jueves, 27 de septiembre de 2007

El loco del tiempo

cuentos


Emiliano Almerares

Ignacio Rivarola se levantó un domingo por la mañana y fue corriendo
a mirar por la ventana. A pesar de que eran las nueve, parecía de
noche y llovía a cántaros. Le dio mucha bronca porque al mediodía se
juntaban en lo del gordo Rubén a comer un asado. Y ¡con las ganas que
tenía de comer asado! Encima el gordo boludo este tiene la parrilla
afuera, pensó. ¡Por qué no parará de llover!, dijo en voz alta. Un
minuto más tarde, el cielo se aclaró y la lluvia cesó. De más está
decir que fue pura casualidad, una de esas locuras impredecibles del
tiempo, pero a él se le antojó pensar que tenía un poder especial
sobre el estado del tiempo.
Lo ayudó a consolidar esta convicción el hecho que tuviera la misma
suerte en un par de ocasiones más. Sin embargo, la mayoría de las
veces, su deseo no coincidía con las condiciones meteorológicas, pero
él, en su locura, creía que se le había concedido su pedido. Por
ejemplo, se levantaba con ganas de ir a la playa y al ver que estaba
lloviendo, se acercaba a la ventana y decía como si tal cosa, con voz
imperativa: QUE PARE DE LLOVER, CARAJO, QUE TENGO QUE IR A LA PLAYA.
Afuera seguía lloviendo como antes, a veces incluso, con más
intensidad, no obstante, él se ponía la malla, las ojotas, una
remera, ponía un toallón y el bronceador en la mochila, agarraba la
reposera y se iba a la playa. Horas más tarde, volvía a su casa y se
encremaba bien todo el cuerpo para que no se le pelara la piel. Al
otro día, le llamaba mucho la atención que nadie le comentara lo
bronceado que estaba. Esto se debía mayormente, a que la lluvia no
broncea, razón por la cual estaba blanco como la leche. Si se
resfriaba lo atribuía a una insolación, no al hecho que había estado
tres horas acostado sobre la arena bajo la lluvia.
En una oportunidad, se agarró a trompadas con un pintor que le estaba
pintando el frente de la casa. En determinado momento, empezó a
llover. El pintor se bajó de la escalera y empezó a guardar sus
elementos. Al verlo Ignacio le dijo: ¿Qué hace? Me voy. No puedo
trabajar con lluvia, le respondió el pintor. No, no. Espere un
segundito. Miró para arriba y dijo: Que paré de llover en este mismo
momento que el señor tiene que trabajar. El pintor lo miró sonriendo:
Mañana nos vemos, don. No, no. Que mañana nos vemos, protestó Ignacio
y le sacó el bolso de la mano. Siga trabajando. ¿No ve que ya paró de
llover? Vago de mierda. Desaprobando el accionar de Ignacio, el pintor
lo empujó y recuperó su bolso. Esto hizo que Ignacio perdiera la
compostura y se le abalanzara al pintor para pegarle. Los detalles de
la lucha son irrelevantes, sólo diré a modo informativo que Ignacio
medía 1, 70 y pesaba 63 kilos, mientras que el pintor casi 2 metros y
tres cifras de peso.
Este "don" tampoco le trajo mucha suerte con las mujeres. Supónganse.
Un día se levantaba melancólico y al ver que afuera había un sol que
rajaba la tierra, pedía que lloviera y salía con sobretodo y paraguas.
Si veía alguna señorita que le interesaba, la cual por supuesto no
llevaba paraguas, se le acercaba y le decía: Discúlpeme señorita, noto
que ha olvidado su paraguas y se le está mojando todo su precioso
cuerpo humano. Permitame por favor, que la cubra con el mío. Cuando
tenía suerte, le encajaban un castañazo y se alejaban. Cuando no, era
arrestado por la fuerza pública. El atribuía este, para él, extraño
comportamiento de las mujeres a que ya no quedaban damas en el mundo.
Son unas atorrantas, le decía a sus amigos. Antes, por ejemplo, vos
ibas caminando por la calle y veías que a una señorita se le había
caído el pañuelo. Te acercabas y se lo levantabas. La más antipática
te miraba a los ojos y te agradecía con una sonrisa. La más simpática
te daba el teléfono. Ahora te pasa eso y en una de esas te dicen que
por qué te metés en donde no te llaman. Que gracias a Dios, ella
tiene manos para levantarlo. Yo ya no entiendo más nada, viejo.
Un verano que había amanecido soleado y con calor, desayunó y salió
para la playa. Cuando estaba por llegar, de pronto el cielo se
oscureció y empezó a llover abundantemente. Corrió a resguardarse bajo
un techo. El mismo techo que había elegido una señorita con el mismo
fin. De repente, como si se hubieran puesto de acuerdo, dijeron a
coro: "Que pare de llover". Los dos se miraron y supieron que habían
encontrado a su otra mitad. Tuvieron esa suerte que ocurre una vez en
un millón de enamorarse apasionadamente en ese mismo momento. Se
tomaron de la mano y convencidos los dos de que el sol brillaba en su
máximo esplendor, se fueron a "tomar sol" bajo la lluvia. Dos meses
más tarde, se casaron y tuvieron dos mellizos hermosos. Un varón y una
mujer. Al principio, todo iba bien, porque solamente eran dos los que
tenían que ponerse de acuerdo acerca de como iba estar el clima. Pero
cuando los mellizos empezaron a crecer, también convencidos de que
tenían el mismo poder que sus padres, fue un problema. Empezaban a
pelearse y uno ordenaba que hiciera calor, mientras el otro exigía que
hiciera frío. Para llevarle la contra al otro nada más. Ignacio se
enfurecía: "Terminenla de una vez. Nos vamos a enfermar con tantos
cambios de clima. Tiraba una moneda al aire y según quien ganaba se
determinaba la condición meteorológica. "Seca. Que haga calor y no se
habla más. Y ojito con cambiarlo porque hago que llueva toda la semana
y no van a poder ir a la playa".
Así pasaban los días de esta extraña familia. Mayormente, sin
sobresaltos ni grandes preocupaciones. El problema empezó cuando
Ignacio perdió el trabajo. Lo echaron porque al menos una o dos veces
por semana faltaba, con la excusa que, según él, los accesos al
centro de la ciudad se encontraban inaccesibles por un temporal de
lluvia y viento.
Pasaban los meses y no podía conseguir otro empleo. Tuvo que salir a
trabajar su mujer, que, como era más linda que él, consiguió
enseguida. Entró de meteoróloga en un canal de cable. Pueden
imaginarse lo que duró. La gente es muy envidiosa, dijo cuando la
echaron. Ignacio, mientras tanto, cayó en una depresión muy grande.
Todos los días hacía que lloviera para intensificar su estado. Una
mañana, no soporto más la situación en que se encontraba y decidió dar
por terminada su patética existencia. Fue a la playa, se subió a un
médano y mirando el cielo, llorando, dijo: "Que me parta un rayo".
Como la mayoría de las veces, su orden no obtuvo los resultados
esperados. Ni siquiera una nube apareció. Pero él, como siempre, creyó
en su poder, cayó fulminado en ese mismo momento y se sacudió en la
arena como diez minutos hasta que se dio por muerto.
En la actualidad, vaga por las calles de Mar del Plata sin rumbo, con
la mirada perdida, convencido de que es un fantasma que sólo
encontrará paz en su alma cuando vuelva a pasar el cometa Halley. No
me pregunten que tiene que ver el cometa en esta historia. Tómenlo
como de quien viene. Todos los días visita su tumba. En la lapida
dice "Ignacio Riva". Según él, un error, por falta de espacio, de los
empleados del cementerio.

Emi

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