martes, 30 de octubre de 2007

OTRA VUELTA

cuentos
Versión libérrima del tango

Volvió una noche
Letra Alfredo Le Pera


Costanera Sur, entrada por Belgrano. Me acuerdo, como olvidar. Cómo olvidarla.

Pobre y errante adolescente, estudiante incierto del Krause, en los mediodías exploraba, con algunos compañeros, los recovecos de la costanera. Algunas estudiantes de un liceo cercano, caminatas, apretujones, risas, nada.

O las hamacas del parque, en el boulevard cerca de la vía, la respiración agitada, la adolescencia reclamando por las obreritas de la fábrica, aleteando risas nerviosas, volando en las hamacas, ofrecidas, pidiendo, temiendo.

¿Te empujo? ¡No muy fuerte que me asusto! ¡No tengas miedo, yo te sostengo!

Las manos ardiendo en las caderas ofrecidas, apoyando el empuje desde las nalgas, gritos, risas, pieles erizadas de placer y deseo. Aumentando el envión hasta provocar el grito. ¡Más despacio! Y mis manos sujetándola de los pechos, deteniendo la hamaca y antes del reto, deslizándolas por la cintura, las caderas, los muslos, sosteniéndola hasta la inmovilidad, respirando en su nuca. ¡No tengas miedo, yo te agarro! ¿Otra vuelta? Y reiniciando sin esperar respuesta hasta que el llamado de la fábrica las llevaba volando y riendo.

Lucía (es todo lo que supe de ella), después de los primeros escarceos grupales, terminaba siendo mi pareja. La secundaba en su vuelo como en un Pas de deux litúrgico, quemante, que cortaba el aliento en cada roce de las carnes. Nunca charlamos, ni caminamos juntos, ni nos invitamos a nada. Sólo la danza erótica donde aprendimos, ella y yo, de la tortura y el placer de la sensualidad minuciosa, agónica, de la ronda de dos cuerpos. Entre mediodías sufría de ausencias, llenaba mis noches de insomnios ansiosos.

Hasta que un día me besó en la boca, saltó de la hamaca y se fue. Los días siguientes no vino. A mis preguntas sus amigas contestaban entre risas que no sabían. ¿Me hamacás?, preguntaban, evaluaban. Las hamacaba, manos firmes en los hombros o sosteniendo los brazos, después sentado silencioso en el tobogán. Se burlaban, ellas y ellos. Cuánto la necesitaba.

Un día volvió, silenciosa entre sus compañeras mudas, como un séquito secreto. Me esperó a la distancia. Cuando me acerqué me tomó de la mano y me guió entre los árboles. Fue mía en un ensueño como una sinfonía de ángeles y faunos, como una explosión de pétalos y alas, como un arco iris escondido en su vientre.

Y me dijo adiós.

Cómo olvidarla, Lucía.

Eso fue hace diez años. No sé qué me trajo, esta noche, al boulevard, las hamacas, mi adolescencia. Desde la hamaca la distinguí entre las mujeres que paseaban insinuantes y hastiadas por la vereda y entre los coches. Lucía. Desde la vereda me distinguió, se acercó lentamente. Se sentó en la hamaca de al lado.

Nos hamacamos silenciosamente un largo rato.

Como vez, no pude irme, Carlos, no pude esquivar a mi destino. Tal vez, con vos, hubiera sido distinto. Pero eras un estudiante, todo futuro, y yo, en la fábrica desde chica, no me ilusioné con vos. Tampoco aguanté la fábrica y ahora... aquí me ves.

No le dije nada. ¿Qué podía, reprocharle, reprocharme?
¿Me olvidaste, Carlos?

Nunca dejé de recordarte, Lucía, nunca dejé de necesitarte. Siempre me reproché mi cobardía de niño bien. ¿Por qué no te detuve, si ya estabas en mi piel?¿Por qué no te seguí, no te busqué? ¿Por qué sólo después aprendí que, por la felicidad, hay que pelear con uñas y dientes?

Éramos dos niños hamacándose en la vida, temiendo sufrir, no animándose a amar. No sé... tal vez aún no sea tarde, dijo y comenzó a hamacarse suavemente. ¿Te animás a otra vuelta?

Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más.


Carlos Adalberto Fernández


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Carlos Adalberto Fernández
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domingo, 28 de octubre de 2007

LA DEUDA

cuentos

Falta para la aurora, para mi encuentro con Bedoya. La noche está húmeda, pringosa. Noche agorera de muertes desangradas en grietas resecas que se hunden en el infierno. O de espectros insomnes, deambulando en busca. De qué, digo, qué carajo hago aquí, yo, Toribio Antunez, otrora guapo, ya casi pretérito. Los cuervos de la noche esperan, negro sobre negro, mi cuota de muertos, o mi propia muerte, que ya es hora.
¡Cucarachas! En esta cueva hedionda, acompañan mi inevitable descenso al ocaso.
Lejos quedó el tiempo del joven de cuchillo inhóspito, sacerdote ceremonial del requiem porque sí, porque éste o yo, entonces yo, mi fama ondeando en esquinas, bailongos, piringundines. Ya entonces Manuel Bedoya era mi referencia, le contaba las muertes, le evaluaba los gestos, lo esperaba -el momento de la búsqueda pausada de la carne del otro, de la sangre escondida, del último suspiro y la mirada incrédula y final-. No se dió. No había apuro. Alguna vez no íbamos a encontrar.

Después crecí. Hice de mi destreza -o mi suerte- un oficio.No fue lo mismo matar por encargo del político de turno, del aristócrata, del poderoso haciéndose camino sobre muertes encargadas. Matar sin odio te seca el alma, es ser verdugo, no juez, ni hay requiem. Pero era mi oficio, había que parar la olla.
Recorrer los senderos, buscar los escondites del enemigo solapado. O en la guarida, entre cucarachas y hedores, atento al afelpado paso del peligro. O el andar firme y seguro de Bedoya, buscándome. Quince noches encontrándolo. Quince madrugadas buscando luego el refugio del sueño y el olvido.
Ya ni oficio me queda. Solo una fama incierta, folklórica. Tal vez compasión, de donde conseguir para grapas y changas. Y esperar a Bedoya, quién diría, a nuestra edad, encontrarnos en este tugurio infame.

Con el primer rayo de sol se asoman los pasos de Bedoya.
-- ¿Llego tarde?-, pregunta, por decir algo.
-- No. Es la hora.
Bedoya, con lentitud ceremonial, desenvaina su cuchillo, le evalúa el brillo y lo coloca sobre ls mesa, al lado del mío.
-- Sin novedad -le digo, mientras levanto mi cuchillo-. Quince días, Bedoya; es la deuda.
-- Sí, quince días. Aproveche ahora, que ya le tomo el turno. Vaya y arregle lo suyo, Antunez. Y cuando me entere de otra changa de sereno, le informo.


-- Le agradezco, Bedoya. Que tenga buen día. Ya nos vamos a encontrar.

Carlos Adalberto Fernández

lunes, 15 de octubre de 2007

Directo al cerebro.

cuentos


por Luciano S. Doti
Cuando mi amigo estadounidense me contó esta historia mi primera
reacción fue un escepticismo mayúsculo. Es cierto que la ciencia
avanza a pasos agigantados, y mucho mas en el país que constituye la
mayor potencia mundial. Pero esa no era razón suficiente como para
considerar que fuese posible dominar la mente de las personas
mediante un virus creado en un laboratorio. "Que sabes de armas
biológicas?", me pregunto sin darme tiempo a digerir lo que acababa
de oír. Le comente todo lo que sabia, lo poco que sabia. Que son
armas elaboradas para infectar a la población con virus como el
ebola o la viruela, y que de caer en manos de organizaciones
terroristas pondrían en riesgo la salud de la gente y, obviamente,
el orden mundial imperante en la actualidad. Esa era toda la
información que manejaba hasta el instante en que el me contó acerca
del virus de dominación cerebral inducida. La existencia de este
ultimo es lo que mi natural tendencia al raciocinio me impedía
asimilar. Por que una cosa era aceptar que gente mala, terroristas,
pudieran querer sembrar el caos utilizando la cepa viral de
enfermedades ya extinguidas en la mayor parte del mundo, y otra
cosa, muy diferente, era creer que un laboratorio hubiese
desarrollado un virus hasta ese momento inexistente en el mundo y,
aun peor, detrás de este proyecto no había terroristas sino grandes
corporaciones que utilizarían el posible éxito de ese emprendimiento
para dominar a la población, induciéndola a votar y a consumir todo
lo que determinados programas televisivos le ordenara. Para ello
tenían un equipo de publicistas sin escrúpulos, los cuales se
especializaban en mensajes subliminales. Los mismos consisten en una
serie de conceptos que ingresan visual o auditivamente a la parte
inconsciente del cerebro del televidente y luego pasan a la parte
consciente, creando en la mente de este la sensación artificial de
que ese concepto nació de su propio pensamiento y no de un estimulo
externo. El resto es muy simple, los cerebros poblados por esos
virus de dominación cerebral inducida (VDCI)no tardarían en ceder
ante dicha sugerencia. Ahora bien, de que manera se colonizarían
esos cerebros? Aquí viene lo disparatado del asunto. Durante los
últimos años los implantes mamarios se han ido incrementando
notablemente; se calcula que en EEUU 3 millones de mujeres ya los
tienen. También sabemos que los mismos muchas veces son factibles de
filtraciones; una pequeña rotura en la bolsa contenedora libera el
fluido dejándolo en contacto con la sangre. Luego la sangre circula
por todo el cuerpo, irrigando la totalidad de los órganos, incluido
el cerebro. Conocedores de esta situación, estas corporaciones a las
cuales les interesa dominar a la población, habrían invertido en
empresas fabricantes de estos implantes, introduciendo en el
interior de los mismos el omnipotente VDCI. De manera que en pocos
años millones de mujeres estadounidenses serian "inducibles" para
estas corporaciones. Mas teniendo en cuenta que en ese país
aproximadamente mil mujeres se colocan implantes diariamente, eso
sin contar los que se realizan en el exterior. Por ultimo no debemos
ignorar que la mayoría de estas damas son blancas, de clase media
hacia arriba y residentes en las principales ciudades del país, es
decir pertenecen a la clase dirigente estadounidense. Son
profesionales, empresarias, madres, esposas...no seria prudente
subestimar la influencia que tienen sobre la sociedad.
Tras oír ese pormenorizado informe había quedado atónito mirando a
Paul, mi amigo estadounidense, a la espera de que este me dijera
algo mas, algo que doblegara mi escepticismo. Sin embargo, Paul no
agrego nada mas. Simplemente se limito a permanecer sentado frente a
mi, y bebió otro sorbo de su cerveza. A mi se me cruzaban mil
hipótesis por la cabeza; si esta gente conseguía su cometido en
EEUU, no pasaría mucho tiempo hasta que extendieran esa influencia
al resto del mundo; incluido mi país, la Argentina. Pese a lo
absurdo que me había resultado oír esa teoría al principio,
comenzaba a tomarla en serio. Quedaríamos a merced de un grupo de
inescrupulosos empresarios. Ahora que lo sabíamos debíamos actuar
rápido, para impedir que este perverso plan siguiera su curso."Hay
que advertir a las mujeres sobre esto",le propuse a Paul. El
continuo inmutable frente a mi, bebió un sorbo mas de cerveza y
luego me respondió. "Algunas ya lo saben, pero no pueden aparecer
diciendo esto públicamente porque las tomarían por locas. Nadie les
creería "."Entonces no hacen nada",acote resignado."Usan la excusa
del cáncer de mama, pero no esta funcionando; cada vez hay mas
estudios que echan por tierra la relación entre el cáncer y los
implantes"." Y entonces?"." Y entonces nada. No se puede evitar lo
inevitable, así que, para que luchar. La vida puede estar llena de
paz cuando dejas de nadar contra la corriente. Después de todo, no
están tan mal, las rubias y pelirrojas con el busto grande...",dijo
Paul y miro en dirección a una mesa cercana a la nuestra. En efecto,
había dos mujeres, una rubia, pelirroja la otra, con sendos
implantes mamarios. Notaron que las mirábamos y sonrieron, fue allí,
en ese momento, que lo entendí. Para que luchar, para que nadar
contra la corriente, si la suerte del mundo ya esta echada y,
después de todo, lo que nos depara el futuro, no es tan malo.

www.letrasdehorror. blogspot. com

viernes, 5 de octubre de 2007

La fiesta

cuento

¿Quién dijo que la plata no hace la felicidad?

Allí están ellos dos, juntos, muy a mi pesar pero no importa; ya lograré sobrevivir a este suceso.

Aún lo amo, es verdad y él es de ella, ya lo sé.

Los dos se rieron de mí y aún lo continúan haciendo, no a mis espaldas sino frente a mí, en mi cara.

No voy a dejar que el dolor enturbie mi visión, seré fuerte.

Todo el mundo se ha congregado en esta fastuosa fiesta, incluso hasta el gobernador. ¡Sí que han llegado a las altas esferas esos dos!

Se casaron hace muy poco y ya festejan otra fiesta más.

A la primera no asistí; estaba enferma pero enferma de ira y coraje.

¡Los hubiese matado con mis propias manos! A ella principalmente, mi “supuesta” mejor amiga, la que robó el amor del único hombre que amé en toda mi vida.

Ya sé que él era mi amigo y nada más; sé que me había confesado que me veía sólo como una hermana y no como mujer…pero a ella…a esa maldita perra, en cuanto la conoció se prendó de ella; y ella, sabiendo lo que yo sentía por él, le correspondió con la tonta excusa de ignorar mis sentimientos.

¡Maldita arpía! Lo quiso y lo tuvo….y yo, tuve que fingir que toleraba la situación para no perder la amistad de él.

Estallé cuando se casaron, por ello enfermé, pero logré rehabilitarme, salir y gritarle a ambos el odio que sentía por ellos.

Me pidieron disculpas, me rogaron perdón pero…era tarde ¡Qué importa ya!



La cosa es que los observo ahora…Están juntos; todos visten formalmente y los saludan. ¡Claro, son el centro de atención!

Aunque ellos no me ven, yo sí los veo; juntos, asidos, como amantes…

Creo que debo irme, algunos se han percatado de mi presencia y ya empiezan a chismosear entre ellos. Seguramente querrán echarme de esta fiesta.

Ya me iré…aunque deseo disfrutar con fina morbosidad la situación.

Allí vienen por mí…

Está bien, me iré con ellos.

--Bien, voy con Ustedes. Mis saludos a los anfitriones…- -digo, mientras los dos hombres me toman por los brazos—





--¡¡ Dios mío!! Menos mal que avisé a la policía, la andaban buscando desde ayer –exclamó la mujer del salón—Esa maldita demente asesinó a mi sobrina y su marido y tuvo el tupé de venir a su funeral. Está realmente loca.





Liliana Varela 2007

viernes, 28 de septiembre de 2007

La blasfema (cuento)

cuentos

Don Irineo, el viejo sacerdote, subía renqueante la cuestecilla de la
calle del Calvario todas las mañanas poco antes de las ocho. Libre de
oficiar en su parroquia, dada su avanzada edad, asistía diariamente a
la misa de la catedral.

- Qué asco de viejo.

La Patro se asomaba al balcón despeinada y en bata. Aunque su último
cliente se hubiera ido dos horas antes, siempre le esperaba para
maldecirle.

- Corre, cuervo, corre - murmuraba entre dientes -anda a lamerle el
culo a ése, y le dices que por aquí no asome que no nos hace ninguna
falta.

Don Irineo, medio ciego y medio sordo, parecía no apercibirse de esa
presencia hostil que cada día, y durante años, le elegía como
portavoz de sus blasfemias.

Sólo después de maldecir al cura podía dormirse la Patro, como si
hubiera tomado justa venganza sobre su vida y su propia historia.
Mediante este acto ritual sustentaba la supervivencia de su dureza
interior, de su rebeldía, y se dormía con el sueño entrecortado de
los soldados en la guerra.

Una mañana ya habían tocado las ocho y don Irineo no pasaba. La Patro
se impacientó porque había tenido mucho trabajo y, pensando que no
podría dormir sin insultar a Dios y a su mensajero, se echó un chal
por encima y salió a buscarle calle abajo.

- Maldito viejo, ¿dónde andará?- farfullaba iracunda al bajar la
escalera. No tuvo que andar mucho para encontrar un bulto negro caído
en la acera.

- Oiga, oiga, ¿qué le pasa, está malo?.

Le sacudió un hombro, pero don Irineo no se movía y ella se
inquietó. Al alzarle y recostarle contra la pared vio que estaba muy
pálido, las pupilas dilatadas, la boca temblona, y le caía un hilillo
de baba que la Patro le limpió con su propia mano.

- Este se muere.

Como era una mujerona fornida, resuelta en el manejo de los cuerpos,
se cargó en brazos al vejete, lo subió a su casa y lo tendió en la
cama. Al poco pensó que era raro el que un sacerdote estuviese en la
cama de una puta, pero no tenía otra habitación y ¿qué iba a hacer?

- ¿Qué ha pasado, dónde estoy? - Don Irineo se incorporó un poco y
pareció querer fijar la mirada.

- No se preocupe, voy a buscar al médico. Usted ahí, que vengo en
seguida.

- ¿Quién eres, hija, cómo te llamas?

Ella dudó algo y al fin respondió con sequedad

- Soy la Patro. ¿Qué más da?

- Dame agua, hija- Apenas pudo mojar un poco los labios. Con el
sorbito pareció recuperar un hilillo de fuerza.

- Sí, sí, la Patro. Ya me acuerdo. Si yo te conozco.

- Ah... ¿sí?

- Yo, yo... hija... tanto tiempo pasando por tu puerta para ir a
rezar por ti y por tu niño.

- ¡¿A rezar por mi hijo?!- A Patro esta declaración le causó tal
sorpresa que por un instante olvidó que estaba ante un moribundo. -
¡No, no: yo no creo en Dios! ¡Yo odio a Dios, yo le maldigo! ¡Le
odio, le odio! ¡Y a usted también, maldito cura, cabrón, mentiroso,
cerdo, cerdo!

La Patro gritaba y apretaba los puños. De repente vino en sí, se
serenó y, cogiendo la mano del sacerdote, que pendía de la cama, se
la colocó sobre el pecho.

- Perdone, ¿eh?- musitó apenas.

Don Irineo alzó la mano y trazó una temblona señal de la cruz

- Ego te absolvo...

Patro se retiró con suavidad, conmovida por el gesto del pobrecillo.
"Absorberla" a ella, ya se ve que deliraba. Con cierta ternura le
colocó a don Irineo los mechoncillos de cabello blanquísimo y fino.

- Haz tú igual- Pidió él con muy poquita voz.

¿Ella? Patro sintió un pánico supersticioso- Voy a buscar a un cura,
espere, espere...

- Por favor, tú, tú...

- Pero si yo... yo he insultado a Dios.

- A él no. A mí, sólo a mí. Por favor...

Con el dedo índice y un gran reparo ella dibujó una cruz chiquitita
en el entrecejo de don Irineo. Qué costaba darle ese gusto... El la
miró con agradecimiento.

- Voy a por el médico y a por un cura, espere, espere.

Le vinieron a don Irineo como una lucidez y un vigor repentinos y,
esta vez con firme trazo, bendijo a la mujer.

- Mater invioláta...

- Aguante, aguante.

- Mater amábilis...

La Patro salió corriendo. Cuando regresó, con un sacerdote de la
catedral, don Irineo ya había muerto.

- Hay que sacarle de esta casa inmediatamente y sin escándalo. No
puede saberse que ha muerto aquí...

La Patro cerró los ojillos de don Irineo, le envolvió en una colcha
blanca y le llevó en brazos hasta la catedral a la que el pobre
hombre no había podido llegar aquella mañana por sí mismo. La misma
colcha en la que, años atrás, había envuelto a su propio niño, muerto
de tuberculosis, para ir a pedir el cambio de su vida por la de él.
Cuánto tiempo sin hacer ese camino. Y qué corto se le hizo, y qué
poquito le pesaba el cuerpo, casi tan poco como en su anterior viaje.
Cuando la Patro entró de nuevo en la casa de su Enemigo, enfiló
derecha al altar y, como la otra vez, lo depositó a los pies del
Cristo. Un par de beatas interrumpieron su automático murmullo.

A todo esto el sol estaba ya queriendo apoderarse de las sombras. Las
golondrinas que anidaban en los aleros de la catedral alzaron un
vuelo nervioso y abigarrado ensayando su inminente partida al Sur.

Blanca Barojiana

TEORIA DE CUERDAS

cuentos


La sábana envuelve como sudario su cuerpo ahogado por las esporas que
el espacio, el tiempo, su mujer, adhieren a sus capilares. Y esa carne
globular, oleadas de grasa basculante, limita su terror en la cama de
mamá.

Otra noche sin dormir, perseguido por odios y rencores que en
infinitos filamentos
le transmiten los descerebrados protozoarios de la humanidad. "ESTE
COLOR TIENE QUE SER OCRE!!!! PELOTUDO!!!! !!!!!!!!!", ¡no te dejés
ganar por inferiores!, descerraja Helena, o mamá. Cómo defenderse.
Humillado desde el gen recibido del principio de la vida. Qué vida.

Mejor una ducha, se dice mientras se encamina por pasillos y
catacumbas flanqueadas por esqueletos sonrientes. Las manos todavía
húmedas de su padre se marcan en las paredes de Altamira, pasando el
living, entre bisontes y sonetos, camino del olvido momentáneo,
escapando al horror del nombre de la Humildad.

El agua extiende seudópodos ávidos, en busca de su entrepierna. Helena
lo persigue en la noche, por las galaxias de la humillación. Ser
humilde enaltece, ellos no dan la altura, dice, decía. Son inferiores,
no tienen huevos, vos no tenés huevos. Te dejás ganar. Todavía
sostiene el despertador puesto en hora para no dejarlo evadir el
mundo cotidiano, lleno de zombis trajinantes. La lluvia lo asfixia,
se pegotea, roja y viscosa, enrollándose, mostrando el tobillo,
marcando las nalgas prohibidas de su mujer.

Cómo defenderse. ¡El sueño, por favor! Ella respira como un Moloch
ahito de rencor y orgullo. O no respira. ¿Quién respira? ¿Mamá? La
noche extiende sus tentáculos coagulados en busca de su sexo. O es una
mano (de él, de ella, de ella?). O dormir, o morir. O matar. Papá,
todavía mojado, se revuelca en la cama con la muchacha, riendo como un
chico. Él no. El placer no llega, el miedo no se va. La angustia
unifica el universo en un destello de autodesprecio, otro fracaso, ni
para pajearse. No hay futuro, ni pasado, sólo un presente inmemorial
de ignominia y vergüenza, comenzando por el parto públicamente no
deseado. Ni humilde. Toda la humanidad desde el alba del Hombre, en
una sola mirada de Górgona, de Helena, incinerando insignificantes
significados.

Es, otra vez, la muerte, el descenso al infierno de todas las noches.
El cuerpo vecino, el predador, despliega su ectoplasma, lo devora. Es
el fin. Declarado culpable, vulnerable a las críticas, incapaz de
triunfar, débil, desterrado. Por fin grita, transgrede el tabú. Odia.
Ataca. Sacude los brazos como un molino desbocado, como una hélice
enloquecida, como un espantapájaros espantado. Los golpes resuenan
como yunques del infierno. Los aullidos del monstruo disuelven su
cerebro en un magma oleaginoso, nauseabundo. Se limpia los ojos
salpicados. Cierra la ducha.

Silencio. El Minotauro es ya un fangal pastoso, oscuro como brea. El
se va hundiendo lentamente en la placenta primordial, cierra los ojos.

Esposado, flanqueado por policías, médicos y curiosos, mirando las
paredes garabateadas con sangre y residuos, el cuerpo desarticulado de
Helena, su cráneo destrozado, su rostro dilatado en el último grito,
se dio cuenta que, por fin, había comenzado a dormir.
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--
Carlos Adalberto Fernández

jueves, 27 de septiembre de 2007

El loco del tiempo

cuentos


Emiliano Almerares

Ignacio Rivarola se levantó un domingo por la mañana y fue corriendo
a mirar por la ventana. A pesar de que eran las nueve, parecía de
noche y llovía a cántaros. Le dio mucha bronca porque al mediodía se
juntaban en lo del gordo Rubén a comer un asado. Y ¡con las ganas que
tenía de comer asado! Encima el gordo boludo este tiene la parrilla
afuera, pensó. ¡Por qué no parará de llover!, dijo en voz alta. Un
minuto más tarde, el cielo se aclaró y la lluvia cesó. De más está
decir que fue pura casualidad, una de esas locuras impredecibles del
tiempo, pero a él se le antojó pensar que tenía un poder especial
sobre el estado del tiempo.
Lo ayudó a consolidar esta convicción el hecho que tuviera la misma
suerte en un par de ocasiones más. Sin embargo, la mayoría de las
veces, su deseo no coincidía con las condiciones meteorológicas, pero
él, en su locura, creía que se le había concedido su pedido. Por
ejemplo, se levantaba con ganas de ir a la playa y al ver que estaba
lloviendo, se acercaba a la ventana y decía como si tal cosa, con voz
imperativa: QUE PARE DE LLOVER, CARAJO, QUE TENGO QUE IR A LA PLAYA.
Afuera seguía lloviendo como antes, a veces incluso, con más
intensidad, no obstante, él se ponía la malla, las ojotas, una
remera, ponía un toallón y el bronceador en la mochila, agarraba la
reposera y se iba a la playa. Horas más tarde, volvía a su casa y se
encremaba bien todo el cuerpo para que no se le pelara la piel. Al
otro día, le llamaba mucho la atención que nadie le comentara lo
bronceado que estaba. Esto se debía mayormente, a que la lluvia no
broncea, razón por la cual estaba blanco como la leche. Si se
resfriaba lo atribuía a una insolación, no al hecho que había estado
tres horas acostado sobre la arena bajo la lluvia.
En una oportunidad, se agarró a trompadas con un pintor que le estaba
pintando el frente de la casa. En determinado momento, empezó a
llover. El pintor se bajó de la escalera y empezó a guardar sus
elementos. Al verlo Ignacio le dijo: ¿Qué hace? Me voy. No puedo
trabajar con lluvia, le respondió el pintor. No, no. Espere un
segundito. Miró para arriba y dijo: Que paré de llover en este mismo
momento que el señor tiene que trabajar. El pintor lo miró sonriendo:
Mañana nos vemos, don. No, no. Que mañana nos vemos, protestó Ignacio
y le sacó el bolso de la mano. Siga trabajando. ¿No ve que ya paró de
llover? Vago de mierda. Desaprobando el accionar de Ignacio, el pintor
lo empujó y recuperó su bolso. Esto hizo que Ignacio perdiera la
compostura y se le abalanzara al pintor para pegarle. Los detalles de
la lucha son irrelevantes, sólo diré a modo informativo que Ignacio
medía 1, 70 y pesaba 63 kilos, mientras que el pintor casi 2 metros y
tres cifras de peso.
Este "don" tampoco le trajo mucha suerte con las mujeres. Supónganse.
Un día se levantaba melancólico y al ver que afuera había un sol que
rajaba la tierra, pedía que lloviera y salía con sobretodo y paraguas.
Si veía alguna señorita que le interesaba, la cual por supuesto no
llevaba paraguas, se le acercaba y le decía: Discúlpeme señorita, noto
que ha olvidado su paraguas y se le está mojando todo su precioso
cuerpo humano. Permitame por favor, que la cubra con el mío. Cuando
tenía suerte, le encajaban un castañazo y se alejaban. Cuando no, era
arrestado por la fuerza pública. El atribuía este, para él, extraño
comportamiento de las mujeres a que ya no quedaban damas en el mundo.
Son unas atorrantas, le decía a sus amigos. Antes, por ejemplo, vos
ibas caminando por la calle y veías que a una señorita se le había
caído el pañuelo. Te acercabas y se lo levantabas. La más antipática
te miraba a los ojos y te agradecía con una sonrisa. La más simpática
te daba el teléfono. Ahora te pasa eso y en una de esas te dicen que
por qué te metés en donde no te llaman. Que gracias a Dios, ella
tiene manos para levantarlo. Yo ya no entiendo más nada, viejo.
Un verano que había amanecido soleado y con calor, desayunó y salió
para la playa. Cuando estaba por llegar, de pronto el cielo se
oscureció y empezó a llover abundantemente. Corrió a resguardarse bajo
un techo. El mismo techo que había elegido una señorita con el mismo
fin. De repente, como si se hubieran puesto de acuerdo, dijeron a
coro: "Que pare de llover". Los dos se miraron y supieron que habían
encontrado a su otra mitad. Tuvieron esa suerte que ocurre una vez en
un millón de enamorarse apasionadamente en ese mismo momento. Se
tomaron de la mano y convencidos los dos de que el sol brillaba en su
máximo esplendor, se fueron a "tomar sol" bajo la lluvia. Dos meses
más tarde, se casaron y tuvieron dos mellizos hermosos. Un varón y una
mujer. Al principio, todo iba bien, porque solamente eran dos los que
tenían que ponerse de acuerdo acerca de como iba estar el clima. Pero
cuando los mellizos empezaron a crecer, también convencidos de que
tenían el mismo poder que sus padres, fue un problema. Empezaban a
pelearse y uno ordenaba que hiciera calor, mientras el otro exigía que
hiciera frío. Para llevarle la contra al otro nada más. Ignacio se
enfurecía: "Terminenla de una vez. Nos vamos a enfermar con tantos
cambios de clima. Tiraba una moneda al aire y según quien ganaba se
determinaba la condición meteorológica. "Seca. Que haga calor y no se
habla más. Y ojito con cambiarlo porque hago que llueva toda la semana
y no van a poder ir a la playa".
Así pasaban los días de esta extraña familia. Mayormente, sin
sobresaltos ni grandes preocupaciones. El problema empezó cuando
Ignacio perdió el trabajo. Lo echaron porque al menos una o dos veces
por semana faltaba, con la excusa que, según él, los accesos al
centro de la ciudad se encontraban inaccesibles por un temporal de
lluvia y viento.
Pasaban los meses y no podía conseguir otro empleo. Tuvo que salir a
trabajar su mujer, que, como era más linda que él, consiguió
enseguida. Entró de meteoróloga en un canal de cable. Pueden
imaginarse lo que duró. La gente es muy envidiosa, dijo cuando la
echaron. Ignacio, mientras tanto, cayó en una depresión muy grande.
Todos los días hacía que lloviera para intensificar su estado. Una
mañana, no soporto más la situación en que se encontraba y decidió dar
por terminada su patética existencia. Fue a la playa, se subió a un
médano y mirando el cielo, llorando, dijo: "Que me parta un rayo".
Como la mayoría de las veces, su orden no obtuvo los resultados
esperados. Ni siquiera una nube apareció. Pero él, como siempre, creyó
en su poder, cayó fulminado en ese mismo momento y se sacudió en la
arena como diez minutos hasta que se dio por muerto.
En la actualidad, vaga por las calles de Mar del Plata sin rumbo, con
la mirada perdida, convencido de que es un fantasma que sólo
encontrará paz en su alma cuando vuelva a pasar el cometa Halley. No
me pregunten que tiene que ver el cometa en esta historia. Tómenlo
como de quien viene. Todos los días visita su tumba. En la lapida
dice "Ignacio Riva". Según él, un error, por falta de espacio, de los
empleados del cementerio.

Emi

martes, 25 de septiembre de 2007

Otra vez...sufrir

cuentos

Todos los días era lo mismo: sentada, calmada, esperaba que le llegase la hora.

Quizás era su sino, por algo debía atravesar esa furia de volcán que la destrozaba para obligarla a renacer de nuevo.

Allí, sus manos temblaban como cuando era pequeña … como cuando se había iniciado en los misterios del amor.

¿Por qué debía atravesar nuevamente ese karma? ¿por qué no quedarse quieta y esperar que la vida transcurriera sin rozarla siquiera?.

Todo era culpa de aquel ser; aquel que la torturaba y maltrataba; aquel que condenaba sus días a la hecatombe de ser un adulto desnudo ante los demás.

Era él, sí. Él era el culpable de sus males. Ahora que ella se había decidido a vivir aquello que le había sido negado por otros motivos.

Allí, la miraba de nuevo, le clavaba la vista con ese ultimátum que tanto ella conocía. Allí sus labios se entreabrían para decir esas palabras que la hundirían nuevamente en la penumbra, que la condenarían a noches de soledad y vigilia… a noches de sufrimiento…Allí…Sí… él lo diría, sí…..

--Sra Sanchez; está reprobada, debe volver a dar Civil I.

La alumna de abogacía salió del aula.



Liliana 24-09-2007

jueves, 20 de septiembre de 2007

El péndulo

cuentos

Lady López Zepeda

Aprende a morir y vivirás, porque nadie vivirá
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)


María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.

******

Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.

(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)

Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.

(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.

******

Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.

(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.


Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.

(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…

Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…

Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…

La culpa

Liliana Varela

Era su primer día como portero suplente. Estaba entusiasmado. Después de haber estado tanto tiempo desempleado, ahora podría llevar el pan a su mesa dignamente, como todo un jefe de familia.

La mujer llegó casi corriendo; su andar presuroso se correspondía con sus ansiosos y gestuales ademanes.

--¡Llegué a tiempo! – exclamó hacia Ramón, la nueva adquisición del edificio—pensé que no llegaba…

--La señora vive en…--la cortó Ramón.

--Soy Emilia Nievas –sonrió alargando su mano para tomar la de Ramón en un suave apretón de formal saludo—Vivo en el 5º A con mi hija Mariana.

--Mucho gusto Señora –retiró su mano con un escalofrío—

--OH perdone, siempre me dicen que tengo las manos frías.

--No se preocupe señora –la miró extrañado—tenía entendido que el 5º A estaba desocupado.

--Ya ve que no –sonrió la mujer amablemente—tenemos pensado mudarnos con mi hija pero más adelante; primero debo terminar con un trabajo, soy publicista ¿sabe? Y tengo la costumbre de controlar personalmente la tarea de la gente a mi cargo –miró su reloj ansiosa—si me disculpa, debo ir a ver a mi hija; cuando me fui estaba con fiebre en cama y no conseguí a nadie que la cuidara…así que disculpe.

Ramón vio entrar a la mujer al edificio.

Seguramente le había entendido mal al administrador; debía ser otro departamento el que estaba desocupado.

A los pocos minutos la mujer volvió a salir pero ahora acompañada de una bella niña rubia de mirada clara; ambas sonreían.

--Esta es mi hija Mariana.

--es muy bonita ¿sigue aún con fiebre?

--no, ya no tiene nada –miró a la niña con cariño-- ¿no es cierto mi amor?

--Sí Mamá, ya estoy bien, ahora que viniste.

Ramón las vio alejarse y sonrió pensando en la bonita imagen que conformaban madre e hija.



--Ramón ¿vinieron de la inmobiliaria?

La voz del administrador lo sacó de sus pensamientos.

--perdón Señor, decía…

--Que iban a venir a tasar el 5º A, el que está desocupado.

--no puede ser Señor, recién la dueña de ese departamento me dijo…

--¿De qué dueña me habla? – lo interrumpió—el dueño es el viudo de la mujer que vivía acá.

--Pero señor, recién estuvo la señora Nievas con su hija…

--¿Qué dice hombre? La mujer que vivía acá está muerta.

--¿Cómo dice Señor? –expresó Ramón perplejo—no puede ser, yo hablé con ella…

--¡No diga pavadas Hombre! La dueña del 5º A murió anoche en el hospital; estuvo casi un mes en coma después de un intento de suicidio. La pobre quedó mal una mañana que dejó a su hija sola y enferma. Se cree que la niña quiso levantarse a tomar algo y prendió el gas. La madre la encontró muerta cuando volvió del trabajo. Desde ese día se culpó por no haberse quedado con su hija en vez de ir a trabajar, más, cuando le dijeron que si hubiese llegado unos minutos antes, la hubiese podido salvar.



Los ojos de Ramón se abrieron desmesuradamente.





Liliana 2006