jueves, 31 de enero de 2008

LA VITROLERA

—¿Me hacés un favor, pibe? —dijo el tipo que acababa de pararse delante mío. Yo también estaba parado, como todas las noches, espiando por las ventanas del local de baile "Música y mimos", sin animarme a entrar.

—Te doy una propina si entregás esto a alguien — dijo. "Esto" era un enorme ramo de rosas. Me lo puso delante, para calcular si me quedaba campo de visión. Algo veía –tengo 13 años pero no soy tan chico—. Entrar al baile... Yo soñaba con eso, con ver a esa gente elegante, de risa fácil y deslumbrante, flotar, girar, volar por la pista, hacerme soñar. El local en Alem 400 o 500, plena recoba, Babel comercial de día, bacanal desenfrenada por la noche. Dijo propina, me pareció.

—¿Qué propina?¿Para qué?

—Tenés que darle este ramo a Antonella, la vitrolera. Y una carta —me explicó—. Yo todavía estaba oscilando entre el deseo y la vergüenza. El aprovechó. Me enderezó el cuello de la camisa, me peinó con un diminuto peine que extrajo de un bolsillo, me levantó el pantalón, me dio el ramo y me puso la carta en un bolsillo. Comprobó el resultado, estaba presentable.

—¿Señorita qué?¿Por qué no va Ud.?¿Y la propina? Tenia más preguntas, pero por ahora me alcanzaba con las hechas.

—Antonella. La más linda de la orquesta. Yo no voy porque... me da vergüenza. Se van a burlar, un grandote con un ramo. Quiero impresionarla bien. Dale, te espero aquí con la propina.

Entré sin titubeos y encaré al grandote que siempre me prohibía acercarme a la puerta. El ramo me protegía. —¿La señorita Anto....?

—Arriba. Al lado de la vitrola. No toqués nada.¡Anto, un admirador!

Todos en el salón me miraban, se reían. Por una amplia escalera se accedía a un tablado alto abierto a la pista. Subí mas rojo que las rosas. Antonella ya me esperaba. Le entregué el ramo, ya no tenía cómo ocultarme. Antonella me miraba fijo, yo como estatua.

—¡La carta!¿no te dio una carta? —por fin me gritó en voz baja—. Se la entregué y volví a mi pose. Ya no me estaban mirando tanto, dedicadas al ramo y la carta. Las chicas de la orquesta eran como diez mujeres, jóvenes, muy decoradas, cacareando sin parar. Algunas dejaban ver "sus encantos" (creo que se dice así). Yo ya sabía de eso, de espiar a las mujeres de la pensión cuando se bañaban, pero nunca los tuve tan cerca.

—¡Que rico chico!—, decían, acercándose y pellizcándome la mejilla —decile que se quede, Anto, necesitamos un cadete—, agregaban, sonreían, yo sonreía como un estúpido.

Antonella garabateó algo en la carta y me la devolvió —Dásela al Sr. Humberto y esperá contestación— dijo, tierna, dándome un cachete y una moneda. Me jugué: recorrí la pasarela femenina, con mi mejor sonrisa. Conseguí ocho besos y dos monedas. Descendí triunfante la escalera. El ropero me abrió la puerta. Iba a dejarle una moneda, pero recapacité.

—Dale, dale! —el tipo me arrancó la carta. La leyó, garabateó y me la devolvió. Me la arrancó de nuevo—. Decile que no voy a faltar —No me moví hasta recibir las monedas. Me pesaba el bolsillo. Entré, entregué un "dice el Sr. Humberto que no va a faltar", salí y me fui a casa, tintineando como un cascabel. Hoy la vieja no se va a cabrear.



La noche siguiente yo ya estaba en la puerta cuando él llegó. Entramos juntos. Ni lo saludé al bisonte. Escondete, me dijo Humberto. Primero fui a visitar a las chicas, que me mimaron, me dieron masitas, pero minga de monedas. Pero paciencia, soy joven, eso para cuando sea "cafishio", como dicen en la pensión. Después busqué a Humberto, que estaba con Anto, en una mesa cerca de las columnas. Me aburrí: cuchicheaban, se miraban en silencio. Lo esperé a la salida, caminamos juntos hasta las vías. —Gracias, pibe, por el favor —me dijo al despedirse. Me enteraba más en el piso de la orquesta: estaban muy enamorados —decían—; un poco precipitados, como todos los jóvenes. Cuando Anto habló de irse, en el trabajo se enojaron.

Esa noche entré —tenía entrada libre, como cadete de la orquesta— y me ubiqué cerca de la mesa que siempre ocupaban.

—Si no te dejan ir nos escapamos, qué importa —decía apasionadamente Humberto—. Transformo el café-bar de la cortada en una whiskería. Vas a tener que seguir trabajando un tiempo —vamos a hacer la clientela con los que tenés aquí—, pero con tres o cuatro gilas que enganchemos te pongo de ejecutiva—. No era un gran cambio, pensaba Antonella, pero por lo menos me salvo del servicio gratis al grandulón. Con el Beto es diferente, es tan lindo.

—Nos vamos, pibe —me decía Humberto, mientras caminábamos bajo un cielo oscuro y tormentoso—. Por fin se me hizo, tanto tiempo. La plata para el local la mejicaneo este viernes, ni sabrán quién fue. La Anto es una bestia de trabajo, gusta y está muy metida, yo sabía que iba a entrar.

Nos separamos al llegar al terraplén. Me quedé mirándolo cruzar las vías, por entre los vagones abandonados. Dónde está el romanticismo, pensaba yo. Un silbido me alertó. No sé por qué me pegué contra el árbol. ¡Humberto!, gritó alguien. Humberto se dio vuelta. Del vagón asomó alguien con un cuchillo, que buscó la espalda del pibe. En un instante eran tres los que se ensañaban, bajo un fondo de alaridos, que luego fueron gemidos, luego silencio.

Me aferré al árbol cuando los tres asesinos pasaran a mi lado, comentando.

—Se creía que me podía soplar a mis putas y yo tan tranquilo —dijo el que parecía el jefe, un grandote, parecía.

Cuando se alejaron, con mucho cuidado, me acerqué al cadáver. Los ojos muy abiertos, como buscando algo. Lástima. Un muchacho tan emprendedor, pero —claro— la competencia era feroz. Pobre, capaz que la quería a la Anto.

—Pobre Anto, capaz que lo quería al Humberto — comentaban en la orquesta—. También, se fue de boca. Andaba ofreciendo puestos a todas. Voy a ser madama, decía.

—Bueno, me equivoqué, el pibe me hizo el verso pero no pudo ser. El patrón no me fajó "para no arruinar la mercadería". Pero al menos me aumentaron la comisión, para que no me vaya —se consolaba, en las charlas, Antonella.

Muerto el perro... todo volvió a la normalidad, las sonrisas de neón, la alegría en burbujas. Yo seguí de cadete pero de mimoso nomás. Para cafiolo, me di cuenta, me faltaban estudios.

Por algún tiempo se podía encontrar a Antonella sollozando en algún rincón. Un tiempo.



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Carlos Adalberto Fernández

¡DON NICOLÁS QUE NOS LA DAS !

Aquella mañana la tertulia del casino de mi pueblo estuvo más animada de lo normal. Don Nicolás, a quien ya supongo que conocen ustedes de otras historias de Villabermeja traídas por aquí, había bajado del cortijo a arreglar algunos asuntillos pendientes en el ayuntamiento.

Como es normal por estos pagos, la mesa que suelen ocupar los señores agricultores está situada en lugar privilegiado: junto a la ventana situada frente a la entrada del mercado.

-Buenos paisajes –solía afirmar Don Nicolás.

La frase iba acompañada de una sonrisilla libidinosa provocada por la zagala de turno que, cesta al brazo, pasaba en ese preciso momento camino de la compra diaria. Era entonces cuando, por una vez al día, don Nicolás sentía hervir por sus venas una sangre desvaída que, en el resto de la jornada sólo encontraba en la horchata su más cercano elemento de comparación.

Esta mesa, como puedes adivinar, amigo lector, es testigo privilegiado de todos los aconteceres locales y nacionales. Aquella mañana pasaron por ella varios de los temas humanos y divinos de más rabiosa actualidad. Ésta, contemplada desde aquellas mentes privilegiadas por la diosa Fortuna, que no por la sabiduría, era vapuleada con toda la fuerza de que son capaces unas cabezas expuestas miles de horas al sol.

Y como una cosa es predicar y otra dar trigo. Al hablar de temas económicos la sangre se le subía a la cabeza a don Nicolás en menos que canta un gallo. Así que nuestro amigo, cuando llegó la dolorosa –le tocaba pagar la ronda-, allá que soltó su perorata. Que para eso llevaba rumiándola más de dos semanas. Desde su última trompa en el casino, para ser exactos.

-Si yo, viejo agricultor andaluz, les dijera que el señor Pascual, el catalán ese canoso y de ojitos tipo puñalada trapera, me cae bien…

-¿El rojo ese? –preguntó don José Antonio, más próximo a los principios fundamentales del movimiento y a aquello de que somos una unidad de destino en lo universal que a cualquiera de las veleidades autonómicas que nos regaló la democracia.

-Bien que lo bautizó su padre con ese nombre, don José Antonio –interrumpió irónico el señor Concejal de Hacienda, que por mor de su cargo, y a pesar de ser de izquierdas, era admitido en la tertulia con profundo pesar de más de uno.

-Pues sí señores. Me cae bien y, además, me da en la nariz que es de los pocos políticos sensatos que hay. Lo que pasa es que la gente siempre anda buscando tres pies al gato. Y así, claro está, nos va como nos va.

En aquel momento no se produjo una revolución nacional-sindicalis ta sobre la marcha porque, al fin y al cabo, quien más, quien menos, tenía sus trampillas con don Nicolás y no era cuestión de despertar sus instintos recaudatorios. Así que amigos y deudos prefirieron morderse la lengua en aras de seguir ocultando más de una conducta poco ejemplar. Que más de una vez los malos humos de don Nicolás se habían destapado sacando a relucir, a plena luz del día, las deudas de sus contertulios. Y como algunas procedían de cercanas noches de picos pardos en la capital, no era cuestión de que brillasen en todo su esplendor ante oídos que más parecían lenguas viperinas propias de la prensa del corazón, ustedes me entienden. Que las parientas son las parientas y una canita al aire no tiene por qué volar más de lo debido…

-¿Y dice usted que le cae bien un tipo que, además de rojo, es nacionalista? –insistió incrédulo don José Antonio.

-Verán ustedes, resulta que hay gente que lo único que quiere es sacarnos los cuartos, gente que vive del cuento sin dar un palo al agua y luego viene protestando porque quiere más, y más, y más... vaya, que no se hartan ni en un verde, como decimos por el pueblo.

-Hombre, visto así… -concedió don Domingo, famoso en la villa por tener el puño más apretado que los dientes de un tigre sobre una tierna gacelilla.

-Pues bien mirado, lo mismo dice el señor Pascual –continuó don Nicolás-. ¿Que ellos son más ricos que los demás? Pues para eso han conseguido que miles de andaluces y extremeños se largaran para allá cuando aquí, nosotros, con visión de futuro, invertimos nuestros capitales en empresas radicadas en Cataluña. ¿O no?

-Dinero llama a dinero, don Nicolás –concedió, aunque a regañadientes, don José Antonio.

-Ahí le duele al gobierno –se envalentonó nuestro cacique-. Miren ustedes, yo vivo de mi cortijo y de unas faneguillas de tierra de nada. Y entre lo que saco de los olivitos, el monte bajo y el secano me costeo el lujo de decir que no necesito nada de nada. Entonces… ¿a cuento de qué tengo que pagar impuestos?

Como de criticar al gobierno se trataba -deporte nacional por excelencia que todos dominamos y practicamos- , la unanimidad amenazaba con hacer de aquella la más aburrida de las tertulias.

-Bien dicho, don Nicolás. Que ya está bien de tanto paro y de tanta educación para esa gente –olvidó don José Antonio las veleidades pro-catalanistas de su amigo mientras señalaba al líder local del Sindicato de Obreros del Campo, que tuvo la desgracia de pasar por allí en ese momento.

-Que luego –ratificó don Domingo-, aprenden a leer y escribir y lo primero que se les ocurre es hablar de aumento salarial, de convenios y de toda esa parafernalia que nos ha traído la democracia.

-Pues lo mismo pensará don Pascual, pienso yo –continuó don Nicolás su marcha triunfal-. Que cada perro se lama su herida. Y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga, que ya lo dice el refrán.

-Menos impuestos y más trabajar –ratificó don José Antonio-. Que ya lo he dicho miles de veces: con tanta democracia se fusila poco en este país.

En ese preciso instante, el reloj de las casas consistoriales sonó anunciando las dos de la tarde. Aquellas campanadas resonaron en las cavidades del cerebro de don Nicolás despertando alguna de las neuronas que deambulaban por aquellos vírgenes prados. Miró su reloj y, momentos después, le llegó limpia, sonora y elocuente una voz familiar:

-Don Nicolás, antes de cerrar las dependencias municipales, a ver si tiene usted tiempo de llegarse un momento por la Secretaría del Ayuntamiento –invitó el señor Concejal de Hacienda con su mejor voluntad.

-A pagar más impuestos ¿no?

-Pues no señor. Se trata de que hay que completar unos datos para la solicitud de algunas subvenciones que tiene pendientes de cobrar. Que con las ayudas de la Comunidad Europea por sus tierras de olivar, más las que recibe por colocar paneles solares en el señorío, más lo último que le han dado en el Ministerio de Agricultura por los olivos que secaron las heladas de este invierno… algún documento se debió traspapelar –explicó no sin cierto sonsonete cargado de ironía…

-¿Quién habló, que la casa honró? –la frase vino de una mesa cercana. Un viejo médico de cabecera, conocido por su republicanismo histórico, sonreía ladinamente mirando al techo mientras concluyó-: que ya lo dice el pueblo: la avaricia es como el fuego, cuando más leña se pone, más arde.

Dicen que don Nicolás estuvo más de dos meses sin pisar el casino local.



Manuel Cubero

miércoles, 30 de enero de 2008

Georgie

Georgie, se llamaba. Vivía, como yo (como mis padres y yo) en una pensión señorial de un edificio de Corrientes y Alem, plena esquina, vista al centro.

Viejo inmueble de departamentos de categoría, se había transformado en varias pensiones familiares administradas por propietarios venidos a menos.

La dueña de donde yo vivía había heredado el departamento y –con una jubilación decorosa y los alquileres- lograba un ingreso que le bastaba. Se daba el lujo de seleccionar cuidadosamente a la clientela: un peletero, un bodeguero una familia venida de Mendoza, esperando la finalización de su casa en V. Devoto, y Georgie.

Georgie era –especialmente para un chico de trece años como yo, en el mil novecientos cincuenta y pico- increíble. Alta, delgada, siempre elegante, distante. De lujo. Con una piel que le daban sus fines de semana al aire libre ("me voy al club", decía el sábado a la mañana, "vuelvo el domingo por la tardecita"). Con una suficiencia que daban sus salidas nocturnas de martes y sábado, prudentes pero infaltables (siempre se iba en coche, siempre un coche la dejaba en la puerta). Con un dominio del lenguaje que sólo da una educación superior allá, en su Santa Fe natal o en el exterior y que la habilitaban para su actual puesto de secretaria ejecutiva (diríamos ahora) en una importadora- exportadora. Estaba en la pensión, en Buenos Aires, de laburanta, en camino para algún lado más acorde a su categoría y su espíritu. Y –posiblemente- a su edad, 30 y pico, de creer en los comentarios, cuando ella no estaba, de los pensionistas.

—Ya le queda poco tiempo —comentaban—. Soltera a esa edad es peligroso. Cada vez va a tener menos para ofrecer.

Nunca me gustaron las viejas chismosas de la pensión. Besito besito y arrancaban sin compasión la piel del ausente. Para mí no había jovencita alzada que no se evaporara cuando Gorgie estaba presente. La chica de la familia de Mendoza, doce años, si podía, le mordía la yugular ahí, justo, donde yo soñaba darle un beso.



Tal vez, algo de razón tenía mamá, cuando le musitaba a papá: mandalo a jugar al nene, que ya se le está cayendo el mentón mirando a esa.



Gorgie me ignoraba. Yo tampoco hacía mucho por dejar de ser invisible. Me contentaba con observarla en silencio, admirándola, preguntándome dónde estaba, porque nunca parecía estar, su mente, donde estaba, siempre de paso.

Un día, a la tardecita, todos juntos compartiendo un mate ritual, yo paveando, una vieja dijo:

—Se está poniendo grande, Carlitos.

—Ya tiene 13 años, casi un hombrecito —mi vieja, hinchada de orgullo, aprovechó.

—Está pegando el estirón, las chicas se van a pelear por él —apoyó otra. Siempre odié a las viejas chupamedias.

Y remachó otra, no se cual:

—Qué le parece, Georgie. ¿Va a ser buen mozo el chico?

Georgie me dirigió la mirada. Yo, tragame tierra. No me miró, quien sabe qué miraba.

—Un hombre, para ser atractivo, debe ser alto, enjuto y prieto —instruyó. No fue uno, fueron tres calificativos que demolieron mis esperanzas de figurar –con el tiempo- en el ranking. Eso, si lograba entender qué significaban enjuto y prieto.

La charla languideció. Una dijo claro, para no quedar mal. Se fueron todos. Sólo yo quedé –y durante años- preguntándome cómo se puede ser un hombre alto, enjuto y prieto.

Nadie entendió. Yo, que vivía observándola, entendí. Era su contraparte masculina. De su mismo linaje. También de paso en la tierra. Y además pintón. Nunca supe si ese era su sueño, o sólo un recuerdo melancólico de algo que quién sabe si alguna vez fue.



Un día, repentinamente, dijo;

—Me voy. Vengo a despedirme. Después mando a buscar mis cosas; ahora me llevo lo íntimo —. Un hombre calvo, gordo, que irradiaba poder y riqueza, la acompañaba y se la llevó, en un coche insolente.

No supe si alegrarme por vos, Georgie. Si llegaste o seguís de paso.



En cuanto a mí: ¿alto, enjuto y prieto?

Nada que ver. Ni lejos.

Carlos Adalberto Fernández

martes, 29 de enero de 2008

DESAFIO

Recuerdo una vez cuando como Miguel un joven maestro, quería demostrar que se podía llevar el mundo de sus alumnos por delante, el no sabía que yo era uno de esos alumno que se quería llevar el mundo de sus maestros por delante.
El me dijo con voz de sargento -Sagardía venga frente al pizarrón-
-No me haga eso, no me avergüence creo que no es bueno- le dije.
-¡Venga mierda? Escriba; no debo hablar en clase- replico él.
Escribí 26 veces y el timbre sonó como salvador, mi rostro enfriándose lentamente soltó la tiza. Mientras el rostro de Miguel se quemaba por la bronca.
Queriendo salir corriendo del lugar, Miguel se quedo en el aula y para evitar mi salida al recreo me sostuvo del guardapolvo.
Cuando todos salieron comenzó mostrarme cuan rudo podría ser, pero el no sabía cuan rudo era yo.
Yo era uno de esos que se llevaba el mundo de los maestros por delante, pero había que comenzar por hacerle perder los estribos, para que no piensen bien.
Y fue así como poco a poco Miguel comenzó a llevarse mi mundo con su enojo.
Nos encontramos con miradas desafiantes, éramos dos que se querían llevar el mundo del otro por delante.
Su mundo era más pesado que el mío, pero lo liviano del mío me hacía ágil, así que con mi mundo podía moverme más rápido.
Comencé a llevarme su mundo de un lado a otro después de haberle tirado el borrador en la frente. Él me había golpeado en la mano y la cabeza con la regla de metal que guardaba en su escritorio, lleno de ira corrí hasta el pizarrón y con fuerzas de un muchacho me volví un gigante defendiendo mi mundo y le lance el borrador, haciéndo caer su mundo gigante, que en el suelo, se veía pequeño y lleno de sangre.
Éramos dos que nos queríamos llevar el mundo del otro por delante, sin querer rendirse ante el peligro que tenía en frente.
Un mundo dictador detrás del otro, tratando de alcanzar sus pies, unos pies llenos burlas e ironías, cargados de risas y carcajadas.
Un mundo que se desmayó de tanta sangre que junto con el corría sin darse cuenta que en cualquier momento sucedería.
los dos mundos se detuvieron.
Eran dos que se querían llevar el mundo del otro por delante. Uno murió, y ya no había mundo que llevarse.
Dos mundos que quedaron muertos por que ya no había desafíos.
Frente al pizarrón se escribe. No es bueno hablar en clases por que sino alguien muere.
"Amaos los unos a los otros con fraternal amor"
"Que bueno es, que los humanos vivan juntos y en armonía”.
Juan Ricardo Sagardía
SANTOAMOR

Reglas establecidas

-Sólo le pido un poco de bondad señora, por usted, por sus quejas infundadas voy a perder el trabajo...



Marcos López, el encargado de un coqueto edificio de un barrio de clase alta, intentaba conciliar con la gruñona del 8vo piso. Desde que esa mujer había enviudado hacía cinco años, su vida era un caos; problema tras problema era todo lo que escuchaba de la amargada y pudiente mujer. No sabía por qué extraño mecanismo esa “gentil” señora casada se había transformado en esta fiera agriada y molesta del presente. Todo le molestaba: si la luz del palier quedaba prendida, si eran las seis y cinco minutos y él no estaba en la entrada del edificio y miles de pequeñeces más.

Pero lo peor para el empleado era cuando encerando los pasillos y puertas del piso de la viuda en cuestión, ésta tenía la maldita costumbre de dejar entreabierta la puerta –según ella por su problema de claustrofobia; López estaba seguro que lo hacía para espiarlo cuando hacía sus quehaceres. Esto, si bien era molesto no era lo peor ya que la dama en cuestión “Vaya a saber si por arteriosclerosis o qué” pregonaba a diestra y siniestra que él la espiaba abriéndole la puerta, seguramente con alguna copia que tenía – incluso, llegó a decir, que estaba casi segura de que le faltaban valiosos objetos de su departamento.

Las quejas fueron en aumento de tal manera que se buscó conciliar ambas partes; buena parte del edificio confiaba en López pero la mujer tenía varias propiedades más en el inmueble, por lo tanto su influencia era grande.

El pedido del Consejo de Administració n fue muy claro: López sólo limpiaría el pasillo de la señora cuando ésta durmiera la siesta y en ese intervalo la señora estaba “obligada por las reglas de convivencia establecidas” a mantener su puerta cerrada con llave. Era la última oportunidad para el encargado, si existían más quejas, debería ser despedido.



-A mi no me interesa ni usted ni la supuesta enfermedad de su mujer López, usted es un empleado y debe respetar las reglas de subordinación al propietario: yo le pago el sueldo ¿entendió?

Allí terminó el intento de comprensión con la mujer por parte del encargado.



Esa tarde –como lo hacía de acuerdo a las benditas reglas establecidas –enceraba el piso, cuando sintió el chirrido de la puerta de servicio de la mujer.

Ahogando un insulto al recordar que era el franco de la mucama se apresuró en su tarea para no chocarse con la vieja insufrible.

Allí la vio.

La mujer se deshacía en el intento de un gesto de súplica, alargaba su brazo derecho apoyando los dedos en el picaporte en tanto su otro brazo señalaba el pecho; apenas podía gemir.

Era obvio que estaba sufriendo un ataque cardíaco –ya había tenido dos preinfartos.

López observó la escena de súplica: él podía salvarla y ella le debería la vida.

Se acercó a la puerta y le tomó la mano que estaba apoyada en el picaporte, con ternura la retiró; luego le cerró la puerta en las narices ante la desesperada mirada de la mujer.

-Respetemos las reglas establecidas señora. Hay que convivir.

Y siguió con su tarea.





Liliana Varela 2008

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domingo, 27 de enero de 2008

El ascensor

-Buen día –le dije peinándome las cejas con los dedos gordo y
chiquito.
-Buen día –me respondió sin levantar la vista.
Su diminuta pollera y sus largas piernas cubiertas con medias
de red me hicieron pensar que le gustaba la joda, pero no quise
empezar a pensar pavadas.
-¿Te acerco? ¿Qué piso te queda bien? –dije y me lustré el
zapato en el pantalón.
Ella se mordió el labio disimuladamente como diciendo: "¡Qué
pedazo de marmota!".
-No, está bien. Ya apreté.
-Ah, bueno. Qué suerte la tuya –le dije y no pude aguantar la
carcajada-. Disculpá, me la dejaste picando.
Pulsé el botón del sexto y suponiendo que no iba a querer
conversar, me puse a chiflar demostrándole que no me importaba.
No habían pasado ni dos pisos, cuando el ascensor se detuvo.
-¿Qué apretaste picarona? –le dije con mirada cómplice.
-¡Yo no apreté nada! ¿Qué voy a apretar? –dijo haciéndose la
disimulada.
-No sé. Algo tenés que haber apretado. No se va a parar así
porque sí. ¿Qué es lo que te proponés?
-Corrasé, pedazo de pelotudo. Lo último que quiero es estar
acá con usted –dijo y comprendí el tipo de juego que quería jugar.
Anda cada loca suelta...
Se acercó a la puerta y empezó a tocar todos los botones.
Al tenerla cerca, no pude evitar percibir su perfume.
-Mmm. ¡Qué rico! ¿Qué es María Estuardo?
-¿El qué?
-El perfume.
-Callesé. Hágame el favor. ¿Qué se piensa? ¿Qué está en un
boliche? ¿No se da cuenta que nos quedamos encerrados?
-Sí. Ya veo. Culpa tuya. Que no sé qué habrás tocado. Ahora
aguantatelá. ¿Yo qué querés que haga?
-Nada, no quiero que haga nada. Pero por lo menos quedesé
callado, alejesé de mi lo más posible y no me haga poner más
nerviosa –dijo a los gritos.
-¡Qué carácter! –dije en voz baja para evitar el cachetazo-.
Mirá. Quien sabe cuantos días vamos a pasar acá adentro. Así que
mejor llevémonos bien. ¿De qué signo sos?
En ese momento ella perdió la poca compostura que le quedaba
y empezó a tocar el botón de la alarma en forma intermitente, a la
vez que gritaba: "SOCORRO, AUXILIO, QUE ALGUIEN ME AYUDE".
Ahí me di cuenta que la cosa venía en serio. El ascensor no
se movía ni para atrás ni para adelante.
-SÍ. A MI TAMBIÉN –grité para que viera que yo no era su
enemigo, que estaba a su lado y que la iba a apoyar hasta el final.
-¡PERO SERÁ POSIBLE! –seguía gritando y pateando la puerta.
Saqué un pedazo de pastafrola del maletín y le encajé un
mordisco. Mi ansiedad por devorarme esa deliciosa confitura me hizo
olvidar que estaba acompañado.
-Uy. Disculpá. ¿Querés un cacho? La hizo mi mamá. Caserita,
caserita –le dije ofreciéndole el último mordisco.
Ni siquiera me contestó.
-Ahora es otro cantar –dije y me limpié las migas del bigote
con la manga.
Con la panza llena, empecé a gritar con más energía.
-SOCORRO. AYUDENNOS. ESTAMOS ACÁ EN EL ASCENSOR. SOMOS YO Y
UNA SEÑORITA. ACÁ EN EL ASCENSOR. NOS ESTAMOS AHOGANDO. ACÁ EN EL
ASCENSOR DE ESTE EDIFICIO. HELGUERA 753 ENTRE MORÓN Y VALLESE.
-Callesé. Ridículo. Ya saben que estamos en el ascensor. ¡Qué
novedad!
Por lo visto, la única que podía gritar era ella.
-Perdoná. Estoy un poco nervioso. No te lo quería decir para
no preocuparte. Pero soy claustrofóbico.
-¡La puta madre que lo parió! –lo único que me faltaba.
-Me falta el aire. Me ahogo. Se me bajó la presión. Estoy
mareado.
-Siéntese.
-Sí. Mejor. ¿No me abanicás un poco?
Sacó una "Gente" del bolso, se sentó a mi lado con las
piernas cruzadas como provocándome y empezó a darme aire.
-Ahhhh. ¡Qué lindo airecito! Gracias. Sos muy buena conmigo.
No me voy a olvidar nunca lo que estás haciendo por mi.
Miré mi reloj. Había pasado media hora.
-AYUDENNOS. QUE EL SEÑOR QUE ESTÁ ACÁ ES CLAUSTROFÓBICO –
grito mientras con una mano me abanicaba y con la otra pateaba la
puerta.
-Menos mal que estamos juntos por lo menos, ¿no? De a dos se
hace más llevadero.
-Sí. No sabe cuanto me alegro. La puta madre que los parió
¿qué mierda esperan para sacarnos?
Habría pasado media hora más. Yo seguía sentado. Ahora con
una terrible descompostura. Como por obra de magia, el ascensor
retomó la marcha.
-¡Por fin! –dije. Y al levantarme de golpe, se sintió un
repiqueteo que no era de tambor. Segundos después, un aroma que no
era a sahumerio invadió la totalidad del ascensor.
La señorita puso cara de repugnancia y mirándome fijamente
dijo: "Usted es la persona más desagradable que conocí en toda mi
existencia".
Dicho esto, se fue de mi vida para siempre.
Ya pasó casi un año desde aquel día y todavía no se me fue la
bronca. De no haber comido ese guiso de lentejas, ahora tendría novia.

Emiliano Almerares

lunes, 21 de enero de 2008

FLACA

Cuento)

Me miró, pero esa contemplación no era indicio de situación
para
preocuparme.
No eran sus formas las que estimulaban mis apetencias. Debía buscar
en otras causas las verdaderas razones por las que me sentía
atraído. Tal vez, revisando un poco más mis impresiones podría
encontrar una correcta clasificación para este afecto. De todos
modos, ésta era una cuestión irrelevante. No todos empiezan a
indagar con minuciosidad cuando experimentan alguna emoción
particular.
Ella seguía observándome sin poder comprender lo que pasaba, ni
tener idea de las cavilaciones que entretenían mis pensamientos.
Su piel era frágil. Demasiado blanca y sensible. Una suave presión
la ponía al rojo, aunque recuperaba el enfermizo color original
cuando cesaba el contacto.
Olía bien. A frescura o algo especial parecido. Sus brazos eran
débiles. Las piernas muy delgadas. Los fláccidos glúteos
colgaban de
su cintura con formas poco graciosas. Parecían guirnaldas alargadas;
esas que se colocan en el árbol navideño como relleno a los
verdaderos elementos decorativos. Sus senos, muy pequeños y
aplastados, no permitían desplegar ninguna fantasía. Había que
poner
mucha voluntad para experimentar la sensación carnívora e
instintiva
de querer penetrarla con urgente deseo. Tal vez no sea esta la forma
correcta de expresar la ansiedad posesiva, pero tampoco puedo
encontrar una mejor. Con tan escasa oferta de buenas formas, esas
que atraen y que gran parte de sus pares tienen generosamente
distribuidas, era imposible imaginar una noche desbordante de
lujuria y placer. Sería preciso disponer de una elevada cuota de
delirio para suponer que, ya sin ropa, aflorarían formas tentadoras
y desconocidas que despertarían el salvaje deseo. No confiaba casi
nada en la posibilidad de esa sorpresa.
Creo que lo que yo estaba buscando era una experiencia única, con
una mujer indescifrable y poco interesante para otros, con la que
podía llevar adelante el proyecto personal de satisfacer mis
apetencias morbosas de humillarla. Esa parte enferma de mi
personalidad me molestaba, pero lograba calmarla ejecutando acciones
de este tipo.

Ahora me miraba con reproche. Tenía sus motivos. Tanto había yo
insistido para conseguir su predisposició n y ahora estaba
distraído, demorando el desenlace.

Me acerqué y la tomé de la mano para llevarla al dormitorio. No
hubo
besos ardientes ni caricias apasionadas. Nunca los hubo. Ambos
sentíamos una atracción apática. Esa que no necesita de las
manifestaciones corrientes que la mayoría de las personas considera
debe darse en estos casos. Los dos entendíamos que nuestro encuentro
era una conducta natural de los humanos, que consiste en disfrutar
del cuerpo del otro entregando el propio. Sé que este punto está
en
rebeldía con el pensamiento ordinario de mucha gente. No obstante,
ambos coincidimos en que las cosas bien podían ser de esta manera y
lo estábamos llevando a la práctica conforme a nuestras
convicciones. Así estaba pactado. Nada nos tentaba a comportarnos
con hipócrita simulación

Comenzó a desvestirse al borde de la cama mientas yo la observaba,
esperando sentir la manifestación corporal necesaria para esa
primera escaramuza sexual.
Debía ser paciente. No era fácil estimularse con un cuerpo
femenino
parecido a un arenque. Imaginé que cuando se quitara la última
prenda tal vez pudiese apreciar un pubis velloso y renegrido,
refugio de un sexo carnoso y ardiente que hospedaría al mío. Hice
mal en pensar semejante estupidez. Era ralo y desteñido. Por su
transparencia se podían apreciar las formas angulosas de los huesos
de la pelvis, apenas cubiertos por una delgada capa de piel.

No soy persona de revertir mis decisiones aunque sentí que, por una
vez, podía defraudar mi estilo. No lo haré -me dije, autoritario-
para despejar con rapidez esa idea.

Me recosté a su lado.
Sin titubear apagué la luz. Era preferible imaginar a ver.

Deslicé mis manos sobre sus hombros para acariciarlos con
delicadeza. Las retiré con urgencia cuando experimenté la
sensación
de estar tocando el arco de una percha.
Cuanto más tiempo pasara, las cosas se pondrían peor. Debía
apurarme. Ahora mi preocupación era cómo tomarla. ¿De qué
forma
manejar a ese Pinocho enjuto?
Mis ochenta y pico de kilos tendrían un efecto poco saludable para
tan frágil organismo.
Indagué su intimidad con poco recato. Noté que estaba preparada
para
recibirme y eso produjo el estímulo esperado.
Me subí sobre ella. Ya dentro, comencé a balancearme con ritmo.
Por momentos sentí crujir sus huesos, sometidos al duro trajín de
la
acción, ahora descontrolada por mi apasionamiento.
Más ruido a huesos ponían música apropiada al desenfreno.
Poco después se terminaron los gemidos y quejidos. Todo se volvió
sereno.
Le dije cariñosamente: ¡Flaca, estuviste fantástica! La ingrata
no
me respondió. Permaneció con los ojos cerrados, sin respirar, para
asustarme.

Jorge S. Ruppel
Junio de 2003

jueves, 17 de enero de 2008

RAMÓN

Ramón -"Madruga" para los amigos-, es analfabeto. De acuerdo con las estadísticas oficiales, mi amigo Ramón, "Madruga" para los amigos, no sabe leer ni escribir, así que, cosas de la suerte, usted no lo encontrará nunca presidiendo una mesa electoral en un caluroso día del mes de junio, ni disfrutando de otros privilegios que tenemos los leídos y escribidos, como él llama a quienes tenemos la fortuna de saber interpretar esos signos llamados letras.

Claro que, en compensación, nunca podrá conocer a través de la publicidad las inmensas ventajas que nos brinda la colonia "Olfmen" en orden a la conquista de la parte contraria, como Ramón llama a su parienta.

Cuando hace unos días salí a pasear al campo, al llegar a unos eucaliptos adiviné en la distancia la inconfundible figura de Ramón, "Madruga". Nada anormal, macizo, tosco, pegado a su cigarrillo de liar y, entre las mínimas volutas de humo, una mirada que se clava inocente en tu rostro hasta hundirse allí donde nunca podrías imaginar.

Deportista convencido, yo iba vestido para la ocasión, traje ligero de ciclista, jinete sobre bicicleta de montaña y porte orgulloso de quien se sabe preparado para la vida moderna.

Sus ojillos, socarrones, me examinaron de arriba abajo como quien contempla al tonto del pueblo.

-¿Un cigarrillo? –ofreció.

-Gracias, Ramón, ya sabe que fumo poco.

Me senté sobre un peñasco e iniciamos una larga charla. Como de costumbre hablamos de la mar, los esteros, la pesca... y de unas nubecillas que apenas esbozaban su presencia ligera y efímera precediendo la puesta del Sol. La punta de su cuchillo salió de entre la hojarasca señalando aquellas hilachas que apenas manchaban el azul intenso de la tarde.

-¿Sabes qué dicen? –su sonrisa se incrustó en mi frente adivinando la respuesta.

-¿Quién?

-Esas –miró fijamente hacia las nubecillas.

-Ah, no sabía yo que las nubes hablasen ya tan de pequeñas –ironicé.

Ramón ni se inmutó ante mi humorada. Ya conocía mis salidas y sabía, además, que estaba muy lejos de cualquier intención maliciosa de esas que se gastan los supuestos listillos con la gente inocente como él. "Madruga" se limitó a hundir de nuevo la navaja en el suelo, fijó sus ojos en ella, la volvió a sacar, la cerró y se la guardó en el bolsillo mientras se levantaba parsimoniosamente.

-Ya sabes que "a quien madruga, Dios le ayuda" –dijo-. Me voy. Las siete, hay que estar pronto en la cama.

Miré mi reloj: las siete.

-¿Tú sabes leer? Yo también –respondió a mi mirada.

-¿Y tu reloj? –pregunté.

-El mejor –contestó señalando un rayo de sol que escapaba entre las nubecillas dibujándose en el horizonte.

-Vaya, hombre. Menos mal que no está nublado, que si no, todo el día es madrugada para ti –continué haciéndome el gracioso.

Ramón me miró con esa cara que pone quien piensa aquello de que "el que ríe el último ríe dos veces". Aunque para mí que ya comenzaba a reírse de mí. O sea, que si no le fallaban sus cálculos, iba a reírse al principio y al final.

-Ah –llamó mi atención mientras recogía los cuatro cachivaches que siempre lo acompañaban-. Que dicen esas –señaló hacia el cielo- que "a gran seca, gran mojada".

-¿Qué quieres decir? –pregunté con una expresión de ignorante que hizo sonreír de nuevo a "Madruga".

-Pues lee allí –señaló al estrecho surco multicolor que comenzaba a dibujarse en el horizonte-: "arco a poniente, amarra la barca y vente". Así que si tanto sabes de letras, aprende a leer también lo que el cielo escribe.

El bueno de Ramón, emprendió su camino de vuelta a casa mientras yo, montado en la "jaca" de montaña continuaba mi camino en dirección contraria. Este Ramón, haciendo honor a su apodo, se acuesta con las gallinas y se levanta con el gallo, me dije sin conceder a sus palabras más importancia.

El caso es que una hora después, entrando por las primeras casas del pueblo empapado hasta los tuétanos, lo primero que me crucé fue la mirada socarrona de Ramón tras la cristalera de la taberna. Se asomó a la puerta y se limitó a gritarme por encima de los truenos:

-¡Eh, Manuel! Cada uno aprende a leer donde le interesa.

Entonces recordé las palabras de Ramón cuando, días antes, sentenció: "más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena". Estaba claro, su casa es el campo.

Y también:

"Asno que entra en dehesa ajena, volverá cargado de leña".


Manuel Cubero

martes, 15 de enero de 2008

" La Viuda "


Todo había terminado. Al fin se sentía completamente libre, dueña de su propio albedrío.

Allí, parada frente al féretro de su difunto esposo, sentía que una paz casi indescriptible se había posesionado de ella.

Cuando le dieron la noticia esa mañana no podía creerlo : su esposo había fallecido de un derrame cerebral generado por una golpiza recibida durante un asalto al salir de su trabajo.

Percibía las voces apagadas de consuelo como si se encontrase dentro de

una botella de vidrio; le llegaban frases sueltas de diálogos ajenos a las cuáles ella parecía responder mentalmente.

--pobrecita —decían— perder a sus padres y su esposo en menos de un año.



¡ Qué sabían ellos sobre lo que sucedía en su interior ! ¡ qué podían imaginar los demás sobre los grandiosos sentimientos de paz y libertad que la embargaban en ese preciso momento !

Nada... ellos no sabían nada de su vida íntima; no conocían cómo había sido su niñez y adolescencia, y mucho menos su matrimonio.

Nueve meses atrás, cuando sus padres murieron en un accidente automovilístico , ella sintió que Dios le otorgaba un regalo bajo la forma de un milagro .

Había sido hija única de un matrimonio formado por una madre docente y un padre médico; sobre ella se había centrado toda la responsabilidad de mantener la honorabilidad y el prestigio familiar.

No se le permitía traer malas notas a la casa, y si lo hacia, éstas eran castigadas con severas reprimendas --que consistían en semanas enteras sin postre, salidas y obviamente la total indiferencia paternal--; en cambio las buenas notas eran premiadas con una caricia filial, un buen postre y por supuesto los halagos de parientes y amigos a los que sus padres participaban prontamente de las novedades. Pero el precio pagado por esos premios era muy grande : no tener amistades, estudiar todo el día, no ir a ninguna actividad social de sus pares, ni obviamente recibir a ninguna relación social --aunque fueran simples compañeros de colegio-- si ello implicaba malgastar el preciado tiempo de instrucción debida.


Sus padres manipulaban su vida entera; cómo obrar, cómo comer, vestirse, "cómo vivir". Inclusive había quedado muy en claro que en la casa era tabú mencionar el tema "novios" o "futuros esposos" ya que ese era un tema que sus padres considerarían tratarlo en el momento que lo creyeran adecuado y por supuesto sin ningún tipo de consulta hacia ella.

Por eso un día su padre trajo a cenar a la casa a un colega suyo que trabajaba en la clínica paterna ; era un médico recibido hacia escasos tres años pero según su padre, estaba considerado como una gran promesa Hipocrática.

Ella se prendó inmediatamente de Andrés – era el primer hombre con el cual podía conversar sin la oposición de sus padres-- era dulce y tierno con ella y la escuchaba, tomando en cuenta sus pensamientos, como nunca nadie lo había hecho.

Sabía que él la amaba y la complacía en todo; además era el instrumento perfecto para huir de los verdugos paternos. Con Andrés sintió que sería libre, dueña de sus propios actos: pero obviamente se equivocó.

Al principio su matrimonio fue ameno y la convivencia era muy buena, pero luego Andrés se llegó a convertir en un verdugo aún más severo que sus padres, y más nocivo, ya que era más joven que ellos.

No sólo debía hacer lo que él decía, sino vestirse como él quería, ir donde él se lo permitía. Un verdugo aún más dominante que los anteriores era el encargado ahora de manipular su vida para siempre.



Pero hoy, allí en ese cementerio, ni Andrés ni sus padres se encontraban; se sentía por primera vez en toda su vida, con un poder total y omnipotente sobre su persona.

Dios había obrado un segundo milagro para ella.

Los meses iban pasando y ella salía, se divertía, iba a todos los lugares donde jamás la hubiesen dejado ir sola; pero lamentablemente no tenia amistades y tampoco sabia como entablarlas, además los lazos familiares con sus pocos parientes eran muy débiles... no tenia a nadie.


Y un día, sin quererlo, se dio cuenta de la realidad, la increíble realidad: no sabía estar sola; ni sus padres ni Andrés le habían enseñado a vivir consigo misma, estaba acostumbrada a que otros dictasen su obrar.

Con tremenda amargura admitió que extrañaba a esos verdugos, que aunque fueron los que la llevaron a esta soledad actual, eran los únicos que la conocían a la perfección y con los cuales podía conversar y sentirse acompañada.

Se sumergió así en la nostalgia total, no podía dormir y comenzó a deprimirse; le fueron recetadas píldoras para el insomnio, con lo cual Morfeo se apoderó de su vida y la hizo más feliz, ya que cuando dormía soñaba con sus padres y con Andrés ; pero cuando estaba despierta la soledad se convertía en un tormento que la asfixiaba; se golpeaba contra las paredes y muebles del dormitorio queriendo calmar --o al menos intentar atontar esa soledad del alma--. Al dormir sentía que la puerta se abría y, veía entrar a sus padres y Andrés, entonces todo cambiaba: ya no estaba sola, era nuevamente feliz.


Aquel día otra vez la puerta se abrió; allí estaban los tres esperándola para realizar un paseo, ella les entregó la mejor de sus sonrisas.

La madre miró al padre y exclamó:

--Es increíble el caso de esta paciente, fue traída por la familia entre gritos y retorcijones hace un mes. Cuando está sola hay que ponerle el chaleco de fuerza para evitar que se lastime contra las paredes, pero cuando nos ve parece calmarse y entregarse con alegría a la sesión de electroshock.



Ella salió del cuarto. Sus padres y Andrés la volvían a llevar a pasear como otras tantas veces, calmando así su soledad; volvía a ser feliz otra vez.

Fin

Liliana Varela

jueves, 10 de enero de 2008

QUE ANTIGUO, EL VIEJO

Ya era pasada la medianoche. Fermín Rivero, en cumplimiento de un destino señalado por la muerte del viejo Rivero, su padre, se encamina al bar aguantadero del Gordo Lezama, Mientras, piensa, recuerda.

Qué antiguo, el viejo, Qué boludo. Si sabía que le iban a pasar por encima, que su chapa de "hombre de honor" ya servía sólo para guardarla en el fondo del ropero, y mirarla, de vez en cuando, a escondidas. Quedó atrás la época en que se temía su guapeza y se respetaba su palabra.

¿Para qué se quedó, entonces, al descubierto, esperando que los del Gordo Lezama lo vinieran a buscar, a preguntarle si les iba a decir dónde se escondía Robledo? En vez de esconderse él mismo, porque de viciosos que eran los del Gordo lo iban a volver a apretar.

Pero esconderse en un buen lugar, no como Robledo, que si lo encuentran es porque eligió mal el escondite. O el confidente, que si el viejo se lo dice a los perseguidores es porque Robledo se lo dijo, como si en el fondo necesitara que lo encontraran y terminaran de una vez con su miserable vida de rata fugitiva.

El viejo podía haberse ido, silenciosamente, a Salta por ejemplo, a un pueblito, que nadie lo iba a encontrar. Ni siquiera lo iban a buscar, que estos son malos de ciudad, de zaguanes fantasmales, de bares tenebrosos, pero si los saluda una lechuza no les alcanza el papel higiénico.

Pero no. Eligió quedarse, frente alta, estupidez al frente, a que lo ajusticiaran en un rincón ignoto, dejando un hijo que debía ponerse la escarapela del honor y que ahora estaba cagándose de frío por no deshonrarla.

El baño era frío, maloliente, oscuro. Fermín Rivero se había encerrado en el cubículo en que se guardaban las cosas de limpieza. El Gordo siempre pasaba por el bar, con algunos de su pandilla, tomaba algo y cerraba el boliche. Era cuestión de paciencia, los fantasmas que bailaban en su cabeza no le iban a dejar aburrirse. Seguro que el viejo, desde el infierno, lo estaba mirando a él, a la escarapela.

–Vos sos joven, no podés entender —le dijo su padre una vez—. Vivir para vos es abrirse al futuro. Para mí es diferente. Tengo algo que me acompaña, me pesa, me justifica haber vivido, me duele haber perdido. No puedo separarme de mi memoria, no estoy sólo.

Llegó el Gordo. Con dos, tres más. Vienen de algo feo, porque están gritones, insolentes. Uno vino al baño. Orinó como si se hubiera roto el dique. Está chupado. Festejan algo. Están felices, los depredadores.

—Capaz que de mi viejo, al que balearon sin parpadear, ya ni se acuerdan —imagina Fermín Rivero—. Lo habrán dejado al aire, para los caranchos. Ni tumba le puedo dar. Sólo venganza..

—Dicen que siempre se muere sólo, que no hay muerte digna –siguió el viejo–. Puede ser. Pero en el instante anterior, igual que en las noches de vela solitaria, no estás sólo. En el escenario iluminado, abierto como boca de lobo, sabés que en el medio de la platea, sólo, frío, esperando tu gesto final, está él.

–¿Quién?

–Vos. Tu memoria. Tu conciencia.

–Pero entonces estás sólo.

–No, porque estás ahí, en el lugar del espectador, midiendo y pesando lo que hiciste y lo que estás haciendo, como único actor, en la escena

Que era difícil, mi viejo. Me dejó el bocho lleno de cosas, que no me las puedo quitar. Desde que tuve esa conversación, y más seguido desde su desaparición, sueño que un ojo flotando en la oscuridad, perfora mi nuca. Me cagó, el viejo. Al final, ¿no somos todos ratas? Nosotros no creamos este mundo, no elegimos el animal que nos toca en suerte. El ojo critica porque seguro que nunca pasó miedo.

Lo habrán acribillado, a mi viejo. La justicia del Gordo no tomó en cuenta balanzas, escenarios, honores, ratas o personas. Es más simple que mi viejo, el Gordo. Poder, manija, son sus valores. Si sos el fuerte, ordená, si no, bajate los lompas. Mi viejo –su muerte, su ejecución inmisericorde- iba a servir de ejemplo de lo poco que le importaba al Gordo el honor y la vergüenza de los que jugaban al héroe.

La charla, en la mesa del Gordo, languidecía. Ya se estaban por ir.

Fermín Rivero preparó el arma. Salió del cubículo, abrió lentamente la puerta del baño. El Gordo se estaba acomodando el saco, los compinches apuraban el último trago.

Sabía que el ojo (o su padre) estaba ahí, vigilando. Miró la mesa. El Gordo y sus secuaces estaban por irse.

Fermín Rivero levantó el revólver y comenzó a disparar.

Cuando volvió el silencio se acercó lentamente. Los secuaces estaban secos. Se acercó al Gordo. Boqueaba.

—¿Sabés quién soy yo? Soy el hijo de Rivero, Vine a vengarlo. Y a que me digas donde lo dejaste, para darle una sepultura cristiana.

—¿Por qué?¿Murió?

—No te hagás el boludo que no te queda tiempo.

—Para qué te voy a mentir, si estoy en las últimas. Me vino a ver, me dio la ubicación de Robledo y algunos datos más. Estuvo piola, tu viejo. Se iba para el norte, me dijo, esto ya no era para él. Le tiré unos pesos.

—¡Y la puta..! —gritó Fermín Rivero, los ojos inyectados en sangre—. Se sentó en una silla, entre los muertos y el Gordo, acercó una botella abierta y tomó despaciosamente, en silencio, sólo los estertores del Gordo.

Cuando la botella se vació la estrelló contra el mostrador, se levantó, apoyó el caño en la frente del Gordo, tal vez todavía vivo.

—A vos... acá te devuelvo la guita —dijo, y apretó el gatillo.

Se encaminó hacia la calle mientras mascullaba

—¡Qué jodido, el Viejo! Que no salga de Salta, que le pincho un ojo.

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Carlos Adalberto Fernández
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