardente vella, después de tratar de justificar el asunto con eso de que el pescado había estado demasiado tiempo en el agua, desalándose, pero que era de toda confianza. ¡Y tanto! Al bicho, lo debían de considerar ya de la casa, después de los dos o tres meses que debió pasar en la cocina esperando turno antes de que le dieran el revolcón en la sartén.
Por la mañana nos levantamos muy temprano, a la seis, con el fin de tomar el metro al aeropuerto. Todavía medio dormidos, arrastramos las maletas por el adoquinado hasta la estación más cercana, eso sí cuidándonos mucho de no tropezar con las montañas de excrementos depositadas en la acera por algún perro tremendamente cagón que debe habitar en las cercanías, si es que se trata de un perro, porque aquello más bien parecía obra de un cíclope de siete vientres.
Menos mal que llegamos con antelación, pues sacar un billete de metro en Oporto, requiere, como mínimo, una diplomatura cum laude en ingeniería. Sabía que el precio de los dos rondaba los cuatro euros, por lo que me había molestado en llevar en el bolsillo las monedas justas para realizar la operación con éxito. Con lo que no contaba era que la distribución por zonas del área metropolitana, para el que desconoce el intríngulis, hace muy complicado el asunto. Allí nos las vimos y deseamos, tratando de localizar en el plano la zona para la que debíamos comprar el ticket, pues en el mapa se situaba al aeropuerto en la zona 20, pero la máquina automática sólo expendía para cuatro. Mientras tanto, el reloj continuaba girando inexorable. Finalmente, en una letra tan pequeñita que hasta tuve que ponerme las gafas de cerca, vimos que era la cuatro la que nos correspondía. Felices por el descubrimiento, nos apresuramos a introducir las monedas y
pulsar la tecla de dos viajes, pero lo que salió fue solamente un cartoncillo con dos pases y no dos con un pase cada uno, advertencia que rezaba en letra grande en otra de las especificaciones del tablero informativo como imprescindible para acceder a los andenes.
Entonces se nos presentó el problema de que habíamos agotado el cambio. Intentamos utilizar un billete de cinco euros, pero la máquina que precisamente aceptaba dinero en papel sólo permitía la recarga de los cartoncillos y no la obtención de uno nuevo. Por otra parte, el tiempo se nos echaba encima y debíamos conseguir el objetivo si no queríamos arriesgarnos a que mi amiga perdiera el avión. ¿Qué hacer? La estación a aquellas horas permanecía absolutamente desierta y carecía de cabinas, como las de Madrid, para pedir un pase manual al taquillero de turno.
Angustiados por las circunstancias escuchamos unos pasos salvadores que descendían por las escaleras y que, gentilmente, nos proporcionaron el cambio que precisábamos. Se trataba de dos brasileiros, padre e hija, naturales de Bello Horizonte, y realmente así debía de ser, porque el horizonte del día se nos volvió a iluminar cuando logramos que aquella máquina infernal nos facilitase el anhelado cartoncillo.
Tras dejar a mi amiga en el aeropuerto Saa Carneiro, regresé en bus a Vigo, desde donde partía mi vuelo con destino a Valencia, vía Madrid. Me quedaba todo el día por delante, ya que el avión no salía hasta última hora de la tarde, lo que me animó a comer placenteramente una tortilla española de las que hacen época y unos calamares con arroz en un restaurante de la zona del Calvario, de dicha ciudad, al que estoy seguro de que volveré muchas más veces, pues el precio y la calidad de lo consumido así me lo aconsejan.
El viaje hasta Valencia transcurrió sin novedad, salvo una pequeña carrera que tuve que dar por la terminal 2 de Barajas para llegar a tiempo al enlace. En principio disponía de 45 minutos entre vuelo y vuelo, pero el retraso en el primero y la puntualidad del segundo redujo ese plazo a 10 minutos. Si un ojeador de las olimpíadas me hubiera visto en aquellos momentos no cabe duda de que me habría fichado para los mil quinientos metros lisos.
El verdadero problema se presentó al llegar al aeropuerto de Manises, pues por más que contemplé la rueda de recogida de equipajes, el mío no apareció y hube de realizar la reclamación pertinente en la ventanilla de Spanair. Allí estaba, nunca mejor dicho "a la luna de Valencia", como reza la expresión popular, sin unos míseros calcetines para mudarme ni un cepillo de dientes que llevarme a la boca y, lo que es peor, consumiendo en la reclamación la media hora de la que disponía para tomar el metro antes de que éste cerrase las puertas hasta la mañana siguiente.
Mila me esperaba en la terminal y cuando terminé los trámites no nos quedó más remedio que tomar un taxi que resultó ser conducido por un locutor que dirige un programa de poesía en una radio local y que a punto estuvo de llevarnos a la emisora para entrevistarnos cuando se enteró de que éramos poetas. Fue una suerte, pues estoy seguro de que de ese contacto, aunque no lo concretáramos en aquel momento, saldrá algo positivo en un futuro próximo.
La alegría del reencuentro nos motivó para ir a cenar algunas especialidades valencianas, en un restaurante cercano a su casa, unas exquisitas viandas que nos ayudó a digerir el mojito cubano con el que rematamos el lance, cuestión que me devolvió la alegría que me había restado el percance del equipaje.

Enero 2010©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España.
wwww.eltallerdelpoe ta.com

DOS ROMPETECHOS EN APUROS (II)

Valencia es una ciudad enorme pero preciosa. Cuenta la leyenda que el Cid Campeador la conquistó después de muerto, pero yo trataba de conquistarla en vida y he de confesar que Mila me ayudó muchísimo a ello. Ha sido uno de los viajes en los que más me he reído. En realidad los dos nos hemos reído a mandíbula batiente incluso de nosotros mismos, un ejercicio que pienso todo el mundo debería de hacer de vez en cuando en lugar de dramatizar la realidad hasta rondar la depresión o profundizar en el abismo del surrealismo negativo. La vida es lo que es, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío ayuda mucho a recorrerla y poder cerrar la contabilidad existencial, algún día, con un balance positivo.
Mila es una excelente persona y posee la misma mentalidad además del mismo grado de despiste que yo. Aún así logramos sobrevivir juntos durante tres días. La primera ocasión en qué pude comprobar esa circunstancia fue cuando nos encontrábamos sentados en una parada de bus para ir al centro. Yo me puse en pie para encender un cigarro y ella interpretó, tal vez porque su vista no alcanza una distancia muy larga, que lo hacía porque llegaba el autobús. Bueno. ¡Aquello fue glorioso! ¡La logré detener, sujetándola del brazo con una mano, cuando ya se disponía a subir en marcha a la cabina de un camión grúa que pasaba por delante y que ella había identificado erróneamente con el transporte público! Y que conste que esto no lo digo con segundas y no la estoy tildando de rellenita, que no lo es.
Otra circunstancia que atestigua un grado de despiste igual al mío fue cuando terminamos de comer, en el restaurante la Bodeguita, con una conocida poeta valenciana, Gloria de Frutos, presidenta de la Asociación de la Crítica. Tras el consabido chupito de licor digestivo que acompaña al café, cuando nos levantamos, ni corta ni perezosa, veo que se dirige como una bala hacia un parroquiano que se hallaban en una mesa cercana y le lanza un ¡Feliz Año! tremendamente efusivo y le planta dos sonoros besos en la cara mientras el tipo pone cara de asombro al mismo tiempo que el otro parroquiano que le acompañaba decía: ¡A mí también! ¡A mí también! ¿Qué había sucedido? Pues que Mila lo había confundido con el dueño del establecimiento, el cual se reía a carcajada limpia desde detrás de la barra al percatarse del equívoco.
Las dos siguientes ocasiones, que me igualan a ella, las protagonicé yo.
Una cuando volvíamos en el metro de comer en el chalet de otra amiga poeta, situado en la sierra valenciana, donde habíamos pasado unas horas inolvidables, recitando y contando anécdotas en torno a la chimenea. Inmerso en la conversación con ella, al llegar a la estación donde debíamos bajar, pulsé el botón e intenté abrir la puerta contraria a la que se correspondía con el andén. ¡Menos mal que no se abrió, pues estoy seguro de que los dos habríamos saltado al vacío o al socavón por el que discurría la vía del sentido contrario y por la que estaba a punto de entrar un tren! ¡No la habríamos contado!
Otra, al llegar al aeropuerto, para tomar el avión de regreso. Era preciso subir a la planta de Salidas y ella me detuvo la mano cuando, en lugar de pulsar el botón para llamar al ascensor, yo ya apretaba el de alarma contra incendios que, inexplicablemente, se ubicaba encima, muy próximo al del elevador. ¡La que pudimos organizar!
El resto del tiempo que pasé en Valencia disfruté muchísimo. La víspera de fin de año fuimos a cenar a casa de un amigo. Bueno, realmente no se trataba de una casa, sino de un antiguo convento restaurado y convertido en vivienda por el actual propietario y su mujer, que ejercían de anfitriones. ¡Un verdadero palacio mediterráneo, con finca, palmeras, piscina y todo lo que se pueda uno imaginar! No faltó el cava, el vino de crianza y el orujo gallego que sirvieron para regar las excelentes viandas con las que nos obsequiaron.
El día siguiente empleamos la mañana en comprar los ingredientes precisos para el festejo con el que despedimos el 2009 y al que habíamos invitado a una pintora y otras tres poetas valencianas. ¿El menú? Mejillones en varias salsas, aguacates rellenos de langostinos, almejas a la marinera, ensaladilla, empanadas, empanadillas rellenas de calabaza y los oportunos dulces. Es obligado decir que, en determinados momentos, las cuatro artistas que compartieron conmigo la entrada del 2010, llevaron la conversación a su cuartel y hasta me sacaron los colores o hicieron que me ruborizara con sus comentarios relativos a los apéndices pectorales femeninos, comentarios que surgieron espontáneamente y continuaron casi toda la noche al mencionar una de ellas que una conocida se había operado y se los había puesto postizos. Para rematar, me regalaron un calzoncillo rojo, que ahora, unido a uno verde que ya tenía y que se hizo famoso con motivo de las
crónicas de mi viaje a Buenos Aires, y a uno blanco que pienso estrenar, no cabe duda de que me ayudarán a desbrozar el terreno y eliminar fronteras en el área de la seducción de las féminas cuando viaje de nuevo, en el próximo mes de junio, a México.
El día de año nuevo me vinieron a buscar dos amigos de un foro, Tonet y Luís Martínez, valencianos, a los cuales no conocía personalmente. Me llevaron a tomar un café a un lugar que se llama El Palmar y a ver la albufera. Fue muy grato ponerle rostro a unas personas que hasta esa fecha solamente pertenecían a la realidad virtual de Internet y he de confesar que no resultaron tan fieros como se pintan a sí mismos, a veces, en los comentarios cibernéticos.
El regreso a Vigo, tras una larga escala en Madrid, no estuvo exento de riesgo. Debido a la tormenta el avión descendió y volvió a elevarse por cuatro veces antes de tomar tierra. A los pasajeros, más que aterrizarnos, nos aterrorizaron. Menos mal que los ejercicios de yoga respiratorio para occidentales que practico cuando veo que las cosas pueden torcerse de una manera irremediable, me ayudaron a mantener la calma y no se me ocurrió apretar el botón para abrir la puerta de emergencia y bajarme en marcha.
Ya en casa, sentí que la odisea valenciana había concluido y no me quedaba más remedio que regresar a las rutinas de editor, eso sí, con la esperanza de volver a aquella tierra, para presentar un libro, en el próximo mes de febrero.

Enero 2010©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España.
www.eltallerdelpoet a.com

viernes, 8 de enero de 2010

ME LLAMO GASPAR

Me llamo Gaspar. Mis padres me pusieron ese nombre porque nací en un Día de Reyes. Soy el mayor de siete hermanos. A los demás, mi nombre no les llama mucho la atención, pero a Laurito, que recién cumplió los cuatro años, sí. Él está convencido de que yo soy uno de los Reyes Magos y, la verdad, no es cierto, pero Laurito se enoja mucho cuando se lo digo y termina llorando. Ni siquiera sirve que le diga que no tengo camello ni ninguna de las cosas que tienen esos reyes, que apenas si tengo a Chifle, mi perro, que me acompaña cuando salgo a hacer algunas changas o mandados.

Lo cierto es que no entiendo por qué Laurito se empecina en creer que yo soy el Rey Gaspar si por aquí los Reyes Magos han pasado muy, muy poquitas veces. Yo le explico que es realmente difícil para los camellos entrar por esas calles angostitas de la villa y peor cuando ha llovido mucho, porque por donde vayas, hay barro. Pero Laurito es cabeza dura e insiste. Hace dos días ya que por la noche pone su único par de zapatillas en la entrada, y eso que faltan todavía como dos días más para el Día de Reyes.

Yo sé, porque soy más grande y entiendo muchas cosas, que los Reyes tampoco vendrán a casa este año, pero Laurito quiere creer que sí vendrán porque la otra vuelta ha visto que en la casa en la que trabaja mi mamá, a Galo, el hijo de la familia, que tiene más o menos sus años, le han traído un montón de juguetes.

Anoche Laurito puso de nuevo sus zapatillas en la puerta, aunque todavía falta un día para que lleguen los Reyes, porque él tampoco entiende mucho de calendarios. La verdad es que las puso y enseguidita se durmió feliz, muy feliz, pero yo, no sé por qué, no pude agarrar el sueño y me quedé pensando, pensando, largo rato, hasta que no sé a qué hora me quedé dormido.

Esta mañana salí con Chifle muy temprano a hacer repartos. Junto muy pocos pesos con esta tarea, pero siempre me sirve para algo. He pasado después por lo de don Braulio, el que tiene una especie de almacén, kiosko y de todo dentro de la villa porque necesitaba que lo ayude a acomodar las cosas en los estantes y siempre me da alguna propina cuando trabajo para él.

He visto que don Braulio ha traído esta vuelta algunos juguetes, poca cosa, pero tiene un camión de bomberos que es espectacular. Bah, eso pienso yo, porque a mí me hubiera gustado tenerlo, cuando era más chico, claro, porque ya no jugaría con esas cosas, pero de pronto se me ha ocurrido que a Laurito le encantaría, lástima que lo que tengo ahorrado no alcanza para pagarlo.

Don Braulio, que ya es casi viejo y por eso observa todo, se ha dado cuenta de que me quedé extasiado con el camión y me ha hecho muchas preguntas. Sé que no será fácil, pero he aceptado pagárselo en cuotas con mi trabajo durante este año.

He regresado a casa bastante tarde y bastante cansado con el camión bien escondido dentro de una bolsa. Apenas he podido esperar que Laurito se duerma bien dormido porque me vencía el sueño.

Hoy es 6 de enero y, como es feriado, me he quedado un rato más en la cama tratando de dormir alguna horita extra a pesar del barullo general. De pronto he recordado que hoy sí es el Día de Reyes y he salido de la casa a buscar a Laurito, que siempre juega afuera. Y ahí lo he encontrado abrazado a su camión de bomberos y con una alegría en los ojos que nunca antes le había visto.

Ha insistido de nuevo en aquello de que yo soy uno de los Reyes Magos porque me llamo Gaspar y he vuelto decirle que no es cierto pero que ayer, de pura casualidad, he conocido a Balthazar y le he pedido que, por favor, no se olvide de que Laurito lo está esperando desde hace más de una semana.



Con mi abrazo siempre

Long-Ohni


“En algún lugar, bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me immpedirá ser feliz” Jean Anouilh

martes, 5 de enero de 2010

Cecilio, el desobediente

«La escuela del heroísmo conminará eternamente a la escuela de la fuerza y la aplastará... Juremos que cuando llegue el momento sabremos morir como héroes, porque el heroísmo es la única salvación que tienen tanto los individuos como las naciones»: Pedro Albizu Campos, 25 de octubre de 1935.



Cuando en Pepino vieron reaparecer a Marcianita, la hija de Cecilio, fue en 1936. El murió y vino a verlo antes que se lo comieran, bajo la tierra. los gusanos. Siendo que es el padre de ella, el primero nacido en Cidral, ha de ser uno de esos vástagos de la Real Célula de Gracias, Echeandías-Mendoza y Vélez.

Cuentan que el primero que vino, por 1823, fueron los hijos de Juan Bautista e Isabel Mendoza. Cecilio Dámaso se hizo querido porque conoció el campo. De Cidral a Bahomamey. Del él se dijo que fue el hijo de Juan Bautista que no se quiso ir a Camuy. A él le gustó Pepino y alrededor del campo de los bahomameyes se inventó una fe, con una belleza como la que mencionara Doña Eulalia y su hija Dolores, fe en las avispas bravas, en las colonias sociales, donde la mujer es la reina. El se casó con Maria Marciana Rosalía Font-Feliú, gente de cepa rica y emprendedora. El, como Agustín, empezaron de abajo, arrendaron fincas y fueron labradores. Como los primeros Echeandía, eran venezolanos y bolivarianos, como los Arteaga López. Agustín se casó con una de esas Arteagas aristocráticas, pero, en los años del Alcalde José Bartolomé de Medina, al decir de Lola, la Boquirrota, «cagaban con el culo cerrado», porque eran las hijas de María Isabel López y de Ramón de Arteaga Pumar. María Luisa era nieta de una marquesa.

Cecilio Dámaso siempre defendió a las primeras cepas de Echeandía, tanto a los de Pepino como a los de Camuy. Les llamaba 'revolucionarios' . Fuesen caraqueños o de su original Güigue (Carabobo, Venezuela), se sentían herederos de la tradición del Pronunciamiento del Comandante de Riego y, cuando hallaron a su paso, por Puerto Rico, venezolanos como Manuel Rojas, los abrazaban como hermanos y hablaban sobre las luchas de Bolívar. Los hermanos Rojas eran venezolanos, caraqueños, y conocieron a la más valiente de las Abejas de Añasco, que fue Mariana Bracetti. Ella les preguntaba: «¿A qué clase de acumulos aspiran? ... porque hay un triunfo que lograr? ... y yo conozco al profeta que lo define y predice». Y uno había que lo enseñara en Puerto Rico. Era el Dr. Betances, masón de Cabo Rojo; él les hablaba de cierto Triunfo y para hablar sobre ese triunfo, Miguel Rojas se traía la muchacha, siempre peinada con dos trenzas. Cruzaba el campo desde Añasco a Lares y ella terminó casándose con él. Y aprendieron juntos a laborar en el negocio del café. A menudo, reuniéndose con los esclavos, aleccionándolos con Los Diez Mandamientos de los Hombres Libres. Los del Cristo mulato: Betances. Decía que era el Negro Briceño de Bolívar, pero, jugándoselas por Cabo Rojo y Lares.

Cecilio Dámaso no tuvo la suerte de conocer una Abeja Brava. Ni tuvo en su casa una mujer que bordara la bandera solidaria; él se codeaba con el poder colonial, aunque de joven, menos. Era estudioso, introvertido, amante de los árboles y el estarse solo; pero él les dijo, calladamente, a esos venezolanos de criterios subversivos, creo en ustedes. «Algo me dice que crea». Trataron de alentarlo, de vincularlo a la Misión del Porvenir, para que él visitara los panales y él se negaba, porque ya estaba casado y su mujer tenía miedo de esas cosas de lo subversivo. Ella no tuvo sus brazos de oro, ni sabía hilar con La Fe de la Bracetti, o los Brugman, o Betances. Era mujer de calmas, recelos y con la sola palabra secreto temblaba. Significaría problemas o cosas del Diablo. Sin embargo, porque su padre era «hombre de La Fe», Marcianita Echeandía lo quiso. No salió como su madre, muy influenciable y maltrante. Eso solía decir él de todos los Font que le dio ella, excepto de Marcianita, su hija. Le agradeció el nombre que le puso. «Marcianita, para que halagara a su madre» por alguna cosa, pero él habría querido que se llamara Mariana, pensaba en la añasqueña que lo concitaba, con Miguel Rojas, a hacerse revolucionario. «Hay una buena raíz de los Font, pero son los del Barrio Hato Arriba», le decía Bracetti.

Cecilio Dámaso le contaba a Marcianita que no todos los Báez, aliados a Font, hicieron a su familia, sombra de maltratadores. Los que son malos son esos Feliú. También sucede que los Font tienden a ser estudiosos, calculadores, acumuladores. Sueñan mucho en las cosas materiales. No saben con quiénes se juntan, cuando de negocios se trata y quieren el poder más que cualquier cosa, a veces sin escrúpulos. El examina eso al observar a sus hijos. Dice que Getulio es un puerco. Son hijos enconados, rencorosos, así como fue Cheo Font-Feliú. Y él se desesperaba con muchos de ellos. Los conoció, uno por uno, y decía: «Algo hay aquí que no mezcla, algo con genética mala». De su fe anti-colonialista parecía que ninguno de sus hijos había sorbido ni lomínimo. Todos querían lo suyo, lo que es externo, nada de su alma. En 1878, el primero que se acercó fue Pedro Antonio Echeandía Medina y, con él, Victor Martínez. Querían la finca de Bahomamey, las externas dimensiones de la hacienda. El secreto de «La Fe», no. Hasta los primos le desagradaban.

Tantos años y no poder decir a nadie en torno a este hecho. El ya supo el secreto de secretos. Se lo dijo María Luisa Arteaga López, la mujer de Agustín, y él no lo creía. Y los hermanos Rojas de Lares y la Bracetti, de Añasco, al reencomendárselo, le decían: «Ese ideal no lo abandones». Es un mandato. Antes que se abortara el Grito, su parentela que entroncara con Don José Ignacio del Pumar, Marqués de las Riberas de Boconó y Masparro, Visconde del Pumar y Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos II, se lo informaban a través de los Mendoza. «Hay un asunto pendiente: Fue el anhelo de Bolívar, del Dr. Guillermo Mendoza y de la Coronela Dolores Dionisia Santos Moreno, quien nos instó a que se lo recordaran innumerables veces y para siempre a todos los Mendoza y Echeandía, Belazquide y Azpiazu, en nombre de las mujeres trujillanas, pilares de la Sociedad Secreta Comuna Hermanos y, ¿cómo es que el mismo Manuel Rojas lo supo, cómo que él reculara después que hizo promesas de servir en lo que fuese? ¿Por qué se hizo él tan escurrizo como gallo juidor, si el mensaje se le dio el día que pisó Cidral: El Marqués murió combatiendo contra el Rey. Toda su cuantiosa riqueza la ofrendó a la nueva Patria. A Venezuela no le negó sus hijos, su fortuna y su vida. Así fue Don José Ignacio del Pumar, Marqués de las Riberas de Boconó y Masparro, Visconde del Pumar y Caballero'.. . siempre probaba sus fidelidades. Concurrió con su apoyo a la rebelión de los comuneros del Socorro, siendo teniente de justicia mayor y alférez real y, por servir a la libertad, fue encarcelado en Guanare... y, ahora ya es tarde para recordar.

Marcianita ha llegado y él está muerto. Se enteró que ha muerto y vino de chiripaso. Ninguna de sus hermanas quiso avisarle, como si tratara de que vino de paso, a cobrar su parte de la herencia en irse. Ella sí lo amaba a él, por ser persona.

Desde ese astral fantasmal, desde el que ahora mira, él sabe que ante su féretro están sus hijos. Posan ya que, al fin, serán herederos; harán sus repartos. Ahí está Getulio, capitán de la Guardia, Teresa, Sara, Antonio, Emilio Chilín el Malo... y Marcianita, por supuesto. Desde la muerte, ya con manos cruzadas sobre el pecho, observará que a ella la están atropellando. La desprecian.. . Es tan distinta y única que pudo haberse parecido a María Regina Montilla del Pumar, emparentada con José Ignacio del Pumar, el Marqués, y simpatizante de la Sociedad Secreta de la «Comuna Hermanos», rival de las hordas españolas, desde las caídas de la Primera y Segunda República.

Oye. Le preguntan: «¿Qué vienes a buscar, Marciana? ¿Por qué no te quedaste en New York, echándole vivas a Alvizu Campos, a comunistas y mujeres modernas, putas y colmillúas que piden que se extienda el voto hasta para quien no sabe leer?»

Se burlan. Y la culpa es de Marciana Font, la madre blanda... «si hubiera sido como aquella que yo conocí, después que quedé viudo, mas era blanda, pobre mujer mía, mi viudita».

Se lamió los bigotes hasta en forma de cadáver y eso que Cecilio ya estaba viejo para esos romances tardíos con La Capitalina.. . ¿Recuerdas, Getulio? Te dije: házla que venga, que sea puta no me importa, yo sólo quiero que me haga recordar lo que hubiera sido ser valiente, como libertador, subirse a un caballo de los que el Marqués José Ignacio regaló a Bolívar, uno entre mil caballos, tener un segundo aire de vida... encomendaría a todos, entonces, proteger una Doncella, la Libertad... y recordó obsesivamente cómo hasta los Font fueron concitados a luchar contra el coloniaje y la opresión del negro.... Entre lo mejor de Hato Arriba, estuvo Manuel, Miguel, Ramón y Rodrigo Font Medina, hacendados que liberaron a sus negros (a Juan, Santos, Cruz, Félix y Aureliano) y a todos, esos antiguos Font-Medina, los educaron como revolucionarios, sea por la influencia de Pancho Méndez Acevedo y sus hijos, o por Manuel Rojas y su hermano, quienes les dijeron: «El verdadero triunfo es poner todo lo que tenemos por una patria libre. Una empresa propia de hermanos». Entonces, Marcianita habría sabido, por la boca de su padre, lo que cuentan los venezolanos de la antigua provincia de Bariñas: Somos bolivaranos.

Ahora que todos los secretos de María Luisa Arteaga están en la hacienda de Agustín y la rama santanderina de los Mendoza se mudó a Pepino, YO, CECILIO DAMASO ECHEANDIA VELEZ, ex-Juez de Pepino, gran propietario, cierro los ojos, por causa de la muerte, y me declaro culpable de no levantar un dedo por la causa de la libertad. Acaricié la idea, es cierto. Pero no hice nada. Tenía no toda, pero algo de la dote del Márques, que pasó a mis manos. La usé para mi beneficio. Soy como un ladrón. Quise educar bien a mis hijos. Les golpié con un látigo para ponerles vergüenza... pero cotéjese los hijos que me dio la vida, uno hasta asesino, delincuente. .. ¡Tanta riqueza que tuve y se me fue entre las manos! Mucha tierra, tierra con esclavos... y ahora se están peleando todos por un pedazo de la haciendita y las casas que me quedan. Han de querer sembrar más cañaverales.. . No puedo evitar lo que venga ni hacer nada desde la muerte...

«Déjame compadecerte, Marcianita! Acércate y dame un beso, como el de las Hermanas de la Sociedad Secreta en Trujillo... ¿Me recuerdas, con mi carácter duro, Marcianita? y tú más dura que yo, obstinada... Eras como la Coronela, la Santos Moreno de Trujillo: verdadera amazona, una guerrera que habitaría a las orillas del Termodonte, en Capadocia, y admiraría la selva como el paraíso. De entre aquellas guerreras que se amputaban el pecho derecho para que no les estorbara en el manejo del arco, una has de ser tú. Una de aquellas que el cronista Francisco de Orellana, cuando exploró en el gran Río de América, creyó encontrar en la selvas venezolanas y del Brasil...

Sin embargo, a El Pepino, cuando llegaron desde Bariñas estos Callejo-Pumar (los de Micaela) y los Pumar-Callejo (los de Josefina), estos Arteaga-López (de Fernando), ninguna intención tenían de recordar que en Sur América, como aquí en la islita, cada mujer campesina debió ser amazona. Y él, o alguno, trajo la fortuna, como ellas, sus heredades y vidas, que debían ponerlas al servicio de la lucha y las células de Hermanos. Los rebeldes de Camuy y Lares han esperado que esas familias respondan, no sólo él... «Toda la famila Echeandía-Mendoza» .

«A la patria no dí nada, Marcianita». Cierto es: no he pedido dinero. No. Tampoco se me dijo que participe en las reyertas cuando se han dado. «¿Qué me han pedido?», me pregunto. «Te veo, Marcianita, hija mía, y entristezco al pensar que es tu vida».

... Tal vez sólo fue éso. Que instruyera en los Diez Mandamentos a los esclavos... El Marqués dio, por amor por la causa de Simón Bolívar mucho más. Dio 1000 caballos... «Y ustedes, nada, yo, nada, ninguno y muero triste, ni siquiera duré como alcalde». Los liberales de Andrés y Manuel Ménde Liciaga dicen que los Echeandía se comportan como represores. Hubo quien nos lo sacara en cara. Debió ser alguien bravo: Avelino Méndez fue uno. Uno de espuelas en Lares y, por igual, lo dijo en Pepino para que tuviera validez y doliera, antes que él, Don Genero Eleuterio López, a quien el Alcalde Chiesa Doria lo deportó a Vieques. Alguien que, desde 1842, por lo menos... que haya recibido informes de lo que el Marqués del Pumar Callejo, muerto en 1814, encomendó que se hiciera como apoyo a los Hermanos, la Causa criolla de El Triunfo y de La Fe, algo con dinero que Juan Bautista Echeandía trajo. «Es que ya, en cárcel y declarado insurrecto contra España, no habría tiempo para otra cosa que darlo todo a la Patria».

Desde 1784, mucho antes morir testó: «que el día que muera, o se me capture, a los míos comprometo, a que se vendan mis haciendas y se liberen mis esclavos, y son poco más de 400 esclavos, las 58 leguas cuadradas de tierras en hatos, no se las pueden llevar al Caribe, como una pieza en brazos; pero la cosecha anual de 4.000 novillos, véndanlas. Dejen los 2 palacios míos como recuerdo; hay 65.000 pesos en efectivo, varias haciendas, embarcaciones, prendas y muchos bienes; todos los caballos que sean para Bolívar y quien luche en sus ejércitos, los que decidan acogerse a la Ley de Gracias, vayan al Caribe, allá tengo amigos, algunos son socialistas utópicos».

Del libro: EL PUEBLO EN SOMBRAS

+++++

La Dra. Marcianita Echeandía Font, que inspira este cuento histórico fue una feminista, investigadora científica, colaboradora en la invención de la vacuna para la polimielitis y la síntesis de vitaminas, anticolonialista, socialista, defensora de la Independencia para Puerto Rico, catedrática por 14 años en la Universidad de Columbia, perseguida y fichada por el Gobierno de Estados Unidos, madre soltera, y murió viejecita de una caída en la escalinatas de la Universidad de Puerto Rico, donde estudiaba leyes a la edad mayor de 70 y pico de años. Fue desheredada y robada de la herencia que le dejara la familia, éstos de los que hablo en el cuento. Por la persecución y miseria que vivía en su vejez, dormía sobre periódicos viejos en un edificio, comía de la caridad pública, aunque trataba siempre de pagar, porque siendo farmacéutica daba sus consejos. Esta batalladora, negada de empleo en su Puerto Rico natal por ser fichada y hostigada políticamente. una mujer que de joven fue bellísima, alegre, tocaba piano, buena bailadora, es para mí una inspiradora de erotismo, feminismo y plena devoción a la libertad, hasta en la miseria de su muerte y vejez.

domingo, 3 de enero de 2010

El brit milah con Pachi

Una mañana que volé, de España a Nueva York, en días en que estilaba las barbas, recordé que un primo me había escrito. Me dio su dirección y dijo que su padre había muerto. Habían pasado 15 o más años, sin verlos; o más bien, nunca quise saber de él por recordar que me escupía de niño. Mamá le dijo a su padre, cuando él estuvo presente, durante su última visita, sobre mí lo siguiente: «Este pequeño tiene madera de rabino».

Y lo mismo habían dicho de su hermano, Kiro, el menor de los varones en la cepa suya. Mas Casimiro terminó de recluta en el Ejército. Dejó de meditar en la Torah y de utilizar su Estrella de David, al cuello, y se casó y tuvo hijos, cuando regresó de aquella aventura de martirio que fue irse, casi de veinte años de edad, a combatir los Nazis.

Uno de sus hijos fue Pachi y creció como él en el Este del Bajo Manhattan, «allá donde está la mata de los judeznos», vecino del Spanish Harlem, donde, actualmente, imperan los puertorros, cubanos y, recientemente, asentamientos de dominicanos.

De España, yo regresaba inspirado, pletórico de gozos y espiritualidades. Tenía ese sueño de conocer las Calles de la Fuerza, juderías de Gerona y, aunque sea en literatura, o paseos por las ciudades, la Edad de Oro de los sefardíes, porque me entretenía, pasión de poeta, desde que inicié mis lecturas de la Guía de Perplejos o comentarios a la Teshuvot de Maimónides, leer a viejos rabinos de Córdoba, discípulos de rabinos como ellos, y si no he de ser médico, o estudiar en España, por lo menos, algún día y el día llegó, me satisfacería ir a estudiar, curiosear, las cosas sagradas sefardíes. En fin, si de veras he de ser maestro de poesía, al menos, estaré cerca de las viejas arcas, siempre que pueda... si es que la política me gustara más, por ideología bolivariana, por afinidad con Cuba y Venezuela, tierra de mis ancestros, en el curso de los pasados tiempos, iré por un poco de lo hebreo, y escribiré algo que recuerde a Abraham Meza, ayudante judío de Simón Bolívar.

Estas habían sido mis vacaciones de estudio. La primera. Y regresé, sensitivo e inspirado, como si mis barbas me dijeran: «Circuncida primero ese corazón. Sácate esa espina. Perdona a quien te escupe». Tenía aún clavado el recuerdo de Pachi. Entonces, me fuí al Bajo Manhattan y entré a una barbería para que afeitaran mis barbas con esmero. Imaginé que, bien acicaladas, no causarán escarnio a Pachi, pues, voy a verlo. A decirle que aún vivo, aunque mi madre, su tía ya ha muerto.

En lo que allí hice un turno o esperaba, leyendo revistas de los nuevos estilos de peinados o recortes, llegó un artista con su propio catálogo. Sí. Llegó el artista del tatuaje y quien cortaba el pelo, era un boricua de Harlem, que bien que lo conocía.

«Salúdame, cabrón. Que el saludo es de cachete».

Se tenían obviamente confianza. Y se dieron unos besotes tronados de mejilla, porque, de cachete significaba, en rigor, que el saludo no se cobra. Es gratis y expedito. Es sincero y generoso.

Para que yo no me aburriera, al visitante lo hizo partícipe de lo que estuvimos dialogando. El me contó cariñosamente de su Tierra y su Nostalgia, se alegró sobre todo lo que dije: «¡Que yo quise ser rabino!» Que acabo de regresar de Gerona, España, y que, en Madrid, asistí a una Conferencia Internacional que reunió a los mizrahim (hebreístas de Oriente). Que yo soy maestro en un colegio y tengo ancestros «sefardíes» y que algunos terminaron yéndose a Puerto Rico. También le dije que aún estudio sobre estas cosas en las historias concretas de la Isla y el Caribe. Que ahora traje libros de poetas de los Calls de Zaragoza, Barcelona, Tarragona, y anduve gozándome el turismo de mis primeras vacaciones en años. «¡Que ya las merecía!», le dije.

Entonces, el artista se arrimó confianzudamente. «Yo también investigo en las Cosas Sagradas». Abrió el catálogo que trajo consigo. Me lo puso encima de mis güevos hasta que pudiera yo esparcir el volumen sobre mis muslos. «Lo que pasa es que yo pinto encima de la carne. Y soy distinto al barbero que recorta el pelo. Al pelo yo lo odio, lo corto por entero, despeluzno para buscar lo pelado; yo tatúo en las calvicies; dibujo sobre espacios rasurados; pero pinto cosas sagradas; yo santifico la carne... y, ¿qué dijo usted a mi amigo? ¿Que es rabino?»

«No dije eso. Dije que estudio mucho sobre el hebraísmo».

«¿Sabe usted que mi padre también fue uno de ellos? Pero, durante la Guerra, le dieron en la chucha madre. Los nazis le quitaron lo agüileño, le torcieron los cojones y no se pudo hacer el bris, su rompedura del pene... ¿Sabe ya sobre qué hablo?»

«La ceremonia del Brit milah, supongo».

Abrió el libro, como un jovenzuelo trasnochado, ávido de mostrar pornografías o revistas «calientes» de ésas que en Manhattan el exilio cubano ha hecho populares en las barberías. El Artista, ahora reparo, no dijo ni su nombre. Dijo más bien el del negocio. Bazar o Tattoo's shop. Algo de eso con mystical signs on the flesh.

Parece que le va mal con la tatuajería, siendo que va de barbería en barbería, cazando a puertorriqueñ os, «ya que mis dibujos se ven mejor sobre piel pálida y suave; no en quienes son de tez oscura, prietos» como los cubanos, creyentes de la santería y haitianos, o dominicanos». Sus dibujos y pinturas trataban sobre arañas / o insectos / colgados a las altas esquinas de sus telares, serpientes sobre tallos o bejucales fálicos, diablos con caras de moheles, cirujanos sentados encima de escrotos que se derriten.

«El bris es uno de mis temas favoritos», concluyó, ávido de venderme la hechura de un tatuaje, grabármelo en la espalda o en el cuello, «y si quiere en las nalgas, se lo hago. Lo pinto lindo porque usted es blanquito».

«No, no. Si no se me hizo el bris en el octavo día del nacimiento, cuando no podía evitarlo, menos ahora que estoy viejo».

«Ja ja jah, yo ni toco los güevos. Ni tengo navaja en mis dedos. Díle eso mejor a ese barbero maricón, a quien vas a poner tus barbas en sus manos, y delante de tí, me pide que le dé unos besitos de cachete. ¡Mira qué parejero! que no respeta a un artista como yo, ni estando frente a extraños... yo no pelo la bichuela a nadie, te dejo las telitas que arropan la ñema tranquilas, te dejo el pellejito intacto».

Dudó que yo creyera en su calidad como artista del tatuaje. Insistió en que hojeara el catálogo. Me preguntó el signo zodiacal para crear algo exactamente alusivo a lo que soy astralmente. Me dio credenciales de su entrenamiento. «No soy cualquier pendejo; yo estudié con americanos, con gente de Polinesia y de Oriente; yo pasé por colegios de Bellas Artes, yo sé acerca de símbolos de la Creación, o los Sacramentos del Aeón. Lo que significa el Santo Grial. La Bestia. El León-Serpiente. El Sátiro... ¿usted qué signo es? ¡Vamos, man! Está hablando con un Artista, con un Shamán sagrado y, si eso le da confianza, yo como usted tengo sangre judía, o gitana, o qué sé yo qué carajo... ¿A qué exactamente tiene miedo? ¿A que en mi bazar no tenga yo... utensilios limpios, agujas esterilizadas contra el SIDA? ¡No, no! Tengo todas las licencias de salud del Estado, y prestigio... Mire este catálogo. Sepa. Tengo patentes con diseños que son muy costosos y, por ser a usted... se los doy hasta fiados, en plazos, jah ja ja».

«Es que él es judío. No cree en eso», le dijo al fin el barbero.

«Haberlo dicho antes. Yo le pinto un tema sobre el Shabatt. Si no se hizo el Brit Milah y se quedó con las ganas, si no le han cantado el Baruch HaBa, 'bienvenido sea el recién nacido', ¿sabe sobre qué le hablo, verdad? ... yo me voy a sentar en la Silla de Elijah, frente a su espalda y lo voy a honrar, como un Sandek, en el Kvatterin... haciéndole un dibujo que hará que mi bazar atraiga a toda su familia, sus amigos, sus vecinos... porque hasta haremos una fiesta, una celebración como los Seudat Mitzvah de los judíos después que les circuncisan a sus nenes...»

«No, no. Gracias de todos modos. La verdad es que no tengo dinero para gastar en eso».

«Tenía que ser judío. Tacaño hasta para darse un gustito».

«No, de veras. Gracias».

«¿Y cambian las cosas si se lo hago, no por dinero? Una foto de su espalda con el trabajo hecho. Es lo que quiero después de pintar algo especial que me recuerde a mi padre: a él... los nazis le quemaron la espalda con los bombardeos».

Me estremecí al oírlo. El era Pachi, el primo que buscaría en la mañana. O con quien iría quizás aquella misma tarde. Estaba frente a él... Pero callé con dolor muy grande. No me atreví preguntarlo. Y corté por lo sano cuando el barbero me llamó a la silla para arreglar mi barba y mi cabello.

«No. Será un sacrilegio. Usted quiere la carne de la gente como si fuera un canvas, no como el artista que la honra y bendice al contacto con la tela y los colores. Usted escupe sobre las cosas sagradas; lucra con ellas. Quiere de los cuerpos, una vitrina, museo andante. Usted no circuncida. Escarnece con sus agujas o sus pinzas, o sus pinceles... No me hable más; yo sé quien es un artista del tatuaje, como usted, y me da mucha pena. Mucha».

Pachi quedó en sepulcral silencio y supe que lo calé en lo profundo. Nunca lo habían avergonzado tanto ni herido en su orgullo hasta que yo abrí mi boca, diciéndolo.

«No», porque nadie me escupe y queda impune por siempre.


Carlos Lopez Dzur

03-12-1988

viernes, 1 de enero de 2010

Al servicio del tango

Y sí, era hora de ponerse a laburar. Con el Mateo, que se acaba de jubilar, yo que el reuma en las manos se me dificulta dar el servicio de comidas a domicilio, y la nena mayor, la Doris, que abandonó los estudios, o hacemos un congreso de opas, o armamos la pyme de la que siempre hablábamos.

El viejo se sabe todo el repertorio tanguero, la Doris que ya anda por el cuarto novio conseguido gastando las pistas de baile, con tangos en vivo, en 78, Cd o lo que sea. El tanguero es melodramático de sangre, vos recitale un tango y te lame los pies. Mañana comenzamos, ayudamos al arte nacional y ganamos plata.


-Gracias por llamar a “TangoReality Service”. Para solicitar una representació n telefónica, digite 1. Para servicio de bulín, sin mina, digite 2, con mina digite 3. Para reservar mesa de bar, si debajo de la mesa digite 4, encima de la mesa digite 5. O espere y una operadora lo atenderá. Le recordamos que en nuestro local central , el Almacén-Bar-Bulin permanece abierto las 24 horas, con o sin representació n por acompañante a su elección.

.-[ ]. Rrrrrrr.

-Por favor, ingrese la cinco primeras letras del título del tango seguido de la tecla numeral,

.-[ ]. Rrrrrrr.

-Si Ud. ha elegido “Lo que quedó” digite 1. Si ha elegido “Lo que vos te merecés” digite 2. Si...

-[ ] Rrrrrr

-Por favor, ingrese su apodo artístico.





-Che, Doris. Un cliente en el 2. , tema lo que vos te merecés, apodo Enrique.

-Ufa ¿No hay otra?. Me estoy depilando las piernas. Tengo la cera a punto.

-Dale. Estás en bolas, en tu casa, Donde vas a tener mejor trabajo. Dale, atendé.

-Bueno, total, me sigo depilando.





-Trin Trin.¿Hablo con Enrique?

-Si. Soy yo

-¿Enriquito, mi querido!¡Soy yo, tu Rosalía, que vuelve, si todavía tenés mi osito en tu cama!

-Nunca te olvidé, Rosy!¡Por qué te fuiste!.¡Buaaaaaaaaa aa!

-Bueno, che, no llorés que así no podemos seguir.




-Es que, Ro, hace todo un año que te fuiste, ya no creía que podías volver.

-Pero aquí estoy, mi amor. Vuelvo vencida a la casita de mis viejos...

-¿Lo qúé?¡Más vieja será tu abuela!

-Carajo, se me mezcló la letra. ¡Uy! Puta, me quemé

-¿Cómo?

-Tontito, no ves que tengo puesto el vestidito que vos me reglaste.

-Puta de mierda, yo no te regalé ningún vestidito. Sos una descarada.

´-Pero Enriquto...así dice la letra...

-A que venis, para que te lo planche. Siempre fuiste puta

-Ma andáa cagar, pelandrún que te sigan metiendo los cuernos. Quedate sentado.

[Click]


-No puede ser., Ma. Está enfermo hasta las cejas, este. La mina todavía debe estar rajando. Este es un trabajo insalubre.

-Dale. Acordate cuando trabajabas de operaria en la textil. Pero no importa. A este gil lo paso al plan B. Ya le doy la grabación a tu padre, algo le vamos a sacar. Esto es lo bueno de formar una empresa familiar. Ahora, vos podrías tomar éste pedido... acá está. Quiere interpretació n de “A la luz del candil” en nuestro local. Se va a llamar Bebé. Viene a las 20. Yo preparo el living.

No te olvidés de anotar la consumición.

-Bueno. Mandame la letra. Parece un tema romántico


§


-Che, viejo. Ya son las 11 y la nena todavía con el cliente. Yo le cobré adelantado una hora y falta la consumición. El teléfono no responde.. A ver si es un baboso.

-Tenés razón. Ya bajo. Note preocupés, no voy a hacer ruido.. .




Está todo oscuro.

-¡Nena!¿Estás ahi?Voy a prender la luz.

-¡No. pa!¡No prendas!

-¡Qué te pasó!¡Qué te hizo!

-¡Me peló! No bien entró me preguntó ¿Qué preferis?¿A la luz de un candil o Noche de reyes?A mi Noche de Reyes, por el título. me gustaba, pero no lo conocía. Había estudiado A la luz de un candil, se lo dije.

-Bueno, no importa, me dijo,. Preparate.

-¿Y?

-¡Me peló a cuchillo, viejo! Despúés metió todo mi pelo en una maleta y se fué diciendo ya tengo las trenzas de mi china.

-Qué peligro, pobre

-Me salvé, viejo. El otro tango decía Sin compasión los maté.


§


-Ya lo agarraron, al loco. Me dijeron que le encontraron un colchón lleno. Pero pocas denuncias.

-Y... La peluca salió un ojo de la cara.

-No hay caso, Los microemprendimiento s culturales no tienen respaldo. Al tango nadie lo apoya. Así no se puede progresar. ¡Si me dan ganas de volver a la textil!.




© Carlos Adalberto Fernández

El niño que conversa con las aves

Todo comenzó porque es un niño enfermo. Sus huesos no son sólidos y pesados. Es un pésimo mamífero. En la médula de sus huesos, hay más aire que nada. Le dijeron el «Corino», «pies de mierda», porque siempre se traba en sus propias pies y cae al suelo. Como es un niño pobre, nadie lo lleva al médico. Lo curan con oraciones los que son piadosos; lo levantan del piso quienes más que entender, tienen misericordia, aunque pocos centavos en el arrabal.

Pero este niño arrabalero tiene a las aves como amigo. Le gustaría volar, no morirse. Y es dulce, soñador, imaginativo. Dicen que como las aves tiene el esqueleto ligero y los huesos delgados. Los niñajos burlones le dicen «la quilla» o «pechuga» porque es una caja toráxica con esternón, desarrollado y todo músculos en el pecho. «¿Para qué tanta pechuga, nene, si tienes patas de alambre?» ¿Para qué mandarlo a la escuela si siempre está en el suelo? Se cae en los caminos rumbo al aula, se resbala, se le mancha el uniforme desteñido. A deshoras, siempre está mirando pajaritos preñados, diablos azulinos, ángeles cristalinos en el aire... y ahora le ha dado con chiflar como las aves. Será que con ellas se entiende, porque no tienen dientes. La Quilla se partió los suyos, se rajó la boca, un día que se fue de bruces. Fue la única vez que, por la sangre derramada, lo pusieron de pie los ex-compañeritos escolares.

Ahora, sin dientes, cada vez menos bípedo, se sienta sobre un saliente de tejado como una cigüena que espera dar un crío al fondo de su alma. Le dijo a su mamá que un ángel nacerá, por amor de su corazón que es grande, aunque sus patas sean cortas y débiles. «No tenemos dinero para llevar a un ortopeda. Manténte quieto, sentado. No llores y no digas disparates. Bastante es estar vivo».

A veces quisiera ser como una golondrina, cuyas patas pasan inadvertidas, casi nadie se las ve porque la envergadura de sus alas y cola se las tapa. Ha visto que las águilas tienen las patas muy fuertes, aunque cortas. «¡Pero qué corazón tienen para volar así, tan veloces!» Cuando observa las aves, el chico de gran pechuga y patitas de flaco alambre parece que no está solo. Cuando se sube al alero, como si fuera una cigüeña en el saliente, él escapa de la incomprensión y la soledad; pero no está solo. A su privacía se acercan muchas golondrinas que vuelan a golpe de alas y él aprende, o alguien le explica. Tiene que ser así porque él apenas ha aprendido a leer y sale con unas cosas que a su mamá, la viuda, la sorprenden.

«El alabastro parece que navega en el aire. ¿Sabes por qué? Vuela a vela en corrientes de aire. Es el aire quien lo empuja, no necesita aleteadas ni remos».

«¿Aves remeras? Las aves simplemente vuelan», dice la madre ignorante al majadero.

Quisiera ser un colibrí, si es que de nacer de aves se trata. «Ese es un relámpago con plumas». Puede posarse, con su inquieto vuelo de 200 oscilaciones hasta en cuarenta flores por minuto. «¿De dónde sacas eso, Pechuguita?» No le dijo que es por causa de verlo. No se guardó el secreto. Un ángel que tiene alas lo visita. «Me conversa y yo aprendo con él a silvar como un pájaro». Dijo que ya sabe por qué le dicen La Quilla o Pechuga. El va a tener el corazón tan poderoso que pesará más que todas sus extremidades, más pesado que cualquier parte del cuerpo, aún más que la cabeza; pero nunca tendrá pico. «Me crecerán unas alas», concluyó. Su corazón tendrá más de 500 pulsaciones por minuto. Más veloz será que una paloma y los pulmones también serán más grandes. Suministrarán el oxígeno en abundancia. «Tal vez así podré nadar en la laguna y subir a las ramas altas de aquel árbol de roble; o subiré al mangó, o podré traerte los frutos del palo de aguacate. Cuando maduran tan alto los alcanzan con varas, o se espera que caigan por su peso; ya no sería necesario, mamita».

Ella ha comenzado a mirarlo con una tristeza extraña. Según dice, el niño tal vez lo que requiere es siquiatra. Se está creyendo que los ángeles existen y que, con milagros, cambiará el mundo su infortunio. Y la verdad es que, en el arrabal, siempre es la misma miseria. No hay dinero para curarse males ni comer suficiente. Y este niño está divinizando las aves como a los «animalitos que mejor adaptados son al movimiento». Nada existen más habilosamente móvil, sea en Tierra o Cielo.. ¿y quién lo dice? Un torpe corino, patas chuecas, pati-guango, cuasi rengo.

«No quiero que digas esas cosas y vaya a pensar las gentes que estás loco. Mejor cállate, pechuga, para que no te burlen», le aconseja. Es que el niño preguntó al ángel: «¿Cómo tú siendo hombre tienes alas y vuelas?» y le dijo, porque el ángel: «Porque soy como tú. Mis huesos están casi vacíos, sin médula, y mi corazón es muy grande y no tengo dientes para la ofensa y me gusta el secreto que esconden los flores y liban las avecillas con sus picos».

«Yo quisiera tener alas, yo quisiero tener pico y saber el secreto. Concédemelo, angelito, porque ya dice mi madre que estoy loco y me burlarán otros niños. Eso me tiene triste».

El ángel dijo con alegría: «Concedido». En la mañana, Pechuguita murió. Se fue volando y se hizo un baquiné de despedida. Vieron volando un angelito. Era La Quilla. El ataúd tan humilde estaba vacío. Entonces, por no comprender lo que había sucedido, lo cubrieron de flores. Los derredores de la casucha se llenó de colibríes y alguno vino y libó del ataúd el alma del niño.

07-12-2000 / Microcuentos

Carlos Lopez Dzur

lunes, 21 de diciembre de 2009

EL GATITO QUE QUERÍA SER PÁJARO

Cati parecía una gatita normal. Como las otras gatitas pequeñas sólo pensaba en jugar, saltar y tumbarse encima de su amiguita Lucy. Doradita y regordeta, tenía unos ojazos redondos y vivarachos, y las puntitas de sus orejas eran como dos terremotitos que nunca acababan de quedarse quietos.

Pero si os fijáis bien, Cati no es una gatita normal, no. Cuando era pequeñita, su amiguita Lucy la llevaba al parque para enseñársela a sus amigos; ella se quedaba muy quietecita en su falda mirando a todas partes hasta que, por fin, localizaba a aquellos pajaritos que, como fuentecillas traviesas, no dejaban de cantar y piar alegrando las tardes de aquel precioso mes de mayo.

Después, cuando se hacía de noche, toda la atención de Cati se volcaba hacia la lámpara junto a la cual se sentaba su amiguita Lucy. A su alrededor veía otros animalitos que no cesaban de volar en pequeños y simpáticos saltitos, eran las mariposas.

Me gustaría tanto volar como ellas, se decía sin dejar de observar sus ágiles maniobras. Y luego, una sensación de tristeza se apoderaba de la pobre Cati, pues su mamá, al ver su admiración por aquellos volanderos amiguitos, le repetía una y otra vez:

-¿Ves que son bonitos? Pues mucho más bonitos estarán entre tus zarpas cuando seas mayor y las puedas cazar de un salto: a pesar de lo pequeñitas que son, están sabrosísimas.

Cati, que era muy curiosa, como todos los pequeños, pasaba muchos ratos en el patio aprendiendo de su mamá. Ésta se dedicaba, dando ágiles saltos y volteretas, a la caza de las pequeñas mariposas que osaban volar bajito. Incluso algún que otro pajarillo había estado a punto de caer en sus garras.

Aquella noche, mientras dormitaba en la falda de Lucy, observó que una mariposa, más descarada que la demás, se aproximaba tanto, tanto, a su manita que, instintivamente dio un saltito para alcanzarla, pero...

La pobre de Cati, todavía se está arrepintiendo de su locura. Con torpeza de principiante, al caer de su atrevido salto, se resbaló e, instintivamente, trató de agarrase a la manita de Lucy con tan mala suerte que, de la punta de sus deditos, salieron unas cosas pequeñitas y muy agudas que se clavaron en la mano de su amiga.

Cuando Cati observó que de un dedito de Lucy salían una gotitas de sangre, se puso a lamerle la heridita para curársela. Lucy, que comenzaba a llorar, se contuvo al ver el cariño con que Cati le curaba su herida y la acarició suavemente.

-Pobre Cati. Ha sido sin querer, ¿verdad?

A partir de ese momento la gatita se prometió no volver a sacar nunca jamás esas cositas que le salieron de los dedos, las uñas, le dijo su mamá.

-Hija, nosotros, los gatos, tenemos necesidad de usarlas para poder cazar los ratones y otros animales que pueden hacer daño a nuestros amos...

-Entonces, los pajaritos no los tenemos que cazar –dijo, esperanzada, Cati.

-Pero es que están tan sabrosos... –le respondió mamá gata.

Cati no se quedó muy convencida, con lo buenas que están las sopitas de leche que le prepara su amiguita Lucy... Vaya, que seguro que las sopitas de leche están muchísimo más sabrosas que los pajaritos y que las mariposas, se dijo en un susurro.

Y además, los pájaros son muy simpáticos, y vuelan tan bien...

Cati se pasaba las horas mirando al cielo, y se extasiaba de tal manera viendo volar a aquellos animalitos tan ágiles que llegó un momento en que su gran deseo fue ser un pajarito más.

-Mamá, yo quiero ser pájaro –dijo Cati a mamá gata un día que la vio contenta y con ganas de concederle sus caprichos de gatita traviesa.

Y yo un tigre, hija –respondió mamá gata-. Tú está loca. Gata has nacido y gata serás.

Pero Cati seguía pensando en su gran sueño. Ya se veía volando por encima de los tejados saludando a mamá y a su amiga Lucy desde allá arriba.

No acertaba a saber cómo se vería el parque desde allí. Se imaginaba que aquella sería la visión más bonita de cuantas se puedan tener. Y lo más divertido: cuando viniese corriendo un perro, esperaría hasta tenerlo muy cerquita, muy cerquita, y entonces... ¡ale! ¡A volar!

-Je, je –se sonreía mientras imaginaba al perro en el suelo y con tres palmos de narices...

Tendré que pensar en aprender a volar, se dijo. Cati estaba convencida de que eso tenía que ser muy sencillo. Ya ves, se decía, si lo hacen los pájaros, con lo pequeños que son...

Cuando se quedó solita en su capacho, muy despacio, como hacía mamá gata cuando se aproximaba algún perro, fue acercándose a la silla de Lucy, que era la más bajita de todas, e intentó subirse a ella, pero no podía alcanzar el asiento a pesar de los muchos saltos que dio.

-Es que como todavía no sé volar... –se conformó a sí misma.

Comenzó a buscar hasta que encontró una caja de cartón en la que su amiguita guardaba los secretos que sólo ellas dos sabían: uno ovillo de color, un capuchón de un bolígrafo de color morado, dos cartoncitos con dibujos de gatos...

La empujó con el hocico y comprobó que podía arrastrarla hasta la silla. Así que pensado y hecho. Acercó la caja hasta la sillita de Lucy, y de un par de saltitos, pum, a lo alto de la silla.

Cati, se acercó algo temerosa al borde, asomó su cabeza, miró hacia abajo y allá, en el fondo, vio el suelo. Le pareció que estaba más alta que nunca. Las manitas le temblaban de la emoción: era su primer vuelo...

Sin pensárselo más Cati se lanzó al vacío... y se dio un coscorrón con la pata de la silla. Pero la verdad es que no le dolió mucho. Al fin y al cabo, fue mi primer vuelo, se consoló.

Después de lamerse una patita, decidió que, por ser el primer día, había superado todas sus dificultades.

-Mañana seguiremos, Cati, se dijo.

Al día siguiente, muy tempranito, Cati ya estaba saltando y festejando cada mirada, viniese de donde viniese. Estaba tan alegre y festiva que la mamá de Lucy, mirando a mamá gata le dijo, no sin cierto orgullo maternal:

-Hoy tenemos a Cati que parece unas castañuelas. Se nota que ya va siendo una gatita independiente. ..

Y tan independiente. .. Si ellas supiesen de su aventura nocturna...

Pero cuando más felices se las prometía nuestra amiguita, comenzaron los problemas.

-Lucy, antes de irte a jugar con tus amigas, sube a la azotea y le pones comida a los canarios, que tu hermano tiene hoy muchas cosas que hacer y no puede –dijo mamá.

-¿Me puedo subir a Cati, mamá?

-Bueno, pero ten cuidado que no se vaya a meter en la canariera...

Lucy cogió a su amiguita, la puso en el suelo y saltando los escalones de dos en dos subió a la azotea seguida de Cati que, toda ilusionada, pretendía, igualmente, "volar" escaleras arriba.

-¿Vamos Cati! Hoy vas a conocer de cerca los pájaros más bonitos que hay.

Cati saltaba de alegría tras su amita y, dos escalones arriba, uno abajo, siguió a Lucy sin dolerse de los coscorrones que, en su alocada carrera, iba dándose en cada escalón.

Nada más abrir la puerta de la azotea Cati se topó de frente con la pajarera más bonita que os podáis imaginar: amplia, limpísima y de unos colores tan alegres...

Lo primero que hizo Cati fue buscar la puerta para entrar a saludar a sus amiguitos quienes, al percibir su alocada presencia, comenzaron a demostrar una intranquilidad tan bulliciosa que Cati creyó que era de alegría...

-La casita de los pájaros no tiene puertas –dijo en un grito de sorpresa y desilusión.

-Oye –preguntó la gatita al canario más valiente que, por veterano y sabio, ni se molestó en alejarse de la gatita- ¿Por dónde se entra en vuestra casita?

El canario miró a Cati entre sorprendido y asustado. ¿Habráse visto gato más desvergonzado? Se preguntó el canario. ¿Pues no quiere que sea yo quien le explique cómo se entra aquí?

-No querrás que te abra yo. O mejor, salgo y me meto en tu linda boquita directamente ¿verdad, gracioso gatito?

Cati no acababa de comprender ese tono desvergonzado del viejo canario.

-Entonces... ¿vosotros no salís a pasear?

-Que te has creído tú eso -dijo el canario-. Mira chavala, aun sabiendo que tú y los tuyos estáis al acecho, si supiésemos que hay una forma de escapar de aquí, ¿te crees que íbamos a estar encerrados nada más que para cantarle a nuestros amos? ¡Vamos hombre!

-Entonces... ¿no podéis salir?

-Ni salir, ni entrar –contestó el canario.

Cati quedó muda por un momento. Observó a su ama y vio cómo ésta movía un pequeño pestillito y, tras agitar las manos enérgicamente para asustar a los pájaros, introdujo unas vasijitas con comida para cerrar de nuevo la canariera.

Muy seria, bajó Cati de su primera expedición al terreno de los pájaros.

En cuanto se encontró con su mamá se acercó muy cariñosa y comenzó a rozarse con ella, metió su cabecita bajo el cuello de mamá y, muy melosa, le dijo:

-Mamá, ya no quiero ser pájaro.

Mamá gata se volvió hacia Cati muy seria. Pensó que algo raro debía de pasarle a esta chiquilla...

-¿Vaya, ya entraste en razón?

-Sí, mamá, es que he visto que todos los pajaritos de nuestra ama están presos en la azotea. Y me dan tanta lástima...

-Y a mí me dan tanta hambre... –estuvo a punto de responder mamá.

Pero se contuvo al ver la carita tan seria de Cati.

-Sí, Cati, no siempre pueden ser las cosas como nos gustaría que fuesen. Todo tiene su lado bueno y su lado malo –sentenció mamá gata.

-Si, mamá, pero como me dan tanta pena... Vaya, que yo prometo no comer nunca jamás ni pájaros ni mariposas, son tan lindos cuando vuelan libres.

Mamá gata calló y dejó a Cati con sus pensamientos. La gatita se dedicó a vigilar las subidas y bajadas de todos los miembros de la familia hasta que un día...

Cati, muy silenciosa, se coló entre los pies de su amita y aprovechó un segundo para esconderse detrás de la chimenea. Cuando se quedó sola, con un gran esfuerzo, logró gatear hasta el pestillito que mantenía presos a sus amigos los canarios. Con su boquita comenzó a empujar hasta que éste cedió y con un leve chasquido, la puerta quedó entreabierta. ..

Cati, sabiendo que su presencia despertaba tanta desconfianza entre aquellos nuevos amigos, se descolgó y, separándose de la entrada, la dejó libre...

-Sed felices, amiguitos –dijo. Y se fue a su capacho.


Manuel Cubero

domingo, 13 de diciembre de 2009

Amigos

Se despertó temprano y entreabrió los ojos; pensó en seguir durmiendo pero recordó qué día era y con resignación decidió levantarse.

Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.

Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.

Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.



Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.

Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.



Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.

Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.

Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.

-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.

Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.





Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.





Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.

Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.









-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-

Le daba lo mismo: ese día era feliz.




Liliana Varela
De "Cuentos para no dormir"2009

domingo, 6 de diciembre de 2009

Se arrodilló frente a la luz divina que la visión de su Dios irradiaba.

Era uno de los pocos elegidos por el creador para comunicar las sagradas leyes al pueblo; era uno de los pocos que podía comunicarse con la "divina esencia" y por ello se sentía honrado y agradecido.

--dime señor, mi Dios que deseas de mi--dijo inclinándose- -

--Amedí—musitó la voz celestial en forma de trueno—Comunica al pueblo que los dioses desean que los becerros nonatos sean sacrificados en el acto.

--mi señor, perdona mi osadía pero has de saber que si todas las crías son sacrificadas nuestro alimento disminuirá y podremos morir de hambre.

--¿DESAFIAS A TU DIOS MISERO MORTAL?--bramó la voz--

Amedí se tiró en el acto de cara al suelo totalmente atemorizado.

--NO MI SEÑOR... perdona, comunicaré tu orden al instante.

--HAZLO Y VETE YA

Amedí corrió asustado hacia su aldea y comunicó la nueva a los pobladores; algunos obedecieron al instante pero otros se resistieron ofuscados.

--no podemos permitir que los dioses nos maten de hambre, si matamos esos becerros ¡nosotros moriremos de hambre!

Vociferaron algunos.

Más atemorizado aún por la negativa de un sector del pueblo, Amedí comunicó a los dioses lo que sucedía en la aldea.

A las pocas horas una nube oscura se cernía sobre el poblado.

--¿Quiénes SON LOS INDIGNOS ANTE LOS OJOS DE LOS DIOSES? --bramó con furia la voz que provenía de la nube y que cubría por completo las casas de los campesinos-

Inmediatamente varios pobladores señalaron a los culpables, ante el temor de la cólera de los dioses.

Un grupo de seis o siete personas fue llevado por el pueblo hacia el centro de la escena.

En el acto múltiples rayos salieron de la nube prendiendo fuego por completo a los rebeldes, quienes se consumieron al instante quedando sólo manchas oscuras en el pasto como mera prueba de su otrora existencia.

Todo el pueblo quedó en silencio.

--HACED LO QUE SE OS HA PEDIDO EN EL ACTO--ordenó la voz.

Los aldeanos quemaron en una gran pira todos los nonatos de los becerros. Luego de una hora aproximadamente los cadáveres animales estaban por completo incinerados; todo ello ante la observancia de la gran nube celestial que no se había movido de allí.

--HABEIS HECHO LO CORRECTO--exclamó la voz--AQUI TENEIS LA RECOMPENSA A VUESTRA OBEDIENCIA.

Y diciendo esto apareció en el suelo de la aldea--en medio de una gran luz que fue apagándose--una gran cantidad de bolsas con cereales, frutos y vid.

El pueblo se arrebató sobre ellas loando a los magnánimos dioses que los habían premiado con esos manjares.



--CONTINUAD CON VUESTRAS ORACIONES Y RESPETAD LAS REGLAS IMPUESTAS POR LOS DIOSES.

Fue lo último que se escuchó de la nube antes de desaparecer rápidamente, tan velozmente como había llegado.

Muchas reglas morales y sociales fueron comunicadas al pueblo por Amedí quién veía cómo crecía su importancia y jerarquía entre los suyos.

Las tácticas de guerra enseñadas por los dioses los ayudaban a ganar batallas contra los enemigos y consecuentemente a imponer su religión en los mismos.

Día a día el pueblo crecía en importancia y poder; pero desgraciadamente junto al aumento demográfico crecía la proliferación de enfermedades y la escasez de alimentos, además del infaltable "quiebre" de toda sociedad organizada: los cuestionadores de la fe--quizás los más peligrosos de todos los factores--

--Hemos sabido que existen agitadores de la fe entre los tuyos Amedí ¿qué dices a ello?--dijeron los dioses al enviado--

--así es omnipotente; hay algunos que descuidan, a pesar de mis advertencias, el respetar vuestra autoridad y toda regla social y moral impuesta por vosotros; tienen relaciones sexuales muy jóvenes y luego descendencia sin bendición de vuestra parte.

--¿y cómo te declaras tú Amedí ante estos hechos?

--culpable señor--se arrodilló entre sollozos—os he fallado y merezco vuestro castigo.

El silencio se apropió del escenario. Nuevamente la voz habló.

--No llores Amedí, la culpa no es totalmente tuya; los vicios y pecados de los demás, que han podido elegir su accionar mediante su libre albedrío, no te serán entíldados. Pero sí deberás comunicar a los tuyos las decisiones, que nosotros los dioses, hemos tomado. Como también deberás transmitir la advertencia sobre el castigo que se cierne sobre pecadores y corruptos.

--oigo y obedezco señor mío.



Amedí transmitió al pueblo los mandamientos de los dioses y cumplió con todos los actos impuestos por los mismos: reclutó a todos los pecadores de la carne que se hubiesen arrepentido y presentó sus nombres ante la divinidad; eligió a diez vírgenes virtuosas de corazón y rebosantes de bondad, y las llevó a la morada de los dioses--que le fue indicada con anterioridad- -acusó ante los creadores a todos los pobladores rebeldes a la fe; y finalmente anunció la venida de un pronto Mesías o salvador del mundo y purificador de los pecados mortales.

Los milagros no se hicieron esperar: los arrepentidos fueron sanados por completo de las huellas "lujuriosas" de la carne; los no arrepentidos murieron en total agonía a causa del mismo pecado carnal; los contrarios a la fe divina fueron incinerados en cuestión de segundos por acción del fuego de los dioses; las vírgenes elegidas fueron "bendecidas" con el fruto de una "semilla" concebida sin pecado y destinada a guiar al pueblo en el justo saber y bondad.











El gran pueblo se hallaba bajo el poder de los dioses y se sentía amparado, protegido y a la vez temeroso de su Dios.

En medio de una gran fiesta consagrada a los dioses agradeciendo los dones conferidos al pueblo, el Dios habló—nuevamente en forma de nube resplandeciente bajo una estrellada noche—

--El elegido Amedí será izado junto a los dioses y ocupará el lugar que merece en la mesa del señor: esta será la señal que anunciará a vosotros la llegada del pronto Mesías y sellará definitivamente el pacto de vuestro pueblo con los Dioses.

Habiendo dicho esto, Amedí fue izado por los aires hacia la nube en medio de una refulgente luz celestial, hasta perderse dentro de ella, en medio de un éxtasis colectivo.

Desde aquel momento histórico el pueblo forjó y aunó aún más el lazo entre los dioses y ellos.





-- ¿Bajas registradas? --preguntó un hombre desde la pantalla de un monitor --

--Suman muy pocas, Señor. Serán cincuenta o sesenta aproximadamente, contando entre los rebeldes al sistema y los conspiradores.

--más datos.

--se ha erradicado la brucelosis del ganado matando todas las crías infectadas, los animales adultos han sido vacunados; los dispuestos a aceptar el sistema han sido inoculados con vacunas y sueros combinados acelerando el proceso de recuperación, en tanto que los rebeldes han sido tratados exponencialmente con el efecto negativo de las enfermedades venéreas muriendo casi en forma instantánea; con respecto a las jóvenes vírgenes han sido inseminadas con gametas, en las cuales se han mejorado y alterado los genes para lograr aptitudes idóneas de mando y progreso tecnológico; el pueblo ha quedado obediente y respetuoso de las normas morales y sociales impuestas.

--¿qué ha pasado con el mortal ascendido?

--su memoria ha sido borrada por completo y será reinsertado en otro lugar del planeta con una base de recuerdos fabricados artificialmente.

--entonces la misión se ha cumplido; ya pueden dirigirse a la colonia 234.

Fin de la transmisión.





Mientras el pueblo de Amedí proseguía su vida según las reglas de moral y ética impuesta por sus dioses, una nave, que simulaba ser una estrella fugaz se perdía en el cielo, vaya a saber orientada hacia qué nuevo destino.



Liliana Varela 2006