jueves, 20 de septiembre de 2007

EL FLAUTISTA DE VILLABERMEJA XVI


Me imagino que muchos de ustedes habrán oído hablar del flautista de Hamelín y de su maravillosa flauta mágica. Yo reconozco que, cuando tenía cinco o seis años, me atraía todo este lío de las ratas y los niños arrastrados por la magia musical del protagonista. Basta con que les diga que cuando salía al campo con mi hermano mayor y oía la flauta de algún pastor, corría a esconderme detrás del primer peñasco que encontraba. Ahora, que soy un niño mayor, ya sé que eso es pura fantasía. Y aunque fuese verdad, por mucho que diga mi vecina la “Petro”, no acabo de convencerme de que el secuestrador de ratas y niños sea la solución de sus problemas.

-¡Ojalá viniese el flautista de Hamelín y os encerrara en la Cueva de los Murciélagos! –suele gritar la “Petro” cuando nos sorprende robando los limones de su patio.

De todos modos sigo sin aceptar eso de que un señor venga con la música de otra parte a reventarnos la vida en el pueblo. Que es lo que dice el “Botija”:

-¿Qué culpa tenemos nosotros de que su limonero sea tan bueno?

Y claro, si de mi patio al suyo se salta en un periquete, no vamos a dejarle a ella todos los limones.

-Luego, si se le pudren en el árbol porque no da abasto a cogerlos todos, se queda el árbol más feo… –eso, mi hermano, que se las pinta solo a la hora de empujarnos a alguna aventura.

Pues a pesar de nuestra buena voluntad para que su limonero no se ponga feo, la “Petro” dice que, bien mirado, el flautista ese les haría más de un favor a algunos vecinos del pueblo si nos coge por banda.

¿Qué a cuento de qué viene esto? Resulta que en Villabermeja andaban el mes pasado muy preocupados por el tema de las ratas, porque, como van a construir una barriada de casitas nuevas, tuvieron que levantar parte del alcantarillado para ampliar su capacidad. Las ratas, que estaban tan a gusto en sus escondites, se alborotaron con las obras y se dedicaron a incordiar al vecindario.

“Donde las dan las toman”, dirían ellas.

O como dicen los viejos del lugar: “al amigo y al caballo no apretarlo”. Que puestos a comparar, aunque las ratas ni son amigas ni son caballos, algunas había hermosas como liebres.

-Al fin y al cabo, los culpables son los que las han echado de sus casas –dijo el “Botija” un día mientras atinaba con el tirachinas en el lomo de una que se atrevió a merodear a menos de quince metros de nosotros.

-Mira qué bien –comentó la “Petro” al ver la puntería de mi amigo-. Por una vez en la vida podéis ser útiles para algo.

Y “Bastián”, el municipal, que la oyó, saltó en plan gracioso:

-Ahora sí que venía bien el dichoso flautista ese de Hamelín. A ver si acababa de una vez con las dos plagas del pueblo.

El asunto nos pareció tan serio que el “Pulga”, arguyendo que un ejercicio de tiro sobre blancos móviles serviría de entrenamiento para nuestras batallas, propuso que formásemos una patrulla para perseguir a las ratas.

-Y de camino, quedamos bien con el alcalde –concluyó.

-Además, que el alcalde es capaz de llamar al flautista ese para que nos lleve a todos –dijo su hermano pequeño que, como tiene cinco años, todavía cree en las brujas y esas cosas.

A pesar de su argumento, no fue precisamente el hermano del “Pulga” quien nos convenció. Sea por quedar bien por una vez con el alcalde, sea porque teníamos ganas de gastar energías, como dice mi abuelo, decidimos arreglar los tirachinas y lanzarnos el domingo por la mañana en batida a la caza de las famosas ratas de las alcantarillas.

-¿Dónde vais? –preguntó mi madre al verme salir armado hasta los dientes temiendo otra de nuestras clásicas operaciones de castigo contra los de Alamillo, que como está tan cerquita, nada mejor para gastar las energías sobrantes que una buena batalla…

-Nos vamos de safari –contesté muy ufano-. Vamos a acabar con todas las ratas del pueblo.

-Puestos a matar ratas, a ver si matáis a algún falangista –soltó entre carcajadas el padre del “Botija” que pasaba por mi casa.

Mi madre se puso a discutir con el “Botija” padre.

-Tú, siempre tan burro y tan comunista –le dijo-. Ya me dirás cómo vamos a educar a nuestros hijos en el respeto a los demás.

-Será por el respeto que esa gente nos tenía a nosotros…

Aprovechando la discusión, salí corriendo camino del lugar de concentración. El “Botija” nos había dicho el sábado por la tarde que se trataba de un asunto serio y que había firmado un armisticio, como en las películas de guerra, con los de la escuela de don Felipe. Así que ese domingo no habría guerra ni con los de Alamillo ni con los de don Felipe.

-Además, vamos a ir juntas las dos patrullas –aseguró.

Así que nos juntamos casi todos los niños del pueblo menos los del equipo parroquial, que esos como no saben de peleas ni de tirachinas, no sirven para nada. Durante toda la mañana recorrimos medio pueblo. Quince ratas, dos farolas y los cristales de tres ventanas cayeron ante nuestro ataque. Y considerando que una de las ventanas era de la casa del practicante, lo que habíamos ganado por un lado, lo perdimos por el otro.

-Ya hablaremos cuando llegue la hora de las vacunas –amenazó al primero que pilló por banda.

Y como las desgracias nunca vienen solas, el lunes, nada más salir de la escuela, nos encontramos con el primo del “Botija”.

-Nuestro gozo en un pozo –saludó éste-. El ayuntamiento ha contratado a un técnico que esta misma mañana se ha presentado en el pueblo con unos aparatos rarísimos para acabar con las ratas.

-¿Un técnico? –pregunté-. ¿Eso qué es?

-Seguro que un técnico es un mago como el flautista de Hamelín –dijo el “Rubio” en plan sabiondo.

Manuel Cubero

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