En una lejana ciudad, o no tan lejana, la verdad no me acuerdo donde era, vivía yo, mmm, no, mejor vivía un señor, o una señora o un niño, bueno, no sé, vivía un ser humano que se llamaba … no importa, vivía un ser humano. Ah, sí, ya me acordé, era de sexo masculino. No sé cuantos años tenía o no me acuerdo. ¿Si era lindo? Que sé yo si era lindo. A mi que me importa si era lindo o feo. Problema de él. O de la novia. En realidad, no sé si tenía novia. Mmm, no sé. Capaz que sí, pero si les digo, les miento. Tampoco sé si era bueno o malo. La cuestión es que el tipo tenía un trabajo, hacía no sé que mierda, en una empresa… ¿qué empresa era? Puta, no me acuerdo, che. La verdad que ese detalle no me lo acuerdo. Por más que me esfuerce, no hay caso. No me acuerdo y no me acuerdo y no me acuerdo. ¿Qué quieren que le haga? No me acuerdo, viejo. ¿Me quieren matar? Matenmé. Pero no me acuerdo. Bueno, pasando a lo importante de esta historia. Éste tipo se levantaba a determinada hora, puede ser tipo 6 ó 7 u 8 ó 12. No importa, pero que se levantaba, se levantaba. ¡No se va a quedar acostado todo el día! No era un vago el tipo. Bueno, paren de interrumpir, sino no termino más. Se levantó y desayunó algo. Una torta frita o una factura o un pedazo de pan con manteca, resumiendo, desayunó. Porque no se va a ir sin desayunar ¿no? Sí, no va a faltar algún mamerto que diga: “bueno, hay gente que lamentablemente no tiene que comer.” Pero ya les dije que el flaco trabajaba. Bah, el flaco, digo flaco como una forma de llamarlo, pero no sé si era flaco, en una de esas pesaba como 250 kilos, no sé, puede ser, hay tanta gente gorda y no tiene nada de malo ser gordo, nada más que no es bueno para la salud. Pero por lo demás, cada uno es como es. Y si éste era medio re choncho y bueno, era medio re choncho. No va a ser flaco nomás para darles el gusto a ustedes. Algunos son narigones, cabezones, pijudos. Bueno, ponele que éste fuera medio tirando a lechón. Pero no sé, eh. Son todas suposiciones. Capaz que en el otro extremo, era un esqueleto caminando. No sé. Ya está. No se habla más del tema. Ah, para este entonces, ya se había cambiado el cristiano, creo que se había puesto un traje. Bueno, eso sería si trabajara en una oficina. Si fuera mecánico, se hubiera puesto un mameluco. O unas bermudas con mocasines, en caso que fuera un empresario de vacaciones. Igual, no cambia nada, la ropa sirve nada más que para cubrirse el cuerpo. Porque no se puede salir desnudo a la calle, no me pregunten porque, no se puede y no se puede. Como tantas otras cosas que no se pueden hacer porque están mal vistas o no sé porque. Por ejemplo, si alguien me pregunta, ¿le puedo pegar una patada en el culo a esa vieja que va caminando por la vereda? Yo le voy a decir que sí. Como poder puede. Ahora que queda feo, queda feo. Y además si alguien lo ve, lo re contra caga a patadas a él. ¿Cómo le va a pegar a una vieja? No debería. Pero, si quiere que se la pegue. Yo no soy quien para meterme. Pero no se debe. No me pregunten porque. ¿A qué venía esto? Ah sí, que el señor en cuestión ya estaba levantado, cambiado y desayunado. Creo que después fue al baño, porque no sé si había tomado mate con jugo de naranja y le agarraron unos retortijones que ni te cuento. En un momento, capaz que pensó que se cagaba ahí nomás. O en una de esas, fue a lavarse los dientes o a peinarse, que se yo. Suponiendo que tuviera pelo. Por ahí era pelado. Y no por eso va a ser menos que vos o que yo. Si total, ¿qué importa si tenía pelo o no? ¿Quieren que tenga pelo? Está bien, tenía una porra que se la pisaba. ¿No quieren que tenga pelo? Ok, no tenía pelos ni en las bolas el tipo. Ni un solo pendejo tenía. Lampiño, lampiño. ¿Todos contentos ahora? Bueno, cuánto me alegro. Bueno, acá es donde la historia se me vuelve un poco difusa. Porque el tipo sale de la casa o del departamento, y no me acuerdo si sube a un auto o si no tenía y se toma el colectivo o el subte, en el caso que viviera en una ciudad con este medio de transporte. Pero no, me parece que se tomaba el bondi, sí, sí, se tomaba el bondi, es mucho más divertido. Y esto ya nos aclara un par de cosas, porque si se toma el colectivo, quiere decir que empresario no era, ya vamos descartando. Salvo que fuera una de estos boludos que tienen guita y viajan en bondi para hacerse los excéntricos o para aprovechar el amontonamiento y faltarle al respeto a una señorita, por no decir tocarle el culo que queda feo. Siempre hay algún degenerado. Pero no creo. Éste iba en bondi, porque no tenía otro remedio. Finalmente, llega al trabajo, que como ustedes bien saben, no tengo ni la menor idea que trabajo era. Si total, que importa, todos los trabajos son buenos, mientras cumplan con su función. Ahora, ¿cuál es esa función?, no sé tampoco. Al pedo trabajamos, te rompés el culo laburando y después te cagas muriendo igual que el que nunca hizo nada. Éste último, casi siempre aparece en el cajón más sonriente que el primero. Bueno, en algunos casos, el primero también sonríe porque piensa: “por fin me morí, estiré la pata, no me hago más mala sangre, la eternidad me espera, etc”. Y toda esta explicación ¿por qué? Porque ustedes están empecinados en saber de que trabajaba el tipo. Dejensé de romper las pelotas. Conformensé con saber que trabajaba. Lo que sí me parece recordar es que el susodicho no era uno de esos que vos decís, qué lo parió, cómo le gusta laburar a este tipo. No, no, nada de eso, éste laburaba, porque tenía que laburar, y al igual que todos o que la mayoría, si le dabas a elegir, se quedaba en la casa panza arriba. Porque a mi no me vengan a decir que existe algún ser humano o extraterrestre o lo que sea, al que le guste laburar. Esas mujeres que dicen: Ay mi marido es un adicto al trabajo. Que mierda va a ser. A lo sumo, sera adicto a la guita. Y el muy pajero se la pasa todo el día trabajando al pedo, porque no tiene tiempo para gastarse la plata que gana. O capaz que, con tal de no aguantarla a la mina, labura todo el puto día. Porque hay que decir que a algunas mujeres hay que aguantarlas eh. Y a otras hay que aguantarlas también, pero menos. Pero bueno, los hombres también tienen lo suyo. Así que estamos a mano. Bueno, capaz que el tipo este del que estamos hablando era un ejemplo de estos. Pero como ya les dije, no sé cuál era su estado civil. Creo que una vez andaba con una, pero no me acuerdo que pasó. Algo habrá pasado. Como siempre pasa cuando uno anda con una. Algo pasa. Y si no pasa nada, mejor buscarse otra, porque algo anda mal. Pero no sé, ni me importa. No soy chusma, ni mucho menos. Si hay una cosa que odio es a la gente chusma. ¿Se enteraron la última que se mandó la gorda Edelmira? Otro día se las cuento. No nos vayamos de tema. Tipo 5 de la tarde, el señor sale del trabajo y se va a tomar una cerveza o un vino o una grapa o un jugo de quinoto al bar de la esquina. No sé si solo o con algún amigo. Lo que sí me parece recordar que en una mesa hay una chichi que lo mira y él no sabe que pensar. Como no sabemos cuál es el aspecto de esta persona de la que estamos hablando, no podemos saber lo que pensó. Porque todo depende de eso. Si era rechoncho, capaz que lo miró porque le llamo la atención. Pero si era flaco y buen mozo, en una de esas, lo pispeó porque le gustaba bastante y andaba con ganas de encamarse. Por motivos literarios, vamos a suponer lo segundo. No, no, dejensé de joder, no empiecen a romper las pelotas preguntando como era la mina, porque ahí sí que no termino más. Era una mina, che. ¿Cuánta diferencia puede haber? Un poco más rellenita, un poco más flaca. Un poco más petisa, un poco más lunga. Digamos que era una mina estandar. Si fuera un auto, sería un modelo base digamos, esos que no traen aire, ni una mierda y en verano te re contra cagás de calor, te transpira hasta el orto, pero te lo tenés que aguantar porque no te alcanzó para comprar otra cosa. Bueno, algo así era la señora o señorita esta. Entonces el tipo este de nuestra historia, se dio cuenta que la tipa lo miraba. Tampoco era tan boludo. Un poco sí, no se los voy a negar, pero hay otros que son más boludos y nadie les dice nada. O a lo sumo le dicen: no sos más boludo porque no te entrenas. Pero nada más. Bueno, la mira y le gusta un poco, no demasiado. Sin ir más lejos, en otra de las mesas, había un grupete de cinco perras que estaba una mejor que la otra, pero ni lo registraron al medio boludo este. Y volviendo a la comparación con los autos, es como cuando vas al centro. Lo ideal es estacionar en la puerta del lugar adonde vos vas. Pero si faltando dos cuadras para llegar encontrás un lugar, tenés que estacionar ahí. Capaz que después ves que tenías un lugar justo en la puerta. Pero ya está, conformate con el que encontraste. Porque si vos pensás, lo saco y lo traigo para acá, seguro que cuando llegas te lo ocuparon y te quedas en pelotas, en re contra pelotas. Sin el pan y sin la torta. Bueno, con las minas pasa más o menos lo mismo. Y todo esto ¿para qué? Para explicarles que al tipo no le gustaba demasiado la mina, pero bue. Algo es algo, pensó. Se acercó a la mesa y empezaron a conversar no sé de que carajo. Seguramente las mismas pelotudeces que hablamos todos en un primer encuentro. De qué signo sos, no te puedo creer, igual que mi tío, que lindo está el día, no sabés como me gusta ir al cine, a mi no, bueno a mi tampoco me gusta tanto, en realidad, a veces nomás voy, cuando no tengo otra cosa que hacer, a que te dedicas, mirá que interesante, siempre quise conocer a alguien que vendiera tarjetas para el subte, etc, etc . Cuestión que a las tres horas se estaban encamando que daba asco. Buen, ahora atenti que se va acercando el final de la historia, que, como se imaginarán, anda a saber como termina. Para aquellos o aquellas románticas que creen en las almas gemelas, en el amor a primera vista, para los que les gustan los finales felices, les digo que de ahí se fueron directo al registro civil; se casaron; tuvieron 238 hijos, todos sanitos; y fallecieron de la mano cuando el tenía 65 y ella 90. Sí, capaz que se llevaban unos años. Pero para el amor no hay edad. Ahora, para aquellos escépticos negativos que no creen en un pedo hasta que no sienten el olor, les digo, que el tipo y la mina, terminado el acto venereo, se vistieron y, como suele ocurrir luego de estas calenturas del momento, se mandaron, de común acuerdo, a la mismísima mierda. Y ahora los dejo, porque tengo que ir a tirar una cañita voladora a la esquina. Ah sí, los gustos hay que darselos en vida, che. Después te cagas muriendo y ya sabemos lo que pasa. No, en realidad no sabemos, pero bue. Chau.
Emiliano Almerares
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos."
sábado, 21 de agosto de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
Cinto y Cinta
Toc Toc ¡Toc toc! Toc, Plam, plam la aldaba tocaba la puerta de esa casa de puerto chalaco donde los tíos Jacinto y Jacinta vivieron hasta los últimos días en que esa vieja casa fue vendida.
Jacinto y Jacinta eran los dos hermanos solteros de una familia grande, casi siempre plena de alegría en domingo en que primaba la libertad que otorgaba la abuela Karmen para que todas las generaciones hablaran en voz alta y de diversos temas. Esta familia brillaba en elocuencia y picardía.
Todos los ambientes eran ocupados por hijos, sobrinos, sobrinos nietos de "Cinto" y "Cinta" como se les llamaba en sutil apodo. Desde la inmensa sala hasta el patio donde la abuela nana Asencia hacía de las suyas con el batán, el sonido y el ruido se mezclaban en singular acento.
Toc Toc ¡Toc toc!, Plam, plam, vuelve a sonar la puerta de esa casa vetusta, a través de esa bendita aldaba.
Jacinto era amoroso y bueno con todos sus sobrinos, en su dormitorio tenía una biblioteca y en esos domingos vaporosos de tarde él les leía historias en ronda de su Tesoro de la Juventud o de Nuestro Universo Maravilloso o de la revista Billiken y de libros de aventuras de Julio Verne o Sandokan, los aplausos de niños y adolescentes eran el estímulo que recibía, diría que era como un teatro en donde el protagonista era "Cinto". A la más pequeña de sus sobrinos la colocaba en sus rodillas, con esa ternura que sólo los buenos hombres tienen.
Y "Cinta" o Jacinta era esa tía que se le veía cose y cose en esa vieja máquina con motorcito en donde su pie le daba al dale, dale. Cosía generalmente trajecitos para muñecas que eran hechos por encargo, así podía mantener a su sobrino que había quedado huérfano y al que ella había prohijado. A sus demás sobrinos los trataba con afecto sereno y con medida. La más pequeña fue premiada con varios mandiles a cuadros para que su ropa no se ensuciara en domingo, en esa mesa familiar que se diría poco brilló en cordura.
Toc, toc ¡Toc toc!, Plam, plam, esa aldaba otra vez con sonido grave.
"Cinto" y "Cinta" tíos que quedaron en el ayer con salidas al cine "Porteño" en tardes de matineé o en juegos de carnaval donde las aguas corrían delirantes por esas calles de puerto. Con chisguetes de Pierrot y Colombina y bolas de talco. Y los rostros de los niños, adolescentes y mayores pintados de betún en esos tres días seguidos de cálido mes de febrero.
"Cinto" aún lo veo llevarnos al encuentro de chalanitas y figuras con esas olas de mar vibrantes para paseo de domingo y el faro en luz de buenos días. Pelícanos y pardelas con esas construcciones que todavía quedan de viejo puerto hablador.
Toc, toc ¡Toc toc!, Plam, plam, aldaba que se vacila hoy en remate de lunes escondido.
Una mujer de casi 60 años delirante toca la puerta una y otra vez. Abre la puerta un gato inmenso de ojos enormes que habitó siempre la casa.
Julia del Prado (Perú)
Miércoles 21 de julio del 2010.
Jacinto y Jacinta eran los dos hermanos solteros de una familia grande, casi siempre plena de alegría en domingo en que primaba la libertad que otorgaba la abuela Karmen para que todas las generaciones hablaran en voz alta y de diversos temas. Esta familia brillaba en elocuencia y picardía.
Todos los ambientes eran ocupados por hijos, sobrinos, sobrinos nietos de "Cinto" y "Cinta" como se les llamaba en sutil apodo. Desde la inmensa sala hasta el patio donde la abuela nana Asencia hacía de las suyas con el batán, el sonido y el ruido se mezclaban en singular acento.
Toc Toc ¡Toc toc!, Plam, plam, vuelve a sonar la puerta de esa casa vetusta, a través de esa bendita aldaba.
Jacinto era amoroso y bueno con todos sus sobrinos, en su dormitorio tenía una biblioteca y en esos domingos vaporosos de tarde él les leía historias en ronda de su Tesoro de la Juventud o de Nuestro Universo Maravilloso o de la revista Billiken y de libros de aventuras de Julio Verne o Sandokan, los aplausos de niños y adolescentes eran el estímulo que recibía, diría que era como un teatro en donde el protagonista era "Cinto". A la más pequeña de sus sobrinos la colocaba en sus rodillas, con esa ternura que sólo los buenos hombres tienen.
Y "Cinta" o Jacinta era esa tía que se le veía cose y cose en esa vieja máquina con motorcito en donde su pie le daba al dale, dale. Cosía generalmente trajecitos para muñecas que eran hechos por encargo, así podía mantener a su sobrino que había quedado huérfano y al que ella había prohijado. A sus demás sobrinos los trataba con afecto sereno y con medida. La más pequeña fue premiada con varios mandiles a cuadros para que su ropa no se ensuciara en domingo, en esa mesa familiar que se diría poco brilló en cordura.
Toc, toc ¡Toc toc!, Plam, plam, esa aldaba otra vez con sonido grave.
"Cinto" y "Cinta" tíos que quedaron en el ayer con salidas al cine "Porteño" en tardes de matineé o en juegos de carnaval donde las aguas corrían delirantes por esas calles de puerto. Con chisguetes de Pierrot y Colombina y bolas de talco. Y los rostros de los niños, adolescentes y mayores pintados de betún en esos tres días seguidos de cálido mes de febrero.
"Cinto" aún lo veo llevarnos al encuentro de chalanitas y figuras con esas olas de mar vibrantes para paseo de domingo y el faro en luz de buenos días. Pelícanos y pardelas con esas construcciones que todavía quedan de viejo puerto hablador.
Toc, toc ¡Toc toc!, Plam, plam, aldaba que se vacila hoy en remate de lunes escondido.
Una mujer de casi 60 años delirante toca la puerta una y otra vez. Abre la puerta un gato inmenso de ojos enormes que habitó siempre la casa.
Julia del Prado (Perú)
Miércoles 21 de julio del 2010.
sábado, 22 de mayo de 2010
Pobde gente
(cuento ensayo)
-¡Puagh! ¡Andá a bañarte, sucio! -Los muchachos que estaban recorriendo las puertas de los edificios, las bolsas de residuos, la gente distraída, se habían acercado a los dos hombres recién bajados del enorme camión, pero huían espantados por el olor que éstos despedían.
-¡Claro! Ahora que le pidan al zorrino que se despoje de su arma de defensa. Aparte, ¿Qué olor? Yo ya no lo siento ¿Y vos, Nasito?
El otro vagabundo, un joven que arrastraba un changuito destartalado lleno de bolsas, hizo un gesto incomprensible.
-Vos es la primera vez que venís a la ciudad, ¿no? Yo vengo cada tanto, por los remedios,¿sabé s?
-Acuérdeze de loz míoz, don Sego.
-Los tengo anotados, Nasito. Mi laboratorio es de los buenos, tiene de todo. Si remedios es lo que más se consume, Nasito. Esto.. -dijo, con un gesto ampuloso, dando cátedra- es la Sociedad de Consumo. Los adiestran para consumir, consumos que les provoca necesidades de otros consumos y así...
¿Como éztoz? -pregunta Nasito, señalando un restaurant enorme, lleno de gente-. ¿Ves? Como ganado, todos amontonados. Y les traen comida y más comida, hasta reventar.
-¿Y no ze mueven? -pregunta el joven, intrigado. Yo, en el campo, para conseguir comida....
-Acá consumen movimiento. Las películas traen cada vez más catástrofes, gente luchando, corriendo, volando,, terminás exhausto.. Y ahora, que cada familia tiene el cine en casa, se mueven menos y se cansan mas.
-¿No hazen gimnazia? -pregunta Nasito, ávido de conocimiento.
Pueden consumir gimnasia. Se ponen un aparato a pilas, encima del músculo, aprietan un botón... y el músculo salta, trota, se estira, se encoge, mientras vos te comés un flan con crema. Eso sí: debés consumir ropa deportiva adecuada. Y si querés actividad, intensa actividad de genuino deportista, hay enormes aparatos que te inmovilizan todo el cuerpo, mientras entrenás, por ejemplo, la tercera falange.
-¡Pobde gente!
.Sí. Pobre. Y dentro de poco, ni ésos -dijo don Sego, mientras señalaba a un grupo de gente que trotaba alrededor de la plaza- Están cercando las partes de césped, luego el sector central, no sé como van a cerrar las veredas, pero...
-Clado, podque coddrer es gdatis. No consumen -Dedujo Nasito, que estaba asimilando velozmente la enseñanza -¿Y los peddros?
-Ya está resuelto, Nasito. Cagan en bolsitas.
-¿Qué? -Gritó Nasito, espantado, preguntándose si él también no tendría que hacer paquetitos. Suerte que no lo trajo a León. Por las dudas iba a aguantar hasta la vuelta.
-Ahora esperame un momento, sin moverte -dijo don Sego, mientras desaparecía tras una puerta que decía Farmacia, volviendo al rato con una bolsa blanca llena de cosas-. Vamos -apuró-. Y qué querés -dijo, como defendiéndose del joven que lo miraba extrañado-, la sociedad te obliga.
-Llegamos justo. Ese es el tuyo -dijo don Sego señalando a un camión azul- Vos, que la pasás comiendo yuyos y hojas, después mirá esto, junto con tus remedios. Dale, subí – y le puso una bolsita en el bolsillo.
Luego de acomodarse entre los bultos, Nasito miró el cartelito. En él había un grupo de gente bella y alegre. En la parte superior decía “CONSUMA FIBRA”.
-¡Pobde gente! -dijo, y se durmió contento de volver a casa.
© Carlos Adalberto Fernández
-¡Puagh! ¡Andá a bañarte, sucio! -Los muchachos que estaban recorriendo las puertas de los edificios, las bolsas de residuos, la gente distraída, se habían acercado a los dos hombres recién bajados del enorme camión, pero huían espantados por el olor que éstos despedían.
-¡Claro! Ahora que le pidan al zorrino que se despoje de su arma de defensa. Aparte, ¿Qué olor? Yo ya no lo siento ¿Y vos, Nasito?
El otro vagabundo, un joven que arrastraba un changuito destartalado lleno de bolsas, hizo un gesto incomprensible.
-Vos es la primera vez que venís a la ciudad, ¿no? Yo vengo cada tanto, por los remedios,¿sabé s?
-Acuérdeze de loz míoz, don Sego.
-Los tengo anotados, Nasito. Mi laboratorio es de los buenos, tiene de todo. Si remedios es lo que más se consume, Nasito. Esto.. -dijo, con un gesto ampuloso, dando cátedra- es la Sociedad de Consumo. Los adiestran para consumir, consumos que les provoca necesidades de otros consumos y así...
¿Como éztoz? -pregunta Nasito, señalando un restaurant enorme, lleno de gente-. ¿Ves? Como ganado, todos amontonados. Y les traen comida y más comida, hasta reventar.
-¿Y no ze mueven? -pregunta el joven, intrigado. Yo, en el campo, para conseguir comida....
-Acá consumen movimiento. Las películas traen cada vez más catástrofes, gente luchando, corriendo, volando,, terminás exhausto.. Y ahora, que cada familia tiene el cine en casa, se mueven menos y se cansan mas.
-¿No hazen gimnazia? -pregunta Nasito, ávido de conocimiento.
Pueden consumir gimnasia. Se ponen un aparato a pilas, encima del músculo, aprietan un botón... y el músculo salta, trota, se estira, se encoge, mientras vos te comés un flan con crema. Eso sí: debés consumir ropa deportiva adecuada. Y si querés actividad, intensa actividad de genuino deportista, hay enormes aparatos que te inmovilizan todo el cuerpo, mientras entrenás, por ejemplo, la tercera falange.
-¡Pobde gente!
.Sí. Pobre. Y dentro de poco, ni ésos -dijo don Sego, mientras señalaba a un grupo de gente que trotaba alrededor de la plaza- Están cercando las partes de césped, luego el sector central, no sé como van a cerrar las veredas, pero...
-Clado, podque coddrer es gdatis. No consumen -Dedujo Nasito, que estaba asimilando velozmente la enseñanza -¿Y los peddros?
-Ya está resuelto, Nasito. Cagan en bolsitas.
-¿Qué? -Gritó Nasito, espantado, preguntándose si él también no tendría que hacer paquetitos. Suerte que no lo trajo a León. Por las dudas iba a aguantar hasta la vuelta.
-Ahora esperame un momento, sin moverte -dijo don Sego, mientras desaparecía tras una puerta que decía Farmacia, volviendo al rato con una bolsa blanca llena de cosas-. Vamos -apuró-. Y qué querés -dijo, como defendiéndose del joven que lo miraba extrañado-, la sociedad te obliga.
-Llegamos justo. Ese es el tuyo -dijo don Sego señalando a un camión azul- Vos, que la pasás comiendo yuyos y hojas, después mirá esto, junto con tus remedios. Dale, subí – y le puso una bolsita en el bolsillo.
Luego de acomodarse entre los bultos, Nasito miró el cartelito. En él había un grupo de gente bella y alegre. En la parte superior decía “CONSUMA FIBRA”.
-¡Pobde gente! -dijo, y se durmió contento de volver a casa.
© Carlos Adalberto Fernández
MEMORIA Y BALANCE DE SUEÑOS

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Hay silencio en la ciudad, sólo se oyen pasos, corridas, alguna exclamación. No se oyen risas, ni llantos, ni murmullos. Ni discursos, ni música. Es día (noche) de pago; mañana cierra el ejercicio, hay memoria y balance final de sueños. La luna sólo proyecta sombras sobre la sombra del suelo. El viento suelta gemidos de angustia, fatalismo.
La calle está llena de gente silenciosa, cada uno buscando a, o huyendo de, alguien. Los Unos, figuras fantasmales encorvadas bajo el peso de su ataúd cargado de sueños robados, con engaño o violencia –qué importa cómo-, a otros. Esos, los Otros, arrastrándose con dificultad por las carencias de su alma inválida, despojada, desmembrada de sueños, robados o pisoteados por alguien que, ahora mismo, en algún lugar de la ciudad, busca devolver (para mejorar su saldo) la esperanza arrancada en un acto de egoísmo, venganza, placer malsano, quién sabe. Cada sueño perdido es un muro que cierra el camino. Cada sueño robado es una piedra que ata al suelo.
Un portador de ataúd se cruza con un inválido.
—¿Te debo algo?
—Me quitaste la confianza. “¿Justo vos, te anotás? Se necesita gente competente, con iniciativa; vas a hacer el ridículo ¿Para qué servís?”. Ni me anoté, el miedo me paralizó. Vi pasar a los otros, excitados, habiendo vivido ¿Ni para perdedor sirvo? Y ahí me quedé, en el rincón de la vida.
—Lo lamento —el depredador encuentra, en un rincón del ataúd, el pedazo marchito de alma—. Necesité compensar con tu sangre algún dolor que, no sé de donde ni por qué, estaba sufriendo. Tomá, perdoname si podés.
—No —El moribundo agarra esa parte de su todo que el otro le entrega, y se aleja, algo más rápidamente.
—¡Vos!¡Eh, vos! ¡Me robaste la ilusión!
—Esa ilusión, la compartíamos; pero no quise perder la oportunidad de ser alguien. Vos, entonces, estorbabas. Tomá, no se por qué, siempre cuidé tu alma, en un rincón del ataúd, cada tanto la limpiaba. Yo también perdí algo, podemos retomar.
—Ya es un sueño muerto. Ahora sos alguien, pero hueco.
La noche es larga. Hay mucho que reclamar, que devolver. No hay quien no deba algo. No hay quien no haya sido despojado de algo.
Sueños, alimento de corazones, combustible de la ambición. Y –sociedad moderna- mercancía que mejora saldos, aumenta beneficios, cotiza en alza.
Termina la noche, hay que hacer el balance. Deudas que ya no se van a poder pagar, salvo con la propia alma. Partes de alma irrecuperables por desaparecidas, inválidas o muertas.
Del balance final quedan retazos demasiados pequeños para alojar al menos un atisbo de esperanza. Almas muertas, extintas, despojos inservibles de una vida que no fue, y ya no será. Ánimas desanimadas, soñando con soñar sueños que caen al instante, desflecados. Espíritus que mañana ingresarán al rubro Pérdidas, que se encolumnarán en la fila de cadáveres a desaparecer en las profundidades de la fosa de las almas muertas. En las esquinas se amontonan, como en un basural, ilusiones yertas, esperanzas invadidas de moscas, utopías en descomposició n.
Cada tanto se ve a alguien corriendo, exultante, listo para edificar nuevamente torres de ilusiones, compartirlas desde mañana, otra vez, siempre igual, con algún depredador esperando por ilusos en un rincón de la vida.
Comienza un nuevo ejercicio contable de sueños.
Carlos Adalberto Fernández
La calle está llena de gente silenciosa, cada uno buscando a, o huyendo de, alguien. Los Unos, figuras fantasmales encorvadas bajo el peso de su ataúd cargado de sueños robados, con engaño o violencia –qué importa cómo-, a otros. Esos, los Otros, arrastrándose con dificultad por las carencias de su alma inválida, despojada, desmembrada de sueños, robados o pisoteados por alguien que, ahora mismo, en algún lugar de la ciudad, busca devolver (para mejorar su saldo) la esperanza arrancada en un acto de egoísmo, venganza, placer malsano, quién sabe. Cada sueño perdido es un muro que cierra el camino. Cada sueño robado es una piedra que ata al suelo.
Un portador de ataúd se cruza con un inválido.
—¿Te debo algo?
—Me quitaste la confianza. “¿Justo vos, te anotás? Se necesita gente competente, con iniciativa; vas a hacer el ridículo ¿Para qué servís?”. Ni me anoté, el miedo me paralizó. Vi pasar a los otros, excitados, habiendo vivido ¿Ni para perdedor sirvo? Y ahí me quedé, en el rincón de la vida.
—Lo lamento —el depredador encuentra, en un rincón del ataúd, el pedazo marchito de alma—. Necesité compensar con tu sangre algún dolor que, no sé de donde ni por qué, estaba sufriendo. Tomá, perdoname si podés.
—No —El moribundo agarra esa parte de su todo que el otro le entrega, y se aleja, algo más rápidamente.
—¡Vos!¡Eh, vos! ¡Me robaste la ilusión!
—Esa ilusión, la compartíamos; pero no quise perder la oportunidad de ser alguien. Vos, entonces, estorbabas. Tomá, no se por qué, siempre cuidé tu alma, en un rincón del ataúd, cada tanto la limpiaba. Yo también perdí algo, podemos retomar.
—Ya es un sueño muerto. Ahora sos alguien, pero hueco.
La noche es larga. Hay mucho que reclamar, que devolver. No hay quien no deba algo. No hay quien no haya sido despojado de algo.
Sueños, alimento de corazones, combustible de la ambición. Y –sociedad moderna- mercancía que mejora saldos, aumenta beneficios, cotiza en alza.
Termina la noche, hay que hacer el balance. Deudas que ya no se van a poder pagar, salvo con la propia alma. Partes de alma irrecuperables por desaparecidas, inválidas o muertas.
Del balance final quedan retazos demasiados pequeños para alojar al menos un atisbo de esperanza. Almas muertas, extintas, despojos inservibles de una vida que no fue, y ya no será. Ánimas desanimadas, soñando con soñar sueños que caen al instante, desflecados. Espíritus que mañana ingresarán al rubro Pérdidas, que se encolumnarán en la fila de cadáveres a desaparecer en las profundidades de la fosa de las almas muertas. En las esquinas se amontonan, como en un basural, ilusiones yertas, esperanzas invadidas de moscas, utopías en descomposició n.
Cada tanto se ve a alguien corriendo, exultante, listo para edificar nuevamente torres de ilusiones, compartirlas desde mañana, otra vez, siempre igual, con algún depredador esperando por ilusos en un rincón de la vida.
Comienza un nuevo ejercicio contable de sueños.
Carlos Adalberto Fernández
viernes, 21 de mayo de 2010
Bruma e Irupe

De tarde es y Verana, la potranca blanca está echada en la pradera, se echó a descansar después de haber dado un largo paseo con Joaquín, su amo y su novio Arete, el bello caballo negro.
Arete la contempla y Joaquín le soba su pancita para que haga su siesta. Ella se adormece y se queda dormida. Arete se le acerca, baja sus patas y le roza con el hocico para cantarle una canción de amor.
Verana sueña con unos potrillos, que la acompañarán en otros paseos por esa pradera verde y rica, que comerán juntos el heno y ella con Arete le enseñarán a jugar. Joaquín, su joven amo no se queda atrás les inventará cuentos para sus hijitos. Así Verana sueña y sueña. Luego de esos sueños adorables se despierta, estira sus patas, abre sus ojos, ve a su amo que la cuida y a su querido Arete.
Se levanta, Joaquín se sube en el lomo de Arete y con una soga jala a Verana. Los tres antes de irse a casa, primero van donde el buen doctor. Joaquín quiere una opinión sobre Verana, le preocupa que haya dormido tanto.
Ya están en el consultorio, el buen doctor revisa a Verana, le hace unos exámenes de sangre. Aparentemente todo está bien.
Se van a su casa, a la caballeriza. Al otro día el buen doctor visita a Joaquín y le da la noticia: - Verana espera a sus potrillos. Arete muestra una sonrisa parecida a la de Mister Ed, aquel caballo artista que actúo hace buen tiempo en una serie televisiva. Joaquín está contento, acaricia a la potranca. A Verana se le engríe con vitaminas, calor humano y equino. Joaquín y Arete, son dos seres unidos para su mayor cuidado.
Once meses después están con ellos: Bruma e Irupe, una potrilla y un potrillo, sanitos, la pradera brilla en nuevo firmamento, la caballeriza luce heno en cunitas.
Julia del Prado (Perú)
04 de mayo del 2010, Huacho
viernes, 23 de abril de 2010
AMASANDO
Abrumada por la carga, pensaba que los días eran siempre de color negro y que el Sol era solamente un cuento azul o rosa relatado a los niños para hacerlos dormir.
-Sí, solo es eso que hace me sienta lenta como adormecida sin ganas de pensar. Todavía falta un trecho largo y debo ir a paso lento para que no se note la fatiga. Pero, a qué seguir si no hay quién reciba el fruto de este esfuerzo. La noche es la dueña de lo poco que queda de mis días y ya nada ni nadie podrá cambiar lo que me ha tocado en suerte. Nunca más seguiré esa ruta. - De esta manera iba reflexionando la sombra por la calle vieja.
Arrastrando los pies, balanceaba el cuerpo y ese cuerpo iba balanceando el alma. Así la vieron pasar. En esos pasos de péndulo estaba cuando vio aquel papel en el suelo mientras ensimismada, en tales pensamientos se dejaba ir con rumbo incierto. No sabía qué hacer, recoger el papel o seguir acariciando sus desteñidas quimeras . Con la eterna manía de ver todo limpio se agachó, lo tomó y estrujó entre sus dedos, lo hizo bolita y sin tirarlo siguió la vagancia. Sin darse cuenta, sin mirar, alisaba y hacia bolita. Como maniática repetía esa operación. Estuvo andando y jugueteando de manera inconsciente. Seguía caminando, sopesaba su cansancio, su hambre. Pensando también que era una íngrima que se desplazaba por los rincones sórdidos de ese pueblo. El sol alumbraba las calles pero ella, bajo el alero del desconsuelo solo sentía frío y un apetito loco que la consumía. En esas andaba cuando se encontró frente a la panadería de don Goyo. Su estómago se empinó, dio severo empujón con toda la neura que había acumulado ese día. Trastabilló. Hubo de detenerse y tomar aire, pero ese aire con aroma de pan recién hecho la intoxicó de tal manera que sintió náuseas y quedó envarada a unos pocos pasos de la puerta del negocio, mirando la vitrina giratoria donde exhibían los pastelitos fríos, con gelatinas de frutas. Daban vueltas esos suculentos bocados y así mismo su hambre revoloteaba en el estómago, la acosaba con aguijonazos que la hacían sobrecogerse y sudar como si estuviera debajo de la ducha. Se dio cuenta que de su boca salían gruesos hilos saliva, pegajosos, amargos. Observó que cerrando los ojos sentía el mismo vértigo que la hacía morir cada vez que aparecían los colores de los pastelitos. De pronto sus ojos se detuvieron en la pizarra que estaba en una de las naves de la puerta. En ese tablero negro anotaban con tizas de colores los números premiados de la lotería. Miraba, leía, hacía la bolita, alisaba el papel que tenía en sus manos. Se fue relajando. De pronto miró su mano en el momento en que alisaba el papelito que hacía mucho rato había recogido.
-¡Carajo! Cómo la estrujaba su belicoso vientre. Cómo la acosaban esos pataleos de los intestinos chillando… ¡Cállense! ¡No me jodan más! ¿Qué es esto? ¿Qué? ¡No! ¡Sí! Señoresss... soy yo, ¡Sí!
Corrieron todos hacia ella ante el barullo que había armado. Y mientras llegaban hasta la mujer, ésta cayó al suelo sonriente, con la mirada perdida. En su mano apretaba el billete del premio mayor de la lotería...
Ana Lucía Montoya Rendón
Agosto 21 de 2008
-Sí, solo es eso que hace me sienta lenta como adormecida sin ganas de pensar. Todavía falta un trecho largo y debo ir a paso lento para que no se note la fatiga. Pero, a qué seguir si no hay quién reciba el fruto de este esfuerzo. La noche es la dueña de lo poco que queda de mis días y ya nada ni nadie podrá cambiar lo que me ha tocado en suerte. Nunca más seguiré esa ruta. - De esta manera iba reflexionando la sombra por la calle vieja.
Arrastrando los pies, balanceaba el cuerpo y ese cuerpo iba balanceando el alma. Así la vieron pasar. En esos pasos de péndulo estaba cuando vio aquel papel en el suelo mientras ensimismada, en tales pensamientos se dejaba ir con rumbo incierto. No sabía qué hacer, recoger el papel o seguir acariciando sus desteñidas quimeras . Con la eterna manía de ver todo limpio se agachó, lo tomó y estrujó entre sus dedos, lo hizo bolita y sin tirarlo siguió la vagancia. Sin darse cuenta, sin mirar, alisaba y hacia bolita. Como maniática repetía esa operación. Estuvo andando y jugueteando de manera inconsciente. Seguía caminando, sopesaba su cansancio, su hambre. Pensando también que era una íngrima que se desplazaba por los rincones sórdidos de ese pueblo. El sol alumbraba las calles pero ella, bajo el alero del desconsuelo solo sentía frío y un apetito loco que la consumía. En esas andaba cuando se encontró frente a la panadería de don Goyo. Su estómago se empinó, dio severo empujón con toda la neura que había acumulado ese día. Trastabilló. Hubo de detenerse y tomar aire, pero ese aire con aroma de pan recién hecho la intoxicó de tal manera que sintió náuseas y quedó envarada a unos pocos pasos de la puerta del negocio, mirando la vitrina giratoria donde exhibían los pastelitos fríos, con gelatinas de frutas. Daban vueltas esos suculentos bocados y así mismo su hambre revoloteaba en el estómago, la acosaba con aguijonazos que la hacían sobrecogerse y sudar como si estuviera debajo de la ducha. Se dio cuenta que de su boca salían gruesos hilos saliva, pegajosos, amargos. Observó que cerrando los ojos sentía el mismo vértigo que la hacía morir cada vez que aparecían los colores de los pastelitos. De pronto sus ojos se detuvieron en la pizarra que estaba en una de las naves de la puerta. En ese tablero negro anotaban con tizas de colores los números premiados de la lotería. Miraba, leía, hacía la bolita, alisaba el papel que tenía en sus manos. Se fue relajando. De pronto miró su mano en el momento en que alisaba el papelito que hacía mucho rato había recogido.
-¡Carajo! Cómo la estrujaba su belicoso vientre. Cómo la acosaban esos pataleos de los intestinos chillando… ¡Cállense! ¡No me jodan más! ¿Qué es esto? ¿Qué? ¡No! ¡Sí! Señoresss... soy yo, ¡Sí!
Corrieron todos hacia ella ante el barullo que había armado. Y mientras llegaban hasta la mujer, ésta cayó al suelo sonriente, con la mirada perdida. En su mano apretaba el billete del premio mayor de la lotería...
Ana Lucía Montoya Rendón
Agosto 21 de 2008
miércoles, 24 de marzo de 2010
Ese espejo

ESE ESPEJO
Cuenta Esteban:
“Anoche, al apagar la luz del baño, un titilar, un temblor –vistos, o sentidos-, me sorprendieron. Vino del espejo, como si hubiera reflejado algo. O como si se hubiera estremecido. .. ¡Qué imaginación, Esteban!, me dije. De todos modos volví a encender la luz. El baño no tenía abertura al exterior, no podía reflejar otra luz que la del plafón que acababa de apagar y reencender. La apagué de nuevo y me fui a la cama. “La verdad que ese espejo despierta sospechas... en un paranoico como yo; ya no es la primera vez que pasa”, decidí. Yo mismo lo había comprado, hace unos meses, en un negocio de venta de muebles usados y antiguos. De dos metros de altura, puesto desde el piso, con un elaborado marco de madera repujada, parecía comunicar con una habitación interior de un...”palacio veneciano”. Es lo que le dije al vendedor, a la semana, cuando regresé para obtener información del espejo.
—¡Aproximado! Era marco de una puerta de un antiguo palacio... en Granada, España. Inclusive el mismo espejo viene de ese lugar. Fue hecho, me dijeron, siglos atrás, por un alquimista —el vendedor se volvió locuaz, orgulloso de su venta—. Habrá notado que no siempre parece reflejar.
—Lo notó mi novia que, curiosa, quiso ver la habitación desconocida y tropezó.... con su propia imagen —comenté—. Lo realmente extraño es el color —a veces bermellón, otras morado—, de una calidez... como íntima.
—O misteriosa —acotó el vendedor, ya lanzado—. Ese color es consecuencia del material reflectante, desconocido. Visto desde un ángulo, pareciera ser una pared.... transpirando sangre.
—¡Bueno! ¿Qué busca, que le devuelva el espejo, o venderme más “antigüedades”, fabricadas por Ud. mismo, en el taller?
—Perdóneme, pero le aseguro que le conté lo mismo que oí de quién me vendió el espejo. Puede haberse tratado de un vendedor imaginativo, pero, en cuanto al espejo, su origen es insospechable —el vendedor pareció molestarse—. Me reservo las demás cosas que me contó.
Cuando volví a casa, paranoico al límite, decidí enfrentar el enigma del espejo. Mi novia venía mañana, a encarar nuestra vida en pareja, seguramente expectante, y yo no me encontraba en la mejor condición. Todo por mi enfermiza imaginación, que me hacía atribuirle al espejo características misteriosas. Hoy mismo, al salir del anticuario, viajé hasta la dirección que él mismo me dio. Encontré a un artesano, Elías, quien dijo haber recibido al espejo, herencia familiar por generaciones. Sí; la capa aplicada al dorso del espejo era resultado de una fórmula alquímica, desarrollada hacía más de tres siglos por un ascendiente de la misma familia. Sabia la fórmula y la había aplicado, “a espejos y otros objetos”, pero unos accidentes le mostraron que faltaba un ingrediente o un procedimiento. Ante mi pregunta acerca de las propiedades del espejo, contestó:
—Es verdad que parece no estar según de dónde se lo mira, que emite –no refleja, emite- una tonalidad morada, que parece llorar sangre, que parece haber un tapiz haciendo de cortina. Todo eso es verdad, pero ¿qué verdad?¿qué lado refleja, el suyo (el nuestro), o un mundo oculto del otro lado del espejo? Si es así, ¿qué ven los otros?¿nos ven, cómo nos ven?
Dicho esto, me despidió, casi bruscamente.
—Ni Ud. ni yo, Señor, tenemos la respuesta. ¿Será, el misterio como dice este documento, antiguo como el espejo? —finalizó mientras me alcanzaba una hoja,
y me despedía.
El documento decía:
“... Por esto es que dando la vuelta al espejo, observarás brevemente todo lo que hay que ver en el espejo, que seguramente ningún subterfugio ni laberinto alguno se hallan debajo, pero que una línea recta atraviesa completamente el círculo,(..,) Entonces es formado todo un espejo en el cual un ciego ve el negro, el blanco y el rojo, de otro modo escondido por la apariencia. Por ahí el misterio es revelado, y lo grosero es liberado de los lazos elementarios ...
De «Cábala, Espejo del Arte y de la Naturaleza en Alquimia» (1654)”
Me estaba empantanando en mis fantasías, y escritos como éste no me ayudaban. Traje una silla al baño y me coloqué con ella en diversos ángulos, permaneciendo largos minutos en cada lado. Ya me estaba cansando, y mi atención se dispersaba. En ese momento una sensación me invadió. ¡Me estaba mirando!. Al acercarme al espejo, ahí estaba yo. Mejor dicho, mi imagen. Pero esa imagen ¡me miraba! Claro, si yo la miraba cómo no mirarme, pero aseguro que cuando no la miraba, me seguía mirando. Hice una prueba: me coloqué en un ángulo y miré al espejo, reflejado en el espejo chico de un botiquín, encima del lavatorio. Él, mi imagen, me miraba a mí, directamente, no al botiquín. Al darse cuenta de mi descubrimiento CORRIÓ UNA CORTINA y el espejo dejó de reflejar. No sé explicarlo, pero todo el mundo sabe cómo suena una cortina cuando se desliza rápidamente por su corredera, el oscilar, el temblor de la cortina, la quietud final. Corrí al frente del espejo. Ahí estaba mi imagen. La copia exacta, especular, de mis movimientos. Nos mirábamos. Pero su mirada no era la mía. Había un frío desprecio, un odio mortal en esa mirada. Y no le importaba que yo lo notara.
Corrí al dormitorio. Volví con sábanas y mantas y tapé al espejo. Apagué la luz, salí del baño y lo cerré con llave.
Mañana voy a ver al artesano, decidí. El es el heredero del secreto, debe saber todo. Matilde llega al mediodía, ya tengo que tener todo resuelto.”
Contó Esteban.
***
Ya en la madrugada, Esteban viajó en busca del artesano, no sin antes amontonar muebles contra la puerta del baño.
En lugar de resistirse como esperaba, Elías se manifestó dispuesto a acompañarlo “en mi lucha contra el mal”, como irónicamente le dijo.
—Pero debemos preparar el antídoto, o, más precisamente, la sustancia que anule, al menos provisoriamente, el efecto del preparado que se combinó originalmente con el azogue. Espéreme, por favor. Se retiró, volviendo como una hora después, con un pequeño frasquito en la mano. Ni en ese momento, ni durante el viaje, respondió las preguntas de Esteban.
Al entrar a la casa, nota las maletas de Matilde y, luego, inquieto, que los muebles que él colocara clausurando el baño estaban en su lugar. Corrió, seguido por el artesano. Matilde no estaba en el baño, pero sí había estado. Estaba su cartera y la ropa de cama ya no tapaba el espejo, estaba pulcramente doblada en el estante. Desesperado, ante la mirada impasible de su acompañante, se plantó frente al espejo.
—¿Dónde está Matilde?¿Qué le hiciste, monstruo? ¡Me está mirando!¿Ve?¡Él la tiene! —Apoyó sus manos en el espejo, y luego su frente, quedando enfrentados Esteban y su imagen, Esteban y su enemigo. El espejo despedía un resplandor rojizo, titilante, y parecía oscilar en ondas concéntricas a las manos y la frente de él, o de ambos. Esteban gritaba ¡Matilde!. Las ondas en el espejo crecieron a oleaje cada vez más alto y violento, hasta que tapó totalmente a Esteban, por un momento. Luego la ola descendió, el espejo se aquietó, y la única luz fue la del plafón. Pero Esteban no estaba.
El hombre esperó un instante. Luego, abrió el frasquito y, sin tocar el espejo, lo roció con la pócima, meticulosamente. Aguardó unos minutos, acercando cada tanto la mano como quien controla el calor de una plancha. Estaba contento, hacía muchos años que el espejo no emitía ese color tan cálido. Ya casi no lo recordaba. Cuando pudo apoyar la mano procedió a desprender el espejo de su marco y luego a envolverlo con diarios, bolsas de consorcio y finalmente lo ató con hilo resistente. Levantó el paquete cuidadosamente, salió de la casa, cerró y se fue lentamente.
Carlos Adalberto Fernández
Amigos
Se despertó temprano y entreabrió los ojos; pensó en seguir durmiendo pero recordó qué día era y con resignación decidió levantarse.
Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.
Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.
Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.
Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.
Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.
Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.
Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.
Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.
-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.
Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.
Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.
Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.
Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.
-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-
Le daba lo mismo: ese día era feliz.
Liliana Varela
De "cuentos para no dormir"
Ediciones muestrario
Un importante acontecimiento lo esperaba. Había citado a sus más grandes amigos en su casa, hacía tiempo que no disfrutaba con ellos –al menos no con todos juntos- y ese día lo haría nuevamente.
Por esas cosas extrañas de la vida y la conducta humana, todos sus amigos estaban peleados unos contra otros: ideologías, creencias, malentendidos, incluso hasta la posición en que debiera plegar las alas una mariposa al volar, habían sido motivos más que suficientes para crear rencillas.
Él por su parte, ajeno a todo, intentaba conciliar las diferentes posturas, sin éxito alguno; chistes, halagos, obsequios –incluso hasta una curandera- no habían podido lograr la paz anhelada.
Y como era lógico el disfrute de los amigos por separado sólo se limitaba a conversaciones quejosas de unos contra otros –sin descontar los celos, que era lo peor.
Por eso aquel día había sido una verdadera hazaña el juntarlos. Obviamente quién puede resistirse al pedido agónico de quién sabe que le quedan unos pocos meses de vida.
Todos llegaron puntualmente y él los hizo pasar al garaje que estaba ambientado como sala de estar. Nadie hablaba con nadie: las miradas recelosas danzaban hacia los costados con la velocidad de la luz y existía un cuidado excesivo para no “rozar el aire” del otro.
Parecían estatuas en las que sólo los ojos se movían y sólo se oía algún que otro carraspeo.
Recién cuando estuvieron todos juntos él pudo sonreírles.
-¡qué gran alegría es ver a todos juntos! me han dado una imagen que llevaré grabada en la retina hasta el final.
Pidió que lo aguardasen unos minutos y se retiró cerrando la puerta con llave ante la mirada atónita y confundida de todos.
Salió de la casa; se subió al auto y manejó unas tres cuadras. Frenó y estacionó a un costado.
Sacó de su bolsillo un aparato cuadrado, pequeño.
Una terrible explosión conmocionó el lugar haciendo estallar vidrios de casas y automóviles.
-¿eran tres meses o tres años para empezar a quedarme pelado? –pensó-
Le daba lo mismo: ese día era feliz.
Liliana Varela
De "cuentos para no dormir"
Ediciones muestrario
viernes, 12 de marzo de 2010
El péndulo
Aprende a morir y vivirás, porque nadie vivirá
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)
María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.
******
Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.
(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)
Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.
(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
******
Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.
(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.
(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…
Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…
Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…
Lady López
http://ladylopez954 .blogspot. com/
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)
María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.
Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.
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Es la segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.
(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Extiende los brazos a los lados y coloca las piernas juntas sin cruzarlas. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo otra vez. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Respira profundo, hondo, exhala. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. Déjate llevar... más todavía, más, más... descansa, descansa. No te preocupes por nada, déjate llevar... relájate. Sientes tus piernas blandas y pesadas. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)
Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.
(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
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Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.
(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)
Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.
Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.
(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…
Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.
No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.
Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...
Grito y no regresa…
Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…
Lady López
http://ladylopez954 .blogspot. com/
viernes, 26 de febrero de 2010
Reglas establecidas
-Sólo le pido un poco de bondad señora, por usted, por sus quejas infundadas voy a perder el trabajo...
Marcos López, el encargado de un coqueto edificio de un barrio de clase alta, intentaba conciliar con la gruñona del 8vo piso. Desde que esa mujer había enviudado hacía cinco años, su vida era un caos; problema tras problema era todo lo que escuchaba de la amargada y pudiente mujer. No sabía por qué extraño mecanismo esa "gentil" señora casada se había transformado en esta fiera agriada y molesta del presente. Todo le incomodaba: si la luz del palier quedaba prendida, si eran las seis y cinco minutos y él no estaba en la entrada del edificio y miles de pequeñeces más.
Pero lo peor para el empleado era cuando, encerando los pasillos y puertas del piso de la viuda en cuestión, ésta tenía la maldita costumbre de dejar entreabierta la puerta –según ella por su problema de claustrofobia; López estaba seguro que lo hacía para espiarlo cuando hacía sus quehaceres. Esto, si bien era molesto no era lo peor ya que la dama en cuestión "Vaya a saber si por arteriosclerosis o qué" pregonaba a diestra y siniestra que él la espiaba abriéndole la puerta, seguramente con alguna copia de llave que tenía – incluso, llegó a decir, que estaba casi segura de que le faltaban valiosos objetos de su departamento.
Las quejas fueron en aumento de tal manera que se buscó conciliar ambas partes; buena parte del edificio confiaba en López pero la mujer tenía varias propiedades más en el inmueble, por lo tanto su influencia era grande.
El pedido del Consejo de Administració n fue muy claro: López sólo limpiaría el pasillo de la señora cuando ésta durmiera la siesta y en ese intervalo la señora estaba "obligada por las reglas de convivencia establecidas" a mantener su puerta cerrada con llave. Era la última oportunidad para el encargado, si existían más quejas, debería ser despedido.
-A mi no me interesa ni usted ni la supuesta enfermedad de su mujer López, usted es un empleado y debe respetar las reglas de subordinación al propietario: yo le pago el sueldo ¿entendió?
Allí terminó el intento de comprensión con la mujer por parte del encargado.
Esa tarde –como lo hacía de acuerdo a las benditas reglas establecidas –enceraba el piso, cuando sintió el chirrido de la puerta de servicio de la mujer.
Ahogando un insulto al recordar que era el franco de la mucama se apresuró en su tarea para no chocarse con la vieja insufrible.
Allí la vio.
La mujer se deshacía en el intento de un gesto de súplica, alargaba su brazo derecho apoyando los dedos en el picaporte en tanto su otro brazo señalaba el pecho; apenas podía gemir.
Era obvio que estaba sufriendo un ataque cardíaco –ya había tenido dos preinfartos.
López observó la escena de súplica: él podía salvarla y ella le debería la vida.
Se acercó a la puerta y le tomó la mano que estaba apoyada en el picaporte, con ternura la retiró; luego le cerró la puerta en las narices ante la desesperada mirada de la mujer.
-Respetemos las reglas establecidas señora. Hay que convivir.
Y siguió con su tarea.
Liliana Varela 2008
Marcos López, el encargado de un coqueto edificio de un barrio de clase alta, intentaba conciliar con la gruñona del 8vo piso. Desde que esa mujer había enviudado hacía cinco años, su vida era un caos; problema tras problema era todo lo que escuchaba de la amargada y pudiente mujer. No sabía por qué extraño mecanismo esa "gentil" señora casada se había transformado en esta fiera agriada y molesta del presente. Todo le incomodaba: si la luz del palier quedaba prendida, si eran las seis y cinco minutos y él no estaba en la entrada del edificio y miles de pequeñeces más.
Pero lo peor para el empleado era cuando, encerando los pasillos y puertas del piso de la viuda en cuestión, ésta tenía la maldita costumbre de dejar entreabierta la puerta –según ella por su problema de claustrofobia; López estaba seguro que lo hacía para espiarlo cuando hacía sus quehaceres. Esto, si bien era molesto no era lo peor ya que la dama en cuestión "Vaya a saber si por arteriosclerosis o qué" pregonaba a diestra y siniestra que él la espiaba abriéndole la puerta, seguramente con alguna copia de llave que tenía – incluso, llegó a decir, que estaba casi segura de que le faltaban valiosos objetos de su departamento.
Las quejas fueron en aumento de tal manera que se buscó conciliar ambas partes; buena parte del edificio confiaba en López pero la mujer tenía varias propiedades más en el inmueble, por lo tanto su influencia era grande.
El pedido del Consejo de Administració n fue muy claro: López sólo limpiaría el pasillo de la señora cuando ésta durmiera la siesta y en ese intervalo la señora estaba "obligada por las reglas de convivencia establecidas" a mantener su puerta cerrada con llave. Era la última oportunidad para el encargado, si existían más quejas, debería ser despedido.
-A mi no me interesa ni usted ni la supuesta enfermedad de su mujer López, usted es un empleado y debe respetar las reglas de subordinación al propietario: yo le pago el sueldo ¿entendió?
Allí terminó el intento de comprensión con la mujer por parte del encargado.
Esa tarde –como lo hacía de acuerdo a las benditas reglas establecidas –enceraba el piso, cuando sintió el chirrido de la puerta de servicio de la mujer.
Ahogando un insulto al recordar que era el franco de la mucama se apresuró en su tarea para no chocarse con la vieja insufrible.
Allí la vio.
La mujer se deshacía en el intento de un gesto de súplica, alargaba su brazo derecho apoyando los dedos en el picaporte en tanto su otro brazo señalaba el pecho; apenas podía gemir.
Era obvio que estaba sufriendo un ataque cardíaco –ya había tenido dos preinfartos.
López observó la escena de súplica: él podía salvarla y ella le debería la vida.
Se acercó a la puerta y le tomó la mano que estaba apoyada en el picaporte, con ternura la retiró; luego le cerró la puerta en las narices ante la desesperada mirada de la mujer.
-Respetemos las reglas establecidas señora. Hay que convivir.
Y siguió con su tarea.
Liliana Varela 2008
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