martes, 23 de junio de 2009

La voz

La mató porque hablaba demasiado. Ya no la soportaba.

Durante treinta años, los siete días de la semana la había escuchado hablar: de sus gustos, de los vecinos, de sus actividades durante el día, de los programas de televisión.

Sólo había logrado descansar de su voz cuando trabajaba, pero últimamente y debido a su jubilación (efectuada antes de tiempo por causas de enfermedad) todo había empeorado.

No sólo debía soportarla de día, también lo despertaba en las noches hablando dormida.

Ya era imposible vivir con ella. Por eso la había matado; no porque no la quisiera (a su manera la quería) pero el sólo hecho de que ella abriese la boca y su chillona voz difundiera sus vibraciones por el aire, era razón suficiente para destruir todo sentimiento marital que él sintiese por ella.

Nadie pudo percatarse del asesinato. Una caída, sólo una caída de las escaleras, un golpe en la nuca y ya…

¿Quién iba a creer que un esposo asesinase a su mujer luego de 38 años de casados?

Además no existían intereses económicos de por medio ni mucho menos románticos.

Ahora podía hablar: decir todo lo que sentía por primera vez en su vida, investigar las reacciones de extraños ante sus palabras, opinar sobre cualquier tema que le viniese en gana.

Podía incluso entablar conversaciones con sus hijos, mirándolos a los ojos; no como antes, cuando solo monosílabos requeridos por su esposa se intercalaban en la conversación filial.

A veces la extrañaba pero el mero recuerdo de su histriónica voz la hacía olvidarla de nuevo.





Aquella madrugada lo despertó el sonido del teléfono, con furia y preocupación a la vez, atendió.

--Hola…Hola --su voz fue aumentando en volumen y gravedad

Del otro lado del tubo un sonido reconocible lo angustió.

--Joaquín…soy yo…¿por qué Joaquín? ¿Por qué?

Colgó el teléfono temblando. Debía estar paranoico. ¡No podía ser que hubiese escuchado la voz de su mujer! Pero estaba seguro que era su timbre, su forma de hablar…

La razón le dictaba que no era lógico su pensamiento. Su mente le estaba jugando una mala pasada…eso debía ser.

Esa noche ya no pudo dormir.

Ni las siguientes noches. El teléfono sonaba todas las noches hasta que lo descolgó, pero aún descolgado seguía sonando.

--Papá, bien sabes que mamá murió…no puedes haber escuchado su voz. Ha de ser que la extrañas – le decía su hija.

¡No, no! Sus hijos se equivocaban. El no estaba loco; él la escuchaba hablar; debían creerle.

¿Acaso su mujer había regresado del más allá para vengar su muerte? Quizás ella no había muerto realmente y estaba tramando algo.



--Joaquín –le había dicho su yerno—perdone que sea rudo pero supongamos que fuese ella…¿cómo iba a hablar? ¿Olvida usted que con la caída se le destrozó un trozo de lengua?. Si hubiese sobrevivido no podría hablar ¡y no quiero creer que un hombre inteligente crea en fantasmas!









Consejos, puros consejos…Psicó logos, visitas a todo tipo de loqueros; nada le resultaba.

Nadie le creía: él la escuchaba hablar…ellos debían creerle, debían escucharla también.



Cuando destrozó el teléfono contra la pared -que permanecía en ese instante descolgado- se decidió: grabaría la voz de su mujer; nadie más lo tildaría de loco.

Removió cielo y tierra buscando esas viejas cintas de tape que su mujer siempre tenía. A ella le gustaba –como si no fuese suficiente- grabar su voz en medio de los chillidos familiares y luego torturarle sus oídos una y otra vez.



Apretó Record disimuladamente escondiendo entre almohadones el grabador. Fantasma o no ella no debería ver qué era lo que él se traía entre manos.



--Ahora hablá bruja…hablá….-comenzó a gritar como poseído-



Hubo sólo silencio.

Se desplomó cuando vio el espectro de su mujer frente a él, con la boca entreabierta… vacía, sin lengua, sin palabra articulada al aire…









--Esto te va a hacer bien papá; descansa.

Su hija le acomodaba el almohadón. Esa madrugada lo habían hallado inconsciente con un grabador entre sus manos.

--No te preocupes Papá, el médico dijo que la hemiplejia que tienes puede ser reversible; aunque no puedas más que mover los párpados…vas a recobrar el movimiento de a poco —dijo su hija mientras le daba un beso — sé que extrañas a mamá. Nos dijo el psicólogo que esto te ayudará a superar un poco su partida, aguarda…







Los ojos abiertos de Joaquín -casi sin movimiento- parecían llenarse de lágrimas mientras la voz de una mujer sonaba desde un grabador cantando el feliz cumpleaños, riendo y hablando sobre su familia.







Liliana Varela 2009

lunes, 15 de junio de 2009

COSAS DEL NEGOCIO

Cuando llegó al pueblo, don José deslumbraba a las mozas de Villabermeja por su negra cabellera y por su verbo fácil más que por su flamante y recién estrenado título de abogado. Don José era vecino de Alamillo, pero como en su pueblo ya había dos abogados pensó, acertadamente, que entre la sabiduría de sus paisanos y la poca confianza en la justicia que éstos tenían, poco porvenir tenía si montaba allí su bufete.

Total, que dispuesto a ejercer una profesión de la que ya dijo algún paisano mío aquello de que "Dios te dé muchos pleitos, aunque los ganes", don José tomó sus bártulos y, una mañana de otoño, allá por el tiempo en que las ranas criaban pelos y él los tenía como el azabache, se presentó en Villabermeja dispuesto a hacer fortuna.

Los primeros meses fueron de toma de contacto con la realidad bermejina. Una toma de contacto que, si bien le dio pocos disgustos, le deparó aún menos cuartos. Cuatro pleitos que no llegaron al juicio, tres mediaciones en compraventa de unas fincas y dos asesorías testamentarias lo tuvieron más tiempo en la taberna de Blas que en su despacho.

-Al menos han servido para darte a conocer –lo consoló su padre una tarde en Alamillo después de rellenarle la cartera con diez billetes de los grandes y un gran dolor de corazón.

Y era cierto, a los dos meses de llegar, don José ya era conocido en diversos ámbitos populares de Villabermeja. Aunque, en un principio, aquellos conocimientos prometían poco en orden a su futuro profesional, no era menos cierto que alguno de ellos podría llegar a solucionar más de un problema económico. Don José había comenzado por ser el culpable de que las mozas casaderas del pueblo asomaran sus rizos por la puerta de la taberna cada dos por tres:

-Blas, ¿ha visto usted a mi padre?

Sus miradas, engañando a la palabra, se clavaban en el rostro del joven letrado. Luego, su figura desaparecía mientras una risita nerviosa se filtraba por las rendijas del establecimiento. Y como la envidia cochina suele ser un pecado bastante común entre los mortales, más de un joven bermejino dio en cavilar un escarmiento que si no ponía en fuga al nuevo rival, al menos sirviese para hacer ver a las mozuelas que la admiración de la ignorancia nació. Como para eso no había mejor remedio que una cura de humildad, he aquí que don Nicolasito que, al igual que su padre, estaba perfectamente equilibrado en riqueza e inteligencia –lo que le sobraba de la primera le faltaba de la segunda- tuvo la feliz ocurrencia de preparar una trampa a don José que acabaría con todo su éxito entre el sexo contrario.

Dice mi abuelo, que fue contertulio de don José por aquellos tiempos, que asno con oro alcánzalo todo. Y algo así debió pensar don Nicolasito. Lo cierto es que aquella broma supuso un cambio radical en la vida de don José, aunque no en el sentido de lo deseado por el joven cacique.

Vea usted si no.

Pensando que donde no hay pleito no hay juicio, con el fin de dejar en ridículo a don José, el muchacho no tuvo mejor ocurrencia que simular un enfrentamiento con su padre por un quítame allá esta finca que heredó de su tía doña Cuaresma, perdón, quise decir doña Rosario.

Doña Cuaresma se había hecho acreedora de tal nombre cuando apenas tenía quince años. Entregada a la oración y a la penitencia heredó la "Finquita", un terreno en el que pastaban varios cientos de vacas. Y como la gracia de Dios fue la única gracia que doña Cuaresma tuvo en toda su vida, la buena mujer murió soltera, virgen y sin más heredero que don Nicolasito.

Al decir de don Nicolás, las vacas de su cuñada tenían un problema: la superficie de la "Finquita" era tal que había reses que no se conocerían ni de vista aunque estuviesen buscándose durante treinta años caminando sin parar.

El caso es que como don Nicolasito era alérgico al trabajo, dejó en manos de su padre la administració n de la herencia. Y como no hay maldad que el pueblo no eleve a realidad incuestionable, el joven hizo llegar a oídos de don José el bulo de que don Nicolás quería vender la "Finquita" a sus espaldas.

Una vez abonado el terreno, el buen mozo no tuvo mejor idea que hacerse el encontradizo con el abogado. El encuentro, como es lógico, tuvo lugar en Casa Blas delante de una botella de vino del país. Como quiera después de dos botellas don Nicolasito tenía ya su nivel de sangre en el alcohol bajó a unos porcentajes mínimos, olvidó que abogado y doctor, cuanto más lejos mejor, y acabó firmando un contrato según el cual, en caso de que don José consiguiese paralizar la venta de aquel predio un tercio de la "Finquita" pasaría a ser de su propiedad. Primera conclusión: el supuesto intento de venta nació tan paralítico como el cerebro de don Nicolasito. Y como los contratos son para cumplirlos, el negocio tuvo una segunda conclusión en el bolsillo de don José: por obra y gracia de la escasa cantidad de sangre que el día de marras circulaba disuelta en el alcohol por las venas de don Nicolasito, un tercio de la "Finquita" pasó a sus manos.

Y para que nunca más ocurriese desaguisado de tal calibre, don Nicolás, aprovechando el viejo escudo nobiliario que pervivía cubierto por mil capas de cal sobre el dintel de la puerta de su casa, mandó labrar bajo él una frase lapidaria que, esperaba, nunca olvidarían sus descendientes:

Con los descuidados medran los abogados.

Manolo Cubero

viernes, 12 de junio de 2009

El santo entierro




















Eran las diez de la noche y Miriam estaba tranquilamente tumbada en el sofá frente al televisor, cuando sonó el teléfono. Sin darle apenas tiempo a pronunciar un diga, una voz metálica y aguda, como procedente de un contestador automático dijo:

-Funeraria El santo entierro le recuerda que le queda un mes de vida. Tenemos ofertas muy interesantes en nuestra web elsantoentierro. blogspot. com. Entre ahora y benefíciese de un 5% de descuento adicional.

La llamada se colgó. Miriam no daba crédito a sus oídos. ¿Qué clase de broma macabra era aquella? Era una broma de muy mal gusto, pensó. En cualquier caso, no quiso darle mayor importancia y volvió a tumbarse frente al televisor. Quizás, si hubiese tenido setenta años y una salud delicada, aquella llamada le hubiese incomodado pero, a sus treinta y ocho, le pareció de lo más absurdo.

Había pasado algo menos de una semana desde el incidente cuando nuevamente, el teléfono sonó a las diez en punto de la noche..

-Funeraria El santo entierro le recuerda que le quedan veinticinco días de vida. Tenemos ofertas muy interesantes en nuestra web elsantoentierro. blogspot. com. Entre ahora y benefíciese de un 5% de descuento adicional.

Esta vez fue ella quien colgó el teléfono antes de que el mensaje concluyese. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Quién podía ser tan retorcido? Descolgó nuevamente y busco en la memoria del teléfono desde que número la habían llamado. Tomó un bolígrafo y empezó a copiar los números. 96 666 66... 66. Miró nuevamente el teléfono con la expresión desencajada. Era correcto.

-¿Qué coño de teléfono era aquello? Pensó

Marcó lentamente los números y esperó. El mensaje de la operadora no se hizo esperar.

-No existe actualmente ninguna línea en servicio con esta numeración.

Aquella tontería estaba empezando a molestarle. Era cuanto menos desagradable y, el hecho de que el teléfono no existiera todavía la inquietaba un poco más.
Respiró hondo y recapacitó. No podía dejar que aquella estupidez la incomodase de aquella manera. Eso era seguramente lo que pretendía el artífice de tan retorcida gracia. Así que, con los ánimos renovados, volvió a sentarse plácidamente frente al televisor.

Durante unos días Miriam se olvidó por completo de aquello. El día a día de la oficina era bastante frenético en aquella época del año y, para cuando llegaba a casa, era tan tarde que tan sólo le apetecía tumbarse en el sofá con un bol de ensalada y una pieza de fruta.

Aquel día, la calma se vio interrumpida nuevamente a las diez en punto al sonar el teléfono.

-Si diga

-Funeraria El santo entierro le recuerda que le quedan veinte días de vida.Si llama ahora podrá beneficiarse de nuestra oferta especial dos por uno. Visite sin falta nuestra web elsantoentierro. blogspot. com. Seguro que encontrará todo lo que necesita.

Aquello ya pasaba de castaño oscuro. Había dejado de ser una broma para convertirse en una auténtica pesadilla. Volvió nuevamente a mirar en la memoria del teléfono desde qué número la habían llamado. Por segunda vez, el número que aparecía en la memoria era el mismo de antes 96 666 66 66. Un número inexistente y cuanto menos inquietante. Ahora empezaba a estar nerviosa, intranquila. No es que creyera el contenido del mensaje pero empezaba a afectarle. La única pista que podía seguir era la famosa web que se mencionaba en el mensaje; elsantoentierro. blogspot. com . Así que se fue hacia el ordenador, lo encendió y escribió el nombre de la web elsantoentierro.. blogspot. com . Ahí estaba. Jamás en su vida habría entrado por placer en una web así.

Una bienvenida un tanto peculiar adornaba la página inicial de aquella web.

Los servicios funerarios del Santo Entierro esperan que el catálogo de productos aquí expuesto sea de su agrado. Les deseamos una feliz navegación.

-¿Una feliz navegación?, Pensó. Hay que ser retorcido.

Miró la parte de abajo de la página y vio que había un contador que marcaba el número 058640. Luego, recorrió todas las secciones de la web tratando de encontrar algo que le diese una pista. Finalmente, vio al pie de la página un teléfono y una dirección de correo.

©Real, Ilustre Funeraria de El Santo Entierro
C/ Milagros, 16, Madrid Tlfno: 91 272 60 59
E-mail:
elsantoentierro@ elsantoentierro. com

Decidió llamar al número y probar pero, tal y como se temía, el mensaje de la otra vez se repitió.

-No existe actualmente ninguna línea en servicio con esta numeración.

También probó enviar un mail pidiendo explicaciones y, en breves instantes, obtuvo una respuesta.


Estimada Miriam,

Su número personal es el 058640. Ahora que ya ha cogido número para su entierro, le rogamos escoja el féretro y los arreglos florales que desee para tan feliz acontecimiento.
Gracias por su interés en nuestros servicios.

Atentamente

Santo Entierro S.A.

-¡Joder! Exclamó levantándose de un brinco. Esto no puede estar pasando en realidad.

Empezó a dar vueltas por todo el salón mordiéndose las uñas. ¿Cómo podía parar aquel sinsentido? Habría algún modo de averiguar quien estaba detrás de todo aquello. Seguro que la policía tendría más de un caso de ese tipo en sus expedientes resueltos.

A la mañana siguiente se pidió el día libre y se acercó a la comisaría del barrio. Tras más de media hora de conversación con el jefe de policía Miriam decidió mostrarle la web en cuestión.

-Escriba, escriba... elsantoentierro. blogspot. com

El hombre en cuestión, no sin una cierta desconfianza, tecleó aquella dirección. La respuesta no se hizo esperar.

The Web site cannot be found

-¡No puede ser! Seguro que ha tecleado algo mal. Vuelva a probar.

El jefe de policía la miró con cara de paciencia y volvió a teclear de nuevo la dirección.

-elsantoentierro. blogspot. com y ahora...Intro.

The Web site cannot be found

-Mire señora. Probablemente no ha sido más que una broma de mal gusto. Vuelva a casa y tranquilícese. Seguro que si no se han cansado ya, lo harán en breve.

-Pero, le juro que ayer entré en esa web...

-Si yo no lo dudo pero...ya ve. Déjelo estar, de verdad. Y ahora, si me disculpa. Tengo mucho trabajo.

Miriam volvió a casa cabizbaja. Quizás tenía razón el policía y ya se habían cansado. Era probable que tras su entrada en la web la hiciesen desaparecer sin más. Si lo pensaba fríamente lo ocurrido no era tampoco tan grave. Si no llamaban más, aquello no pasaría de ser una mera anécdota curiosa que contar a sus nietos en las noches de Halloween.

Pasaron diez días y Miriam consiguió olvidarse del suceso totalmente. El teléfono no había vuelto a sonar y la web en cuestión parecía estar desactivada. Aquel día estaba especialmente cansada. Llegó a casa sobre las nueve, se puso el pijama y tras mordisquear una manzana verde de las que quedaban en la nevera, se dirigió a la cama. Ya había apagado la luz cuando el teléfono sonó.

-Tan sólo le quedan diez días de vida y aún no ha reservado su ataúd. ¿Acaso prefiere la incineración? Seguimos estando a su servicio en elsantoentierro. blogspot. com

Miriam empezó a chillar y un ataque de pánico hizo mella en su ser. Le faltaba el aire, notó que la vista se le nublaba y el corazón aceleraba sus latidos de forma alarmante.
Cayó desplomada sobre la alfombra de su habitación.

-Abra los ojos. ¿Me oye? Señora Díaz, si me oye intente contestar.

Tenía frío y le dolía la cabeza. Trató de abrir los ojos y al hacerlo descubrió que una luz intensa le enfocaba.

-¿Me oye?
-Sí. Respondió medio aturdida
-Está usted en el hospital. Perdió el conocimiento y lleva cinco días inconsciente.
-¿Cómo?
-La portera de su bloque fue quien nos avisó.
-¿Cinco días?
-Sí, cinco días.
-Sólo quedan cinco entonces...
-Perdón, creo que no la entiendo. ¿Sólo quedan cinco que?
-Mi teléfono, la funeraria... balbuceó con voz angustiada.
-No sé de que me habla. Miré, trate de calmarse. Hemos de hablar.
-¿Hablar?
-Sí, verá. Tras la caída le hemos realizado un escáner y hay algo que no va demasiado bien.
-¿Que no va... bien?
-No sabemos si ya estaba ahí, o lo ocasionó la caída, pero debe usted saber que tiene un edema en el lóbulo frontal derecho.
-¿Un edema... ?
-Bueno, a veces acaban por desaparecer pero, es una situación delicada...
-¿Delicada... ? Miriam se echó a llorar.
-La dejaré un rato sola. Trate de descansar ¿Vale? Dijo el médico mientras salía de la habitación.

Miriam estaba aturdida. Era demasiada información de una sola vez. Su cabeza era incapaz de procesar lo sucedido. Mientras daba vueltas en su cabeza a lo que había dicho el doctor, el teléfono de la habitación sonó. Miriam lo miró durante unos segundos aterrada pero, como siempre, lo descolgó y lo acercó a su oído.

-¿Va a querer el ataúd de caoba o de pino? ¿Servicio Básico o Premium? Tan sólo le quedan cinco días... y no tiene tiempo que perder.

Miriam nunca salió viva de aquel hospital.

Cuenta la leyenda que a todo aquel que ose entrar en la web corre el riesgo de que se le asigne un número.

Luis L3mos - Lima, Peru

sábado, 30 de mayo de 2009

ASÍ DE SIMPLE

Así de simple. Sin escándalo.

Vibrante el sonido de esa Voz. Adentrándose, deslizándose suave, sin escándalo, en esas tinieblas de ese pueblo fantasma. Voz que arde, que horada, que empuja, que goza.

La oscuridad y el sigilo se entrelazan. Fornican plácidos entre las sombras de los cuerpos vírgenes. Penetran en las largas noches del alma. Los intuyen los sentidos internos. Sin escándalo. Copulan ahogados y con las bocas mudas. Acceden sin herir, sin llamar al dolor. Lenguas reptan por los pliegues de la carne interna. Se regodean hasta el fondo del pozo. Natura los mece apaciblemente, sin hacer uso del escándalo.

Simple. Así de Simple

Muy lejos de allí se despierta un caminante. Se despereza. Desnudo se alza del camastro y sin dudar un momento, emprende un largo viaje. Va atento buscando y encontrando lo que ha de fardar. Callado, absorto, lerdo, guiado por la Luz. Siguiéndola, trilla mil sendas. Deja en cada palmo algo de su archivo. Quiere el mejor alfayate que le fabrique un vestido regio para ir a una boda. Va al encuentro de su Novia.

En ese recorrido, llega al parque central de una villa donde encuentra a un maestro predicando. Se queda a escucharlo. Se entusiasma con el ardor que ese hombre le pone al discurso. Muy adentro de su ser, sus sentidos internos, atentos confrontan el mensaje de ese orador. Sigue escuchándolo. De pronto le llega el resultado del análisis de esa arenga. Decepcionado baja la cabeza, da la vuelta y sigue su andar. A sus espaldas va dejando la perorata del hábil ilustrado.

Mas adelante encuentra el Río, alguien lo tiñó de rojo. Pregunta a los lugareños el por qué de ese color y todos le contestan al unísono que una virgen fue violada y que después del crimen le escurrieron las entrañas en esas aguas. Simple, Así de simple. Abusaron sus carnes, sus emociones y pensamientos. Laceraron su mutismo. Quedó profanada su Arca. Desparramado en el ambiente ha quedado su secreto.

Simple. Así de simple.

Los criminales, escandalosos, ahora vociferan que “ellos” eran los dueños de su aliento.

Aquella antigua y dulce “Voz”a ella ya no le llega. Quedó sin inocencia, sin candor. Forzado su portal. Ella, una más ante el silencio cómplice. No hay caminos, solo una triste huella. Un débil rastro que se fuma el viento.

Aquel caminante siguió atientas, inerme, triste por siempre, por aquellos caminos inciertos… No quiere escuchar los discursos ilustrados ni desea volver a ver ríos de aguas rojas. Solo añora su camastro y la junta lasciva con la oscuridad y el sigilo. Quedó hastiado del mundo que vio, lleno de maestros, pero... ¿Sabios?

¡Así de simple!




Ana Lucía Montoya R.

miércoles, 27 de mayo de 2009

BIOGRAFIA DE UNA TRAICIÓN

Desde mis primeros años viví sepultada entre la picana de dos miradas.

La que acompañaba a mi madre, cómplice sin quererlo, a sus encuentros amorosos clandestinos. La del retorno, cuando mi padre me esperaba con esos ojos verdes saltones inquiriéndome, que tal me fue en la tarde de calesitas.

Malestar y desasosiego ardiéndome en el ácido del iris del alma.

¿Como decirle a él lo que podría causarle tanto dolor?

¿Cómo decirle a ella no te quiero acompañar, desintegrada en el pis del temor de los azotes en el rostro?

De todas maneras hoy retumba la palabra que mi padre decía siempre: hipócrita.

Una niña mentirosa no es más que un gran temblor, golpeando sus rodillas en el tiritar siempre de lo mismo. El adentro solo dice te amo, perdóname.

La madre tan valentona y prepotente que necesitaba de una coraza tan pequeñita para sus tretas. Dentro de cada uno de ellos, hay un hombre y una mujer desconocidos por mí.

Cada uno con su suerte o su desgracia, el destino que quisieron hilvanar en sus vidas, tironeando del hilo de mi pellejo.

Se me escapa la palabra Traición: abandono de las propias filas. A veces el territorio que te ha dado vida es tan doloroso, la patria tan impiadosa que te vuelves fusil, proyectil y hueco, o te reviertes en revolucionaria. Entonces traicionas y te vas lejos de esas columnas, te vas a un lugar desconocido a plantar tu propia bandera a ser tu Crusoe, sin mapas ni testamentos.

Llevas una memoria que por no perderla, la dejas colgada del pico de un pájaro, para que la lleve a volar lejos y que puedas respirar una parte nueva y más vital.

No hay nada más hermoso que ir hacia lo desconocido. Por aquello de que barro es la

el complot de tierra y agua, es que entrego mi elemento latifundio, para que con tus lluvias, hagamos ese barro alfarero desde donde pudiéramos hacernos al Hombre nuevo.

Mezcla de dos, argamasa de amor, exploración hasta la última gota de sed, rebuscar con nuestros dedos los oligoelementos que no se han descubierto, cerrar los ojos para abrir el alma y sentirse tan próximos uno del otro, que lo real sea sólo aquello con lo que se sueña. Y te sueño cada día más tibio en mí. El corazón late la palabra Traición para que te vengas desnudo de nación, para que te exilies en mis brazos, para que sepas que lo mágico no es aquello que se saca de la galera, sino justamente eso, que al lograrlo público, no se ve pero la imaginación lo hace sentir con el calor de la lava y el brillo de estrella y te laten todas las esperanzas y recuperas al niño y sos gavilán y paloma y el sol ilumina más impúdico, pero libre.

Lo cotidiano que asfixia con su marcha monótona a lo que puede llamarse amor, esa si que es una acción dispuesta para ser traicionada. Ella su propia victima y verdugo.

Nosotros, como tótem que no pueden ver, ni oír tampoco podemos escaparnos a estas ansias locas de escribirlo. Porque cada látigo que pegue con mis letras será la marca con cuánto dolor, profundidad y amor, te necesito mío. Desde la traición original, te marco en el beso morisco-mordisco de tu manzana, amén a que resuelvas volver sobre los pasos del edén y te caigas sobre mi como el ángel-diablo, más humano-más divino.



Faany G. Jaretón

domingo, 24 de mayo de 2009

Nico Chavito / Cuento

Este es un pueblo cagao. Yo no quiero que me entierren aquí: Nicolás González «Chavito»

Nico Chavito, quien vivió en los fondos de Pueblo Nuevo, dijo que él no sabe cómo entró el pecado a su carne y a su consciencia. Alguna vez vio la Crátera de Apolo y se entretuvo en la noche con tal pensamiento. El miraba al cielo nocturno, con la esperanza de observar la constelación de las Pléyades. Dijo que estuvo sediento de espíritu, pero no supo buscar la susodicha alma. Que las Pléyades mientan a las palomas y la paz del espíritu. Que donde quiera que observa para dar mentís a su fe, siente la habladuría de la lujuria, la codicia usurpadora y una miseria decepcionante. Se cuida de recibir una disciplina reaccionaria y represora; pero no tiene la fuerza para negarse a ejercerla él mismo.
A Nico Chavito le dicen que es poca cosa. El no sabe por qué. Lo olvidó. O se hace el sueco. Quizás es que él no progresa, como quiere. No tiene más presunción que la Vespa, aunque algunos amigos suyos se acreditan con la ambición de moda. Ser rico, serlo cuán rápidamente sea posible. Irse en búsqueda de los Verdes Prados / in USA / porque ya la inteligencia se acabó. Galbraith, el economista de moda, preconiza el Estado Pordiosero. Papá-Estado da mantengo y la sociedad de los ricos sostiene a los tontos en esta moderna permisividad de nenes lindos, caprichosones y piquitos de oro. Nico filosofa a veces, quejosamente, que el Estado Pordiosero todavía no le ha dado nada. Miserias que ofrezca el Mantengo que se la den a quien no pueda irse a New York a sacar dólares del judío, al riesgo de batirse con negros e italianos, o sucumbir a este demonio, la tecata...

El Adversario alega que no hay verdad. El ser es incognoscible. Esa es la forma en que entró el pecado: la mentira, según Nico y, ¿por qué no? El olvido ayuda. «Nadie está interesado en nadie, verdaderamente. Menos en este pueblo cagao». No hay verdad. Ni progreso. Ni pan ni tierra ni libertad. No hay ni mierda.

Nico fracasó, por causa del Demonio, en la tarea de buscar, con corazón sincero, un aleluya al Señor para su boca. Y le echan la culpa al Dr. Spock y Luis Ferré. Y en Pepino, a Mon Román y Piro Pérez Cancio. En este pueblo, sin memoria, se nos mira como a pulgas. Se nos minusculiza. Uno no es quien quiere ser y no es a otros ojos como es uno. Lo empequeñecen. El no es Nicolás. Es Nico. Y, visto según él mismo lo ve, parece que a su vida han puesto un precio de centavo. Por esta razón, tiene un coraje hoy y no trae de la grifa que le gusta. Ni un corte de heroína.

Este es un viajero en monkey hunt. O sea, en el esparcimiento. Esta noche se desvelará hasta que salga esa paloma misteriosa que él llama la Serenidad de la Inspiración. El espíritu en sí encarnado. Así podrá sacar los arpegios sublimes a su guitarra. Ya verá el grupo de bohemios las sorpresas que Nico Chavito da.

Dijo que ha querido que su vida transcurra distinta a lo que ha sido. Es un rezongón con las pléyades que le niegan luz. Refunfuña a su mujer. Está casado y la castiga. Tiene en la mira a una dominicana que habla inglés y le pide: «Introduce Charley!» O sea, dáme pinga, puertorro... El dice que es anti-retributivo, pero, cuando el instinto llama él va. Ofrece el «Banging Off» de las pléyades oscuras. Se va a la playa en su bici Vespa... y no quiere ser así, pero se le hace tan arduo calcular el placer y el dolor. El no dice, al pasar un buen rato e irse con amigos a festejar la alegría, que Magui tiene el mismo derecho. Es un ultramontano bestial. El le pega el cuerno y lo que sea que truene. Dijo que la soledad ya ni pueda nutrirse de él. Ya está creada con ese robar contínuo del Establecimiento y es la verdadera Babilonia, sumándose al alma, embotándola hasta dejarlo ciego ante la luz y ciego por las tinieblas.

Sus amigos que llegan de Perth Amboy, Brooklyn o el Bronx, son glotones. Unos puercazos en materia de la yerba. Lo instruyeron con sus trucos para el pánico con ácido, polvo de baterías, ajax y Alka Selzer. Nico siempre anda volando, wigged out, pese a que dice que las nifiadas son sábados y domingo. Mientras inhala, suspira una frase que parece quejumbrosa. o la satisfacción de su gratificada voluntad: «Ay, mi hermanito».

Anol Morales es otro de los serenateros. Vivió en el Sur del Bronx. Allá adquirió el tono de jodedor con que se estila. «Tú sabes, pana, tengo que meterme algo para afinar la nota». Y tú sabes, you know, tú sabes, you know, mi pana. Andaba con su cucharita, siempre callado, observador, creyendo que lo sabe todo. El es quizás hasta más iluminado que Nico. Aunque a veces parece, borderliner schizo, paranoico, con tanto... tú sabes, mi pana, tanta jeringa en la vena, quien cuando adolescente, en la escuela secundaria se sacaba el puntaje de excelencia, 4 puntos exactos. Mas ha perdido la fe y en el 1966, lo perturba la adicción y el alcoholismio. .. No cosechó la dicha ni con el matrimonio.. . Se casó con una hija de Nery Soto y de sus tres hijas, que han crecido bonitas, una de 18 años de edad se lanzó al vacío desde el balcón de un hotel del Condado y «tú sabes, pana, duele, you know». «Fue para acabar de joderlo», dice Nico.

Paco El Bolo, quien trabaja en la Central Plata, se unió a la jodedera en Pueblo Nuevo. No se sabe si es la posguerra miseriosa o el triunfalismo anticomunista de Hoover y McCarthy, no se sabe si el anti-soberanismo local, todo se combina con esta edad de oro muñocista, que dio ya el Pan y se olvidó de la Tierra... «La libertad a la mierda, como Albizu», dice El Bolo a su hermana que ha llegado de Columbia University al Pepino... «¿Quién hay que sueñe con las verdaderas libertades?» De cierto que de su grupo serenatero, ninguno. Ningno de los compinches de Paco el Bolo.

Sara Rivera, su hermana, maestra de matemáticas, lo aconseja en vano. La otra hermana, Matilde, enseña el español en los colegios. Estudió un posgrado en la Columbia University. En el decenio del '50, ella fue una profesora de méritos. Pensaba en la libertad patria; pero, con la paciencia de un maestro. Es académica, orgulllo para cualquier nación; pero...Paco, siendo ya padre de Magui, linda y cachendosa, es árbol que anda torcido. «No te ha faltado el consejo. Y son las amistades. O más bien, el machismo».

Los amigos y él no saben cómo Nico acumula espadas y bastos. Cómo le hace para vivir, mal que bien, y sostener a su familia. Ya saben que Magui, si por algo le ha peleado, es para que se cuide. El se jacta de que el Demonio lo tienta con más de una mujer. La revienta de celos y la golpea.

Ya que se compró una Vespa, se va en aras de sabiduría de lo Alto, posiblemente, para atravesar la circularidad del tiempo y saber de los secretos del Eterno Retorno. Estuvo de moda la dichosa Vespa y colocarse al hombro un hatillo de viajero y esperar el Sol en el Oriente y comenzar desde el Norte de la Nariz a nifiarse el Sur del ombligo. «Excuse me, but my nature calls!». A veces temen que se quede un viaje y no pueda seguir tocando la guitarra. Así él se gana sus pesos.

El día que conquistó a Magui se sentía el dueño del Nuevo Comienzo y era, en realidad, el dueño del Final, porque se hizo más vicioso. Y cada día más loco. Más irresponsable. Ella le dijo que buscara de Dios. Que no se indulga tanto en la vida mala: el placer, la impaciencia, el escapismo. Entonces, se la cingó por el ano, porque sabía que, en tales asuntos, ella es pudorosa. Muy chapada a la antigua. El no. El es macuarro. Sus amigos le dicen, como la dominicana, you're a poofy poper. Un puerco, apestoso adicto.

Y le da el mismo ataque de risa que verificó con ella después de verla llorar. Fue la primera vez que supo que Magui temblaba y, por miedo, hasta se orinaba encima.

El conoció la rosa blanca del amor puro. Pensó que la vio al conocer a Magui, hija de Paco el Bolo. Pero se ha sentido crecido. Es tan indeciso, sin fe. Un pichiruche. Con la greefa, Nico filosofa sobre la consciencia cósmica. O más bien, pierde la noción de tiempo sin sacar nada en claro. No es gente que lea y estudie. El cree en vuelos, en que se le regale el misterio sin buscarlo.

Ahora la serenata se extiende y perdura. No le ha sacado brillo a la guitarra. Hasta la consciencia le dice que es músico mediocre. «Y no es verdad», perjura él y le dice a los serenateros.

«Sosténme la guitarra, hermanito. Ya es hora de que ponga remedio a ésto». De la misma, hebilla y chapa de su correa, saca su navajita, sus químicos de batería, el surtido de polvos. Y se nifea, con un gusto profundo. Y, adelante, a cantar el que canta y a escucharlo, porque estos acordes vienen inspirados.

2.

«¿Qué te metíste, Nico?»

«Tocaste como nunca».

«Es Magui que te tiene enamorado, ¿verdad?»

Explica que es algo que sabe sobre la duración y el tedio. El tiempo es artificial. Si el Eterno Dios se caga y se mea en el tiempo, lo ignora porque es invención humana, cosa-ídolo de la Babilonia, si Dios no cree en las pendejadas del Greedy Pig, hasta el rico-comemierda, todo el mundo, pueden esperar.

«Hasta Magui», lo chotean.

«Que Magui espere, mi hermano», reenfatiza Nico Chavito.

«¡Qué suerte tienes, Nico!», han comentado más de una vez sin sentir que él se molesta. Magui es una hembrota. Esto dicho por alguno con malicia.

«Es tu musa, Nico».

Que no haya enconos. Cierto es que aluden a Magui como una rosa blanca. Como magi. Magia. La niña es un sol. Un sol que le da una oportunidad de ser feliz en esta era de hijodelagranputas. Y él no oye consejos. En su lugar, por escuchar estas cosas, en vez de contento, se encela. El hatillo de viajero (al que llama su consciencia, su superconsciencia de guachimán cósmico) está con agujeros. En vez de oro de sol y copas, dentro de la talega, para que inicie su viaje tan anhelado en el curso de los días, lleva únicamente el papel que corta del testamento, deshojándolo para enrolar su greefa. Mario Román, trompetista de la banda municipal de Toño Vega, al verles en los viajes de las tecaterías, dejó de frecuentarlo. Sólo dijo: «Pobre Magui; no sé cómo lo soporta como yerno Paco el Bolo».

Nico Chavito es lo que llaman un popper, poofy / asqueroso popper, no siempre tiene para ácido bueno, heroína no cortada ...y no que no haya tenido sus verdes prados, esparciendo mota para los glotones. A veces piensa que se le mete el diablo. Y que no hay Felices ' 50, como dice la gente de La Pava. Por lo menos, Pueblo Nuevo sigue siendo lo mismo. «Pepino es un pueblo cagao», donde día a día se mira a Wilson, gritando TI TI TI, desde esa cabecita con boca del tamaño de un puño. A veces es Rita la pordiosera o el negro Coconé, quien lo entristece.. .

Como lo ha mortificado que vean más mérito en ella que en él y él no es nada retributivo, los ha citado a la casa a todos. Ya saben lo que Nico pretende. No es la primera vez. Y, en fin, que ha convencido a uno, uno que no lo sabe.

«Nico con química en la cabeza es cabrón. No vayas. Mira que es tarde».

«¿Qué es lo que quieres que vea, Nico?»

«El poder del espíritu mío».

«Confieso que tocaste como genio en contacto con la musa».

«¿Musa? ¿Quieres ver cómo llora una musa?»

«¡No! ¿Cómo te inspira?»

«Quiero que presencies cómo llora una mujer».

Y a esa hora, 2:30 de la madrugada, llevó al amigo a la casa. Abrió la puerta con sigilo; pero, una vez dentro dio gritos y puños en la puerta de la habitación conyugal. El visitante vio que ella salió medio asustada, vestida con una bata.

«Mujer, ¿por qué no salíste a recibirnos o me esperaste en la sala? Tenemos una visita. ¿Qué va a pensar de nosotros?»

«No sabía», dijo con una voz casi inexistente.

En el área de cocina, estaba parado el visitante y Nico se le acercó, susurrándole al oído: «Lo que vas a ver te sorprenderá». Paso seguido, revisó un caldero.

«Oye, nena, no veo ni una sopita Campbell hecha».

«Si quieres, te la preparo».

«Al menos un café para el amigo».

Ella se abriga bien con su bata, da unos pasos a la cocina, pero ya está temblando. Nico sonríe con triunfo.

«No. Ya me hicíste quedar mal».

«No tardo».

«¿Como la que me hicíste ayer? ¿Una sopa sin sabor, una sopa insípida de mierda?»

«Como ya es tarde».

«¡Cállate! Me voy ahora mismo con la dominicana; pero te voy a dar antes unos burrunazos para que me aprendas a atender como se debe».

Y la simple palabra burronazo la hizo orinarse en las pantaletas.. . Suellta su llanto a lágrima viva, suplicándole a Nico: «¡Chavito, no me pegues!»

«Vela. Mira eso», pide al visitante.

Con el mero amago de Nico y el instinto de escapada de Magui se produjo un charco de meados a su paso. El amigo vio la musa en angustia y lo sorprendió un escalofrío. El agresor sólo se ensanchó con su ataque de risa y dijo a su amigo: «Vamos a echarnos una cervecita por ahí. El bar de Millán está abierto...»

3.

A mediados de 1975, cuando murió, no se le enterró en Pepino. Se supo que no lo había querido. Y no que el pueblo y sus mujeres no lo hayan perdonado. El formó un grupo religioso, cambió su vida. Era seguido y tenía, junto a otros, su templo y sus predicaciones. Ya hablaba como un hombre arrepentido.

Dijo que, al fin, supo cómo el pecado entró a su carne y a su consciencia. Cada día observa la Crátera de Apolo y se entretuvo en la noche, en oración, con tal pensamiento. Todavía mira al cielo nocturno, y observa la constelación de las Pléyades cuando el cielo es claro. Dijo que estuvo sediento de espíritu. Está en lo profundo del alma. Añadió que las Pléyades mientan a las palomas y la paz del espíritu. Y la última palabra que dijo, ya viejito, fue: Amén.

Del libro inédito / El pueblo en sombras

jueves, 30 de abril de 2009

NO TIENE RETORNO

Del llbro "Mundos orilleros"
Hay guapos y guapos





Las calles están húmedas, pegajosas, como inundadas de sangre.
—Mejor me calmo, se dijo, veo todo fúnebre, como mi suerte. Su traición no me dio para optimismo Me cuerneó en público, con la platea llena.

Palpó el metal. El frío lo apaciguó, le transmitió el letal impulso de la venganza sin recodos, la ejecución final.

—Acá no estuvo, Chino, está escondida, sabe que la buscás —el dueño del quilombo no quiere lola. Ni los clientes preguntan. Total, últimamente no daba mucha ganancia. Y ahora.... Que sea lo que sea, pero afuera.
—¿Y el Rosales? No le reprocho la encamada. Si me la pedía la entregaba con moñito. Pero así, de sotavento... Diga que la cara no tiene espacio para otro tajo, pero ya veremos.
Apuró la grapa que solícitamente le sirvieron y se retiró. No pensaba hacer líos por una puta.
¡Una puta!¡Qué pendejo que fui! —pensaba, mientras se encaminaba al bar del bajo—. Nunca me engrupí con salvarla, pero me ilusioné –gil- con un mundo aparte, ella y yo, en el calor de la piecita. Pero se veía venir, el vicio era mas fuerte que ella.
En el bajo, los perros se atropellaban revolviendo la basura. La luna, viciosa, no perdía detalle del desenfreno de los instintos, en los rincones oscuros.
Con el Rosales no tardó mucho. La garganta no tenía marcas. Hasta ahora. Decí que un degüello no es limpio, mucha sangre, justificó.
Le dejó el cuchillo puesto. Palpó. Lo de ella, frío, indiferente, brilló al sacarlo Esto es tuyo, Rubia, repasó.

Subió la escalera del conventillo. No había nadie. A la vista. Un coro de alientos entrecortados se elevó al cielo, hasta la luna se tapó con una nube tétrica y lujuriosa.
—¡Chino! ¡No sé qué hice! Estaba, no sé, loca, vos me conocés, si vos...
No pudo seguir. Desorbitada, trémula, siguió con la mirada la mano del Chino buscando en su cintura
—¡No!
Pero ya era tarde. El metal refulgió por un instante, anunciando el final. Después voló hacia su destino
—Esto es tuyo —el Chino sentenció fríamente—. Quedate con el llavero, para que no te ilusionés con mi vuelta. No tiene retorno.
La Rubia lloraba.
-- Carlos Adalberto Fernández---- E-Mail ----cafernandez. ar@gmail.com---- Blogs, sitios personales ----http://cadal. wordpress. com/http://carlosaferna ndez.blogspot. com/ (Museo)
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viernes, 24 de abril de 2009

YO TE ACOMPAÑO

De Profundis

—Voy a morir, ¿verdad? —La pregunta de Ana, débil pero clara, flotó en el silencio del consultorio. Miguel la tomaba firmemente de la mano. Aguardaron.
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El doctor, compasivo y distante, respondió:

—Hemos agotado todos los esfuerzos para curarla, o al menos para detener o aminorar el avance del mal. Les aseguro que hicimos todo lo humanamente posible. Lo lamento.

—-Cuándo... cómo...—murmuró Miguel, como si se hablara a sí mismo.

El doctor avanzó con cautela:

—Pronto. No más de un mes. Al principio se mantendrá como ahora, algo débil, lúcida, algunos dolores. Luego ya no podrá levantarse, perderá la relación con la realidad, se debilitará vertiginosamente —Anunciar crudamente el seguro final era menos doloroso, pensó.

Largo silencio. El médico tenía la paciencia de un monje.

—¿Tiene que permanecer internada? —fue la pregunta de Miguel—. Pensar en los últimos momentos, pasados en la frialdad paradójica de un lugar de salud, sobrecoge. Le pareció percibir, mientras decía esto, un gesto de afirmación y alivio por parte de su esposa.

—No. Que use, en lo que pueda, el tiempo que queda. Esto depende más de Uds.; cada paciente lo encara a su modo.



Los siguientes días los ocuparon en planear el viaje. Pasarían juntos, inseparables, en el mejor lugar posible, todos los momentos, hasta el último. Acordaron en ir a una hostería en Córdoba, en cuyas cabañas se habían conocido, años atrás.

Prepararon su equipaje final. Seleccionaron las cosas que les ayudaran a evocar momentos sensibles de la pareja.

Comunicaron a familiares y amigos la decisión. Sólo dijeron que tomarían una semana de vacaciones, antes de la internación. Podían darse el lujo: alquilaron un vehículo que los dejó, en pocas horas, en la entrada de la cabaña. Era de tarde, ya estaba refrescando.



El viaje había sido silencioso, sólo comentarios ocasionales. Ana se sentía contradictoria; necesitaba eludir la presencia ominosa del futuro anunciado. Siempre se había imaginado racional ante el hecho de la muerte. Un proyecto, una espera, levan terror –o rencor- a la idea de la muerte. Pero ella -¿ellos?- ya no esperaban nada.

Miguel observaba los cambios de semblante de su mujer. Denunciaban una lucha interna, que hacía distante la posibilidad de encarar serenamente los momentos siguientes. Encerrada en sí misma durante todo el viaje, se limitó a acompañar comentarios circunstanciales de él.

El resto del día lo dedicaron a refrescar vivencias del viaje anterior. Cansados y serenos, se acostaron en paz.



El llanto de Ana despertó a Miguel. Era de un fluir suave, continuo. Se incorporó en la cama, tomándole una mano, que ella abandonó.

—Me espanta la idea de una agonía dolorosa. No sé si los calmantes recetados ahuyentarán el dolor, y a costa de qué otros síntomas, qué consecuencias para mi lucidez, y mi valor. No quiero retorcerme entre las sábanas. No quiero que me dopen.

Miguel también temía ese desenlace; lo indignaba. Una agonía así aplastaba la dignidad humana. —-No vas a sufrir- le dijo. —No hay por qué.

Ella apoyó la cabeza en el hombro de él y cerró los ojos.

—¿Estarás conmigo hasta el final? —preguntó Ana—. Me duele dejarte sólo.

—Yo te acompaño. Hasta el final.



Desayunaron, escribieron unas cartas. En la cabaña abrieron el bolso de los recuerdos: fotos, cartas, objetos. Los fueron esparciendo sobre la cama y, recostados, comenzaron a devanar el ovillo de la memoria. Exclamaciones alegres, suspiros, varios ¿te acordás? acompañaron la travesía.

—¡Dieguito! —exclamó Ana al extraer la batita del hijo—. No pude siquiera darle de mamar.

Nunca había podido superarlo, y no era éste el momento de esquivar el puñal del recuerdo.



Desnudaron los últimos pensamientos.

—Yo sé que siempre fui cobarde —inició ella—. Siempre, como ahora, extraía toda la fuerza de tu compañía. No tengo miedo a la muerte, tengo miedo a la soledad, y no hay mayor soledad que tu ausencia. Anoche tuve un sueño, que no recuerdo haberlo tenido en hace muchos años atrás: iba, de la mano de mi padre, por un camino solitario. Una casa abandonada llamó mi atención y, como siempre, tironeando de la mano, llena de curiosidad, lo fui arrastrando hasta la puerta. Entré. En ese momento me di cuenta de la enorme negrura del lugar. Intenté tironear de la mano y me di cuenta que estaba agarrada al vacío. Detrás de mí, mi padre, y la puerta, habían desaparecido. Me desperté transpirando, el corazón el la boca.

—¿Te ha sido pesada mi dependencia? —preguntó Ana, luego de un momento.

—Nunca he sido más valiente que cuando te llevaba de mi mano —respondió Miguel—. Fui el espejo de tu mirada. Lo que querías que fuera, lo era. Sin ti....

Posiblemente me haya convertido en espejo, sin imagen propia, pensó Miguel.



—Ahora —dijo Miguel, incorporándose— , vamos al jardín.

Era de noche. La ayudó a recostarse sobre uno de los sillones, entró a la cabaña, fue a la cocina, echó agua en dos vasos y disolvió en ambos las cápsulas. Llevó ambos vasos al jardín, dio uno a su esposa, depositó al otro sobre la mesa.

—Bebe, —le dijo. Ella agotó el contenido sin apuro. Puso el vaso vacío sobre la mesa.

Él se sentó en el otro sillón, su vaso en una mano.

—¿Viste? —preguntó —. Como la otra vez, el río de leche, la Vía Láctea, cruzando el cielo, brillante y misterioso. ¿Te acordás? Aquí nos conocimos, dos almas solitarias, temerosas de las heridas de la vida, que –quién sabe por qué- inmediatamente confiamos el uno en el otro.

Ella reclinó la cabeza, él vació su vaso, tomó la mano de su esposa y continuó:

—Te vi, nos vimos, y sin conocernos comenzamos a jugar —rememoró él —.Adonde vas, te dije.

—A la loma —te respondí..

La mano de ella se ablandaba en su mano.

—¿Te acompaño?

—Si podés, alcanzame.

—¡Voy con vos!.

Y corrí detrás, y justo al llegar a la loma, estiré la mano y alcancé la tuya y........... .....

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De nada

Carlos

sábado, 18 de abril de 2009

ESCUELA DEL AMANECER

Eran las 5 de la mañana. A esa hora o ya caída la noche salgo a caminar porque igual que los vampiros detesto el sol directo y de esta manera economizo arrugas, pues no hay dinero para la plancha efectiva de la cirugía estética.

Aun estaba dormilón el día, oscuro y amancebado con unas sombras azules grisáceas. Siempre encuentro otros caminantes y también a los pocos “recicladores” , esas personas que viven de lo que recolectan de las basuras. De allí toman lo que les puede servir como son los papeles, cartones, botellas de vidrio o plástico y en algunos casos afortunados, algún mueble o trasto que se llevan a su casa como trofeo. Así convierten en “dinero-quimera” esas cosas que hemos arrojado nosotros.

Caminaba animosa disfrutando un tibio viento, suave, meloso. Con paso rápido marchaba cuando alcancé a oír a lo lejos y a mis espaldas la voz “acornetada” de una mujer que voceaba:

-¡Dos por dos…! al momento contestaba una criatura,

–Cuatro

-Dos por tres, seguía la mujer

-Seis, replicaba la vocecita.

Y con este canto se iba acercando la recicladora con un acompañamiento del chirriar doliente de la rueda perezosa de su carretilla y el sonido de guacharaca, acompasado y cansino de sus zapatos viejos que salía de aquel paso que arrastraba el sueño de educar como fuera a su niña.

Esta improvisada maestra con su ambulante escuela, halaba en ese humilde vehículo a su preciada carga: una niña de aproximadamente seis años, un perrito criollo de pelo negro y la pila de basura.

Licenciada sin título, especialista del amor, sabia del alma, con una ética sutil-simple- virgen, no masticada, pero digerible, bebible, alimenticia.

Quién sabe si la sociedad algún día la pague y jubile decorosamente a esta madre, maestra y trabajadora independiente.

Pasaron cerca de mi y ni siquiera me miraron, no veían, solo vivían…


Coreaban las tablas de multiplicar, mientras el perrito dormía encima del arrume de cartones. Iban como príncipe y princesa en esa humilde carrosa,

Unos sueños burlones revoloteaban como aureola en la mente de la madre...


Ana Lucía Montoya R.

viernes, 17 de abril de 2009

QUE LOS SABIOS BUSQUEN

Quiero una expedición que rastree el cosmos, en cohetes robots y tripulados. Será misión de paz o que vayan prudentemente armados.
Que busquen huellas, residuos, restos, evidencia. Que busquen mi universo, el de mi niñez, mi adolescencia. Quiero que me lo devuelvan o traigan referencias; por qué, cómo fue, que enemigo volvió polvo lo que del polvo vino
Que vayan arqueólogos, geólogos, antropólogos, detectives por si acaso. Que las víctimas hablen, nos cuenten qué pasó, qué se hizo del zaguán, el farol, el ceibo, la luna cómplice, la viuda delirante, el curda que retaba a Dios, el taura pordiosero, la soltera eterna, los fideos del domingo, la rubia que nos enseñó a todos y murió sola, el duelo nocturnal, el sanjón y sus muertos. También lleven un poeta, un medium y dos perros, que tomen contacto con lo invisible, que se comuniquen. Yo se que había familia, barrio, esquina, algunos documentos hablan de cosas extinguidas, tal vez encuentren ruinas.
Quiero oler la magnolia, saborear un racimo y después un beso, llorar al guapo que faltó sin aviso, temblar por las carnes de la Rosa, fallar un envido y acertar una grapa, mirar los pitucos viborear un tango, el brillo helado de dos cuchillos en pugna.
No me muestren autopistas, rascacielos, ejecutivos, gente sexy, acciones en alza, carisma, rating, música house o tecno, amores ligth & fast & dry, sexo wi-fi, reality mentiras...
... Mierda…
No digan que murió, que sólo mi memoria, mi vergüenza, mi impotencia, deliran y bullen de rencor, nostalgia, soledad.
Por favor muestrenmé un barrio de antes, con sanjón y baldio y todo. Aunque sea un ratito, antes de partir.



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Carlos Adalberto Fernández