jueves, 20 de septiembre de 2007

Los ojos del alma

Liliana Varela

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Estaba totalmente atónita ante la noticia; su único hijo, la carne de su carne iba a morir de cáncer. Y quizás el peor de todos: un tumor cerebral, el cuál no podía ser extirpado, ni aniquilado o detenido por los modernos

medicamentos.

Sólo restaba esperar un milagro o... el desenlace fatal.

Rinno podía esperar cualquier suceso durante el período de su enfermedad ; podía quedar ciego, si el tumor se extendía hacia el centro óptico; podía quedar demente, podía... ¡oh Dios ! podían sucederle tantas cosas antes, pensaba su madre Lodoisa.

Rinno tenía casi cincuenta años, era divorciado y no había tenido hijos con su ex esposa, vivía desde su divorcio --hacía más de diez años ya-- con su mamá Lodoisa . La relación entre ambos era excelente, como lo había sido siempre ya que Lodoisa fue para Rinno madre y padre a la vez, pues su padre había muerto antes de que él naciera.

Aquella noche Rinno llegó más tarde de lo acostumbrado de su trabajo; era comerciante en la ciudad pesquera de Mar del Plata y no había querido dejar de trabajar en el mercado ¿ para qué ? ¿qué bien haría la inactividad a su enfermedad ? Sólo tener más tiempo para pensar : y eso era lo que menos deseaba.

--Ven mamá siéntate, necesito hablar contigo.

Lodoisa palideció ante la sola idea de un suceso aún peor de los que ya se esperaban.

Rinno pareció notar la palidez del rostro de su madre.

--cálmate mamá, no tiene que ver con mi enfermedad --inclinó su cabeza-- o mejor dicho sí; pero no es nada malo, siéntate.

Cuando estuvo sentada frente a él, Rinno le tomó las manos entre las suyas.

--Mamá. Hoy decidí vender el negocio.

--¿qué? --se alarmó la madre--

--escucha. Pensé en las probabilidades de sobrevivir a mi enfermedad y he decidido que son muy pocas...

Su madre intentó hablar, pero Rinno la callo.

--déjame hablar mamá por favor. Venderé el negocio mañana a alguien que está muy interesado. Guardaré el 70 % en una cuenta en el banco a tu nombre, para que puedas vivir cómodamente el resto de tu vida; y ... quiero hacer un viaje.

--¿ un viaje ? ¿ pero... adónde ?

--quiero ir a Liguria, al pueblo donde está enterrado mi padre, quiero conocer la tierra en la que vivió y a sus parientes...

--Rinno...

--si ya sé --la interrumpió-- los parientes de papá nunca te aceptaron en la familia, sé que te echaron embarazada cuando papá murió en ese accidente con el barco pesquero, sé que te culparon por dejar que papá trabaje como un simple peón de ese barco teniendo todo el dinero que tenía y habiendo renunciado a él justamente por el amor de una huérfana y por el hijo que ella esperaba...

La madre asintió con la cabeza en silencio. Rinno prosiguió hablando.

--pero no me importa madre: voy a morir pronto y lo único que deseo es conocer el bello pueblo de Liguria donde fui concebido; donde está enterrado mi padre, y quiero conocer su tumba y poder llorar en ella si lo deseo...

--hijo...

--los parientes no me importan ¿ entiendes madre ? Yo no voy a reclamar nada. Es mi voluntad de moribundo. Tengo claro además que a ti no te queda nadie allí .Ya he reservado los pasajes para la semana que viene. Iremos en avión, aunque sé que no te gusta mucho la idea de volar. --le besó la frente-- entiende mamá; aquí en esta tierra que a pesar de todo nos cobijo, no tengo nada, ni esposa, ni hijos, sólo muerte... allí quizás pueda hallar mis raíces aunque no logre disfrutarlas. .. ¿ entiendes ?

La madre inclinó su cabeza. Rinno besó sus cabellos canos.

--bien mamá tengo mucho sueño, así que me voy a la cama.

Lodoisa quedó sola en el comedor. Sintió cerrar la puerta de la habitación de su hijo y llevó las manos a su rostro angustiada.

¡ Dios mio ! ¿ qué haría ahora ? ¿cómo había de pensar ella que su hijo un día quisiese conocer sus raíces y para mal de males estando enfermo y pronto a la muerte? ¿Cómo le diría qué su padre muerto nunca había existido? ¿cómo explicarle que toda su infancia había sido un invento de una madre desesperada por dar una identidad ilusoria a aquel hijo que amaba tanto? ¿cómo decirle que su verdadero padre había sido un simple trabajador del puerto de Mar del Plata con el que había tenido un corto romance recién llegada de Italia y, que para colmo la había abandonado embarazada luego de golpearla en sus muchos ratos de ebriedad ? ¿cómo explicarle que en Liguria tenía parientes que la recordarían como la " ramera " que huyó a América detrás de un sueño de triunfo y grandeza ?

¿ cómo causarle ese gran dolor encima del que ya tenía de por sí ?



Lodoisa vivió esa semana que le quedaba con hondo pesar; sentía el dilema ó no de decirle la verdad a su hijo. Se hallaba ante la espada y la pared, y a decir verdad sus setenta y cuatro años la tenían más atormentada que nunca.

Un día en que fue a buscar a Rinno a la pescadería --que ya tenía vendida al nuevo propietario -- lo encontró charlando con un canoso hombre, de gran edad, según ella calculo --debería de tener unos ochenta años pensó Lodoisa--

Rinno la abrazó en cuanto la vio.

--mamá, ven, ven, quiero presentarte a un paisano tuyo; mamá el es Grecco Benvennutto ; Grecco ella es mi mamá Lodoisa Bernecciano

Lodoisa palideció momentáneamente. El hombre extendió su mano.

--es un gusto conocerla... pero su nombre me es muy familiar.

--todos los italianos se llaman igual ¿verdad mamá? --bromeó Rinno--

--si así es --respondió Lodoisa-- si me disculpas hijo, vine sólo a decirte que ya trajeron los pasajes. Permiso. Adiós.

Se fue rápidamente ante el asombro de su hijo y el hombre junto a él.



Lodoisa caminó apresurada casi dos cuadras en dirección hacia las rocas del puerto. Llegó a un sitio apartado y elegido por ella hacia mucho tiempo ya. Se sentó sobre las rocas, clavando su fija mirada en el mar.

Recordaba cuando, teniendo 22 años decidió marchar de Liguria

--a decir verdad de uno de los pueblitos más pobres y horribles

anexos a Liguria-- recordó el rechazo de su padre, el lamento de su madre y la envidia de sus hermanos y hermanas ante su coraje; ya nadie quedaría vivo, presumía ella, ya que ella había sido la menor de siete hermanos; sintió nostalgias --más no arrepentimiento- - por haberse ido de allí.

Recordó al padre de Rinno --y aunque pareciera trágico se sonrió al percatarse de no recordar el nombre de aquel hombre-- ; lo había conocido pocos días después de arribar a Argentina --mientras trabajaba para una familia yendo a buscar frescos pescados al puerto-- ella hablaba muy poco castellano, pero era muy barata su mano de obra --razón por la cual había conseguido trabajo a los dos días de llegar-- él era bien parecido y a ella le había caído bien a primera vista. Su romance hubo de durar tres meses, él le enseñaba castellano y ella le daba casi todo el dinero que ganaba aguantando --claro está-- las golpizas que recibía casi a diario. Su patrona la había amenazado con echarla si seguía viniendo los días francos con esos moretones, hasta que al fin la despidió cuando se enteró que estaba embarazada y sin nadie que se hiciese cargo de ella.

Fue allí que conoció a Grecco un italiano que había llegado de su país unos años antes que ella; éste se apiadó de su historia y le consiguió trabajo en casa de una familia ; también le dijo que la amaba luego de unos meses de amistad, pero ella lo había rechazado y nunca más lo había vuelto a ver ni a saber nada de él; sólo supo que había desaparecido de la ciudad ... hasta hoy.

¿ la recordaría aún ? y si era así... ¿le contaría la verdad a Rinno? Su mente no podía soportar tanto dolor.

Pensó en hablar con Grecco... pero ¿y si él no se hubiese dado cuenta de nada? quizás ella echase las cosas más a perder aún.

Decidió ver que sucedía.

Cuando llegó a la casa Rinno estaba allí mirando los pasajes y tomando sus pastillas para el dolor de cabeza que tanto le aquejaban.

--¡ mamá ! Cómo tardaste --manifestó-- mira estuve mirando y luego de 9 horas de vuelo en avión, tenemos un barco con un recorrido de tres horas y media que nos dejara en "Scuatello" tu pueblito de Liguria ¿no es maravilloso ? --la abrazó--

--si hijo, es maravilloso --respiró aliviada mientras se abrazaba a su hijo notando que éste no sabía nada-- es maravilloso.





Abordaron el avión esa misma semana. El rostro de Lodoisa denotaba angustia interior, pero Rinno creyó que se debía a su enfermedad.

Durante el vuelo, Rinno se indispuso; Lodoisa pensó en ese instante que su hijo se moría --y en el fondo de su corazón y con intenso dolor y vergüenza a la vez "deseó" que así fuese antes, que el hecho de enfrentarse con el dolor que le esperaba--

--mamá, debo decirte algo --manifestó Rinno antes de abordar el barco que los llevaría a Scuatello.

El corazón de Lodoisa se aceleró.

--la doctora me ha dicho que es posible que lo primero que se afecte es mi visión ...

--hijo...

--no quiero que te preocupes --la interrumpió-- te lo digo para que estés preparada por si necesito tu ayuda; tu sabes mamá que queda poco tiempo y deseo pasarlo en tu pueblo, en tus orígenes

--cambió el tono de voz para volverla animada-- bueno, vamos al barco, me muero de ganas de estar en ese hermoso pueblo, recuerdo la descripción que me hacías de pequeño y siento unas ansías tremendas de ver esas aguas cristalinas, esos montes ...

--hijo, debo decirte algo...

Rinno la abrazó y luego tiernamente la miró a los ojos.

--dime lo que quieras madre, eres lo mejor de mi vida y te debo todo...

Estas palabras sirvieron para que Lodoisa callara. ¿cómo podía derrumbar ese castillo de sueños? ¿ y después ? No, era mejor no pensar en el después; pues el después aún no era.

El barco finalmente atracó en Scuatello; descendieron.

La primer lágrima de Lodoisa fue secada con bronca por su propia mano. Este era el "después". Ese pueblo horrible que ella siempre había odiado aún estaba igual. Casas pequeñas en las colinas, pobres casas, pobres calles, pobre vida.



Descendieron.

--el pueblo ha cambiado bastante hijo, está mucho más feo.

--yo lo veo hermoso madre; es tal como lo describiste.

Lodoisa quedó confundida; pero no le llevó la contra.



Se hospedaron en una pobre hostería; la única de aquel pueblo.

Lodoisa sabía que nadie debía de acordarse de ella; y que los únicos que pudiesen hacerlo estarían bien muertos ya.

Hurgando en su memoria, extrajo los restos de ese idioma nativo que hacía tantos años no practicaba.

Lo llevó a ver el pueblo.

Rinno sentía y le mostraba admiración por cada casa, persona o tienda que veía. Lodoisa se hallaba muy confundida por la actitud de su hijo.

--Madre, mira --señaló Rinno con su mano hacia una tienda antigua-- ¡es la tienda de esa familia de la que tanto me hablabas! ¡los que te criaron de pequeña!

--Rinno no, no es...

--madre, recuerdo bien todo; espérame, iré a comprar algo y vuelvo.

Quiso retenerlo pero no pudo.

Su corazón se aceleró ante la sola idea de que su hijo descubriese la verdad. ¿por qué se había dejado embarcar en esa locura ?

Rinno volvió sonriente.

--ven mamá, quieren saludarte.

--¿ qué ?

--ven, son los sobrinos nietos de los que tú conociste.

Lodoisa se dejó llevar por su hijo sin entender nada. Aquella tienda no era de ninguna familia conocida por ella.

Ante su asombro la gente la saludó y le habló sobre familiares, anécdotas y demás cosas que ella no pudo recordar.



No entendía qué sucedía; sólo veía el feliz rostro de su hijo y en cierta forma se reconfortaba.

Llegó el momento tan trágico y no esperado por Lodoisa : la visita al cementerio para ver los restos de ese "imaginario padre" que nunca había existido.

En el trayecto quiso hablarle pero en varias ocasiones Rinno la cortó mostrándole paisajes y lugares que él decía recordar, de esas maravillosas descripciones de pequeño que ella le hacía.



Llegaron. Ya nada podía detener la verdad. Rinno buscó la tumba tal cual su madre le había indicado que se encontraba años atrás.

La más bella, lujosa y grande de todo el cementerio.

Ya era el "después" pensó Lodoisa.

--Mamá allí está el nombre de papá. ¡es una tumba bella tal cual me lo dijiste! --se arrodilló frente a una de las lápidas más pobres del lugar y comenzó a llorar y a rezar al mismo tiempo--

Lodoisa creyó que su hijo se había vuelto loco.

Luego recordó lo que él le había dicho horas antes : su visión sería afectada primero. ¡Sí ! aunque le doliese aceptarlo Dios le había otorgado la disminución de su visión --o quizás locura momentánea -- para poder ver lo que él quisiese ver.

Al menos Rinno no sufriría más de lo que su propia enfermedad lo aquejaría. ¡ Sería feliz por lo que le quedaba de vida !

Se abrazó a él llorando; mientras él le explicaba que se quedarían allí hasta el final; y que se sentía tremendamente feliz de poder ver al que había sido su progenitor antes de morir.

Lodoisa lloró junto a él.

--si hijo mío, nos quedaremos el tiempo que tú desees. Mira todo lo que desees mi amor, yo estaré contigo siempre.

Rinno secó sus lágrimas y volvió a observar la tumba del que creía su padre. Se sintió feliz por su madre: su secreto no había sido descubierto --pensó-- ¿ para qué atormentarla diciéndole que él ya conocía la verdad desde hacía más de un año? ¿ para qué explicarle que un día estando con Grecco quién había vuelto a Mar del Plata a visitar parientes, éste le había contado la historia de esa mujer que amó y por la cuál había dejado la bella ciudad costera sin saber que él era su hijo?

¿ Qué sentido tenía decirle que Grecco le había hablado de esa mujer italiana que estando embarazada, pensaba "tejer" un mundo mágico para su pequeño aún por nacer y que pensaba "crearle " un mundo ideal para que no sufriese como ella?

¿ Qué más daba confesarle que Grecco al enterarse de quién era él, había prometido callar y ayudarlo en su misión; que había sido el mismo viejo italiano , quién había escrito a sus parientes en Liguria para que solicitasen la ayuda de esa familia que había demostrado conocerla al llegar?

¿Qué importaba ya que Lodoisa pensase que él quedaba ciego ó que estaba volviéndose loco, si ella --esa madre que lo había hecho vivir en una nube ideal y lo había criado con tanto amor--

ahora era feliz?

Para Rinno todo el paisaje era como el que había descripto su madre de pequeño; todo era ideal. Y la tumba de su padre era la más hermosa del cementerio.

Al fin y al cabo él estaba viendo todo con los ojos del alma, con los ojos del amor, a través de su amada madre.



Fin.

El Escorpión

Liliana Varela

lomejordemuestrario



Hoy al fin despierto de mi largo sueño. He permanecido en suspensión animada durante setenta y cinco años. Hoy probaré si estaba equivocado o no, cuando en el 2007 pronostiqué la alteración de la atmósfera terrestre a causa de la velocidad de un cometa que orbitaba el sol.

Recuerdo claramente las duras críticas recibidas; un joven ingeniero nuclear que estaba trabajando en la NASA desde hacia poco tiempo no podía poner en duda las aseveraciones de los más antiguos y eruditos científicos del momento.

Era una locura lo que yo decía—según ellos—ya que el cometa debido a su velocidad apenas crearía una mínima radiación que no iba a afectar demasiado el planeta, tan sólo—y siendo poco probable—podría llegar a aumentar un poco más el efecto invernadero.

Debo reconocer que mi tesis era difícil de creer, ya que se sostenía en algunos pilares conjetúrales pero también es verdad que los sabios del momento no se preocuparon demasiado en descartar con seriedad y pruebas mis ideas.

Yo había investigado el tema por años, si bien no era mi campo profesional, siempre me había interesado por la física y química cuánticas. Estaba seguro de lo que decía: la velocidad de ese cometa generaría una radiación tan intensa que afectaría la vida animal y vegetal en cuestión de segundos; debíamos tomar precauciones durante el suceso y aislarnos de la atmósfera bajo cúpulas o lugares especializados que nos mantuviesen con vida en tanto la radiación contaminase la tierra.

Pero como dije antes, nadie me tomó en serio; el gobierno no se preocupó por crear protección para la atmósfera ni mucho menos construir lugares especiales para los que quisieran ponerse a salvo.

Me ví obligado a crear mi propio mundo bajo tierra; sabia que no iba a sobrevivir solitario durante setenta u ochenta años—que era lo que calculaba que duraría el efecto de la radiación—por eso decidí mantenerme en suspensión animada durante ese tiempo.

Con ayuda de dos o tres amigos de la NASA—que si bien estaban algo convencidos de mis tesis, preferían arriesgarse con sus familias a la suerte—pude construir este refugio bajo tierra a quince kilómetros de la ciudad más cercana.

No tenía familiares directos, tan sólo la tía que me había criado de pequeño, pero ella no había querido venir conmigo ya que tenía setenta años y consideraba que aunque yo tuviese razón, ella ya había vivido lo suficiente.

Mi novia por supuesto pensó que me había vuelto loco y prefirió darme un tiempo para reposar y tranquilizarme.



En fin...hoy es el día. La cámara de suspensión se abre y apenas logró inhalar el primer bocado de aire; tengo algo de barba y uñas crecidas, lógico efecto del estado de la latencia.

Siento mis piernas después de tanto tiempo; las computadoras que me han mantenido con vida aceleran su acción como si quisiesen saludarme.

Inspecciono los datos registrados por la computadora central durante mi largo sueño; lamentablemente los análisis ambientales a lo largo de estos años me demuestran que he tenido razón: el día 15 de julio de 2007 hubo una alteración atmosférica que trajo aparejada una radiación totalmente nociva para la tierra, la cual ha ido disminuyendo hasta llegar al 0,001 % hoy día.

Ya bañado y rasurado estoy listo para salir; ahora debo enfrentar este mundo—que aunque no me sienta orgulloso por ello—habrá dejado de ser el mismo, ya que yo tuve razón.

Estoy confiado en que deben existir otros como yo que hayan tomado precauciones, o bien sus descendientes. Pero debo reconocer que tengo un poco de miedo más que de curiosidad por lo que vaya a encontrar allá fuera.

Subo al elevador que recorre luego de setenta y cinco años, los veinte metros que me separan del exterior.

He llegado. Se abre la puerta que me separa de la superficie ; sobre mi cabeza se halla el cielo que recuerdo; subo las escaleras que hay preparadas para esto dentro del ascensor y salgo.



Dios! respiro otra vez aire normal ; pero que ironía, tanto esperar para ver la luz del sol y es de noche. El semidesierto está igual que antes, así que trataré de ir hasta la ciudad.

Cargando mi mochila con víveres y agua comienzo a caminar en la oscuridad, mis ojos se van acostumbrando como los de un gato. Luego de varios minutos diviso una luz apenas perceptible que parece emanar de la planta baja de uno de los edificios. Me voy acercando, mi corazón late fuerte y mis manos transpiran en demasía.

Llego a la puerta y cuando me dispongo a tocar escucho voces.

--Voy a entablar contacto luego de tanto tiempo, existe gente—pienso feliz.

De pronto la puerta se abre. Sólo vislumbro oscuridad y reconozco el débil resplandor que he seguido. Identifico apenas perceptibles figuras de contornos humanos.

--¿Quién es ?—pregunta una voz

--¿lo identificas Axel ?—inquiere otra voz.

--emana nuestra misma temperatura corporal, parece ser humano—contestan

Mis vísceras se entrecruzan nerviosamente.

--Sí! –aseguro –soy humano. Por favor enciendan la luz y déjenme verlos; les contaré de donde vengo; además no tengo armas, vengo en paz—reafirmo para tranquilizarlos.

--¿Luz? –pregunta uno de ellos--¿acaso no nos percibes?

--sí, veo sus contornos pero esta oscuridad apenas me deja ver sombras.

De pronto se genera entre ellos un cuchicheo que va en aumento hasta finalmente apagarse, luego de unos segundos que parecen interminables una de las sombras se mueve a lo largo de la habitación.

--bien, acércate—me dicen.

En ese instante se enciende una tenue luz pero que basta para devolverme a la vida nocturna de mi época.

--gracias—exclamo mientras me agacho para dejar mis cosas en el piso y luego me voy incorporando—esto está mucho mej...

Mis palabras se entrecortan, delante de mi hay cinco personas de pie, tres son hombres y dos mujeres; dos de los hombres me apuntan con una especie de rifle pero lo más sorprendente son... sus ojos.

Me percato de la realidad.

--DIOS! Ustedes son ciegos—susurro en voz alta.

Sus ojos están vacíos, blancos, no hay pupila, iris, sólo un circulo córneo blanquecino, en sus párpados no hay pestañas.

--¿ciegos? –exclama el que parece ser uno de los más jóvenes.

Del fondo de la habitación surge otra persona que parece ser el líder del grupo, haciendo una seña indica que bajen las armas; se acerca a mi sin vacilar en sus pasos, como si me estuviese viendo...yo por mi parte estoy perplejo. Me extiende la mano.

--Hola, debes ser Ariel Roder, supongo.

Aún sorprendido respondo al saludo extendiendo mi mano.

--Sí.—apenas murmuro-- ¿cómo sabe quien soy ?

--siéntese y le contaré –hace una seña a los otros—traigan algo para comer y tomar.

Luego de unos minutos algo recuperado del shock, vuelvo a mi última pregunta

Stalus se presenta como el líder del grupo y el más antiguo y comienza su explicación:

--Mi abuelo fue uno de aquellos que supo de ti—comenzó—él era entonces un joven físico recién recibido que adhería a tus ideas, pero obviamente no tenia la misma jerarquía que la tuya para hacer públicas esas adhesiones; él por medio de amigos de la NASA se enteró del lugar donde habías construido tu refugio a espaldas del gobierno un mes antes de la hecatombe y registró todo para el futuro. Siempre nos advirtió de tu posible llegada...

--¿dónde está él ?—lo corté apresurado

--lamentablemente murió hace muchos años; pero déjame terminar el relato. La radiación fue tan maligna como tu lo habías anticipado; la población mundial fue diezmada en casi un 80 %, y los pocos que sobrevivieron se vieron afectados por efectos colaterales de la mencionada radiación. Al principio tuvieron vómitos, náuseas, trastornos nerviosos, es decir, lo que es lógico suponer pero después fueron notando con horror que el promedio de vida había descendido y que lamentablemente el sentido más afectado había sido la visión por lo cual con el paso del tiempo se iban quedando ciegos. Quizás lo más trágico fue darse cuenta que todos los bebés nacidos de esa generación eran ciegos de nacimiento, comprobando con horror que sus propios cromosomas habían sido alterados genéticamente; por lo cual sólo podrían crear un mundo de ciegos. Al principio perdieron muchísimo tiempo en abocarse a la tarea de trastocar los genes mutados, pero luego viendo que el tiempo pasaba y su vida se acortaba pensaron que lo mejor era dotar a sus descendientes de lo necesario para vivir sin problemas con su falta de visión.

Nos construyeron computadoras especiales donde el monitor se reemplazaba con una pantalla horizontal que recibía estímulos térmicos y táctiles; nos enseñaron el sistema Braille y lo adecuaron para el uso digital; nos dieron conocimientos de medicina y cómo utilizarla y notaron con gran asombro que no sólo nacíamos ciegos, sino que por suerte para ellos, habíamos desarrollado en forma increíble el sentido del tacto, del olfato y oído. Igualmente han quedado algunos artefactos de esa época, como por ejemplo la luz que hemos encendido para ti.

--pero ¿y los demás seres del planeta? ¿existe alguna conexión con ellos?

--sí, por supuesto, a través de radio, Internet, pero de distintos continentes no nos visitamos; a pesar de todo lo que nos dejaron nuestros ancestros muchos no pueden ni quieren arriesgarse a volar un avión aunque sea con piloto automático y señalización de pistas de aterrizaje, ni manejar un transporte. Lamentablemente Ariel nos hemos vuelto un poco asustadizos y primitivos; vivimos de la agricultura y algo de lo poco que quedó de ganado que logramos descontaminar de radiación

--es increíble—apenas murmure—

--Así es, tú en este momento eres el único ser con habilidad de volar, ir donde quiera y ver, aunque no sepa que significa eso—sonrió—todo lo que desees.

Estaba asombrado y a la vez perplejo. Existía un sentimiento dual en mi. Era el único ser capaz de ver el mundo, podía llegar a ser un líder mundial pero a la vez me pesaba la soledad de la visión.

Me llevaron luego de haber descansado a recorrer la ciudad; era increíble ver cómo se movían sin ningún problema, evitando estorbos en el camino, saludando por su nombre a quien cruzara junto a ellos sin previo uso de la voz...yo estaba fascinado por ese nuevo mundo.

Me dieron todos los archivos computarizados que tenían y por suerte, encontraron un antiguo monitor de mi época que me permitió observar todo lo sucedido a lo largo de mi sueño de setenta y cinco años. Comprobé con gran desazón que todo lo dicho por Stalus--quien ya era un anciano para el promedio de vida de 50 años del momento—era verdad. Nadie se atrevía a comunicarse de continente a continente; existían infinidad de maquinarias sin uso desde hacia más de 5 décadas. Pero a la vez se habían construido máquinas impresionantes que se usaban para generar desde antibióticos hasta replicas indumentarias: era un mundo para ciegos.

Un día en que volvía de un recorrido por un callejón apareció de repente Axel quién me empujó al suelo e inmediatamente sacó su rifle y disparó a mi lado.

Yo no entendía nada de lo sucedido.

--Debe tener cuidado Ariel—dijo mientras me ayudaba a levantarme—esos animales son muy peligrosos.

Cuando miré al suelo, ví un escorpión destrozado, su tamaño era el doble de los que yo conocía de mi época. Algo sucedía.

Me enteré después que los escorpiones habían sido uno de los pocos animales diezmados pero que habían sufrido una mutación muy importante que duplicó su tamaño y transformó su veneno en uno de los más poderosos.

Supe también que ese veneno no tenia antídoto, puesto que se había descubierto en los últimos tiempos de la generación afectada en su visión , por lo cual no pudieron, aquellos que aún veían mínimamente, examinar la alteración cromosómica en células de escorpión y mucho menos fabricar su antídoto.

De esta forma yo me convertía en el salvador del único enemigo mortal del humano, ya que si bien tenia escasos conocimientos genéticos, podía acceder a la información y buscar el antídoto que los libraría así de la causa del uso diario de rifles y obviamente del miedo.

Les prometí ayudarlos pero reconozco que el tiempo pasaba y cada vez me sentía más extraño; me atendían muy bien, pero me sentía solo en mi capacidad de ver, no podía compartir con nadie la belleza del paisaje, ni el color de una flor...el tiempo pasó y creo que me cansé de hurgar los viejos conocimientos; si bien podía utilizar aviones, éstos estaban oxidados, había que reparar piezas, montar otras nuevas...y por supuesto no podía contar con ellos.

Mi vanidad creció, puesto que los niños sobre todo, me preguntaban cómo era el cielo, qué era el color, cómo era un rostro. Todos me perseguían con preguntas y atenciones; además yo era el que estaba creando un antídoto para su peor enemigo...por lo cual yo era Dios mismo para ellos.

Reconozco que me harté de todo, en cierta forma quise por segundos haberme quedado con mi generación, haber creído en las ideas de mis colegas de entonces.¿de qué me servía un mundo de ciegos?

No sé cuánto tiempo pasó...sé que mucho. Pero un día cansado comencé a deambular por el campo; ya los pobladores me habían advertido muchas veces de los escorpiones pero ya desde hacia tiempo no lo hacían porque sabían que yo podía verlos desde muy lejos...al fin y al cabo yo era el salvador.

Mientras caminaba noté lo que parecía ser un libro roto y viejo entre unas piedras, estaba semienterrado en la tierra; la removí y pude sacar unos pedazos de libros añejos; era un libro de viajes, había paisajes desteñidos, bellos ocasos y amaneceres...creo que casi lloré recordando todo eso tan lejano, sentí mucha nostalgia y me senté en el suelo. En ese momento lo ví: un escorpión estaba ante mí amenazante, comprendí que había destruido su hogar al sacar el libro; sentí pánico y no pude gritar.

La picadura fue instantánea. En ese momento comprendí la ironía de la situación, el animal del futuro utilizaba mi pasado para vivir en él, y yo, él que era el único que podía destruirlo, el único en el mundo que podía verlo de lejos y proteger a los demás había sido el más descuidado de todos...había sido como los vanidosos sabios de mi época que sabían todo sin dudar de nada.

Al fin comprendí que jamás había estado preparado para vivir allí: yo había sido el incapacitado y no aquellos ciegos que hoy reinaban en el que fue mi mundo.

PLUTO, EL TRAVIESO


Manolo Cubero

El pobre Pluto llevaba el sello de la desgracia grabado en la piel. Pluto era el más pequeño de una familia numerosa. Sus hermanos nunca lo habían mirado con demasiado cariño, esa es la verdad. Desde su nacimiento, Pluto había decidido compensar su pequeñez con una actitud personal absolutamente original, cosa que enfadaba a sus hermanos mayores, quienes no comprendían su rebelde actitud.
Mientras ellos seguían un camino determinado cuando acompañaban a papá en sus largos paseos diarios, Pluto, prefería desviarse, impulsado por su insaciable curiosidad. Y no sólo seguía un camino más largo que sus hermanos sino que, además, curioseaba por las márgenes del sendero -unas veces a la izquierda otras a la derecha-, buscando nuevas amistades, según decía.
En una de aquellas salidas se vino a encontrar con un niño algo más pequeño que él y que, abandonado por sus padres, deambulaba sin hogar por los infinitos campos del universo. Caro, que así se llamaba el pequeño, se acercó a Pluto. Cuando llegó hasta él, le cogió la mano, le dirigió una hermosa sonrisa de felicidad y se puso a caminar junto a él. Pluto miró sorprendido a su nueva amiguita y preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Caro ¿y tú?
-Pluto.
Y, sin más preguntas, emprendieron su marcha hasta reintegrarse al grupo de los hermanos mayores. Como eran bastante independientes e indisciplinados, solían alejarse bastante de los mayores y rara vez coincidían con ellos, lo que, al final, desembocó en un amor desenfrenado.
-Unos siameses es lo que parecen estos dos enanitos –dijo un día Neptu.
Tanto Pluto como Caro hicieron caso omiso a las bromas de éste. Y eso que, al cruzarse en su camino, estuvieron a punto de provocar un choque de trágicas consecuencias para ellos.
Don Sol, que así se llamaba el padre de Pluto, era ya un señor algo mayorcito cuando nació nuestro protagonista, por lo que, cansado de tanto caminar por la vida, soportaba estoicamente los caprichos del pequeño y apenas reprendía sus salidas de la ruta que tan firmemente había fijado a los demás hermanos.
-Don Sol, o pone usted orden en su familia o tendremos que avisar a las autoridades, estos pequeños son tan rebeldes que un día van a causar un problema grave –advirtió uno de los vecinos.
Y don Sol tuvo que llamar al orden a Pluto y Caro. Pero como ambos persistiesen en su testaruda actitud de salirse del camino marcado una y otra vez, papá, después de confesar que Pluto era un hijo adoptivo venido de una familia extraña, aceptó que ambos fuesen expulsados del domicilio familiar por las autoridades pertinentes.
Desde entonces, Los otros hermanos –Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno- siguen girando en orden y concordia alrededor de don Sol mientras Plutón y Caronte vagan por senderos próximos pero sin formar parte de su familia de planetas.
Y colorín colorado, esta aventura del Sistema Solar ha terminado.

Manolo Cubero

Caminos extraños

Migdalia B. Mansilla R.
lomejordemuestrario

Amanecía, el sol asomaba por las rendijas de las ventanas y las puertas. El sonido del amanecer inundaba el espacio, llegaba a sus oídos desperezando su cuerpo en los bostezos y estiramientos de cada mañana en la consciencia del cuerpo que se siente vivo, despertando a la rutina agitada después del reposo , del dormir profundo, el que es, como una especie de muerte a la que todos los días nos rendimos como un entrenamiento al que Dios nos somete, para ir acostumbrándonos al dormir eterno.

Abría lentamente sus ojos volvía de la nada o de los sueños que grabados quedaron en ese limbo de la memoria que a veces se afinca apareciendo en el yo consciente y otras veces, en la memoria que se pierde y no sabemos, si lo que apenas recordamos es real o una trampa del destino. Es como no saber si se vivió o se regresa del mañana en recuerdos de lo que ya vivimos. Reflexionaba tantas cosas en el momento de despabilarse, sus pupilas se acomodaban lentamente a la luz que ya comenzaba a cegar, adaptándose a ella y saboreando en su boca el amargo gusto que paradójicamente da el despertar.

Se decía: un día más, otras horas en este tiempo para sobrevivir, para seguir en la rutina, buscar el sustento, abrigarme o para encontrar la sombra que me proteja del sol o del calor. Un día más para ser en esta tierra a la que fui expulsada sin manual debajo del brazo, que me indicara la manera de cómo se vive entre los vivos. Estoy aquí, donde he tenido que rasgar los espacios donde me ha tocado estar, donde he sido una más o una menos, dependiendo de los otros y de mí misma en este pasar la vida queriendo dejar huellas y sin embargo, al mirar atrás, algunas de ellas se van borrando por el viento que pasa o por la carrera emprendida que sólo rastros deja, en los surcos que se hicieron en la vida en quienes he querido ser, el amor, el hogar.

Salió de sus reflexiones, tomó un baño largo, tenía tiempo, dejó que el agua que rodaba por su cuerpo tonificara sus músculos y despejara su mente , hoy particularmente sumida en la nostalgia y la tristeza de la soledad que ronda en ella desde hacía más de un año... ¡Un año, ya!, parecía mentira, un chiste de la vida, una mueca del destino...¡un año!
La espuma del jabón recorriendo su cuerpo le trajo en tropel todos los recuerdos...

- ¡Mi amor, dónde está el pantalón gris de este traje!, le gritaba Gerardo desde el "vestiaire" de la habitación, ¡no lo consigo!-
Natalia con una sonrisa luminosa en los labios que en la noche habían sido bebidos en los besos de la pasión al hacer el amor, salía del baño, apenas secándose, destilando agua para poner al frente de Gerardo el pantalón que estaba a la vista en el perchero colgado y que éste en su distracción habitual, no encontraba.

Eran días felices, días llenos de todas las pequeñas cosas del diario vivir y que hacían de ellos la pareja en complemento perfecto. Compartían tantas cosas, tantos gustos en común, tantas fantasías que cada uno tenía y que al encontrarse parecía que al fín se harían realidad.

Gerardo, un hombre maduro, comenzando la década de los cincuenta, con una experiencia corrida de la vida. Divorciado tres hijos, tres nietos, estabilidad económica , un trabajo que adoraba, un futuro entre las manos y lo que le parecía más grande aún, haber encontrado al borde de sus años otoñales a la mujer que siempre soñó encontrar.

Natalia, una profesional del Derecho, abogada de todas las causas, contestataria, rebelde, incisiva, pero amorosa y leal con sus afectos. Soltera, de 36 años, sin hijos. Venía de una relación de pareja de años que nunca se concretó en matrimonio, tenían la misma profesión y a fuerza de competencia se fueron agriando los tiempos de estar juntos y terminaron en constantes conflictos. Nunca se plantearon el tener hijos, estaban conscientes de que no eran los padres ideales para ningún niño.

Gerardo llegó a la vida de Natalia de una manera extraña, de una forma poco común. Buscaba a un abogado que se hiciera cargo de los trámites de su divorcio, un divorcio que a todas luces era difícil y largo por todo lo invertido en bienes materiales en los años que estuvieron casados y por los hijos que a pesar de tener ya sus propias vidas, no aceptaban la separación de sus padres oponiéndose tenazmente a ello.

Ninguno de sus amigos se quería hacer cargo del caso, no querían involucrarse y tener que tomar partido por alguno de los dos.
Al salir Gerardo del bufete de uno de ellos, tropezó en la salida con una mujer, tenía los ojos negros como el azabache, cabellos cortos peinados al descuido, más bien robusta, nada delgada como una modelo, no, sin ser obesa una mujer grande y de hacerse sentir a su paso. Tenía un rostro agradable y sin ser una mujer hermosa se podía decir que era una mujer bonita. Al tropezar con ella, saltaron al piso papeles y carpetas que ella llevaba. Al excusarse y comenzar a ayudarla a recoger todo lo esparcido, leyó al descuido el membrete de una de las carpetas: Natalia Sánchez Ugarte, Licenciada en Leyes.
Después de recoger los papeles y pedir disculpas, la invitó a tomar un café, invitación que ella sin saber por qué, aceptó, al mirar al hombre que casi la tumba, algo en ella se encendió dejando paso a su instinto. Gerardo, mientras se presentaba, pedía disculpas. Tomaban en la cafetería del edificio el café ofrecido, cuando Gerardo sin pensarlo mucho, le pidió de una vez se hiciera cargo de la tramitación de su divorcio. Natalia sin saber por qué , ya que era recelosa de muchas cosas, aceptó representarlo.

Comenzó de esa manera la historia de amor que los envolvió en el tiempo que siguieron juntos.

Gerardo se divorció y se fue a vivir con Natalia, los primeros meses fueron realmente maravillosos, se compenetraron a tal punto que sentían no podían vivir el uno sin el otro.

Ella, nunca preguntaba nada, confiaba plenamente en Gerardo, quien por razones de su trabajo,-era arquitecto-, viajaba con regularidad por el país y fuera de él. Siempre llegaban esos momentos de viaje, cuando Natalia estaba a punto de litigar algún caso o le era imposible acompañarlo.
Un día, después del regreso de uno de sus viajes notó que Gerardo volvió más tarde de lo pautado, días después. Lo sintió extraño , como sumido en una tristeza o en una reflexión constante, por más que le inquiría Natalia le dijera qué pasaba, siempre obtenía la misma respuesta, -nada, mi amor, el trabajo, ya sabes, ¡ah, y los chicos que me llamaron y Gerardito que se encuentra con gripe y ya conoces esas cosas que siempre pasan-

Así por días, pero Natalia supo que ya nunca más fue el mismo, era como imperceptible, pero ella lo presentía en su piel y en los sonidos de su voz.

Una mañana, cuando Gerardo había salido para su trabajo, Natalia, recibió una llamada telefónica que le cambió la vida...

-Aló, buenos días, por favor, ¿ me comunica con el arquitecto Gerardo Landiz?-
escuchó Natalia al otro lado de la línea telefónica,

- ¿quién lo llama?, él no se encuentra, ya salió para su trabajo-

-Disculpe, soy su esposa Elena y me urge hablar con él-

-¿Su esposa?- casi gritó Natalia

-¡Sí, su esposa!, y usted es... ¿la señora encargada de la limpieza?-
le inquirió Elena, Natalia no salía de su estupor, ¡las palabras de Elena!, la palabra:¡esposa! retumbaba sin cesar en su cerebro, como un eco volvía y volvía a escucharla.
¡Su esposa!, colgó sin responder, no podía hablar, el asombro la había enmudecido. Todo lo que era luz se volvió gris, su corazón comenzó a latir con fuerza y no atinaba a ordenar sus ideas debidamente.
¡Su esposa!, eso explicaba su comportamiento extraño desde hacía mucho tiempo , los momentos de distracción cada vez más frecuentes, las conversaciones telefónicas en voz baja, siempre desde su celular y cuando ella llegaba notaba que cortaba abruptamente la llamada, tartamudeaba sin darse cuenta, hablando atropelladamente.
Ahora todo tenía una explicación.

Lo esperó, no pudo salir, se sentó en el sofá de la sala con una jarra de chocolate caliente, no sabía por qué, pero cada vez que algo la sacudía o le pasaba emocionalmente, tomaba chocolate.

Gerardo llegó una hora antes de lo previsto, no se dio cuenta que ella estaba sentada en la sala, lo siguió con sigilo y lo encontró en la habitación preparando valijas y hablando por teléfono.

-¿Te vas de viaje? No me lo habías dicho-, le dijo Natalia y éste tratando de mantener firme la voz, sólo atinaba a decir: -déjame que te explique, la construcción del complejo comercial en Caracas ha presentado un problema y debo irme con urgencia-.

Natalia, mirándolo fijamente recordaba las veces que de improviso últimamente había salido de la casa. Recordaba la mirada perdida y la sensación tantas veces sentida de saber ella que estaba hablando sólo para ella misma, porque Gerardo no estaba en alma allí.

Respiró profundo y tocándolo por un brazo para acaparar su atención le dijo pausadamente: -hazme un favor Gerardo, llévate todas tus cosas, llévate: tu ropa, tus papeles, tu pc, todo lo que es tuyo y llévate además lo que me diste diciéndome que yo era el amor de tu vida, el único y verdadero amor.
Llévate todo lo que trajiste, deja el amor que te ofrecí y te di por entero, deja guindado en el perchero las ilusiones que en mí forjaste, vete de esta casa y vete de mi vida-

Gerardo saliendo de un asombro anunciado, le dijo que no sabía por qué estaba diciendo eso, que él no quería irse para siempre, que sólo era un viaje de trabajo, que no fuera tontica, que por qué le decía eso, que si no sabía que la amaba por encima de todo.
Natalia, se volvió lentamente, lo miró inexpresiva y una sola frase salió de sus labios: - Elena llamó-

Gerardo, empacó todas sus cosas y sin decir una palabra se fue, sabiendo que ya era para siempre.

Natalia terminó de bañarse, se vistió y salió de la casa caminando lentamente hasta el sitio de su trabajo, calles más abajo de su casa. El frío de la mañana apenas se disipaba y el aroma de las montañas llegaba suave a la ciudad enclavada entre ellas. Al llegar, al edificio donde tenía su bufete, un hombre sale casi corriendo, mirando hacia atrás y tropieza con ella, desparramándose en la acera, todos los manuscritos del portafolio que se abrió con el impacto de la caída al piso.
-¡Perdone usted!, por favor discúlpeme, permítame recoger todo esto,
me presento, mi nombre es Carlos Luis Fontana, soy Ingeniero y...-

Natalia como si el tiempo no hubiera pasado y no hubiera vivido una historia similar, sonrió, se quedó escuchando y esperando la invitación al café que tomaron después.

Cosa rara la vida, ¡cosa rara!, como nos repite historias, que creímos vencidas, en caminos extraños.


Migdalia B. Mansilla R.
Octubre 21 de 2003

EL CIELO

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Autor:© Jesús Alejandro Godoy


Lo miro de reojo y simplemente le digo:

—Tú sabes que nada tengo cuando lo tengo todo, y el vacío se cierne frente a mí cuando todo lo logrado se vuelve un trago amargo si la soledad es mi única y perpetua compañera, pero ya nada tiene importancia cuando todo lo inexplicable está contenido en un instante de sinrazón, cuando la locura ocupa un sitio privilegiado en las esperanzas de un aparentemente cuerdo como yo... como tú—.

—Sabes bien que por poco que haya conseguido —le sigo diciendo—, el cielo, la tierra, el viento, los árboles y todos los caminos que recorrí siempre me recibieron en silencio y expectantes por ver lo que podía realizar con cada día que Dios me estaba regalando—.

—Sé... sé bien que muchas veces, muchas veces el trato entre tú y yo no fue lo más apropiado —digo—, te odié, sí ¡te odié! porque estabas conteniendo todas mis frustraciones y todas mis ansias que sabía, nunca llegaría a cumplir. Pero ya no importa porque al fin sabemos, creo que ambos sabemos, que todo lo que me has ayudado a percibir, a palpar, y a gustar fue un medio para llegar a éste solitario momento...


Por un momento soy interrumpido por dos hombres y una mujer que se acercan sonrientes; no sé porque sonríen, pero seguramente lo que se estén diciendo tiene que ser gracioso, porque creo –sí creo-, que hasta a mí se me dibujó una mediocre sonrisita.

Uno de los hombres deja una valija de cuero negro cerca de una mesa; el otro, atiende con dejadez su teléfono celular y pone cara de cansado.

Un frufrú de papeles capta mi atención, y veo a la mujer que está preparando varios formularios a una velocidad tan desganada como inservible, ya que seguidamente se le caen junto a sus pies como si fueran rocas. La mujer se agacha; el hombre que está hablando por teléfono le mira el trasero y codea a su compañero, su compañero me mira y levanta las cejas. Sonrío, me cruzo de brazos y me vuelvo a concentrar.


—¿Sabes...? —agrego—, el dolor no es tan intenso, porque en realidad el dolor es una forma de catarsis, una manera de abrir una puerta hacia la verdadera vida... ¿Recuerdas esa vez que me habías llevado a ver esas montañas y nos caímos rodando por una ladera? —le pregunto—, bueno, ese dolor que sentimos fue porque estábamos tratando de subir esa montaña; tratando..., de llegar hacia ése lugar tan importante para nosotros... Bien amigo, esto es casi igual, con la diferencia de que ahora... en esta pendiente nos despedimos mi amigo... mi viejo compañero.

—No creas —agrego para finalizar—, que no estoy agradecido por lo que has hecho por mí: me has acompañado, me has contenido, y hasta me has enseñado un poco más, del mundo que apenas acabo de conocer. No creas —repito—, que olvidaré todo lo que hemos hecho y todo lo que hemos visto, pero ahora amigo... sé que tienes que seguir tu camino y yo el mío

—¿Hora de defunción? —pregunta la pequeña mujer escribiendo en una tablilla de esas que usan los médicos—.

—Hummm... tres y cinco de la mañana —responde uno de los hombres, mientras el otro recorre la habitación rascándose la barbilla.


—Adiós amigo mío —dije al fin despidiéndome de mi cuerpo.

Todas las sensaciones me arroparon como un manto. Sonreí y lentamente floté hasta que el cielo pareció estar mas cercano que nunca...

Herminda, La Agorera

Malcolm Peñaranda.

lomejordemuestrarios
Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia



Herminda es una de las mujeres más supersticiosas que he conocido.

Sigue cuanto agüero y creencia conoce, le cuentan o ha oído.

Su casa es un templo de amuletos, contras y rituales

que adornan espacios, puerta, ventanas y ventanales.

Jamás le regala ni le pide sal a nadie porque dice que se sala;

Tiene una contra del Indio Amazónico junto a un Cristo de Guatemala.

Con absoluta desfachatez religiones y creencias mezcla

y cuando le cuestionan su fe se pone de lo más molesta.

Las manzanas verdes nunca se las come;

Las cuelga de sus plantas para que le avisen cuando el maligno asome.

Dice que si se empiezan a secar o a pudrir

es porque algún brujo o vecina chismosa la quiso destruir.

Se volvió más paranóica y agorera cuando a los veinte

su novio la dejó plantada en el altar ante mucha gente.

Era un martes y aquello de "ni te cases ni te embarques"

dejó un siabor tan amargo como el del tamarindo de los Márquez.

Intentó encontrar una explicación en la religión, en lo oculto, en el chocolate

que lee juiciosamente mientras contempla su vestido blanco en el escaparate.

Vírgen se quedó y cada ritual de año nuevo siguió:

corrió con maletas, tres papas peló y doce uvas se comió

Se bañó en el mar a medianoche y hasta muñeco de vudú se compró,

pero ni fumándole el tabaco con una pitonisa, su novio volvió.

Renunció entonces a los hombres y se refugió en sus mascotas;

hoy por hoy alimenta tórtolas y hace fuerza cada viernes cuando giran las balotas.

Porque siempre compra un quinto de lotería y juega chance

con la firme esperanza de que el premio para pagar deudas le alcance.

Vive apretada con los pocos ingresos que obtiene de hacer edredones

pero tiene una planta de "milonaria" que cuida montones.

También se compró una moneda china envuelta en una cinta roja

y los hilos de su móvil esotérico cada mes afloja.

Siempre barre de puertas para afuera y la basura nunca arrincona

y mucho menos barre sobre los pies de persona alguna para no dejarla solterona.

Suficiente tuvo con convertrise ella en una y a su nombre le ata

el que ahora además de solterona tenga nombre de beata.

Nunca pasa debajo de una escalera ni mucho menos debajo de un triángulo

y tampoco se deja fotografiar de perfil porque dice que no es su mejor ángulo.

Le huye a los gatos negros y dejó de visitar a su prima cuando se le quebró un espejo

porque sintió que siete años de mala suerte no tenía por qué vivirlos su pellejo.

Empero, una tarde un par de ladrones entraron a su casa y la drogaron

con escopolamina en su café y de sus joyas la despojaron.

Si hubiera probado hombre habría aprendido a ser más desconfiada

porque talismanes, sortilegios y agüeros la mantienen empeliculada.

Aunque afuera la gente convive con ellos y uno que otro mito

El que ella sea tan agorera les importa un pito.

© 2007, Malcolm Peñaranda.

HOY, TANGO

Carlos A. Fernández

lomejordemuestrarios


Para todas las diosas

Ya suenan los primeros compases. La observo. Se estira lánguida en su asiento, comienza a ondular siguiendo el lamento sinuoso del fueye.

Entrecierra los ojos. Sufre. Goza. Padece el tango. Es mi presa. Cuando se unen necesidad y tango, soledad y tango, libido y tango, ya estoy al acecho.

Inicio el ataque. La veo atrapada en la telaraña del lamento masoca del violín, me acerco, ángulo 100 grados, que me perciba recién a distancia de ataque.

Ni le hablo. Extiendo la mano. Invito a la ceremonia, al acto sagrado e íntimo. Corrijo: no invito, convoco. Ya sabe que está marcada, obedece, como al destino.



Frente a frente, su mano eriza mi nuca, mi mano (anular y medio) intuye el vértigo de sus dunas. Esperamos, un tiempo, dos tiempos, un imperceptible balanceo y el paso lateral junto con el golpe inicial del llamado tribal de los bandoneones.

El violín se vuelve íntimo, sugerente de, no sé. La retengo, la hago volver, sus muslos rozan mi pierna, en pleno kyrie. Una pausa, la sangre volando en las venas, las neuronas invadiendo los poros, un clímax que se sublima en el paso que separa los alientos iniciando el giro explosivo de la danza bajo el desenfreno del bandoneón.

Ya somos uno, o sea tres, ella, el tango y yo. Sufrir, gozar, morir en el lamento desolado de la cuerda punzante que licua y funde las almas de los oficiantes. Agonizar en la ronquera patética de los bajos. Estallar en mil puñales hacia adentro, por el aullido terminal de la nota estirada hasta la angustia. Quebrarse, moldearse a golpes por la turba de violines y fueyes en retumbante marcha guerrera.

Somos un cuerpo, lúcido y pegado a los sentidos, solos de toda soledad en el espacio metafísico del salón. No hay distancia, no hay luz, sólo la nota que rodea, invade y disuelve, los dedos que conectan almas en celo musical, cabezas juntas, atentas y ciegas. Flotamos girando entre notas y silencios. Pausa, y dolor. Pausa, y rencor. Pausa, y otra pausa, impiadosa, cruel.

Pero yo la sostengo, ella lo siente. En el espacio oscuro e ilimitado, el dorso de mi mano la dirige, sus terminales nerviosas concentradas en un punto de su espalda. Otra mano la sostiene, la retiene. Y ella danza, flota en mis brazos.



El tango se arrastra, vencido. Agoniza. Tres compases, lentísimos, trágicos, y muere. Flojos los hilos, las marionetas sueltan los brazos, caen las cabezas; se apagan las miradas.



La hice de goma. Tengo que llevarla hasta su mesa, la ayudo a sentarse. Siento un "gracias" desfallecido, apenas suspirado. No le hablo; me retiro lentamente, hasta desaparecer de su ángulo de visión. Sé –estoy seguro- que su mirada me sigue hasta la orfandad.

Tengo todo controlado. Si el próximo tango ayuda, quiero que me busque, no a la pareja de recién, sino al hombre de su vida.

El Abrojito. Justo, el golpe de gracia. La siento estremecerse, la piel erizada. Inicio el desembarco final.

Un tipo se le acerca. Le dice un "me concedería esta pieza" jurásico. Ella, recuperada, como si nada, responde un "encantada" del mismo período. Se levanta elástica, pantera alerta, e ingresan a la pista. Ni me ve.

Y, claro, las mujeres son multiorgásmicas. Devoran machos de felpa y descansan, lánguidas, soñadoras, relamiéndose de su última víctima, hasta la próxima.



Pero esto no puede quedar así. Me tomo una bebida energizante y me echo tres milongas al hilo con la primera que pesque en el salón.

EL INVITADO

LILIANA VARELA

¡ Ya sé, ya sé…! Lo único que hago es comer , dormir y no trabajar; pero es mi destino. ¿Qué culpa tengo si no hay nada constructivo para hacer? .

El día no se me pasa más; me aburro, entonces lo único que me queda es comer, deambular de aquí para allá, holgazanear… en fin, podríamos decir que vivir la vida de la mejor manera posible.

Dirán que soy frívolo… puede ser. Igualmente lo que piensen los demás me tiene sin cuidado. Mi hospedador me acepta tal cual soy, podría llegar a decir que en cierta forma le gusta que esté sobre él contándole mis cosas, susurrándole al oído chistes malos y por sobre todo disfrutando de las cosquillas que suelo prodigarle.

Somos viejos conocidos, aunque a veces le agarran esos ataques de rabieta y quiere echarme de su morada, pero yo me prendo con todas mis fuerzas a mi habitación hasta que entra en razones y se calma ( ¡ Si lo conoceré yo!) .

Otros quisieron ocupar mi lugar pero ni loco me voy de acá, ¿dónde voy a encontrar otro hospedador como el que tengo?; demasiado esfuerzo me costó conseguirlo y lograr que me acogiera como para perderlo, o cambiarlo por otro (lo que sería una traición).

Los demás me miran y me envidian, me dicen que “estoy chupándole la vida” a mi amigo, que soy un parásito porque lo vivo. Bah! Hablan porque sangran por la herida.

Es verdad que cada vez estoy más gordo, pero es que mi buen amigo me provee de toda clase de alimentos que constituyen fastuosos banquetes y festines…¡ es lógico que no vaya a desairarlo! ; recuerdo que cuando lo conocí, yo era un flaco debilucho y ahora si me ven…JE! Estoy hecho una ballena.

No soy malo, yo le ofrezco mi amistad y el su comida y morada… buen trato ¿no?

A veces hay gente mala que pretende echarme pero….OH! OH! ALLI VIENEN LOS MALVADOS …Y NO PUEDO CORRER TAN RAPIDO COMO ANTES DEBIDO A LA GORDURA …¡¡¡ VIENEN POR MI!!!


lomejordemuestrario




--¡¡MAMA, APURATE! ---grita un niño corriendo hacia su perro -- ¡Encontré la

Garrapata que tiene Bobby en el lomo!!!



Liliana 2006

La bella durmiente

Blanca Barojiana

lomejordemuestrario

Querida Lili: ¿A ti de chiquitita no te contaron el cuento de la Bella durmiente?

Por si no te acuerdas bien, aunque hayan pasado tan poquitos años desde tu infancia (ya se sabe que las nenas andan tan ocupadas con sus chupetes y sus sonajeros y atronando la vecindad con sus angelicales berridos) te lo voy a recordar:

Pues érase una vez que en un reino nació una princesita, de parto natural. Sus padres prepararon una ceremonia a la que invitaron a todas las hadas madrinas para que cada una le diera un don a la nena. Digamos una especie de pre-reunión muestrariana, para que lo entiendas mejor. Pero se olvidaron de un hada, porque un virus había afectado a la agenda de su pc. Pues hete aquí que, en medio del fiestorro, y habiendo ya recibido la princesita los dones de la belleza, la inteligencia, la virtud y no sé cuantísmos más, con el rey algo bebido, y la reina mirando de reojillo a su amante, y los súdbitos ya ni os cuento (que aquello parecía un cuadro de El Bosco), aparece en medio de una nube de humo el hada a quien habían olvidado, y de muy mala leche, por cierto.

- ¡Ja! ¡Se la querían pasar sin mí! - dijo el hada, bien cabreada. - Pues ahora se joden: ¡porque esta niña se pinchará con el huso de una rueca y se quedará dormida para el resto de su vida! ¿Qué les parece? Y ahora aprendan protocolo, ¡memos!- Y, tras arrear a la bebita con su varita mágica, desapareció la muy desgraciada entre otra nube de humo, dejando el saloncito de recepción palaciega como un garage de arreglos de tubos de escape.

Todos se rieron muchísimo. Tantas probabilidades tenía la princesita de manejar una rueca en su vida como de deshollinar una chimenea o desbrozar los campos en primavera.

- Este hada es idiota - dijo la reina - Anda y que la den.

- Sí, sí, es cierto - dijo su amante, que en todo le doraba la píldora a la reina.

Y el resto del cuento ya te lo sabes, ¿no, Lili?

Pues nada: QUE DISFRUTEN MUCHO SU REUNION DEL SABADO, ¡TODAS USTEDES!

Ahora mismo llamo a mi agencia de viajes.

Blanca Barojiana

EL ASESINO



Liliana Varela


Me está persiguiendo, lo presiento. Sé que anda tras de mí y mi bebé.

Nos persigue a ambas; ya lo hizo con mi anterior bebé y no paro de acosarnos hasta que logró asesinar a mi chiquito….¡OH DIOS, QUE NO SUCEDA DE NUEVO!

Debo ser fuerte, secar las lágrimas y seguir escapando. A éste lo protegeré más que al anterior, no dejaré que las malvadas manos del asesino lo toquen. Es mi hijo, es mi sangre, mi carne, es mi única esperanza de dejar una impronta en este mundo. No, está vez juro que no lo tocará.

Todavía no me vio. –SHHH pequeño, no llores o nos descubrirá…

Sé que está escondido, agazapado entre las sombras; esperando a saltar cual un felino acecha a su víctima. Pero esta vez no logrará su cometido.

Si pudiera llegar hasta aquel pasillo…pasar inadvertida ante sus vigilantes

Que le obedecen fielmente.

Ahora, voy corriendo; mi niño no llora, mejor aún.

Llegué al pasillo…¡Gracias, Dios. No me ha visto su leal sirviente.

Falta muy poco para que pueda llegar a la libertad y buscar ayuda; esta vez no me atrapará como la anterior. Estoy decidida a todo, mi hijo crecerá a mi lado y seremos felices.

¡OH NO! Me ha visto. Debo correr con todas mis fuerzas.

Aguanta pequeño, aguanta por favor.

Mi niño me mira con sus bellos ojitos bañados en lágrimas; es tan indefenso, tan bello. Me resulta increíble que alguien quisiera dañarlo. ¿Qué mal puede hacer esta criatura? ¿por qué su vida es una amenaza para alguien? ¿Quién puede ser tan miserable para asesinar esta maravilla de Dios?...

Sí, hay alguien: él. Ese maldito asesino que odia a los bebés –al menos a los míos- esa porquería de ser que es capaz de destruir una vida indefensa como esta sólo para satisfacer sus propios instintos.



Corro, corro cuánto y cómo puedo, abrazando contra mi pecho a este inocente ser. Las fuerzas empiezan a abandonarme pero no cejaré en mi intento de escapar. Debo buscar ayuda….

Estoy tan cerca; no quiero mirar atrás, sé que me sigue.

¡BASTA! Estoy decidida a luchar; no puedo llegar con mi bebé a la salida.

Descansa en el suelo pequeño, escondido te dejo. Ahora yo voy a convertirme en cazadora, lo esperaré y lo mataré con mis propias manos si es necesario.

Vigilo…allí viene, siento su jadeante respiración…

No me ve y yo salgo de mi escondite. Lo ataco con furia, con desesperación, con locura. Debo vengar la muerte de mi anterior pequeño, debo exterminarlo para que no toque a mi niño ni a ninguno más.

Su sangre me salpica la cara y el cuerpo, no me interesa…Sé que se extingue, lo estoy asesinando; ahora yo soy la asesina. Muere, bastardo. Muere…





--¡Saquen a esta mujer de aquí y llévenla a enfermería de inmediato!

--Doctor, disculpé. Yo estaba en el pasillo pero no sé como pasó sin que la viese.

--Ya he dicho que esta mujer debe estar confinada a su habitación, sola. Su historial dice

que ha quedado traumatizada debido a un aborto que se realizó …Ah! Levanten los

trozos del espejo roto no sea cosa que alguien más se lastime.



21/08/2006