Era sangre de su sangre y carne de su carne, tan pequeña, tan dependiente de otros y ella sabia que no estaba en condiciones para darle los cuidados necesarios.
Las facciones y tez de la pequeña le recordaban a los asaltantes que encontró en una esquina. Volvía a revivir los insultos, los golpes y con mucho esfuerzo bloqueaba el resto para no hundirse en la desesperación. Una mano le apretaba la boca del estómago y sollozante comenzaba a temblar incontrolablemente.
Su madre y su hermana se habían turnado para cuidar a la pequeña, pero hacia unos días que tuvieron que reanudar su vida y ahora ella se encontraba sola con la recién nacida. Se repetía que la pequeña era inocente de toda culpa, que su corazoncito había palpitado dentro de su cuerpo.
Se prometió que mañana la atendería, hoy no, hoy como ayer no podía hacerlo. Cerró la puerta para no escuchar el llanto y se metió en la ducha. Estuvo mucho tiempo como acostumbraba desde aquel día del asalto. Deseaba que el agua se llevara sus recuerdos. Tomó unas pastillas para ayudarla a dormir a pesar del lloriqueo. La precaución ya no era necesaria, el llanto cesó para siempre.
Maria Fischinger@ 2008 - Chicago
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos."
domingo, 22 de marzo de 2009
viernes, 20 de marzo de 2009
SENSUALIDAD DE LA VIDA
El vaho caliente de esa noche de verano le estremecía la piel. El aire se apretaba a las hojas provocando a las ramas suspiros prolongados e incesantes y llegaba a ella explorando sus hendiduras más intimas, pegándose a su piel como gato mimoso. Estaba sola, la noche era de ella.
§
— ¡Vamos, Etel! Vení, inauguremos la pileta, estamos solos, no te ve nadie –Primer día de vacaciones en la quinta alquilada. Papá, mamá, la abu, tres hijos con sus amigos invitados, algún tío, constituían el plantel estable. Y tía Etel, claro.
—Andá, ponete una malla mía, que tapa como para desconocerte. Disfrutá del sol, del agua, si sé que te gusta.
—Dejá. Vos sabés que el sol me hace mal y el agua me resfría, mejor me cuido. No se preocupen Uds. – Etelvina repite la misma excusa de siempre, que no impide las miradas compasivas y burlonas. ¿Si me gusta? Me muero por sentir, por dejar de ser una madera seca, una bolsa de papas. ¿Cómo superar la vergüenza, el ridículo?
—No le hagas caso, Irene. Siempre la misma melindrosa. Desde chiquita odiaba la playa –La abu aprovechaba la oportunidad de deslindar responsabilidades en el comportamiento de sus hijas-. ¡Lo que costaba pasear con Uds.! Vos, Irene, metiéndote en todo, con todos, corriendo todos los peligros; y Etel, encerrada en su ostra, sintiéndose inferior a todos, no sé por qué, si tontas como ella hay muchos.
—Mejor yo cuido a los chicos y me divierto –Etel se quitó las sandalias, se dejó el batón y se introdujo en la pelopincho, debajo de un árbol, con los chicos.
§
Estaba sola. Toda la familia asistía a una fiesta campestre, de la cual volverían al día siguiente. No insistieron con Etel. Solo a la abu le gustaba paladear la compasión de los asistentes.
Se preparó un trago, unos bocaditos. Como veía que hacían ellos. “A Etel no que le hace mal, dale una gaseosa.¿Viste? Te lo dije” era el libreto cada vez que quiso mostrarse como cualquier otro y terminaba descompuesta. . Ya no lo intentaba. Pero ahora estaba sola. Y ya no aguantaba más. Se recostó al costado de la pileta y se asomó a la noche. Se abrió el baton, para sentir la brisa en su piel. El placer. Lloraba, no podía evitarlo. Desde el casamiento de su hermana comenzó a llorar cotidianamente, esa sensación de llegar al final del camino, sin haberlo caminado.. El placer. Se decidió. Se quitó el batón y entró en el agua. Sentir, con todos los sentidos. Se quitó la ropa interior y se zambulló, nadó, nadó hasta cansarse. La noche estaba ahí, toda para ella. El placer. El mínimo placer de sentir, de sentirse. Cuánto le costaba. Le costaba la soledad. Las fantasías, los sueños volaban, golpeaban su corazón. Era joven todavía, pero ya no. A una edad en que el placer, el amor eran un peligro y un regalo de la vida, ella ya no. Lloraba, no podía evitarlo.
Unas risas cercanas la sobresaltaron. Alguien venía. Espantada, recogió su ropa y corrió. ¡El vaso! Con el corazón palpitándole en las sienes, corrió a buscarlo y otra vez a esconderse detrás de un árbol. Era su sobrina y un muchacho. No, no era su novio. Ya lo había visto otras veces.
Se detuvieron en el borde de la pileta. Se besaron. Se acariciaron. Entre risas, se desnudaron y se tiraron a la pileta. Etel observaba petrificada, ni pensaba en irse. La escena la atraía irresistiblemente. No era morbosidad, Atónita, los veía gozando, riendo, sintiendo, palpando espontáneamente, sin inhibiciones. Estaban haciendo algo ya hecho antes, ya conocido y saboreado. Consumían placer como algo propio, algo a lo que tenían derecho. Por momentos Etel lloraba silenciosamente.
Ellos se fueron, pero ella no se movió del lugar, observando la escena repetida en su memoria. Luego, lentamente, se dirigió a su dormitorio. Las risas la perseguían. Trabó la puerta. Se acostó, mirando el techo. El sol ya había asomado cuando se durmió, cansadamente.
§
Al despertar permaneció sentada en la cama. Luego puso, en la puerta del dormitorio, una nota pidiendo que la dejen dormir, y la trabó nuevamente. Escribió cartas, hizo algunas llamadas telefónicas. Seleccionó alguna ropa y efectos personales. Al resto lo empaquetó. Al final llamó pidiendo coche para ir a la estación. No lloraba.
La familia estaba en el living. Hacía poco que volvieron de la fiesta campestre. La miraron extrañados.
—Ma, Pa. Me voy –ignoró los gestos de asombro, las preguntas-. Tengo que vivir. Me doy cuenta que no estoy viviendo. Estoy llorando el duelo de una juventud muerta, antes de morir. Pero aún no es tarde. Todavía puedo sufrir, oler, desear, morder. Reir, tal vez amar. ¿Adonde voy? No sé, ahora parto.
—No me esperen a llorar.
© Carlos Adalberto Fernández
§
— ¡Vamos, Etel! Vení, inauguremos la pileta, estamos solos, no te ve nadie –Primer día de vacaciones en la quinta alquilada. Papá, mamá, la abu, tres hijos con sus amigos invitados, algún tío, constituían el plantel estable. Y tía Etel, claro.
—Andá, ponete una malla mía, que tapa como para desconocerte. Disfrutá del sol, del agua, si sé que te gusta.
—Dejá. Vos sabés que el sol me hace mal y el agua me resfría, mejor me cuido. No se preocupen Uds. – Etelvina repite la misma excusa de siempre, que no impide las miradas compasivas y burlonas. ¿Si me gusta? Me muero por sentir, por dejar de ser una madera seca, una bolsa de papas. ¿Cómo superar la vergüenza, el ridículo?
—No le hagas caso, Irene. Siempre la misma melindrosa. Desde chiquita odiaba la playa –La abu aprovechaba la oportunidad de deslindar responsabilidades en el comportamiento de sus hijas-. ¡Lo que costaba pasear con Uds.! Vos, Irene, metiéndote en todo, con todos, corriendo todos los peligros; y Etel, encerrada en su ostra, sintiéndose inferior a todos, no sé por qué, si tontas como ella hay muchos.
—Mejor yo cuido a los chicos y me divierto –Etel se quitó las sandalias, se dejó el batón y se introdujo en la pelopincho, debajo de un árbol, con los chicos.
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Estaba sola. Toda la familia asistía a una fiesta campestre, de la cual volverían al día siguiente. No insistieron con Etel. Solo a la abu le gustaba paladear la compasión de los asistentes.
Se preparó un trago, unos bocaditos. Como veía que hacían ellos. “A Etel no que le hace mal, dale una gaseosa.¿Viste? Te lo dije” era el libreto cada vez que quiso mostrarse como cualquier otro y terminaba descompuesta. . Ya no lo intentaba. Pero ahora estaba sola. Y ya no aguantaba más. Se recostó al costado de la pileta y se asomó a la noche. Se abrió el baton, para sentir la brisa en su piel. El placer. Lloraba, no podía evitarlo. Desde el casamiento de su hermana comenzó a llorar cotidianamente, esa sensación de llegar al final del camino, sin haberlo caminado.. El placer. Se decidió. Se quitó el batón y entró en el agua. Sentir, con todos los sentidos. Se quitó la ropa interior y se zambulló, nadó, nadó hasta cansarse. La noche estaba ahí, toda para ella. El placer. El mínimo placer de sentir, de sentirse. Cuánto le costaba. Le costaba la soledad. Las fantasías, los sueños volaban, golpeaban su corazón. Era joven todavía, pero ya no. A una edad en que el placer, el amor eran un peligro y un regalo de la vida, ella ya no. Lloraba, no podía evitarlo.
Unas risas cercanas la sobresaltaron. Alguien venía. Espantada, recogió su ropa y corrió. ¡El vaso! Con el corazón palpitándole en las sienes, corrió a buscarlo y otra vez a esconderse detrás de un árbol. Era su sobrina y un muchacho. No, no era su novio. Ya lo había visto otras veces.
Se detuvieron en el borde de la pileta. Se besaron. Se acariciaron. Entre risas, se desnudaron y se tiraron a la pileta. Etel observaba petrificada, ni pensaba en irse. La escena la atraía irresistiblemente. No era morbosidad, Atónita, los veía gozando, riendo, sintiendo, palpando espontáneamente, sin inhibiciones. Estaban haciendo algo ya hecho antes, ya conocido y saboreado. Consumían placer como algo propio, algo a lo que tenían derecho. Por momentos Etel lloraba silenciosamente.
Ellos se fueron, pero ella no se movió del lugar, observando la escena repetida en su memoria. Luego, lentamente, se dirigió a su dormitorio. Las risas la perseguían. Trabó la puerta. Se acostó, mirando el techo. El sol ya había asomado cuando se durmió, cansadamente.
§
Al despertar permaneció sentada en la cama. Luego puso, en la puerta del dormitorio, una nota pidiendo que la dejen dormir, y la trabó nuevamente. Escribió cartas, hizo algunas llamadas telefónicas. Seleccionó alguna ropa y efectos personales. Al resto lo empaquetó. Al final llamó pidiendo coche para ir a la estación. No lloraba.
La familia estaba en el living. Hacía poco que volvieron de la fiesta campestre. La miraron extrañados.
—Ma, Pa. Me voy –ignoró los gestos de asombro, las preguntas-. Tengo que vivir. Me doy cuenta que no estoy viviendo. Estoy llorando el duelo de una juventud muerta, antes de morir. Pero aún no es tarde. Todavía puedo sufrir, oler, desear, morder. Reir, tal vez amar. ¿Adonde voy? No sé, ahora parto.
—No me esperen a llorar.
© Carlos Adalberto Fernández
domingo, 15 de marzo de 2009
Camaradas
Tal vez fuera el mal sueño ó quizás la comida pesada de la noche anterior la que la despertara; de todos modos Georgia se incorporó sobresaltada.
El estómago le dolía terriblemente , sentía nauseas y ganas de seguir en esa cama pero lamentablemente debía ganarse el pan de cada día lo que le daría derecho a poder dormir la noche siguiente –o al menos esa era su filosofía de vida en aquel tiempo-.
Al mirar al costado vio la botella de gin vacía pero era extraño porque no recordaba haber tomado alcohol la noche anterior. ¡Seguramente había sido Pamela, su compañera de cuarto y camarada de juergas! Esa mujer tenía la habilidad de envolverla en las situaciones más alocadas.
--Ya voy!!! –grito hacia Ingrid su amiga más “ecuánime” la que hacía lo correcto en el momento correcto, la moralista que dormía con una Biblia bajo su almohada y en su mano un código de moral y buenas costumbres.
Cuando llegó a la cocina sintió la ducha abierta, de seguro era Pamela pensó -o como diría Ingrid : Pamela lavando su lascivia nocturna.
No podían ser más distintas las tres amigas y compañeras de cuarto; cada una tenía rasgos diferentes a las otras dos; ella por su parte se consideraba intermedia con respecto a sus amigas.
Se bañó y luego vistió la ropa que Ingrid había planchado la noche anterior; se desorientó pensando dónde había dejado su tarjeta de crédito; en fin, ya lo recordaría.
Sabía que tenía turno con su psiquiatra antes de ir al trabajo.
Llegó temprano y esperó la orden de la secretaria para entrar.
-Hola ¿cómo estás Georgia? -preguntó la doctora a su entrada.
-Muy bien; Ingrid y Pamela le envían saludos.
-Gracias querida, por lo que veo aún no se han mudado ¿verdad?
-Son más que amigas doctora, son camaradas –sonrió Georgia mientras la doctora leía la historia médica de su paciente: “personalidades múltiples”.
Liliana Varela 2008
El estómago le dolía terriblemente , sentía nauseas y ganas de seguir en esa cama pero lamentablemente debía ganarse el pan de cada día lo que le daría derecho a poder dormir la noche siguiente –o al menos esa era su filosofía de vida en aquel tiempo-.
Al mirar al costado vio la botella de gin vacía pero era extraño porque no recordaba haber tomado alcohol la noche anterior. ¡Seguramente había sido Pamela, su compañera de cuarto y camarada de juergas! Esa mujer tenía la habilidad de envolverla en las situaciones más alocadas.
--Ya voy!!! –grito hacia Ingrid su amiga más “ecuánime” la que hacía lo correcto en el momento correcto, la moralista que dormía con una Biblia bajo su almohada y en su mano un código de moral y buenas costumbres.
Cuando llegó a la cocina sintió la ducha abierta, de seguro era Pamela pensó -o como diría Ingrid : Pamela lavando su lascivia nocturna.
No podían ser más distintas las tres amigas y compañeras de cuarto; cada una tenía rasgos diferentes a las otras dos; ella por su parte se consideraba intermedia con respecto a sus amigas.
Se bañó y luego vistió la ropa que Ingrid había planchado la noche anterior; se desorientó pensando dónde había dejado su tarjeta de crédito; en fin, ya lo recordaría.
Sabía que tenía turno con su psiquiatra antes de ir al trabajo.
Llegó temprano y esperó la orden de la secretaria para entrar.
-Hola ¿cómo estás Georgia? -preguntó la doctora a su entrada.
-Muy bien; Ingrid y Pamela le envían saludos.
-Gracias querida, por lo que veo aún no se han mudado ¿verdad?
-Son más que amigas doctora, son camaradas –sonrió Georgia mientras la doctora leía la historia médica de su paciente: “personalidades múltiples”.
Liliana Varela 2008
jueves, 12 de marzo de 2009
EL PERSONAJE
Estoy en mi estudio en el bar del Negro, tercera mesa a la izquierda. Estoy, creo, un poco adormilado.
—Perdón...¿interrumpo?
—Estoy pensando.
—¿Qué?
—Un ensayo. “Doble muzzarela y utopías, en Corrientes”.
—Boludeces. Entonces no hacías nada.
—No vayas a creer. Junto con la fainá con cebolla, la doble muzzarela forjó solidaridades, hermanó carencias, alimentó sueños, en aquella Corrientes ancha y acogedora... .A todo esto ¿vóquiénsó?¿cómo entraste?¿qué estoy haciendo, hablando conmigo mismo?
—Cualquier habitante de tu subconsciente puede entrar en tu bocho activo –es un decir-, no hay puertas ni vallas. No diré que soy tu superyó, porque con esta pinta no engaño a nadie. Soy un habitante de tu universo de recuerdos reprimidos, digamos, un personaje. Soy el tipo justo para uno de tus cuentos. Miles de neuroidiotas haciendo cola ¡Señor Travesía!, ¡Señor Travesía!, con bocetos lamentables. Yo soy tu yo archivado, tu pila de basura, tu pozo ciego de recuerdos. Y un personaje exacto para vos
¡Qué vergüenza! Carlos Travesía, el renombrado escritor desconocido, escribiente de un enanito subneural. —A ver cómo es— indagué, perdido por perdido. Si yo puedo decirme renombrado, el microbio bien puede llamarse personaje.
—Se trata de un pibe irresoluto, timorato, pecador irredento por vaticinio y condena previa maternas. No sólo él, todos los hombres. Sólo que él , hijo fortuito y afortunado, podía ser exorcizado, demonizado, hecho pelota desde chiquito. Es el personaje central, termina mal.
Me sonaba a libreto conocido, pero no opiné.
—Está la Madre, de la que ya hablamos. La pureza mancillada, la virginidad atropellada, blabla, etc. Perdida en un mundo de maldad. Solo puede ser salvada, rescatada, por un Caballero (bestia masculina, reprogramada oportunamente por una mujer justiciera, o sea madre).
—Inicia el conflicto La Mujer. No madre, mujer. Opina como todas las mujeres. Pero conoce las debilidades inguinales de los genéticamente pervertidos. Los usa, maneja, moldea a voluntad. Explota sus culpas, exprime sus ansiedades.
Para la Madre el Hijo es un degenerado destilado, un caballero.
—Y ya tenés el conflicto.
—Y poné un tango, elemento dramático donde se muestra al macho llorando en un rincón, gritando “fue inútil gritar”, “fui un gil”, “soy un arlequín” y melodramas por el estilo. Suele haber un cuchillo, para mostrar cómo el gil muere como un hombre, chorreando sangre como el río Colorado.
—Acá tenés todo. Llená los casilleros y firmalo. Con respecto a mi parte, llamalo inspiración.
Y se fue. Ahí nomás, no muy lejos.
—Me parece un héroe un tanto débil y fuera de época. Lo de la madre dominante suena ridículo. Un cuento de Carlos Travesía debería incluir puntos como autoconciencia, justicia universal, cosas así. Mejor lo pienso.
Se fue el microbio. Me cortó la siesta. Bueno, todavía no es tarde.
—Gallego. Voy a meditar. Si llama algún cliente que deje mensaje.
§
Espío por entre las tablas de la pared desvencijada. He decidido explorar yo mismo los suburbios de mi mente. La circunvolució n está empedrada de neuronas embarradas. Ninguna luz asoma del córtex. Sólo un débil resplandor, quién sabe de dónde. Se oye un grito lejano:”Baboso inmundo degenerado ¿cuántas veces me va a violar? Mire que a las 10 comienza la película”.
Los dos conflictos se examinan fríamente, ominoso trauma en mano. De pronto Sexópato clava una honda culpa en el pecho de Remordido. La rubia Monomanía pasa la sexta mano de esmalte a sus uñas, mientras ríe histéricamente. Una pregunta lastimera “¿me estoy portando bien, mamá?. Yo no la miré, te juro”
Traspiro copiosamente ¿Temor?¿Culpa? ¿Soy, todavía, Carlos Travesía?.
Uno de los duelistas cae. Antes de morir, exhala:”Tu padre fue...”
¡La luz!¿Qué pasó? ¡Oh, no! ¡Este imbécil entró en sueño profundo! ¡Se está deteniendo todo!.
Mejor rajo, entes queee meee e e e...
© Carlos Adalberto Fernández
--
Carlos Adalberto Fernández
—Perdón...¿interrumpo?
—Estoy pensando.
—¿Qué?
—Un ensayo. “Doble muzzarela y utopías, en Corrientes”.
—Boludeces. Entonces no hacías nada.
—No vayas a creer. Junto con la fainá con cebolla, la doble muzzarela forjó solidaridades, hermanó carencias, alimentó sueños, en aquella Corrientes ancha y acogedora... .A todo esto ¿vóquiénsó?¿cómo entraste?¿qué estoy haciendo, hablando conmigo mismo?
—Cualquier habitante de tu subconsciente puede entrar en tu bocho activo –es un decir-, no hay puertas ni vallas. No diré que soy tu superyó, porque con esta pinta no engaño a nadie. Soy un habitante de tu universo de recuerdos reprimidos, digamos, un personaje. Soy el tipo justo para uno de tus cuentos. Miles de neuroidiotas haciendo cola ¡Señor Travesía!, ¡Señor Travesía!, con bocetos lamentables. Yo soy tu yo archivado, tu pila de basura, tu pozo ciego de recuerdos. Y un personaje exacto para vos
¡Qué vergüenza! Carlos Travesía, el renombrado escritor desconocido, escribiente de un enanito subneural. —A ver cómo es— indagué, perdido por perdido. Si yo puedo decirme renombrado, el microbio bien puede llamarse personaje.
—Se trata de un pibe irresoluto, timorato, pecador irredento por vaticinio y condena previa maternas. No sólo él, todos los hombres. Sólo que él , hijo fortuito y afortunado, podía ser exorcizado, demonizado, hecho pelota desde chiquito. Es el personaje central, termina mal.
Me sonaba a libreto conocido, pero no opiné.
—Está la Madre, de la que ya hablamos. La pureza mancillada, la virginidad atropellada, blabla, etc. Perdida en un mundo de maldad. Solo puede ser salvada, rescatada, por un Caballero (bestia masculina, reprogramada oportunamente por una mujer justiciera, o sea madre).
—Inicia el conflicto La Mujer. No madre, mujer. Opina como todas las mujeres. Pero conoce las debilidades inguinales de los genéticamente pervertidos. Los usa, maneja, moldea a voluntad. Explota sus culpas, exprime sus ansiedades.
Para la Madre el Hijo es un degenerado destilado, un caballero.
—Y ya tenés el conflicto.
—Y poné un tango, elemento dramático donde se muestra al macho llorando en un rincón, gritando “fue inútil gritar”, “fui un gil”, “soy un arlequín” y melodramas por el estilo. Suele haber un cuchillo, para mostrar cómo el gil muere como un hombre, chorreando sangre como el río Colorado.
—Acá tenés todo. Llená los casilleros y firmalo. Con respecto a mi parte, llamalo inspiración.
Y se fue. Ahí nomás, no muy lejos.
—Me parece un héroe un tanto débil y fuera de época. Lo de la madre dominante suena ridículo. Un cuento de Carlos Travesía debería incluir puntos como autoconciencia, justicia universal, cosas así. Mejor lo pienso.
Se fue el microbio. Me cortó la siesta. Bueno, todavía no es tarde.
—Gallego. Voy a meditar. Si llama algún cliente que deje mensaje.
§
Espío por entre las tablas de la pared desvencijada. He decidido explorar yo mismo los suburbios de mi mente. La circunvolució n está empedrada de neuronas embarradas. Ninguna luz asoma del córtex. Sólo un débil resplandor, quién sabe de dónde. Se oye un grito lejano:”Baboso inmundo degenerado ¿cuántas veces me va a violar? Mire que a las 10 comienza la película”.
Los dos conflictos se examinan fríamente, ominoso trauma en mano. De pronto Sexópato clava una honda culpa en el pecho de Remordido. La rubia Monomanía pasa la sexta mano de esmalte a sus uñas, mientras ríe histéricamente. Una pregunta lastimera “¿me estoy portando bien, mamá?. Yo no la miré, te juro”
Traspiro copiosamente ¿Temor?¿Culpa? ¿Soy, todavía, Carlos Travesía?.
Uno de los duelistas cae. Antes de morir, exhala:”Tu padre fue...”
¡La luz!¿Qué pasó? ¡Oh, no! ¡Este imbécil entró en sueño profundo! ¡Se está deteniendo todo!.
Mejor rajo, entes queee meee e e e...
© Carlos Adalberto Fernández
--
Carlos Adalberto Fernández
jueves, 5 de marzo de 2009
La medicina antisocrática
al amigo y sicoanalista Dr. Joaquín Torres Feliciano
No. Le paran la marmaja. 'Your income, your money is at issue'. Sin enfermos, no hay futuro ni carrera para los médicos y siquiatras. La práctica siquiátrica sirve al componente de la admisible normalidad lógica, y se desintegraría, o sería puramente un sinsentido, una escoria de la interpretació n, sin este contacto evidencial y remunerado con la sustancia del loco per se.
Las ideologías, sin una conexión con la materia y la necesidad real, son caprichos. Estupideces similares a la gallomanía.
Ustedes pudieron haberse especializarse con aquellos que necesitan un interlocutor independizado de las aspiraciones falocráticas que imperan en el mundo.
Los adolescentes necesitan de la gente sabia, como Sócrates. Mas dijeron que los irónicos con mayéutica, con grandes secretos de fantasía, eran unos pervertidores de menores. Aislaron entonces a maestros y discípulos, a los adolescentes y a sus mentores.
.
Con la boca dicen 'piedad para los adolescentes' , mas con la cola esculcacaron a los bolsillos de sus familias y trataron en los pubertarios las enfermedades que no tienen.
Carlos Lopez Dzur
No. Le paran la marmaja. 'Your income, your money is at issue'. Sin enfermos, no hay futuro ni carrera para los médicos y siquiatras. La práctica siquiátrica sirve al componente de la admisible normalidad lógica, y se desintegraría, o sería puramente un sinsentido, una escoria de la interpretació n, sin este contacto evidencial y remunerado con la sustancia del loco per se.
Las ideologías, sin una conexión con la materia y la necesidad real, son caprichos. Estupideces similares a la gallomanía.
Ustedes pudieron haberse especializarse con aquellos que necesitan un interlocutor independizado de las aspiraciones falocráticas que imperan en el mundo.
Los adolescentes necesitan de la gente sabia, como Sócrates. Mas dijeron que los irónicos con mayéutica, con grandes secretos de fantasía, eran unos pervertidores de menores. Aislaron entonces a maestros y discípulos, a los adolescentes y a sus mentores.
.
Con la boca dicen 'piedad para los adolescentes' , mas con la cola esculcacaron a los bolsillos de sus familias y trataron en los pubertarios las enfermedades que no tienen.
Carlos Lopez Dzur
CONSULTAS EN EL LABERINTO
—¡Hola, Etelvina! Evaristo; te llamo desde el Policlínico. Listo. Mañana me toca. Tenés que prepararme, no sé, una mochilita.
—¿En serio, Evaristo? —dijo Etelvina, mi señora, al teléfono—. ¿Y qué consultorio te tocó?
—El 52. No sé de qué es.
Todo comenzó con el malestar que me creaban mis achaques agregado a la frustrante secuencia de consultas a diversos especialistas, de crípticos análisis, en distantes consultorios y laboratorios. Me mudé enfrente de la entrada principal del Policlínico. Todas las especialidades, todos los estudios, en una manzana. Comencé con un clínico, cualquiera. Lunes 10:30 hs., consultorio 16 planta baja. Hasta el consultorio 20, estaban agrupados: clínica, pediatría, ginecología, otorrinolaringologí a, rubros usuales.
Fui a la primera consulta del 16 sin ningún informe de mi abultado legajo de paciente. Preferí comenzar todo desde el principio. El clínico ordenó análisis de sangre y orina, radiografías, ecografías. En una semana, lleno de optimismo, volví al 16 con los resultados.
—Quiero que vea a estos especialistas —dijo, mientras redactaba unas órdenes Todo está bien, con valores dentro de los promedios, pero cerca del límite. Vuelva cuando tenga todo.
Las nuevas especialidades atendían en consultorios del primer piso. Una pequeña salita, con el cartel “consultorios 21 a 53” se abría a tres corredores, pulcramente señalados “21 a 32”, “33 a 41” y “42 a 53”. Cada corredor daba a consultorios o nuevos corredores, con sillones a lo largo de los mismos.
Sucesivamente accedí a los consultorios 24, 27 y 36. Estas consultas derivaron en visitas a los consultorios 28 y 39. Como dijo un paciente “vamos trepando las patas de una araña”. No cayó bien, el chiste.
En la salita, los que íbamos a 33 a 41, pocos, llevábamos gastados pasos, asientos e ilusiones. El mal era huidizo, las energías se agotaban.
Las esperas eran largas, las consultas frecuentes, los pacientes los mismos, con pocos cambios. Cada tanto un hombre, de mediana edad, recorría el corredor buscando el consultorio 37. Lo remitíamos a los carteles. Su educación le impedía mostrar un nerviosismo cada vez más evidente.
La novedad eran los pacientes del 42 a 53, cinco o seis. No nos saludaban, no nos miraban. No se los veía pasar por la salita. Eran las últimas especialidades, los últimos sabios capaces de lidiar con la enfermedad subrepticia.
Un día –soleado, fresco, recuerdo- el neurólogo me remitió al 46.
—En ese corredor están los especialistas finales. Confíe en ellos, de todos modos no le queda otra que confiar.
—¿Y los otros tratamientos? —pregunté.
—El 46 concentra todo, a partir de ahora. Le repito: confíe.
El lunes siguiente a las 10:00 horas, recorrí primer piso, salita, corredor 42 a 53. Ocho puertas, numeradas del 42 al 49. Al final del corredor un mostrador como de hotel, con un cartel “51 52 53”, precedía la entrada a una puerta lateral.
Este corredor era distinto. El ambiente, digo. Ese día éramos cinco, conmigo. Me ubiqué en el asiento más cercano al 46.
Un hombre mayor se sentó a mi lado. —Urbano, 26 meses, mucho gusto —comenzó— Fui al 47 El doctor revisó mi historia –todo está en la computadora- , luego de cerca de media hora redactó una orden mientras me decía Vaya al especialista del 43. Esa mañana fui al 43, me atendió el mismo doctor del 47, cuarenta minutos mirando la pantalla, me mandó al 47. Hace meses que estoy así. Yo me veo peor, cada día me cuesta más venir. Por eso no me voy.
—¿Ve a ese que está sentado entre el 42 y el 44? —continuó hoy Urbano—. Es Nicanor, más antiguo que yo. Se sienta ahí mirando la puerta del 49. Cuando ésta se abre –apenas asoma un brazo, parte de una cara, un ojo que lo mira- Nicanor se agazapa, como previniendo un castigo. Si la puerta se cierra, recomienza la espera. O si no, un dedo de la mano hace un gesto imperceptible, Nicanor se acerca, hay un cuchicheo, y Nicanor vuelve a su sitio a esperar. No se sabe qué dicen.
—¡Nada nos decimos!¡Nada! —exclama Nicanor, inclinado en su silla, casi a punto de caer. —Nunca entiendo lo que habla. No sé si me dice algo, o farfulla. Al final me ordena, ahora claramente, Espere a que lo llame. Llevo tres años, siempre igual. No lo soporto. Algún día habrá un desastre —Asustado por sus palabras, volvió a acurrucarse en su asiento, vigilando el 49.
Hoy doña Rosario pasa al consultorio 51. Primer caso que veo. Está esperando a su hija; cuando ésta llega se aíslan para conversar. Quiero acercarme y desearle suerte, pero los otros me disuaden.
Madre e hija se dirigen el mostrador. Quieren pasar las dos pero la Recepcionista las detiene con su sonrisa.
—Tiene que entrar sola —sentencia.
—¿Puedo esperarla en el corredor? —pregunta la hija.
—Si tiene paciencia... —es la respuesta.
Madre e hija se abrazan. Doña Rosario desaparece detrás de la puerta 51 52 53.
Días después la hija se levanta del asiento en el que se había refugiado luego de la despedida de su madre, saluda a la Recepcionista y se va. No la volvimos a ver.
Ya llevo dos años en este corredor. Siempre en el mismo consultorio, el 46, siempre el mismo médico. Me cuenta los latidos, me toma la presión, me dice Vuelva mañana. La vez que le pregunté, airadamente, qué tratamiento era este, sin estudios ni remedios, me respondió: —Si no puedes vencer a tu enemigo, hazte su aliado. Vuelva mañana.
Mañana... Este corredor es distinto. El ambiente, digo. No hay turnos, es como si estuviéramos siempre. ¿Había noche, día? ¿Cuándo es mañana? No recuerdo cuándo volví a casa. Volví, seguro, pero no recuerdo cuando, ni cómo lo hice, cuándo regresé al corredor.
Hoy apareció un nuevo paciente. Una mujer, cerca de cuarenta. Ingresó repentinamente, buscó el lugar más solitario, y se recostó contra la pared. Miraba a derecha e izquierda. Parecía una actriz de cine mudo, gestos exagerados, al borde del grito. Repentinamente, corriendo, desapareció. Esto se repitió varias veces.
—¿Se acuerda del hombre que buscaba el consultorio 37? —me pregunta hoy Urbano —. Hoy se tiró del balcón que da al patio, un piso, con tanta mala suerte que se partió el cráneo. Nunca encontró el 37. Pero antes existía, se ve que cuando lo anularon ya se habían emitido unas órdenes de consulta. Lo cerraron –al 37, dicen- porque era una especialidad que ponía tan a la vista males que era preferible no curar, dejarlo morir limpio por fuera. ¿Vieron que falta aquí el consultorio 50? Era el 37 promovido a especialidad final, pero al desatarse una epidemia de suicidios cerraron todo.
Hoy vino la actriz de cine mudo. Se pegó a la pared, espantada. Se apartaba para un lado y para otro. Repentinamente se abrió la puerta del consultorio 44, asoma un médico, mira a la actriz. La cara de ésta se congestiona hasta el paroxismo. Por fin, el grito tan largamente contenido explota, electriza el corredor. Y cae, floja, seguramente ya muerta.
—¡Todos en sus asientos! —ordena perentoriamente la Recepcionista, que por primera vez, desde que la conozco, abandona el mostrador. Un tropel de auxiliares levanta el cuerpo de la muerta.
—¡Al 53! —ordena la Recepcionista. El cortejo desaparece detrás de la puerta 51 52 53. La Recepcionista endereza la alfombra y vuelve al mostrador. El médico del 44 cierra la puerta. Silencio.
La Recepcionista me obsesiona. Aumenta mi paranoia. Luego de éste último suceso paso el tiempo vigilando su sonrisa esmaltada.
Ya debe ser mañana, llega mi mujer, con la mochilita. Está vestida de negro, pálida como la luna.
Charlamos un rato, estirando inútilmente el tiempo. —Mejor nos despedimos ahora, Etelvina —le digo finalmente. El momento me pesa como una loza, lucho entre irme corriendo por el corredor, y escapar del Policlínico, o enterrarme en mi asiento cerca del 46, o desembarazarme de mi mujer y saltar al 51 52 53. —No prolonguemos el momento.
La veo irse, sin mirar atrás, desaparecer. Me desentiendo de las miradas pegajosas de los demás, de la sonrisa metálica de la Recepcionista.
¿Qué hice?¿Voy a morir?¿Cuándo me enterré en esta catacumba?¿Desde cuándo estoy muerto?¿Me van a devolver a la vida?¿Ahora, y para qué?
La Recepcionista refulge.
Miro a todos. No me miran. Me levanto, camino al 51 52 53.
Nicanor, el del 49, se levanta de su asiento, dirigiéndose a su consultorio. Repentinamente se agarra de mi brazo y me obliga a correr con él a la puerta 51 52 53. Urbano –por alguna razón, atento a lo que pasa- se tira encima nuestro, derribándonos, se abraza a las piernas de Nicanor.
—¡Sálvese! —me grita. Nicanor se me aferra como un poseído, gime, grita, llora.
Desde el piso pateo la cabeza de Nicanor, hasta que me suelta. Lucho desesperadamente, por mi vida, supongo. Me pongo de pié, alcanzo la puerta 51 52 53 y la abro. Antes de cerrar, me despide la sonrisa de Gioconda de la Recepcionista.
© Carlos Adalberto Fernández
—¿En serio, Evaristo? —dijo Etelvina, mi señora, al teléfono—. ¿Y qué consultorio te tocó?
—El 52. No sé de qué es.
Todo comenzó con el malestar que me creaban mis achaques agregado a la frustrante secuencia de consultas a diversos especialistas, de crípticos análisis, en distantes consultorios y laboratorios. Me mudé enfrente de la entrada principal del Policlínico. Todas las especialidades, todos los estudios, en una manzana. Comencé con un clínico, cualquiera. Lunes 10:30 hs., consultorio 16 planta baja. Hasta el consultorio 20, estaban agrupados: clínica, pediatría, ginecología, otorrinolaringologí a, rubros usuales.
Fui a la primera consulta del 16 sin ningún informe de mi abultado legajo de paciente. Preferí comenzar todo desde el principio. El clínico ordenó análisis de sangre y orina, radiografías, ecografías. En una semana, lleno de optimismo, volví al 16 con los resultados.
—Quiero que vea a estos especialistas —dijo, mientras redactaba unas órdenes Todo está bien, con valores dentro de los promedios, pero cerca del límite. Vuelva cuando tenga todo.
Las nuevas especialidades atendían en consultorios del primer piso. Una pequeña salita, con el cartel “consultorios 21 a 53” se abría a tres corredores, pulcramente señalados “21 a 32”, “33 a 41” y “42 a 53”. Cada corredor daba a consultorios o nuevos corredores, con sillones a lo largo de los mismos.
Sucesivamente accedí a los consultorios 24, 27 y 36. Estas consultas derivaron en visitas a los consultorios 28 y 39. Como dijo un paciente “vamos trepando las patas de una araña”. No cayó bien, el chiste.
En la salita, los que íbamos a 33 a 41, pocos, llevábamos gastados pasos, asientos e ilusiones. El mal era huidizo, las energías se agotaban.
Las esperas eran largas, las consultas frecuentes, los pacientes los mismos, con pocos cambios. Cada tanto un hombre, de mediana edad, recorría el corredor buscando el consultorio 37. Lo remitíamos a los carteles. Su educación le impedía mostrar un nerviosismo cada vez más evidente.
La novedad eran los pacientes del 42 a 53, cinco o seis. No nos saludaban, no nos miraban. No se los veía pasar por la salita. Eran las últimas especialidades, los últimos sabios capaces de lidiar con la enfermedad subrepticia.
Un día –soleado, fresco, recuerdo- el neurólogo me remitió al 46.
—En ese corredor están los especialistas finales. Confíe en ellos, de todos modos no le queda otra que confiar.
—¿Y los otros tratamientos? —pregunté.
—El 46 concentra todo, a partir de ahora. Le repito: confíe.
El lunes siguiente a las 10:00 horas, recorrí primer piso, salita, corredor 42 a 53. Ocho puertas, numeradas del 42 al 49. Al final del corredor un mostrador como de hotel, con un cartel “51 52 53”, precedía la entrada a una puerta lateral.
Este corredor era distinto. El ambiente, digo. Ese día éramos cinco, conmigo. Me ubiqué en el asiento más cercano al 46.
Un hombre mayor se sentó a mi lado. —Urbano, 26 meses, mucho gusto —comenzó— Fui al 47 El doctor revisó mi historia –todo está en la computadora- , luego de cerca de media hora redactó una orden mientras me decía Vaya al especialista del 43. Esa mañana fui al 43, me atendió el mismo doctor del 47, cuarenta minutos mirando la pantalla, me mandó al 47. Hace meses que estoy así. Yo me veo peor, cada día me cuesta más venir. Por eso no me voy.
—¿Ve a ese que está sentado entre el 42 y el 44? —continuó hoy Urbano—. Es Nicanor, más antiguo que yo. Se sienta ahí mirando la puerta del 49. Cuando ésta se abre –apenas asoma un brazo, parte de una cara, un ojo que lo mira- Nicanor se agazapa, como previniendo un castigo. Si la puerta se cierra, recomienza la espera. O si no, un dedo de la mano hace un gesto imperceptible, Nicanor se acerca, hay un cuchicheo, y Nicanor vuelve a su sitio a esperar. No se sabe qué dicen.
—¡Nada nos decimos!¡Nada! —exclama Nicanor, inclinado en su silla, casi a punto de caer. —Nunca entiendo lo que habla. No sé si me dice algo, o farfulla. Al final me ordena, ahora claramente, Espere a que lo llame. Llevo tres años, siempre igual. No lo soporto. Algún día habrá un desastre —Asustado por sus palabras, volvió a acurrucarse en su asiento, vigilando el 49.
Hoy doña Rosario pasa al consultorio 51. Primer caso que veo. Está esperando a su hija; cuando ésta llega se aíslan para conversar. Quiero acercarme y desearle suerte, pero los otros me disuaden.
Madre e hija se dirigen el mostrador. Quieren pasar las dos pero la Recepcionista las detiene con su sonrisa.
—Tiene que entrar sola —sentencia.
—¿Puedo esperarla en el corredor? —pregunta la hija.
—Si tiene paciencia... —es la respuesta.
Madre e hija se abrazan. Doña Rosario desaparece detrás de la puerta 51 52 53.
Días después la hija se levanta del asiento en el que se había refugiado luego de la despedida de su madre, saluda a la Recepcionista y se va. No la volvimos a ver.
Ya llevo dos años en este corredor. Siempre en el mismo consultorio, el 46, siempre el mismo médico. Me cuenta los latidos, me toma la presión, me dice Vuelva mañana. La vez que le pregunté, airadamente, qué tratamiento era este, sin estudios ni remedios, me respondió: —Si no puedes vencer a tu enemigo, hazte su aliado. Vuelva mañana.
Mañana... Este corredor es distinto. El ambiente, digo. No hay turnos, es como si estuviéramos siempre. ¿Había noche, día? ¿Cuándo es mañana? No recuerdo cuándo volví a casa. Volví, seguro, pero no recuerdo cuando, ni cómo lo hice, cuándo regresé al corredor.
Hoy apareció un nuevo paciente. Una mujer, cerca de cuarenta. Ingresó repentinamente, buscó el lugar más solitario, y se recostó contra la pared. Miraba a derecha e izquierda. Parecía una actriz de cine mudo, gestos exagerados, al borde del grito. Repentinamente, corriendo, desapareció. Esto se repitió varias veces.
—¿Se acuerda del hombre que buscaba el consultorio 37? —me pregunta hoy Urbano —. Hoy se tiró del balcón que da al patio, un piso, con tanta mala suerte que se partió el cráneo. Nunca encontró el 37. Pero antes existía, se ve que cuando lo anularon ya se habían emitido unas órdenes de consulta. Lo cerraron –al 37, dicen- porque era una especialidad que ponía tan a la vista males que era preferible no curar, dejarlo morir limpio por fuera. ¿Vieron que falta aquí el consultorio 50? Era el 37 promovido a especialidad final, pero al desatarse una epidemia de suicidios cerraron todo.
Hoy vino la actriz de cine mudo. Se pegó a la pared, espantada. Se apartaba para un lado y para otro. Repentinamente se abrió la puerta del consultorio 44, asoma un médico, mira a la actriz. La cara de ésta se congestiona hasta el paroxismo. Por fin, el grito tan largamente contenido explota, electriza el corredor. Y cae, floja, seguramente ya muerta.
—¡Todos en sus asientos! —ordena perentoriamente la Recepcionista, que por primera vez, desde que la conozco, abandona el mostrador. Un tropel de auxiliares levanta el cuerpo de la muerta.
—¡Al 53! —ordena la Recepcionista. El cortejo desaparece detrás de la puerta 51 52 53. La Recepcionista endereza la alfombra y vuelve al mostrador. El médico del 44 cierra la puerta. Silencio.
La Recepcionista me obsesiona. Aumenta mi paranoia. Luego de éste último suceso paso el tiempo vigilando su sonrisa esmaltada.
Ya debe ser mañana, llega mi mujer, con la mochilita. Está vestida de negro, pálida como la luna.
Charlamos un rato, estirando inútilmente el tiempo. —Mejor nos despedimos ahora, Etelvina —le digo finalmente. El momento me pesa como una loza, lucho entre irme corriendo por el corredor, y escapar del Policlínico, o enterrarme en mi asiento cerca del 46, o desembarazarme de mi mujer y saltar al 51 52 53. —No prolonguemos el momento.
La veo irse, sin mirar atrás, desaparecer. Me desentiendo de las miradas pegajosas de los demás, de la sonrisa metálica de la Recepcionista.
¿Qué hice?¿Voy a morir?¿Cuándo me enterré en esta catacumba?¿Desde cuándo estoy muerto?¿Me van a devolver a la vida?¿Ahora, y para qué?
La Recepcionista refulge.
Miro a todos. No me miran. Me levanto, camino al 51 52 53.
Nicanor, el del 49, se levanta de su asiento, dirigiéndose a su consultorio. Repentinamente se agarra de mi brazo y me obliga a correr con él a la puerta 51 52 53. Urbano –por alguna razón, atento a lo que pasa- se tira encima nuestro, derribándonos, se abraza a las piernas de Nicanor.
—¡Sálvese! —me grita. Nicanor se me aferra como un poseído, gime, grita, llora.
Desde el piso pateo la cabeza de Nicanor, hasta que me suelta. Lucho desesperadamente, por mi vida, supongo. Me pongo de pié, alcanzo la puerta 51 52 53 y la abro. Antes de cerrar, me despide la sonrisa de Gioconda de la Recepcionista.
© Carlos Adalberto Fernández
miércoles, 4 de marzo de 2009
Museo del Juguete
Habían leído los comentarios en los periódicos nacionales sobre el Museo del Juguete. Se habían dado un tiempo los cinco integrantes de la familia Pedigrí de la Huerta –ahora adultos- para conocerlo. De este año no pasa –dijeron- . Y al fin ya se encuentran en él, lo primero que ven es una casita de muñecas colocada dentro de una vitrina.
-Admirable- comentan en voz alta.
Una de las hijas Rebeca le dice a Eduardo, el hermano mayor:
-Tuvimos una, recuerdas cuando éramos chicos, pero con una como ésta jugaron nuestros abuelos. ¡Què preciosidad! , añade. ¡Es completa, todo tiene! –dice- Eufrasia, la segunda hija.
Horacio y Elena se adelantan a los hijos en esta visita, ante sus ojos están los muñecos, esos los de biscuit. -Con esos ojos de vidrio, comenta Elena. Mami jugaste con ellos cierto – dice- Rebeca. No la escucha Elena, está absorta ante la vitrina. Y Rebeca se contesta: -Seguro mami y papi si jugaron.
Elena contempla uno a uno a estos muñecos, se acuerda de una muñeca que todavía tiene en su casa, que está sin brazos. Y de otro llamado Manuelito, al que le daba ternura de pequeña.
Estos muñecos –le dice- a su marido, con esos ojos, esas expresiones parecen unos chukis, ahora entiendo al realizador de la película del muñeco Chuki. Horacio ríe.
-Mira está ahí el negrito Caratumbé con sus negritas, lindos muñecos de trapo. –Mami como la Ña Pancha, que nos regalaste a mí y a Eufrasia– Si dice Eufrasia, que es más callada que la hermana. Elena y Horacio se abrazan y abrazan a sus hijos, este Museo trae tantos recuerdos.
Rostros de asombro cuando ven en la sala contigua a los muñecos: los soldaditos de plomo de diversos países. Marcha de soldaditos con sus tambores, suena: -¡tum tum tum, tam tam tam!. Tacitas de té, cocinitas, maquinitas de coser, trompos, sonajas, triciclos, carritos, camiones, aviones, caballitos balancines, trenes, muñecos de cuerda; estos juguetes de diversas épocas desde el siglo XVIII. Y miren chicos -dice –Horacio, el padre hay juguetes prehispánicos.
Posan, se toman fotos con los juguetes, juguetes de la añorada infancia. Y toda la familia está alegre, sonríen, ríen. Se toman de la mano, si hubiera espacio hasta jugarían a la ronda.
Hay una persona extraña que los sigue, que no articula palabra. Sólo limpia y limpia cada juguete, sobre todo los más grandes. No pierde de vista a la familia Pedigrí de la Huerta. Y ellos siguen tomando fotos. Estas cámaras digitales – piensa – Elena son juguetes modernos.
Se retiran del museo contentos, han estado más de una hora. Y emprenden un viaje corto hacia el mar, hacia la playa. Al llegar, en el malecón abren las cámaras digitales. Y ¡oh sorpresa! no hay una sola foto del Museo del Juguete “las anteriores a la visita están, las del camino a la playa están ¡Que ha podido pasar!” comentan casi al unísono. Desaparecieron sólo las del Museo del Juguete –dice- Eduardo, el hijo mayor. -¿Qué extraño?.
Elena muy segura le dice a su marido Horacio y a sus hijos: - Desaparecer las fotos de las dos máquinas digitales- - ¡No, no, son esos muñecos los chukis quienes nos hicieron esto! Horacio dice: - ¿Y si se fueron? se liberaron- Y Eduardo, agrega: - Ya se, se han ido hacia el mar, en cuanto hemos llegado.
Están apenados, se dan aliento, hay un video que han comprado y otro que sigue en una de las digitales- Llegan al hostal luego del paseo en la playa y abren una de las cámaras para ver el video que habían filmado Eduardo, Rebeca y Eufrasia. En su lugar aparece el rostro de ese ser, de esa persona extraña que los seguía, les hace muecas. ¡Están perplejos!. Hechizo, brujería, magia, almas, espíritus ¡Qué joder!.
-Admirable- comentan en voz alta.
Una de las hijas Rebeca le dice a Eduardo, el hermano mayor:
-Tuvimos una, recuerdas cuando éramos chicos, pero con una como ésta jugaron nuestros abuelos. ¡Què preciosidad! , añade. ¡Es completa, todo tiene! –dice- Eufrasia, la segunda hija.
Horacio y Elena se adelantan a los hijos en esta visita, ante sus ojos están los muñecos, esos los de biscuit. -Con esos ojos de vidrio, comenta Elena. Mami jugaste con ellos cierto – dice- Rebeca. No la escucha Elena, está absorta ante la vitrina. Y Rebeca se contesta: -Seguro mami y papi si jugaron.
Elena contempla uno a uno a estos muñecos, se acuerda de una muñeca que todavía tiene en su casa, que está sin brazos. Y de otro llamado Manuelito, al que le daba ternura de pequeña.
Estos muñecos –le dice- a su marido, con esos ojos, esas expresiones parecen unos chukis, ahora entiendo al realizador de la película del muñeco Chuki. Horacio ríe.
-Mira está ahí el negrito Caratumbé con sus negritas, lindos muñecos de trapo. –Mami como la Ña Pancha, que nos regalaste a mí y a Eufrasia– Si dice Eufrasia, que es más callada que la hermana. Elena y Horacio se abrazan y abrazan a sus hijos, este Museo trae tantos recuerdos.
Rostros de asombro cuando ven en la sala contigua a los muñecos: los soldaditos de plomo de diversos países. Marcha de soldaditos con sus tambores, suena: -¡tum tum tum, tam tam tam!. Tacitas de té, cocinitas, maquinitas de coser, trompos, sonajas, triciclos, carritos, camiones, aviones, caballitos balancines, trenes, muñecos de cuerda; estos juguetes de diversas épocas desde el siglo XVIII. Y miren chicos -dice –Horacio, el padre hay juguetes prehispánicos.
Posan, se toman fotos con los juguetes, juguetes de la añorada infancia. Y toda la familia está alegre, sonríen, ríen. Se toman de la mano, si hubiera espacio hasta jugarían a la ronda.
Hay una persona extraña que los sigue, que no articula palabra. Sólo limpia y limpia cada juguete, sobre todo los más grandes. No pierde de vista a la familia Pedigrí de la Huerta. Y ellos siguen tomando fotos. Estas cámaras digitales – piensa – Elena son juguetes modernos.
Se retiran del museo contentos, han estado más de una hora. Y emprenden un viaje corto hacia el mar, hacia la playa. Al llegar, en el malecón abren las cámaras digitales. Y ¡oh sorpresa! no hay una sola foto del Museo del Juguete “las anteriores a la visita están, las del camino a la playa están ¡Que ha podido pasar!” comentan casi al unísono. Desaparecieron sólo las del Museo del Juguete –dice- Eduardo, el hijo mayor. -¿Qué extraño?.
Elena muy segura le dice a su marido Horacio y a sus hijos: - Desaparecer las fotos de las dos máquinas digitales- - ¡No, no, son esos muñecos los chukis quienes nos hicieron esto! Horacio dice: - ¿Y si se fueron? se liberaron- Y Eduardo, agrega: - Ya se, se han ido hacia el mar, en cuanto hemos llegado.
Están apenados, se dan aliento, hay un video que han comprado y otro que sigue en una de las digitales- Llegan al hostal luego del paseo en la playa y abren una de las cámaras para ver el video que habían filmado Eduardo, Rebeca y Eufrasia. En su lugar aparece el rostro de ese ser, de esa persona extraña que los seguía, les hace muecas. ¡Están perplejos!. Hechizo, brujería, magia, almas, espíritus ¡Qué joder!.
lunes, 23 de febrero de 2009
La voz
La mató porque hablaba demasiado. Ya no la soportaba.
Durante treinta años, los siete días de la semana la había escuchado hablar: de sus gustos, de los vecinos, de sus actividades durante el día, de los programas de televisión.
Sólo había logrado descansar de su voz cuando trabajaba, pero últimamente y debido a su jubilación (efectuada antes de tiempo por causas de enfermedad) todo había empeorado.
No sólo debía soportarla de día, también lo despertaba en las noches hablando dormida.
Ya era imposible vivir con ella. Por eso la había matado; no porque no la quisiera (a su manera la quería) pero el sólo hecho de que ella abriese la boca y su chillona voz difundiera sus vibraciones por el aire, era razón suficiente para destruir todo sentimiento marital que él sintiese por ella.
Nadie pudo percatarse del asesinato. Una caída, sólo una caída de las escaleras, un golpe en la nuca y ya…
¿Quién iba a creer que un esposo asesinase a su mujer luego de 38 años de casados?
Además no existían intereses económicos de por medio ni mucho menos románticos.
Ahora podía hablar: decir todo lo que sentía por primera vez en su vida, investigar las reacciones de extraños ante sus palabras, opinar sobre cualquier tema que le viniese en gana.
Podía incluso entablar conversaciones con sus hijos, mirándolos a los ojos; no como antes, cuando solo monosílabos requeridos por su esposa se intercalaban en la conversación filial.
A veces la extrañaba pero el mero recuerdo de su histriónica voz la hacía olvidarla de nuevo.
Aquella madrugada lo despertó el sonido del teléfono, con furia y preocupación a la vez, atendió.
--Hola…Hola --su voz fue aumentando en volumen y gravedad
Del otro lado del tubo un sonido reconocible lo angustió.
--Joaquín…soy yo…¿por qué Joaquín? ¿Por qué?
Colgó el teléfono temblando. Debía estar paranoico. ¡No podía ser que hubiese escuchado la voz de su mujer! Pero estaba seguro que era su timbre, su forma de hablar…
La razón le dictaba que no era lógico su pensamiento. Su mente le estaba jugando una mala pasada…eso debía ser.
Esa noche ya no pudo dormir.
Ni las siguientes noches. El teléfono sonaba todas las noches hasta que lo descolgó, pero aún descolgado seguía sonando.
--Papá, bien sabes que mamá murió…no puedes haber escuchado su voz. Ha de ser que la extrañas – le decía su hija.
¡No, no! Sus hijos se equivocaban. El no estaba loco; él la escuchaba hablar; debían creerle.
¿Acaso su mujer había regresado del más allá para vengar su muerte? Quizás ella no había muerto realmente y estaba tramando algo.
--Joaquín –le había dicho su yerno—perdone que sea rudo pero supongamos que fuese ella…¿cómo iba a hablar? ¿Olvida usted que con la caída se le destrozó un trozo de lengua?. Si hubiese sobrevivido no podría hablar ¡y no quiero creer que un hombre inteligente crea en fantasmas!
Consejos, puros consejos…Psicó logos, visitas a todo tipo de loqueros; nada le resultaba.
Nadie le creía: él la escuchaba hablar…ellos debían creerle, debían escucharla también.
Cuando destrozó el teléfono contra la pared -que permanecía en ese instante descolgado- se decidió: grabaría la voz de su mujer; nadie más lo tildaría de loco.
Removió cielo y tierra buscando esas viejas cintas de tape que su mujer siempre tenía. A ella le gustaba –como si no fuese suficiente- grabar su voz en medio de los chillidos familiares y luego torturarle sus oídos una y otra vez.
Apretó Record disimuladamente escondiendo entre almohadones el grabador. Fantasma o no ella no debería ver qué era lo que él se traía entre manos.
--Ahora hablá bruja…hablá….-comenzó a gritar como poseído-
Hubo sólo silencio.
Se desplomó cuando vio el espectro de su mujer frente a él, con la boca entreabierta… vacía, sin lengua, sin palabra articulada al aire…
--Esto te va a hacer bien papá; descansa.
Su hija le acomodaba el almohadón. Esa madrugada lo habían hallado inconsciente con un grabador entre sus manos.
--No te preocupes Papá, el médico dijo que la hemiplejia que tienes puede ser reversible; aunque no puedas más que mover los párpados…vas a recobrar el movimiento de a poco —dijo su hija mientras le daba un beso — sé que extrañas a mamá. Nos dijo el psicólogo que esto te ayudará a superar un poco su partida, aguarda…
Los ojos abiertos de Joaquín -casi sin movimiento- parecían llenarse de lágrimas mientras la voz de una mujer sonaba desde un grabador cantando el feliz cumpleaños, riendo y hablando sobre su familia.
Liliana Varela 2009
*De "Cuentos para no dormir" (de próxima aparición)
Durante treinta años, los siete días de la semana la había escuchado hablar: de sus gustos, de los vecinos, de sus actividades durante el día, de los programas de televisión.
Sólo había logrado descansar de su voz cuando trabajaba, pero últimamente y debido a su jubilación (efectuada antes de tiempo por causas de enfermedad) todo había empeorado.
No sólo debía soportarla de día, también lo despertaba en las noches hablando dormida.
Ya era imposible vivir con ella. Por eso la había matado; no porque no la quisiera (a su manera la quería) pero el sólo hecho de que ella abriese la boca y su chillona voz difundiera sus vibraciones por el aire, era razón suficiente para destruir todo sentimiento marital que él sintiese por ella.
Nadie pudo percatarse del asesinato. Una caída, sólo una caída de las escaleras, un golpe en la nuca y ya…
¿Quién iba a creer que un esposo asesinase a su mujer luego de 38 años de casados?
Además no existían intereses económicos de por medio ni mucho menos románticos.
Ahora podía hablar: decir todo lo que sentía por primera vez en su vida, investigar las reacciones de extraños ante sus palabras, opinar sobre cualquier tema que le viniese en gana.
Podía incluso entablar conversaciones con sus hijos, mirándolos a los ojos; no como antes, cuando solo monosílabos requeridos por su esposa se intercalaban en la conversación filial.
A veces la extrañaba pero el mero recuerdo de su histriónica voz la hacía olvidarla de nuevo.
Aquella madrugada lo despertó el sonido del teléfono, con furia y preocupación a la vez, atendió.
--Hola…Hola --su voz fue aumentando en volumen y gravedad
Del otro lado del tubo un sonido reconocible lo angustió.
--Joaquín…soy yo…¿por qué Joaquín? ¿Por qué?
Colgó el teléfono temblando. Debía estar paranoico. ¡No podía ser que hubiese escuchado la voz de su mujer! Pero estaba seguro que era su timbre, su forma de hablar…
La razón le dictaba que no era lógico su pensamiento. Su mente le estaba jugando una mala pasada…eso debía ser.
Esa noche ya no pudo dormir.
Ni las siguientes noches. El teléfono sonaba todas las noches hasta que lo descolgó, pero aún descolgado seguía sonando.
--Papá, bien sabes que mamá murió…no puedes haber escuchado su voz. Ha de ser que la extrañas – le decía su hija.
¡No, no! Sus hijos se equivocaban. El no estaba loco; él la escuchaba hablar; debían creerle.
¿Acaso su mujer había regresado del más allá para vengar su muerte? Quizás ella no había muerto realmente y estaba tramando algo.
--Joaquín –le había dicho su yerno—perdone que sea rudo pero supongamos que fuese ella…¿cómo iba a hablar? ¿Olvida usted que con la caída se le destrozó un trozo de lengua?. Si hubiese sobrevivido no podría hablar ¡y no quiero creer que un hombre inteligente crea en fantasmas!
Consejos, puros consejos…Psicó logos, visitas a todo tipo de loqueros; nada le resultaba.
Nadie le creía: él la escuchaba hablar…ellos debían creerle, debían escucharla también.
Cuando destrozó el teléfono contra la pared -que permanecía en ese instante descolgado- se decidió: grabaría la voz de su mujer; nadie más lo tildaría de loco.
Removió cielo y tierra buscando esas viejas cintas de tape que su mujer siempre tenía. A ella le gustaba –como si no fuese suficiente- grabar su voz en medio de los chillidos familiares y luego torturarle sus oídos una y otra vez.
Apretó Record disimuladamente escondiendo entre almohadones el grabador. Fantasma o no ella no debería ver qué era lo que él se traía entre manos.
--Ahora hablá bruja…hablá….-comenzó a gritar como poseído-
Hubo sólo silencio.
Se desplomó cuando vio el espectro de su mujer frente a él, con la boca entreabierta… vacía, sin lengua, sin palabra articulada al aire…
--Esto te va a hacer bien papá; descansa.
Su hija le acomodaba el almohadón. Esa madrugada lo habían hallado inconsciente con un grabador entre sus manos.
--No te preocupes Papá, el médico dijo que la hemiplejia que tienes puede ser reversible; aunque no puedas más que mover los párpados…vas a recobrar el movimiento de a poco —dijo su hija mientras le daba un beso — sé que extrañas a mamá. Nos dijo el psicólogo que esto te ayudará a superar un poco su partida, aguarda…
Los ojos abiertos de Joaquín -casi sin movimiento- parecían llenarse de lágrimas mientras la voz de una mujer sonaba desde un grabador cantando el feliz cumpleaños, riendo y hablando sobre su familia.
Liliana Varela 2009
*De "Cuentos para no dormir" (de próxima aparición)
miércoles, 11 de febrero de 2009
La mano
I
Del desagüe salía una mano.
Cada vez que, al levantarse, intentaba lavar su rostro para deshacer con el agua los residuos de sus pesadillas, salía una mano del desagüe.
Al abrir la puerta cada mañana, una mano la acompañaba hasta el otro lado para abrirle el ascensor.
La misma mano, extendía su índice con ademán seguro y pulsaba la tecla B.
Allí, desaparecía.
Una vez que abandonaba el portal parecía estar sola.
Caminaba sola por las aceras.
El asfalto se confundía con los resquicios de la noche, pero la pesadilla no volvía a su mente.
A paso ligero, sin mirar hacia atrás por miedo a ver, sin mirar hacia delante por miedo a no ver; mirando hacia dentro de sí misma, deambulaba por las calles de cada día, siempre iguales y siempre diferentes.
En un edificio que le era hostil se iba dejando la piel cada mañana, eternos desconocidos que nunca la observaron, tampoco hoy percibirían su presencia.
Todo lo llevaba dentro, para qué mirar más allá de su propia mente.
Estaba allí, nadie lo sabía pero allí estaba. Ella podía sentirlo, se abandonaba a su caricia, se entregaba cada noche al roce de sus uñas, y su piel se sentía viva, su respiración se agitaba, le vibraba el alma y después, el sopor invadía sus entrañas.
Antes de caer en el sueño, notaba como unos nudillos ligeramente peludos acariciaban su sien.
Cuando llegaba el sueño, la mano desaparecía y, en su cerebro, quedaba un hueco inmenso, donde todas las pesadillas tenían cabida.
La mano volvía con el primer chorro de agua. Volvía por el desagüe de la ducha. Cuando las primeras gotas resbalaban por su barbilla y podía verla, la recibía con alborozo sabiendo que estaría con ella, dentro de ella, cada instante del día, ocupando el vacío dejado por las pesadillas de la soledad, llenando el vacío de la indiferencia de otros.
Era la mano amiga, la mano amante. La mano que guiaba sus pasos entre las brumas, la mano que la abandonaba al sueño, la mano que alentaba su propio aliento, el único afecto que la aferraba al mundo, que la invitaba a seguir, el único motivo de su existencia.
II
Llamó el vecino de abajo. El agua caía a torrentes desde su techo.
Todo parecía indicar que la inquilina del segundo había salido de viaje dejando algún grifo abierto.
El agua les había faltado tres días debido a las obras de la calle.
Dicen que nunca recibía visitas.
En el trabajo nadie la recuerda, ni siquiera saben su nombre. Se dieron cuenta de que llevaba días sin aparecer, porque ya no quedaban tazas limpias para el café en la sala de reuniones, los ceniceros estaban rebosados y en el suelo empezaba a ser evidente la falta de limpieza.
Estaba allí, su cuerpo inerte, hinchado, unas marcas en su cuello delataban que había sido estrangulada.
La puerta estaba cerrada y también las ventanas. Nadie las había forzado.
El fregadero lleno de platos sucios.
Sólo sus huellas por todas partes.
Tampoco hay señales de pelea.
Lo más extraño de todo es que el desagüe de la bañera no estaba taponado, los fontaneros tampoco han encontrado nada que pudiera estar obstruyendo la salida del agua y en los labios de la víctima aún se percibe una sonrisa de alegría, de consuelo, de esperanza, de plena felicidad, como cuando te reencuentras con un viejo amigo que en algún tiempo fue tu alter-ego.
Lena
Del desagüe salía una mano.
Cada vez que, al levantarse, intentaba lavar su rostro para deshacer con el agua los residuos de sus pesadillas, salía una mano del desagüe.
Al abrir la puerta cada mañana, una mano la acompañaba hasta el otro lado para abrirle el ascensor.
La misma mano, extendía su índice con ademán seguro y pulsaba la tecla B.
Allí, desaparecía.
Una vez que abandonaba el portal parecía estar sola.
Caminaba sola por las aceras.
El asfalto se confundía con los resquicios de la noche, pero la pesadilla no volvía a su mente.
A paso ligero, sin mirar hacia atrás por miedo a ver, sin mirar hacia delante por miedo a no ver; mirando hacia dentro de sí misma, deambulaba por las calles de cada día, siempre iguales y siempre diferentes.
En un edificio que le era hostil se iba dejando la piel cada mañana, eternos desconocidos que nunca la observaron, tampoco hoy percibirían su presencia.
Todo lo llevaba dentro, para qué mirar más allá de su propia mente.
Estaba allí, nadie lo sabía pero allí estaba. Ella podía sentirlo, se abandonaba a su caricia, se entregaba cada noche al roce de sus uñas, y su piel se sentía viva, su respiración se agitaba, le vibraba el alma y después, el sopor invadía sus entrañas.
Antes de caer en el sueño, notaba como unos nudillos ligeramente peludos acariciaban su sien.
Cuando llegaba el sueño, la mano desaparecía y, en su cerebro, quedaba un hueco inmenso, donde todas las pesadillas tenían cabida.
La mano volvía con el primer chorro de agua. Volvía por el desagüe de la ducha. Cuando las primeras gotas resbalaban por su barbilla y podía verla, la recibía con alborozo sabiendo que estaría con ella, dentro de ella, cada instante del día, ocupando el vacío dejado por las pesadillas de la soledad, llenando el vacío de la indiferencia de otros.
Era la mano amiga, la mano amante. La mano que guiaba sus pasos entre las brumas, la mano que la abandonaba al sueño, la mano que alentaba su propio aliento, el único afecto que la aferraba al mundo, que la invitaba a seguir, el único motivo de su existencia.
II
Llamó el vecino de abajo. El agua caía a torrentes desde su techo.
Todo parecía indicar que la inquilina del segundo había salido de viaje dejando algún grifo abierto.
El agua les había faltado tres días debido a las obras de la calle.
Dicen que nunca recibía visitas.
En el trabajo nadie la recuerda, ni siquiera saben su nombre. Se dieron cuenta de que llevaba días sin aparecer, porque ya no quedaban tazas limpias para el café en la sala de reuniones, los ceniceros estaban rebosados y en el suelo empezaba a ser evidente la falta de limpieza.
Estaba allí, su cuerpo inerte, hinchado, unas marcas en su cuello delataban que había sido estrangulada.
La puerta estaba cerrada y también las ventanas. Nadie las había forzado.
El fregadero lleno de platos sucios.
Sólo sus huellas por todas partes.
Tampoco hay señales de pelea.
Lo más extraño de todo es que el desagüe de la bañera no estaba taponado, los fontaneros tampoco han encontrado nada que pudiera estar obstruyendo la salida del agua y en los labios de la víctima aún se percibe una sonrisa de alegría, de consuelo, de esperanza, de plena felicidad, como cuando te reencuentras con un viejo amigo que en algún tiempo fue tu alter-ego.
Lena
lunes, 9 de febrero de 2009
LAS PRUEBAS DE LA INFAMIA
Puta que hace frío… También, quién me manda hacerme el eficiente, el todo terreno. En este galpón hasta las ratas se ríen de mí. Dije "yo me hago cargo" cuando el Dr. me pidió –no me ordenó, me pidió- que hiciera justicia en su nombre, que terminara con el insolente que se permitió pastar en sus propiedades, las de él, las del hombre más poderoso del lugar, que será una mierda pero es su feudo de mierda. Y con su mujer, se permitió, con la esposa del Señor del lugar, que será una sombra al lado de cualquiera de las pupilas que aloja en sus prostíbulos, pero que es la única Señora Peñaralta.
—Vos estás a cargo, Antonio, me respondés por mi seguridad. Y ahora te pido que me respondas por mi honor. Ese sacrílego tiene que morir, de muerte atroz, de muerte ejemplar, para que todos se enteren que con la propiedad del Dr. Peñaralta no se juega. Aunque sea un hueso tirado en el camino, no se juega. Esta noche viene, el jueputa. Quiero saber quién era el que venía a picotear, como si el gallinero fuera suyo. Y digo "era" porque me lo vas a mostrar muerto. Y a ella también. Los quiero muertos, Antonio, a los dos. Y quiero las pruebas de sus muertes aquí, en mi mesa, esta misma noche. Y si fracasás, Antonio, quiero tu muerte como pago.
Ya me había dicho –muchas veces- el viejo: "Cuidate, Antonio. Ya no hay principios, no hay leyes, no hay ni siquiera códigos". Nada de lo que te enseñé tiene valor. Ni la verdad, ni el honor, ni mucho menos la palabra. La violencia, el acomodo, la riqueza, valen, por el tiempo que duran".
Hoy soy el brazo de la ley. un empleado del Dr. Peñaralta, un poderoso de turno. Soy, como se dice, un esbirro. Y le tengo que cumplir. Identificar al insolente, y ajusticiarlo. Identificar a la Luciana, decirle que por bocona el patrón se viene a enterar de lo nuestro. ¡Me mandó que me suicide, el loco de mierda! Claro, porque no sabe, lo nuestro. Alguna alcahueteada, para ganar puntos, de algún maricón que no va a asomar la cara.
Si, viejo, sí. Fui un boludo. Donde se come… Pero cómo hago, viejo, Ud. que me está mirando –sí tiene razón, no me cuidé-, cómo zafo, viejo..Olvídese de heredar su nombre, continuar su estirpe. Voy a morir joven, sin nombre, nadie que me llore, no me hable de la Luciana, que ya la estoy viendo venir, que no viene sola, viene con ese pelandrún recién llegado al barrio, ese que viene sobándola, haciéndola reir y temblar, a la guacha, que otra vez metiéndole los cuernos al Dr, dos días que me ausento y ya se buscó otro, la reventada. Yo cuidando lo nuestro, borrando huellas a cada paso, y ésta a los gritos en plena calle, que si no los paro se hacen de exibición condicionada, yo me preparo ahora que la está arrinconando, está contenta la guacha, se rie como se reía conmigo. No si yo…
—¡Alto!¡Paren ahí! —nunca hacen caso, para qué lo digo. Inmediatamente el patuquito manotea el revolver, aprieta el gatillo, salen tres balazos, para dónde, digo yo, si tres balas mías se le introdujeron sin pedir permiso en ese cuerpo que buscaba caricias y encuentra plomo.
—¡Antonio!¡No es como vos pensás, Antoñito! No sabés cómo te extrañaba, pensé que volvías mañana, pero que alegría…
El Dr me la pidió en bandeja. Ella debe pensar que soy tan estúpido como el, que con dos mimitos alcanzan, así cai yo, viejo, la miré y no me cuide, pero ella está hermosa en su julepe, la mirada le brilla, las manos le tiemblan al hurgar en su cartera, quiere darme…
—¿Cómo? La pistolita –un juguetito ridículo- dispara sus tres tiros de norma que me dan de lleno y yo -como siempre, viejo- dándome cuenta tarde, Luciana que suelta el arma, como si le diera asco, pobrecita, se inclina, me mira, no hace falta mucho oficio para darse cuenta que me queda poco.
—Si me hubieras hecho caso, Antonio, todo esto sería nuestro, en unos días. Pero vos, que los códigos, que la palabra. Este, el gringuito, a vos, ni a la altura de los zapatos, lo enganché para abrir la caja fuerte. Me llevo como para tirar un tiempo en algún otro lado. No te molestés, yo me llevo todo. Si te llegás a salvar buscame, aunque no creo
El gringo murió. Luciana desapareció. El Dr. viene corriendo, con sus esbirros –todos, mehos yo, que estoy aquí pero me voy yendo-. Tiene razón viejo, pero ya es tarde. No pida que me pongan con Ud. allá, que nos vamos a amargar la muerte. Escuche lo que dice el patrón, por lo menos alguien me recuerda.
—Y este hombre, Luciano no sé cuánto, que dio la vida por cumplir su misión, es un ejemplo del empleado que quiero a mi servicio… —todos solemnes, reconociendo mis méritos—. ¿Tendrá alguien a cargo? Lástima, le podría dar una bonificación, que el Dr. Peñaralta sabe corresponder. Bueno, otra vez será, voy a poner una placa recordatoria.
© Carlos Adalberto Fernández
—Vos estás a cargo, Antonio, me respondés por mi seguridad. Y ahora te pido que me respondas por mi honor. Ese sacrílego tiene que morir, de muerte atroz, de muerte ejemplar, para que todos se enteren que con la propiedad del Dr. Peñaralta no se juega. Aunque sea un hueso tirado en el camino, no se juega. Esta noche viene, el jueputa. Quiero saber quién era el que venía a picotear, como si el gallinero fuera suyo. Y digo "era" porque me lo vas a mostrar muerto. Y a ella también. Los quiero muertos, Antonio, a los dos. Y quiero las pruebas de sus muertes aquí, en mi mesa, esta misma noche. Y si fracasás, Antonio, quiero tu muerte como pago.
Ya me había dicho –muchas veces- el viejo: "Cuidate, Antonio. Ya no hay principios, no hay leyes, no hay ni siquiera códigos". Nada de lo que te enseñé tiene valor. Ni la verdad, ni el honor, ni mucho menos la palabra. La violencia, el acomodo, la riqueza, valen, por el tiempo que duran".
Hoy soy el brazo de la ley. un empleado del Dr. Peñaralta, un poderoso de turno. Soy, como se dice, un esbirro. Y le tengo que cumplir. Identificar al insolente, y ajusticiarlo. Identificar a la Luciana, decirle que por bocona el patrón se viene a enterar de lo nuestro. ¡Me mandó que me suicide, el loco de mierda! Claro, porque no sabe, lo nuestro. Alguna alcahueteada, para ganar puntos, de algún maricón que no va a asomar la cara.
Si, viejo, sí. Fui un boludo. Donde se come… Pero cómo hago, viejo, Ud. que me está mirando –sí tiene razón, no me cuidé-, cómo zafo, viejo..Olvídese de heredar su nombre, continuar su estirpe. Voy a morir joven, sin nombre, nadie que me llore, no me hable de la Luciana, que ya la estoy viendo venir, que no viene sola, viene con ese pelandrún recién llegado al barrio, ese que viene sobándola, haciéndola reir y temblar, a la guacha, que otra vez metiéndole los cuernos al Dr, dos días que me ausento y ya se buscó otro, la reventada. Yo cuidando lo nuestro, borrando huellas a cada paso, y ésta a los gritos en plena calle, que si no los paro se hacen de exibición condicionada, yo me preparo ahora que la está arrinconando, está contenta la guacha, se rie como se reía conmigo. No si yo…
—¡Alto!¡Paren ahí! —nunca hacen caso, para qué lo digo. Inmediatamente el patuquito manotea el revolver, aprieta el gatillo, salen tres balazos, para dónde, digo yo, si tres balas mías se le introdujeron sin pedir permiso en ese cuerpo que buscaba caricias y encuentra plomo.
—¡Antonio!¡No es como vos pensás, Antoñito! No sabés cómo te extrañaba, pensé que volvías mañana, pero que alegría…
El Dr me la pidió en bandeja. Ella debe pensar que soy tan estúpido como el, que con dos mimitos alcanzan, así cai yo, viejo, la miré y no me cuide, pero ella está hermosa en su julepe, la mirada le brilla, las manos le tiemblan al hurgar en su cartera, quiere darme…
—¿Cómo? La pistolita –un juguetito ridículo- dispara sus tres tiros de norma que me dan de lleno y yo -como siempre, viejo- dándome cuenta tarde, Luciana que suelta el arma, como si le diera asco, pobrecita, se inclina, me mira, no hace falta mucho oficio para darse cuenta que me queda poco.
—Si me hubieras hecho caso, Antonio, todo esto sería nuestro, en unos días. Pero vos, que los códigos, que la palabra. Este, el gringuito, a vos, ni a la altura de los zapatos, lo enganché para abrir la caja fuerte. Me llevo como para tirar un tiempo en algún otro lado. No te molestés, yo me llevo todo. Si te llegás a salvar buscame, aunque no creo
El gringo murió. Luciana desapareció. El Dr. viene corriendo, con sus esbirros –todos, mehos yo, que estoy aquí pero me voy yendo-. Tiene razón viejo, pero ya es tarde. No pida que me pongan con Ud. allá, que nos vamos a amargar la muerte. Escuche lo que dice el patrón, por lo menos alguien me recuerda.
—Y este hombre, Luciano no sé cuánto, que dio la vida por cumplir su misión, es un ejemplo del empleado que quiero a mi servicio… —todos solemnes, reconociendo mis méritos—. ¿Tendrá alguien a cargo? Lástima, le podría dar una bonificación, que el Dr. Peñaralta sabe corresponder. Bueno, otra vez será, voy a poner una placa recordatoria.
© Carlos Adalberto Fernández
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