jueves, 12 de enero de 2012

EL EFECTO MARIPOSA - LA SELECCIÓN GENÉTICA



(II) LA
 SELECCIÓN GENÉTICA
Como algún lector podrá adivinar, la selección genética consiguió lo que no habían conseguido las armas. Cada hombre tenía su camino trazado desde el vientre de sumadre. Los seres humanos fueron convertidos en animales dóciles, pacíficos ytrabajadores infatigables. Con la sola excepción de empresarios, financieros ygobernantes, claro. Para algo era la banca quien gestionaba, en colaboración con el grancapital y el estado, la creación de los distintos individuos que la sociedad requeriría encada momento. Predestinado desde el vientre de su madre, ningún ser humano conocíael paro. Cada ciudadano tenía marcados genéticamente tanto su vocación profesional como las correspondientes capacidades intelectuales. Y, lo que es más importante, sumente estaba diseñada para sentirse feliz cumpliendo las obligaciones laborales para las que estaba diseñado. Teniendo en cuenta que su principal cualidad debía ser laproductividad en el trabajo, se suprimieron todos los vicios que pudiesen influirnegativamente sobre ésta. Así fue como el tabaco, las bebidas alcohólicas, la libertad, lasquinielas e, incluso, el placer derivado de la procreación desaparecieron de la faz de latierra. Conceptos como los de ambición, lujuria, gula y pereza pasaron a ser totalmentedesconocidos y borrados del diccionario.
Llegados es este punto cayeron, también, el ejército, la policía y, en consecuencia,las armas. Eliminada del cerebro humano cualquier tipo de rebeldía ante la predestinacióna que había sido sometido, era innecesaria la existencia de las fuerzas represoras. Asípues, la paz y la indiferencia quedaron hermanadas. La rutina, el aburrimiento y ladocilidad se habían impuesto de tal manera en el mundo que la mismísima clase médicase veía abocada al hastío profesional. Salvo rarísimas enfermedades todo, salud yenfermedad estaba controlado.
Andaba Feliciana por el quinto mes de gestación. El futuro albañil era ya un fetorobusto. Como buen albañil, desde el seno materno sus hormonas esbozaban un conatode excitación cuando detectaban en las cercanías la presencia de alguna mujer de buenver. Todo rodaba según las previsiones del doctor Pérez y su equipo hasta que surgió unminúsculo imponderable de incalculables proporciones. Feliciana había ido a una granjacercana para adquirir huevos de producción ecológica. El campo era pura explosiónprimaveral. Se mostraba llena de luz, color, insectos, y perfumes naturales que invadíanlos alrededores de la finca.
Una florecilla, diminuta y multicolor, ofrecía sus esencias con toda la potencia que dala naturaleza a los seres libres. La joven, al verla, se agachó, y la tomó entre sus manos.Un insecto, que libaba los exquisitos jugos de la flor, abandonó su refugio airado ante lainvasión de su intimidad, luego revoloteó alocadamente hasta quedar prisionero bajo lafalda de la muchacha.
Al día siguiente, una leve roncha junto al ombligo y un resquemor apenas perceptibleanunciaron que el malhadado insecto había dejado su huella a escasos centímetros de lacriatura. Temerosa de que aquello fuese algo más que una simple picadura, y de que loscontroles médicos determinasen la necesidad de provocar un aborto, Feliciana guardóabsoluto silencio a pesar de la estricta legislación vigente sobre estas cuestiones. Sabíamuy bien que hasta la picadura de un mosquito, un dolor de muelas, o incluso un simplearañazo debían ser controlados por los responsables sanitarios.
Pasaron varios días hasta que desapareció todo indicio de la picadura. Nada hacíasospechar que aquel incidente hubiese interferido lo más mínimo en la evolución del feto.Así, cuatro meses más tarde vino al mundo Robustiano. Joven, fuerte, y con el coeficienteintelectual justo para desarrollar su futura labor de obrero de la construcción.

Manuel Cubero Urbano

viernes, 6 de enero de 2012

La hidra y el pecesito verde




Había una vez un pecesito verde que hacía las delicias en sus juegos con los niños hasta que un día se entrometió una hidra que se posó en él para destruirlo
Esto  enojó mucho a Hércules al enterarse de esta afrenta y le dió poderes al pecesito verde para que congele a la hidra, sin miramientos cumplió con el encargo del héroe.
Desde entonces las cabezas de esta serpiente no se reproducen mas,  el pecesito verde se liberó y enseñó a los niños nuevos juegos, pero sobre todo el de tiro al arco.

Julia del Prado (Perú).
9 dic. del 2011.

miércoles, 4 de enero de 2012

El idiota y el relojero




¿Cómo se te puede acercar un relojero?, nunca pretendí que pasara, pero hoy en la mañana al salir de entre un concepto, uno estaba sentado esperando en la imagen compartida, escrupulosamente observaba su reloj, el señor tenía el tamaño de un niño, no alcanzaba el piso con los pies, la ropa parecía le estorbaba entre el saco de pana y su pantalón de poliéster café lleno de parches, estos últimos perecían encajados en la piel, y fue que con el rostro lleno de rugosidades me pregunto la hora, sin esperar la respuesta reviro con sus anteojos al reloj de arena que traía en las manos.

Construí una pausa con el aire, dibuje con el aliento un despertar bostezado, y con lo que sobraba de la situación le dije: -no cargo con un reloj-, y serio, fue que me miro sin ademanes, y con una ominosa altivez respondió: -como es posible, sí los relojes son para las decisiones del tiempo, ¿tu que haces para decidir?-, y mire hacia arriba, una parvada de sueños picoteaba una nube convexa reflejando la vida para todos lados, y le comente: -el tiempo no lo ocupo para decisiones, la obsesión se me queda en el pensar escribiendo y ahí no existen relojes.-, y fue que de un brinco empezó a caminar encorvado, se recargo en mi cintura y vi que sus rizos de color rojizo le llegaban al cuello, miraba al piso esperando alguna explicación, me vio a través de su reloj de arena, y dijo: - ¿entonces crees que le tiempo es una obsesión para los demás?-.

Me quite el sombrero para que el viento refrescara la siguiente idea, y seguí: -el tiempo encerrado en un reloj puede quitarte en un solo segundo toda una historia completa, veo es una obsesión que no me compete, ya que no podría escribir con lo que me sobrará de cada segundo-.

El relojero con otro salto dejo de lado a la duda, tomó arena que le sobraba en las bolsas del saco, abrió la boca, degusto la arena de la mano, y se continuo: -¿escribir? no hay peor mal que no utilizar el reloj para avanzar, es como no saber que la decisión que tomes en el presente, ha de venir de tu pasado inmediato, para que así te puedas construir en el futuro. Como verás la arena y las palabras no lo pueden percibir, nosotros sí, aprovéchalo que es un regalo divino-.

Me quite el orgullo que me salpico y le dije: -sí el reloj en el tiempo es para construir regalos divinos de consciencia ¿dónde queda lo demás?, esto que no ves, pero percibes en el final, esto que hueles y se esparce a lo que eres, esto que sientes y que no juzgas, esto que se muda en palabra y que nadie detiene, ahí el reloj parece que no puede pedirse permiso, ya que podría resultar ser un vehículo irreverente para ir tropezando en el infinito-.

Me puse en un contexto que me regaló el momento, ya me había colocado en la seriedad, empecé a escribir en el pensar y le dije: - veo entonces que sí existiera un reloj para los principios y finales, usted no necesitaría del tiempo-. Entonces no dijo nada el relojero.

Le pedí su reloj de arena, él algo perturbado me lo dio, sin pensar lo tiré al piso y esté se rompió, el relojero se tomo de los cabellos y grito. – ¡Sí serás idiota, ese reloj me lo regalo el destino!-. El relojero se dio la vuelta corriendo con encono, y sin importarme empecé a juntar la arena en el piso. En la arena dibuje un caracol que al final se juntaba con el principio.

Vocifere para que me escuchara el relojero: - Sí el reloj te lo regalo el destino es para que el caracol en la arena te diera un principio y un final, he aquí el don que nos da el instante, el tiempo es para estar nada más, si lo encierras, esté te puede atrapar-.

El relojero se alejo en el imaginario, el viento sin palabras se llevo al caracol, y yo me quede enclavado en este final del principio, pero veo que me continuo escribiendo… siempre me pasa, es por no usar reloj.

Andrés V. Elizondo

viernes, 21 de octubre de 2011

TRITÓN, EL DUENDECILLO DEL BOSQUE ENCANTADO. CUENTO


El geniecillo estaba dormido
bajo la seta roja
del bosque encantado,
lleva día y noche
en ese estado;

todos los habitantes
están alarmados,
a su alrededor
cuchichean asombrados:

¿Que le pasaría?
¿ Que le está pasando ?
cuando todo en él
era luz y encanto,
siempre con su flauta
tocando, cantando, bailando...
alegrando la vida
del Bosque Encantado.

Rabit,
el conejito blanco,
pregunta al señor del Bosque,
al sabio y viejo Baobab:

Señor,

¿ se nos está muriendo?
¿ tú sabes algo?.

Desde mi altura he observado que,
el geniecillo se adentraba
en el país del hombre,
desde entonces está dormido y callado;

dile al Hada Mariposa
que vuele frente a su rostro
para abanicarle,
sacarle de ese sopor
y que cuente la historia
de su desaparición.

El Hada Mariposa
muy tranquila
acede a la petición,
con sus alas,de arco iris,
abanica al pobre geniecillo
apodado Tritón,
por su destreza nadando
por el fondo del Lago Azul;

abre los ojos, se despereza,
de un salto se sienta en la hierba,
¿hay asamblea?
tenéis la cara tan blanca
como Luna en noche estrellada.

Locos de contentos
los habitantes.....
les rueda por sus mejillas
lágrimas de alegría.....
todos preguntan a coro:

¿Donde estuviste?
¿ Que te pasó?
¿Por qué duermes tanto?

Tritón se siente importante
ante tanta atención
y muy parsimonioso
a todos manda callar....

con suave voz,
les narra la historia
que en el mundo del hombre vivió:

He pasado al otro lado
lo he visto todo,
gracias a mi estatura
me escabullí entre gente,
animales y cosas
que no sé describir;

no me gustó nada,
el ruido me ensordecía,
cuando toqué mi flauta
nadie se enteró,
andaban a pasos largos, aprisa
sin tan siquiera saludar;

el calor era espantoso,
me asfixiaba,
en mi garganta
se había metido una nube
de malos mosquitos
que no pude expulsar,
me picaban y picaban,
no me dejaban en paz;

no había hierba,
el suelo era duro y desigual,
los monstruos
me querían aplastar,
se engullían a los hombres
sin más.....

En un momento de emoción
me agarré al pantalón
de un hombrón
y el monstruo hambriento
nos engulló a los dos;

después de gran movimiento
en su interior
abrió su abdomen,
salimos los dos,
yo agarrado al pantalón,
seguí agarrado para mas
seguridad.....
el hombrón se adentro
en una cueva alta,
como el señor Baobab,
llena de agujeros,
tapados unos
con tela de araña
dura y transparente....
los otros restantes,
también tapados con algo duro,
impenetrable con la vista,
como cuerpo de Baobab.

En unas fuentes, muy raras,
por unos canales salía agua
cuando el hombre quería,
allí se bañaba;

se acostaba en una cosa rara,
no era hierba, no era musgo,
no eran flores, olía mal.

En la cueva del hombre
había pequeños monstruos:

Unos hablanban, cantaban
hacían ruidos extraños;
otros hablaban con el hombre
cuando se lo ponía en la oreja;

había un monstruo
que se comía la ropa sucia
y luego la expulsaba limpia.

El mundo del hombre es muy raro,
pasé miedo, pasé hambre....
y en cuanto el hombrón se dispuso
a salir.....
me agarré nuevamente a su pantalón
para huir de tan maligno lugar
y volver a mi bosque de amor.

Una vez me vi fuera de tan horrenda cueva,
agudicé el ingenio
para encontrar el camino de vuelta,
no me fue fácil,
ya que los obstáculos a sortear
eran superiores a mí,
estaba agotado, no podía más....
miré a mi alrededor
una pequeña cueva vi,
pero no como la del hombrón,
parecida a las nuestras,
hacia ella me encaminé,
ya me disponía a entrar
cuando una voz me detuvo...

¡Eh, tú!,¿ qué vas hacer ?
esta es mi casa,
(¿Así que se llamaba casa?

El que así me increpaba
era un ser diminuto,
casi como yo,
no veía muy bien
y tenía cuatro patas y pelo,
parecido a Rabí,

anda, pasa, me dijo;

me adentré en aquella cueva-casa,
una vez dentro no se estaba mal,
me dormí sobre lecho de hierba seca,
cuando descansé,
el señor de la morada
me invitó a comer con él,
mientras comíamos se me presentó:

Me llamo Topo Cegón 1º
soy dueño de esta casa
y todos los corredores
que en ella hay.
Tú ¿ de donde vienes?
nunca había visto un hombre tan pequeño.

Me llaman Tritón
y vivo en el Bosque Encantado,
el que está al otro lado
del mundo del hombre,
¿sabes? estoy triste
y apesadumbrado
por haber marchado sin decir palabra
a todos mis amigos y me encuentro
despistado,
no se a cuanto tiempo
me encuentro de mi bosque....
yo sé algo de eso, no te preocupes,
me contesta, yo te ayudaré;
después de varias caminatas
por las galerías de la casa
de mi amigo.....
he llegado tan cansado
que dormido me he quedado.

Os pido perdón, mis amigos
por mi marcha sin avisaros,
agradeciéndoos tanto cariño
que me habéis demostrado,
apesadumbrado estoy, avergonzado,
perdonad no soy un descastado,
solamente un presuntuoso aventurero
que creyó comerse al mundo
sin vuestro abrazo.

Nuestro bosque es lo que cuenta,
naturaleza viva, incomparable
a ese mundo del hombre
ruidoso, contaminante....
cuidemos nuestro bosque,
que naturaleza impere
en vivencia palpitante,
por nuestra supervivencia
y la de ese hombre, errante....

Los animalitos, plantas, árboles...
hasta el lago, aplaudieron el mensaje....
de TRITÓN.






Leonor Rodríguez Rguez.

¡DON NICOLÁS QUE NOS LA DAS!

Aquella mañana la tertulia del casino de mi pueblo estuvo más animada de lo normal. Don Nicolás, a quien ya supongo que conocen ustedes de otras historias de Villabermeja traídas por aquí, había bajado del cortijo a arreglar algunos asuntillos pendientes en el ayuntamiento.
Como es normal por estos pagos, la mesa que suelen ocupar los señores agricultores está situada en lugar privilegiado: junto a la ventana situada frente a la entrada del mercado.
-Buenos paisajes –solía afirmar Don Nicolás.
La frase iba acompañada de una sonrisilla libidinosa provocada por la zagala de turno que, cesta al brazo, pasaba en ese preciso momento camino de la compra diaria. Era entonces cuando, por una vez al día, don Nicolás sentía hervir por sus venas una sangre desvaída que, en el resto de la jornada sólo encontraba en la horchata su más cercano elemento de comparación.
Esta mesa, como puedes adivinar, amigo lector, es testigo privilegiado de todos los aconteceres locales y nacionales. Aquella mañana pasaron por ella varios de los temas humanos y divinos de más rabiosa actualidad. Ésta, contemplada desde aquellas mentes privilegiadas por la diosa Fortuna, que no por la sabiduría, era vapuleada con toda la fuerza de que son capaces unas cabezas expuestas miles de horas al sol.
Y como una cosa es predicar y otra dar trigo. Al hablar de temas económicos la sangre se le subía a la cabeza a don Nicolás en menos que canta un gallo. Así que nuestro amigo, cuando llegó la dolorosa –le tocaba pagar la ronda-, allá que soltó su perorata. Que para eso llevaba rumiándola más de dos semanas. Desde su última trompa en el casino, para ser exactos.
-Si yo, viejo agricultor andaluz, les dijera que el señor Pascual, el catalán ese canoso y de ojitos tipo puñalada trapera, me cae bien…
-¿El rojo ese? –preguntó don José Antonio, más próximo a los principios fundamentales del movimiento y a aquello de que somos una unidad de destino en lo universal que a cualquiera de las veleidades autonómicas que nos regaló la democracia.
-Bien que lo bautizó su padre con ese nombre, don José Antonio –interrumpió irónico el señor Concejal de Hacienda, que por mor de su cargo, y a pesar de ser de izquierdas, era admitido en la tertulia con profundo pesar de más de uno.
-Pues sí señores. Me cae bien y, además, me da en la nariz que es de los pocos políticos sensatos que hay. Lo que pasa es que la gente siempre anda buscando tres pies al gato. Y así, claro está, nos va como nos va.
En aquel momento no se produjo una revolución nacional-sindicalista sobre la marcha porque, al fin y al cabo, quien más, quien menos, tenía sus trampillas con don Nicolás y no era cuestión de despertar sus instintos recaudatorios. Así que amigos y deudos prefirieron morderse la lengua en aras de seguir ocultando más de una conducta poco ejemplar. Que más de una vez los malos humos de don Nicolás se habían destapado sacando a relucir, a plena luz del día, las deudas de sus contertulios. Y como algunas procedían de cercanas noches de picos pardos en la capital, no era cuestión de que brillasen en todo su esplendor ante oídos que más parecían lenguas viperinas propias de la prensa del corazón, ustedes me entienden. Que las parientas son las parientas y una canita al aire no tiene por qué volar más de lo debido…
-¿Y dice usted que le cae bien un tipo que, además de rojo, es nacionalista? –insistió incrédulo don José Antonio.
-Verán ustedes, resulta que hay gente que lo único que quiere es sacarnos los cuartos, gente que vive del cuento sin dar un palo al agua y luego viene protestando porque quiere más, y más, y más... vaya, que no se hartan ni en un verde, como decimos por el pueblo.
-Hombre, visto así… -concedió don Domingo, famoso en la villa por tener el puño más apretado que los dientes de un tigre sobre una tierna gacelilla.
-Pues bien mirado, lo mismo dice el señor Pascual –continuó don Nicolás-. ¿Que ellos son más ricos que los demás? Pues para eso han conseguido que miles de andaluces y extremeños se largaran para allá cuando aquí, nosotros, con visión de futuro, invertimos nuestros capitales en empresas radicadas en Cataluña. ¿O no?
-Dinero llama a dinero, don Nicolás –concedió, aunque a regañadientes, don José Antonio.
-Ahí le duele al gobierno –se envalentonó nuestro cacique-. Miren ustedes, yo vivo de mi cortijo y de unas faneguillas de tierra de nada. Y entre lo que saco de los olivitos, el monte bajo y el secano me costeo el lujo de decir que no necesito nada de nada. Entonces… ¿a cuento de qué tengo que pagar impuestos?
Como de criticar al gobierno se trataba -deporte nacional por excelencia que todos dominamos y practicamos-, la unanimidad amenazaba con hacer de aquella la más aburrida de las tertulias.
-Bien dicho, don Nicolás. Que ya está bien de tanto paro y de tanta educación para esa gente –olvidó don José Antonio las veleidades pro-catalanistas de su amigo mientras señalaba al líder local del Sindicato de Obreros del Campo, que tuvo la desgracia de pasar por allí en ese momento.
-Que luego –ratificó don Domingo-, aprenden a leer y escribir y lo primero que se les ocurre es hablar de aumento salarial, de convenios y de toda esa parafernalia que nos ha traído la democracia.
-Pues lo mismo pensará don Pascual, pienso yo –continuó don Nicolás su marcha triunfal-. Que cada perro se lama su herida. Y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga, que ya lo dice el refrán.
-Menos impuestos y más trabajar –ratificó don José Antonio-. Que ya lo he dicho miles de veces: con tanta democracia se fusila poco en este país.
En ese preciso instante, el reloj de las casas consistoriales sonó anunciando las dos de la tarde. Aquellas campanadas resonaron en las cavidades del cerebro de don Nicolás despertando alguna de las neuronas que deambulaban por aquellos vírgenes prados. Miró su reloj y, momentos después, le llegó limpia, sonora y elocuente una voz familiar:
-Don Nicolás, antes de cerrar las dependencias municipales, a ver si tiene usted tiempo de llegarse un momento por la Secretaría del Ayuntamiento –invitó el señor Concejal de Hacienda con su mejor voluntad.
-A pagar más impuestos ¿no?
-Pues no señor. Se trata de que hay que completar unos datos para la solicitud de algunas subvenciones que tiene pendientes de cobrar. Que con las ayudas de la Comunidad Europea por sus tierras de olivar, más las que recibe por colocar paneles solares en el señorío, más lo último que le han dado en el Ministerio de Agricultura por los olivos que secaron las heladas de este invierno… algún documento se debió traspapelar –explicó no sin cierto sonsonete cargado de ironía…
-¿Quién habló, que la casa honró? –la frase vino de una mesa cercana. Un viejo médico de cabecera, conocido por su republicanismo histórico, sonreía ladinamente mirando al techo mientras concluyó-: que ya lo dice el pueblo: la avaricia es como el fuego, cuando más leña se pone, más arde.
Dicen que don Nicolás estuvo más de dos meses sin pisar el casino local.



Manuel Cubero