Así de simple. Sin escándalo.
Vibrante el sonido de esa Voz. Adentrándose, deslizándose suave, sin escándalo, en esas tinieblas de ese pueblo fantasma. Voz que arde, que horada, que empuja, que goza.
La oscuridad y el sigilo se entrelazan. Fornican plácidos entre las sombras de los cuerpos vírgenes. Penetran en las largas noches del alma. Los intuyen los sentidos internos. Sin escándalo. Copulan ahogados y con las bocas mudas. Acceden sin herir, sin llamar al dolor. Lenguas reptan por los pliegues de la carne interna. Se regodean hasta el fondo del pozo. Natura los mece apaciblemente, sin hacer uso del escándalo.
Simple. Así de Simple
Muy lejos de allí se despierta un caminante. Se despereza. Desnudo se alza del camastro y sin dudar un momento, emprende un largo viaje. Va atento buscando y encontrando lo que ha de fardar. Callado, absorto, lerdo, guiado por la Luz. Siguiéndola, trilla mil sendas. Deja en cada palmo algo de su archivo. Quiere el mejor alfayate que le fabrique un vestido regio para ir a una boda. Va al encuentro de su Novia.
En ese recorrido, llega al parque central de una villa donde encuentra a un maestro predicando. Se queda a escucharlo. Se entusiasma con el ardor que ese hombre le pone al discurso. Muy adentro de su ser, sus sentidos internos, atentos confrontan el mensaje de ese orador. Sigue escuchándolo. De pronto le llega el resultado del análisis de esa arenga. Decepcionado baja la cabeza, da la vuelta y sigue su andar. A sus espaldas va dejando la perorata del hábil ilustrado.
Mas adelante encuentra el Río, alguien lo tiñó de rojo. Pregunta a los lugareños el por qué de ese color y todos le contestan al unísono que una virgen fue violada y que después del crimen le escurrieron las entrañas en esas aguas. Simple, Así de simple. Abusaron sus carnes, sus emociones y pensamientos. Laceraron su mutismo. Quedó profanada su Arca. Desparramado en el ambiente ha quedado su secreto.
Simple. Así de simple.
Los criminales, escandalosos, ahora vociferan que “ellos” eran los dueños de su aliento.
Aquella antigua y dulce “Voz”a ella ya no le llega. Quedó sin inocencia, sin candor. Forzado su portal. Ella, una más ante el silencio cómplice. No hay caminos, solo una triste huella. Un débil rastro que se fuma el viento.
Aquel caminante siguió atientas, inerme, triste por siempre, por aquellos caminos inciertos… No quiere escuchar los discursos ilustrados ni desea volver a ver ríos de aguas rojas. Solo añora su camastro y la junta lasciva con la oscuridad y el sigilo. Quedó hastiado del mundo que vio, lleno de maestros, pero... ¿Sabios?
¡Así de simple!
Ana Lucía Montoya R.
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos."
sábado, 30 de mayo de 2009
miércoles, 27 de mayo de 2009
BIOGRAFIA DE UNA TRAICIÓN
Desde mis primeros años viví sepultada entre la picana de dos miradas.
La que acompañaba a mi madre, cómplice sin quererlo, a sus encuentros amorosos clandestinos. La del retorno, cuando mi padre me esperaba con esos ojos verdes saltones inquiriéndome, que tal me fue en la tarde de calesitas.
Malestar y desasosiego ardiéndome en el ácido del iris del alma.
¿Como decirle a él lo que podría causarle tanto dolor?
¿Cómo decirle a ella no te quiero acompañar, desintegrada en el pis del temor de los azotes en el rostro?
De todas maneras hoy retumba la palabra que mi padre decía siempre: hipócrita.
Una niña mentirosa no es más que un gran temblor, golpeando sus rodillas en el tiritar siempre de lo mismo. El adentro solo dice te amo, perdóname.
La madre tan valentona y prepotente que necesitaba de una coraza tan pequeñita para sus tretas. Dentro de cada uno de ellos, hay un hombre y una mujer desconocidos por mí.
Cada uno con su suerte o su desgracia, el destino que quisieron hilvanar en sus vidas, tironeando del hilo de mi pellejo.
Se me escapa la palabra Traición: abandono de las propias filas. A veces el territorio que te ha dado vida es tan doloroso, la patria tan impiadosa que te vuelves fusil, proyectil y hueco, o te reviertes en revolucionaria. Entonces traicionas y te vas lejos de esas columnas, te vas a un lugar desconocido a plantar tu propia bandera a ser tu Crusoe, sin mapas ni testamentos.
Llevas una memoria que por no perderla, la dejas colgada del pico de un pájaro, para que la lleve a volar lejos y que puedas respirar una parte nueva y más vital.
No hay nada más hermoso que ir hacia lo desconocido. Por aquello de que barro es la
el complot de tierra y agua, es que entrego mi elemento latifundio, para que con tus lluvias, hagamos ese barro alfarero desde donde pudiéramos hacernos al Hombre nuevo.
Mezcla de dos, argamasa de amor, exploración hasta la última gota de sed, rebuscar con nuestros dedos los oligoelementos que no se han descubierto, cerrar los ojos para abrir el alma y sentirse tan próximos uno del otro, que lo real sea sólo aquello con lo que se sueña. Y te sueño cada día más tibio en mí. El corazón late la palabra Traición para que te vengas desnudo de nación, para que te exilies en mis brazos, para que sepas que lo mágico no es aquello que se saca de la galera, sino justamente eso, que al lograrlo público, no se ve pero la imaginación lo hace sentir con el calor de la lava y el brillo de estrella y te laten todas las esperanzas y recuperas al niño y sos gavilán y paloma y el sol ilumina más impúdico, pero libre.
Lo cotidiano que asfixia con su marcha monótona a lo que puede llamarse amor, esa si que es una acción dispuesta para ser traicionada. Ella su propia victima y verdugo.
Nosotros, como tótem que no pueden ver, ni oír tampoco podemos escaparnos a estas ansias locas de escribirlo. Porque cada látigo que pegue con mis letras será la marca con cuánto dolor, profundidad y amor, te necesito mío. Desde la traición original, te marco en el beso morisco-mordisco de tu manzana, amén a que resuelvas volver sobre los pasos del edén y te caigas sobre mi como el ángel-diablo, más humano-más divino.
Faany G. Jaretón
La que acompañaba a mi madre, cómplice sin quererlo, a sus encuentros amorosos clandestinos. La del retorno, cuando mi padre me esperaba con esos ojos verdes saltones inquiriéndome, que tal me fue en la tarde de calesitas.
Malestar y desasosiego ardiéndome en el ácido del iris del alma.
¿Como decirle a él lo que podría causarle tanto dolor?
¿Cómo decirle a ella no te quiero acompañar, desintegrada en el pis del temor de los azotes en el rostro?
De todas maneras hoy retumba la palabra que mi padre decía siempre: hipócrita.
Una niña mentirosa no es más que un gran temblor, golpeando sus rodillas en el tiritar siempre de lo mismo. El adentro solo dice te amo, perdóname.
La madre tan valentona y prepotente que necesitaba de una coraza tan pequeñita para sus tretas. Dentro de cada uno de ellos, hay un hombre y una mujer desconocidos por mí.
Cada uno con su suerte o su desgracia, el destino que quisieron hilvanar en sus vidas, tironeando del hilo de mi pellejo.
Se me escapa la palabra Traición: abandono de las propias filas. A veces el territorio que te ha dado vida es tan doloroso, la patria tan impiadosa que te vuelves fusil, proyectil y hueco, o te reviertes en revolucionaria. Entonces traicionas y te vas lejos de esas columnas, te vas a un lugar desconocido a plantar tu propia bandera a ser tu Crusoe, sin mapas ni testamentos.
Llevas una memoria que por no perderla, la dejas colgada del pico de un pájaro, para que la lleve a volar lejos y que puedas respirar una parte nueva y más vital.
No hay nada más hermoso que ir hacia lo desconocido. Por aquello de que barro es la
el complot de tierra y agua, es que entrego mi elemento latifundio, para que con tus lluvias, hagamos ese barro alfarero desde donde pudiéramos hacernos al Hombre nuevo.
Mezcla de dos, argamasa de amor, exploración hasta la última gota de sed, rebuscar con nuestros dedos los oligoelementos que no se han descubierto, cerrar los ojos para abrir el alma y sentirse tan próximos uno del otro, que lo real sea sólo aquello con lo que se sueña. Y te sueño cada día más tibio en mí. El corazón late la palabra Traición para que te vengas desnudo de nación, para que te exilies en mis brazos, para que sepas que lo mágico no es aquello que se saca de la galera, sino justamente eso, que al lograrlo público, no se ve pero la imaginación lo hace sentir con el calor de la lava y el brillo de estrella y te laten todas las esperanzas y recuperas al niño y sos gavilán y paloma y el sol ilumina más impúdico, pero libre.
Lo cotidiano que asfixia con su marcha monótona a lo que puede llamarse amor, esa si que es una acción dispuesta para ser traicionada. Ella su propia victima y verdugo.
Nosotros, como tótem que no pueden ver, ni oír tampoco podemos escaparnos a estas ansias locas de escribirlo. Porque cada látigo que pegue con mis letras será la marca con cuánto dolor, profundidad y amor, te necesito mío. Desde la traición original, te marco en el beso morisco-mordisco de tu manzana, amén a que resuelvas volver sobre los pasos del edén y te caigas sobre mi como el ángel-diablo, más humano-más divino.
Faany G. Jaretón
domingo, 24 de mayo de 2009
Nico Chavito / Cuento
Este es un pueblo cagao. Yo no quiero que me entierren aquí: Nicolás González «Chavito»
Nico Chavito, quien vivió en los fondos de Pueblo Nuevo, dijo que él no sabe cómo entró el pecado a su carne y a su consciencia. Alguna vez vio la Crátera de Apolo y se entretuvo en la noche con tal pensamiento. El miraba al cielo nocturno, con la esperanza de observar la constelación de las Pléyades. Dijo que estuvo sediento de espíritu, pero no supo buscar la susodicha alma. Que las Pléyades mientan a las palomas y la paz del espíritu. Que donde quiera que observa para dar mentís a su fe, siente la habladuría de la lujuria, la codicia usurpadora y una miseria decepcionante. Se cuida de recibir una disciplina reaccionaria y represora; pero no tiene la fuerza para negarse a ejercerla él mismo.
A Nico Chavito le dicen que es poca cosa. El no sabe por qué. Lo olvidó. O se hace el sueco. Quizás es que él no progresa, como quiere. No tiene más presunción que la Vespa, aunque algunos amigos suyos se acreditan con la ambición de moda. Ser rico, serlo cuán rápidamente sea posible. Irse en búsqueda de los Verdes Prados / in USA / porque ya la inteligencia se acabó. Galbraith, el economista de moda, preconiza el Estado Pordiosero. Papá-Estado da mantengo y la sociedad de los ricos sostiene a los tontos en esta moderna permisividad de nenes lindos, caprichosones y piquitos de oro. Nico filosofa a veces, quejosamente, que el Estado Pordiosero todavía no le ha dado nada. Miserias que ofrezca el Mantengo que se la den a quien no pueda irse a New York a sacar dólares del judío, al riesgo de batirse con negros e italianos, o sucumbir a este demonio, la tecata...
El Adversario alega que no hay verdad. El ser es incognoscible. Esa es la forma en que entró el pecado: la mentira, según Nico y, ¿por qué no? El olvido ayuda. «Nadie está interesado en nadie, verdaderamente. Menos en este pueblo cagao». No hay verdad. Ni progreso. Ni pan ni tierra ni libertad. No hay ni mierda.
Nico fracasó, por causa del Demonio, en la tarea de buscar, con corazón sincero, un aleluya al Señor para su boca. Y le echan la culpa al Dr. Spock y Luis Ferré. Y en Pepino, a Mon Román y Piro Pérez Cancio. En este pueblo, sin memoria, se nos mira como a pulgas. Se nos minusculiza. Uno no es quien quiere ser y no es a otros ojos como es uno. Lo empequeñecen. El no es Nicolás. Es Nico. Y, visto según él mismo lo ve, parece que a su vida han puesto un precio de centavo. Por esta razón, tiene un coraje hoy y no trae de la grifa que le gusta. Ni un corte de heroína.
Este es un viajero en monkey hunt. O sea, en el esparcimiento. Esta noche se desvelará hasta que salga esa paloma misteriosa que él llama la Serenidad de la Inspiración. El espíritu en sí encarnado. Así podrá sacar los arpegios sublimes a su guitarra. Ya verá el grupo de bohemios las sorpresas que Nico Chavito da.
Dijo que ha querido que su vida transcurra distinta a lo que ha sido. Es un rezongón con las pléyades que le niegan luz. Refunfuña a su mujer. Está casado y la castiga. Tiene en la mira a una dominicana que habla inglés y le pide: «Introduce Charley!» O sea, dáme pinga, puertorro... El dice que es anti-retributivo, pero, cuando el instinto llama él va. Ofrece el «Banging Off» de las pléyades oscuras. Se va a la playa en su bici Vespa... y no quiere ser así, pero se le hace tan arduo calcular el placer y el dolor. El no dice, al pasar un buen rato e irse con amigos a festejar la alegría, que Magui tiene el mismo derecho. Es un ultramontano bestial. El le pega el cuerno y lo que sea que truene. Dijo que la soledad ya ni pueda nutrirse de él. Ya está creada con ese robar contínuo del Establecimiento y es la verdadera Babilonia, sumándose al alma, embotándola hasta dejarlo ciego ante la luz y ciego por las tinieblas.
Sus amigos que llegan de Perth Amboy, Brooklyn o el Bronx, son glotones. Unos puercazos en materia de la yerba. Lo instruyeron con sus trucos para el pánico con ácido, polvo de baterías, ajax y Alka Selzer. Nico siempre anda volando, wigged out, pese a que dice que las nifiadas son sábados y domingo. Mientras inhala, suspira una frase que parece quejumbrosa. o la satisfacción de su gratificada voluntad: «Ay, mi hermanito».
Anol Morales es otro de los serenateros. Vivió en el Sur del Bronx. Allá adquirió el tono de jodedor con que se estila. «Tú sabes, pana, tengo que meterme algo para afinar la nota». Y tú sabes, you know, tú sabes, you know, mi pana. Andaba con su cucharita, siempre callado, observador, creyendo que lo sabe todo. El es quizás hasta más iluminado que Nico. Aunque a veces parece, borderliner schizo, paranoico, con tanto... tú sabes, mi pana, tanta jeringa en la vena, quien cuando adolescente, en la escuela secundaria se sacaba el puntaje de excelencia, 4 puntos exactos. Mas ha perdido la fe y en el 1966, lo perturba la adicción y el alcoholismio. .. No cosechó la dicha ni con el matrimonio.. . Se casó con una hija de Nery Soto y de sus tres hijas, que han crecido bonitas, una de 18 años de edad se lanzó al vacío desde el balcón de un hotel del Condado y «tú sabes, pana, duele, you know». «Fue para acabar de joderlo», dice Nico.
Paco El Bolo, quien trabaja en la Central Plata, se unió a la jodedera en Pueblo Nuevo. No se sabe si es la posguerra miseriosa o el triunfalismo anticomunista de Hoover y McCarthy, no se sabe si el anti-soberanismo local, todo se combina con esta edad de oro muñocista, que dio ya el Pan y se olvidó de la Tierra... «La libertad a la mierda, como Albizu», dice El Bolo a su hermana que ha llegado de Columbia University al Pepino... «¿Quién hay que sueñe con las verdaderas libertades?» De cierto que de su grupo serenatero, ninguno. Ningno de los compinches de Paco el Bolo.
Sara Rivera, su hermana, maestra de matemáticas, lo aconseja en vano. La otra hermana, Matilde, enseña el español en los colegios. Estudió un posgrado en la Columbia University. En el decenio del '50, ella fue una profesora de méritos. Pensaba en la libertad patria; pero, con la paciencia de un maestro. Es académica, orgulllo para cualquier nación; pero...Paco, siendo ya padre de Magui, linda y cachendosa, es árbol que anda torcido. «No te ha faltado el consejo. Y son las amistades. O más bien, el machismo».
Los amigos y él no saben cómo Nico acumula espadas y bastos. Cómo le hace para vivir, mal que bien, y sostener a su familia. Ya saben que Magui, si por algo le ha peleado, es para que se cuide. El se jacta de que el Demonio lo tienta con más de una mujer. La revienta de celos y la golpea.
Ya que se compró una Vespa, se va en aras de sabiduría de lo Alto, posiblemente, para atravesar la circularidad del tiempo y saber de los secretos del Eterno Retorno. Estuvo de moda la dichosa Vespa y colocarse al hombro un hatillo de viajero y esperar el Sol en el Oriente y comenzar desde el Norte de la Nariz a nifiarse el Sur del ombligo. «Excuse me, but my nature calls!». A veces temen que se quede un viaje y no pueda seguir tocando la guitarra. Así él se gana sus pesos.
El día que conquistó a Magui se sentía el dueño del Nuevo Comienzo y era, en realidad, el dueño del Final, porque se hizo más vicioso. Y cada día más loco. Más irresponsable. Ella le dijo que buscara de Dios. Que no se indulga tanto en la vida mala: el placer, la impaciencia, el escapismo. Entonces, se la cingó por el ano, porque sabía que, en tales asuntos, ella es pudorosa. Muy chapada a la antigua. El no. El es macuarro. Sus amigos le dicen, como la dominicana, you're a poofy poper. Un puerco, apestoso adicto.
Y le da el mismo ataque de risa que verificó con ella después de verla llorar. Fue la primera vez que supo que Magui temblaba y, por miedo, hasta se orinaba encima.
El conoció la rosa blanca del amor puro. Pensó que la vio al conocer a Magui, hija de Paco el Bolo. Pero se ha sentido crecido. Es tan indeciso, sin fe. Un pichiruche. Con la greefa, Nico filosofa sobre la consciencia cósmica. O más bien, pierde la noción de tiempo sin sacar nada en claro. No es gente que lea y estudie. El cree en vuelos, en que se le regale el misterio sin buscarlo.
Ahora la serenata se extiende y perdura. No le ha sacado brillo a la guitarra. Hasta la consciencia le dice que es músico mediocre. «Y no es verdad», perjura él y le dice a los serenateros.
«Sosténme la guitarra, hermanito. Ya es hora de que ponga remedio a ésto». De la misma, hebilla y chapa de su correa, saca su navajita, sus químicos de batería, el surtido de polvos. Y se nifea, con un gusto profundo. Y, adelante, a cantar el que canta y a escucharlo, porque estos acordes vienen inspirados.
2.
«¿Qué te metíste, Nico?»
«Tocaste como nunca».
«Es Magui que te tiene enamorado, ¿verdad?»
Explica que es algo que sabe sobre la duración y el tedio. El tiempo es artificial. Si el Eterno Dios se caga y se mea en el tiempo, lo ignora porque es invención humana, cosa-ídolo de la Babilonia, si Dios no cree en las pendejadas del Greedy Pig, hasta el rico-comemierda, todo el mundo, pueden esperar.
«Hasta Magui», lo chotean.
«Que Magui espere, mi hermano», reenfatiza Nico Chavito.
«¡Qué suerte tienes, Nico!», han comentado más de una vez sin sentir que él se molesta. Magui es una hembrota. Esto dicho por alguno con malicia.
«Es tu musa, Nico».
Que no haya enconos. Cierto es que aluden a Magui como una rosa blanca. Como magi. Magia. La niña es un sol. Un sol que le da una oportunidad de ser feliz en esta era de hijodelagranputas. Y él no oye consejos. En su lugar, por escuchar estas cosas, en vez de contento, se encela. El hatillo de viajero (al que llama su consciencia, su superconsciencia de guachimán cósmico) está con agujeros. En vez de oro de sol y copas, dentro de la talega, para que inicie su viaje tan anhelado en el curso de los días, lleva únicamente el papel que corta del testamento, deshojándolo para enrolar su greefa. Mario Román, trompetista de la banda municipal de Toño Vega, al verles en los viajes de las tecaterías, dejó de frecuentarlo. Sólo dijo: «Pobre Magui; no sé cómo lo soporta como yerno Paco el Bolo».
Nico Chavito es lo que llaman un popper, poofy / asqueroso popper, no siempre tiene para ácido bueno, heroína no cortada ...y no que no haya tenido sus verdes prados, esparciendo mota para los glotones. A veces piensa que se le mete el diablo. Y que no hay Felices ' 50, como dice la gente de La Pava. Por lo menos, Pueblo Nuevo sigue siendo lo mismo. «Pepino es un pueblo cagao», donde día a día se mira a Wilson, gritando TI TI TI, desde esa cabecita con boca del tamaño de un puño. A veces es Rita la pordiosera o el negro Coconé, quien lo entristece.. .
Como lo ha mortificado que vean más mérito en ella que en él y él no es nada retributivo, los ha citado a la casa a todos. Ya saben lo que Nico pretende. No es la primera vez. Y, en fin, que ha convencido a uno, uno que no lo sabe.
«Nico con química en la cabeza es cabrón. No vayas. Mira que es tarde».
«¿Qué es lo que quieres que vea, Nico?»
«El poder del espíritu mío».
«Confieso que tocaste como genio en contacto con la musa».
«¿Musa? ¿Quieres ver cómo llora una musa?»
«¡No! ¿Cómo te inspira?»
«Quiero que presencies cómo llora una mujer».
Y a esa hora, 2:30 de la madrugada, llevó al amigo a la casa. Abrió la puerta con sigilo; pero, una vez dentro dio gritos y puños en la puerta de la habitación conyugal. El visitante vio que ella salió medio asustada, vestida con una bata.
«Mujer, ¿por qué no salíste a recibirnos o me esperaste en la sala? Tenemos una visita. ¿Qué va a pensar de nosotros?»
«No sabía», dijo con una voz casi inexistente.
En el área de cocina, estaba parado el visitante y Nico se le acercó, susurrándole al oído: «Lo que vas a ver te sorprenderá». Paso seguido, revisó un caldero.
«Oye, nena, no veo ni una sopita Campbell hecha».
«Si quieres, te la preparo».
«Al menos un café para el amigo».
Ella se abriga bien con su bata, da unos pasos a la cocina, pero ya está temblando. Nico sonríe con triunfo.
«No. Ya me hicíste quedar mal».
«No tardo».
«¿Como la que me hicíste ayer? ¿Una sopa sin sabor, una sopa insípida de mierda?»
«Como ya es tarde».
«¡Cállate! Me voy ahora mismo con la dominicana; pero te voy a dar antes unos burrunazos para que me aprendas a atender como se debe».
Y la simple palabra burronazo la hizo orinarse en las pantaletas.. . Suellta su llanto a lágrima viva, suplicándole a Nico: «¡Chavito, no me pegues!»
«Vela. Mira eso», pide al visitante.
Con el mero amago de Nico y el instinto de escapada de Magui se produjo un charco de meados a su paso. El amigo vio la musa en angustia y lo sorprendió un escalofrío. El agresor sólo se ensanchó con su ataque de risa y dijo a su amigo: «Vamos a echarnos una cervecita por ahí. El bar de Millán está abierto...»
3.
A mediados de 1975, cuando murió, no se le enterró en Pepino. Se supo que no lo había querido. Y no que el pueblo y sus mujeres no lo hayan perdonado. El formó un grupo religioso, cambió su vida. Era seguido y tenía, junto a otros, su templo y sus predicaciones. Ya hablaba como un hombre arrepentido.
Dijo que, al fin, supo cómo el pecado entró a su carne y a su consciencia. Cada día observa la Crátera de Apolo y se entretuvo en la noche, en oración, con tal pensamiento. Todavía mira al cielo nocturno, y observa la constelación de las Pléyades cuando el cielo es claro. Dijo que estuvo sediento de espíritu. Está en lo profundo del alma. Añadió que las Pléyades mientan a las palomas y la paz del espíritu. Y la última palabra que dijo, ya viejito, fue: Amén.
Del libro inédito / El pueblo en sombras
Nico Chavito, quien vivió en los fondos de Pueblo Nuevo, dijo que él no sabe cómo entró el pecado a su carne y a su consciencia. Alguna vez vio la Crátera de Apolo y se entretuvo en la noche con tal pensamiento. El miraba al cielo nocturno, con la esperanza de observar la constelación de las Pléyades. Dijo que estuvo sediento de espíritu, pero no supo buscar la susodicha alma. Que las Pléyades mientan a las palomas y la paz del espíritu. Que donde quiera que observa para dar mentís a su fe, siente la habladuría de la lujuria, la codicia usurpadora y una miseria decepcionante. Se cuida de recibir una disciplina reaccionaria y represora; pero no tiene la fuerza para negarse a ejercerla él mismo.
A Nico Chavito le dicen que es poca cosa. El no sabe por qué. Lo olvidó. O se hace el sueco. Quizás es que él no progresa, como quiere. No tiene más presunción que la Vespa, aunque algunos amigos suyos se acreditan con la ambición de moda. Ser rico, serlo cuán rápidamente sea posible. Irse en búsqueda de los Verdes Prados / in USA / porque ya la inteligencia se acabó. Galbraith, el economista de moda, preconiza el Estado Pordiosero. Papá-Estado da mantengo y la sociedad de los ricos sostiene a los tontos en esta moderna permisividad de nenes lindos, caprichosones y piquitos de oro. Nico filosofa a veces, quejosamente, que el Estado Pordiosero todavía no le ha dado nada. Miserias que ofrezca el Mantengo que se la den a quien no pueda irse a New York a sacar dólares del judío, al riesgo de batirse con negros e italianos, o sucumbir a este demonio, la tecata...
El Adversario alega que no hay verdad. El ser es incognoscible. Esa es la forma en que entró el pecado: la mentira, según Nico y, ¿por qué no? El olvido ayuda. «Nadie está interesado en nadie, verdaderamente. Menos en este pueblo cagao». No hay verdad. Ni progreso. Ni pan ni tierra ni libertad. No hay ni mierda.
Nico fracasó, por causa del Demonio, en la tarea de buscar, con corazón sincero, un aleluya al Señor para su boca. Y le echan la culpa al Dr. Spock y Luis Ferré. Y en Pepino, a Mon Román y Piro Pérez Cancio. En este pueblo, sin memoria, se nos mira como a pulgas. Se nos minusculiza. Uno no es quien quiere ser y no es a otros ojos como es uno. Lo empequeñecen. El no es Nicolás. Es Nico. Y, visto según él mismo lo ve, parece que a su vida han puesto un precio de centavo. Por esta razón, tiene un coraje hoy y no trae de la grifa que le gusta. Ni un corte de heroína.
Este es un viajero en monkey hunt. O sea, en el esparcimiento. Esta noche se desvelará hasta que salga esa paloma misteriosa que él llama la Serenidad de la Inspiración. El espíritu en sí encarnado. Así podrá sacar los arpegios sublimes a su guitarra. Ya verá el grupo de bohemios las sorpresas que Nico Chavito da.
Dijo que ha querido que su vida transcurra distinta a lo que ha sido. Es un rezongón con las pléyades que le niegan luz. Refunfuña a su mujer. Está casado y la castiga. Tiene en la mira a una dominicana que habla inglés y le pide: «Introduce Charley!» O sea, dáme pinga, puertorro... El dice que es anti-retributivo, pero, cuando el instinto llama él va. Ofrece el «Banging Off» de las pléyades oscuras. Se va a la playa en su bici Vespa... y no quiere ser así, pero se le hace tan arduo calcular el placer y el dolor. El no dice, al pasar un buen rato e irse con amigos a festejar la alegría, que Magui tiene el mismo derecho. Es un ultramontano bestial. El le pega el cuerno y lo que sea que truene. Dijo que la soledad ya ni pueda nutrirse de él. Ya está creada con ese robar contínuo del Establecimiento y es la verdadera Babilonia, sumándose al alma, embotándola hasta dejarlo ciego ante la luz y ciego por las tinieblas.
Sus amigos que llegan de Perth Amboy, Brooklyn o el Bronx, son glotones. Unos puercazos en materia de la yerba. Lo instruyeron con sus trucos para el pánico con ácido, polvo de baterías, ajax y Alka Selzer. Nico siempre anda volando, wigged out, pese a que dice que las nifiadas son sábados y domingo. Mientras inhala, suspira una frase que parece quejumbrosa. o la satisfacción de su gratificada voluntad: «Ay, mi hermanito».
Anol Morales es otro de los serenateros. Vivió en el Sur del Bronx. Allá adquirió el tono de jodedor con que se estila. «Tú sabes, pana, tengo que meterme algo para afinar la nota». Y tú sabes, you know, tú sabes, you know, mi pana. Andaba con su cucharita, siempre callado, observador, creyendo que lo sabe todo. El es quizás hasta más iluminado que Nico. Aunque a veces parece, borderliner schizo, paranoico, con tanto... tú sabes, mi pana, tanta jeringa en la vena, quien cuando adolescente, en la escuela secundaria se sacaba el puntaje de excelencia, 4 puntos exactos. Mas ha perdido la fe y en el 1966, lo perturba la adicción y el alcoholismio. .. No cosechó la dicha ni con el matrimonio.. . Se casó con una hija de Nery Soto y de sus tres hijas, que han crecido bonitas, una de 18 años de edad se lanzó al vacío desde el balcón de un hotel del Condado y «tú sabes, pana, duele, you know». «Fue para acabar de joderlo», dice Nico.
Paco El Bolo, quien trabaja en la Central Plata, se unió a la jodedera en Pueblo Nuevo. No se sabe si es la posguerra miseriosa o el triunfalismo anticomunista de Hoover y McCarthy, no se sabe si el anti-soberanismo local, todo se combina con esta edad de oro muñocista, que dio ya el Pan y se olvidó de la Tierra... «La libertad a la mierda, como Albizu», dice El Bolo a su hermana que ha llegado de Columbia University al Pepino... «¿Quién hay que sueñe con las verdaderas libertades?» De cierto que de su grupo serenatero, ninguno. Ningno de los compinches de Paco el Bolo.
Sara Rivera, su hermana, maestra de matemáticas, lo aconseja en vano. La otra hermana, Matilde, enseña el español en los colegios. Estudió un posgrado en la Columbia University. En el decenio del '50, ella fue una profesora de méritos. Pensaba en la libertad patria; pero, con la paciencia de un maestro. Es académica, orgulllo para cualquier nación; pero...Paco, siendo ya padre de Magui, linda y cachendosa, es árbol que anda torcido. «No te ha faltado el consejo. Y son las amistades. O más bien, el machismo».
Los amigos y él no saben cómo Nico acumula espadas y bastos. Cómo le hace para vivir, mal que bien, y sostener a su familia. Ya saben que Magui, si por algo le ha peleado, es para que se cuide. El se jacta de que el Demonio lo tienta con más de una mujer. La revienta de celos y la golpea.
Ya que se compró una Vespa, se va en aras de sabiduría de lo Alto, posiblemente, para atravesar la circularidad del tiempo y saber de los secretos del Eterno Retorno. Estuvo de moda la dichosa Vespa y colocarse al hombro un hatillo de viajero y esperar el Sol en el Oriente y comenzar desde el Norte de la Nariz a nifiarse el Sur del ombligo. «Excuse me, but my nature calls!». A veces temen que se quede un viaje y no pueda seguir tocando la guitarra. Así él se gana sus pesos.
El día que conquistó a Magui se sentía el dueño del Nuevo Comienzo y era, en realidad, el dueño del Final, porque se hizo más vicioso. Y cada día más loco. Más irresponsable. Ella le dijo que buscara de Dios. Que no se indulga tanto en la vida mala: el placer, la impaciencia, el escapismo. Entonces, se la cingó por el ano, porque sabía que, en tales asuntos, ella es pudorosa. Muy chapada a la antigua. El no. El es macuarro. Sus amigos le dicen, como la dominicana, you're a poofy poper. Un puerco, apestoso adicto.
Y le da el mismo ataque de risa que verificó con ella después de verla llorar. Fue la primera vez que supo que Magui temblaba y, por miedo, hasta se orinaba encima.
El conoció la rosa blanca del amor puro. Pensó que la vio al conocer a Magui, hija de Paco el Bolo. Pero se ha sentido crecido. Es tan indeciso, sin fe. Un pichiruche. Con la greefa, Nico filosofa sobre la consciencia cósmica. O más bien, pierde la noción de tiempo sin sacar nada en claro. No es gente que lea y estudie. El cree en vuelos, en que se le regale el misterio sin buscarlo.
Ahora la serenata se extiende y perdura. No le ha sacado brillo a la guitarra. Hasta la consciencia le dice que es músico mediocre. «Y no es verdad», perjura él y le dice a los serenateros.
«Sosténme la guitarra, hermanito. Ya es hora de que ponga remedio a ésto». De la misma, hebilla y chapa de su correa, saca su navajita, sus químicos de batería, el surtido de polvos. Y se nifea, con un gusto profundo. Y, adelante, a cantar el que canta y a escucharlo, porque estos acordes vienen inspirados.
2.
«¿Qué te metíste, Nico?»
«Tocaste como nunca».
«Es Magui que te tiene enamorado, ¿verdad?»
Explica que es algo que sabe sobre la duración y el tedio. El tiempo es artificial. Si el Eterno Dios se caga y se mea en el tiempo, lo ignora porque es invención humana, cosa-ídolo de la Babilonia, si Dios no cree en las pendejadas del Greedy Pig, hasta el rico-comemierda, todo el mundo, pueden esperar.
«Hasta Magui», lo chotean.
«Que Magui espere, mi hermano», reenfatiza Nico Chavito.
«¡Qué suerte tienes, Nico!», han comentado más de una vez sin sentir que él se molesta. Magui es una hembrota. Esto dicho por alguno con malicia.
«Es tu musa, Nico».
Que no haya enconos. Cierto es que aluden a Magui como una rosa blanca. Como magi. Magia. La niña es un sol. Un sol que le da una oportunidad de ser feliz en esta era de hijodelagranputas. Y él no oye consejos. En su lugar, por escuchar estas cosas, en vez de contento, se encela. El hatillo de viajero (al que llama su consciencia, su superconsciencia de guachimán cósmico) está con agujeros. En vez de oro de sol y copas, dentro de la talega, para que inicie su viaje tan anhelado en el curso de los días, lleva únicamente el papel que corta del testamento, deshojándolo para enrolar su greefa. Mario Román, trompetista de la banda municipal de Toño Vega, al verles en los viajes de las tecaterías, dejó de frecuentarlo. Sólo dijo: «Pobre Magui; no sé cómo lo soporta como yerno Paco el Bolo».
Nico Chavito es lo que llaman un popper, poofy / asqueroso popper, no siempre tiene para ácido bueno, heroína no cortada ...y no que no haya tenido sus verdes prados, esparciendo mota para los glotones. A veces piensa que se le mete el diablo. Y que no hay Felices ' 50, como dice la gente de La Pava. Por lo menos, Pueblo Nuevo sigue siendo lo mismo. «Pepino es un pueblo cagao», donde día a día se mira a Wilson, gritando TI TI TI, desde esa cabecita con boca del tamaño de un puño. A veces es Rita la pordiosera o el negro Coconé, quien lo entristece.. .
Como lo ha mortificado que vean más mérito en ella que en él y él no es nada retributivo, los ha citado a la casa a todos. Ya saben lo que Nico pretende. No es la primera vez. Y, en fin, que ha convencido a uno, uno que no lo sabe.
«Nico con química en la cabeza es cabrón. No vayas. Mira que es tarde».
«¿Qué es lo que quieres que vea, Nico?»
«El poder del espíritu mío».
«Confieso que tocaste como genio en contacto con la musa».
«¿Musa? ¿Quieres ver cómo llora una musa?»
«¡No! ¿Cómo te inspira?»
«Quiero que presencies cómo llora una mujer».
Y a esa hora, 2:30 de la madrugada, llevó al amigo a la casa. Abrió la puerta con sigilo; pero, una vez dentro dio gritos y puños en la puerta de la habitación conyugal. El visitante vio que ella salió medio asustada, vestida con una bata.
«Mujer, ¿por qué no salíste a recibirnos o me esperaste en la sala? Tenemos una visita. ¿Qué va a pensar de nosotros?»
«No sabía», dijo con una voz casi inexistente.
En el área de cocina, estaba parado el visitante y Nico se le acercó, susurrándole al oído: «Lo que vas a ver te sorprenderá». Paso seguido, revisó un caldero.
«Oye, nena, no veo ni una sopita Campbell hecha».
«Si quieres, te la preparo».
«Al menos un café para el amigo».
Ella se abriga bien con su bata, da unos pasos a la cocina, pero ya está temblando. Nico sonríe con triunfo.
«No. Ya me hicíste quedar mal».
«No tardo».
«¿Como la que me hicíste ayer? ¿Una sopa sin sabor, una sopa insípida de mierda?»
«Como ya es tarde».
«¡Cállate! Me voy ahora mismo con la dominicana; pero te voy a dar antes unos burrunazos para que me aprendas a atender como se debe».
Y la simple palabra burronazo la hizo orinarse en las pantaletas.. . Suellta su llanto a lágrima viva, suplicándole a Nico: «¡Chavito, no me pegues!»
«Vela. Mira eso», pide al visitante.
Con el mero amago de Nico y el instinto de escapada de Magui se produjo un charco de meados a su paso. El amigo vio la musa en angustia y lo sorprendió un escalofrío. El agresor sólo se ensanchó con su ataque de risa y dijo a su amigo: «Vamos a echarnos una cervecita por ahí. El bar de Millán está abierto...»
3.
A mediados de 1975, cuando murió, no se le enterró en Pepino. Se supo que no lo había querido. Y no que el pueblo y sus mujeres no lo hayan perdonado. El formó un grupo religioso, cambió su vida. Era seguido y tenía, junto a otros, su templo y sus predicaciones. Ya hablaba como un hombre arrepentido.
Dijo que, al fin, supo cómo el pecado entró a su carne y a su consciencia. Cada día observa la Crátera de Apolo y se entretuvo en la noche, en oración, con tal pensamiento. Todavía mira al cielo nocturno, y observa la constelación de las Pléyades cuando el cielo es claro. Dijo que estuvo sediento de espíritu. Está en lo profundo del alma. Añadió que las Pléyades mientan a las palomas y la paz del espíritu. Y la última palabra que dijo, ya viejito, fue: Amén.
Del libro inédito / El pueblo en sombras
jueves, 30 de abril de 2009
NO TIENE RETORNO
Del llbro "Mundos orilleros"
Hay guapos y guapos
Las calles están húmedas, pegajosas, como inundadas de sangre.
—Mejor me calmo, se dijo, veo todo fúnebre, como mi suerte. Su traición no me dio para optimismo Me cuerneó en público, con la platea llena.
Palpó el metal. El frío lo apaciguó, le transmitió el letal impulso de la venganza sin recodos, la ejecución final.
—Acá no estuvo, Chino, está escondida, sabe que la buscás —el dueño del quilombo no quiere lola. Ni los clientes preguntan. Total, últimamente no daba mucha ganancia. Y ahora.... Que sea lo que sea, pero afuera.
—¿Y el Rosales? No le reprocho la encamada. Si me la pedía la entregaba con moñito. Pero así, de sotavento... Diga que la cara no tiene espacio para otro tajo, pero ya veremos.
Apuró la grapa que solícitamente le sirvieron y se retiró. No pensaba hacer líos por una puta.
¡Una puta!¡Qué pendejo que fui! —pensaba, mientras se encaminaba al bar del bajo—. Nunca me engrupí con salvarla, pero me ilusioné –gil- con un mundo aparte, ella y yo, en el calor de la piecita. Pero se veía venir, el vicio era mas fuerte que ella.
En el bajo, los perros se atropellaban revolviendo la basura. La luna, viciosa, no perdía detalle del desenfreno de los instintos, en los rincones oscuros.
Con el Rosales no tardó mucho. La garganta no tenía marcas. Hasta ahora. Decí que un degüello no es limpio, mucha sangre, justificó.
Le dejó el cuchillo puesto. Palpó. Lo de ella, frío, indiferente, brilló al sacarlo Esto es tuyo, Rubia, repasó.
Subió la escalera del conventillo. No había nadie. A la vista. Un coro de alientos entrecortados se elevó al cielo, hasta la luna se tapó con una nube tétrica y lujuriosa.
—¡Chino! ¡No sé qué hice! Estaba, no sé, loca, vos me conocés, si vos...
No pudo seguir. Desorbitada, trémula, siguió con la mirada la mano del Chino buscando en su cintura
—¡No!
Pero ya era tarde. El metal refulgió por un instante, anunciando el final. Después voló hacia su destino
—Esto es tuyo —el Chino sentenció fríamente—. Quedate con el llavero, para que no te ilusionés con mi vuelta. No tiene retorno.
La Rubia lloraba.
-- Carlos Adalberto Fernández---- E-Mail ----cafernandez. ar@gmail.com---- Blogs, sitios personales ----http://cadal. wordpress. com/http://carlosaferna ndez.blogspot. com/ (Museo)
__._,_.___
Hay guapos y guapos
Las calles están húmedas, pegajosas, como inundadas de sangre.
—Mejor me calmo, se dijo, veo todo fúnebre, como mi suerte. Su traición no me dio para optimismo Me cuerneó en público, con la platea llena.
Palpó el metal. El frío lo apaciguó, le transmitió el letal impulso de la venganza sin recodos, la ejecución final.
—Acá no estuvo, Chino, está escondida, sabe que la buscás —el dueño del quilombo no quiere lola. Ni los clientes preguntan. Total, últimamente no daba mucha ganancia. Y ahora.... Que sea lo que sea, pero afuera.
—¿Y el Rosales? No le reprocho la encamada. Si me la pedía la entregaba con moñito. Pero así, de sotavento... Diga que la cara no tiene espacio para otro tajo, pero ya veremos.
Apuró la grapa que solícitamente le sirvieron y se retiró. No pensaba hacer líos por una puta.
¡Una puta!¡Qué pendejo que fui! —pensaba, mientras se encaminaba al bar del bajo—. Nunca me engrupí con salvarla, pero me ilusioné –gil- con un mundo aparte, ella y yo, en el calor de la piecita. Pero se veía venir, el vicio era mas fuerte que ella.
En el bajo, los perros se atropellaban revolviendo la basura. La luna, viciosa, no perdía detalle del desenfreno de los instintos, en los rincones oscuros.
Con el Rosales no tardó mucho. La garganta no tenía marcas. Hasta ahora. Decí que un degüello no es limpio, mucha sangre, justificó.
Le dejó el cuchillo puesto. Palpó. Lo de ella, frío, indiferente, brilló al sacarlo Esto es tuyo, Rubia, repasó.
Subió la escalera del conventillo. No había nadie. A la vista. Un coro de alientos entrecortados se elevó al cielo, hasta la luna se tapó con una nube tétrica y lujuriosa.
—¡Chino! ¡No sé qué hice! Estaba, no sé, loca, vos me conocés, si vos...
No pudo seguir. Desorbitada, trémula, siguió con la mirada la mano del Chino buscando en su cintura
—¡No!
Pero ya era tarde. El metal refulgió por un instante, anunciando el final. Después voló hacia su destino
—Esto es tuyo —el Chino sentenció fríamente—. Quedate con el llavero, para que no te ilusionés con mi vuelta. No tiene retorno.
La Rubia lloraba.
-- Carlos Adalberto Fernández---- E-Mail ----cafernandez. ar@gmail.com---- Blogs, sitios personales ----http://cadal. wordpress. com/http://carlosaferna ndez.blogspot. com/ (Museo)
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viernes, 24 de abril de 2009
YO TE ACOMPAÑO
De Profundis—Voy a morir, ¿verdad? —La pregunta de Ana, débil pero clara, flotó en el silencio del consultorio. Miguel la tomaba firmemente de la mano. Aguardaron.
.
.
.
El doctor, compasivo y distante, respondió:
—Hemos agotado todos los esfuerzos para curarla, o al menos para detener o aminorar el avance del mal. Les aseguro que hicimos todo lo humanamente posible. Lo lamento.
—-Cuándo... cómo...—murmuró Miguel, como si se hablara a sí mismo.
El doctor avanzó con cautela:
—Pronto. No más de un mes. Al principio se mantendrá como ahora, algo débil, lúcida, algunos dolores. Luego ya no podrá levantarse, perderá la relación con la realidad, se debilitará vertiginosamente —Anunciar crudamente el seguro final era menos doloroso, pensó.
Largo silencio. El médico tenía la paciencia de un monje.
—¿Tiene que permanecer internada? —fue la pregunta de Miguel—. Pensar en los últimos momentos, pasados en la frialdad paradójica de un lugar de salud, sobrecoge. Le pareció percibir, mientras decía esto, un gesto de afirmación y alivio por parte de su esposa.
—No. Que use, en lo que pueda, el tiempo que queda. Esto depende más de Uds.; cada paciente lo encara a su modo.
Los siguientes días los ocuparon en planear el viaje. Pasarían juntos, inseparables, en el mejor lugar posible, todos los momentos, hasta el último. Acordaron en ir a una hostería en Córdoba, en cuyas cabañas se habían conocido, años atrás.
Prepararon su equipaje final. Seleccionaron las cosas que les ayudaran a evocar momentos sensibles de la pareja.
Comunicaron a familiares y amigos la decisión. Sólo dijeron que tomarían una semana de vacaciones, antes de la internación. Podían darse el lujo: alquilaron un vehículo que los dejó, en pocas horas, en la entrada de la cabaña. Era de tarde, ya estaba refrescando.
El viaje había sido silencioso, sólo comentarios ocasionales. Ana se sentía contradictoria; necesitaba eludir la presencia ominosa del futuro anunciado. Siempre se había imaginado racional ante el hecho de la muerte. Un proyecto, una espera, levan terror –o rencor- a la idea de la muerte. Pero ella -¿ellos?- ya no esperaban nada.
Miguel observaba los cambios de semblante de su mujer. Denunciaban una lucha interna, que hacía distante la posibilidad de encarar serenamente los momentos siguientes. Encerrada en sí misma durante todo el viaje, se limitó a acompañar comentarios circunstanciales de él.
El resto del día lo dedicaron a refrescar vivencias del viaje anterior. Cansados y serenos, se acostaron en paz.
El llanto de Ana despertó a Miguel. Era de un fluir suave, continuo. Se incorporó en la cama, tomándole una mano, que ella abandonó.
—Me espanta la idea de una agonía dolorosa. No sé si los calmantes recetados ahuyentarán el dolor, y a costa de qué otros síntomas, qué consecuencias para mi lucidez, y mi valor. No quiero retorcerme entre las sábanas. No quiero que me dopen.
Miguel también temía ese desenlace; lo indignaba. Una agonía así aplastaba la dignidad humana. —-No vas a sufrir- le dijo. —No hay por qué.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de él y cerró los ojos.
—¿Estarás conmigo hasta el final? —preguntó Ana—. Me duele dejarte sólo.
—Yo te acompaño. Hasta el final.
Desayunaron, escribieron unas cartas. En la cabaña abrieron el bolso de los recuerdos: fotos, cartas, objetos. Los fueron esparciendo sobre la cama y, recostados, comenzaron a devanar el ovillo de la memoria. Exclamaciones alegres, suspiros, varios ¿te acordás? acompañaron la travesía.
—¡Dieguito! —exclamó Ana al extraer la batita del hijo—. No pude siquiera darle de mamar.
Nunca había podido superarlo, y no era éste el momento de esquivar el puñal del recuerdo.
Desnudaron los últimos pensamientos.
—Yo sé que siempre fui cobarde —inició ella—. Siempre, como ahora, extraía toda la fuerza de tu compañía. No tengo miedo a la muerte, tengo miedo a la soledad, y no hay mayor soledad que tu ausencia. Anoche tuve un sueño, que no recuerdo haberlo tenido en hace muchos años atrás: iba, de la mano de mi padre, por un camino solitario. Una casa abandonada llamó mi atención y, como siempre, tironeando de la mano, llena de curiosidad, lo fui arrastrando hasta la puerta. Entré. En ese momento me di cuenta de la enorme negrura del lugar. Intenté tironear de la mano y me di cuenta que estaba agarrada al vacío. Detrás de mí, mi padre, y la puerta, habían desaparecido. Me desperté transpirando, el corazón el la boca.
—¿Te ha sido pesada mi dependencia? —preguntó Ana, luego de un momento.
—Nunca he sido más valiente que cuando te llevaba de mi mano —respondió Miguel—. Fui el espejo de tu mirada. Lo que querías que fuera, lo era. Sin ti....
Posiblemente me haya convertido en espejo, sin imagen propia, pensó Miguel.
—Ahora —dijo Miguel, incorporándose— , vamos al jardín.
Era de noche. La ayudó a recostarse sobre uno de los sillones, entró a la cabaña, fue a la cocina, echó agua en dos vasos y disolvió en ambos las cápsulas. Llevó ambos vasos al jardín, dio uno a su esposa, depositó al otro sobre la mesa.
—Bebe, —le dijo. Ella agotó el contenido sin apuro. Puso el vaso vacío sobre la mesa.
Él se sentó en el otro sillón, su vaso en una mano.
—¿Viste? —preguntó —. Como la otra vez, el río de leche, la Vía Láctea, cruzando el cielo, brillante y misterioso. ¿Te acordás? Aquí nos conocimos, dos almas solitarias, temerosas de las heridas de la vida, que –quién sabe por qué- inmediatamente confiamos el uno en el otro.
Ella reclinó la cabeza, él vació su vaso, tomó la mano de su esposa y continuó:
—Te vi, nos vimos, y sin conocernos comenzamos a jugar —rememoró él —.Adonde vas, te dije.
—A la loma —te respondí..
La mano de ella se ablandaba en su mano.
—¿Te acompaño?
—Si podés, alcanzame.
—¡Voy con vos!.
Y corrí detrás, y justo al llegar a la loma, estiré la mano y alcancé la tuya y........... .....
------------ --------- ---------
De nada
Carlos
sábado, 18 de abril de 2009
ESCUELA DEL AMANECER
Eran las 5 de la mañana. A esa hora o ya caída la noche salgo a caminar porque igual que los vampiros detesto el sol directo y de esta manera economizo arrugas, pues no hay dinero para la plancha efectiva de la cirugía estética.
Aun estaba dormilón el día, oscuro y amancebado con unas sombras azules grisáceas. Siempre encuentro otros caminantes y también a los pocos “recicladores” , esas personas que viven de lo que recolectan de las basuras. De allí toman lo que les puede servir como son los papeles, cartones, botellas de vidrio o plástico y en algunos casos afortunados, algún mueble o trasto que se llevan a su casa como trofeo. Así convierten en “dinero-quimera” esas cosas que hemos arrojado nosotros.
Caminaba animosa disfrutando un tibio viento, suave, meloso. Con paso rápido marchaba cuando alcancé a oír a lo lejos y a mis espaldas la voz “acornetada” de una mujer que voceaba:
-¡Dos por dos…! al momento contestaba una criatura,
–Cuatro
-Dos por tres, seguía la mujer
-Seis, replicaba la vocecita.
Y con este canto se iba acercando la recicladora con un acompañamiento del chirriar doliente de la rueda perezosa de su carretilla y el sonido de guacharaca, acompasado y cansino de sus zapatos viejos que salía de aquel paso que arrastraba el sueño de educar como fuera a su niña.
Esta improvisada maestra con su ambulante escuela, halaba en ese humilde vehículo a su preciada carga: una niña de aproximadamente seis años, un perrito criollo de pelo negro y la pila de basura.
Licenciada sin título, especialista del amor, sabia del alma, con una ética sutil-simple- virgen, no masticada, pero digerible, bebible, alimenticia.
Quién sabe si la sociedad algún día la pague y jubile decorosamente a esta madre, maestra y trabajadora independiente.
Pasaron cerca de mi y ni siquiera me miraron, no veían, solo vivían…
Coreaban las tablas de multiplicar, mientras el perrito dormía encima del arrume de cartones. Iban como príncipe y princesa en esa humilde carrosa,
Unos sueños burlones revoloteaban como aureola en la mente de la madre...
Ana Lucía Montoya R.
Aun estaba dormilón el día, oscuro y amancebado con unas sombras azules grisáceas. Siempre encuentro otros caminantes y también a los pocos “recicladores” , esas personas que viven de lo que recolectan de las basuras. De allí toman lo que les puede servir como son los papeles, cartones, botellas de vidrio o plástico y en algunos casos afortunados, algún mueble o trasto que se llevan a su casa como trofeo. Así convierten en “dinero-quimera” esas cosas que hemos arrojado nosotros.
Caminaba animosa disfrutando un tibio viento, suave, meloso. Con paso rápido marchaba cuando alcancé a oír a lo lejos y a mis espaldas la voz “acornetada” de una mujer que voceaba:
-¡Dos por dos…! al momento contestaba una criatura,
–Cuatro
-Dos por tres, seguía la mujer
-Seis, replicaba la vocecita.
Y con este canto se iba acercando la recicladora con un acompañamiento del chirriar doliente de la rueda perezosa de su carretilla y el sonido de guacharaca, acompasado y cansino de sus zapatos viejos que salía de aquel paso que arrastraba el sueño de educar como fuera a su niña.
Esta improvisada maestra con su ambulante escuela, halaba en ese humilde vehículo a su preciada carga: una niña de aproximadamente seis años, un perrito criollo de pelo negro y la pila de basura.
Licenciada sin título, especialista del amor, sabia del alma, con una ética sutil-simple- virgen, no masticada, pero digerible, bebible, alimenticia.
Quién sabe si la sociedad algún día la pague y jubile decorosamente a esta madre, maestra y trabajadora independiente.
Pasaron cerca de mi y ni siquiera me miraron, no veían, solo vivían…
Coreaban las tablas de multiplicar, mientras el perrito dormía encima del arrume de cartones. Iban como príncipe y princesa en esa humilde carrosa,
Unos sueños burlones revoloteaban como aureola en la mente de la madre...
Ana Lucía Montoya R.
viernes, 17 de abril de 2009
QUE LOS SABIOS BUSQUEN
Quiero una expedición que rastree el cosmos, en cohetes robots y tripulados. Será misión de paz o que vayan prudentemente armados.
Que busquen huellas, residuos, restos, evidencia. Que busquen mi universo, el de mi niñez, mi adolescencia. Quiero que me lo devuelvan o traigan referencias; por qué, cómo fue, que enemigo volvió polvo lo que del polvo vino
Que vayan arqueólogos, geólogos, antropólogos, detectives por si acaso. Que las víctimas hablen, nos cuenten qué pasó, qué se hizo del zaguán, el farol, el ceibo, la luna cómplice, la viuda delirante, el curda que retaba a Dios, el taura pordiosero, la soltera eterna, los fideos del domingo, la rubia que nos enseñó a todos y murió sola, el duelo nocturnal, el sanjón y sus muertos. También lleven un poeta, un medium y dos perros, que tomen contacto con lo invisible, que se comuniquen. Yo se que había familia, barrio, esquina, algunos documentos hablan de cosas extinguidas, tal vez encuentren ruinas.
Quiero oler la magnolia, saborear un racimo y después un beso, llorar al guapo que faltó sin aviso, temblar por las carnes de la Rosa, fallar un envido y acertar una grapa, mirar los pitucos viborear un tango, el brillo helado de dos cuchillos en pugna.
No me muestren autopistas, rascacielos, ejecutivos, gente sexy, acciones en alza, carisma, rating, música house o tecno, amores ligth & fast & dry, sexo wi-fi, reality mentiras...
... Mierda…
No digan que murió, que sólo mi memoria, mi vergüenza, mi impotencia, deliran y bullen de rencor, nostalgia, soledad.
Por favor muestrenmé un barrio de antes, con sanjón y baldio y todo. Aunque sea un ratito, antes de partir.
--
Carlos Adalberto Fernández
Que busquen huellas, residuos, restos, evidencia. Que busquen mi universo, el de mi niñez, mi adolescencia. Quiero que me lo devuelvan o traigan referencias; por qué, cómo fue, que enemigo volvió polvo lo que del polvo vino
Que vayan arqueólogos, geólogos, antropólogos, detectives por si acaso. Que las víctimas hablen, nos cuenten qué pasó, qué se hizo del zaguán, el farol, el ceibo, la luna cómplice, la viuda delirante, el curda que retaba a Dios, el taura pordiosero, la soltera eterna, los fideos del domingo, la rubia que nos enseñó a todos y murió sola, el duelo nocturnal, el sanjón y sus muertos. También lleven un poeta, un medium y dos perros, que tomen contacto con lo invisible, que se comuniquen. Yo se que había familia, barrio, esquina, algunos documentos hablan de cosas extinguidas, tal vez encuentren ruinas.
Quiero oler la magnolia, saborear un racimo y después un beso, llorar al guapo que faltó sin aviso, temblar por las carnes de la Rosa, fallar un envido y acertar una grapa, mirar los pitucos viborear un tango, el brillo helado de dos cuchillos en pugna.
No me muestren autopistas, rascacielos, ejecutivos, gente sexy, acciones en alza, carisma, rating, música house o tecno, amores ligth & fast & dry, sexo wi-fi, reality mentiras...
... Mierda…
No digan que murió, que sólo mi memoria, mi vergüenza, mi impotencia, deliran y bullen de rencor, nostalgia, soledad.
Por favor muestrenmé un barrio de antes, con sanjón y baldio y todo. Aunque sea un ratito, antes de partir.
--
Carlos Adalberto Fernández
jueves, 16 de abril de 2009
VOLVÍ
Estaba encerrada en su propia prisión, creada por ella a fuerza de callar. Sin coraje rubricaba el apartarse del andar sentada ante su música y sus silencios llenos de imágenes inventadas.
La cumparsita brotaba suavemente como eco melodioso. No estaba allí, flotaba entre tules de tristeza. Su computadora, con el clásico sonido que señala la entrada de un correo, la despertó de la nebulosa mental en que estaba sumida.
Se acercó, pocas veces recibía mensajes, había dejado encanecer sus cabellos, resaltar sus arrugas en ese postrarse ante su propia vida.
Casi tediosamente comenzó a leer:
“No sé como decirte que te extraño y te necesito. Desapareciste de golpe de mi vida. Te amo"
Ella que siempre había amado y nunca había sido amada...releyó el texto infinitas veces, su corazón se aceleraba... lloró.
Abrió la puerta de su habitación, salió a la calle. Los horneros hacían un nido en el poste de la luz, el jardín de su vecino estaba lleno de rosas, el cartero la saludó amablemente, ella esbozó una sonrisa.
Entró a la casa, se sentó frente a la computadora y tecleó: Volví.
Elisabet Cincotta
derechos de autor registrados
La cumparsita brotaba suavemente como eco melodioso. No estaba allí, flotaba entre tules de tristeza. Su computadora, con el clásico sonido que señala la entrada de un correo, la despertó de la nebulosa mental en que estaba sumida.
Se acercó, pocas veces recibía mensajes, había dejado encanecer sus cabellos, resaltar sus arrugas en ese postrarse ante su propia vida.
Casi tediosamente comenzó a leer:
“No sé como decirte que te extraño y te necesito. Desapareciste de golpe de mi vida. Te amo"
Ella que siempre había amado y nunca había sido amada...releyó el texto infinitas veces, su corazón se aceleraba... lloró.
Abrió la puerta de su habitación, salió a la calle. Los horneros hacían un nido en el poste de la luz, el jardín de su vecino estaba lleno de rosas, el cartero la saludó amablemente, ella esbozó una sonrisa.
Entró a la casa, se sentó frente a la computadora y tecleó: Volví.
Elisabet Cincotta
derechos de autor registrados
domingo, 22 de marzo de 2009
Incapacitada
Era sangre de su sangre y carne de su carne, tan pequeña, tan dependiente de otros y ella sabia que no estaba en condiciones para darle los cuidados necesarios.
Las facciones y tez de la pequeña le recordaban a los asaltantes que encontró en una esquina. Volvía a revivir los insultos, los golpes y con mucho esfuerzo bloqueaba el resto para no hundirse en la desesperación. Una mano le apretaba la boca del estómago y sollozante comenzaba a temblar incontrolablemente.
Su madre y su hermana se habían turnado para cuidar a la pequeña, pero hacia unos días que tuvieron que reanudar su vida y ahora ella se encontraba sola con la recién nacida. Se repetía que la pequeña era inocente de toda culpa, que su corazoncito había palpitado dentro de su cuerpo.
Se prometió que mañana la atendería, hoy no, hoy como ayer no podía hacerlo. Cerró la puerta para no escuchar el llanto y se metió en la ducha. Estuvo mucho tiempo como acostumbraba desde aquel día del asalto. Deseaba que el agua se llevara sus recuerdos. Tomó unas pastillas para ayudarla a dormir a pesar del lloriqueo. La precaución ya no era necesaria, el llanto cesó para siempre.
Maria Fischinger@ 2008 - Chicago
Las facciones y tez de la pequeña le recordaban a los asaltantes que encontró en una esquina. Volvía a revivir los insultos, los golpes y con mucho esfuerzo bloqueaba el resto para no hundirse en la desesperación. Una mano le apretaba la boca del estómago y sollozante comenzaba a temblar incontrolablemente.
Su madre y su hermana se habían turnado para cuidar a la pequeña, pero hacia unos días que tuvieron que reanudar su vida y ahora ella se encontraba sola con la recién nacida. Se repetía que la pequeña era inocente de toda culpa, que su corazoncito había palpitado dentro de su cuerpo.
Se prometió que mañana la atendería, hoy no, hoy como ayer no podía hacerlo. Cerró la puerta para no escuchar el llanto y se metió en la ducha. Estuvo mucho tiempo como acostumbraba desde aquel día del asalto. Deseaba que el agua se llevara sus recuerdos. Tomó unas pastillas para ayudarla a dormir a pesar del lloriqueo. La precaución ya no era necesaria, el llanto cesó para siempre.
Maria Fischinger@ 2008 - Chicago
viernes, 20 de marzo de 2009
SENSUALIDAD DE LA VIDA
El vaho caliente de esa noche de verano le estremecía la piel. El aire se apretaba a las hojas provocando a las ramas suspiros prolongados e incesantes y llegaba a ella explorando sus hendiduras más intimas, pegándose a su piel como gato mimoso. Estaba sola, la noche era de ella.
§
— ¡Vamos, Etel! Vení, inauguremos la pileta, estamos solos, no te ve nadie –Primer día de vacaciones en la quinta alquilada. Papá, mamá, la abu, tres hijos con sus amigos invitados, algún tío, constituían el plantel estable. Y tía Etel, claro.
—Andá, ponete una malla mía, que tapa como para desconocerte. Disfrutá del sol, del agua, si sé que te gusta.
—Dejá. Vos sabés que el sol me hace mal y el agua me resfría, mejor me cuido. No se preocupen Uds. – Etelvina repite la misma excusa de siempre, que no impide las miradas compasivas y burlonas. ¿Si me gusta? Me muero por sentir, por dejar de ser una madera seca, una bolsa de papas. ¿Cómo superar la vergüenza, el ridículo?
—No le hagas caso, Irene. Siempre la misma melindrosa. Desde chiquita odiaba la playa –La abu aprovechaba la oportunidad de deslindar responsabilidades en el comportamiento de sus hijas-. ¡Lo que costaba pasear con Uds.! Vos, Irene, metiéndote en todo, con todos, corriendo todos los peligros; y Etel, encerrada en su ostra, sintiéndose inferior a todos, no sé por qué, si tontas como ella hay muchos.
—Mejor yo cuido a los chicos y me divierto –Etel se quitó las sandalias, se dejó el batón y se introdujo en la pelopincho, debajo de un árbol, con los chicos.
§
Estaba sola. Toda la familia asistía a una fiesta campestre, de la cual volverían al día siguiente. No insistieron con Etel. Solo a la abu le gustaba paladear la compasión de los asistentes.
Se preparó un trago, unos bocaditos. Como veía que hacían ellos. “A Etel no que le hace mal, dale una gaseosa.¿Viste? Te lo dije” era el libreto cada vez que quiso mostrarse como cualquier otro y terminaba descompuesta. . Ya no lo intentaba. Pero ahora estaba sola. Y ya no aguantaba más. Se recostó al costado de la pileta y se asomó a la noche. Se abrió el baton, para sentir la brisa en su piel. El placer. Lloraba, no podía evitarlo. Desde el casamiento de su hermana comenzó a llorar cotidianamente, esa sensación de llegar al final del camino, sin haberlo caminado.. El placer. Se decidió. Se quitó el batón y entró en el agua. Sentir, con todos los sentidos. Se quitó la ropa interior y se zambulló, nadó, nadó hasta cansarse. La noche estaba ahí, toda para ella. El placer. El mínimo placer de sentir, de sentirse. Cuánto le costaba. Le costaba la soledad. Las fantasías, los sueños volaban, golpeaban su corazón. Era joven todavía, pero ya no. A una edad en que el placer, el amor eran un peligro y un regalo de la vida, ella ya no. Lloraba, no podía evitarlo.
Unas risas cercanas la sobresaltaron. Alguien venía. Espantada, recogió su ropa y corrió. ¡El vaso! Con el corazón palpitándole en las sienes, corrió a buscarlo y otra vez a esconderse detrás de un árbol. Era su sobrina y un muchacho. No, no era su novio. Ya lo había visto otras veces.
Se detuvieron en el borde de la pileta. Se besaron. Se acariciaron. Entre risas, se desnudaron y se tiraron a la pileta. Etel observaba petrificada, ni pensaba en irse. La escena la atraía irresistiblemente. No era morbosidad, Atónita, los veía gozando, riendo, sintiendo, palpando espontáneamente, sin inhibiciones. Estaban haciendo algo ya hecho antes, ya conocido y saboreado. Consumían placer como algo propio, algo a lo que tenían derecho. Por momentos Etel lloraba silenciosamente.
Ellos se fueron, pero ella no se movió del lugar, observando la escena repetida en su memoria. Luego, lentamente, se dirigió a su dormitorio. Las risas la perseguían. Trabó la puerta. Se acostó, mirando el techo. El sol ya había asomado cuando se durmió, cansadamente.
§
Al despertar permaneció sentada en la cama. Luego puso, en la puerta del dormitorio, una nota pidiendo que la dejen dormir, y la trabó nuevamente. Escribió cartas, hizo algunas llamadas telefónicas. Seleccionó alguna ropa y efectos personales. Al resto lo empaquetó. Al final llamó pidiendo coche para ir a la estación. No lloraba.
La familia estaba en el living. Hacía poco que volvieron de la fiesta campestre. La miraron extrañados.
—Ma, Pa. Me voy –ignoró los gestos de asombro, las preguntas-. Tengo que vivir. Me doy cuenta que no estoy viviendo. Estoy llorando el duelo de una juventud muerta, antes de morir. Pero aún no es tarde. Todavía puedo sufrir, oler, desear, morder. Reir, tal vez amar. ¿Adonde voy? No sé, ahora parto.
—No me esperen a llorar.
© Carlos Adalberto Fernández
§
— ¡Vamos, Etel! Vení, inauguremos la pileta, estamos solos, no te ve nadie –Primer día de vacaciones en la quinta alquilada. Papá, mamá, la abu, tres hijos con sus amigos invitados, algún tío, constituían el plantel estable. Y tía Etel, claro.
—Andá, ponete una malla mía, que tapa como para desconocerte. Disfrutá del sol, del agua, si sé que te gusta.
—Dejá. Vos sabés que el sol me hace mal y el agua me resfría, mejor me cuido. No se preocupen Uds. – Etelvina repite la misma excusa de siempre, que no impide las miradas compasivas y burlonas. ¿Si me gusta? Me muero por sentir, por dejar de ser una madera seca, una bolsa de papas. ¿Cómo superar la vergüenza, el ridículo?
—No le hagas caso, Irene. Siempre la misma melindrosa. Desde chiquita odiaba la playa –La abu aprovechaba la oportunidad de deslindar responsabilidades en el comportamiento de sus hijas-. ¡Lo que costaba pasear con Uds.! Vos, Irene, metiéndote en todo, con todos, corriendo todos los peligros; y Etel, encerrada en su ostra, sintiéndose inferior a todos, no sé por qué, si tontas como ella hay muchos.
—Mejor yo cuido a los chicos y me divierto –Etel se quitó las sandalias, se dejó el batón y se introdujo en la pelopincho, debajo de un árbol, con los chicos.
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Estaba sola. Toda la familia asistía a una fiesta campestre, de la cual volverían al día siguiente. No insistieron con Etel. Solo a la abu le gustaba paladear la compasión de los asistentes.
Se preparó un trago, unos bocaditos. Como veía que hacían ellos. “A Etel no que le hace mal, dale una gaseosa.¿Viste? Te lo dije” era el libreto cada vez que quiso mostrarse como cualquier otro y terminaba descompuesta. . Ya no lo intentaba. Pero ahora estaba sola. Y ya no aguantaba más. Se recostó al costado de la pileta y se asomó a la noche. Se abrió el baton, para sentir la brisa en su piel. El placer. Lloraba, no podía evitarlo. Desde el casamiento de su hermana comenzó a llorar cotidianamente, esa sensación de llegar al final del camino, sin haberlo caminado.. El placer. Se decidió. Se quitó el batón y entró en el agua. Sentir, con todos los sentidos. Se quitó la ropa interior y se zambulló, nadó, nadó hasta cansarse. La noche estaba ahí, toda para ella. El placer. El mínimo placer de sentir, de sentirse. Cuánto le costaba. Le costaba la soledad. Las fantasías, los sueños volaban, golpeaban su corazón. Era joven todavía, pero ya no. A una edad en que el placer, el amor eran un peligro y un regalo de la vida, ella ya no. Lloraba, no podía evitarlo.
Unas risas cercanas la sobresaltaron. Alguien venía. Espantada, recogió su ropa y corrió. ¡El vaso! Con el corazón palpitándole en las sienes, corrió a buscarlo y otra vez a esconderse detrás de un árbol. Era su sobrina y un muchacho. No, no era su novio. Ya lo había visto otras veces.
Se detuvieron en el borde de la pileta. Se besaron. Se acariciaron. Entre risas, se desnudaron y se tiraron a la pileta. Etel observaba petrificada, ni pensaba en irse. La escena la atraía irresistiblemente. No era morbosidad, Atónita, los veía gozando, riendo, sintiendo, palpando espontáneamente, sin inhibiciones. Estaban haciendo algo ya hecho antes, ya conocido y saboreado. Consumían placer como algo propio, algo a lo que tenían derecho. Por momentos Etel lloraba silenciosamente.
Ellos se fueron, pero ella no se movió del lugar, observando la escena repetida en su memoria. Luego, lentamente, se dirigió a su dormitorio. Las risas la perseguían. Trabó la puerta. Se acostó, mirando el techo. El sol ya había asomado cuando se durmió, cansadamente.
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Al despertar permaneció sentada en la cama. Luego puso, en la puerta del dormitorio, una nota pidiendo que la dejen dormir, y la trabó nuevamente. Escribió cartas, hizo algunas llamadas telefónicas. Seleccionó alguna ropa y efectos personales. Al resto lo empaquetó. Al final llamó pidiendo coche para ir a la estación. No lloraba.
La familia estaba en el living. Hacía poco que volvieron de la fiesta campestre. La miraron extrañados.
—Ma, Pa. Me voy –ignoró los gestos de asombro, las preguntas-. Tengo que vivir. Me doy cuenta que no estoy viviendo. Estoy llorando el duelo de una juventud muerta, antes de morir. Pero aún no es tarde. Todavía puedo sufrir, oler, desear, morder. Reir, tal vez amar. ¿Adonde voy? No sé, ahora parto.
—No me esperen a llorar.
© Carlos Adalberto Fernández
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