Los abuelos de el general.
El Patio de mi casa. Los abuelos maternos.
Ya fue contado que toda la familia del general, vivía en la misma casa.
Sus abuelos, se llamaban, Marcelina y Valentín.
Marcelina procedía de un pueblo llamado Fontanarejo de los Montes,
cerca ya de la provincia de Toledo.
Esta localidad, producía grandes cosas…aceite de sierra, algo de
cereal, una abundantisima cantidad de caza mayor y menor y sobre todo,
y lo mejor de todo: sus habitantes. Una de estas personas, era su
abuela Marcelina.
Los recuerdos de sus ocho añitos, vividos agarrado a la falda de su
yaya Lina, hacían que así pensara y sintiera nuestro querido general.
La casa de Lina, era de acogida de todos los lugareños del pueblo, que
por necesidades medicas o de resolver asuntos burocráticos, se
desplazaban a Ciudad Real. Las puertas siempre estaban abiertas, sin
necesidad de ser familia o tener algún lazo de unión, mas o menos de
compromiso.
Una gravísima enfermedad, la hizo padecer mucho tiempo, hasta llegar a
fallecer entre los llantos de todos y el rezo de un rosario tras de
otro, que su hija la mas pequeña, -solo eso hizo-, se empeñaba en
mandarla al cielo en aburrida y monótona letanía.
La madre del general..., digna heredera de Marcelina, hacia de
enfermera poniéndole las inyecciones y limpiando la poca ropa que
había, para preparar una digna mortaja.
El abuelo del general..., ¡era una delicia!; ahora en la lejanía del
tiempo, el militar reconoce la valía de aquel hombre, su querido
abuelo.
Reconoce en el a los genes heredados: era travieso, cariñoso,
divertido, humano…así era el abuelo del general.
Como ya se ha indicado, se llamaba Valentín.
Hombre enjuto, de pelo blanco,- las fotos de la época lo dicen-; sin
ser alto, al general le parecía, como una enorme montaña.
Usaba chaqueta y chaleco en todo tiempo; se tocaba con boina de tamaño
medio, muy propia de Daimiel, su lugar de origen.
Valentín, fue un gran cocinero. De hay proviene la afición del general
a ser un cocinilla. Repito que era un gran cocinero, si que lo era.
El Obispo del momento y la Academia General de Enseñanza, podrían dar
fe de mi aserto. El era el encargado de las cocinas de los dos sitios
y la "alta sociedad" de la época, se acordaba de el, cuando en bodas u
otras celebraciones, había que hacer pitanza para mucha gente, y así
matar el hambre, que mucha había. Este fue su oficio principal.
Además como afición, ejercía de carpintero. Todos los trabajos de este
oficio que se hicieron para construir aquella casa, salieron de sus
manos.
En la acera de enfrente de aquella casa, había una carpintería. Era
propiedad de Julián Cabañas, un medio primo de Valentín, que le
permitía por las tardes, realizar estos trabajo en el taller.
¡Qué cantidad de grandes personas que han sido, y que nadie les supo
reconocer su esfuerzo!.
En la construcción de la casa, el general me ha contado que su madre,
en aquel enorme cochecito en el cual sacaba a pasear a sus hijos, si
encontraba una piedra, un ladrillo o algo que aprovechara, lo ponía
debajo del bebe y lo dejaba en el solar, que luego seria la morada de
todos. Así estaban las cosas.
Era el general el ojito derecho de Valentín; lo tomaba en sus brazos y
lo llevaba a la cuadrilla, donde con gran arte, le fabrico un carro de
tamaño
medio, en el cual el militar, transportaba a sus tropas, a nuevos
campos de batalla.
En una huida mal planeada, el carrito volco. Al realizar el parte de
bajas, su primo Fernando (Chatete) y su prima Mercedes (la Merce),
sufrieron un descalabro; uno con el grifo que goteaba siempre, la
otra, contra los ladrillos del arriate de flores que la madre del
general, cuidaba con esmero.
Los llantos desaforados, consiguieron que el general, se batiese en retirada
en dirección a la calle; al cruzar la misma…el único automóvil, un
Ford T de un conde, único en la ciudad, lo atropello y dio en tierra
con tan aguerrido militar.
Era el día de la Virgen del Rosario. El reloj de la Catedral dio las
4:30 y a las 5:00..., comenzaba la corrida, en la plaza de toros.
Emilio Medina M.
PD/ En homenaje a todos los hombres y mujeres, que en aquella época y
con solo su esfuerzo, tuvieron los redaños de sacar adelante, en
muchos casos , a su numerosa familia. Mi reconocimiento por ello.
El general.
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos."
jueves, 28 de febrero de 2008
viernes, 22 de febrero de 2008
El viejo amor.

La noche envuelve su desdén en capas de neblina. Las esquinas, los faroles, las veredas, tienen una opacidad indiferente. Veinte años han pasado. Mi barrio -el de mi infancia, el de mi éxodo- sigue igual: pobre, cobijado en una humildad suburbana a la que -algún día, hoy- yo volvería.
-Yo me voy. Si querés te llevo. Pero acá en esta sepultura, en este barrio de mierda, no me quedo- le dije, por decir, realmente. Ella había hecho mucho por mí, algo le debía. -Voy al centro a ganar, a conquistar a los porteños.
-Yo soy de acá. En tu nuevo mundo, el de los triunfadores, te avergonzarías de mí- me dijo. No insistí. Me salvaba. Adonde iba, una mujer de barrio... Y me fui, prometiendo mandarle la dirección no bien me ubicara. No le mandé nada. El amor limita, achancha, diría. No estaba para eso. No soy un desgraciado. La quise y aún la quiero. Recuerdo su emoción cuando, purrete sensiblero, le dije vos sos mi novia. Pero así es la vida. Me fui. Y luché. Y triunfé, un poco, al principio, la novedad. Me faltaba, no sé, ese instinto predador, ese aprovecharme de cualquier oportunidad, morder si era necesario. Yo había sido un chico de barrio -el patio, el baldío, todos tras una pelota, un amor, un sueño. No me lo pude despegar. Y me dieron. Me usaron, haciéndome creer útil, valioso.
-Andate. Pronto. No estás hecho para acá. Te faltan colmillos. O, si puedo decirlo... te sobran sentimientos. Siempre vas a ser el pez más chico. Rajá, que ya te están comiendo.
Volver, con la frente marchita... ¿Y ella? ¿Me recordará?¿Comprenderá mi fracaso?. Nunca supo de mi. No tuve oportunidad, o -no sé- me faltaban ganas. Después, ya en caída, la vergüenza, el temor. Supe que vivía sola, que no había rehecho su vida, pero ¿Podré volver?.
Ella estaba en la puerta. La vi de lejos, el corazón me saltó en el pecho.
- ¡Felipe! -me llamó con su ternura ahogada de siempre.
No pude hablar. Las palabras no salían.
-Querido! -exclamó abriendo los brazos como un puerto
-¡Mamá! ¡Vieja! -exclamé y me refugié en sus brazos.
-Te preparé los ravioles con estofado, que tanto te gustaban -me dijo, como si me hubiera ido ayer, y sepultó el pasado, la locura. Y volví al viejo amor.
--
Carlos Adalberto Fernández
miércoles, 20 de febrero de 2008
LA SONRISA INOCENTE
Amanecía en azul la tibia mañana abrileña. La algarabía de una docena de niños traspasaba la celosía multicolor de un seto. Sus risas alegraban, aún más, la naciente primavera. Fue entonces cuando la fresca voz de un crío se hundió en mí como esa gota de aire frío que, en la cima de una montaña, hiere al rayo de sol y corta el corazón del día.
Su aspecto lastimoso rompió el embrujo de la floresta. Durante unos eternos segundos caminé perseguido por su infatigable letanía. En un rutinario movimiento, me volví hacia él.
Su mano apretó el pequeño tesoro de aquella moneda y una sonrisa de gratitud se clavó en lo más hondo de mi sombra.
Hoy, años después, aún me duele.
Manuel Cubero
Su aspecto lastimoso rompió el embrujo de la floresta. Durante unos eternos segundos caminé perseguido por su infatigable letanía. En un rutinario movimiento, me volví hacia él.
Su mano apretó el pequeño tesoro de aquella moneda y una sonrisa de gratitud se clavó en lo más hondo de mi sombra.
Hoy, años después, aún me duele.
Manuel Cubero
martes, 19 de febrero de 2008
SOY NADIE

Siempre quise ser un personaje. Alguien admirado. o temido, o recordado por algo que asusta o da risa. Pero no. "¿Ah, ese.¿y algún otro, no tenés?".
Gris, opaco, romo, cara de subordinado, voz de pedir permiso, ojos de devoto y de culpable, nada en mí atrae, incita, inspira, o siquiera repele.
No. Yo soy nadie. Ni eso; Nadie, es, yo no soy. Ni al menos puedo ser el sujeto en una oración.
Mamá me disolvió en un anonimato, en un gris de acompañante de un
dueto que era sólo. "No te muevas, no respondas, no existas hasta que yo te diga. Para decir estupideces, mejor callate". Aprendí a pedir permiso con una voz tan tenue que no había a quién concederlo. No tenía ni voz ni voto. no servía ni para desempatar. No existir para existir era la ley. Ser invisible, impalpable, incoloro, inodoro, insípido eran sus metas (y mis metas, ¿Qué más?). Mi padre no existía, detrás de la botella.
Esto se termina. No seré famoso, seré notorio. Seré un "tristemente célebre" personaje de Policiales, o La Ciudad, durante algunos días; si hay muchos muertos me recordaran en los aniversarios, si armo un desastre figurare en efemérides.
Sólo esta bomba, y dejaré de ser Nadie. Si sobrevivo, Seré. Y si no, Era. Y muchos dejarán de ser, simplemente. Sólo esta bomba y...
***
BOMBA EN ALMAGRO
Esta madrugada un artefacto de bajo poder explosivo, presumiblemente de fabricación casera, detonó en una humilde pensión del barrio de Almagro- Afortunadamente el hecho sólo produjo una víctima, quien al parecer sería el autor del fallido atentado. Aun no ha podido determinarse la
identidad del muerto, por haberse destruido, en circunstancias poco claras, los registros de la pensión. Pensionistas presentes no llegan a dar referencias útiles, no logrando, inclusive, recordar de quién se trata.
--
Carlos Adalberto Fernández
lunes, 18 de febrero de 2008
De las segundas partes

Cuando Rita la invitó a la milonga dudó, hacía tanto que no bailaba, amurada a un recuerdo las canas le habían poblado su tristeza. Los años de un amor vencido, el plazo fijo había expirado aunque se encontrara varada en esa esquina.
Tanto insistió su amiga que ya sin opción del no, y a pesar de sentirse desanimada, aceptó. Claro, corrió a la peluquería donde los grises se transformaron en castaños, sus uñas volvieron al carmín de antaño.
La pollera negra y la blusa blanca, se miró en el espejo, faltaba algo, buscó en el cajón de los recuerdos el pañuelo negro con hebras plateadas, lo ató alrededor del cuello, había sido su cábala en otros tiempos.
En la casa anunció que salía con Rita, ante el expire no había porque mentir.
Le sudaban las manos cuando llegó a su casa . Allí la vara mágica de la amiga hizo cambios increíbles en el maquillaje.
Y así, una hora más tarde entraron a la milonga, ella avergonzada. .. a su edad estar en ese lugar... y por otra parte emocionada como veinte años atrás.
Arrancó la orquesta. Ya no sabía de orquestas, quiénes serían estos jóvenes que movían los pies en cada acorde.
Observó todo, cuántos turistas, -es que vienen para que el Maestro les enseñe, toman tres clases y salen bailando tango- le comentó su compañera.
-Y ella para qué fue, ella sabía bailar, había lustrado tanto piso, ya no lo hacía, pero sabía bailar- se dijo para sí.
De pronto se hizo silencio, en el pequeño escenario apareció el Maestro entre aplausos y presentación.
-No era posible, no era posible- se repetía... veinte años, volvieron en ese instante.
El viejo salón, la lejanía, las sábanas púrpuras flotando una noche entre amor y deseo, la despedida . Sabía que estaba colorada, le ardían las mejillas.
Desde su altura él la vio, bajó del escenario y casi en un susurro de años le dijo-¿Bailamos?
No pudo negarse.
Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, pero esa noche ella decidió apostar a otra noche inolvidable.
Elisabet Cincotta
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http://trayectoria- fotos.blogspot. com/
http://ar.geocities .com/retazos2008 /index.htm
sábado, 16 de febrero de 2008
Todos los fuegos, un fuego.
(cuento inspirado herejemente en Canciones Leves, de Julio)
El tambor los está convocando, por fin. Se arrastran, balbuciendo, siguiendo el redoble. No son muchos, los suficientes. Luego de generaciones escondiéndose, lamiendo sus heridas, curando sus organismos macerados en la tormenta apocalíptica, renace la curiosidad, la inteligencia. Estos, los que llegan, son los sobrevivientes, la materia prima. Los nuevos herederos de la llama.
Los otros, los despojos agazapados en cuevas sepulcrales, los carcomidos por las enfermedades segadoras, los que están en camino pero no llegaron, ellos también -sus ancestros- recibieron la llama. Tiempo atrás también, como de mí ahora, recibieron del Peregrino la semilla de una nueva Civilización. Los re-creé, los hice nuevos, les dí una nueva oportunidad de crecer hasta conquistar el universo. Y crecieron, como un gigante estúpido, un monstruo baboso y torpe. Erigieron templos para hablar con el Dios que ellos mismos crearon a su imagen y semejanza; acallaron el tambor con cuyo redoble yo, el Peregrino, su único posible y limitado dios, los reunía. Usaron la llama como una maldición, crearon piras donde inmolaron la sabiduría, infiernos en los que carbonizaron el carnes y espíritus erectos, hornos crematorios cuyo humo horrendo comunicaba el fin del Otro. Y finalmente, el exterminio. La creación del hombre destinada a terminar con el hombre.
Del niño idiota quedaron éstos. Un hombre y una mujer, los primeros habitantes, la nueva dinastía. Los hice erectos, bìpedos, cinco dedos en cada mano. La cabeza arriba, los ojos mirando lejos, el cerebro recibiendo rápido el aviso del efecto de sus pasos. Creo que este modelo tiene más posibilidades, una especie con lo mejor del ecosistema. Y hoy les doy la llama. Les entrego su destino.
Es la última oportunidad. Si fracasan me llevo la llama. Otras galaxias convocan a los peregrinos a poblar el universo.
--
Carlos Adalberto Fernández
---- E-Mail ----
cafernandez. ar@gmail. com
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El tambor los está convocando, por fin. Se arrastran, balbuciendo, siguiendo el redoble. No son muchos, los suficientes. Luego de generaciones escondiéndose, lamiendo sus heridas, curando sus organismos macerados en la tormenta apocalíptica, renace la curiosidad, la inteligencia. Estos, los que llegan, son los sobrevivientes, la materia prima. Los nuevos herederos de la llama.
Los otros, los despojos agazapados en cuevas sepulcrales, los carcomidos por las enfermedades segadoras, los que están en camino pero no llegaron, ellos también -sus ancestros- recibieron la llama. Tiempo atrás también, como de mí ahora, recibieron del Peregrino la semilla de una nueva Civilización. Los re-creé, los hice nuevos, les dí una nueva oportunidad de crecer hasta conquistar el universo. Y crecieron, como un gigante estúpido, un monstruo baboso y torpe. Erigieron templos para hablar con el Dios que ellos mismos crearon a su imagen y semejanza; acallaron el tambor con cuyo redoble yo, el Peregrino, su único posible y limitado dios, los reunía. Usaron la llama como una maldición, crearon piras donde inmolaron la sabiduría, infiernos en los que carbonizaron el carnes y espíritus erectos, hornos crematorios cuyo humo horrendo comunicaba el fin del Otro. Y finalmente, el exterminio. La creación del hombre destinada a terminar con el hombre.
Del niño idiota quedaron éstos. Un hombre y una mujer, los primeros habitantes, la nueva dinastía. Los hice erectos, bìpedos, cinco dedos en cada mano. La cabeza arriba, los ojos mirando lejos, el cerebro recibiendo rápido el aviso del efecto de sus pasos. Creo que este modelo tiene más posibilidades, una especie con lo mejor del ecosistema. Y hoy les doy la llama. Les entrego su destino.
Es la última oportunidad. Si fracasan me llevo la llama. Otras galaxias convocan a los peregrinos a poblar el universo.
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Carlos Adalberto Fernández
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viernes, 15 de febrero de 2008
De las segundas partes
Cuando Rita la invitó a la milonga dudó, hacía tanto que no bailaba, amurada a un recuerdo las canas le habían poblado su tristeza. Los años de un amor vencido, el plazo fijo había expirado aunque se encontrara varada en esa esquina.
Tanto insistió su amiga que ya sin opción del no, y a pesar de sentirse desanimada, aceptó. Claro, corrió a la peluquería donde los grises se transformaron en castaños, sus uñas volvieron al carmín de antaño.
La pollera negra y la blusa blanca, se miró en el espejo, faltaba algo, buscó en el cajón de los recuerdos el pañuelo negro con hebras plateadas, lo ató alrededor del cuello, había sido su cábala en otros tiempos.
En la casa anunció que salía con Rita, ante el expire no había porque mentir.
Le sudaban las manos cuando llegó a su casa . Allí la vara mágica de la amiga hizo cambios increíbles en el maquillaje.
Y así, una hora más tarde entraron a la milonga, ella avergonzada. .. a su edad estar en ese lugar... y por otra parte emocionada como veinte años atrás.
Arrancó la orquesta. Ya no sabía de orquestas, quiénes serían estos jóvenes que movían los pies en cada acorde.
Observó todo, cuántos turistas, -es que vienen para que el Maestro les enseñe, toman tres clases y salen bailando tango- le comentó su compañera.
-Y ella para qué fue, ella sabía bailar, había lustrado tanto piso, ya no lo hacía, pero sabía bailar- se dijo para sí.
De pronto se hizo silencio, en el pequeño escenario apareció el Maestro entre aplausos y presentación.
-No era posible, no era posible- se repetía... veinte años, volvieron en ese instante.
El viejo salón, la lejanía, las sábanas púrpuras flotando una noche entre amor y deseo, la despedida . Sabía que estaba colorada, le ardían las mejillas.
Desde su altura él la vio, bajó del escenario y casi en un susurro de años le dijo-¿Bailamos?
No pudo negarse.
Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, pero esa noche ella decidió apostar a otra noche inolvidable.
Elisabet Cincotta
Tanto insistió su amiga que ya sin opción del no, y a pesar de sentirse desanimada, aceptó. Claro, corrió a la peluquería donde los grises se transformaron en castaños, sus uñas volvieron al carmín de antaño.
La pollera negra y la blusa blanca, se miró en el espejo, faltaba algo, buscó en el cajón de los recuerdos el pañuelo negro con hebras plateadas, lo ató alrededor del cuello, había sido su cábala en otros tiempos.
En la casa anunció que salía con Rita, ante el expire no había porque mentir.
Le sudaban las manos cuando llegó a su casa . Allí la vara mágica de la amiga hizo cambios increíbles en el maquillaje.
Y así, una hora más tarde entraron a la milonga, ella avergonzada. .. a su edad estar en ese lugar... y por otra parte emocionada como veinte años atrás.
Arrancó la orquesta. Ya no sabía de orquestas, quiénes serían estos jóvenes que movían los pies en cada acorde.
Observó todo, cuántos turistas, -es que vienen para que el Maestro les enseñe, toman tres clases y salen bailando tango- le comentó su compañera.
-Y ella para qué fue, ella sabía bailar, había lustrado tanto piso, ya no lo hacía, pero sabía bailar- se dijo para sí.
De pronto se hizo silencio, en el pequeño escenario apareció el Maestro entre aplausos y presentación.
-No era posible, no era posible- se repetía... veinte años, volvieron en ese instante.
El viejo salón, la lejanía, las sábanas púrpuras flotando una noche entre amor y deseo, la despedida . Sabía que estaba colorada, le ardían las mejillas.
Desde su altura él la vio, bajó del escenario y casi en un susurro de años le dijo-¿Bailamos?
No pudo negarse.
Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, pero esa noche ella decidió apostar a otra noche inolvidable.
Elisabet Cincotta
domingo, 10 de febrero de 2008
LA DINASTÍA
Carlos Adalberto Fernández
Agosto 2005
¡Las llaves! ¡las llaves! Ahora, no bien el patético Júpiter dio el último fétido suspiro, tengo que comenzar la depuración, de la que depende que pueda ejercer el papel que me corresponde.
Hurgó en la cadena que colgaba del cuello del muerto. Sí, ahí tenían que estar, en qué otro lado, los atributos de poder del fundador de la dinastía. Retiró con cuidado la cadena con las dos llaves. Ordenó el pijama, las sábanas, las mantas, la silla. Todo listo para el velatorio, el inevitable último acto, la última ficción, la última coreografía servil, sólo que ésta sólo para los presentes, él, si ve algo desde el otro mundo, percibirá, por primera vez su odio, su desprecio y por primera vez también para el sucesor, la sensación de victoria del sobreviviente. No completa, todavía, pero ya tenía las llaves.
Y lo que costó esperar este momento. Días eternos (no recuerda cuantos) al lado del enfermo, luego moribundo y al fin muerto, obsequioso coreuta de su infinita, insoportable, inaceptable, soberbia. Aprobando, aplaudiendo, alabando (¿como pudo?) cada gesto, cada manifestación, cada relato, repetido hasta el cansancio, de su plan de fundación de la dinastía superior.
-Y por qué superior, te repito. Porque es la prolongación de mi superioridad individual sobre cada uno de los vivientes del planeta, superioridad probada, comprobada y ratificada en cada ocasión en que tuve que accionar con o contra cualquiera de ellos. No es que sean inferiores, es que yo soy superior, infinitamente superior a ellos. Y no producto de la educación recibida, las condiciones de vida, lo que fuera que me indicara como resultado de la casualidad histórica, que me tocó como podía haberle tocado a cualquier mierda que hoy deambula por el planeta. - Soy genéticamente superior. Esto podría parecer racismo, si no fuera que se trata del predominio de un solo individuo –ahora, con vos, de dos individuos, la dinastía- sobre cualquier raza, sobreviviente o ya extinta.
Es –era, por suerte- un hijo de puta. Siempre, hablando de "nuestra" superioridad, refregándome su olímpico plus sobre mí. –Soy el primer ejemplar, el original, digamos, de lo que, si cumples mis indicaciones, será la dinastía más poderosa de la tierra. Dinastía , no raza, porque nuestros individuos no estarán contaminados por ningún ejemplar de la fauna de la biodiversidad pululante, sino que portará el estandarte del biotipo privativo de la dinastía. Para ello es que construí este imperio económico y acumulé esta fortuna insultante, que me permite no depender de nadie que obstaculice o aproveche mi camino. En su momento vos te encargarás, pero sólo luego que yo haya muerto. Te dejaré indicado todo, luego de asegurarme que inexorablemente respetes mis indicaciones.
Lamentablemente, para él, el accidente no le dio tiempo para indicaciones. De la cabina del auto destrozado sólo salió un charlatán agónico, que repetía y repetía y repetía la homilía de su brillante fundación dinástica. Pero de las boludeces que tuve que aguantar logré desentrañar las claves del proyecto. Proyecto que me eternizaría como el segundo, el superior pero no tanto, el mero ejecutor.
Esta es la puerta de la sala "freezer". Abro con la primera llave. Para romper ese destino impuesto, para reponerme al lugar que seguro me corresponde, sólo tengo que realizar el acto que destruya definitivamente la cadena de la dinastía esclavizante. Acá está la vitrina de los recipientes. Con la otra llave. No puede haber iguales entre superiores. Abro la canilla de la pileta, vacío cada uno de los recipientes, dejo correr el agua mucho tiempo.
No quedan más embriones clonados. Soy el único superior.
Agosto 2005
¡Las llaves! ¡las llaves! Ahora, no bien el patético Júpiter dio el último fétido suspiro, tengo que comenzar la depuración, de la que depende que pueda ejercer el papel que me corresponde.
Hurgó en la cadena que colgaba del cuello del muerto. Sí, ahí tenían que estar, en qué otro lado, los atributos de poder del fundador de la dinastía. Retiró con cuidado la cadena con las dos llaves. Ordenó el pijama, las sábanas, las mantas, la silla. Todo listo para el velatorio, el inevitable último acto, la última ficción, la última coreografía servil, sólo que ésta sólo para los presentes, él, si ve algo desde el otro mundo, percibirá, por primera vez su odio, su desprecio y por primera vez también para el sucesor, la sensación de victoria del sobreviviente. No completa, todavía, pero ya tenía las llaves.
Y lo que costó esperar este momento. Días eternos (no recuerda cuantos) al lado del enfermo, luego moribundo y al fin muerto, obsequioso coreuta de su infinita, insoportable, inaceptable, soberbia. Aprobando, aplaudiendo, alabando (¿como pudo?) cada gesto, cada manifestación, cada relato, repetido hasta el cansancio, de su plan de fundación de la dinastía superior.
-Y por qué superior, te repito. Porque es la prolongación de mi superioridad individual sobre cada uno de los vivientes del planeta, superioridad probada, comprobada y ratificada en cada ocasión en que tuve que accionar con o contra cualquiera de ellos. No es que sean inferiores, es que yo soy superior, infinitamente superior a ellos. Y no producto de la educación recibida, las condiciones de vida, lo que fuera que me indicara como resultado de la casualidad histórica, que me tocó como podía haberle tocado a cualquier mierda que hoy deambula por el planeta. - Soy genéticamente superior. Esto podría parecer racismo, si no fuera que se trata del predominio de un solo individuo –ahora, con vos, de dos individuos, la dinastía- sobre cualquier raza, sobreviviente o ya extinta.
Es –era, por suerte- un hijo de puta. Siempre, hablando de "nuestra" superioridad, refregándome su olímpico plus sobre mí. –Soy el primer ejemplar, el original, digamos, de lo que, si cumples mis indicaciones, será la dinastía más poderosa de la tierra. Dinastía , no raza, porque nuestros individuos no estarán contaminados por ningún ejemplar de la fauna de la biodiversidad pululante, sino que portará el estandarte del biotipo privativo de la dinastía. Para ello es que construí este imperio económico y acumulé esta fortuna insultante, que me permite no depender de nadie que obstaculice o aproveche mi camino. En su momento vos te encargarás, pero sólo luego que yo haya muerto. Te dejaré indicado todo, luego de asegurarme que inexorablemente respetes mis indicaciones.
Lamentablemente, para él, el accidente no le dio tiempo para indicaciones. De la cabina del auto destrozado sólo salió un charlatán agónico, que repetía y repetía y repetía la homilía de su brillante fundación dinástica. Pero de las boludeces que tuve que aguantar logré desentrañar las claves del proyecto. Proyecto que me eternizaría como el segundo, el superior pero no tanto, el mero ejecutor.
Esta es la puerta de la sala "freezer". Abro con la primera llave. Para romper ese destino impuesto, para reponerme al lugar que seguro me corresponde, sólo tengo que realizar el acto que destruya definitivamente la cadena de la dinastía esclavizante. Acá está la vitrina de los recipientes. Con la otra llave. No puede haber iguales entre superiores. Abro la canilla de la pileta, vacío cada uno de los recipientes, dejo correr el agua mucho tiempo.
No quedan más embriones clonados. Soy el único superior.
domingo, 3 de febrero de 2008
Monólogo interior
Voy a apagar la luz para que los vecinos no piensen que estoy despierto; no sea cosa que venga la cargosa del 6to a querer reclamarme alguna cosa “Ay, la canilla pierde agua desde hace dos días; usted no sabe la humedad que tiene la pared; ¿por qué no hay agua caliente?...¿ por qué soy tan boluda?”...Bah! bastante tengo con mis propios problemas.
¡Sí , ya sé! vos también estás conmigo gato estúpido ¿o te pensás que no sé que tengo que darte de comer? “Miau, Miau,... se escucha por todos lados ¿te crees que vos solo tenés necesidades?
¡Ya empezaron los gritos de al lado! Esos dos me tienen podrido, viven peleando y gritando y a cualquier hora se escucha el trak- trak en la pared de la pieza, recordándome lo que yo no hago hace mil años...¡Fuuu!! ! Fuu!! respiremos hondo o me va a dar una embolia y voy a ir a parar con el pijotero de mi tío al loquero. ¡Viejo de mierda! pensar que podría haberme dejado algo antes que le agarre la hemiplejia.. .”me voy a casare, a casare” saltaba el viejo imbecil ¿a quién se le ocurre casarse con una mina veinte años menor teniendo setenta y cinco años? ¡y lógico! demasiado esfuerzo para el vejete, a menos del año ¡paf! :
el viejo al psiquiátrico y la tipa a disfrutar lo que debería haber sido para el único sobrino y pariente.
Si es verdad lo que digo ¡la vida es una mierda para algunos!... bueno, al menos no me cortaron nada como le pasó al papá de Cecilia ¡ese sí que la sacó mala! Justo cuando yo estaba por quebrar la abstención de los mil años con ese minón viene el viejo a tener un accidente y le cortan una pierna; obviamente Cecilia quedó tan mal que por ahora no quiere saber nada de romance.
¡Ya va, gato de porquería! . ¡Ay!! ¡¡ la pu...que lo reparió!! me corté con la lata del alimento y sale sangre como de un río..¡¡banca Cristóbal que todo es por tu culpa!¡Sí, dale mové la cola gato tonto!
¿tendré desinfectante en el baño? ¿y apósitos? Eso me pasa por no comprar esta mañana en el supermercado cuando lo tenía al alcance de la mano.
En fin, un poco de mertiolate para que no entre nad......¡A soplar, a soplar que arde un montón!
¿Y eso? ¿qué es eso en la pared? ¡lo que me faltaba: una cucaracha! A ver si la alcanzo a matar...¡Hija de mil ..! ¡casi! Se escapó. Estas guachas van a seguir existiendo cuando todos los humanos volemos por el aire en una guerra atómica ¡son una plaga!
Me pica la cabeza ¿serán piojos? la última con la que me acosté se rascaba como loca en la cama, parecía que se arrancaba los pelos ¡yo pensé que era por mí! No se puede confiar en la higiene de nadie hoy día.
¿Seremos producto de nuestro propio obrar como dice Sartre? ¿O uno debería disfrutar sin hacerse drama según Epicuro? ¡estos filósofos sólo logran que uno piense en pavadas en vez de cosas importantes!
Me estoy poniendo viejo, no hay duda.. ¡ayer estas dos canas no estaban carajo!
despacito, despacito.. ya las tengo, ahora fuerza y ... ¡Listo! ¡a la mierda con las dos! pensándolo bien debería dejarme la raya más al costado así la incipiente pelada no se nota tanto. ¡qué porquería es envejecer! al menos si tuviese plata para hacerme la cirugía como las divas, pero que voy a tener si no saco nunca nada a la quiniela.. ¡claro! primero tendría que jugar ¡soy un piola bárbaro je je!
¡Miau, miau!! ¡otra vez, qué te tiró!, me olvidé de vos Cristóbal, no me estés franeleando entre las piernas.
¿y eso? ¡El timbre!
¡¡y ni siquiera alcance a apagar la luz!!
Liliana Varela
¡Sí , ya sé! vos también estás conmigo gato estúpido ¿o te pensás que no sé que tengo que darte de comer? “Miau, Miau,... se escucha por todos lados ¿te crees que vos solo tenés necesidades?
¡Ya empezaron los gritos de al lado! Esos dos me tienen podrido, viven peleando y gritando y a cualquier hora se escucha el trak- trak en la pared de la pieza, recordándome lo que yo no hago hace mil años...¡Fuuu!! ! Fuu!! respiremos hondo o me va a dar una embolia y voy a ir a parar con el pijotero de mi tío al loquero. ¡Viejo de mierda! pensar que podría haberme dejado algo antes que le agarre la hemiplejia.. .”me voy a casare, a casare” saltaba el viejo imbecil ¿a quién se le ocurre casarse con una mina veinte años menor teniendo setenta y cinco años? ¡y lógico! demasiado esfuerzo para el vejete, a menos del año ¡paf! :
el viejo al psiquiátrico y la tipa a disfrutar lo que debería haber sido para el único sobrino y pariente.
Si es verdad lo que digo ¡la vida es una mierda para algunos!... bueno, al menos no me cortaron nada como le pasó al papá de Cecilia ¡ese sí que la sacó mala! Justo cuando yo estaba por quebrar la abstención de los mil años con ese minón viene el viejo a tener un accidente y le cortan una pierna; obviamente Cecilia quedó tan mal que por ahora no quiere saber nada de romance.
¡Ya va, gato de porquería! . ¡Ay!! ¡¡ la pu...que lo reparió!! me corté con la lata del alimento y sale sangre como de un río..¡¡banca Cristóbal que todo es por tu culpa!¡Sí, dale mové la cola gato tonto!
¿tendré desinfectante en el baño? ¿y apósitos? Eso me pasa por no comprar esta mañana en el supermercado cuando lo tenía al alcance de la mano.
En fin, un poco de mertiolate para que no entre nad......¡A soplar, a soplar que arde un montón!
¿Y eso? ¿qué es eso en la pared? ¡lo que me faltaba: una cucaracha! A ver si la alcanzo a matar...¡Hija de mil ..! ¡casi! Se escapó. Estas guachas van a seguir existiendo cuando todos los humanos volemos por el aire en una guerra atómica ¡son una plaga!
Me pica la cabeza ¿serán piojos? la última con la que me acosté se rascaba como loca en la cama, parecía que se arrancaba los pelos ¡yo pensé que era por mí! No se puede confiar en la higiene de nadie hoy día.
¿Seremos producto de nuestro propio obrar como dice Sartre? ¿O uno debería disfrutar sin hacerse drama según Epicuro? ¡estos filósofos sólo logran que uno piense en pavadas en vez de cosas importantes!
Me estoy poniendo viejo, no hay duda.. ¡ayer estas dos canas no estaban carajo!
despacito, despacito.. ya las tengo, ahora fuerza y ... ¡Listo! ¡a la mierda con las dos! pensándolo bien debería dejarme la raya más al costado así la incipiente pelada no se nota tanto. ¡qué porquería es envejecer! al menos si tuviese plata para hacerme la cirugía como las divas, pero que voy a tener si no saco nunca nada a la quiniela.. ¡claro! primero tendría que jugar ¡soy un piola bárbaro je je!
¡Miau, miau!! ¡otra vez, qué te tiró!, me olvidé de vos Cristóbal, no me estés franeleando entre las piernas.
¿y eso? ¡El timbre!
¡¡y ni siquiera alcance a apagar la luz!!
Liliana Varela
jueves, 31 de enero de 2008
LA VITROLERA
—¿Me hacés un favor, pibe? —dijo el tipo que acababa de pararse delante mío. Yo también estaba parado, como todas las noches, espiando por las ventanas del local de baile "Música y mimos", sin animarme a entrar.
—Te doy una propina si entregás esto a alguien — dijo. "Esto" era un enorme ramo de rosas. Me lo puso delante, para calcular si me quedaba campo de visión. Algo veía –tengo 13 años pero no soy tan chico—. Entrar al baile... Yo soñaba con eso, con ver a esa gente elegante, de risa fácil y deslumbrante, flotar, girar, volar por la pista, hacerme soñar. El local en Alem 400 o 500, plena recoba, Babel comercial de día, bacanal desenfrenada por la noche. Dijo propina, me pareció.
—¿Qué propina?¿Para qué?
—Tenés que darle este ramo a Antonella, la vitrolera. Y una carta —me explicó—. Yo todavía estaba oscilando entre el deseo y la vergüenza. El aprovechó. Me enderezó el cuello de la camisa, me peinó con un diminuto peine que extrajo de un bolsillo, me levantó el pantalón, me dio el ramo y me puso la carta en un bolsillo. Comprobó el resultado, estaba presentable.
—¿Señorita qué?¿Por qué no va Ud.?¿Y la propina? Tenia más preguntas, pero por ahora me alcanzaba con las hechas.
—Antonella. La más linda de la orquesta. Yo no voy porque... me da vergüenza. Se van a burlar, un grandote con un ramo. Quiero impresionarla bien. Dale, te espero aquí con la propina.
Entré sin titubeos y encaré al grandote que siempre me prohibía acercarme a la puerta. El ramo me protegía. —¿La señorita Anto....?
—Arriba. Al lado de la vitrola. No toqués nada.¡Anto, un admirador!
Todos en el salón me miraban, se reían. Por una amplia escalera se accedía a un tablado alto abierto a la pista. Subí mas rojo que las rosas. Antonella ya me esperaba. Le entregué el ramo, ya no tenía cómo ocultarme. Antonella me miraba fijo, yo como estatua.
—¡La carta!¿no te dio una carta? —por fin me gritó en voz baja—. Se la entregué y volví a mi pose. Ya no me estaban mirando tanto, dedicadas al ramo y la carta. Las chicas de la orquesta eran como diez mujeres, jóvenes, muy decoradas, cacareando sin parar. Algunas dejaban ver "sus encantos" (creo que se dice así). Yo ya sabía de eso, de espiar a las mujeres de la pensión cuando se bañaban, pero nunca los tuve tan cerca.
—¡Que rico chico!—, decían, acercándose y pellizcándome la mejilla —decile que se quede, Anto, necesitamos un cadete—, agregaban, sonreían, yo sonreía como un estúpido.
Antonella garabateó algo en la carta y me la devolvió —Dásela al Sr. Humberto y esperá contestación— dijo, tierna, dándome un cachete y una moneda. Me jugué: recorrí la pasarela femenina, con mi mejor sonrisa. Conseguí ocho besos y dos monedas. Descendí triunfante la escalera. El ropero me abrió la puerta. Iba a dejarle una moneda, pero recapacité.
—Dale, dale! —el tipo me arrancó la carta. La leyó, garabateó y me la devolvió. Me la arrancó de nuevo—. Decile que no voy a faltar —No me moví hasta recibir las monedas. Me pesaba el bolsillo. Entré, entregué un "dice el Sr. Humberto que no va a faltar", salí y me fui a casa, tintineando como un cascabel. Hoy la vieja no se va a cabrear.
La noche siguiente yo ya estaba en la puerta cuando él llegó. Entramos juntos. Ni lo saludé al bisonte. Escondete, me dijo Humberto. Primero fui a visitar a las chicas, que me mimaron, me dieron masitas, pero minga de monedas. Pero paciencia, soy joven, eso para cuando sea "cafishio", como dicen en la pensión. Después busqué a Humberto, que estaba con Anto, en una mesa cerca de las columnas. Me aburrí: cuchicheaban, se miraban en silencio. Lo esperé a la salida, caminamos juntos hasta las vías. —Gracias, pibe, por el favor —me dijo al despedirse. Me enteraba más en el piso de la orquesta: estaban muy enamorados —decían—; un poco precipitados, como todos los jóvenes. Cuando Anto habló de irse, en el trabajo se enojaron.
Esa noche entré —tenía entrada libre, como cadete de la orquesta— y me ubiqué cerca de la mesa que siempre ocupaban.
—Si no te dejan ir nos escapamos, qué importa —decía apasionadamente Humberto—. Transformo el café-bar de la cortada en una whiskería. Vas a tener que seguir trabajando un tiempo —vamos a hacer la clientela con los que tenés aquí—, pero con tres o cuatro gilas que enganchemos te pongo de ejecutiva—. No era un gran cambio, pensaba Antonella, pero por lo menos me salvo del servicio gratis al grandulón. Con el Beto es diferente, es tan lindo.
—Nos vamos, pibe —me decía Humberto, mientras caminábamos bajo un cielo oscuro y tormentoso—. Por fin se me hizo, tanto tiempo. La plata para el local la mejicaneo este viernes, ni sabrán quién fue. La Anto es una bestia de trabajo, gusta y está muy metida, yo sabía que iba a entrar.
Nos separamos al llegar al terraplén. Me quedé mirándolo cruzar las vías, por entre los vagones abandonados. Dónde está el romanticismo, pensaba yo. Un silbido me alertó. No sé por qué me pegué contra el árbol. ¡Humberto!, gritó alguien. Humberto se dio vuelta. Del vagón asomó alguien con un cuchillo, que buscó la espalda del pibe. En un instante eran tres los que se ensañaban, bajo un fondo de alaridos, que luego fueron gemidos, luego silencio.
Me aferré al árbol cuando los tres asesinos pasaran a mi lado, comentando.
—Se creía que me podía soplar a mis putas y yo tan tranquilo —dijo el que parecía el jefe, un grandote, parecía.
Cuando se alejaron, con mucho cuidado, me acerqué al cadáver. Los ojos muy abiertos, como buscando algo. Lástima. Un muchacho tan emprendedor, pero —claro— la competencia era feroz. Pobre, capaz que la quería a la Anto.
—Pobre Anto, capaz que lo quería al Humberto — comentaban en la orquesta—. También, se fue de boca. Andaba ofreciendo puestos a todas. Voy a ser madama, decía.
—Bueno, me equivoqué, el pibe me hizo el verso pero no pudo ser. El patrón no me fajó "para no arruinar la mercadería". Pero al menos me aumentaron la comisión, para que no me vaya —se consolaba, en las charlas, Antonella.
Muerto el perro... todo volvió a la normalidad, las sonrisas de neón, la alegría en burbujas. Yo seguí de cadete pero de mimoso nomás. Para cafiolo, me di cuenta, me faltaban estudios.
Por algún tiempo se podía encontrar a Antonella sollozando en algún rincón. Un tiempo.
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Carlos Adalberto Fernández
—Te doy una propina si entregás esto a alguien — dijo. "Esto" era un enorme ramo de rosas. Me lo puso delante, para calcular si me quedaba campo de visión. Algo veía –tengo 13 años pero no soy tan chico—. Entrar al baile... Yo soñaba con eso, con ver a esa gente elegante, de risa fácil y deslumbrante, flotar, girar, volar por la pista, hacerme soñar. El local en Alem 400 o 500, plena recoba, Babel comercial de día, bacanal desenfrenada por la noche. Dijo propina, me pareció.
—¿Qué propina?¿Para qué?
—Tenés que darle este ramo a Antonella, la vitrolera. Y una carta —me explicó—. Yo todavía estaba oscilando entre el deseo y la vergüenza. El aprovechó. Me enderezó el cuello de la camisa, me peinó con un diminuto peine que extrajo de un bolsillo, me levantó el pantalón, me dio el ramo y me puso la carta en un bolsillo. Comprobó el resultado, estaba presentable.
—¿Señorita qué?¿Por qué no va Ud.?¿Y la propina? Tenia más preguntas, pero por ahora me alcanzaba con las hechas.
—Antonella. La más linda de la orquesta. Yo no voy porque... me da vergüenza. Se van a burlar, un grandote con un ramo. Quiero impresionarla bien. Dale, te espero aquí con la propina.
Entré sin titubeos y encaré al grandote que siempre me prohibía acercarme a la puerta. El ramo me protegía. —¿La señorita Anto....?
—Arriba. Al lado de la vitrola. No toqués nada.¡Anto, un admirador!
Todos en el salón me miraban, se reían. Por una amplia escalera se accedía a un tablado alto abierto a la pista. Subí mas rojo que las rosas. Antonella ya me esperaba. Le entregué el ramo, ya no tenía cómo ocultarme. Antonella me miraba fijo, yo como estatua.
—¡La carta!¿no te dio una carta? —por fin me gritó en voz baja—. Se la entregué y volví a mi pose. Ya no me estaban mirando tanto, dedicadas al ramo y la carta. Las chicas de la orquesta eran como diez mujeres, jóvenes, muy decoradas, cacareando sin parar. Algunas dejaban ver "sus encantos" (creo que se dice así). Yo ya sabía de eso, de espiar a las mujeres de la pensión cuando se bañaban, pero nunca los tuve tan cerca.
—¡Que rico chico!—, decían, acercándose y pellizcándome la mejilla —decile que se quede, Anto, necesitamos un cadete—, agregaban, sonreían, yo sonreía como un estúpido.
Antonella garabateó algo en la carta y me la devolvió —Dásela al Sr. Humberto y esperá contestación— dijo, tierna, dándome un cachete y una moneda. Me jugué: recorrí la pasarela femenina, con mi mejor sonrisa. Conseguí ocho besos y dos monedas. Descendí triunfante la escalera. El ropero me abrió la puerta. Iba a dejarle una moneda, pero recapacité.
—Dale, dale! —el tipo me arrancó la carta. La leyó, garabateó y me la devolvió. Me la arrancó de nuevo—. Decile que no voy a faltar —No me moví hasta recibir las monedas. Me pesaba el bolsillo. Entré, entregué un "dice el Sr. Humberto que no va a faltar", salí y me fui a casa, tintineando como un cascabel. Hoy la vieja no se va a cabrear.
La noche siguiente yo ya estaba en la puerta cuando él llegó. Entramos juntos. Ni lo saludé al bisonte. Escondete, me dijo Humberto. Primero fui a visitar a las chicas, que me mimaron, me dieron masitas, pero minga de monedas. Pero paciencia, soy joven, eso para cuando sea "cafishio", como dicen en la pensión. Después busqué a Humberto, que estaba con Anto, en una mesa cerca de las columnas. Me aburrí: cuchicheaban, se miraban en silencio. Lo esperé a la salida, caminamos juntos hasta las vías. —Gracias, pibe, por el favor —me dijo al despedirse. Me enteraba más en el piso de la orquesta: estaban muy enamorados —decían—; un poco precipitados, como todos los jóvenes. Cuando Anto habló de irse, en el trabajo se enojaron.
Esa noche entré —tenía entrada libre, como cadete de la orquesta— y me ubiqué cerca de la mesa que siempre ocupaban.
—Si no te dejan ir nos escapamos, qué importa —decía apasionadamente Humberto—. Transformo el café-bar de la cortada en una whiskería. Vas a tener que seguir trabajando un tiempo —vamos a hacer la clientela con los que tenés aquí—, pero con tres o cuatro gilas que enganchemos te pongo de ejecutiva—. No era un gran cambio, pensaba Antonella, pero por lo menos me salvo del servicio gratis al grandulón. Con el Beto es diferente, es tan lindo.
—Nos vamos, pibe —me decía Humberto, mientras caminábamos bajo un cielo oscuro y tormentoso—. Por fin se me hizo, tanto tiempo. La plata para el local la mejicaneo este viernes, ni sabrán quién fue. La Anto es una bestia de trabajo, gusta y está muy metida, yo sabía que iba a entrar.
Nos separamos al llegar al terraplén. Me quedé mirándolo cruzar las vías, por entre los vagones abandonados. Dónde está el romanticismo, pensaba yo. Un silbido me alertó. No sé por qué me pegué contra el árbol. ¡Humberto!, gritó alguien. Humberto se dio vuelta. Del vagón asomó alguien con un cuchillo, que buscó la espalda del pibe. En un instante eran tres los que se ensañaban, bajo un fondo de alaridos, que luego fueron gemidos, luego silencio.
Me aferré al árbol cuando los tres asesinos pasaran a mi lado, comentando.
—Se creía que me podía soplar a mis putas y yo tan tranquilo —dijo el que parecía el jefe, un grandote, parecía.
Cuando se alejaron, con mucho cuidado, me acerqué al cadáver. Los ojos muy abiertos, como buscando algo. Lástima. Un muchacho tan emprendedor, pero —claro— la competencia era feroz. Pobre, capaz que la quería a la Anto.
—Pobre Anto, capaz que lo quería al Humberto — comentaban en la orquesta—. También, se fue de boca. Andaba ofreciendo puestos a todas. Voy a ser madama, decía.
—Bueno, me equivoqué, el pibe me hizo el verso pero no pudo ser. El patrón no me fajó "para no arruinar la mercadería". Pero al menos me aumentaron la comisión, para que no me vaya —se consolaba, en las charlas, Antonella.
Muerto el perro... todo volvió a la normalidad, las sonrisas de neón, la alegría en burbujas. Yo seguí de cadete pero de mimoso nomás. Para cafiolo, me di cuenta, me faltaban estudios.
Por algún tiempo se podía encontrar a Antonella sollozando en algún rincón. Un tiempo.
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Carlos Adalberto Fernández
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