Abrumada por la carga, pensaba que los días eran siempre de color negro y que el Sol era solamente un cuento azul o rosa relatado a los niños para hacerlos dormir.
-Sí, solo es eso que hace me sienta lenta como adormecida sin ganas de pensar. Todavía falta un trecho largo y debo ir a paso lento para que no se note la fatiga. Pero, a qué seguir si no hay quién reciba el fruto de este esfuerzo. La noche es la dueña de lo poco que queda de mis días y ya nada ni nadie podrá cambiar lo que me ha tocado en suerte. Nunca más seguiré esa ruta. - De esta manera iba reflexionando la sombra por la calle vieja.
Arrastrando los pies, balanceaba el cuerpo y ese cuerpo iba balanceando el alma. Así la vieron pasar. En esos pasos de péndulo estaba cuando vio aquel papel en el suelo mientras ensimismada, en tales pensamientos se dejaba ir con rumbo incierto. No sabía qué hacer, recoger el papel o seguir acariciando sus desteñidas quimeras . Con la eterna manía de ver todo limpio se agachó, lo tomó y estrujó entre sus dedos, lo hizo bolita y sin tirarlo siguió la vagancia. Sin darse cuenta, sin mirar, alisaba y hacia bolita. Como maniática repetía esa operación. Estuvo andando y jugueteando de manera inconsciente. Seguía caminando, sopesaba su cansancio, su hambre. Pensando también que era una íngrima que se desplazaba por los rincones sórdidos de ese pueblo. El sol alumbraba las calles pero ella, bajo el alero del desconsuelo solo sentía frío y un apetito loco que la consumía. En esas andaba cuando se encontró frente a la panadería de don Goyo. Su estómago se empinó, dio severo empujón con toda la neura que había acumulado ese día. Trastabilló. Hubo de detenerse y tomar aire, pero ese aire con aroma de pan recién hecho la intoxicó de tal manera que sintió náuseas y quedó envarada a unos pocos pasos de la puerta del negocio, mirando la vitrina giratoria donde exhibían los pastelitos fríos, con gelatinas de frutas. Daban vueltas esos suculentos bocados y así mismo su hambre revoloteaba en el estómago, la acosaba con aguijonazos que la hacían sobrecogerse y sudar como si estuviera debajo de la ducha. Se dio cuenta que de su boca salían gruesos hilos saliva, pegajosos, amargos. Observó que cerrando los ojos sentía el mismo vértigo que la hacía morir cada vez que aparecían los colores de los pastelitos. De pronto sus ojos se detuvieron en la pizarra que estaba en una de las naves de la puerta. En ese tablero negro anotaban con tizas de colores los números premiados de la lotería. Miraba, leía, hacía la bolita, alisaba el papel que tenía en sus manos. Se fue relajando. De pronto miró su mano en el momento en que alisaba el papelito que hacía mucho rato había recogido.
-¡Carajo! Cómo la estrujaba su belicoso vientre. Cómo la acosaban esos pataleos de los intestinos chillando… ¡Cállense! ¡No me jodan más! ¿Qué es esto? ¿Qué? ¡No! ¡Sí! Señoresss... soy yo, ¡Sí!
Corrieron todos hacia ella ante el barullo que había armado. Y mientras llegaban hasta la mujer, ésta cayó al suelo sonriente, con la mirada perdida. En su mano apretaba el billete del premio mayor de la lotería...
Ana Lucía Montoya Rendón
Agosto 21 de 2008
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos."
viernes, 23 de abril de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Ese espejo

ESE ESPEJO
Cuenta Esteban:
“Anoche, al apagar la luz del baño, un titilar, un temblor –vistos, o sentidos-, me sorprendieron. Vino del espejo, como si hubiera reflejado algo. O como si se hubiera estremecido. .. ¡Qué imaginación, Esteban!, me dije. De todos modos volví a encender la luz. El baño no tenía abertura al exterior, no podía reflejar otra luz que la del plafón que acababa de apagar y reencender. La apagué de nuevo y me fui a la cama. “La verdad que ese espejo despierta sospechas... en un paranoico como yo; ya no es la primera vez que pasa”, decidí. Yo mismo lo había comprado, hace unos meses, en un negocio de venta de muebles usados y antiguos. De dos metros de altura, puesto desde el piso, con un elaborado marco de madera repujada, parecía comunicar con una habitación interior de un...”palacio veneciano”. Es lo que le dije al vendedor, a la semana, cuando regresé para obtener información del espejo.
—¡Aproximado! Era marco de una puerta de un antiguo palacio... en Granada, España. Inclusive el mismo espejo viene de ese lugar. Fue hecho, me dijeron, siglos atrás, por un alquimista —el vendedor se volvió locuaz, orgulloso de su venta—. Habrá notado que no siempre parece reflejar.
—Lo notó mi novia que, curiosa, quiso ver la habitación desconocida y tropezó.... con su propia imagen —comenté—. Lo realmente extraño es el color —a veces bermellón, otras morado—, de una calidez... como íntima.
—O misteriosa —acotó el vendedor, ya lanzado—. Ese color es consecuencia del material reflectante, desconocido. Visto desde un ángulo, pareciera ser una pared.... transpirando sangre.
—¡Bueno! ¿Qué busca, que le devuelva el espejo, o venderme más “antigüedades”, fabricadas por Ud. mismo, en el taller?
—Perdóneme, pero le aseguro que le conté lo mismo que oí de quién me vendió el espejo. Puede haberse tratado de un vendedor imaginativo, pero, en cuanto al espejo, su origen es insospechable —el vendedor pareció molestarse—. Me reservo las demás cosas que me contó.
Cuando volví a casa, paranoico al límite, decidí enfrentar el enigma del espejo. Mi novia venía mañana, a encarar nuestra vida en pareja, seguramente expectante, y yo no me encontraba en la mejor condición. Todo por mi enfermiza imaginación, que me hacía atribuirle al espejo características misteriosas. Hoy mismo, al salir del anticuario, viajé hasta la dirección que él mismo me dio. Encontré a un artesano, Elías, quien dijo haber recibido al espejo, herencia familiar por generaciones. Sí; la capa aplicada al dorso del espejo era resultado de una fórmula alquímica, desarrollada hacía más de tres siglos por un ascendiente de la misma familia. Sabia la fórmula y la había aplicado, “a espejos y otros objetos”, pero unos accidentes le mostraron que faltaba un ingrediente o un procedimiento. Ante mi pregunta acerca de las propiedades del espejo, contestó:
—Es verdad que parece no estar según de dónde se lo mira, que emite –no refleja, emite- una tonalidad morada, que parece llorar sangre, que parece haber un tapiz haciendo de cortina. Todo eso es verdad, pero ¿qué verdad?¿qué lado refleja, el suyo (el nuestro), o un mundo oculto del otro lado del espejo? Si es así, ¿qué ven los otros?¿nos ven, cómo nos ven?
Dicho esto, me despidió, casi bruscamente.
—Ni Ud. ni yo, Señor, tenemos la respuesta. ¿Será, el misterio como dice este documento, antiguo como el espejo? —finalizó mientras me alcanzaba una hoja,
y me despedía.
El documento decía:
“... Por esto es que dando la vuelta al espejo, observarás brevemente todo lo que hay que ver en el espejo, que seguramente ningún subterfugio ni laberinto alguno se hallan debajo, pero que una línea recta atraviesa completamente el círculo,(..,) Entonces es formado todo un espejo en el cual un ciego ve el negro, el blanco y el rojo, de otro modo escondido por la apariencia. Por ahí el misterio es revelado, y lo grosero es liberado de los lazos elementarios ...
De «Cábala, Espejo del Arte y de la Naturaleza en Alquimia» (1654)”
Me estaba empantanando en mis fantasías, y escritos como éste no me ayudaban. Traje una silla al baño y me coloqué con ella en diversos ángulos, permaneciendo largos minutos en cada lado. Ya me estaba cansando, y mi atención se dispersaba. En ese momento una sensación me invadió. ¡Me estaba mirando!. Al acercarme al espejo, ahí estaba yo. Mejor dicho, mi imagen. Pero esa imagen ¡me miraba! Claro, si yo la miraba cómo no mirarme, pero aseguro que cuando no la miraba, me seguía mirando. Hice una prueba: me coloqué en un ángulo y miré al espejo, reflejado en el espejo chico de un botiquín, encima del lavatorio. Él, mi imagen, me miraba a mí, directamente, no al botiquín. Al darse cuenta de mi descubrimiento CORRIÓ UNA CORTINA y el espejo dejó de reflejar. No sé explicarlo, pero todo el mundo sabe cómo suena una cortina cuando se desliza rápidamente por su corredera, el oscilar, el temblor de la cortina, la quietud final. Corrí al frente del espejo. Ahí estaba mi imagen. La copia exacta, especular, de mis movimientos. Nos mirábamos. Pero su mirada no era la mía. Había un frío desprecio, un odio mortal en esa mirada. Y no le importaba que yo lo notara.
Corrí al dormitorio. Volví con sábanas y mantas y tapé al espejo. Apagué la luz, salí del baño y lo cerré con llave.
Mañana voy a ver al artesano, decidí. El es el heredero del secreto, debe saber todo. Matilde llega al mediodía, ya tengo que tener todo resuelto.”
Contó Esteban.
***
Ya en la madrugada, Esteban viajó en busca del artesano, no sin antes amontonar muebles contra la puerta del baño.
En lugar de resistirse como esperaba, Elías se manifestó dispuesto a acompañarlo “en mi lucha contra el mal”, como irónicamente le dijo.
—Pero debemos preparar el antídoto, o, más precisamente, la sustancia que anule, al menos provisoriamente, el efecto del preparado que se combinó originalmente con el azogue. Espéreme, por favor. Se retiró, volviendo como una hora después, con un pequeño frasquito en la mano. Ni en ese momento, ni durante el viaje, respondió las preguntas de Esteban.
Al entrar a la casa, nota las maletas de Matilde y, luego, inquieto, que los muebles que él colocara clausurando el baño estaban en su lugar. Corrió, seguido por el artesano. Matilde no estaba en el baño, pero sí había estado. Estaba su cartera y la ropa de cama ya no tapaba el espejo, estaba pulcramente doblada en el estante. Desesperado, ante la mirada impasible de su acompañante, se plantó frente al espejo.
—¿Dónde está Matilde?¿Qué le hiciste, monstruo? ¡Me está mirando!¿Ve?¡Él la tiene! —Apoyó sus manos en el espejo, y luego su frente, quedando enfrentados Esteban y su imagen, Esteban y su enemigo. El espejo despedía un resplandor rojizo, titilante, y parecía oscilar en ondas concéntricas a las manos y la frente de él, o de ambos. Esteban gritaba ¡Matilde!. Las ondas en el espejo crecieron a oleaje cada vez más alto y violento, hasta que tapó totalmente a Esteban, por un momento. Luego la ola descendió, el espejo se aquietó, y la única luz fue la del plafón. Pero Esteban no estaba.
El hombre esperó un instante. Luego, abrió el frasquito y, sin tocar el espejo, lo roció con la pócima, meticulosamente. Aguardó unos minutos, acercando cada tanto la mano como quien controla el calor de una plancha. Estaba contento, hacía muchos años que el espejo no emitía ese color tan cálido. Ya casi no lo recordaba. Cuando pudo apoyar la mano procedió a desprender el espejo de su marco y luego a envolverlo con diarios, bolsas de consorcio y finalmente lo ató con hilo resistente. Levantó el paquete cuidadosamente, salió de la casa, cerró y se fue lentamente.
Carlos Adalberto Fernández
Amigos
Se despertó temprano y entreabrió los ojos; pensó en seguir durmiendo pero recordó qué día era y con resignación decidió levantarse.
Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.
Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.
Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.
Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.
Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.
Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.
Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.
Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.
-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.
Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.
Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.
Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.
Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.
-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-
Le daba lo mismo: ese día era feliz.
Liliana Varela
De "cuentos para no dormir"
Ediciones muestrario
Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.
Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.
Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.
Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.
Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.
Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.
Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.
Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.
-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.
Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.
Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.
Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.
Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.
-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-
Le daba lo mismo: ese día era feliz.
Liliana Varela
De "cuentos para no dormir"
Ediciones muestrario
viernes, 12 de marzo de 2010
El péndulo
Aprende a morir y vivirás, porque nadie vivirá
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)
María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.
******
Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.
(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)
Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.
(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
******
Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.
(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.
(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…
Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…
Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…
Lady López
http://ladylopez954 .blogspot. com/
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)
María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.
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Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.
(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)
Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.
(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
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Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.
(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.
(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…
Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…
Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…
Lady López
http://ladylopez954 .blogspot. com/
viernes, 26 de febrero de 2010
Reglas establecidas
-Sólo le pido un poco de bondad señora, por usted, por sus quejas infundadas voy a perder el trabajo...
Marcos López, el encargado de un coqueto edificio de un barrio de clase alta, intentaba conciliar con la gruñona del 8vo piso. Desde que esa mujer había enviudado hacía cinco años, su vida era un caos; problema tras problema era todo lo que escuchaba de la amargada y pudiente mujer. No sabía por qué extraño mecanismo esa "gentil" señora casada se había transformado en esta fiera agriada y molesta del presente. Todo le incomodaba: si la luz del palier quedaba prendida, si eran las seis y cinco minutos y él no estaba en la entrada del edificio y miles de pequeñeces más.
Pero lo peor para el empleado era cuando, encerando los pasillos y puertas del piso de la viuda en cuestión, ésta tenía la maldita costumbre de dejar entreabierta la puerta –según ella por su problema de claustrofobia; López estaba seguro que lo hacía para espiarlo cuando hacía sus quehaceres. Esto, si bien era molesto no era lo peor ya que la dama en cuestión "Vaya a saber si por arteriosclerosis o qué" pregonaba a diestra y siniestra que él la espiaba abriéndole la puerta, seguramente con alguna copia de llave que tenía – incluso, llegó a decir, que estaba casi segura de que le faltaban valiosos objetos de su departamento.
Las quejas fueron en aumento de tal manera que se buscó conciliar ambas partes; buena parte del edificio confiaba en López pero la mujer tenía varias propiedades más en el inmueble, por lo tanto su influencia era grande.
El pedido del Consejo de Administració n fue muy claro: López sólo limpiaría el pasillo de la señora cuando ésta durmiera la siesta y en ese intervalo la señora estaba "obligada por las reglas de convivencia establecidas" a mantener su puerta cerrada con llave. Era la última oportunidad para el encargado, si existían más quejas, debería ser despedido.
-A mi no me interesa ni usted ni la supuesta enfermedad de su mujer López, usted es un empleado y debe respetar las reglas de subordinación al propietario: yo le pago el sueldo ¿entendió?
Allí terminó el intento de comprensión con la mujer por parte del encargado.
Esa tarde –como lo hacía de acuerdo a las benditas reglas establecidas –enceraba el piso, cuando sintió el chirrido de la puerta de servicio de la mujer.
Ahogando un insulto al recordar que era el franco de la mucama se apresuró en su tarea para no chocarse con la vieja insufrible.
Allí la vio.
La mujer se deshacía en el intento de un gesto de súplica, alargaba su brazo derecho apoyando los dedos en el picaporte en tanto su otro brazo señalaba el pecho; apenas podía gemir.
Era obvio que estaba sufriendo un ataque cardíaco –ya había tenido dos preinfartos.
López observó la escena de súplica: él podía salvarla y ella le debería la vida.
Se acercó a la puerta y le tomó la mano que estaba apoyada en el picaporte, con ternura la retiró; luego le cerró la puerta en las narices ante la desesperada mirada de la mujer.
-Respetemos las reglas establecidas señora. Hay que convivir.
Y siguió con su tarea.
Liliana Varela 2008
Marcos López, el encargado de un coqueto edificio de un barrio de clase alta, intentaba conciliar con la gruñona del 8vo piso. Desde que esa mujer había enviudado hacía cinco años, su vida era un caos; problema tras problema era todo lo que escuchaba de la amargada y pudiente mujer. No sabía por qué extraño mecanismo esa "gentil" señora casada se había transformado en esta fiera agriada y molesta del presente. Todo le incomodaba: si la luz del palier quedaba prendida, si eran las seis y cinco minutos y él no estaba en la entrada del edificio y miles de pequeñeces más.
Pero lo peor para el empleado era cuando, encerando los pasillos y puertas del piso de la viuda en cuestión, ésta tenía la maldita costumbre de dejar entreabierta la puerta –según ella por su problema de claustrofobia; López estaba seguro que lo hacía para espiarlo cuando hacía sus quehaceres. Esto, si bien era molesto no era lo peor ya que la dama en cuestión "Vaya a saber si por arteriosclerosis o qué" pregonaba a diestra y siniestra que él la espiaba abriéndole la puerta, seguramente con alguna copia de llave que tenía – incluso, llegó a decir, que estaba casi segura de que le faltaban valiosos objetos de su departamento.
Las quejas fueron en aumento de tal manera que se buscó conciliar ambas partes; buena parte del edificio confiaba en López pero la mujer tenía varias propiedades más en el inmueble, por lo tanto su influencia era grande.
El pedido del Consejo de Administració n fue muy claro: López sólo limpiaría el pasillo de la señora cuando ésta durmiera la siesta y en ese intervalo la señora estaba "obligada por las reglas de convivencia establecidas" a mantener su puerta cerrada con llave. Era la última oportunidad para el encargado, si existían más quejas, debería ser despedido.
-A mi no me interesa ni usted ni la supuesta enfermedad de su mujer López, usted es un empleado y debe respetar las reglas de subordinación al propietario: yo le pago el sueldo ¿entendió?
Allí terminó el intento de comprensión con la mujer por parte del encargado.
Esa tarde –como lo hacía de acuerdo a las benditas reglas establecidas –enceraba el piso, cuando sintió el chirrido de la puerta de servicio de la mujer.
Ahogando un insulto al recordar que era el franco de la mucama se apresuró en su tarea para no chocarse con la vieja insufrible.
Allí la vio.
La mujer se deshacía en el intento de un gesto de súplica, alargaba su brazo derecho apoyando los dedos en el picaporte en tanto su otro brazo señalaba el pecho; apenas podía gemir.
Era obvio que estaba sufriendo un ataque cardíaco –ya había tenido dos preinfartos.
López observó la escena de súplica: él podía salvarla y ella le debería la vida.
Se acercó a la puerta y le tomó la mano que estaba apoyada en el picaporte, con ternura la retiró; luego le cerró la puerta en las narices ante la desesperada mirada de la mujer.
-Respetemos las reglas establecidas señora. Hay que convivir.
Y siguió con su tarea.
Liliana Varela 2008
jueves, 28 de enero de 2010
Don Rogelio, una historia común
Se había asomado a este mundo en una de esas montañas polvorientas de Cataluña. Eso era todo lo que se sabía de él, además de que se llamaba Rogelio Armendia o Aramendia o Aramencía.Se lo llamó simplemente Don Rogelio. Don Roge, para los amigos. Pero esto era mera suposición porque no se le conocía a ninguno. También corrió el sumor de que eh España habían quedado una esposa y un hijo, a los que esperaba traer.
Parece que llegó sólo a ese pueblito catamarqueño, un verano más insoportable que los pasados, pero seguramente menos que el siguiente. Se hospedó en la unica fonda del lugar. No comía ahí. En el almacén anexo a la misma fonda compraba longaniza, ajo, cebolla, vino. Queso y pan eran adquiridos en los puestos de las calles,
Se relacionó con las inmobiliarias (por darle un nombre, porque lo que se vendía eran arenales, montes de espinillo, cauces secos). Adquirió una hectárea a dos kilómetros del Centro Cívico del pueblo, en lo que se llamaba "la costa" porque a partir de allí ondeaba el interminable mar de arena.
Trabajaba incansablemente. Recuperó la casa derruída (una habitación grande, mirando al patio, con un alero a todo lo largo), la cocina y el baño, alrededor del patio, mirando al centro, y otra habitación para taller y depósito, en el lado del fondo del patio. En el medio del patio un algarrobo y una mesa de tamaño respetable, algunos bancos. A unos metros de ahí, instalaciones para animales y la huerta de la casa. Mas allá el sembradío, atravesado por el canal, del que periódicamente, segun turnos preestablecidos, se recibía agua con morosidad.
Cuando la casa estuvo habitable, dejó la fonda y se mudó. Ofreció a Dña. Angeles, viuda con 6 hijas todas solteras, contratar a la mayor, Hortensia, cama adentro, como “ama de casa”. Con un destino de tía solterona como mejor alternativa, Hortensia aceptó. Hubiera aceptado aunque fuera “todo servicio”
Una vez por mes mandaba carta a España. Siempre esperaba una respuesta, que una vez, meses después llegó. Pero no pareció ser la respuesta que Rogelio esperaba. Fue el único día que no se lo vio trabajar. Todo el mundo oyó a Hortensia suplicar llorando, que no la deje, que ya no podía volver a su casa. Era una lástima, tanto esfuerzo pendiente de una respuesta que no se dio.
A la semana, habiendo vendido o regalado todo, Rogelio -y su empleada- partieron para Buenos Aires.
<>
Llegado a la ciudad, Rogelio buscó comodidades en alquiler “para mí y mi empleada”. Se instaló en el barrio de Once, en las dos piezas finales de un pasillo largo que conectaba tres patios con habitaciones en alquiler. Una habitacion era su dormitorio. La otra, living-comedor durante el día, habilitando una cama para Hortensia. Ninguno se quejó, A los pocos días Rogelio comenzó a trabajar de mozo en un bar de mala muerte y peor fama, a espalda del cementerio y la vía, La tarea no era muy compleja: en su turno -entrada la noche hasta la madrugada- debía asegurar la provisión de bebida -vino, grapa, caña- fiambre y pan. Y controlar el orden. Parecía entrenado. Silenciosamente, el o los perturbadores terminaban tirados en el sanjón, o con la cabeza rota. Su arma de combate era una simple botella de barro llena de arena húmeda. Los desafíos a cuchillo no lo alteraban, el contendiente sabía que en momento del ataque, la alta estatura de Rogelio, su brazo largo y robusto, su ausencia total de temor, garantizabanal atacante algún hueso roto. Y el siguiente golpe podía ser fatal. Por otro lado había que evitar el ridículo de un duelo perdido contra un porrón. El hecho era que ese bar llegó a ser uno de los lugares más pacíficos de la zona.
Rogelio no intervino en la vida diaria de la casa. Dormía a la vuelta del trabajo hasta pasado el mediodía, cuando consumía en soledad su menú de ajo, cebolla, longaniza, hasta que Hortensia anunciaba el almuerzo. Parecían un matrimonio, y Rogelio no hacía nada por desmentirlo. Tal vez eso -el ser una familia en Buenos Aires- fue lo que agrupó a su derredor a todos los jóvenes y adultos solteros del pueblo natal y alrededores. Pasaron a ser, de hecho, la autoridad familiar en cuestiones sentimentales y sociales. Lo que ellos dictaban era ley para el grupo. En realidad, Rogelio no participaba, pero su opinión obraba a traves de Hortensia en función de oráculo. Fueron “abuelos”, decidieron carreras laborales, matrimonios. Algunas decisiones no fueron bien recibidas, pero nadie se atrevía a cuestionar a Don Rogelio, Hortensia se acostumbró a resolver litigios con un “si no te gusta hablale al Roge, o andate, que nadie te tiene atado”. Parece ser que alguien le habló al Roge. El domingo siguiente, luego de una noche poblada de alaridos, gritos “no hablés en mi nombre” y “con el cinto no”, Hortensia se declaró agotada por la responsabilidad asignada por “la familia”. Propuso un consejo de notables con libertad de opinión y mediación de Don Rogelio ante conflictos.
Don Gallego (así lo llaamaban ahora) acentuó su participación en la vida cotidiana del grupo, y Hortensia se resignó a ser sólo una notable. En los almuerzos de los domingos se hizo usual la entrada de cebolla, ajo y longaniza general, antes del plato central.
<>
A los años llegó un telegrama. Don Rogelio lo leyó y lo dejó en la ventanilla. Todo el pueblo se enteró de su contenido:”Mamá te perdonó. Te voy a buscar”. Ese domingo no hubo almuerzo en el inqulinato. Hortensia no cesaba de llorar. Rogelio no hablaba con nadie. Dicen que participó en peleas violentas en el bar.
En la mañana apareció el visitantte. Era el hijo de Don Rogelio. El encuentro fue emotivo, largo , tierno, con cebolla, ajo, longaniza y empanadas. Hacia el fin Hortensia se levanto para retirarse.
-Ud se queda, Hortensia. En su asiento -ordenó con voz firme Don Rogelio. Y luego dirigiéndose a su hijo:
-Esta casa es tuya. Sus puertas estan abiertas para ti. Y a tu madre dile... dile que valoro su gesto, pero que llegó... un poco tarde. Que tal vez le haga bien perdonarse a ella misma.
<>
Y, sí, Cada vida es una historia.
© Carlos Adalberto Fernández
Parece que llegó sólo a ese pueblito catamarqueño, un verano más insoportable que los pasados, pero seguramente menos que el siguiente. Se hospedó en la unica fonda del lugar. No comía ahí. En el almacén anexo a la misma fonda compraba longaniza, ajo, cebolla, vino. Queso y pan eran adquiridos en los puestos de las calles,
Se relacionó con las inmobiliarias (por darle un nombre, porque lo que se vendía eran arenales, montes de espinillo, cauces secos). Adquirió una hectárea a dos kilómetros del Centro Cívico del pueblo, en lo que se llamaba "la costa" porque a partir de allí ondeaba el interminable mar de arena.
Trabajaba incansablemente. Recuperó la casa derruída (una habitación grande, mirando al patio, con un alero a todo lo largo), la cocina y el baño, alrededor del patio, mirando al centro, y otra habitación para taller y depósito, en el lado del fondo del patio. En el medio del patio un algarrobo y una mesa de tamaño respetable, algunos bancos. A unos metros de ahí, instalaciones para animales y la huerta de la casa. Mas allá el sembradío, atravesado por el canal, del que periódicamente, segun turnos preestablecidos, se recibía agua con morosidad.
Cuando la casa estuvo habitable, dejó la fonda y se mudó. Ofreció a Dña. Angeles, viuda con 6 hijas todas solteras, contratar a la mayor, Hortensia, cama adentro, como “ama de casa”. Con un destino de tía solterona como mejor alternativa, Hortensia aceptó. Hubiera aceptado aunque fuera “todo servicio”
Una vez por mes mandaba carta a España. Siempre esperaba una respuesta, que una vez, meses después llegó. Pero no pareció ser la respuesta que Rogelio esperaba. Fue el único día que no se lo vio trabajar. Todo el mundo oyó a Hortensia suplicar llorando, que no la deje, que ya no podía volver a su casa. Era una lástima, tanto esfuerzo pendiente de una respuesta que no se dio.
A la semana, habiendo vendido o regalado todo, Rogelio -y su empleada- partieron para Buenos Aires.
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Llegado a la ciudad, Rogelio buscó comodidades en alquiler “para mí y mi empleada”. Se instaló en el barrio de Once, en las dos piezas finales de un pasillo largo que conectaba tres patios con habitaciones en alquiler. Una habitacion era su dormitorio. La otra, living-comedor durante el día, habilitando una cama para Hortensia. Ninguno se quejó, A los pocos días Rogelio comenzó a trabajar de mozo en un bar de mala muerte y peor fama, a espalda del cementerio y la vía, La tarea no era muy compleja: en su turno -entrada la noche hasta la madrugada- debía asegurar la provisión de bebida -vino, grapa, caña- fiambre y pan. Y controlar el orden. Parecía entrenado. Silenciosamente, el o los perturbadores terminaban tirados en el sanjón, o con la cabeza rota. Su arma de combate era una simple botella de barro llena de arena húmeda. Los desafíos a cuchillo no lo alteraban, el contendiente sabía que en momento del ataque, la alta estatura de Rogelio, su brazo largo y robusto, su ausencia total de temor, garantizabanal atacante algún hueso roto. Y el siguiente golpe podía ser fatal. Por otro lado había que evitar el ridículo de un duelo perdido contra un porrón. El hecho era que ese bar llegó a ser uno de los lugares más pacíficos de la zona.
Rogelio no intervino en la vida diaria de la casa. Dormía a la vuelta del trabajo hasta pasado el mediodía, cuando consumía en soledad su menú de ajo, cebolla, longaniza, hasta que Hortensia anunciaba el almuerzo. Parecían un matrimonio, y Rogelio no hacía nada por desmentirlo. Tal vez eso -el ser una familia en Buenos Aires- fue lo que agrupó a su derredor a todos los jóvenes y adultos solteros del pueblo natal y alrededores. Pasaron a ser, de hecho, la autoridad familiar en cuestiones sentimentales y sociales. Lo que ellos dictaban era ley para el grupo. En realidad, Rogelio no participaba, pero su opinión obraba a traves de Hortensia en función de oráculo. Fueron “abuelos”, decidieron carreras laborales, matrimonios. Algunas decisiones no fueron bien recibidas, pero nadie se atrevía a cuestionar a Don Rogelio, Hortensia se acostumbró a resolver litigios con un “si no te gusta hablale al Roge, o andate, que nadie te tiene atado”. Parece ser que alguien le habló al Roge. El domingo siguiente, luego de una noche poblada de alaridos, gritos “no hablés en mi nombre” y “con el cinto no”, Hortensia se declaró agotada por la responsabilidad asignada por “la familia”. Propuso un consejo de notables con libertad de opinión y mediación de Don Rogelio ante conflictos.
Don Gallego (así lo llaamaban ahora) acentuó su participación en la vida cotidiana del grupo, y Hortensia se resignó a ser sólo una notable. En los almuerzos de los domingos se hizo usual la entrada de cebolla, ajo y longaniza general, antes del plato central.
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A los años llegó un telegrama. Don Rogelio lo leyó y lo dejó en la ventanilla. Todo el pueblo se enteró de su contenido:”Mamá te perdonó. Te voy a buscar”. Ese domingo no hubo almuerzo en el inqulinato. Hortensia no cesaba de llorar. Rogelio no hablaba con nadie. Dicen que participó en peleas violentas en el bar.
En la mañana apareció el visitantte. Era el hijo de Don Rogelio. El encuentro fue emotivo, largo , tierno, con cebolla, ajo, longaniza y empanadas. Hacia el fin Hortensia se levanto para retirarse.
-Ud se queda, Hortensia. En su asiento -ordenó con voz firme Don Rogelio. Y luego dirigiéndose a su hijo:
-Esta casa es tuya. Sus puertas estan abiertas para ti. Y a tu madre dile... dile que valoro su gesto, pero que llegó... un poco tarde. Que tal vez le haga bien perdonarse a ella misma.
<>
Y, sí, Cada vida es una historia.
© Carlos Adalberto Fernández
domingo, 24 de enero de 2010
Marurí y el mago
Con peroles, retortas y hierbas trabaja el mago. De pronto el batir de unas alas, casi apaga el fuego de las velas que alumbra el recinto. Gira su cabeza y en sus manos ya está Marurí, la mariposa multicolor.
Ella le cuenta historias de su visita a muchos jardines y de la multitud de flores que encuentra, con cuyo polen se alimenta. Y el mago la escucha en su mecedora.
- Quisiera volar más alto, tener más amigos. Y ver el mundo plagado de colores. De fiesta y alegría. Volar y volar alto, muy alto; por jardines, plazas y comarcas. El mago la escucha, contempla su belleza. Recurre a sus artes, le dice:
- Mapa Rupu Rípi, Mapa Rupu Rípi, Mapa Rupu Rípi. ¡Pronuncia tres veces estas palabras mágicas! Y aplaude ¡Plap, plap, plap!. Y Maruri vuela, vuela preciosa.
A medida que sube a los cielos, a la bóveda azul, de mariposa multicolor se convierte en pajarita, en la pajarita Marurí.
Vuela y se desliza por magníficos jardines de flores exóticas, plazas y castillos; selvas y sierras; ríos y mares. Viaja mucho, visita el mundo y un día al fin cansada de tanto volar y de conocer tierras, regresa, guiada más por el resplandor que le alegra el corazón que por el fuego de las velas que alumbran la choza del mago.
Encuentra al viejo amigo con sus peroles, hierbas y retortas Se posa en su hombro y le cuenta historias al oído. El mago escucha a Marurí, feliz por su visita, disfruta con sus relatos. Historias de amor y desamor. Pasión y olvido. Riqueza y pobreza. Guerra y paz.
El mundo no era feliz: sólo había breves momentos de felicidad para el hombre y los otros seres en el mundo. Habían colores, muchos colores, aunque opacados por las sombras, por la bruma.
- Quiero dar alegría, quiero que todo sea una fiesta. ¿Qué puedo hacer?. Y si no soy pajarita, quién sabe…
El mago le dio sándalo, incienso, piñas de pino, cardamomo, sarmientos, flores y hierbas aromáticas y la colocó suavemente en la ventana, diciéndole:
-Vuela, vuela, vuela amiga mía, dulce mariposa, pajarita de mis sueños. Mapa rupu rípi Mapa rupu rípi Mapa rupu rípi. ¡Plap, plap, plap!
Marurí, rí, si, busca la montaña más alta y más lejana, disipa la oscuridad en tu vuelo; busca el último invierno de tu vida, el humo y el fuego del cielo, recoge tus cenizas y por fin, desde el alba de tus sueños inicia tu última lucha para no morir.
La pajarita Marurí vuela y vuela alto, ahora es un ave muy hermosa parecida a una garza, con plumaje de púrpura y oro; de rojo y naranja, de verde, escarlata y rosa..
Al fin ella encuentra la montaña más alta y más lejana, renace, canta una bella canción y vuelve a vivir mil años.
Julia del Prado (invierno 2006)
Ella le cuenta historias de su visita a muchos jardines y de la multitud de flores que encuentra, con cuyo polen se alimenta. Y el mago la escucha en su mecedora.
- Quisiera volar más alto, tener más amigos. Y ver el mundo plagado de colores. De fiesta y alegría. Volar y volar alto, muy alto; por jardines, plazas y comarcas. El mago la escucha, contempla su belleza. Recurre a sus artes, le dice:
- Mapa Rupu Rípi, Mapa Rupu Rípi, Mapa Rupu Rípi. ¡Pronuncia tres veces estas palabras mágicas! Y aplaude ¡Plap, plap, plap!. Y Maruri vuela, vuela preciosa.
A medida que sube a los cielos, a la bóveda azul, de mariposa multicolor se convierte en pajarita, en la pajarita Marurí.
Vuela y se desliza por magníficos jardines de flores exóticas, plazas y castillos; selvas y sierras; ríos y mares. Viaja mucho, visita el mundo y un día al fin cansada de tanto volar y de conocer tierras, regresa, guiada más por el resplandor que le alegra el corazón que por el fuego de las velas que alumbran la choza del mago.
Encuentra al viejo amigo con sus peroles, hierbas y retortas Se posa en su hombro y le cuenta historias al oído. El mago escucha a Marurí, feliz por su visita, disfruta con sus relatos. Historias de amor y desamor. Pasión y olvido. Riqueza y pobreza. Guerra y paz.
El mundo no era feliz: sólo había breves momentos de felicidad para el hombre y los otros seres en el mundo. Habían colores, muchos colores, aunque opacados por las sombras, por la bruma.
- Quiero dar alegría, quiero que todo sea una fiesta. ¿Qué puedo hacer?. Y si no soy pajarita, quién sabe…
El mago le dio sándalo, incienso, piñas de pino, cardamomo, sarmientos, flores y hierbas aromáticas y la colocó suavemente en la ventana, diciéndole:
-Vuela, vuela, vuela amiga mía, dulce mariposa, pajarita de mis sueños. Mapa rupu rípi Mapa rupu rípi Mapa rupu rípi. ¡Plap, plap, plap!
Marurí, rí, si, busca la montaña más alta y más lejana, disipa la oscuridad en tu vuelo; busca el último invierno de tu vida, el humo y el fuego del cielo, recoge tus cenizas y por fin, desde el alba de tus sueños inicia tu última lucha para no morir.
La pajarita Marurí vuela y vuela alto, ahora es un ave muy hermosa parecida a una garza, con plumaje de púrpura y oro; de rojo y naranja, de verde, escarlata y rosa..
Al fin ella encuentra la montaña más alta y más lejana, renace, canta una bella canción y vuelve a vivir mil años.
Julia del Prado (invierno 2006)
sábado, 23 de enero de 2010
EPÍLOGO
Dice el maestro que el día del Corpus es muy importante, y que ese día reluce como el sol:
-Tres jueves hay en el año que relucen como el Sol: Jueves Santo, Corpus Cristi, y el Día de la Ascensión.
Y debe ser verdad, porque hacía un calor... Este año, han puesto una película del oeste. Yo creo que esa película es la qe tiene la culpa de todo. Porque si no llegan a ponerla, no pasa nada. Pero claro, tuvimos que ir todos los niños de las escuelas a la procesión. Bueno, también iban los de todas las hermandades, los niños de Primera Comunión, el alcalde... todo el pueblo, vaya. Y como se hacía tan larga, dijo Perico:
-La película va a empezar antes de que acabe la procesión.
-Entonces no podemos verla... -dije yo.
-¿Y si nos escapamos al llegar a una esquina, como hace el “Botija” los domingos cuando vamos a misa?
-Eso, eso -Aceptó el “Pulga” en voz bajita-. Si al “Botija” no lo pillan...
Y así lo hicimos. Al llegar a una esquina, muy cerquita del cine, echamos todos a correr y nos escapamos. Sacamos nuestras entraditas y nos metimos en el cine. Todo muy bien. Pero claro, el “Botija”, cuando se escapa, se escapa sólo. Y nosotros nos habíamos escapado media clase. Menos mal que la película era buenísima. Colt5 45. Entre tanta tarea, cartas y visitas de las madres al maestro, esa película es lo único bueno que nos ha pasado hasta fin de curso.
El Viernes, al llegar a la escuela, don Francisco se puso en la puerta con la regla en la mano, cuando yo fui a entrar, me puso la regla en el pecho y me empujó, suavemente, hacia fuera... Después, al entrar Perico, como vio la regla dirigirse a su pecho, ni se molestó en intentar entrar. Y así, de uno en uno, nos fuimos quedando todos en la puerta. Y eso que no hubo chivatazo ni nada... Anda que no sabe nada don Francisco cuando quiere.
-¿Por qué os habéis quedado en la puerta? -pregunto don Francisco.
Como si el no lo supiera...
-Es que al llegar a la esquina del callejón que da a la taquilla de cine, pasó el tío del saco y os secuestró. ¿Verdad? -continuó- ¿No tenéis nada que decir?
Y como mi madre dice que calladitos estamos más guapos, pues no abrimos la boca en todo el día. ¿Para qué? De esa manera sólo nos castigó ese día sin comer.
...
Días después llegó una carta del colegio: había aprobado. O sea, que en septiembre me vine interno al colegio. Mis padres se pusieron muy contentos. Yo no sé si porque me voy a convertir en un hombre de provecho, o porque se iban a librar de mí. Y la “Petro”, mi vecina, siempre tan graciosa:
-Al final, hasta mi limonero va a dar más fruta -comentó, entre risas, la graciosa.
-Tienen sus problemas estos diablillos, pero capacidad para de abrirse paso en la vida les sobra –presumió don Francisco con mi padre días después de comenzar las vacaciones.
Perico, se fue a otro colegio, y el “Pulga” y “Rompehigos”… En el pueblo no ha quedado ninguno de la pandilla.
¿Habrá sido este verano el último verano feliz de mi vida?
............ ........
Manolo Cubero
Postdata.-
Aquella pandilla de diablos se disolvió en diversos lugares. Cincuenta años después se han vuelto a juramentar para abrazarse una vez al año mientras el cuerpo dé fuerzas. Pero la necesidad de cambiar las algarrobas por un plato de cocido los obligó a abandonar su terruño para darle la razón a don Francisco: supieron defenderse en la vida. Si uno de ellos se convirtió en empresario catalán, otro alcanzó una cátedra en la Universidad Autónoma de Madrid, o fueron Directores de institutos, Jefe de Servicio en la Administració n Pública, jefe de mantenimiento regional en alguna multinacional de las telecomunicaciones. ..
Y, sobre todo, fueron capaces de esconder una amistad en la distancia que floreció medio siglo después.
-Tres jueves hay en el año que relucen como el Sol: Jueves Santo, Corpus Cristi, y el Día de la Ascensión.
Y debe ser verdad, porque hacía un calor... Este año, han puesto una película del oeste. Yo creo que esa película es la qe tiene la culpa de todo. Porque si no llegan a ponerla, no pasa nada. Pero claro, tuvimos que ir todos los niños de las escuelas a la procesión. Bueno, también iban los de todas las hermandades, los niños de Primera Comunión, el alcalde... todo el pueblo, vaya. Y como se hacía tan larga, dijo Perico:
-La película va a empezar antes de que acabe la procesión.
-Entonces no podemos verla... -dije yo.
-¿Y si nos escapamos al llegar a una esquina, como hace el “Botija” los domingos cuando vamos a misa?
-Eso, eso -Aceptó el “Pulga” en voz bajita-. Si al “Botija” no lo pillan...
Y así lo hicimos. Al llegar a una esquina, muy cerquita del cine, echamos todos a correr y nos escapamos. Sacamos nuestras entraditas y nos metimos en el cine. Todo muy bien. Pero claro, el “Botija”, cuando se escapa, se escapa sólo. Y nosotros nos habíamos escapado media clase. Menos mal que la película era buenísima. Colt5 45. Entre tanta tarea, cartas y visitas de las madres al maestro, esa película es lo único bueno que nos ha pasado hasta fin de curso.
El Viernes, al llegar a la escuela, don Francisco se puso en la puerta con la regla en la mano, cuando yo fui a entrar, me puso la regla en el pecho y me empujó, suavemente, hacia fuera... Después, al entrar Perico, como vio la regla dirigirse a su pecho, ni se molestó en intentar entrar. Y así, de uno en uno, nos fuimos quedando todos en la puerta. Y eso que no hubo chivatazo ni nada... Anda que no sabe nada don Francisco cuando quiere.
-¿Por qué os habéis quedado en la puerta? -pregunto don Francisco.
Como si el no lo supiera...
-Es que al llegar a la esquina del callejón que da a la taquilla de cine, pasó el tío del saco y os secuestró. ¿Verdad? -continuó- ¿No tenéis nada que decir?
Y como mi madre dice que calladitos estamos más guapos, pues no abrimos la boca en todo el día. ¿Para qué? De esa manera sólo nos castigó ese día sin comer.
...
Días después llegó una carta del colegio: había aprobado. O sea, que en septiembre me vine interno al colegio. Mis padres se pusieron muy contentos. Yo no sé si porque me voy a convertir en un hombre de provecho, o porque se iban a librar de mí. Y la “Petro”, mi vecina, siempre tan graciosa:
-Al final, hasta mi limonero va a dar más fruta -comentó, entre risas, la graciosa.
-Tienen sus problemas estos diablillos, pero capacidad para de abrirse paso en la vida les sobra –presumió don Francisco con mi padre días después de comenzar las vacaciones.
Perico, se fue a otro colegio, y el “Pulga” y “Rompehigos”… En el pueblo no ha quedado ninguno de la pandilla.
¿Habrá sido este verano el último verano feliz de mi vida?
............ ........
Manolo Cubero
Postdata.-
Aquella pandilla de diablos se disolvió en diversos lugares. Cincuenta años después se han vuelto a juramentar para abrazarse una vez al año mientras el cuerpo dé fuerzas. Pero la necesidad de cambiar las algarrobas por un plato de cocido los obligó a abandonar su terruño para darle la razón a don Francisco: supieron defenderse en la vida. Si uno de ellos se convirtió en empresario catalán, otro alcanzó una cátedra en la Universidad Autónoma de Madrid, o fueron Directores de institutos, Jefe de Servicio en la Administració n Pública, jefe de mantenimiento regional en alguna multinacional de las telecomunicaciones. ..
Y, sobre todo, fueron capaces de esconder una amistad en la distancia que floreció medio siglo después.
lunes, 18 de enero de 2010
A CONCIENCIA PURA
Versión libérrima del tango Confesión,
de Luis César Amadori
-Irma...
La mujer mira al hombre que se le está acercando. No entiende lo que oyó, No entiende lo que ve.
-Irmita...
Ahora la mujer entendió; reconoció al hombre.
_¡Agh!¡Ahhhhhhhhhhhhh !
-Pero no, Irmita, no me tengas miedo. Sólo vengo para...¡Pará!¡Qué hacés!¡No te tirés, loca!
Irma salta por la ventana -está en un primer piso- al techado metálico del almacén,, y de ahí se descuelga hasta la vereda. Se aleja corriendo, a los gritos de ¡Socorro!¡Asesino!
<>
Un mes después....
La mujer está en el living viendo la televisión, cuando suena el portero eléctrico. Atiende.
-¿Acá pidieron service del lavarropas?
-Si. Pase -La mujer oprime el botón. Suena la chicharra. Al rato suena el timbre en la puerta del departamento. La mujer abre. El hombre, con un empujón, se introduce violentamente. La mujer corre hacia el interior, seguida de cerca por el hombre.
-¡Esperá, te tengo que hablar!¡No te voy a hacer daño! -Ella cruza la puerta hacia la cocina. Cuando él la sigue, un líquido le tapa la visión, le quema en la garganta, le arde en los ojos. Inmediatamente después un golpe en la nuca le oscurece la visión, la conciencia, todo.
<>
-¿Dónde estoy?¿Y ese ruido? -El hombre recupera el conocimiento, la visión sigue borrosa.
-Es la sirena de la ambulancia, Reinaldo. Te estamos llevando al hospital. Quedate tranquilo.
-¿Sos vos, Irma?¡Socorro! -Reinaldo hace fuerzas por bajar de la camilla y abrir la puerta de la ambulanccia. Irma y el policía de vigilancia lo retienen. Reinaldo está débil, luego de un intento de lucha queda postrado en la camilla.-¿Por qué estoy tan débil?. Recuerdo el golpe...
-Es que después del golpe -yo estaba aterrorizada- busqué el cuchillo de cocina y te lo clavé varias veces. Pero se me cansó el brazo y no te daba más que puntaditas, unos centímetros. Así que hice como en las películas: te envolví en cinta para embalajes. y llamé a Urgencias. Me preguntaron dónde había robado la momia. Entre la cinta y la sangre eras de terror. Tardaron quince minutos en limpiarte para las curaciones. Yo por las dudas me senté detrás tuyo, con el palo de amasar.
<>
Cuando despierta, Reinaldo está en una cama de la Sala de Guardia. En el fondo del pasillo hay un agente. Sentada al lado de Reinaldo está Irma.
-¿Cómo estoy?¿Qué dijeron los médicos?
-Que no tenés nada. Las heridas... dijeron que yo no serviría ni para hacer tatuajes. Un poco de reposo y mañana o pasado el alta.
¿El alta de qué? De acá vuelvo a la cárcel. Y yo que solamente te quería saludar...
-¿Después de todo un año, no decidiste rehacer tu vida? Olvidarte de mi. Quiero saber por qué viniste, por eso decidí acompañarte ahora.
-¡Qué iluso fuí! Creer que en algún momento me ibas a agradecer, te tomé gata callejera y te dejé dama de alcurnia. O creés que no me dolía darte con la toalla mojada hasta cansarme porque en tu tozudez no aflojabas. Porque eras dura, eh. Horas de rodillas sobre granos de maíz y ni un gemido. Hoy te ví. Ibas linda como un sol, se paraban pa mirarte.
-Para ver como me había quedado la cirugía; una cicatriz de cuatro centímetros, el párpado tajeado...
¡Porque me habías escondido las toallas! Perdí el control. Tanto esfuerzo, tanta dedicación para ponerte presentable. Mina de jerarquía, la flor del barrio ibas a ser. Cara, como importada. ¡No una cualquiera, che! "La pupila del Reinaldo Paredes". Y vos... Agarré lo primero que encontré, el cinto campero. Una hebilla que..
-Casi se me voló un ojo y un pedazo dde cuero cabelludo.
-¿Y quién tiene la culpa?¿Quien fué el más perjudicado? El negocio perdido; hasta tuve que trabajar; la primera vez que choreé me agarraron, recién salgo. Y te vi, con montones de plata encima.
-Y vos decís que todo fué por mi bien, que todo lo hacés por mí, que te debo algo.
-Si, lo hago por vos, tenés una deuda conmigo.
-¡Que caradura! Decilo fuerte, si te atreves.
-¡SI, TODO POR VOS!
-¡NO POR FAVOR, REINALDO, NO LO HAGAS.!
-¡¿Qué?! -Reinaldo mira a Irma sin entender sus gritos, como tampoco entiende el pequeño revolver que saca de su cartera, ni el cañon que apunta directamente a él, ni el estampido...
-¡No, Reinaldo, no, que hiciste!
Mientras continúa con los gritos, mientras oye acercarse corriendo al policía, mientras pone el revolver en la mano de Reinaldo, Irma piensa que algo va a tener que agradecerle a Reinaldo. Voy a ser una mina cara, como de importación. Pero pupila de nadie.
© Carlos Adalberto Fernández
de Luis César Amadori
-Irma...
La mujer mira al hombre que se le está acercando. No entiende lo que oyó, No entiende lo que ve.
-Irmita...
Ahora la mujer entendió; reconoció al hombre.
_¡Agh!¡Ahhhhhhhhhhhhh !
-Pero no, Irmita, no me tengas miedo. Sólo vengo para...¡Pará!¡Qué hacés!¡No te tirés, loca!
Irma salta por la ventana -está en un primer piso- al techado metálico del almacén,, y de ahí se descuelga hasta la vereda. Se aleja corriendo, a los gritos de ¡Socorro!¡Asesino!
<>
Un mes después....
La mujer está en el living viendo la televisión, cuando suena el portero eléctrico. Atiende.
-¿Acá pidieron service del lavarropas?
-Si. Pase -La mujer oprime el botón. Suena la chicharra. Al rato suena el timbre en la puerta del departamento. La mujer abre. El hombre, con un empujón, se introduce violentamente. La mujer corre hacia el interior, seguida de cerca por el hombre.
-¡Esperá, te tengo que hablar!¡No te voy a hacer daño! -Ella cruza la puerta hacia la cocina. Cuando él la sigue, un líquido le tapa la visión, le quema en la garganta, le arde en los ojos. Inmediatamente después un golpe en la nuca le oscurece la visión, la conciencia, todo.
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-¿Dónde estoy?¿Y ese ruido? -El hombre recupera el conocimiento, la visión sigue borrosa.
-Es la sirena de la ambulancia, Reinaldo. Te estamos llevando al hospital. Quedate tranquilo.
-¿Sos vos, Irma?¡Socorro! -Reinaldo hace fuerzas por bajar de la camilla y abrir la puerta de la ambulanccia. Irma y el policía de vigilancia lo retienen. Reinaldo está débil, luego de un intento de lucha queda postrado en la camilla.-¿Por qué estoy tan débil?. Recuerdo el golpe...
-Es que después del golpe -yo estaba aterrorizada- busqué el cuchillo de cocina y te lo clavé varias veces. Pero se me cansó el brazo y no te daba más que puntaditas, unos centímetros. Así que hice como en las películas: te envolví en cinta para embalajes. y llamé a Urgencias. Me preguntaron dónde había robado la momia. Entre la cinta y la sangre eras de terror. Tardaron quince minutos en limpiarte para las curaciones. Yo por las dudas me senté detrás tuyo, con el palo de amasar.
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Cuando despierta, Reinaldo está en una cama de la Sala de Guardia. En el fondo del pasillo hay un agente. Sentada al lado de Reinaldo está Irma.
-¿Cómo estoy?¿Qué dijeron los médicos?
-Que no tenés nada. Las heridas... dijeron que yo no serviría ni para hacer tatuajes. Un poco de reposo y mañana o pasado el alta.
¿El alta de qué? De acá vuelvo a la cárcel. Y yo que solamente te quería saludar...
-¿Después de todo un año, no decidiste rehacer tu vida? Olvidarte de mi. Quiero saber por qué viniste, por eso decidí acompañarte ahora.
-¡Qué iluso fuí! Creer que en algún momento me ibas a agradecer, te tomé gata callejera y te dejé dama de alcurnia. O creés que no me dolía darte con la toalla mojada hasta cansarme porque en tu tozudez no aflojabas. Porque eras dura, eh. Horas de rodillas sobre granos de maíz y ni un gemido. Hoy te ví. Ibas linda como un sol, se paraban pa mirarte.
-Para ver como me había quedado la cirugía; una cicatriz de cuatro centímetros, el párpado tajeado...
¡Porque me habías escondido las toallas! Perdí el control. Tanto esfuerzo, tanta dedicación para ponerte presentable. Mina de jerarquía, la flor del barrio ibas a ser. Cara, como importada. ¡No una cualquiera, che! "La pupila del Reinaldo Paredes". Y vos... Agarré lo primero que encontré, el cinto campero. Una hebilla que..
-Casi se me voló un ojo y un pedazo dde cuero cabelludo.
-¿Y quién tiene la culpa?¿Quien fué el más perjudicado? El negocio perdido; hasta tuve que trabajar; la primera vez que choreé me agarraron, recién salgo. Y te vi, con montones de plata encima.
-Y vos decís que todo fué por mi bien, que todo lo hacés por mí, que te debo algo.
-Si, lo hago por vos, tenés una deuda conmigo.
-¡Que caradura! Decilo fuerte, si te atreves.
-¡SI, TODO POR VOS!
-¡NO POR FAVOR, REINALDO, NO LO HAGAS.!
-¡¿Qué?! -Reinaldo mira a Irma sin entender sus gritos, como tampoco entiende el pequeño revolver que saca de su cartera, ni el cañon que apunta directamente a él, ni el estampido...
-¡No, Reinaldo, no, que hiciste!
Mientras continúa con los gritos, mientras oye acercarse corriendo al policía, mientras pone el revolver en la mano de Reinaldo, Irma piensa que algo va a tener que agradecerle a Reinaldo. Voy a ser una mina cara, como de importación. Pero pupila de nadie.
© Carlos Adalberto Fernández
jueves, 14 de enero de 2010
Amorios pobres (Agosto 2008)
—De los dos él es el menos elegante, el menos atractivo. Y se nota que el más pobre. ¿No?
—Claro.
—Claro qué, nada, ortivón. Decime lo que pensás.
Traté de memorar el pasado inmediato. Difícil, cuando él hablaba y la Elvira lo coqueteaba disimuladamente. Me esforcé.
—Claro que Olegario es más feo y desagradable que Ud., viejo. Y le cuesta, mejorar el puntaje, digo. Ud. no exagera, es al natural.
—Te estás arriesgando a un revés, pendejo, pero por otro lado tenés razón. Yo, lo mío, lo bueno y lo malo, lo tengo de nacimiento. Este, cada vez que mejora, empeora.
—Pero, viejo, sin querer ofender, no estamos eligiendo en La Rural. No hay nada que elegir, lo que fue, fue. Quiero saberlo y ya. Fue Olegario o fue Ud. A mi vieja también le gustaría enterarse.
§
Ramoncito recordaba la tarde -el jueves, le parece- en que su madre se lo llevó, en silencio, de la mano, hasta el medio del basural. Acomodó unos cajones y se sentó.
—Siéntese, m'hijo. Acá podemos hablar tranquilos. Esta charla se la debía desde que Ud. nació, pero era muy chiquito, después mas grande pero sin capacidad para entender el asunto, que de todos modos seguro lo molestaba. Ahora ya es hombre.
—De qué me va a hablar, vieja. No me asuste —Acabo de cumplir 15 y todos me molestan: "ya vas a ser hombre", "¿ya te crece la barba?", "mañana te hago un mapa de la mujer así vas aprendiendo". Y ahora la vieja.
—Yo te tuve de joven, ignorante, llena de sueños. No voy a decir que fuí una mala madre porque bien que me rompí el culo para criarte y cuidarte, acá, acá mismo, en pleno basural. Ahí en la barranca, mis padres tenían la choza. La crisis los echó de su pueblo, allá en la Rioja ¿y adónde iban a ir, ya en Buenos Aires? Acá, en la quema no se peleaban por entrar así que entramos nosotros. Trabajo fácil, daba para vivir. Sobras, cosas perdidas, materiales, la nariz se acostumbra.
—¿A qué viene, vieja, por qué la hace larga? —Ya sabía de qué me estaba hablando. El secreto que nadie revelaba. Yo sospechando, callando mi inquietud, por miedo o vergüenza. Siempre pensando en eso, con ganas de saber y miedo de preguntar.
—Si no se lo digo yo, antes de morirme, ya no se lo va a decir nadie. O se la van a decir varios, pero todo mentiras, inventos. Yo lo sé. Bueno, es un decir. Lo sé hasta dónde lo sé, lo demás.... Pero hasta donde yo lo sé, porque lo viví, se lo voy a decir todo.
—No me asuste vieja. Si Ud. no sabe quién fué el que... mi padre, para qué carajo estamos aquí.
—Estamos aquí, mocoso insolente, porque acá me enamoré, acá te concebí, acá decidí tenerte costara lo que costase, acá te tuve. Y acá estamos ahora, vos y yo, desafiando al destino.
Y sí. Con todos esos recuerdos, la vieja se veía en un templo, conversando con los dioses, no en el basural hediondo donde estábamos. —Dele, siga, vieja.
La vieja se zambulló en sueños nostálgicos, de jovencita inocente y crédula.
—Eran... hermosos, jóvenes, arremetedores. Me perseguían, me calentaban la oreja. Cómo no enamorarse.
—¡Vieja! ¿De qué está hablando? ¿Qué me va a contar, el Kamaputra? ¿Cómo, "eran"?
—¿Y cómo te creés que es la vida? ¿pura matemáticas? Yo me enamoré, sí, de los dos. El Ramón -mi marido, tu padre en los papeles- juntaba plomo. Era muy del hogar, me ofrecía una casita a la vuelta. Estaba enamorado de mí. Ahora ni se nota y quién sabe, pero entonces se le caían los ojos. Y a mí eso me afectaba, que querés que te diga. En cambio el Olegario era un veleta. Se dedicaba a los objetos perdidos. Un día me anunció que se iba a Rosario. Me apuró. "Animate, venite conmigo, vamos a recorrer el mundo". Yo no sabía que decidir, pero tenía que elegir. Aquí no se podía estar más. No era una quema como cuando los viejos, ahora los camiones traen la basura, se la llevan, la entierran. Pero el olor es el mismo.
—Una noche de diciembre. Olegario me espera en la barranca. Se va, le dije que me iba con él. Cuando me le acerco me explota el corazón. No se si me ama, pero me abraza, me apretuja, "tenía miedo", me dice. Y me posee con una pasión que me diluye en besos. Se acerca la madrugada. "Vamos", me dice. Yo lo miro, inmóvil, la angustia me mata. Debo haberme mostrado muy asustada, porque Olegario me mira una eternidad, luego me besa en la frente y se va. Voy corriendo al basural. Ya es de día, Ramón debe estar trabajando. "Me quedo con Ramón" me grito, con miedo de perderlo, a él también, por cobarde. Estoy loca, no sé lo que hago, pero no quiero quedarme sola. Me le tiro a los brazos. "Casémonos" le grito, le ruego. Ahí nomás se me echa encima, con furia, como vengándose. De esa noche, el Ramón no me pregunta nada, nunca me preguntó. Me deja sufrir sola.
Y hasta acá lo que sé. Esa noche te hicimos, yo y él, o yo y él. Preguntales.
§
—Dele, viejo. Quiero saberlo y ya. Olegario o Ud.
—¿Y cómo querés que lo sepa, mocoso? ¿Que los milicos me hagan un parte de guerra? Hace ya 15 años, y no pregunté. Te dí mi nombre, mis desvelos, mis broncas, mis orgullos de padre. Para mi sos un hijo, mi calvario, por qué más. Ahí lo tenés al Olegario. preguntale.
§
—Ojalá fueras mi hijo. Así tendría algo de tu madre. Estuve esa noche; me quedé guacho, perdido en el mundo, cuando me fui. Estúpido, nunca me perdoné esa bravuconada de pendejo omnipotente. No me animé a volver. Y ahora... cómo responderte. Hay estudios, análisis, que averiguan lo que querés saber. Pero para qué. Si no cambia no cambia, y si cambia ¿vas a dar vuelta todo? A veces, en noches solitarias, me preguntaba lo mismo, y cómo sería vos, la Elvira, yo... pero para qué.
Se quedó esperando, en silencio. Yo tirado, mi cerebro en ebullición. Olegario, igual que Ramón allá donde lo dejé, se veía triste, como ante una fatalidad. inexorable.
—Tenés razón. Tienen razón los dos. O no, pero qué importa finalmente. Ya soy hombre y la Elvira me espera.
Olegario revolvió una bolsa y extrajo un par de botas nuevas, relucientes, recién encontradas.
—Yo ya me voy. No creo que vuelva. Estas botas... si fuera tu padre, te corresponderí an a vos. Guardalas, por las dudas.
Carlos Adalberto Fernández
---- E-Mail ----
cafernandez. ar@gmail.com
---- Blogs, sitios personales ----
http://cadalcaf01. wordpress. com/ (actualidad)
http://carlosaferna ndez.blogspot. com/ (museo)
—Claro.
—Claro qué, nada, ortivón. Decime lo que pensás.
Traté de memorar el pasado inmediato. Difícil, cuando él hablaba y la Elvira lo coqueteaba disimuladamente. Me esforcé.
—Claro que Olegario es más feo y desagradable que Ud., viejo. Y le cuesta, mejorar el puntaje, digo. Ud. no exagera, es al natural.
—Te estás arriesgando a un revés, pendejo, pero por otro lado tenés razón. Yo, lo mío, lo bueno y lo malo, lo tengo de nacimiento. Este, cada vez que mejora, empeora.
—Pero, viejo, sin querer ofender, no estamos eligiendo en La Rural. No hay nada que elegir, lo que fue, fue. Quiero saberlo y ya. Fue Olegario o fue Ud. A mi vieja también le gustaría enterarse.
§
Ramoncito recordaba la tarde -el jueves, le parece- en que su madre se lo llevó, en silencio, de la mano, hasta el medio del basural. Acomodó unos cajones y se sentó.
—Siéntese, m'hijo. Acá podemos hablar tranquilos. Esta charla se la debía desde que Ud. nació, pero era muy chiquito, después mas grande pero sin capacidad para entender el asunto, que de todos modos seguro lo molestaba. Ahora ya es hombre.
—De qué me va a hablar, vieja. No me asuste —Acabo de cumplir 15 y todos me molestan: "ya vas a ser hombre", "¿ya te crece la barba?", "mañana te hago un mapa de la mujer así vas aprendiendo". Y ahora la vieja.
—Yo te tuve de joven, ignorante, llena de sueños. No voy a decir que fuí una mala madre porque bien que me rompí el culo para criarte y cuidarte, acá, acá mismo, en pleno basural. Ahí en la barranca, mis padres tenían la choza. La crisis los echó de su pueblo, allá en la Rioja ¿y adónde iban a ir, ya en Buenos Aires? Acá, en la quema no se peleaban por entrar así que entramos nosotros. Trabajo fácil, daba para vivir. Sobras, cosas perdidas, materiales, la nariz se acostumbra.
—¿A qué viene, vieja, por qué la hace larga? —Ya sabía de qué me estaba hablando. El secreto que nadie revelaba. Yo sospechando, callando mi inquietud, por miedo o vergüenza. Siempre pensando en eso, con ganas de saber y miedo de preguntar.
—Si no se lo digo yo, antes de morirme, ya no se lo va a decir nadie. O se la van a decir varios, pero todo mentiras, inventos. Yo lo sé. Bueno, es un decir. Lo sé hasta dónde lo sé, lo demás.... Pero hasta donde yo lo sé, porque lo viví, se lo voy a decir todo.
—No me asuste vieja. Si Ud. no sabe quién fué el que... mi padre, para qué carajo estamos aquí.
—Estamos aquí, mocoso insolente, porque acá me enamoré, acá te concebí, acá decidí tenerte costara lo que costase, acá te tuve. Y acá estamos ahora, vos y yo, desafiando al destino.
Y sí. Con todos esos recuerdos, la vieja se veía en un templo, conversando con los dioses, no en el basural hediondo donde estábamos. —Dele, siga, vieja.
La vieja se zambulló en sueños nostálgicos, de jovencita inocente y crédula.
—Eran... hermosos, jóvenes, arremetedores. Me perseguían, me calentaban la oreja. Cómo no enamorarse.
—¡Vieja! ¿De qué está hablando? ¿Qué me va a contar, el Kamaputra? ¿Cómo, "eran"?
—¿Y cómo te creés que es la vida? ¿pura matemáticas? Yo me enamoré, sí, de los dos. El Ramón -mi marido, tu padre en los papeles- juntaba plomo. Era muy del hogar, me ofrecía una casita a la vuelta. Estaba enamorado de mí. Ahora ni se nota y quién sabe, pero entonces se le caían los ojos. Y a mí eso me afectaba, que querés que te diga. En cambio el Olegario era un veleta. Se dedicaba a los objetos perdidos. Un día me anunció que se iba a Rosario. Me apuró. "Animate, venite conmigo, vamos a recorrer el mundo". Yo no sabía que decidir, pero tenía que elegir. Aquí no se podía estar más. No era una quema como cuando los viejos, ahora los camiones traen la basura, se la llevan, la entierran. Pero el olor es el mismo.
—Una noche de diciembre. Olegario me espera en la barranca. Se va, le dije que me iba con él. Cuando me le acerco me explota el corazón. No se si me ama, pero me abraza, me apretuja, "tenía miedo", me dice. Y me posee con una pasión que me diluye en besos. Se acerca la madrugada. "Vamos", me dice. Yo lo miro, inmóvil, la angustia me mata. Debo haberme mostrado muy asustada, porque Olegario me mira una eternidad, luego me besa en la frente y se va. Voy corriendo al basural. Ya es de día, Ramón debe estar trabajando. "Me quedo con Ramón" me grito, con miedo de perderlo, a él también, por cobarde. Estoy loca, no sé lo que hago, pero no quiero quedarme sola. Me le tiro a los brazos. "Casémonos" le grito, le ruego. Ahí nomás se me echa encima, con furia, como vengándose. De esa noche, el Ramón no me pregunta nada, nunca me preguntó. Me deja sufrir sola.
Y hasta acá lo que sé. Esa noche te hicimos, yo y él, o yo y él. Preguntales.
§
—Dele, viejo. Quiero saberlo y ya. Olegario o Ud.
—¿Y cómo querés que lo sepa, mocoso? ¿Que los milicos me hagan un parte de guerra? Hace ya 15 años, y no pregunté. Te dí mi nombre, mis desvelos, mis broncas, mis orgullos de padre. Para mi sos un hijo, mi calvario, por qué más. Ahí lo tenés al Olegario. preguntale.
§
—Ojalá fueras mi hijo. Así tendría algo de tu madre. Estuve esa noche; me quedé guacho, perdido en el mundo, cuando me fui. Estúpido, nunca me perdoné esa bravuconada de pendejo omnipotente. No me animé a volver. Y ahora... cómo responderte. Hay estudios, análisis, que averiguan lo que querés saber. Pero para qué. Si no cambia no cambia, y si cambia ¿vas a dar vuelta todo? A veces, en noches solitarias, me preguntaba lo mismo, y cómo sería vos, la Elvira, yo... pero para qué.
Se quedó esperando, en silencio. Yo tirado, mi cerebro en ebullición. Olegario, igual que Ramón allá donde lo dejé, se veía triste, como ante una fatalidad. inexorable.
—Tenés razón. Tienen razón los dos. O no, pero qué importa finalmente. Ya soy hombre y la Elvira me espera.
Olegario revolvió una bolsa y extrajo un par de botas nuevas, relucientes, recién encontradas.
—Yo ya me voy. No creo que vuelva. Estas botas... si fuera tu padre, te corresponderí an a vos. Guardalas, por las dudas.
Carlos Adalberto Fernández
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