jueves, 20 de septiembre de 2007

Susana y Gustavo

Patricia Ortiz
lomejordemuestrario


Revolvía el café distraída, mientras intentaba concentrarse en la lectura de un artículo del diario; pero su mente se perdía una y otra vez en la búsqueda de una obsesión: morir. Susana había caído hacía ya un par de meses en un pozo depresivo del cual no tenía intenciones de salir. Había sido una bella mujer, pero el abandono de este último tiempo la mostraba envejecida, vencida. Bebió un sorbo de café y una mueca de disgusto se dibujó en su rostro. Estaba frío y dulcísimo. Empujó la taza hacia el centro de la mesa, hasta que el platito chocó contra otro; la mesa era un caos de tazas y platos, vasos, papeles, ceniceros atestados de colillas. Cerró el diario, lo dobló y lo puso sobre la multitud de tazas. Allí, frente a ella, fulgurante, un calibre 32 le ofrecía terminar con la pesadilla. Lo miró, lo acarició y sintió bronca de sí misma por esa falta de coraje que le impedía apuntar a su cabeza y apretar el gatillo. La distrajo un ruido en el pasillo; miró la hora: las 8; -puntual como siempre- pensó. El tintineo de las llaves, la llave girando en la cerradura, los ocho pasos que lo separaban del ascensor; el ruido del ascensor que arrancaba, su carraspeo de fumador, el ascensor que se detenía se abría y cerraba y volvía a arrancar, llevando en él a su vecino Gustavo. Se levantó, fue hasta la puerta que daba al pasillo, la abrió, y rutinariamente como cada mañana, aspiró profundo el perfume que Gustavo había dejado en su paso por allí. Prendió un pucho, fue hasta la cocina, se sirvió un poco de café recalentado, volvió a sentarse en comedor y estaba abriendo nuevamente el diario para retomar la lectura cuando de pronto, escuchó que el ascensor se detenía en su piso. Sólo habitaban allí Gustavo y ella; Gustavo se había ido como todos los días, ella no esperaba a nadie ¡a nadie! Sintió que se acercaban a su puerta, y la esquinita de un sobre empezó a asomarse por debajo; alguien empujaba infructuosamente intentando deslizarlo. Con la cadena puesta abrió la puerta, y se sorprendió enormemente cuando vio que era Gustavo el que se incorporaba frente a ella, con el sobre en la mano.



- Pensé que no estabas, dijo Gustavo. Acabo de cruzarme con el cartero, que se cansó de tocarte timbre.

- Ah, es que no funciona, contestó Susana, porque le avergonzaba decir que lo había desconectado.

- Bueno, no hay problema. En realidad quise subírtelo porque era correspondencia con acuse de recibo, y acá siempre hay cosas que se pierden… el portero no está nunca.

- Te lo agradezco mucho, - contestó tomando el sobre-



Sus manos se rozaron apenas, ella sintió que una corriente eléctrica la recorría… ¡sus manos, qué tibias! Cuántas veces había soñado con ellas, con su caricia. Pensar que era la primera vez en dos años -desde que Gustavo se había mudado allí- que cruzaban algo más que no fueran miradas o saludos formales. A ella le llamó la atención su atuendo, un día de semana ¿en jeans y zapatillas? Mientras pensaba eso se dio cuenta de que ella estaba descalza, despeinada, ¡con ese camisón horrible! A él le llamó la atención la tristeza que nacía de los ojos de ella, sus pies blancos faltos de caricias, la rebeldía de su pelo.



- No vas a trabajar hoy?

- No, me tomé unos días de vacaciones. Bajé a comprar el diario… ¿ya desayunaste?

- Estaba tomando café…

- ¿Me invitás?

- Mirá, no es que me esté excusando, pero el café está horrible –balbuceó nerviosa- además el depto está hecho un caos.

- Bueno, si no es excusa, entre dos lo solucionamos más rápido: te ayudo a ordenar y podemos preparar más café. ¿Qué me decís? – preguntó Gustavo con los ojos sonrientes. Ella se aflojó y también sonrió…

- Bueno, pasá, pero no te asustes… por el lío que hay -le dijo mientras presurosa caminaba hasta la mesa, apagaba el pucho y hacía un bollo con el diario envolviendo el revólver- y le decía… ¿vos preparás el café mientras yo junto todo esto?

- Dale. El camino a la cocina ya lo conozco, si no encuentro algo te pregunto.



El corazón de Susana latía presuroso; cuando Gustavo desapareció en la cocina, metió en el fondo de uno de los cajones del modular el revólver, y el diario en el revistero. Se alisó el pelo, respiró hondo, juntó tazas, platos, vasos y ceniceros sobre una bandeja y fue hasta la cocina. Gustavo estaba lavando la jarra de la cafetera. Se miraron, sonrieron en silencio. Ella dejó todo sobre la mesada y volvió al comedor con el paño rejilla húmedo y limpió la mesa de vidrio.



- Me voy a cambiar, vengo en seguida -le dijo a Gustavo- entrando en a la cocina.

- La esperaré con la mesa lista, señora.



Susana se perdió tras la puerta del dormitorio. Se cruzó con su imagen en el espejo y se horrorizó. Se vio pálida y ojerosa… se metió en el baño; una ducha la reconfortaría. Se duchó y vistió deprisa, cubrió las ojeras con el lápiz corrector y aplicó unas pinceladas de rubor a sus mejillas. Cepilló su pelo… y ya se iba cuando se acordó del perfume. A él le gusta el perfume –se dijo- se decidió por el "light blue", se puso un poquito en el cuello y en el pelo. Se miró de reojo en el espejo; éste le devolvió una imagen más aceptable. Ya no era una pendeja, pero bueno ¡él tampoco! Al abrir la puerta del dormitorio el olor a café recién hecho y a pan tostado le despertaron el apetito. Gustavo había estado incursionando por la heladera encontrando miel, manteca, naranjas, un paquete de pan lactal, y allí sobre la mesa lucían unas apetitosas tostadas ya untadas y dos grandes vasos de jugo junto a las tazas de café. El la miró intensamente.



- Qué lindos ojos tenés –le dijo. Susana no supo qué contestar, ¡cuánto hacía que no recibía un piropo!

- Voy por las servilletas…

- ¿Para qué? Si con el rollo de papel nos arreglamos, no te preocupes.

- Bueno, como quieras…

- ¿Cuánta azúcar le ponés?

- Una cucharadita nomás, gracias.



Le pasó la taza, bebieron, comieron, comentaron sobre el tiempo, qué cambiante, que no había hecho demasiado frío en lo que iba del invierno, pero la humedad, qué molesta la humedad, pero hoy sí que hacía frío, pero acá está tan agradable, quién iba a decir que el nuevo gobierno iba a empezar con el pie derecho, qué bueno lo de Zaffaroni, pero hay opiniones encontradas.

Gustavo mordió la última tostada y ofreciéndosela le dijo:



- ¿Querés un pedacito?

- No, no… comela vos.

- Dale, mordé … no seas tímida- le dijo - acercándosela a la boca. ¿Sabés que ese camisón te quedaba precioso? Podía verte a través de él tal como te soñaba…



Susana abrió la boca (ruborizada) y mordió la tostada. Una gota de miel quedó prendida en sus labios. Gustavo se acercó y la besó suavecito…







Abrió los ojos, estaba oscuro; el reloj marcaba las 21 hs. en brillantes números verdes; se desconcertó… -estuve soñando-, pensó. Se abrazó a la almohada y sintió el perfume inconfundible de Gustavo, ese que ella aspiraba cada mañana cuando él se iba a trabajar. Se sentó, encendió el velador y encontró una nota sobre la mesa de luz. "Gracias por este cachito de felicidad. Si querés que vayamos juntos a cenar, golpeá tres veces la pared de tu cuarto que comunica con el mío; estaré esperando tu llamado." Algunas lágrimas resbalaron por su rostro, le asustaba sentirse feliz.



Besos!!

Patricia

No hay comentarios: