sábado, 22 de mayo de 2010

Pobde gente

(cuento ensayo)


-¡Puagh! ¡Andá a bañarte, sucio! -Los muchachos que estaban recorriendo las puertas de los edificios, las bolsas de residuos, la gente distraída, se habían acercado a los dos hombres recién bajados del enorme camión, pero huían espantados por el olor que éstos despedían.
-¡Claro! Ahora que le pidan al zorrino que se despoje de su arma de defensa. Aparte, ¿Qué olor? Yo ya no lo siento ¿Y vos, Nasito?
El otro vagabundo, un joven que arrastraba un changuito destartalado lleno de bolsas, hizo un gesto incomprensible.
-Vos es la primera vez que venís a la ciudad, ¿no? Yo vengo cada tanto, por los remedios,¿sabé s?
-Acuérdeze de loz míoz, don Sego.
-Los tengo anotados, Nasito. Mi laboratorio es de los buenos, tiene de todo. Si remedios es lo que más se consume, Nasito. Esto.. -dijo, con un gesto ampuloso, dando cátedra- es la Sociedad de Consumo. Los adiestran para consumir, consumos que les provoca necesidades de otros consumos y así...
¿Como éztoz? -pregunta Nasito, señalando un restaurant enorme, lleno de gente-. ¿Ves? Como ganado, todos amontonados. Y les traen comida y más comida, hasta reventar.
-¿Y no ze mueven? -pregunta el joven, intrigado. Yo, en el campo, para conseguir comida....
-Acá consumen movimiento. Las películas traen cada vez más catástrofes, gente luchando, corriendo, volando,, terminás exhausto.. Y ahora, que cada familia tiene el cine en casa, se mueven menos y se cansan mas.
-¿No hazen gimnazia? -pregunta Nasito, ávido de conocimiento.
Pueden consumir gimnasia. Se ponen un aparato a pilas, encima del músculo, aprietan un botón... y el músculo salta, trota, se estira, se encoge, mientras vos te comés un flan con crema. Eso sí: debés consumir ropa deportiva adecuada. Y si querés actividad, intensa actividad de genuino deportista, hay enormes aparatos que te inmovilizan todo el cuerpo, mientras entrenás, por ejemplo, la tercera falange.
-¡Pobde gente!
.Sí. Pobre. Y dentro de poco, ni ésos -dijo don Sego, mientras señalaba a un grupo de gente que trotaba alrededor de la plaza- Están cercando las partes de césped, luego el sector central, no sé como van a cerrar las veredas, pero...
-Clado, podque coddrer es gdatis. No consumen -Dedujo Nasito, que estaba asimilando velozmente la enseñanza -¿Y los peddros?
-Ya está resuelto, Nasito. Cagan en bolsitas.
-¿Qué? -Gritó Nasito, espantado, preguntándose si él también no tendría que hacer paquetitos. Suerte que no lo trajo a León. Por las dudas iba a aguantar hasta la vuelta.
-Ahora esperame un momento, sin moverte -dijo don Sego, mientras desaparecía tras una puerta que decía Farmacia, volviendo al rato con una bolsa blanca llena de cosas-. Vamos -apuró-. Y qué querés -dijo, como defendiéndose del joven que lo miraba extrañado-, la sociedad te obliga.
-Llegamos justo. Ese es el tuyo -dijo don Sego señalando a un camión azul- Vos, que la pasás comiendo yuyos y hojas, después mirá esto, junto con tus remedios. Dale, subí – y le puso una bolsita en el bolsillo.
Luego de acomodarse entre los bultos, Nasito miró el cartelito. En él había un grupo de gente bella y alegre. En la parte superior decía “CONSUMA FIBRA”.
-¡Pobde gente! -dijo, y se durmió contento de volver a casa.

© Carlos Adalberto Fernández

MEMORIA Y BALANCE DE SUEÑOS


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Hay silencio en la ciudad, sólo se oyen pasos, corridas, alguna exclamación. No se oyen risas, ni llantos, ni murmullos. Ni discursos, ni música. Es día (noche) de pago; mañana cierra el ejercicio, hay memoria y balance final de sueños. La luna sólo proyecta sombras sobre la sombra del suelo. El viento suelta gemidos de angustia, fatalismo.

La calle está llena de gente silenciosa, cada uno buscando a, o huyendo de, alguien. Los Unos, figuras fantasmales encorvadas bajo el peso de su ataúd cargado de sueños robados, con engaño o violencia –qué importa cómo-, a otros. Esos, los Otros, arrastrándose con dificultad por las carencias de su alma inválida, despojada, desmembrada de sueños, robados o pisoteados por alguien que, ahora mismo, en algún lugar de la ciudad, busca devolver (para mejorar su saldo) la esperanza arrancada en un acto de egoísmo, venganza, placer malsano, quién sabe. Cada sueño perdido es un muro que cierra el camino. Cada sueño robado es una piedra que ata al suelo.

Un portador de ataúd se cruza con un inválido.
—¿Te debo algo?
—Me quitaste la confianza. “¿Justo vos, te anotás? Se necesita gente competente, con iniciativa; vas a hacer el ridículo ¿Para qué servís?”. Ni me anoté, el miedo me paralizó. Vi pasar a los otros, excitados, habiendo vivido ¿Ni para perdedor sirvo? Y ahí me quedé, en el rincón de la vida.
—Lo lamento —el depredador encuentra, en un rincón del ataúd, el pedazo marchito de alma—. Necesité compensar con tu sangre algún dolor que, no sé de donde ni por qué, estaba sufriendo. Tomá, perdoname si podés.
—No —El moribundo agarra esa parte de su todo que el otro le entrega, y se aleja, algo más rápidamente.

—¡Vos!¡Eh, vos! ¡Me robaste la ilusión!
—Esa ilusión, la compartíamos; pero no quise perder la oportunidad de ser alguien. Vos, entonces, estorbabas. Tomá, no se por qué, siempre cuidé tu alma, en un rincón del ataúd, cada tanto la limpiaba. Yo también perdí algo, podemos retomar.
—Ya es un sueño muerto. Ahora sos alguien, pero hueco.

La noche es larga. Hay mucho que reclamar, que devolver. No hay quien no deba algo. No hay quien no haya sido despojado de algo.
Sueños, alimento de corazones, combustible de la ambición. Y –sociedad moderna- mercancía que mejora saldos, aumenta beneficios, cotiza en alza.
Termina la noche, hay que hacer el balance. Deudas que ya no se van a poder pagar, salvo con la propia alma. Partes de alma irrecuperables por desaparecidas, inválidas o muertas.

Del balance final quedan retazos demasiados pequeños para alojar al menos un atisbo de esperanza. Almas muertas, extintas, despojos inservibles de una vida que no fue, y ya no será. Ánimas desanimadas, soñando con soñar sueños que caen al instante, desflecados. Espíritus que mañana ingresarán al rubro Pérdidas, que se encolumnarán en la fila de cadáveres a desaparecer en las profundidades de la fosa de las almas muertas. En las esquinas se amontonan, como en un basural, ilusiones yertas, esperanzas invadidas de moscas, utopías en descomposició n.

Cada tanto se ve a alguien corriendo, exultante, listo para edificar nuevamente torres de ilusiones, compartirlas desde mañana, otra vez, siempre igual, con algún depredador esperando por ilusos en un rincón de la vida.
Comienza un nuevo ejercicio contable de sueños.




Carlos Adalberto Fernández

viernes, 21 de mayo de 2010

Bruma e Irupe


De tarde es y Verana, la potranca blanca está echada en la pradera, se echó a descansar después de haber dado un largo paseo con Joaquín, su amo y su novio Arete, el bello caballo negro.
Arete la contempla y Joaquín le soba su pancita para que haga su siesta. Ella se adormece y se queda dormida. Arete se le acerca, baja sus patas y le roza con el hocico para cantarle una canción de amor.
Verana sueña con unos potrillos, que la acompañarán en otros paseos por esa pradera verde y rica, que comerán juntos el heno y ella con Arete le enseñarán a jugar. Joaquín, su joven amo no se queda atrás les inventará cuentos para sus hijitos. Así Verana sueña y sueña. Luego de esos sueños adorables se despierta, estira sus patas, abre sus ojos, ve a su amo que la cuida y a su querido Arete.
Se levanta, Joaquín se sube en el lomo de Arete y con una soga jala a Verana. Los tres antes de irse a casa, primero van donde el buen doctor. Joaquín quiere una opinión sobre Verana, le preocupa que haya dormido tanto.
Ya están en el consultorio, el buen doctor revisa a Verana, le hace unos exámenes de sangre. Aparentemente todo está bien.
Se van a su casa, a la caballeriza. Al otro día el buen doctor visita a Joaquín y le da la noticia: - Verana espera a sus potrillos. Arete muestra una sonrisa parecida a la de Mister Ed, aquel caballo artista que actúo hace buen tiempo en una serie televisiva. Joaquín está contento, acaricia a la potranca. A Verana se le engríe con vitaminas, calor humano y equino. Joaquín y Arete, son dos seres unidos para su mayor cuidado.
Once meses después están con ellos: Bruma e Irupe, una potrilla y un potrillo, sanitos, la pradera brilla en nuevo firmamento, la caballeriza luce heno en cunitas.


Julia del Prado (Perú)

04 de mayo del 2010, Huacho

viernes, 23 de abril de 2010

AMASANDO

Abrumada por la carga, pensaba que los días eran siempre de color negro y que el Sol era solamente un cuento azul o rosa relatado a los niños para hacerlos dormir.

-Sí, solo es eso que hace me sienta lenta como adormecida sin ganas de pensar. Todavía falta un trecho largo y debo ir a paso lento para que no se note la fatiga. Pero, a qué seguir si no hay quién reciba el fruto de este esfuerzo. La noche es la dueña de lo poco que queda de mis días y ya nada ni nadie podrá cambiar lo que me ha tocado en suerte. Nunca más seguiré esa ruta. - De esta manera iba reflexionando la sombra por la calle vieja.

Arrastrando los pies, balanceaba el cuerpo y ese cuerpo iba balanceando el alma. Así la vieron pasar. En esos pasos de péndulo estaba cuando vio aquel papel en el suelo mientras ensimismada, en tales pensamientos se dejaba ir con rumbo incierto. No sabía qué hacer, recoger el papel o seguir acariciando sus desteñidas quimeras . Con la eterna manía de ver todo limpio se agachó, lo tomó y estrujó entre sus dedos, lo hizo bolita y sin tirarlo siguió la vagancia. Sin darse cuenta, sin mirar, alisaba y hacia bolita. Como maniática repetía esa operación. Estuvo andando y jugueteando de manera inconsciente. Seguía caminando, sopesaba su cansancio, su hambre. Pensando también que era una íngrima que se desplazaba por los rincones sórdidos de ese pueblo. El sol alumbraba las calles pero ella, bajo el alero del desconsuelo solo sentía frío y un apetito loco que la consumía. En esas andaba cuando se encontró frente a la panadería de don Goyo. Su estómago se empinó, dio severo empujón con toda la neura que había acumulado ese día. Trastabilló. Hubo de detenerse y tomar aire, pero ese aire con aroma de pan recién hecho la intoxicó de tal manera que sintió náuseas y quedó envarada a unos pocos pasos de la puerta del negocio, mirando la vitrina giratoria donde exhibían los pastelitos fríos, con gelatinas de frutas. Daban vueltas esos suculentos bocados y así mismo su hambre revoloteaba en el estómago, la acosaba con aguijonazos que la hacían sobrecogerse y sudar como si estuviera debajo de la ducha. Se dio cuenta que de su boca salían gruesos hilos saliva, pegajosos, amargos. Observó que cerrando los ojos sentía el mismo vértigo que la hacía morir cada vez que aparecían los colores de los pastelitos. De pronto sus ojos se detuvieron en la pizarra que estaba en una de las naves de la puerta. En ese tablero negro anotaban con tizas de colores los números premiados de la lotería. Miraba, leía, hacía la bolita, alisaba el papel que tenía en sus manos. Se fue relajando. De pronto miró su mano en el momento en que alisaba el papelito que hacía mucho rato había recogido.
-¡Carajo! Cómo la estrujaba su belicoso vientre. Cómo la acosaban esos pataleos de los intestinos chillando… ¡Cállense! ¡No me jodan más! ¿Qué es esto? ¿Qué? ¡No! ¡Sí! Señoresss... soy yo, ¡Sí!


Corrieron todos hacia ella ante el barullo que había armado. Y mientras llegaban hasta la mujer, ésta cayó al suelo sonriente, con la mirada perdida. En su mano apretaba el billete del premio mayor de la lotería...


Ana Lucía Montoya Rendón
Agosto 21 de 2008

miércoles, 24 de marzo de 2010

Ese espejo





ESE ESPEJO

Cuenta Esteban:
“Anoche, al apagar la luz del baño, un titilar, un temblor –vistos, o sentidos-, me sorprendieron. Vino del espejo, como si hubiera reflejado algo. O como si se hubiera estremecido. .. ¡Qué imaginación, Esteban!, me dije. De todos modos volví a encender la luz. El baño no tenía abertura al exterior, no podía reflejar otra luz que la del plafón que acababa de apagar y reencender. La apagué de nuevo y me fui a la cama. “La verdad que ese espejo despierta sospechas... en un paranoico como yo; ya no es la primera vez que pasa”, decidí. Yo mismo lo había comprado, hace unos meses, en un negocio de venta de muebles usados y antiguos. De dos metros de altura, puesto desde el piso, con un elaborado marco de madera repujada, parecía comunicar con una habitación interior de un...”palacio veneciano”. Es lo que le dije al vendedor, a la semana, cuando regresé para obtener información del espejo.
—¡Aproximado! Era marco de una puerta de un antiguo palacio... en Granada, España. Inclusive el mismo espejo viene de ese lugar. Fue hecho, me dijeron, siglos atrás, por un alquimista —el vendedor se volvió locuaz, orgulloso de su venta—. Habrá notado que no siempre parece reflejar.
—Lo notó mi novia que, curiosa, quiso ver la habitación desconocida y tropezó.... con su propia imagen —comenté—. Lo realmente extraño es el color —a veces bermellón, otras morado—, de una calidez... como íntima.
—O misteriosa —acotó el vendedor, ya lanzado—. Ese color es consecuencia del material reflectante, desconocido. Visto desde un ángulo, pareciera ser una pared.... transpirando sangre.
—¡Bueno! ¿Qué busca, que le devuelva el espejo, o venderme más “antigüedades”, fabricadas por Ud. mismo, en el taller?
—Perdóneme, pero le aseguro que le conté lo mismo que oí de quién me vendió el espejo. Puede haberse tratado de un vendedor imaginativo, pero, en cuanto al espejo, su origen es insospechable —el vendedor pareció molestarse—. Me reservo las demás cosas que me contó.

Cuando volví a casa, paranoico al límite, decidí enfrentar el enigma del espejo. Mi novia venía mañana, a encarar nuestra vida en pareja, seguramente expectante, y yo no me encontraba en la mejor condición. Todo por mi enfermiza imaginación, que me hacía atribuirle al espejo características misteriosas. Hoy mismo, al salir del anticuario, viajé hasta la dirección que él mismo me dio. Encontré a un artesano, Elías, quien dijo haber recibido al espejo, herencia familiar por generaciones. Sí; la capa aplicada al dorso del espejo era resultado de una fórmula alquímica, desarrollada hacía más de tres siglos por un ascendiente de la misma familia. Sabia la fórmula y la había aplicado, “a espejos y otros objetos”, pero unos accidentes le mostraron que faltaba un ingrediente o un procedimiento. Ante mi pregunta acerca de las propiedades del espejo, contestó:
—Es verdad que parece no estar según de dónde se lo mira, que emite –no refleja, emite- una tonalidad morada, que parece llorar sangre, que parece haber un tapiz haciendo de cortina. Todo eso es verdad, pero ¿qué verdad?¿qué lado refleja, el suyo (el nuestro), o un mundo oculto del otro lado del espejo? Si es así, ¿qué ven los otros?¿nos ven, cómo nos ven?
Dicho esto, me despidió, casi bruscamente.
—Ni Ud. ni yo, Señor, tenemos la respuesta. ¿Será, el misterio como dice este documento, antiguo como el espejo? —finalizó mientras me alcanzaba una hoja,
y me despedía.
El documento decía:
“... Por esto es que dando la vuelta al espejo, observarás brevemente todo lo que hay que ver en el espejo, que seguramente ningún subterfugio ni laberinto alguno se hallan debajo, pero que una línea recta atraviesa completamente el círculo,(..,) Entonces es formado todo un espejo en el cual un ciego ve el negro, el blanco y el rojo, de otro modo escondido por la apariencia. Por ahí el misterio es revelado, y lo grosero es liberado de los lazos elementarios ...
De «Cábala, Espejo del Arte y de la Naturaleza en Alquimia» (1654)”

Me estaba empantanando en mis fantasías, y escritos como éste no me ayudaban. Traje una silla al baño y me coloqué con ella en diversos ángulos, permaneciendo largos minutos en cada lado. Ya me estaba cansando, y mi atención se dispersaba. En ese momento una sensación me invadió. ¡Me estaba mirando!. Al acercarme al espejo, ahí estaba yo. Mejor dicho, mi imagen. Pero esa imagen ¡me miraba! Claro, si yo la miraba cómo no mirarme, pero aseguro que cuando no la miraba, me seguía mirando. Hice una prueba: me coloqué en un ángulo y miré al espejo, reflejado en el espejo chico de un botiquín, encima del lavatorio. Él, mi imagen, me miraba a mí, directamente, no al botiquín. Al darse cuenta de mi descubrimiento CORRIÓ UNA CORTINA y el espejo dejó de reflejar. No sé explicarlo, pero todo el mundo sabe cómo suena una cortina cuando se desliza rápidamente por su corredera, el oscilar, el temblor de la cortina, la quietud final. Corrí al frente del espejo. Ahí estaba mi imagen. La copia exacta, especular, de mis movimientos. Nos mirábamos. Pero su mirada no era la mía. Había un frío desprecio, un odio mortal en esa mirada. Y no le importaba que yo lo notara.
Corrí al dormitorio. Volví con sábanas y mantas y tapé al espejo. Apagué la luz, salí del baño y lo cerré con llave.
Mañana voy a ver al artesano, decidí. El es el heredero del secreto, debe saber todo. Matilde llega al mediodía, ya tengo que tener todo resuelto.”
Contó Esteban.

***

Ya en la madrugada, Esteban viajó en busca del artesano, no sin antes amontonar muebles contra la puerta del baño.
En lugar de resistirse como esperaba, Elías se manifestó dispuesto a acompañarlo “en mi lucha contra el mal”, como irónicamente le dijo.
—Pero debemos preparar el antídoto, o, más precisamente, la sustancia que anule, al menos provisoriamente, el efecto del preparado que se combinó originalmente con el azogue. Espéreme, por favor. Se retiró, volviendo como una hora después, con un pequeño frasquito en la mano. Ni en ese momento, ni durante el viaje, respondió las preguntas de Esteban.

Al entrar a la casa, nota las maletas de Matilde y, luego, inquieto, que los muebles que él colocara clausurando el baño estaban en su lugar. Corrió, seguido por el artesano. Matilde no estaba en el baño, pero sí había estado. Estaba su cartera y la ropa de cama ya no tapaba el espejo, estaba pulcramente doblada en el estante. Desesperado, ante la mirada impasible de su acompañante, se plantó frente al espejo.
—¿Dónde está Matilde?¿Qué le hiciste, monstruo? ¡Me está mirando!¿Ve?¡Él la tiene! —Apoyó sus manos en el espejo, y luego su frente, quedando enfrentados Esteban y su imagen, Esteban y su enemigo. El espejo despedía un resplandor rojizo, titilante, y parecía oscilar en ondas concéntricas a las manos y la frente de él, o de ambos. Esteban gritaba ¡Matilde!. Las ondas en el espejo crecieron a oleaje cada vez más alto y violento, hasta que tapó totalmente a Esteban, por un momento. Luego la ola descendió, el espejo se aquietó, y la única luz fue la del plafón. Pero Esteban no estaba.
El hombre esperó un instante. Luego, abrió el frasquito y, sin tocar el espejo, lo roció con la pócima, meticulosamente. Aguardó unos minutos, acercando cada tanto la mano como quien controla el calor de una plancha. Estaba contento, hacía muchos años que el espejo no emitía ese color tan cálido. Ya casi no lo recordaba. Cuando pudo apoyar la mano procedió a desprender el espejo de su marco y luego a envolverlo con diarios, bolsas de consorcio y finalmente lo ató con hilo resistente. Levantó el paquete cuidadosamente, salió de la casa, cerró y se fue lentamente.

Carlos Adalberto Fernández

Amigos

Se despertó temprano y entreabrió los ojos; pensó en seguir durmiendo pero recordó qué día era y con resignación decidió levantarse.

Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.

Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.

Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.



Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.

Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.



Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.

Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.

Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.

-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.

Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.





Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.









Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.

Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.





-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-

Le daba lo mismo: ese día era feliz.




Liliana Varela
De "cuentos para no dormir"
Ediciones muestrario

viernes, 12 de marzo de 2010

El péndulo

Aprende a morir y vivirás, porque nadie vivirá
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)



María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.

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Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.

(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)

Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.

(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.

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Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.

(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.


Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.

(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…

Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…

Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…



Lady López
http://ladylopez954 .blogspot. com/

viernes, 26 de febrero de 2010

Reglas establecidas

-Sólo le pido un poco de bondad señora, por usted, por sus quejas infundadas voy a perder el trabajo...


Marcos López, el encargado de un coqueto edificio de un barrio de clase alta, intentaba conciliar con la gruñona del 8vo piso. Desde que esa mujer había enviudado hacía cinco años, su vida era un caos; problema tras problema era todo lo que escuchaba de la amargada y pudiente mujer. No sabía por qué extraño mecanismo esa "gentil" señora casada se había transformado en esta fiera agriada y molesta del presente. Todo le incomodaba: si la luz del palier quedaba prendida, si eran las seis y cinco minutos y él no estaba en la entrada del edificio y miles de pequeñeces más.
Pero lo peor para el empleado era cuando, encerando los pasillos y puertas del piso de la viuda en cuestión, ésta tenía la maldita costumbre de dejar entreabierta la puerta –según ella por su problema de claustrofobia; López estaba seguro que lo hacía para espiarlo cuando hacía sus quehaceres. Esto, si bien era molesto no era lo peor ya que la dama en cuestión "Vaya a saber si por arteriosclerosis o qué" pregonaba a diestra y siniestra que él la espiaba abriéndole la puerta, seguramente con alguna copia de llave que tenía – incluso, llegó a decir, que estaba casi segura de que le faltaban valiosos objetos de su departamento.
Las quejas fueron en aumento de tal manera que se buscó conciliar ambas partes; buena parte del edificio confiaba en López pero la mujer tenía varias propiedades más en el inmueble, por lo tanto su influencia era grande.
El pedido del Consejo de Administració n fue muy claro: López sólo limpiaría el pasillo de la señora cuando ésta durmiera la siesta y en ese intervalo la señora estaba "obligada por las reglas de convivencia establecidas" a mantener su puerta cerrada con llave. Era la última oportunidad para el encargado, si existían más quejas, debería ser despedido.


-A mi no me interesa ni usted ni la supuesta enfermedad de su mujer López, usted es un empleado y debe respetar las reglas de subordinación al propietario: yo le pago el sueldo ¿entendió?
Allí terminó el intento de comprensión con la mujer por parte del encargado.


Esa tarde –como lo hacía de acuerdo a las benditas reglas establecidas –enceraba el piso, cuando sintió el chirrido de la puerta de servicio de la mujer.
Ahogando un insulto al recordar que era el franco de la mucama se apresuró en su tarea para no chocarse con la vieja insufrible.
Allí la vio.
La mujer se deshacía en el intento de un gesto de súplica, alargaba su brazo derecho apoyando los dedos en el picaporte en tanto su otro brazo señalaba el pecho; apenas podía gemir.
Era obvio que estaba sufriendo un ataque cardíaco –ya había tenido dos preinfartos.
López observó la escena de súplica: él podía salvarla y ella le debería la vida.
Se acercó a la puerta y le tomó la mano que estaba apoyada en el picaporte, con ternura la retiró; luego le cerró la puerta en las narices ante la desesperada mirada de la mujer.
-Respetemos las reglas establecidas señora. Hay que convivir.
Y siguió con su tarea.



Liliana Varela 2008

jueves, 28 de enero de 2010

Don Rogelio, una historia común

Se había asomado a este mundo en una de esas montañas polvorientas de Cataluña. Eso era todo lo que se sabía de él, además de que se llamaba Rogelio Armendia o Aramendia o Aramencía.Se lo llamó simplemente Don Rogelio. Don Roge, para los amigos. Pero esto era mera suposición porque no se le conocía a ninguno. También corrió el sumor de que eh España habían quedado una esposa y un hijo, a los que esperaba traer.
Parece que llegó sólo a ese pueblito catamarqueño, un verano más insoportable que los pasados, pero seguramente menos que el siguiente. Se hospedó en la unica fonda del lugar. No comía ahí. En el almacén anexo a la misma fonda compraba longaniza, ajo, cebolla, vino. Queso y pan eran adquiridos en los puestos de las calles,
Se relacionó con las inmobiliarias (por darle un nombre, porque lo que se vendía eran arenales, montes de espinillo, cauces secos). Adquirió una hectárea a dos kilómetros del Centro Cívico del pueblo, en lo que se llamaba "la costa" porque a partir de allí ondeaba el interminable mar de arena.
Trabajaba incansablemente. Recuperó la casa derruída (una habitación grande, mirando al patio, con un alero a todo lo largo), la cocina y el baño, alrededor del patio, mirando al centro, y otra habitación para taller y depósito, en el lado del fondo del patio. En el medio del patio un algarrobo y una mesa de tamaño respetable, algunos bancos. A unos metros de ahí, instalaciones para animales y la huerta de la casa. Mas allá el sembradío, atravesado por el canal, del que periódicamente, segun turnos preestablecidos, se recibía agua con morosidad.
Cuando la casa estuvo habitable, dejó la fonda y se mudó. Ofreció a Dña. Angeles, viuda con 6 hijas todas solteras, contratar a la mayor, Hortensia, cama adentro, como “ama de casa”. Con un destino de tía solterona como mejor alternativa, Hortensia aceptó. Hubiera aceptado aunque fuera “todo servicio”
Una vez por mes mandaba carta a España. Siempre esperaba una respuesta, que una vez, meses después llegó. Pero no pareció ser la respuesta que Rogelio esperaba. Fue el único día que no se lo vio trabajar. Todo el mundo oyó a Hortensia suplicar llorando, que no la deje, que ya no podía volver a su casa. Era una lástima, tanto esfuerzo pendiente de una respuesta que no se dio.

A la semana, habiendo vendido o regalado todo, Rogelio -y su empleada- partieron para Buenos Aires.

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Llegado a la ciudad, Rogelio buscó comodidades en alquiler “para mí y mi empleada”. Se instaló en el barrio de Once, en las dos piezas finales de un pasillo largo que conectaba tres patios con habitaciones en alquiler. Una habitacion era su dormitorio. La otra, living-comedor durante el día, habilitando una cama para Hortensia. Ninguno se quejó, A los pocos días Rogelio comenzó a trabajar de mozo en un bar de mala muerte y peor fama, a espalda del cementerio y la vía, La tarea no era muy compleja: en su turno -entrada la noche hasta la madrugada- debía asegurar la provisión de bebida -vino, grapa, caña- fiambre y pan. Y controlar el orden. Parecía entrenado. Silenciosamente, el o los perturbadores terminaban tirados en el sanjón, o con la cabeza rota. Su arma de combate era una simple botella de barro llena de arena húmeda. Los desafíos a cuchillo no lo alteraban, el contendiente sabía que en momento del ataque, la alta estatura de Rogelio, su brazo largo y robusto, su ausencia total de temor, garantizabanal atacante algún hueso roto. Y el siguiente golpe podía ser fatal. Por otro lado había que evitar el ridículo de un duelo perdido contra un porrón. El hecho era que ese bar llegó a ser uno de los lugares más pacíficos de la zona.
Rogelio no intervino en la vida diaria de la casa. Dormía a la vuelta del trabajo hasta pasado el mediodía, cuando consumía en soledad su menú de ajo, cebolla, longaniza, hasta que Hortensia anunciaba el almuerzo. Parecían un matrimonio, y Rogelio no hacía nada por desmentirlo. Tal vez eso -el ser una familia en Buenos Aires- fue lo que agrupó a su derredor a todos los jóvenes y adultos solteros del pueblo natal y alrededores. Pasaron a ser, de hecho, la autoridad familiar en cuestiones sentimentales y sociales. Lo que ellos dictaban era ley para el grupo. En realidad, Rogelio no participaba, pero su opinión obraba a traves de Hortensia en función de oráculo. Fueron “abuelos”, decidieron carreras laborales, matrimonios. Algunas decisiones no fueron bien recibidas, pero nadie se atrevía a cuestionar a Don Rogelio, Hortensia se acostumbró a resolver litigios con un “si no te gusta hablale al Roge, o andate, que nadie te tiene atado”. Parece ser que alguien le habló al Roge. El domingo siguiente, luego de una noche poblada de alaridos, gritos “no hablés en mi nombre” y “con el cinto no”, Hortensia se declaró agotada por la responsabilidad asignada por “la familia”. Propuso un consejo de notables con libertad de opinión y mediación de Don Rogelio ante conflictos.
Don Gallego (así lo llaamaban ahora) acentuó su participación en la vida cotidiana del grupo, y Hortensia se resignó a ser sólo una notable. En los almuerzos de los domingos se hizo usual la entrada de cebolla, ajo y longaniza general, antes del plato central.
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A los años llegó un telegrama. Don Rogelio lo leyó y lo dejó en la ventanilla. Todo el pueblo se enteró de su contenido:”Mamá te perdonó. Te voy a buscar”. Ese domingo no hubo almuerzo en el inqulinato. Hortensia no cesaba de llorar. Rogelio no hablaba con nadie. Dicen que participó en peleas violentas en el bar.
En la mañana apareció el visitantte. Era el hijo de Don Rogelio. El encuentro fue emotivo, largo , tierno, con cebolla, ajo, longaniza y empanadas. Hacia el fin Hortensia se levanto para retirarse.
-Ud se queda, Hortensia. En su asiento -ordenó con voz firme Don Rogelio. Y luego dirigiéndose a su hijo:
-Esta casa es tuya. Sus puertas estan abiertas para ti. Y a tu madre dile... dile que valoro su gesto, pero que llegó... un poco tarde. Que tal vez le haga bien perdonarse a ella misma.
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Y, sí, Cada vida es una historia.


© Carlos Adalberto Fernández

domingo, 24 de enero de 2010

Marurí y el mago

Con peroles, retortas y hierbas trabaja el mago. De pronto el batir de unas alas, casi apaga el fuego de las velas que alumbra el recinto. Gira su cabeza y en sus manos ya está Marurí, la mariposa multicolor.

Ella le cuenta historias de su visita a muchos jardines y de la multitud de flores que encuentra, con cuyo polen se alimenta. Y el mago la escucha en su mecedora.

- Quisiera volar más alto, tener más amigos. Y ver el mundo plagado de colores. De fiesta y alegría. Volar y volar alto, muy alto; por jardines, plazas y comarcas. El mago la escucha, contempla su belleza. Recurre a sus artes, le dice:

- Mapa Rupu Rípi, Mapa Rupu Rípi, Mapa Rupu Rípi. ¡Pronuncia tres veces estas palabras mágicas! Y aplaude ¡Plap, plap, plap!. Y Maruri vuela, vuela preciosa.

A medida que sube a los cielos, a la bóveda azul, de mariposa multicolor se convierte en pajarita, en la pajarita Marurí.

Vuela y se desliza por magníficos jardines de flores exóticas, plazas y castillos; selvas y sierras; ríos y mares. Viaja mucho, visita el mundo y un día al fin cansada de tanto volar y de conocer tierras, regresa, guiada más por el resplandor que le alegra el corazón que por el fuego de las velas que alumbran la choza del mago.

Encuentra al viejo amigo con sus peroles, hierbas y retortas Se posa en su hombro y le cuenta historias al oído. El mago escucha a Marurí, feliz por su visita, disfruta con sus relatos. Historias de amor y desamor. Pasión y olvido. Riqueza y pobreza. Guerra y paz.

El mundo no era feliz: sólo había breves momentos de felicidad para el hombre y los otros seres en el mundo. Habían colores, muchos colores, aunque opacados por las sombras, por la bruma.

- Quiero dar alegría, quiero que todo sea una fiesta. ¿Qué puedo hacer?. Y si no soy pajarita, quién sabe…

El mago le dio sándalo, incienso, piñas de pino, cardamomo, sarmientos, flores y hierbas aromáticas y la colocó suavemente en la ventana, diciéndole:

-Vuela, vuela, vuela amiga mía, dulce mariposa, pajarita de mis sueños. Mapa rupu rípi Mapa rupu rípi Mapa rupu rípi. ¡Plap, plap, plap!

Marurí, rí, si, busca la montaña más alta y más lejana, disipa la oscuridad en tu vuelo; busca el último invierno de tu vida, el humo y el fuego del cielo, recoge tus cenizas y por fin, desde el alba de tus sueños inicia tu última lucha para no morir.

La pajarita Marurí vuela y vuela alto, ahora es un ave muy hermosa parecida a una garza, con plumaje de púrpura y oro; de rojo y naranja, de verde, escarlata y rosa..

Al fin ella encuentra la montaña más alta y más lejana, renace, canta una bella canción y vuelve a vivir mil años.

Julia del Prado (invierno 2006)