Decía Paula Rico Cardona, esposa de Don Eleuterio, que su hija le salió vaga y cachorra. Se refería a Luisa Bottari Rico. Muchas quejas se dieron por causa de rumores. Las verbalizaron las familias García, Oronoz, Rivera Alers, Yparraguire, Echeandía, Rodríguez Rabell y otras, en fin, gente que siendo de la clase propietaria, católica y conservadora, vio que la muchacha crecía con abundancia, pero como liebre salvaje en Piedras Blancas.
Nacida entre los fundos agrícolas de Eleuterio Bottari Brigalio, Luisa parecía la plenitud del espíritu mundano y auto-estima ensanchada con libertad a su paso.
Supieron muy poco y casi ninguno sobre el por qué, en 1899, don Eleuterio emigró a Puerto Rico. Un hermano suyo y él, nativos del Sur de Italia, pisaron la aduana de Ellis Island; pero el más joven, Eleuterio (nacido circa del 1865), cambió de rumbos. Llegó a Pepino. Se enamoró de esta tierra. Supo que habría un edén en los campos. Se obsesionó con la isla borincana que invadieron los americanos en 1898. Quiso trabajar con la tierra, criar caballos, oler a frutas, a cascajo, a montes. Y, para alegria de los Rico-Bottari, lo hizo.
El tenía poco menos que 35 años cuando vio a Paula Rico, bella muchacha, flor de linda cepa y de 18 años. Era hija de Braulio Rico Martín y Moreno, español.
Y siendo la edad suya el doble que la de Paula, se enamoró y se casó con ella a pocos meses. Como un niñajo caprichudo, dijo a don Braulio: «Io sono completamente nell'amore con quella ragazza, se non posso ottenere sposato con Paula, appena possibile, io morirò».
No tardó en preñarla. Se la comió con gusto en los montes de la cama. Fue una concha de rica sensualidad para sus huesos. Fue un premio de alegría para su alma. No obstante, nació así el dolor de cabeza de su casa, Luisa, linda como la madre. «No, aún más linda», dijo Eleuterio.
Y el italiano la consentiría en todo. Un dia, al rico terrateniente, por soñar qué nuevas alegrías daría a doña Paula y su hija, se le ocurrió traerse un Ford, el primer carrazo que pisaría las tierras pepinianas. Haría, como familia, historia, por aquellas calles apestosas a mierda de caballo, repletas de baches y agujeros, carentes de aceras y acueductos.
Como ya el Viejo Eleuterio tenía su auto, la muchachita le solicitó:
«Papá, quiero mejor tu caballo negro y tu caballo blanco. Quiero aprender a montarlos».
«Son briosos, muy grandes, para una piccola ragazza», le dijo, besándola.
Tarde o temprano, lo que anhelara, Luisa Bottari lo obtendría. Es que se transformó en una mujer adorable, espléndida por su silueta, su busto, sus nalgas. Derrite a quien se asoma a su mirada. Tiene carácter y, en ese cuerpecito esbelto, su portento de energías.
Por demandas de costumbres en la época, muy jovencita, le dijeron: 'Cásate'. Le asignaron hasta el varón, según su clase. Y ella dejó la hacienda de Piedras Blancas de Bottari, su padre, y terminó en Juncal, barrio hacia el sur, más profundo que Eneas y Cidral, colindante con las fincas de Echeandía en Magos, donde pronto el plan matrimonial dejó de perfilarse a su gusto. La mujer debe cuidarse. No vestir en pantalones. La mujer fina que no alimente cerdos. Que no tome la cabeza de un gallo ni les bese la cresta ni el plumaje.
«Pórtate bien. Has llegado a la casa de García. Debes visitar con nosotros el Casino e ir a la misa, aunque sea los domingos».
Habría querido verse mucho más libre, como antes, soltera, redescubriendo los huevos de las gallinas ponedoras, vaciando latones de alimentos para un corral de puercos. Le gustaban las flores, el viento aromado que penetraba el campo, tirar peñones, o pedruzcos con atinado pulso al río, dibujar los movimientos de ondinas en las aguas fluyentes de las quebradas y charcos.
Por eso, sólo por eso, rememoró la viuda de Eleuterio que Luisita es vaga, cachorra, una liebre veloz y a quien solamente el cansancio y la fatiga han de llevarla mansamente a los brazos de quienes la aman. Es independiente. Ama los caballos más que al coche que se le trajo de regalo. Luisa se ejercita por instinto. Es una amazona griega. Guerrillera o gladiadora romana metida en los huesos.
Esta jibara de Piedras Blancas, sin duda, es preciosa, tiene una negrita vacilona, duendecilla fabricada con fuego serpentino, en medio del corazón. Es cachonda, a veces imprudente.
De hecho su esposo Enrique se apesadumbra, aún queriéndola. Da su queja.
«Luisa es lúbrica, algo libidinosa».
En realidad, él ha querido decir que es ardiente y que no da la talla. Se cansa. Tiene sus preocupaciones. No está para desvelarse. Ella no es lo más importante. Si lo acosa, él se hastía.
Ella le pide que salgan y viajen juntos. Que es hora de ir a New York, ciudad que llaman la perfección de Babilonia, La Gran Manzana. Es hora de ver a los puertorriqueñ os que se han ido al Bronx y ver unos primos suyos, porque allá aún vive su tío. De hecho, según ha sabido Don Enrique, este tíazo es un capo del crimen organizado. Con él no quiere vínculos.
El ingeniero explica a la cachorra y malhablada potoquita qué sucede en el mundo, en la isla, en los Estados Unidos. Le dijo, por ejemplo: «¿Qué... no sabes? La Depresión aún no acaba. El mundo se está llenando otra vez de resentidos, trotskistas, quadristi fascistoides, la Tercera Internacional pide que se inciten más revoluciones, el Congreso no quiere japoneses ni inmigrantes. Gente que desata quemazones y mata a presidentes».
«Pero, ¿qué me dices a mí, Enrique, si no sé nada de eso?»
«Que no hay dinero. Ni en el Pueblo de Pepino ni en el mundo... Y apenas hemos podido terminar el Acueducto Urbano y la Planta Eléctrica de Riverita no da abasto para alumbrar los campos. Tenemos que comenzar el progreso en este pueblo... Tú sueñas mucho, mijita... Sí, es cierto que hay que salir de los trapiches, pero que sea poco a poco. No todo el mundo puede comprarse un tren, un Ford, alquilar aviones, comprar uno y pasearse. La miseria nos come como pueblo».
Tomó un periódico de un taburete y le dijo: «Léete ésto: acaban de predecir 'A new US Market Crash' y viene fuerte, desatará en el mundo depresiones».
A Luisa no le importa qué suceda. Sí supo que el invento del siglo que conmueve a los aventureros y valientes son los aviones. Ya se sabe que han volado sobre el Polo Norte (italianos como Umberto Nobili), desde Noruega a Alaska y, al reflexionar sobre el vaticinio del USA Market Crash que adviene («¿y qué me importa?»), al lado del titular que lo destaca se menciona que Charles Lindbergh ha volado solo sobre el Oceáno Atlántico. Se siente incomprendida y malinterpretada oído el hecho de que su esposo crea que pedirá como obsequio un avión de Floyd Bennett o Nobili.
Tan desazonada la puso él que soñó en la noche que tenía un caballo que volaba. Y se levantó al otro día, temprano en la mañana y se fue a los establos. Iría al Pueblo. Montó un caballo negro que había sido de su padre. Se puso unos ceñidos pantalones, una camisa azul de Irlanda más grande que su talla, se arremangó y, asiendo de las crines al caballo, jineteó desde Juncal a campo abierto. Al no llevar brassier, sus formados y turgentes senos se agitaban. Sentada a pelo, su nalgatorio fue agasajo. No estaba en cueras, como Lady Godiva, pero, a los 25 años, Luisa Bottero se asemejó a una diosa, con un pequeño moño trenzado, porque su cabellera no fue tan larga como pedía su marido y la madre de éste.
«La mujer fina no debe cortar su cabellera ni dejar que su busto se descote. Ni subir a un caballo a horcajadas y a pelo. Ni andarse sola por caminos rurales», pero ella lo hizo. Y no sería la última vez.
Son los tiempos del Alcalde Antonio Sagardía Torréns. En 1927, fue que admiraron su galope por primera vez. A las diez de la mañana, Chilín Echeandía y Getulio, su hermano, dialogaban en plena esquina, en punto tal en que se juntaban las calles Padre Feliciano y la M. J. Cabrero.
Y, sólo Getulio, se echó al lado cuando vio el galope de la mujer. Chilín se hizo el gracioso; se quedó en medio, como si quisiera atajar la bestia y hacerla que ella la frenara con un jalón de las crines. Antes de que ella lo hiciera, poco faltó para que el caballo lo botara y derribara sobre el rústico pavimento.
Ella oyó lo que él dijo:
«Bestias, par de contrayaos».
Dio vuelta en regreso, retrocediendo el camino galopado, y buscó al emisor del comentario.
«¿A quién carajo llamó los contrayaos?», preguntó ella. Ahora es Getulio, quien sonríe.
«¡Ah, la mujer del ingeniero!»
Chilín ya había sabido, por rumores, que doña Luisa y su marido discutían. «Habrán tener problemas en la cama por causa de esta mula, la italiana», pensó mas sin decirlo.
«Casi me echas el caballo encima», se quejó él.
«¡Pues, quítese del medio y no estorbe el camino!»
«¡Bien se ve que lo que necesita es un macho que la dome!», ripostó; pero la examinó de arriba abajo y decidió, corazón adentro que le daría su escarmiento. La agresiva soberbia de ella lo flechó.
«Sí, yo la domo», meditó aunque haga que la reputación de los García se hunda en fango. Es que había, cerquita de la esquina, sus curiosos. Oyeron lo que dijo la italiana, ¿a quién carajo...? Que sepa el pueblo, desde hoy, al hijo de Cecilio Echeandía, a la cepa de Font, Vélez y Mendoza, nadie le da carajos por respuestas. Se le trata de USTED, ni más ni menos, aunque les arda la boca o le sangren las encías.
Unos días después, Chilín comenzó a espiarla. Le mandó recaditos amorosos. La buscó por sus rumbos. Dijo que le preparó un nidito de amor, en unos rancherones avivados por palomas. En una casita azul, él la esperaba. Y, maravillosamente, Luisa fue, accedió al fin y ambos se amaban como tórtolos, porque los dos rabicalientes parecieron hechos el uno para el otro.
Este amor hizo escándalo. Se juntaron y los García sufrieron y echaron la culpa a los caballos de Bottari, cuyos enormes falos implicaban que las hembras de la hacienda estaban en celo permanente. Y con estas puyas le dijeron a Paula Rico: «Lo que sucede es que esa hija que le dio el italiano es una ramera desvergonzada; ustedes han perdido el orgullo».
Siempre se justificaba a los varones.
«No es culpa de Luisa, señora García; Chilín la persigue».
Y pasaron varios años. Los amantes seguían juntos. Ambos cómplices, como Bonnie y Clyde, creando disparates y escándalos, dándose amor y sexo, riéndose de las miserias / depresiones que vaticinó el Ingeniero García por leer las portadas de los diarios como si fuese la biblia del absolutismo burgués y económico.
Mas no se había equivocado: dIn 1929, the stock market crashed, begining the Great Depression».< /em> Getulio Echeandía atrajo, como imanes de simpatías a sus iguales, politicastros del colonialismo. Y, con grandes picnics en el campo, llegaba la gringada de La Fortaleza, terratenientes ausentistas e inversionistas y millonarios. Incluyendo, por supuesto, al Gobernador americano. Después de los años en la Alcaldía de Sagardía Torréns, el Pepino de la Depresión más aniquiladora organizó un Clan Poderoso, asociado al Gobernador Teddy Roosevelt, a los Morgan y los Vandervilt, ecos de Tugwell y Winship.
Más que el mismo Cecilio, el padre, Getulio es quien más conectado está. Es el Imponderable Cocoroco, un gígolo, seductor / mandamás de corazones / traidor con plata. Administraba ya millones de dólares de su peculio heredado cuando el grueso de la población pepiniana (y de todo Puerto Rico), lamía calderos, empobrecía, perdiendo lo que tiene y boqueando en los matorrales y en la nueva labranza, el monocultivo cañero.
Getulio era personero / representante de capitales extranjeros, uña y mugre de Teddy Roosevelt. El nacionalismo de Albizu Campos no lo asusta.
Ni el socialismo de Santiago Iglesias.
Ni el populismo de Nito.
2.
«Te voy a necesitar, Chilín. Háblate con Fundador Cubero porque ésto es muy secreto», dijo.
«Estoy para lo que me digas, hermano», ripostó Chilín.
«Te entretuviste suficiente con Luisa. ¡Déjala ya! ¡Cóbrate la insolencia que nos dijo!»
«Sí. ¡Recuerdo que nos mandó al carajo y me echó un caballo encima!»
Para proceder, ya que hoy Luisa Bottari estorba su trabajo político, los nuevos desafíos que tiene La Colchoneta y La Mogolla, Chilín la citó a solas. Habría podido citarla en otro lugar que no representara ese nidito de amor que ambos fabricaron. Es ya una casita limpia y bien acondicionada. Y Luisa, tan hacendosa, la adornó con flores, y compró unas suaves cortinas, y todo huele tan primorosamente, como su carne cuando se baña en cueras delante de él que le besa de los tobillos a la rabadilla y sube y baja y lame, y le acaricia los pechos, después de clavarla por donde se le place:
«¡Potoquita, mi única potoquita!», la chulea.
Hoy no habrá dulzura. Es el día de la separación.
«¡Me dieron un nombramiento grande y peligroso!», dijo a Luisa.
«¿Y qué?»
«No quiero involucrarte. Coordinaré la Ganga de los Siete Puñales».
«Yo no tengo miedo a nada, Chilín», aclaró Bottari.
«De todos modos, no quiero que estés».
«¿Te lo ha pedido tu hermano?»
«No. Tomé la decisión. Es más... me aburrí de tí. Dejé de quererte».
«¿Me mientes? Todavía hoy me tomaste, me besaste del tobillo al culo, te vuelves una marota cuando estás conmigo y me dices... 'dejé de amarte'?»
«Sí, porque es la verdad. Tengo otra mujer, otra que me gusta».
«¡Tén más güevos y díme que no es cierto! Sé más hombre, carajo!»
Soplándole un bofetón al rostro, Chilín repuso:
«¡Es la última vez que delante de mí y refiriéndome te oiré la palabra carajo. La próxima vez que me la digas te juro que te mato», la amenazó.
Y, oyéndolo con los ojos encendidos de coraje más que de llanto, Luisa Bottari salió de la casita. Su escondido nido de amor entre matorrales. Fue a un corral de cabros y gallinas, donde tenía un machete. Se hundió entre un montezuelo de bambúas y cortó dos de suficiente largo y grosor para que cupiera en sus puños y se manejara hábilmente su peso. Después volvió rumbo al nido de amor.
«¡Chilín, Chilín! ¿Todavía estás ahí?», gritó Luisa a todo pulmón.
Vio que de un tirón él abrió la ventana, a la que ella puso sus coquetas cortinas de seda. «Te dije que te fueras. Ya no somos nada».
«Venga acá, carajo. Que el bofetón que me díste como despedida me lo voy a cobrar hoy, por si acaso no te vuelvo a ver».
«¿Qué te traes, potoquita? Mira que yo todavía tengo orgullo. Soy flor y nata de este pueblo. Tú, sin mí, ya no eres nadie».
«¡El orgullo del pueblo me lo paso por la tocineta! ... pero ven para acá, a ver si vales algo».
"Contrayá mujer, ¿qué te traes? No me enojes» y, al fin salió mientras ésto iba diciendo, prometiéndo unas nuevas ensartas de gaznatás.
No había terminado de aproximarse a ella, cuando Luisa tiró a sus pies una de las varas de bambúas que había cortado en el monte. Se quedó, con la suya, bien en guardia.
«Dáme una tunda, carajo, porque si no te la voy a dar yo».
Chilín superó el instante de asombro. La campesinita, a la que él lleva al menos dos pies y medio de estatura, lo humillaba por segunda vez. Esto ya merecía su perro odio.
Y, pese a que la quiso golpear, tundir en serio, fue ella quien resonó un fuetaso en sus orejas. Sabía dónde golpear, el punto frágil y doloroso, cómo agotarlo y enlentecerlo. Apena él la rozó. Luisa era una liebre y una avispa brava, impredecible, y con la vara le rompió unas costillas, le hinchó la nuca, las clavículas; lo hizo revolcarse en dolor y contusiones que lo mantuvieron en cama tres semanas.
«Tú no sabes pelear ná. No sé porque Getulio te quiere al frente de la Ganga de los Siete Puñales».
Calentaba el agua, cortaba unos parches con ungüentos. Ahora, piadosamente, atendería a Chilín para curarlo.
«De valiente no tienes un gábilo, necesitas matones y pistolas».
Según lo iba curando, estudió el rostro suyo.
«Eres guapo, malote, me gustaste; pero hasta hoy me fijé que tienes unos ojos traicioneros» .
Luisa vio que Chilín convaleció con sus cuidados. Ella le cocinaba, lo alimentó con una cuchara como si fuera un niño porque le hinchó las muñecas y los dedos cuando lo molió a palos. Un día ella no llegó. El le esperaba. Quería bañarse y que ella lo vistiera. Amanecía cada noche con la pinga en arrecho y, ella ni pensar que accedería a tocarlo, después que le dijo: Me aburrí. Dejé de quererte.
No volvió. Se fue al Bronx. Quería ver los aviones, recibir la lealtad del hampa.
Chilín mismo dijo a su familia de Pepino: «Ella está bien».
Luisa prosperó. Tuvo un bar-restaurant cerca de la Casa Hernandez y otros dos edificios, uno lo ocupó su joyería. Vendía diamantes, rubíes y esmeraldas.
Después de 28 años en Nueva York, rica y millonaria, la jibarita regresó a Pepino e hizo cuanto le gustaba, criar puercos y gallinas, vender su joyería y, sobre todo, trabajar con sus manos.
Enero 2006
[Del libro en preparación «El Pueblo en sombras» [San Sebastián de las Vegas del Pepino, Puerto Rico. Los personajes de los relatos son históricos y las anécdotas reales, tal como las recordaron los aludidos, o sus parientes entrevistados]
Carlos Lopez Dzur
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos."
miércoles, 18 de noviembre de 2009
lunes, 16 de noviembre de 2009
El Otro yo
Debía hacerlo de una vez por todas. Su existencia pesaba demasiado para seguir cargando con ella.
Últimamente todo le había salido mal; su matrimonio estaba destruido ya que su marido la había abandonado yéndose con su mejor amiga—o la que ella creía su mejor amiga—además y como si fuera poco la había dejado en bancarrota emitiendo cheques sin fondo a su nombre, lo que la calificaba legalmente como una estafadora. No le quedaban familiares directos y los pocos que tenía se fueron alejando cuando supieron de su problema económico—siendo que en los mejores momentos financieros ella los había ayudado desinteresadamente. No tenía hijos y se hallaba en la crisis de los cuarenta. Su casa iba a ser rematada y no tenia donde vivir—al menos y obviamente— hasta que fuese a la cárcel por las estafas.
En fin ¿qué más podía salirle mal?
El frasco con píldoras para dormir estaba ante ella, sólo debía extender la mano, tomarlo e ingerir las pastillas junto con la botella de whisky que se hallaba junto a ella.
Cuando se disponía a hacerlo el timbre de la calle sonó.
--¿quién puede ser a las dos de la madrugada? –pensó-
No estaba dispuesta a atender; Así fuera la policía, los bomberos o el mismo Dios no abriría esa puerta.
Volvió a lo suyo, pero el timbre sonó repetidas veces en forma insistente y diríase casi demencial.
--maldición —gritó incorporándose y yendo a la puerta--¿quién es?
--Por favor Elaine, ábreme...
La voz le pareció familiar pero no logró reconocerla; al fin de cuentas se hallaba tan aturdida por tantos analgésicos y pensamientos que la torturaban día y noche sin dejarla dormir.
--¿qué quiere? Váyase—gritó—
--Por favor Elaine, no lo hagas, déjame entrar, quiero hablar contigo.
Se sintió tremendamente sorprendida ¿quién era esa persona, cómo sabia su nombre y peor aún cómo sabia que ella iba a hacer algo?
--Mire, no sé quien es Usted, ni como me conoce, pero no quiero ver a nadie, así que váyase—gritó duramente
--Elaine si abres esa puerta me reconocerás.. .
--¿cómo sé que no es una ladrona? –la interrumpió rápidamente, en tanto irónicamente pensaba que ya nada más le podrían robar.
--Tú me conoces Elaine, sé que tu marido te abandonó por tu mejor amiga, sé a qué colegios fuiste de niña, quienes eran...
--bien, bien, bien —la cortó—abriré apenas la puerta para que el vecindario no me tire con botellas por hacer tanto escándalo a esta hora; pero espero que sea importante lo que tienes para decirme, seas quien seas.
Abrió la puerta de par en par como si nada le importase ya. Pero...esa mujer...esa cara..¡Dios! ¡Se estaba contemplando a si misma como en un espejo! Debía ser efecto del stress que padecía...
---hola Elaine—dijo la otra mujer, entrando a la casa —gracias por abrir.
Elaine se desplomó al suelo. Esto había sido demasiado para ella.
Cuando despertó se hallaba tendida en el sofá; junto a ella estaba la botella de whisky sin tocar y el frasco de pastillas , la puerta de calle estaba cerrada.
--¡OH Dios mío! fue un sueño...
--no lo fue Elaine –dijo la mujer que aparecía desde la cocina con una bandeja con café--
Elaine no podía creerlo, esa mujer era su viva imagen, su cabello, sus ojos, su estatura, su contextura física, inclusive su voz...era como mirarse al espejo.
--acaso –apenas balbuceó—¿somos hermanas gemelas y yo no sabia nada de tu existencia y tu sí, o al menos te enteraste hace poco?
La mujer sonrió en forma suspicaz como si hubiese escuchado un chiste o al menos algo divertido.
--no Elaine, no somos hermanas gemelas; aunque parezca increíble--le respondió mientras le daba el café y dejaba la bandeja sobre la mesa ratona de vidrio-- yo soy Tú misma, y tú eres yo.
Elaine dejó caer la taza de café desparramando el líquido por todo el piso. La otra mujer comenzó a secar la alfombra con una servilleta.
--¿Estás loca ó mi mente está jugándome una mala pasada?--gritó Elaine.
--Puedo jurar que es verdad lo que te digo; tu tienes una marca de nacimiento en tu muslo izquierdo en forma de rubí que has querido operarte tres veces pero te ha dado miedo siempre y has abandonado la idea todas las veces, tu marido fue el primer hombre en tu vida, en referencia al sexo claro, y perdiste un feto de 2 meses cuando él te dejó.
---¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién eres? Por Dios, dime la verdad –suplicó—o me volveré loca.
La mujer se sentó junto a Elaine y tomó sus manos entre las suyas; la miró fijamente a los ojos.
--Elaine, créeme...soy tú misma, pero habito en otra dimensión, soy tu reflejo, tu antimateria si deseas pensarlo así; he venido porque si tú acabas con tu vida también acabas con la mía; si tú dejas de existir lo mismo me pasará a mi. ¿me entiendes?
Elaine estaba paralizada, no podía comprender lo que sucedía...¿estarí a loca ó lo qué le decía esta mujer era verdad? No sabia qué pensar, pero sí estaba segura de no estar soñando, de estar frente a esa mujer que decía ser su "doble" en otra dimensión.
--Si es verdad lo que dices –exclamó Elaine más serena--no comprendo cómo supiste tanto de mi, ni entiendo cómo llegaste hasta aquí, ni puedo explicarme cuál es la importancia que me atribuyes en tu mundo; porque sí de verdad eres mi reflejo, entonces estás pasando por lo mismo que yo ¿verdad?
--En mi mundo paralelo al tuyo se nos informa cuando la existencia de nuestro mismo ser, corre peligro, y podemos optar o no por arriesgarnos a salvarla, como lo hice yo; o bien correr la suerte que la otra parte corra.
---Eso puede entenderse, aunque parezca sacado de un libro de Alan Poe, pero no has respondido –preguntó inquieta--¿A ti también te pasa lo mismo que a mi, también te dejó tu marido y perdiste un bebé?
La otra mujer sonrió tristemente.
--lamentablemente para ti, no Elaine. Actuamos como mundos opuestos, si tu eres feliz, yo no lo soy y viceversa.
--Entonces tienes hij...
--Tengo un marido que me ama y dos hermosos hijos, la vida vale mucho para mi Elaine.
---¿y por qué debo ser yo la parte negativa?--gritó Elaine encolerizada- -¿por qué debe importarme lo que a ti te pase si yo no existo más?
--Entiendo cómo te sientes pero debía advertirte para que no sufras ni hagas sufrir a otros, como a mi y los míos; puedes recomenzar tu vida...
--¿me garantizas qué a ti te irá mal, para que a mi me vaya bien?
--no puedo saber eso, pero quizás nos equilibremos las dos en una vida de angustias y alegrías.
--ahora que sé de tu existencia –expresó acallando su voz hasta casi ser un murmullo-- nunca podré ser feliz porque sabré que tú ya lo eres...
--Elaine entiende que es por tu bien, comienza otra vez, pelea nuevamente, sé lo que te digo, sufrirás aún más si intentas dañarte, te harás más daño tú del que me harás a mí. Comprende que cada ser tiene una función en el cosmos; estas son las nuestras, ser la cara y contracara de una misma moneda, no puede existir una sin la otra.
--Vete –apenas murmuró Elaine— vuelve a tu mundo feliz y déjame sufrir en el mío, ya que es lo único que tengo.
--muy bien pero piensa en lo que te dije; no sufras más de lo ya lo has hecho.
Y diciendo esto la mujer desapareció.
Elaine quedó absorta en un silencio sepulcral. Si no había sido una alucinación ¿por qué ella debía hacer a otros felices si ella no podía serlo? a qué había venido esa mujer intentándola convencer de seguir con su sufrimiento ó -según ella--a qué luchase contra él? ¿Por qué había hecho tanto hincapié en que desistiese de su suicidio porque sino sufriría mucho más de lo ya sufría ?
--No, jamás desistiré –exclamó en voz alta.
Ingirió todas las pastillas junto con el whisky y se recostó en la oscuridad del cuarto; pensó en todo lo malo de su vida y en lo poco bueno que le había sucedido; cerró los ojos lentamente, el sueño la fue venciendo.
Despertó por la mañana con una terrible jaqueca hasta que tomó conciencia del momento y se incorporó sobresaltada.
---No puede ser, debía estar muerta con todo lo que ingerí ¿o habré soñado que lo hice?
Corrió hacia el living: allí estaba el frasco vacío, la botella tirada en el piso; los signos eran muy evidentes; había tomado todos los tranquilizantes junto con alcohol, lo menos que debería estar sufriendo era un estado comatoso; se desesperó queriendo confirmar si estaba soñando ó si estaba muerta.
Se dirigió a la cocina y tomó la cuchilla más afilada; extendió su mano y apoyó el filo del objeto cortante sobre sus venas; no dudó y de un solo golpe realizó una incisión tajante.
Comenzó a reír en forma demencial hasta que sus carcajadas se convirtieron en llanto amargo; ahora entendía la visita de aquella mujer, y entendía su advertencia sobre su mayor sufrimiento si intentaba matarse; de su muñeca no brotaba nada: ella, Elaine, no podía morir. Ella era el reflejo de aquella mujer felíz , sólo el original podía destruir la copia, y no al revés.
De "Cuentos Varios"
Liliana Varela 2006
Últimamente todo le había salido mal; su matrimonio estaba destruido ya que su marido la había abandonado yéndose con su mejor amiga—o la que ella creía su mejor amiga—además y como si fuera poco la había dejado en bancarrota emitiendo cheques sin fondo a su nombre, lo que la calificaba legalmente como una estafadora. No le quedaban familiares directos y los pocos que tenía se fueron alejando cuando supieron de su problema económico—siendo que en los mejores momentos financieros ella los había ayudado desinteresadamente. No tenía hijos y se hallaba en la crisis de los cuarenta. Su casa iba a ser rematada y no tenia donde vivir—al menos y obviamente— hasta que fuese a la cárcel por las estafas.
En fin ¿qué más podía salirle mal?
El frasco con píldoras para dormir estaba ante ella, sólo debía extender la mano, tomarlo e ingerir las pastillas junto con la botella de whisky que se hallaba junto a ella.
Cuando se disponía a hacerlo el timbre de la calle sonó.
--¿quién puede ser a las dos de la madrugada? –pensó-
No estaba dispuesta a atender; Así fuera la policía, los bomberos o el mismo Dios no abriría esa puerta.
Volvió a lo suyo, pero el timbre sonó repetidas veces en forma insistente y diríase casi demencial.
--maldición —gritó incorporándose y yendo a la puerta--¿quién es?
--Por favor Elaine, ábreme...
La voz le pareció familiar pero no logró reconocerla; al fin de cuentas se hallaba tan aturdida por tantos analgésicos y pensamientos que la torturaban día y noche sin dejarla dormir.
--¿qué quiere? Váyase—gritó—
--Por favor Elaine, no lo hagas, déjame entrar, quiero hablar contigo.
Se sintió tremendamente sorprendida ¿quién era esa persona, cómo sabia su nombre y peor aún cómo sabia que ella iba a hacer algo?
--Mire, no sé quien es Usted, ni como me conoce, pero no quiero ver a nadie, así que váyase—gritó duramente
--Elaine si abres esa puerta me reconocerás.. .
--¿cómo sé que no es una ladrona? –la interrumpió rápidamente, en tanto irónicamente pensaba que ya nada más le podrían robar.
--Tú me conoces Elaine, sé que tu marido te abandonó por tu mejor amiga, sé a qué colegios fuiste de niña, quienes eran...
--bien, bien, bien —la cortó—abriré apenas la puerta para que el vecindario no me tire con botellas por hacer tanto escándalo a esta hora; pero espero que sea importante lo que tienes para decirme, seas quien seas.
Abrió la puerta de par en par como si nada le importase ya. Pero...esa mujer...esa cara..¡Dios! ¡Se estaba contemplando a si misma como en un espejo! Debía ser efecto del stress que padecía...
---hola Elaine—dijo la otra mujer, entrando a la casa —gracias por abrir.
Elaine se desplomó al suelo. Esto había sido demasiado para ella.
Cuando despertó se hallaba tendida en el sofá; junto a ella estaba la botella de whisky sin tocar y el frasco de pastillas , la puerta de calle estaba cerrada.
--¡OH Dios mío! fue un sueño...
--no lo fue Elaine –dijo la mujer que aparecía desde la cocina con una bandeja con café--
Elaine no podía creerlo, esa mujer era su viva imagen, su cabello, sus ojos, su estatura, su contextura física, inclusive su voz...era como mirarse al espejo.
--acaso –apenas balbuceó—¿somos hermanas gemelas y yo no sabia nada de tu existencia y tu sí, o al menos te enteraste hace poco?
La mujer sonrió en forma suspicaz como si hubiese escuchado un chiste o al menos algo divertido.
--no Elaine, no somos hermanas gemelas; aunque parezca increíble--le respondió mientras le daba el café y dejaba la bandeja sobre la mesa ratona de vidrio-- yo soy Tú misma, y tú eres yo.
Elaine dejó caer la taza de café desparramando el líquido por todo el piso. La otra mujer comenzó a secar la alfombra con una servilleta.
--¿Estás loca ó mi mente está jugándome una mala pasada?--gritó Elaine.
--Puedo jurar que es verdad lo que te digo; tu tienes una marca de nacimiento en tu muslo izquierdo en forma de rubí que has querido operarte tres veces pero te ha dado miedo siempre y has abandonado la idea todas las veces, tu marido fue el primer hombre en tu vida, en referencia al sexo claro, y perdiste un feto de 2 meses cuando él te dejó.
---¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién eres? Por Dios, dime la verdad –suplicó—o me volveré loca.
La mujer se sentó junto a Elaine y tomó sus manos entre las suyas; la miró fijamente a los ojos.
--Elaine, créeme...soy tú misma, pero habito en otra dimensión, soy tu reflejo, tu antimateria si deseas pensarlo así; he venido porque si tú acabas con tu vida también acabas con la mía; si tú dejas de existir lo mismo me pasará a mi. ¿me entiendes?
Elaine estaba paralizada, no podía comprender lo que sucedía...¿estarí a loca ó lo qué le decía esta mujer era verdad? No sabia qué pensar, pero sí estaba segura de no estar soñando, de estar frente a esa mujer que decía ser su "doble" en otra dimensión.
--Si es verdad lo que dices –exclamó Elaine más serena--no comprendo cómo supiste tanto de mi, ni entiendo cómo llegaste hasta aquí, ni puedo explicarme cuál es la importancia que me atribuyes en tu mundo; porque sí de verdad eres mi reflejo, entonces estás pasando por lo mismo que yo ¿verdad?
--En mi mundo paralelo al tuyo se nos informa cuando la existencia de nuestro mismo ser, corre peligro, y podemos optar o no por arriesgarnos a salvarla, como lo hice yo; o bien correr la suerte que la otra parte corra.
---Eso puede entenderse, aunque parezca sacado de un libro de Alan Poe, pero no has respondido –preguntó inquieta--¿A ti también te pasa lo mismo que a mi, también te dejó tu marido y perdiste un bebé?
La otra mujer sonrió tristemente.
--lamentablemente para ti, no Elaine. Actuamos como mundos opuestos, si tu eres feliz, yo no lo soy y viceversa.
--Entonces tienes hij...
--Tengo un marido que me ama y dos hermosos hijos, la vida vale mucho para mi Elaine.
---¿y por qué debo ser yo la parte negativa?--gritó Elaine encolerizada- -¿por qué debe importarme lo que a ti te pase si yo no existo más?
--Entiendo cómo te sientes pero debía advertirte para que no sufras ni hagas sufrir a otros, como a mi y los míos; puedes recomenzar tu vida...
--¿me garantizas qué a ti te irá mal, para que a mi me vaya bien?
--no puedo saber eso, pero quizás nos equilibremos las dos en una vida de angustias y alegrías.
--ahora que sé de tu existencia –expresó acallando su voz hasta casi ser un murmullo-- nunca podré ser feliz porque sabré que tú ya lo eres...
--Elaine entiende que es por tu bien, comienza otra vez, pelea nuevamente, sé lo que te digo, sufrirás aún más si intentas dañarte, te harás más daño tú del que me harás a mí. Comprende que cada ser tiene una función en el cosmos; estas son las nuestras, ser la cara y contracara de una misma moneda, no puede existir una sin la otra.
--Vete –apenas murmuró Elaine— vuelve a tu mundo feliz y déjame sufrir en el mío, ya que es lo único que tengo.
--muy bien pero piensa en lo que te dije; no sufras más de lo ya lo has hecho.
Y diciendo esto la mujer desapareció.
Elaine quedó absorta en un silencio sepulcral. Si no había sido una alucinación ¿por qué ella debía hacer a otros felices si ella no podía serlo? a qué había venido esa mujer intentándola convencer de seguir con su sufrimiento ó -según ella--a qué luchase contra él? ¿Por qué había hecho tanto hincapié en que desistiese de su suicidio porque sino sufriría mucho más de lo ya sufría ?
--No, jamás desistiré –exclamó en voz alta.
Ingirió todas las pastillas junto con el whisky y se recostó en la oscuridad del cuarto; pensó en todo lo malo de su vida y en lo poco bueno que le había sucedido; cerró los ojos lentamente, el sueño la fue venciendo.
Despertó por la mañana con una terrible jaqueca hasta que tomó conciencia del momento y se incorporó sobresaltada.
---No puede ser, debía estar muerta con todo lo que ingerí ¿o habré soñado que lo hice?
Corrió hacia el living: allí estaba el frasco vacío, la botella tirada en el piso; los signos eran muy evidentes; había tomado todos los tranquilizantes junto con alcohol, lo menos que debería estar sufriendo era un estado comatoso; se desesperó queriendo confirmar si estaba soñando ó si estaba muerta.
Se dirigió a la cocina y tomó la cuchilla más afilada; extendió su mano y apoyó el filo del objeto cortante sobre sus venas; no dudó y de un solo golpe realizó una incisión tajante.
Comenzó a reír en forma demencial hasta que sus carcajadas se convirtieron en llanto amargo; ahora entendía la visita de aquella mujer, y entendía su advertencia sobre su mayor sufrimiento si intentaba matarse; de su muñeca no brotaba nada: ella, Elaine, no podía morir. Ella era el reflejo de aquella mujer felíz , sólo el original podía destruir la copia, y no al revés.
De "Cuentos Varios"
Liliana Varela 2006
sábado, 31 de octubre de 2009
Los caminos de Juana
De la serie "Aventuras, desventuras"
Los caminos de Juana
Las orejas me ardían y el cuello me quemaba. Cuando mamá me lavaba así yo quedaba la cabeza roja como un fósforo. Hoy me había tocado, claro indicio de una ocasión importante, en la que nosotros -mi hermana mayor y yo- debíamos lucir impecables, “Hoy vamos de visita” fue toda la explicación que nos dio mamá. La camisa, minuciosamente zurcida, tan almidonada que parecá de cemento, se encolumnaba bajo la otra consigna: pobres pero limpios. Debía ser tan importante ―la ocasión, digo― que luego la Juani recibió el mismo tratamiento, lo que dado su edad ―me llevaba dos años― era menos frecuente. Mi hermana no reclamó -apenas un rezongo, de dignidad herida al igualarla con “el Beto que se moja los deditos, se los pasa por la cara y ya está”. Se vengó conmigo, haciéndose cargo de mis crines de carpincho, duramente alineadas con unas cepilladas que me araron el cráneo.
Y ahí estábamos, una madrugada, los tres, en el tren a Córdoba. El vagón casi vacío; los asientos, de listones de madera cubiertos con una manta y encima nosotros, nuestros bolsos y nuestras dudas y temores. “Vamos a ver a la madrina” había anunciado mamá. Teníamos muchos padrinos, todos los que no eran parientes de sangre eran padrinos. A estos de ahora no los conocía. Muchos bolsos. Mi madre había pasado <, zurciendo, almidonando, ropa de chicos.
―Nos van a separar ―me secreteó la Juani, en la reunión de emergencia, escondidos bajo unos arbustos que bordeaban la acequia. Era una tarde le lagartijas asustadas y arena quemante, en ese pueblo norteño, al pie de la cordillera―. Mamá ya no puede con todos nosotros. Los hijos mayores quién sabe por dónde andan, los menores son muy chiquitos y los tienen que cuidar las tías mientras mamá trabaja. Tenemos que hacernos cargo, nosotros.
―¿Y no nos pueden entregar a los dos? ―pregunté, repitiendo la palabra oída en cuchicheos.
―Uno tiene que ayudar en casa.
No volvimos a hablar del tema. Demasiadas las incertidumbres, los temores. Pero ahora este tren nos arrastraba a nuestro destino. Se terminaba nuestra niñez.
§
En la estación nadie nos esperaba. Llegamos a la casa poco antes del mediodía, luego de veinte cuadras por caminos de tierra. Pocas cuadras antes de llegar, con el agua de una acequia, nos limpiamos meticulosamente. Peinados y limpios, nos recibió la madrina, en una casa imponente.
Luego de los saludos la evocación de momentos pasados, la madrina nos reunió en el comedor. Habían otros grandes y unos chicos que después de presentarlos los dejaron irse.
―No podemos recibirle a los dos chicos, Rosario. Está bien que Ud. prefiera no separarlos, sería un golpe para ellos, pero tampoco nosotros podemos hacernos cargo de vestir, alimentar educar a los dos. Uno sólo, trabajando bien, podrá mandarle una ayuda mensual y además tendrá educación escolar, un futuro. Pero no el nene, es muy chiquito todavía. La nena nos vendría bien. Será cuestión de acostumbrarse ―se dirigió a mi hermana y la miro fijamente― Vos, Juanita, ya casi sos una señorita, podés entender ¿no? Una vez por mes te pongo en el tren por el fin de semana, vas a tener piecita, guardapolvo. .. ¿qué te parece?
Aferrada nerviosamente a la pollera de mamá, Juani, los ojos dilatados, asentía, como aprobando adultamente los criterios expuestos.
La reunión siguió. A nosotros nos dejaron salir al jardín. La Juani caminaba de acá para allá, ida y vuelta, angustiada. A mi no me gustaba quedarme sin hermana, pero comprendía que su futuro era incomparablemente más horrible. Sola, sin familia. Yo, en su lugar, me moriría. Juani buscaba desesperadamente una salida. Pero sabía ―yo también sabía― que la única posibilidad dependía de un cambio de decisión de mamá. Y eso era imposible. Ella, acostumbrada a los rigores de la vida, nunca peleaba contra el destino; abrazada a su cuerpo árido, correoso, soportaba en silencio. Y esa era la única enseñanza que nos podía dar: la limpieza y el silencio.
Después, la Juani entró en una inmovilidad que me asustaba. Ya había dejado de rebelarse. No se cuánto tiempo pasamos. De golpe, me dijo “Ya van a venir a buscarnos, a despedirse de mí. Dejame un poquito sola”.
Entré y me senté al lado de mamá, que estaba sola en el comedor, esperando a que nos vinieran a buscar para llevarnos, generosamente, a la estación.
“Prepárense que ya les traemos a la nena para la despedida”, nos dijo alguien. Pero el tiempo pasaba y no la traían. Se oían los gritos de la madrina, gente corriendo.De golpe apareció la madrina, congestionada.
―Se escondió. No puede estar lejos. No conoce nada, de la estación a la casa nada más -Dijo, mirando enojada a mamá que se plantó, inmóvil, en medio de la sala― . Ud. Rosario, no puede hacer nada, no se va a quedar aquí, a discutir mi autoridad. Esta es mi casa y mando yo. Esta chica tiene que aprender a ocupar su lugar. Tome su tren, que este problema es mío, cuando la encuentre le voy a explicar algunas cosas. ―Se quedó esperando un gesto de mamá, un reclamo, algo, este acto de la Juani había afectado su orgullo―. Tome su tren, yo le aviso cuando la encontremos.
Nos llevaron a la estación. El vagón estaba vacío. Mamá subió. Colocó las mantas, los baúles. Siguió subiendo y bajando, sola con los bultos, sin aceptar ayuda de nadie. La última vez compró en un puesto unos pasteles, se despidió y subimos.
¿Qué está haciendo? ¿La va a dejar a la Juani? ¿Y si no la encuentrar? El tren está arrancando, yo me tiro...
― Ni se le ocurra una tontería, mocoso. Si se tira ahora del tren se rompe la cabeza ―me dejó parado, sabe todo lo que está pasando. Entonces por qué...
― Vamos. Deme un pastelito, que sufrir con hambre es demasiado. Y alcánceme uno a mí.
La miré con rencor mientras masticaba el pastel. Ella ni lo probó.
― Ya estamos lejos, no hay peligro. Vamos. Coma algo que debe estar desfalleciendo de hambre ―dijo mientras colocaba el pastelito sobre una servilleta, a su lado en el asiento. Un rato des pués, de entre las mantas asomó una manito que agarró el pastel, después un bracito, después la carita llorosa y feliz de la Juani.
―Ud. es mi hija, no un paquete, que se lo pueda encargar a alguien. Yo no hice este mundo de mierda ni me sobra espalda para cargar con sus penas, pero es mi hija, y aunque esté en el infierno, si me necesita voy a estar a su lado.
Se quedó meditanto. Al rato ”Lo que sí.... -dijo- creo que vamos a tener que ajustar más los gastos.
No volvimos a ver a la madrina, ni se volvió a hablar del tema.
§
Un año después una familia se llevó a la Juani a Buenos Aires.
SD
--
Carlos Adalberto Fernández
Los caminos de Juana
Las orejas me ardían y el cuello me quemaba. Cuando mamá me lavaba así yo quedaba la cabeza roja como un fósforo. Hoy me había tocado, claro indicio de una ocasión importante, en la que nosotros -mi hermana mayor y yo- debíamos lucir impecables, “Hoy vamos de visita” fue toda la explicación que nos dio mamá. La camisa, minuciosamente zurcida, tan almidonada que parecá de cemento, se encolumnaba bajo la otra consigna: pobres pero limpios. Debía ser tan importante ―la ocasión, digo― que luego la Juani recibió el mismo tratamiento, lo que dado su edad ―me llevaba dos años― era menos frecuente. Mi hermana no reclamó -apenas un rezongo, de dignidad herida al igualarla con “el Beto que se moja los deditos, se los pasa por la cara y ya está”. Se vengó conmigo, haciéndose cargo de mis crines de carpincho, duramente alineadas con unas cepilladas que me araron el cráneo.
Y ahí estábamos, una madrugada, los tres, en el tren a Córdoba. El vagón casi vacío; los asientos, de listones de madera cubiertos con una manta y encima nosotros, nuestros bolsos y nuestras dudas y temores. “Vamos a ver a la madrina” había anunciado mamá. Teníamos muchos padrinos, todos los que no eran parientes de sangre eran padrinos. A estos de ahora no los conocía. Muchos bolsos. Mi madre había pasado <, zurciendo, almidonando, ropa de chicos.
―Nos van a separar ―me secreteó la Juani, en la reunión de emergencia, escondidos bajo unos arbustos que bordeaban la acequia. Era una tarde le lagartijas asustadas y arena quemante, en ese pueblo norteño, al pie de la cordillera―. Mamá ya no puede con todos nosotros. Los hijos mayores quién sabe por dónde andan, los menores son muy chiquitos y los tienen que cuidar las tías mientras mamá trabaja. Tenemos que hacernos cargo, nosotros.
―¿Y no nos pueden entregar a los dos? ―pregunté, repitiendo la palabra oída en cuchicheos.
―Uno tiene que ayudar en casa.
No volvimos a hablar del tema. Demasiadas las incertidumbres, los temores. Pero ahora este tren nos arrastraba a nuestro destino. Se terminaba nuestra niñez.
§
En la estación nadie nos esperaba. Llegamos a la casa poco antes del mediodía, luego de veinte cuadras por caminos de tierra. Pocas cuadras antes de llegar, con el agua de una acequia, nos limpiamos meticulosamente. Peinados y limpios, nos recibió la madrina, en una casa imponente.
Luego de los saludos la evocación de momentos pasados, la madrina nos reunió en el comedor. Habían otros grandes y unos chicos que después de presentarlos los dejaron irse.
―No podemos recibirle a los dos chicos, Rosario. Está bien que Ud. prefiera no separarlos, sería un golpe para ellos, pero tampoco nosotros podemos hacernos cargo de vestir, alimentar educar a los dos. Uno sólo, trabajando bien, podrá mandarle una ayuda mensual y además tendrá educación escolar, un futuro. Pero no el nene, es muy chiquito todavía. La nena nos vendría bien. Será cuestión de acostumbrarse ―se dirigió a mi hermana y la miro fijamente― Vos, Juanita, ya casi sos una señorita, podés entender ¿no? Una vez por mes te pongo en el tren por el fin de semana, vas a tener piecita, guardapolvo. .. ¿qué te parece?
Aferrada nerviosamente a la pollera de mamá, Juani, los ojos dilatados, asentía, como aprobando adultamente los criterios expuestos.
La reunión siguió. A nosotros nos dejaron salir al jardín. La Juani caminaba de acá para allá, ida y vuelta, angustiada. A mi no me gustaba quedarme sin hermana, pero comprendía que su futuro era incomparablemente más horrible. Sola, sin familia. Yo, en su lugar, me moriría. Juani buscaba desesperadamente una salida. Pero sabía ―yo también sabía― que la única posibilidad dependía de un cambio de decisión de mamá. Y eso era imposible. Ella, acostumbrada a los rigores de la vida, nunca peleaba contra el destino; abrazada a su cuerpo árido, correoso, soportaba en silencio. Y esa era la única enseñanza que nos podía dar: la limpieza y el silencio.
Después, la Juani entró en una inmovilidad que me asustaba. Ya había dejado de rebelarse. No se cuánto tiempo pasamos. De golpe, me dijo “Ya van a venir a buscarnos, a despedirse de mí. Dejame un poquito sola”.
Entré y me senté al lado de mamá, que estaba sola en el comedor, esperando a que nos vinieran a buscar para llevarnos, generosamente, a la estación.
“Prepárense que ya les traemos a la nena para la despedida”, nos dijo alguien. Pero el tiempo pasaba y no la traían. Se oían los gritos de la madrina, gente corriendo.De golpe apareció la madrina, congestionada.
―Se escondió. No puede estar lejos. No conoce nada, de la estación a la casa nada más -Dijo, mirando enojada a mamá que se plantó, inmóvil, en medio de la sala― . Ud. Rosario, no puede hacer nada, no se va a quedar aquí, a discutir mi autoridad. Esta es mi casa y mando yo. Esta chica tiene que aprender a ocupar su lugar. Tome su tren, que este problema es mío, cuando la encuentre le voy a explicar algunas cosas. ―Se quedó esperando un gesto de mamá, un reclamo, algo, este acto de la Juani había afectado su orgullo―. Tome su tren, yo le aviso cuando la encontremos.
Nos llevaron a la estación. El vagón estaba vacío. Mamá subió. Colocó las mantas, los baúles. Siguió subiendo y bajando, sola con los bultos, sin aceptar ayuda de nadie. La última vez compró en un puesto unos pasteles, se despidió y subimos.
¿Qué está haciendo? ¿La va a dejar a la Juani? ¿Y si no la encuentrar? El tren está arrancando, yo me tiro...
― Ni se le ocurra una tontería, mocoso. Si se tira ahora del tren se rompe la cabeza ―me dejó parado, sabe todo lo que está pasando. Entonces por qué...
― Vamos. Deme un pastelito, que sufrir con hambre es demasiado. Y alcánceme uno a mí.
La miré con rencor mientras masticaba el pastel. Ella ni lo probó.
― Ya estamos lejos, no hay peligro. Vamos. Coma algo que debe estar desfalleciendo de hambre ―dijo mientras colocaba el pastelito sobre una servilleta, a su lado en el asiento. Un rato des pués, de entre las mantas asomó una manito que agarró el pastel, después un bracito, después la carita llorosa y feliz de la Juani.
―Ud. es mi hija, no un paquete, que se lo pueda encargar a alguien. Yo no hice este mundo de mierda ni me sobra espalda para cargar con sus penas, pero es mi hija, y aunque esté en el infierno, si me necesita voy a estar a su lado.
Se quedó meditanto. Al rato ”Lo que sí.... -dijo- creo que vamos a tener que ajustar más los gastos.
No volvimos a ver a la madrina, ni se volvió a hablar del tema.
§
Un año después una familia se llevó a la Juani a Buenos Aires.
SD
--
Carlos Adalberto Fernández
Crónica de la Violencia II
Ahí viene otra vez de la calle…y borracho como siempre. Se choca con la mesa y tira todo lo que hay arriba; siempre es igual. A mi mamá no le importa, nunca le importó. Ella se emborracha como él y, cuando mi hermanita de 4 años llora de hambre, le pega con más bronca que cuando no está tomada.
Por eso yo siempre corro a proteger a mi hermanita, es como una muñeca para mí, me da lástima; le digo a mi mamá que no se preocupe que yo me la llevo para que la deje dormir; ella siempre se enoja y grita diciendo que esa “pendejita” ya no le sirve ni para pedir plata y que pronto la va a hacer trabajar como lo hace conmigo.
Cuando me llevo a mi hermanita me voy por la villa, a otras casas a ver si alguien tiene un pedazo de pan duro –o leche si alguno llegó a cobrar ese día—para ella ¡Si vieran con que ganas come el pedazo de pan duro!. A veces me preguntan si quiero a mi hermana.. ¡qué sé yo! ; lo único que sé es que escucha todo lo que le digo y que cuando lloro me pasa la manito chiquita por la cara y me da un beso lleno de baba para que no llore.
Ella por lo menos sabe que tiene 4 años, yo no estoy segura; mi mamá una vez me dijo que tenía como unos 11 ó 12 pero que no se acordaba, porque no estaba para estupideces; Sí me acuerdo que hace tiempo –no sé cuánto- mi mamá le dijo a ese viejo asqueroso que hiciera lo que quisiera conmigo porque yo ya era una mujer y que tenía más de 10 años; recién ahí el viejo le dio los $10 pesos.
¡Ese viejo asqueroso, con olor a vino! Recuerdo que seguí el consejo de Doña Elvira, la viejita del fondo de la villa, ella me dijo –cuando yo fui llorando a su casa el día que papá me lastimó de forma rara y muy fea- que cada vez que estuviera con un tipo cerrara los ojos y pensara cosas lindas, que pensara que yo no estaba ahí, sino en otra parte, en un parque con mi hermanita.
¡NO! Otra vez viene mi papá a donde estoy yo acostada; mi mamá no llegó todavía del bar. y mi hermanita está durmiendo. No soporto más como me hace doler y menos aguanto el olor a vino que no me deja respirar; él me dice que tengo que aprender a hacer mejor las cosas porque a los hombres les gusta que una sepa, pero estoy muy cansada…hoy trabajé mucho.
De pronto mi hermanita comienza a llorar ¡qué tonta que soy! mi papá no venía hacia mi cama sino hacia la de la chiquita…y yo ya conozco esa mirada, pero ella es todavía demasiado chica y además es mía, es mi muñeca. ¡Tengo que hacer que papá venga conmigo!
Caigo en el piso entre las botellas rotas de vino; papá me pegó una trompada muy fuerte y me sale sangre de la boca y la nariz…
Dejo la puerta abierta cuando salgo corriendo de la casilla con mi hermanita en brazos, por ahí Doña Elvira puede ayudarme como me ayudó con lo de los tipos.
No miro para atrás…¿para qué? .
Cuando mi mamá vuelva del bar. lo va a encontrar a mi papá tirado en el piso y con la botella rota metida en su estómago…
Mejor me apuro…porque me va a buscar para pegarme.
Liliana Varela 2007
Por eso yo siempre corro a proteger a mi hermanita, es como una muñeca para mí, me da lástima; le digo a mi mamá que no se preocupe que yo me la llevo para que la deje dormir; ella siempre se enoja y grita diciendo que esa “pendejita” ya no le sirve ni para pedir plata y que pronto la va a hacer trabajar como lo hace conmigo.
Cuando me llevo a mi hermanita me voy por la villa, a otras casas a ver si alguien tiene un pedazo de pan duro –o leche si alguno llegó a cobrar ese día—para ella ¡Si vieran con que ganas come el pedazo de pan duro!. A veces me preguntan si quiero a mi hermana.. ¡qué sé yo! ; lo único que sé es que escucha todo lo que le digo y que cuando lloro me pasa la manito chiquita por la cara y me da un beso lleno de baba para que no llore.
Ella por lo menos sabe que tiene 4 años, yo no estoy segura; mi mamá una vez me dijo que tenía como unos 11 ó 12 pero que no se acordaba, porque no estaba para estupideces; Sí me acuerdo que hace tiempo –no sé cuánto- mi mamá le dijo a ese viejo asqueroso que hiciera lo que quisiera conmigo porque yo ya era una mujer y que tenía más de 10 años; recién ahí el viejo le dio los $10 pesos.
¡Ese viejo asqueroso, con olor a vino! Recuerdo que seguí el consejo de Doña Elvira, la viejita del fondo de la villa, ella me dijo –cuando yo fui llorando a su casa el día que papá me lastimó de forma rara y muy fea- que cada vez que estuviera con un tipo cerrara los ojos y pensara cosas lindas, que pensara que yo no estaba ahí, sino en otra parte, en un parque con mi hermanita.
¡NO! Otra vez viene mi papá a donde estoy yo acostada; mi mamá no llegó todavía del bar. y mi hermanita está durmiendo. No soporto más como me hace doler y menos aguanto el olor a vino que no me deja respirar; él me dice que tengo que aprender a hacer mejor las cosas porque a los hombres les gusta que una sepa, pero estoy muy cansada…hoy trabajé mucho.
De pronto mi hermanita comienza a llorar ¡qué tonta que soy! mi papá no venía hacia mi cama sino hacia la de la chiquita…y yo ya conozco esa mirada, pero ella es todavía demasiado chica y además es mía, es mi muñeca. ¡Tengo que hacer que papá venga conmigo!
Caigo en el piso entre las botellas rotas de vino; papá me pegó una trompada muy fuerte y me sale sangre de la boca y la nariz…
Dejo la puerta abierta cuando salgo corriendo de la casilla con mi hermanita en brazos, por ahí Doña Elvira puede ayudarme como me ayudó con lo de los tipos.
No miro para atrás…¿para qué? .
Cuando mi mamá vuelva del bar. lo va a encontrar a mi papá tirado en el piso y con la botella rota metida en su estómago…
Mejor me apuro…porque me va a buscar para pegarme.
Liliana Varela 2007
sábado, 10 de octubre de 2009
EVOCACIÓN

A veces, siempre, me pregunto si ella advertirá que suelo pasar debajo de su balcón con mi mezquino deseo de tenerla solo mía, y eso de observarla me impregna por varios minutos, me adueño de sus ojos sin que ella se de cuenta.
La convertí en la parte superior de mi alma, esa donde yo me deshago para volverme el último y el primero, invitado oculto de sus ojos ajenos, ausente ella en mi alcoba me regala de su savia.
Sucesiva insinuación es su imagen cuando la veo desde abajo, dulce flor con encaje sudado que alimenta mi aislamiento. Esas evocaciones en mi lecho terminan siendo un volcán de semen, el cual no puedo contener hasta acabar el éxtasis resuelto.
SANTOAMOR
sábado, 3 de octubre de 2009
Borrosa huella
Nunca necesitó a nadie para sobrevivir. Menos aún ahora, al final de su existencia.
Si algo le había enseñado la vida era saber defenderse de los ataques del mundo, luchar por sus ideales e imponer su ideología por sobre la enorme masa de ignorantes que pululaban a su alrededor.
Siempre supo cómo actuar: rectitud y fidelidad a la palabra empeñada. ¡Qué importaba que sus hijos no lo quisieran ni ver en su vida! ¿Acaso una hija embarazada (y luego abandonada) de un tipo cualquiera no merecía ser echada de la casa paterna, aunque fuese a parar a la calle?... ¿Acaso un hijo adolescente queriendo decidir sobre su futuro en forma errónea no requería duras medidas como la de enviarlo a vivir con sus tíos a otro país?. Qué podían saber esos mocosos; la razón era suya y estaba dispuesto a imponerla por la fuerza si fuera necesario.
¿Su mujer?...BAH! ! . Lo habían culpado de su suicidio: patrañas, puras mentiras. Los que lo odiaban esparcían esos rumores; que la pobrecita no aguantaba la soledad sin sus hijos y que él era demasiado severo con ella (indicándole cada dos segundos lo que debía hacer y lo qué hacía mal ). Si ella se había querido matar, no era culpa suya ¡él que intenta quitarse la vida es porque lo desea! . Nada habían tenido que ver sus reclamaciones diciéndole lo que estaba mal en su mente y las ideas equivocadas que tenía sobre su forma de pensar. Ella debería haberlo escuchado y entender que él sabía lo que decía y más aún: que él poseía la verdad en sus manos para ofrecérsela.
Ahora la vida…¡No Dios!...ya que para él no existía un creador mágico, un “opio de los pueblos” como dijese Marx, lo había colocado allí; Sólo, confinado por sus carceleros a esa celda solitaria, ya que según ellos él no podía adaptarse a convivir con otros; era un “ser antisocial”…JA!! ¿Antisocial? ¿ó sólo dispuesto a ser honesto aunque la realidad doliese a oídos extraños? ¡Es que esos infelices e ignorantes seres no sabían distinguir la verdad frente a sus ojos cuando la veían! ; él se sentía obligado a “revelárselas”, a enseñarles el camino correcto…¡El sabía qué hacer, cuándo, cómo y dónde!.
Pero no entendían…sus miserables existencias no alcanzaban a intuir la “evidente razón que se les mostraba”. Por ello lo odiaban, lo criticaban, lo enjuiciaban y sólo deseaban perjudicarlo y destruirlo por completo; pero él no lo iba a permitir. Toda su vida había sido un luchador e iba a cambiar ese mundo inepto por el verdadero mundo ideal aunque en eso le fuese la vida, aunque los insignificantes seres se le opusiesen, aunque esos tontos no supieran que era por el bien de ellos mismos.
Debía ponerse de pie por el mismo; no estaba dispuesto a mendigar ayuda ni caridad.
Se sentía fuerte interiormente aunque su cuerpo no acompañara esa fuerza intrínseca.
Un poco más, solo un paso más….
Ya llegaba…eran sólo unos metros…¡Si, si…Casi, casi…!
--¿te enteraste lo que pasó? –exclamó la enfermera volviéndose hacia su compañera—el viejo insoportable, ese que hubo que trasladar a una habitación sola porque nadie aguantaba su pedantería y carácter, murió anoche ; estaba recién operado y quiso levantarse para ir al baño, trastabilló con el cable de suero y cayó rompiéndose la nuca.
--¿Y no llamó por ayuda?
--No, que bah…”él no necesitaba nada”…la verdad: “mejor que murió, molestaba demasiado y nos volvía locos a todos!...Ah! ! por las pertenencias no te preocupes y tiralas, el viejo no tenía a nadie…
Liliana Varela
Si algo le había enseñado la vida era saber defenderse de los ataques del mundo, luchar por sus ideales e imponer su ideología por sobre la enorme masa de ignorantes que pululaban a su alrededor.
Siempre supo cómo actuar: rectitud y fidelidad a la palabra empeñada. ¡Qué importaba que sus hijos no lo quisieran ni ver en su vida! ¿Acaso una hija embarazada (y luego abandonada) de un tipo cualquiera no merecía ser echada de la casa paterna, aunque fuese a parar a la calle?... ¿Acaso un hijo adolescente queriendo decidir sobre su futuro en forma errónea no requería duras medidas como la de enviarlo a vivir con sus tíos a otro país?. Qué podían saber esos mocosos; la razón era suya y estaba dispuesto a imponerla por la fuerza si fuera necesario.
¿Su mujer?...BAH! ! . Lo habían culpado de su suicidio: patrañas, puras mentiras. Los que lo odiaban esparcían esos rumores; que la pobrecita no aguantaba la soledad sin sus hijos y que él era demasiado severo con ella (indicándole cada dos segundos lo que debía hacer y lo qué hacía mal ). Si ella se había querido matar, no era culpa suya ¡él que intenta quitarse la vida es porque lo desea! . Nada habían tenido que ver sus reclamaciones diciéndole lo que estaba mal en su mente y las ideas equivocadas que tenía sobre su forma de pensar. Ella debería haberlo escuchado y entender que él sabía lo que decía y más aún: que él poseía la verdad en sus manos para ofrecérsela.
Ahora la vida…¡No Dios!...ya que para él no existía un creador mágico, un “opio de los pueblos” como dijese Marx, lo había colocado allí; Sólo, confinado por sus carceleros a esa celda solitaria, ya que según ellos él no podía adaptarse a convivir con otros; era un “ser antisocial”…JA!! ¿Antisocial? ¿ó sólo dispuesto a ser honesto aunque la realidad doliese a oídos extraños? ¡Es que esos infelices e ignorantes seres no sabían distinguir la verdad frente a sus ojos cuando la veían! ; él se sentía obligado a “revelárselas”, a enseñarles el camino correcto…¡El sabía qué hacer, cuándo, cómo y dónde!.
Pero no entendían…sus miserables existencias no alcanzaban a intuir la “evidente razón que se les mostraba”. Por ello lo odiaban, lo criticaban, lo enjuiciaban y sólo deseaban perjudicarlo y destruirlo por completo; pero él no lo iba a permitir. Toda su vida había sido un luchador e iba a cambiar ese mundo inepto por el verdadero mundo ideal aunque en eso le fuese la vida, aunque los insignificantes seres se le opusiesen, aunque esos tontos no supieran que era por el bien de ellos mismos.
Debía ponerse de pie por el mismo; no estaba dispuesto a mendigar ayuda ni caridad.
Se sentía fuerte interiormente aunque su cuerpo no acompañara esa fuerza intrínseca.
Un poco más, solo un paso más….
Ya llegaba…eran sólo unos metros…¡Si, si…Casi, casi…!
--¿te enteraste lo que pasó? –exclamó la enfermera volviéndose hacia su compañera—el viejo insoportable, ese que hubo que trasladar a una habitación sola porque nadie aguantaba su pedantería y carácter, murió anoche ; estaba recién operado y quiso levantarse para ir al baño, trastabilló con el cable de suero y cayó rompiéndose la nuca.
--¿Y no llamó por ayuda?
--No, que bah…”él no necesitaba nada”…la verdad: “mejor que murió, molestaba demasiado y nos volvía locos a todos!...Ah! ! por las pertenencias no te preocupes y tiralas, el viejo no tenía a nadie…
Liliana Varela
jueves, 24 de septiembre de 2009
LA QUE LO PRESUME
Todos los días que me miro al espejo, presumo, me presumo y acomodo las manos para sostener la cadera, al entusiasmo en ella; digo: cuándo podré ser linda; quiero agradarte, quiero que me quieras y además gustarte para que suceda…ese hecho maravilloso llamado la Creación nuestra, un tintinirirí en el sonar de la Campana,<< che chabón metéle>>, tenemos que hacer nuestro desfalco, tenemos que robarnos para conseguirnos en lo que es clandestino; tenemos-tememos, tenernos, sostenernos soportarnos hasta que el más cagón diga basta.
Y no me sale…no me sale, no creo que te alcance.
Te gustan las jovencitas, de piel fresca de gesto variamente despreocupado.
Yo solo cuento con la edad madura, el seño de eva trascendental, experta en cometer imprudencias que luego puedan costar lo que cuesten; el diente y el filo al filo del mordisco, la intención mal intencionada de ser en el hacer ruido y orquesta.
Tantos años y muchas hojas que han pasado por mi cuerpo escribiendo de lo que no se puede decir, ámbar de emociones, no sé que pueda aventurarle u ofrecerle a tu otoña edad donde te gusta invernar.
No hablo de primaveras, el rubor origenio lo he perdido a cuenta del canje de este verano infernal con el que te provoco…pero me cuesta entender que mi precario yo pueda hacer sombra sobre tu absoluto.
Desde esta agitación interna no observo que cometas tu política exterior; le tenés miedo a mi faja que faja, le tenés miedo a la negociación con esta terrorista del amor, voy a matarte, te lo prometo bajo amenaza, voy a hacerlo, vas a morir enervado al tajo de esta boca de leona, sostenido por estas dos manos que buscan venganza en tu diámetro preciso, el que me incluye por lamento y espanto aplastada/bendecida en el morbo/placer de la derrota.
Estuve detrás de vos los últimos cuarenta años donde te acostumbraste a limpiar del cuerpo la hojarasca por las que las mujeres áridas te robaron el regocijo; ahora como el himno de la alegría es que me pongo de pie frente al Atíkva; giro, te señalo y pido:
Que crezca tu cabello, te lo ruego en favor del estigma, esa naturaleza monumental tan naturalmente tuya, sansonsoniana; que esta pequeña combatiente quiere golpearte en los oídos del alma-¡que te retumbe!- Que escuches y sientas como te derriba la piedra de mi beso.
Fanny G Jaretón
Y no me sale…no me sale, no creo que te alcance.
Te gustan las jovencitas, de piel fresca de gesto variamente despreocupado.
Yo solo cuento con la edad madura, el seño de eva trascendental, experta en cometer imprudencias que luego puedan costar lo que cuesten; el diente y el filo al filo del mordisco, la intención mal intencionada de ser en el hacer ruido y orquesta.
Tantos años y muchas hojas que han pasado por mi cuerpo escribiendo de lo que no se puede decir, ámbar de emociones, no sé que pueda aventurarle u ofrecerle a tu otoña edad donde te gusta invernar.
No hablo de primaveras, el rubor origenio lo he perdido a cuenta del canje de este verano infernal con el que te provoco…pero me cuesta entender que mi precario yo pueda hacer sombra sobre tu absoluto.
Desde esta agitación interna no observo que cometas tu política exterior; le tenés miedo a mi faja que faja, le tenés miedo a la negociación con esta terrorista del amor, voy a matarte, te lo prometo bajo amenaza, voy a hacerlo, vas a morir enervado al tajo de esta boca de leona, sostenido por estas dos manos que buscan venganza en tu diámetro preciso, el que me incluye por lamento y espanto aplastada/bendecida en el morbo/placer de la derrota.
Estuve detrás de vos los últimos cuarenta años donde te acostumbraste a limpiar del cuerpo la hojarasca por las que las mujeres áridas te robaron el regocijo; ahora como el himno de la alegría es que me pongo de pie frente al Atíkva; giro, te señalo y pido:
Que crezca tu cabello, te lo ruego en favor del estigma, esa naturaleza monumental tan naturalmente tuya, sansonsoniana; que esta pequeña combatiente quiere golpearte en los oídos del alma-¡que te retumbe!- Que escuches y sientas como te derriba la piedra de mi beso.
Fanny G Jaretón
miércoles, 23 de septiembre de 2009
SEÑOR ALCALDE
Cada vez que oigo alguna crítica sobre la política bermejina me agarro unos enfados de padre y muy señor mío, ¿qué quiere que le diga, mi querido paisano? Me pongo en el papel del señor alcalde y veo cómo usted, sin ir más lejos, molesto por la falta de iluminación en las calles, o por el deficientísimo estado del acerado, por poner dos ejemplos, siempre acaba por descargar sus frustraciones sobre él. Y eso, sin pararse a meditar un segundo sobre la responsabilidad que realmente tiene nuestro esforzado regidor municipal sobre la referida situación.
-Si tuviéramos un alcalde como Dios manda…
-Si ese hijo de la gran p. del alcalde supiera donde tiene la cara…
-Si ese tarugo que tenemos por alcalde…
Y así, una y mil veces desahogan sus frustraciones nuestros paisanos, lanzando todo tipo de injustificados insultos. Reconózcalo. Aunque no se queda la cosa ahí. Sigamos confesando nuestras faltas, sean por comisión u omisión, ¿cuántas veces ha asentido usted cobardemente a tales acusaciones lanzadas por un contertulio cuando se quejaba de los baches de su calle? Y… ¿cuántas salió usted en defensa de la autoridad municipal ante tal lluvia de descalificaciones? Ninguna, así de claro se lo digo. Eso sí, luego, cuando el consistorio local de Villabermeja decida aumentar los impuestos municipales, saltará usted lleno de indignación sumándose, esta vez de forma activa, a los insultos que contra el alcalde del pueblo braman nuestros paisanos.
Bien merecido se lo tiene. ¡Vamos hombre! ¿Acaso pensaba usted que iba a escapar impunemente de sus pecados políticos? Nada de eso, querido paisano. No olvide que donde las dan las toman. Y usted se lo venía buscando desde hace tiempo. Insultos, vejaciones, improperios… Y el pobre y honesto señor alcalde, soportando como un nuevo santo Job todo el veneno que su boquita quiso soltar. No hombre, no. Con los primeros días del otoño, cuando los presupuestos municipales comiencen a tomar forma, el señor alcalde, atinadamente, tomará cumplida venganza de nuestros atropellos. Y la tomará donde más nos duele: en el bolsillo. Y como durante el verano tuvo a bien tomar detallada nota de todo lo que nosotros, sus desagradecidos vecinos, habíamos vomitado, ahora lo pagaremos con creces e intereses.
Así que, amigo y paisano mío, ni se le ocurra esbozar la más mínima crítica contra don Segismundo, nuestro eminentísimo alcalde. Comprenda que el buen hombre está tan atareado que difícilmente puede atender toda la problemática que se le viene encima cada dos por tres.
La semana pasada, sin ir más lejos, tuve ocasión de comprobarlo. El lunes fue una reunión en la capital para asistir a una convocatoria del partido en la que recibió instrucciones sobre las descalificaciones que era necesario verter sobre el partido rival; luego al día siguiente, debió desplazarse de nuevo urgentemente a la sede nacional de su partido con el fin de adoptar posturas comunes sobre un gravísimo problema nacional que debía ser tratado en un próximo pleno extraordinario de la Corporación Local.
El miércoles, cuando volvió de la capital, tuvo que citar urgentemente a sus compañeros de partido para indicarles las directrices emanadas desde arriba y que deberían seguir al pie de la letra ante el partido rival en el próximo pleno municipal. Finalmente, el jueves se celebró el pleno municipal en el que se debía acordar el apoyo incondicional de la corporación ante la decisión del gobierno de reconocer al nuevo estado de Puntolandia, una pequeña nación recién constituida por desmembración de un país del lejano oriente que ni siquiera le sonaba a ninguno de los concejales de su partido.
Lógicamente, la oposición, que no había sido informada con la antelación suficiente por sus respectivos jefes, se vio sorprendida ante decisión tan importantísima, y solicitó un receso hasta recibir instrucciones sobre el voto que debían emitir. Como no pudieron contactar con la superioridad, ni tenían la más mínima idea sobre la identidad del nuevo país, votaron en contra acusando al partido gobernante de oscurantismo y de apoyar a una nación cuya democracia no estaba suficientemente contrastada.
Esta actitud, como usted puede adivinar, desembocó en un durísimo ataque al partido gobernante. El señor alcalde, ofendido, se vio en la obligación moral de convocar una rueda de prensa de los medios de comunicación locales: la Televisión Municipal , la Emisora Municipal y el Boletín Informativo Municipal. Como quiera que todos ellos están dirigidos, lógicamente, por destacados militantes del partido en el gobierno, les puedo asegurar que no faltó ni uno de ellos a la citada convocatoria, que se celebró el día siguiente viernes.
Pues bien, aunque ustedes no se lo quieran creer, el sábado, cuando entré en Casa Blas a tomar mi cafelito mañanero, la barra del bar era ya un manantial de insultos y descalificaciones que manaban abundosamente de aquellas bocas desagradecidas. Y todo porque llevaban tres días sin que sus calles viesen ni la sombra de un basurero y, como quiera que algunas calles llevaban una semana con el alumbrado averiado, más de uno llegó a su casa con los zapatos emborrizados en porquería.
Pero nadie salió en defensa de don Segismundo. Nadie dijo una sola palabra sobre las importantísimas e ingentes tareas que habían ocupado a los señores concejales durante toda la semana. Nadie habló sobre el importantísimo debate que había tenido lugar en el último pleno municipal: la nueva nación recién salida de lejanas tierras y otros sucesos internacionales que, sin lugar a dudas, ocupaban las primeras páginas de toda la prensa nacional habían desplazado, naturalmente, a temillas sin importancia. ¿Quién se iba a preocupar de fruslerías como la recogida de basura, la falta de iluminación en las calles de Villabermeja, los recientes cortes en el suministro de agua o el estado de abandono de parques y jardines?
Decididamente, queridos paisanos, son ustedes unos desagradecidos, chismosos y desconsiderados con nuestras dignísimas autoridades municipales. Sólo espero que a partir de ahora se arrepientan de sus injurias y, en penitencia, acepten disciplinadamente la próxima subida de impuestos gracias a la cual el señor alcalde podrá duplicar sus emolumentos tan diligentemente ganados.
Al menos él escapará de la crisis económica.
Manuel Cubero
-Si tuviéramos un alcalde como Dios manda…
-Si ese hijo de la gran p. del alcalde supiera donde tiene la cara…
-Si ese tarugo que tenemos por alcalde…
Y así, una y mil veces desahogan sus frustraciones nuestros paisanos, lanzando todo tipo de injustificados insultos. Reconózcalo. Aunque no se queda la cosa ahí. Sigamos confesando nuestras faltas, sean por comisión u omisión, ¿cuántas veces ha asentido usted cobardemente a tales acusaciones lanzadas por un contertulio cuando se quejaba de los baches de su calle? Y… ¿cuántas salió usted en defensa de la autoridad municipal ante tal lluvia de descalificaciones? Ninguna, así de claro se lo digo. Eso sí, luego, cuando el consistorio local de Villabermeja decida aumentar los impuestos municipales, saltará usted lleno de indignación sumándose, esta vez de forma activa, a los insultos que contra el alcalde del pueblo braman nuestros paisanos.
Bien merecido se lo tiene. ¡Vamos hombre! ¿Acaso pensaba usted que iba a escapar impunemente de sus pecados políticos? Nada de eso, querido paisano. No olvide que donde las dan las toman. Y usted se lo venía buscando desde hace tiempo. Insultos, vejaciones, improperios… Y el pobre y honesto señor alcalde, soportando como un nuevo santo Job todo el veneno que su boquita quiso soltar. No hombre, no. Con los primeros días del otoño, cuando los presupuestos municipales comiencen a tomar forma, el señor alcalde, atinadamente, tomará cumplida venganza de nuestros atropellos. Y la tomará donde más nos duele: en el bolsillo. Y como durante el verano tuvo a bien tomar detallada nota de todo lo que nosotros, sus desagradecidos vecinos, habíamos vomitado, ahora lo pagaremos con creces e intereses.
Así que, amigo y paisano mío, ni se le ocurra esbozar la más mínima crítica contra don Segismundo, nuestro eminentísimo alcalde. Comprenda que el buen hombre está tan atareado que difícilmente puede atender toda la problemática que se le viene encima cada dos por tres.
La semana pasada, sin ir más lejos, tuve ocasión de comprobarlo. El lunes fue una reunión en la capital para asistir a una convocatoria del partido en la que recibió instrucciones sobre las descalificaciones que era necesario verter sobre el partido rival; luego al día siguiente, debió desplazarse de nuevo urgentemente a la sede nacional de su partido con el fin de adoptar posturas comunes sobre un gravísimo problema nacional que debía ser tratado en un próximo pleno extraordinario de la Corporación Local.
El miércoles, cuando volvió de la capital, tuvo que citar urgentemente a sus compañeros de partido para indicarles las directrices emanadas desde arriba y que deberían seguir al pie de la letra ante el partido rival en el próximo pleno municipal. Finalmente, el jueves se celebró el pleno municipal en el que se debía acordar el apoyo incondicional de la corporación ante la decisión del gobierno de reconocer al nuevo estado de Puntolandia, una pequeña nación recién constituida por desmembración de un país del lejano oriente que ni siquiera le sonaba a ninguno de los concejales de su partido.
Lógicamente, la oposición, que no había sido informada con la antelación suficiente por sus respectivos jefes, se vio sorprendida ante decisión tan importantísima, y solicitó un receso hasta recibir instrucciones sobre el voto que debían emitir. Como no pudieron contactar con la superioridad, ni tenían la más mínima idea sobre la identidad del nuevo país, votaron en contra acusando al partido gobernante de oscurantismo y de apoyar a una nación cuya democracia no estaba suficientemente contrastada.
Esta actitud, como usted puede adivinar, desembocó en un durísimo ataque al partido gobernante. El señor alcalde, ofendido, se vio en la obligación moral de convocar una rueda de prensa de los medios de comunicación locales: la Televisión Municipal , la Emisora Municipal y el Boletín Informativo Municipal. Como quiera que todos ellos están dirigidos, lógicamente, por destacados militantes del partido en el gobierno, les puedo asegurar que no faltó ni uno de ellos a la citada convocatoria, que se celebró el día siguiente viernes.
Pues bien, aunque ustedes no se lo quieran creer, el sábado, cuando entré en Casa Blas a tomar mi cafelito mañanero, la barra del bar era ya un manantial de insultos y descalificaciones que manaban abundosamente de aquellas bocas desagradecidas. Y todo porque llevaban tres días sin que sus calles viesen ni la sombra de un basurero y, como quiera que algunas calles llevaban una semana con el alumbrado averiado, más de uno llegó a su casa con los zapatos emborrizados en porquería.
Pero nadie salió en defensa de don Segismundo. Nadie dijo una sola palabra sobre las importantísimas e ingentes tareas que habían ocupado a los señores concejales durante toda la semana. Nadie habló sobre el importantísimo debate que había tenido lugar en el último pleno municipal: la nueva nación recién salida de lejanas tierras y otros sucesos internacionales que, sin lugar a dudas, ocupaban las primeras páginas de toda la prensa nacional habían desplazado, naturalmente, a temillas sin importancia. ¿Quién se iba a preocupar de fruslerías como la recogida de basura, la falta de iluminación en las calles de Villabermeja, los recientes cortes en el suministro de agua o el estado de abandono de parques y jardines?
Decididamente, queridos paisanos, son ustedes unos desagradecidos, chismosos y desconsiderados con nuestras dignísimas autoridades municipales. Sólo espero que a partir de ahora se arrepientan de sus injurias y, en penitencia, acepten disciplinadamente la próxima subida de impuestos gracias a la cual el señor alcalde podrá duplicar sus emolumentos tan diligentemente ganados.
Al menos él escapará de la crisis económica.
Manuel Cubero
jueves, 17 de septiembre de 2009
Buscar lo propio
“Debajo del techo no había nada”
Jorge Luis Estrella
Cabizbajo buscó a tientas la llave de luz; debía asegurarse , ver por sí mismo su entorno.
Trastabilló una o dos veces, lo que demostraba que su dominio existía, que aún conservaba lo que le era propio.
Las yemas de sus dedos oprimieron el botón y todo resplandeció.
La habitación entera mostró ante él, sus pertenencias, sus muebles, su feudo.
La mueca de su sonrisa se transformó en rictus amargo al cabo de unos segundos…¡todo había desaparecido! . Sólo quedaba él bajo ese gran techo que parecía reírse de su suerte.
¡Qué equivocado había estado!... sin ella nada valía, incluso él era la sombra de un cuerpo que ya no estaba –ni jamás volvería a estar.
Liliana Varela 2009
http://lilianavarel a.blogspot. com
Jorge Luis Estrella
Cabizbajo buscó a tientas la llave de luz; debía asegurarse , ver por sí mismo su entorno.
Trastabilló una o dos veces, lo que demostraba que su dominio existía, que aún conservaba lo que le era propio.
Las yemas de sus dedos oprimieron el botón y todo resplandeció.
La habitación entera mostró ante él, sus pertenencias, sus muebles, su feudo.
La mueca de su sonrisa se transformó en rictus amargo al cabo de unos segundos…¡todo había desaparecido! . Sólo quedaba él bajo ese gran techo que parecía reírse de su suerte.
¡Qué equivocado había estado!... sin ella nada valía, incluso él era la sombra de un cuerpo que ya no estaba –ni jamás volvería a estar.
Liliana Varela 2009
http://lilianavarel a.blogspot. com
martes, 15 de septiembre de 2009
Consejos de madre
Le dí mis mejores años, mis ilusiones, mi vida por completo. Le busqué un atajo a la felicidad ¿sabés? .
Y hoy, hoy...me dice que se terminó, que no hay más, que todo es parte del pasado .
¿Y qué querés que haga? ¿que lo mate? ¿qué le pida explicaciones?
¡No va a servir de nada! ¿entendés? de nada, créeme. Sé lo que digo.
No se puede obligar a alguien a amar. Es imposible.
Por eso estoy de vuelta mamá, porque vos me dijiste que no lo siguiera, que no soñara con imposibles, que "ese" no era para mi. ¿Pero te hice caso? ¡por supuesto que no!
"No repitas mi pasado" -dijiste llorando- "No trabajes para él, no te dejes usar como lo hice yo. Que no te utilice para que mantengas sus vicios, para que le pagues sus estudios" . Lo recuerdo como si fuese hoy mamá. ¡Sabías tanto y no te supe escuchar!
Me usó como quiso; pagué sus estudios laburando casi 18 horas por día para que él se recibiese de abogado.
Supuestamente cuando tuviese el título, yo ya no debería tener dos trabajos y podríamos tener hijos y una casa mejor. Si hasta aborté porque me dijo que no era el momento, que esperásemos. ¡Y cómo me dolió mamá hacer eso! Pequé y Dios me castigó dejándome estéril y al borde de la muerte.
Pero así y todo mamá ¡yo le creía! ¡yo confiaba en él! Lo amaba tanto.
Sé que no estuve cuando me necesitaste. No tenía tiempo ¿entendés? no había un minuto de descanso hasta no lograr el sueño de los dos. ¡un sueño que resultó suyo solamente!
¡Ya está mamá, no reproches más ! tenés razón, siempre la tuviste. Me dejó por otra ¿sabés? más joven e instruida por supuesto; otra abogada como él.
Y yo acá estoy. Soy tu hija arrepentida. ¿Me haces un lugar junto a vos? ¡te necesito tanto mamá! ¡no me despreciés por favor!.
¡¡Gracias mamá!!...gracias. .. dejáme estar a tu lado..¡así, gracias mamá, gracias!!!!
El estruendo de un balazo retumbó en el cementerio.
Liliana Varela
De "Cuentos para no dormir"
Y hoy, hoy...me dice que se terminó, que no hay más, que todo es parte del pasado .
¿Y qué querés que haga? ¿que lo mate? ¿qué le pida explicaciones?
¡No va a servir de nada! ¿entendés? de nada, créeme. Sé lo que digo.
No se puede obligar a alguien a amar. Es imposible.
Por eso estoy de vuelta mamá, porque vos me dijiste que no lo siguiera, que no soñara con imposibles, que "ese" no era para mi. ¿Pero te hice caso? ¡por supuesto que no!
"No repitas mi pasado" -dijiste llorando- "No trabajes para él, no te dejes usar como lo hice yo. Que no te utilice para que mantengas sus vicios, para que le pagues sus estudios" . Lo recuerdo como si fuese hoy mamá. ¡Sabías tanto y no te supe escuchar!
Me usó como quiso; pagué sus estudios laburando casi 18 horas por día para que él se recibiese de abogado.
Supuestamente cuando tuviese el título, yo ya no debería tener dos trabajos y podríamos tener hijos y una casa mejor. Si hasta aborté porque me dijo que no era el momento, que esperásemos. ¡Y cómo me dolió mamá hacer eso! Pequé y Dios me castigó dejándome estéril y al borde de la muerte.
Pero así y todo mamá ¡yo le creía! ¡yo confiaba en él! Lo amaba tanto.
Sé que no estuve cuando me necesitaste. No tenía tiempo ¿entendés? no había un minuto de descanso hasta no lograr el sueño de los dos. ¡un sueño que resultó suyo solamente!
¡Ya está mamá, no reproches más ! tenés razón, siempre la tuviste. Me dejó por otra ¿sabés? más joven e instruida por supuesto; otra abogada como él.
Y yo acá estoy. Soy tu hija arrepentida. ¿Me haces un lugar junto a vos? ¡te necesito tanto mamá! ¡no me despreciés por favor!.
¡¡Gracias mamá!!...gracias. .. dejáme estar a tu lado..¡así, gracias mamá, gracias!!!!
El estruendo de un balazo retumbó en el cementerio.
Liliana Varela
De "Cuentos para no dormir"
Suscribirse a:
Entradas (Atom)