viernes, 28 de septiembre de 2007

La blasfema (cuento)

cuentos

Don Irineo, el viejo sacerdote, subía renqueante la cuestecilla de la
calle del Calvario todas las mañanas poco antes de las ocho. Libre de
oficiar en su parroquia, dada su avanzada edad, asistía diariamente a
la misa de la catedral.

- Qué asco de viejo.

La Patro se asomaba al balcón despeinada y en bata. Aunque su último
cliente se hubiera ido dos horas antes, siempre le esperaba para
maldecirle.

- Corre, cuervo, corre - murmuraba entre dientes -anda a lamerle el
culo a ése, y le dices que por aquí no asome que no nos hace ninguna
falta.

Don Irineo, medio ciego y medio sordo, parecía no apercibirse de esa
presencia hostil que cada día, y durante años, le elegía como
portavoz de sus blasfemias.

Sólo después de maldecir al cura podía dormirse la Patro, como si
hubiera tomado justa venganza sobre su vida y su propia historia.
Mediante este acto ritual sustentaba la supervivencia de su dureza
interior, de su rebeldía, y se dormía con el sueño entrecortado de
los soldados en la guerra.

Una mañana ya habían tocado las ocho y don Irineo no pasaba. La Patro
se impacientó porque había tenido mucho trabajo y, pensando que no
podría dormir sin insultar a Dios y a su mensajero, se echó un chal
por encima y salió a buscarle calle abajo.

- Maldito viejo, ¿dónde andará?- farfullaba iracunda al bajar la
escalera. No tuvo que andar mucho para encontrar un bulto negro caído
en la acera.

- Oiga, oiga, ¿qué le pasa, está malo?.

Le sacudió un hombro, pero don Irineo no se movía y ella se
inquietó. Al alzarle y recostarle contra la pared vio que estaba muy
pálido, las pupilas dilatadas, la boca temblona, y le caía un hilillo
de baba que la Patro le limpió con su propia mano.

- Este se muere.

Como era una mujerona fornida, resuelta en el manejo de los cuerpos,
se cargó en brazos al vejete, lo subió a su casa y lo tendió en la
cama. Al poco pensó que era raro el que un sacerdote estuviese en la
cama de una puta, pero no tenía otra habitación y ¿qué iba a hacer?

- ¿Qué ha pasado, dónde estoy? - Don Irineo se incorporó un poco y
pareció querer fijar la mirada.

- No se preocupe, voy a buscar al médico. Usted ahí, que vengo en
seguida.

- ¿Quién eres, hija, cómo te llamas?

Ella dudó algo y al fin respondió con sequedad

- Soy la Patro. ¿Qué más da?

- Dame agua, hija- Apenas pudo mojar un poco los labios. Con el
sorbito pareció recuperar un hilillo de fuerza.

- Sí, sí, la Patro. Ya me acuerdo. Si yo te conozco.

- Ah... ¿sí?

- Yo, yo... hija... tanto tiempo pasando por tu puerta para ir a
rezar por ti y por tu niño.

- ¡¿A rezar por mi hijo?!- A Patro esta declaración le causó tal
sorpresa que por un instante olvidó que estaba ante un moribundo. -
¡No, no: yo no creo en Dios! ¡Yo odio a Dios, yo le maldigo! ¡Le
odio, le odio! ¡Y a usted también, maldito cura, cabrón, mentiroso,
cerdo, cerdo!

La Patro gritaba y apretaba los puños. De repente vino en sí, se
serenó y, cogiendo la mano del sacerdote, que pendía de la cama, se
la colocó sobre el pecho.

- Perdone, ¿eh?- musitó apenas.

Don Irineo alzó la mano y trazó una temblona señal de la cruz

- Ego te absolvo...

Patro se retiró con suavidad, conmovida por el gesto del pobrecillo.
"Absorberla" a ella, ya se ve que deliraba. Con cierta ternura le
colocó a don Irineo los mechoncillos de cabello blanquísimo y fino.

- Haz tú igual- Pidió él con muy poquita voz.

¿Ella? Patro sintió un pánico supersticioso- Voy a buscar a un cura,
espere, espere...

- Por favor, tú, tú...

- Pero si yo... yo he insultado a Dios.

- A él no. A mí, sólo a mí. Por favor...

Con el dedo índice y un gran reparo ella dibujó una cruz chiquitita
en el entrecejo de don Irineo. Qué costaba darle ese gusto... El la
miró con agradecimiento.

- Voy a por el médico y a por un cura, espere, espere.

Le vinieron a don Irineo como una lucidez y un vigor repentinos y,
esta vez con firme trazo, bendijo a la mujer.

- Mater invioláta...

- Aguante, aguante.

- Mater amábilis...

La Patro salió corriendo. Cuando regresó, con un sacerdote de la
catedral, don Irineo ya había muerto.

- Hay que sacarle de esta casa inmediatamente y sin escándalo. No
puede saberse que ha muerto aquí...

La Patro cerró los ojillos de don Irineo, le envolvió en una colcha
blanca y le llevó en brazos hasta la catedral a la que el pobre
hombre no había podido llegar aquella mañana por sí mismo. La misma
colcha en la que, años atrás, había envuelto a su propio niño, muerto
de tuberculosis, para ir a pedir el cambio de su vida por la de él.
Cuánto tiempo sin hacer ese camino. Y qué corto se le hizo, y qué
poquito le pesaba el cuerpo, casi tan poco como en su anterior viaje.
Cuando la Patro entró de nuevo en la casa de su Enemigo, enfiló
derecha al altar y, como la otra vez, lo depositó a los pies del
Cristo. Un par de beatas interrumpieron su automático murmullo.

A todo esto el sol estaba ya queriendo apoderarse de las sombras. Las
golondrinas que anidaban en los aleros de la catedral alzaron un
vuelo nervioso y abigarrado ensayando su inminente partida al Sur.

Blanca Barojiana

TEORIA DE CUERDAS

cuentos


La sábana envuelve como sudario su cuerpo ahogado por las esporas que
el espacio, el tiempo, su mujer, adhieren a sus capilares. Y esa carne
globular, oleadas de grasa basculante, limita su terror en la cama de
mamá.

Otra noche sin dormir, perseguido por odios y rencores que en
infinitos filamentos
le transmiten los descerebrados protozoarios de la humanidad. "ESTE
COLOR TIENE QUE SER OCRE!!!! PELOTUDO!!!! !!!!!!!!!", ¡no te dejés
ganar por inferiores!, descerraja Helena, o mamá. Cómo defenderse.
Humillado desde el gen recibido del principio de la vida. Qué vida.

Mejor una ducha, se dice mientras se encamina por pasillos y
catacumbas flanqueadas por esqueletos sonrientes. Las manos todavía
húmedas de su padre se marcan en las paredes de Altamira, pasando el
living, entre bisontes y sonetos, camino del olvido momentáneo,
escapando al horror del nombre de la Humildad.

El agua extiende seudópodos ávidos, en busca de su entrepierna. Helena
lo persigue en la noche, por las galaxias de la humillación. Ser
humilde enaltece, ellos no dan la altura, dice, decía. Son inferiores,
no tienen huevos, vos no tenés huevos. Te dejás ganar. Todavía
sostiene el despertador puesto en hora para no dejarlo evadir el
mundo cotidiano, lleno de zombis trajinantes. La lluvia lo asfixia,
se pegotea, roja y viscosa, enrollándose, mostrando el tobillo,
marcando las nalgas prohibidas de su mujer.

Cómo defenderse. ¡El sueño, por favor! Ella respira como un Moloch
ahito de rencor y orgullo. O no respira. ¿Quién respira? ¿Mamá? La
noche extiende sus tentáculos coagulados en busca de su sexo. O es una
mano (de él, de ella, de ella?). O dormir, o morir. O matar. Papá,
todavía mojado, se revuelca en la cama con la muchacha, riendo como un
chico. Él no. El placer no llega, el miedo no se va. La angustia
unifica el universo en un destello de autodesprecio, otro fracaso, ni
para pajearse. No hay futuro, ni pasado, sólo un presente inmemorial
de ignominia y vergüenza, comenzando por el parto públicamente no
deseado. Ni humilde. Toda la humanidad desde el alba del Hombre, en
una sola mirada de Górgona, de Helena, incinerando insignificantes
significados.

Es, otra vez, la muerte, el descenso al infierno de todas las noches.
El cuerpo vecino, el predador, despliega su ectoplasma, lo devora. Es
el fin. Declarado culpable, vulnerable a las críticas, incapaz de
triunfar, débil, desterrado. Por fin grita, transgrede el tabú. Odia.
Ataca. Sacude los brazos como un molino desbocado, como una hélice
enloquecida, como un espantapájaros espantado. Los golpes resuenan
como yunques del infierno. Los aullidos del monstruo disuelven su
cerebro en un magma oleaginoso, nauseabundo. Se limpia los ojos
salpicados. Cierra la ducha.

Silencio. El Minotauro es ya un fangal pastoso, oscuro como brea. El
se va hundiendo lentamente en la placenta primordial, cierra los ojos.

Esposado, flanqueado por policías, médicos y curiosos, mirando las
paredes garabateadas con sangre y residuos, el cuerpo desarticulado de
Helena, su cráneo destrozado, su rostro dilatado en el último grito,
se dio cuenta que, por fin, había comenzado a dormir.
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Carlos Adalberto Fernández

jueves, 27 de septiembre de 2007

El loco del tiempo

cuentos


Emiliano Almerares

Ignacio Rivarola se levantó un domingo por la mañana y fue corriendo
a mirar por la ventana. A pesar de que eran las nueve, parecía de
noche y llovía a cántaros. Le dio mucha bronca porque al mediodía se
juntaban en lo del gordo Rubén a comer un asado. Y ¡con las ganas que
tenía de comer asado! Encima el gordo boludo este tiene la parrilla
afuera, pensó. ¡Por qué no parará de llover!, dijo en voz alta. Un
minuto más tarde, el cielo se aclaró y la lluvia cesó. De más está
decir que fue pura casualidad, una de esas locuras impredecibles del
tiempo, pero a él se le antojó pensar que tenía un poder especial
sobre el estado del tiempo.
Lo ayudó a consolidar esta convicción el hecho que tuviera la misma
suerte en un par de ocasiones más. Sin embargo, la mayoría de las
veces, su deseo no coincidía con las condiciones meteorológicas, pero
él, en su locura, creía que se le había concedido su pedido. Por
ejemplo, se levantaba con ganas de ir a la playa y al ver que estaba
lloviendo, se acercaba a la ventana y decía como si tal cosa, con voz
imperativa: QUE PARE DE LLOVER, CARAJO, QUE TENGO QUE IR A LA PLAYA.
Afuera seguía lloviendo como antes, a veces incluso, con más
intensidad, no obstante, él se ponía la malla, las ojotas, una
remera, ponía un toallón y el bronceador en la mochila, agarraba la
reposera y se iba a la playa. Horas más tarde, volvía a su casa y se
encremaba bien todo el cuerpo para que no se le pelara la piel. Al
otro día, le llamaba mucho la atención que nadie le comentara lo
bronceado que estaba. Esto se debía mayormente, a que la lluvia no
broncea, razón por la cual estaba blanco como la leche. Si se
resfriaba lo atribuía a una insolación, no al hecho que había estado
tres horas acostado sobre la arena bajo la lluvia.
En una oportunidad, se agarró a trompadas con un pintor que le estaba
pintando el frente de la casa. En determinado momento, empezó a
llover. El pintor se bajó de la escalera y empezó a guardar sus
elementos. Al verlo Ignacio le dijo: ¿Qué hace? Me voy. No puedo
trabajar con lluvia, le respondió el pintor. No, no. Espere un
segundito. Miró para arriba y dijo: Que paré de llover en este mismo
momento que el señor tiene que trabajar. El pintor lo miró sonriendo:
Mañana nos vemos, don. No, no. Que mañana nos vemos, protestó Ignacio
y le sacó el bolso de la mano. Siga trabajando. ¿No ve que ya paró de
llover? Vago de mierda. Desaprobando el accionar de Ignacio, el pintor
lo empujó y recuperó su bolso. Esto hizo que Ignacio perdiera la
compostura y se le abalanzara al pintor para pegarle. Los detalles de
la lucha son irrelevantes, sólo diré a modo informativo que Ignacio
medía 1, 70 y pesaba 63 kilos, mientras que el pintor casi 2 metros y
tres cifras de peso.
Este "don" tampoco le trajo mucha suerte con las mujeres. Supónganse.
Un día se levantaba melancólico y al ver que afuera había un sol que
rajaba la tierra, pedía que lloviera y salía con sobretodo y paraguas.
Si veía alguna señorita que le interesaba, la cual por supuesto no
llevaba paraguas, se le acercaba y le decía: Discúlpeme señorita, noto
que ha olvidado su paraguas y se le está mojando todo su precioso
cuerpo humano. Permitame por favor, que la cubra con el mío. Cuando
tenía suerte, le encajaban un castañazo y se alejaban. Cuando no, era
arrestado por la fuerza pública. El atribuía este, para él, extraño
comportamiento de las mujeres a que ya no quedaban damas en el mundo.
Son unas atorrantas, le decía a sus amigos. Antes, por ejemplo, vos
ibas caminando por la calle y veías que a una señorita se le había
caído el pañuelo. Te acercabas y se lo levantabas. La más antipática
te miraba a los ojos y te agradecía con una sonrisa. La más simpática
te daba el teléfono. Ahora te pasa eso y en una de esas te dicen que
por qué te metés en donde no te llaman. Que gracias a Dios, ella
tiene manos para levantarlo. Yo ya no entiendo más nada, viejo.
Un verano que había amanecido soleado y con calor, desayunó y salió
para la playa. Cuando estaba por llegar, de pronto el cielo se
oscureció y empezó a llover abundantemente. Corrió a resguardarse bajo
un techo. El mismo techo que había elegido una señorita con el mismo
fin. De repente, como si se hubieran puesto de acuerdo, dijeron a
coro: "Que pare de llover". Los dos se miraron y supieron que habían
encontrado a su otra mitad. Tuvieron esa suerte que ocurre una vez en
un millón de enamorarse apasionadamente en ese mismo momento. Se
tomaron de la mano y convencidos los dos de que el sol brillaba en su
máximo esplendor, se fueron a "tomar sol" bajo la lluvia. Dos meses
más tarde, se casaron y tuvieron dos mellizos hermosos. Un varón y una
mujer. Al principio, todo iba bien, porque solamente eran dos los que
tenían que ponerse de acuerdo acerca de como iba estar el clima. Pero
cuando los mellizos empezaron a crecer, también convencidos de que
tenían el mismo poder que sus padres, fue un problema. Empezaban a
pelearse y uno ordenaba que hiciera calor, mientras el otro exigía que
hiciera frío. Para llevarle la contra al otro nada más. Ignacio se
enfurecía: "Terminenla de una vez. Nos vamos a enfermar con tantos
cambios de clima. Tiraba una moneda al aire y según quien ganaba se
determinaba la condición meteorológica. "Seca. Que haga calor y no se
habla más. Y ojito con cambiarlo porque hago que llueva toda la semana
y no van a poder ir a la playa".
Así pasaban los días de esta extraña familia. Mayormente, sin
sobresaltos ni grandes preocupaciones. El problema empezó cuando
Ignacio perdió el trabajo. Lo echaron porque al menos una o dos veces
por semana faltaba, con la excusa que, según él, los accesos al
centro de la ciudad se encontraban inaccesibles por un temporal de
lluvia y viento.
Pasaban los meses y no podía conseguir otro empleo. Tuvo que salir a
trabajar su mujer, que, como era más linda que él, consiguió
enseguida. Entró de meteoróloga en un canal de cable. Pueden
imaginarse lo que duró. La gente es muy envidiosa, dijo cuando la
echaron. Ignacio, mientras tanto, cayó en una depresión muy grande.
Todos los días hacía que lloviera para intensificar su estado. Una
mañana, no soporto más la situación en que se encontraba y decidió dar
por terminada su patética existencia. Fue a la playa, se subió a un
médano y mirando el cielo, llorando, dijo: "Que me parta un rayo".
Como la mayoría de las veces, su orden no obtuvo los resultados
esperados. Ni siquiera una nube apareció. Pero él, como siempre, creyó
en su poder, cayó fulminado en ese mismo momento y se sacudió en la
arena como diez minutos hasta que se dio por muerto.
En la actualidad, vaga por las calles de Mar del Plata sin rumbo, con
la mirada perdida, convencido de que es un fantasma que sólo
encontrará paz en su alma cuando vuelva a pasar el cometa Halley. No
me pregunten que tiene que ver el cometa en esta historia. Tómenlo
como de quien viene. Todos los días visita su tumba. En la lapida
dice "Ignacio Riva". Según él, un error, por falta de espacio, de los
empleados del cementerio.

Emi

martes, 25 de septiembre de 2007

Otra vez...sufrir

cuentos

Todos los días era lo mismo: sentada, calmada, esperaba que le llegase la hora.

Quizás era su sino, por algo debía atravesar esa furia de volcán que la destrozaba para obligarla a renacer de nuevo.

Allí, sus manos temblaban como cuando era pequeña … como cuando se había iniciado en los misterios del amor.

¿Por qué debía atravesar nuevamente ese karma? ¿por qué no quedarse quieta y esperar que la vida transcurriera sin rozarla siquiera?.

Todo era culpa de aquel ser; aquel que la torturaba y maltrataba; aquel que condenaba sus días a la hecatombe de ser un adulto desnudo ante los demás.

Era él, sí. Él era el culpable de sus males. Ahora que ella se había decidido a vivir aquello que le había sido negado por otros motivos.

Allí, la miraba de nuevo, le clavaba la vista con ese ultimátum que tanto ella conocía. Allí sus labios se entreabrían para decir esas palabras que la hundirían nuevamente en la penumbra, que la condenarían a noches de soledad y vigilia… a noches de sufrimiento…Allí…Sí… él lo diría, sí…..

--Sra Sanchez; está reprobada, debe volver a dar Civil I.

La alumna de abogacía salió del aula.



Liliana 24-09-2007

jueves, 20 de septiembre de 2007

El péndulo

cuentos

Lady López Zepeda

Aprende a morir y vivirás, porque nadie vivirá
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)


María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.

******

Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.

(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)

Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.

(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.

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Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.

(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.


Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.

(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…

Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…

Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…

La culpa

Liliana Varela

Era su primer día como portero suplente. Estaba entusiasmado. Después de haber estado tanto tiempo desempleado, ahora podría llevar el pan a su mesa dignamente, como todo un jefe de familia.

La mujer llegó casi corriendo; su andar presuroso se correspondía con sus ansiosos y gestuales ademanes.

--¡Llegué a tiempo! – exclamó hacia Ramón, la nueva adquisición del edificio—pensé que no llegaba…

--La señora vive en…--la cortó Ramón.

--Soy Emilia Nievas –sonrió alargando su mano para tomar la de Ramón en un suave apretón de formal saludo—Vivo en el 5º A con mi hija Mariana.

--Mucho gusto Señora –retiró su mano con un escalofrío—

--OH perdone, siempre me dicen que tengo las manos frías.

--No se preocupe señora –la miró extrañado—tenía entendido que el 5º A estaba desocupado.

--Ya ve que no –sonrió la mujer amablemente—tenemos pensado mudarnos con mi hija pero más adelante; primero debo terminar con un trabajo, soy publicista ¿sabe? Y tengo la costumbre de controlar personalmente la tarea de la gente a mi cargo –miró su reloj ansiosa—si me disculpa, debo ir a ver a mi hija; cuando me fui estaba con fiebre en cama y no conseguí a nadie que la cuidara…así que disculpe.

Ramón vio entrar a la mujer al edificio.

Seguramente le había entendido mal al administrador; debía ser otro departamento el que estaba desocupado.

A los pocos minutos la mujer volvió a salir pero ahora acompañada de una bella niña rubia de mirada clara; ambas sonreían.

--Esta es mi hija Mariana.

--es muy bonita ¿sigue aún con fiebre?

--no, ya no tiene nada –miró a la niña con cariño-- ¿no es cierto mi amor?

--Sí Mamá, ya estoy bien, ahora que viniste.

Ramón las vio alejarse y sonrió pensando en la bonita imagen que conformaban madre e hija.



--Ramón ¿vinieron de la inmobiliaria?

La voz del administrador lo sacó de sus pensamientos.

--perdón Señor, decía…

--Que iban a venir a tasar el 5º A, el que está desocupado.

--no puede ser Señor, recién la dueña de ese departamento me dijo…

--¿De qué dueña me habla? – lo interrumpió—el dueño es el viudo de la mujer que vivía acá.

--Pero señor, recién estuvo la señora Nievas con su hija…

--¿Qué dice hombre? La mujer que vivía acá está muerta.

--¿Cómo dice Señor? –expresó Ramón perplejo—no puede ser, yo hablé con ella…

--¡No diga pavadas Hombre! La dueña del 5º A murió anoche en el hospital; estuvo casi un mes en coma después de un intento de suicidio. La pobre quedó mal una mañana que dejó a su hija sola y enferma. Se cree que la niña quiso levantarse a tomar algo y prendió el gas. La madre la encontró muerta cuando volvió del trabajo. Desde ese día se culpó por no haberse quedado con su hija en vez de ir a trabajar, más, cuando le dijeron que si hubiese llegado unos minutos antes, la hubiese podido salvar.



Los ojos de Ramón se abrieron desmesuradamente.





Liliana 2006

EL TÍO CÁNDIDO

Manuel Cubero

Seguro de que lo conocéis en alguna versión parecida. Es un cuento de nuestra tradición oral que le recogí a un "compañero de taberna", jubilado de la Sierra de Cádiz, mientras dábamos cuenta de una buena ración de panceta (eso que algunos llaman "bacon"): "Se lo cuento como me lo contó mi abuela allá por los años de Maricastaña -me dijo- y a ella se lo contó la suya y a ésta...".
Y así hasta que comezó...
Manolo
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EL TÍO CÁNDIDO
(Cuento de tradición popular recogido en la sierra gaditana)
Érase una vez un hombre al que todos los vecinos del pueblo conocían como el Tío Cándido. El Tío Cándido, que tenía una buena posición económica, era un hombre generoso, caritativo y amable con toda la vecindad.
Como había heredado de su padre unas hectáreas de olivar y una casita en el pueblo y, aunque estaba casado, no tenía hijos, vivía desahogadamente y sin apuros de tipo alguno.
Con la buena vida que se daba se había puesto muy gordo. Muchas tardes, solía ir a ver su olivar en un hermoso burro, pero como el Tío Cándido era tan bueno, pensaba que pesaba muchísimo, y decidió no fatigar demasiado al burro. De esta manera, además de hacer ejercicio para no engordar más, había tomado la costumbre de ir a pie parte del camino llevando al burro cogido del cabestro.
Una tarde, unos estudiantes lo vieron pasar en aquel estado cuando iba de vuelta para el pueblo ensimismado en sus pensamientos. Uno de ellos, que lo conocía de vista y sabía de su bondad, informó de ello a sus compañeros y los incitó a gastarle una broma.
El más travieso de ellos imaginó que lo mejor y más provechoso sería quitarle el burro. Se pusieron de acuerdo y éste, destacado por su frescura y desvergüenza, se acercó muy despacio, soltó al animal, se colocó en el cuello la jáquima del burro y siguió su camino detrás del Tío Cándido. Los otros se alejaron con el burro y, cuando habían desaparecido entre los árboles de un bosquecillo, el que se había quedado tiró del cabestro suavemente. Entonces el tío Cándido se volvió y se quedó pasmado al ver que, en lugar del burro, llevaba un estudiante sujeto por el cabestro.
-Alabado sea Dios Todopoderoso –exclamó el estudiante dando un profundo suspiro.
-Sea por siempre bendito y alabado –respondió, sorprendido, el Tío Cándido.
-Perdone usted, Tío Cándido. Antes de que me dé una merecida paliza por mi mutación, permítame que le cuente mi vida. Yo era un estudiante pendenciero, jugador y muy desaplicado. No adelantaba nada. Y mi padre, enojadísimo, me maldijo diciendo: "eres un asno y debieras convertirte en asno".
"Dicho y hecho. No bien hubo pronunciado aquella tremenda maldición, me puse a cuatro patas mientras veía cómo me brotaba un rabo y me crecían las orejas hasta verme en la figura que usted conoce. Cuatro años he vivido en forma de asno y, en este mismo momento, gracias a usted, acabo de recobrar mi figura y condición de hombre".
El Tío Cándido se quedó asombrado, le pidió perdón por el daño que le había podido hacer en aquellos años y le dijo que se podía ir.
El estudiante rompió a llorar agradecido y se despidió del Tío Cándido antes de salir del lugar a todo correr.
Satisfecho el Tío Cándido por su buena obra, se volvió a casa. Al llegar a ella no dijo nada de lo que le había ocurrido a su esposa, pues el estudiante le había dicho que si contaba la verdad de lo que había acontecido, de nuevo tomaría forma de burro.
Pasó algún tiempo y, cuando llegaron las fechas de la feria de ganado, pensó que era el momento de adquirir un nuevo compañero de paseos. Para ello se dirigió al lugar donde un gitano ofrecía algunos de los borricos de mejor presencia del entorno, según le había dicho un amigo. Allí, para sorpresa suya, estaba su burro.
"Sin duda -pensó- este muchacho ha vuelto a sus antiguas travesuras hasta merecer, de nuevo, el mismo castigo de la otra vez".
Luego, acercándose al burro, le dijo en la oreja:
-Quien no te conozca, que te compre.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Manolo



manuel-cubero

Loqui Loqui, la jirafa

cuentos
julia del prado morales

Hoy se subió a mi almohada una jirafa, le conté la historia de la
leche asada. Ella aplaudió la historia y juntas alegres nos
pusimos a saltar en la cama, lo hicimos varios días no tan seguidos
pero la última vez rompió el techo con su cabezota, se quedó si
vieran ustedes con una cara de anodada y miraba el cielo. El techo
hizo: plum plum.

Vino mi amiga Soledad que ante esta calamidad me dijo: -Yo repararé
el techo y no despidas a tu jirafa, es nuestra amiga.

La jirafa repuesta ya del susto recordaba –otra vez- la historia de
la leche asada, le puse una fuentaza en el patio de mi casa. Si
vieran su cara de placer mientras comía. Me preguntaba que de tanto
comer este postre, no se enfermaría del estómago. Eso si les digo
ella no estaba asada. Sonreía y enseñaba sus dientotes, hasta que
finalmente cayó al suelo con un intenso dolor de barriga. Fui a la
farmacia, con una receta del veterinario y le traje calmantes en
demasía.

Repuesta –ahora- está tirada en el jardín, toma el sol alicaído de
las cinco de la tarde.

Esta jirafa como se divirtió con la leche asada y su historia;
historia de la leche asada parecida a la historia de Sherezada.

Julia del Prado (Perú)

Derechos reservados

VIDA DE DELIA

© Carlos Adalberto Fernández


La soledad es un sudario que envuelve, en infinitos pliegues, mi juventud perdida, mi afan de amar y ser amada, mis ansias de vivir. Lo poco que he sido, lo nada que soy. Aquí estoy, recluída en Buenos Aires, en una pensión de miseria, rodeada de muertos que no saben que no laten. O sí, y yo soy la única que no late, ni siquiera viendo los novelones que antes me ahogaban en llanto. Vivir aunque signifique sufrir. Ya ni eso, después de Manuel. Pensar que dejé mi casa, mis padres, el transcurrir insoportable de un tiempo inmóvil e indifererente, un futuro desértico. No tenía ninguna esperanza. Ni atractiva ni inteligente ni ambiciosa ni valiente, qué podía conseguir. Ni loca, como la Leonor que, repodrida, siguió a un cafishio debutante que usó y abusó de ella. "Algo es algo, Delia", me dijo cuando, sobre el final. la asistí en su cama, en una indiferente sala de primeros auxilios en un pueblucho, camino a casa, aunque sabía que ya no llegaría. "Por lo menos viví. ¿Te acordás el Nico, que el tío lo había llevado una vez en motoneta, que estaba harto de la vida, y que cuando vió la moto que algún turista estacionó para caminar el pueblo "tan lleno de historia", la agarró, como pudo la arrancó, como pudo salíó a los pedos y cuando vio que lo perseguían aceleró y se hizo mierda contra el puente?. Ya no podía volver. Bueno, a mí me quedan algunos recuerdos y poco tiempo".





Cuando me vine a Buenos Aires la plata no me daba para más que esa pensión, esas piezas que daban a la terraza, el baño cerca de la escalera.

En la última pieza estaba Delia. Una chica amorfa, apocada, una sombra. Lo único que era joven, no más de veinticinco, y siempre atrae la carne joven. Cuando pasaba la veía –había que dejar la puerta abierta para tener aire-, a veces en combinación, tirada en su cama.

No estaba interesado, si era por mujeres preferia volverme al pueblo.

Pero en Buenos Aires las porteñas te miraban como un sirviente de cuarta y las pueblerinas lo primero que aprendían era a mirarte como un sirviente de cuarta para hacerse las porteñas. Así que pasaba hambre. Comencé a saludarla, después a darle charla desde la puerta. No sé si era demasiado inocente o tonta, o no imaginaba que pudiera interesarme algo de ella. Y la verdad que no me interesaba nada más que montarla. Creo que se sentía sola, la pobre, yo la miraba y le hablaba, era el Mesias. Asi que comencé a cebarle mates, sentado al borde de la cama. La primera vez que le acaricié el muslo se puso de piedra pero no se resistió. Y al final me di el gusto, tanto tiempo, después de todo, en horizontal, todas las mujeres son iguales.



¿Recuerdos, yo? Sólo malos, y que me llenan de verguenza. Fuí tan estúpida, pensar que con Manuel había un futuro, no más soledad. Y le brindé todo, le levanté un altar. Nunca pensé que pudiera amarme, a mí, pero algo, yo que sé. Cuando descubrí que me despreciaba, que era sólo un cacho de carne de un corte barato, creí morir. Desde entonces creo que estoy muerta. Le cerré la puerta a Manuel, a los teleteatros, a las ilusiones, me envolví en el sudario.





Con Delia consegui suministro de sexo, mimos, comida, todo servicio, durante un tiempo. Pero me comenzó a pesar. No podía mostrarla, algunos me cargaban. Además yo ya le estaba tomando la mano al mercado local, alguna hembra pescaba de vez en cuando.

No me entendía, la boluda, no le entraba en la cabeza que era un quemo, que fué una calentura, que ya no la necesitaba. Tuve que fajarla. Allí, en la misma cama, la cagué a cachetadas. Daspués no traté de explicarle, para qué. Cada uno debe saber su lugar en la vida. Cuando la dejé, cerrando la puerta, temblaba en sollozos.





La soledad es un sudario que envuelve, en infinitos pliegues, un pasado humillante, un futuro oscuro y un presente sin sentido. Y que a nadie le importa. Qué me queda. Esperar la muerte, que me saque de aquí, que ya no aguanto. Muerte ¿donde estás?¿que esperas para liberarme? Yo voy donde me pidas. Tómame de la mano y vamos.





Hoy había un nuevo inquilino en su pieza. Cuando pregunté me dijeron que hace unos días que hahía desaparecido, que había dejado toda su ropa, sus cosas. Nadie supo más de ella.

Le tengo lástima. No estaba hecha para esta vida. No tenía nada que darle.



© Carlos Adalberto Fernández – 07/2007

Cuento corto.

Cuento corto.
Julio H. Nemesio


Eran las 23 hs de un día de semana. El celular estaba cargado. Tiene crédito.
En la billetera hay $200 y una tarjeta de crédito con todo el límite disponible. $1000. No es mucho pero tampoco es poco.

Mario Andrés se miró por quichicienta vez en el espejo. Estaba bien. Se veía saludable, contento, quizás algo ansioso.
Caminó hasta su cama. El jean nuevo, medias nuevas, sus mejores zapatos negros, su chomba colorada favorita, slip negro con toque de lycra. Al lado en la mesa de luz, un POLO pequeño recién comprado. Al lado sus gafas, las de salir. En el cajón de la mesa de luz todo lo otro q pudiera necesitar.
Solo debía sonar su celular. Estaba listo.
Desnudo como estaba esa noche tórrida de enero, se fue hasta la cocina del pequeño dos ambientes. Si bien pequeño, adecuado para un solo ocupante. Buscó la pava, la llenó con agua del calefón para apurar el trámite. La dejó en un costado y prendió la hornalla delantera derecha con su encendedor Zippo plateado brillante espejado que había olvidado en la cocina. Puso la pava en el fuego bajo. Le gustaba que el agua fuera subiendo de temperatura lentamente. Se le antojaba que el mate tendría mejor sabor.
Buscó su mate de palo santo. La bombilla. Puso su combinación de yerbas preferidas: 2/3 de la tranquera y 1/3 de la cumbrecita. Colocó la bombilla. Puso un chorrito de agua tibia en el mate.
Buscó con la vista el termo. Lo tomó, destapó y vació su contenido. Abrió el edulcorante líquido sin sacarina y le puso tres pequeños y precisos chorritos dentro del termo. Dejó el termo al lado del mate y guardó el edulcorante.
Miró al agua de la pava buscando algún movimiento en el agua.
Esperó.
El agua hizo un leve movimiento, una burbuja solitaria cruzó la inmensidad de la pava. Un ruido apenas audible salió de la pava entre el suave y siseante sonido de la hornalla. Tomó la agarradera con forma de cerdita piggy para no quemarse y trasbasó el contenido de la pava al termo.
Con el termo sin tapar completó un primer mate...
Volvio a llenar el termo con el resto del agua de la pava y puso el tapón al termo.
Se fue al comedor.
Se sentó delante de su pantalla de 29 en su sillón favorito estilo inglés. Respaldo alto. Se había olvidado el celular.
Lo buscó y dejo en la mesita donde habitualmente ubicaba su vaso con una medida de Jack Daniels después de cenar para mirar alguna pelicula, seguramente repetida.
Tomó el primer mate, cebó un segundo, dejo el termo nuevamente en la mesita y prendió la televisión.
Duro de matar II. Escena donde está en el avión del jefe guerrillero. Tiran las grandas dentro. Se salva de milagro. El paracaídas le cae encima y busca como salir...
Where is the fucking door?... dice Bruce Willis con su clásico y repetido estilo.
Mario rió por millonésima vez con el chiste.
La peliculá siguió y los mates siguieron llegando.
Cuando la película terminó, miro al celular. Seguía mudo. Seguía teniendo señal. Seguía teniendo crédito.
Fue a abrir la heladera. Sacó el jamón y medio tomate que le quedaba.
Buscó el pan árabe y un cuchillo. Cortó prolijas rodajas de tomate sobre una pequeña tablita de madera para tal fin. Ninguna mayor a 5 mm de grosor. Sonrió.
Abrió el pan, colocó tres rodajas de tomate, y tres gruesas fetas de jamón del verdadero plegadas en dos. Tapó con la otra rodaja del pan y observó satisfecho. Usando la tablita como plato llevó el emparedado hacia el televisor. Obviamente había quitado los restos del tomate de la tablilla. No deseaba mojar el piso con el jugo del tomate maduro.
Bloqueó un pensamiento.
Bloqueó un segundo pensamiento.
Miró el reloj.
Se sentó a disfrutar del emparedado favorito. Lo fue bajando con mate. Mientras miraba Cinecanal. No sabía que darían a continuación.
Volvió a mirar al celular. Nuevamente bloqueó un pensamiento.
Armaggedon.
Una noche con Bruce Willis. Pensó.
El libro de las revelaciones. Pensó.
Dios Vs. Satán. Pensó.
Sonó el celular. No era una llamada. Era un mensaje de texto. La espera había terminado.
Lo abrió, pulsó las teclas correspondientes. Estaba ansioso y nervioso, era el mensaje esperado, deseado.
Cerró el celular. Lo depositó suavemente sobre la mesita. Y caminó hasta su dormitorio.
Se vistió lentamente. Bien prolijo. Se peinó y puso unas gotas del caro perfume en su rostro.
Buscó en el cajón el resto de elementos que necesitaba.
Se colocó su reloj, imitación Omega Seamaster. Exelente reloj si bien no original. No podía costear el auténtico.
Se puso su cadena de plata, con su crucifijo en forma de maderos.
Se miró al espejo de la puerta del placard.
Estaba perfecto.
Casi olvidaba el último elemento.
Se volvió a mirar en el espejo. Pensó que Armageddon era una película muy tonta. Pero entretenida. Pensó nuevamente en el mensaje del celular. Ella le había mandado el mensaje. Pero bueno. No podría verla. Cambio de planes.
Seguiré con mi vida. Pensó.
El disparo resonó en la habitación.
El arma cayó de su mano.
El cayó hacia atrás. La sangre había manchado incluso el techo.
Meticuloso como siempre había sido, había puesto el caño del Magnum en su boca. No quería sufrir.
El celular volvió a sonar.
Un segundo mensaje de texto rezaba...
"el anterior equivocado. no era para vos. yo tambien te amo. salgo para aya"
El primer mensaje decía:
"harta de vos. no me invadas. no me sofoques. matate"
El la amaba... y solo supo seguir con su vida, obedeciendo a la que él ama.

Por mas que ella le perteneciera a otro. Hasta donde él sabía.
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Julio H. Nemesio
S.S.S.