jueves, 20 de septiembre de 2007

ENTRE CEBADA Y CEBADA, RONDA LA HISTORIA

Long-Ohni

lomejordemuestrario


Tupá, el Dios del Bien, bajó a la tierra para enseñarles a los tupí guaraníes a usar la yerba, a secarla y a triturarla y puso a los yerbatales bajo la protección de un anciano y su nieta: Caá Yará y Caá Yarí. Y los naturales se las ingeniaron con una calabacita para beber la infusión. Este recipiente originario tiene su nombre propio en guaraní: “caaiguá”. Y su significado es bien preciso: “caá” significa “yerba”, “i” quiere decir “agua” y “guá” indica “vasija”. Pero no termina aquí la riqueza de la lengua guaraní puesto que también para la bombilla contaban con un vocablo, “tacuapí”, dentro del cual “tacuá” significa “caña hueca” y “apí”, de condición “lisa”.

Y entonces, ¿cómo es que a la infusión que se prepara con Ilex paraguariensis es conocida hoy con el simple nombre de “mate”? Es que a los conquistadores les resultaba tan difícil la fonética del guaraní que eligieron el vocablo “máti”, nombre con el que lo quechuas denominaban a esta calabacita recipiente, para referirse a esta bebida extraña y desde allí, por deformación, que terminó en “mate” cerca de 1570, unos años después de que Domingo Martínez de Irala recorriera la zona del Guairá, donde le llamó la atención la buena salud de los nativos y la costumbre de beber esa exótica infusión de sabor amargo en una calabacita.

Cierto es que los naturales la consumían como bebida refrescante, pero también como bebida ritual que expulsaba los males del cuerpo. Parece que desde el principio los españoles vieron con muy malos ojos esta práctica y en particular los evangelizadores estigmatizaron el ritual de este cáliz pagano por considerarlo un vicio satánico capaz de destruir al género humano. Y así el inocente mate pasó a ser “bebida del diablo” perseguida por autoridades civiles y religiosas, a tal punto que su uso estuvo prohibido bajo pena de excomunión.

Sin embargo, muchos de los mismos misioneros jesuitas, curiosos por saber qué gusto había en sorber esa bebida, terminaron probándola y adoptándola durante el siglo XVII. Y todavía más: perfeccionaron la bombilla natural de caña tacuara agregándole en un extremo una malla fina de fibras vegetales que permitiera filtrar la infusión.

Pero la batalla del mate aún no estaba ganada pues seguía teniendo férreos detractores. Un funcionario de la época afirma en una carta:”Es una vergüenza que mientras los indios la toman una sola vez al día, los españoles lo hacen todo el día”. Otro más, envió una carta al rey en la cual informaba acerca de “este vicio abominable y sucio que es tomar yerba con gran cantidad de agua caliente” y sentencia que “hace a los hombres holgazanes y que es total ruina de la Tierra”.

Según lo observado por el Adelantado Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) en 1592 y relatado por Ruíz Díaz de Guzmán en “Breve historia de etapas de conquista” (1612), los indios llevaban junto a las armas unas pequeñas bolsas de cuero o “guayacas” en las que guardaban las hojas de yerba mate triturada y tostada cosa de tenerla a mano en sus largas marchas o tareas diarias. Es de estimar que la primera mala impresión que Hermandarias tuvo sobre el mate, no cejó, puesto que el 20 de mayo de 1616, siendo Gobernador de Buenos Aires, dicta un decreto de prohibición estableciendo que comprar y vender yerba eran dos actos delictivos que debían ser castigados gravemente. Mandó entonces secuestrar toda la yerba de la ciudad y una parte fue quemada en la Plaza Mayor y otra arrojada al río.

Sin embargo, el mate sobrevivió y fue aceptado como bebida estimulante, al igual que el té, cuando los personajes más importantes de Asunción la incorporaron a su dieta. Y así fue que, a pesar de todas las prevenciones, el “vicio” fue en aumento y no sólo por razones de costumbre, puesto que los españoles descubrieron que la explotación del ilex era también un excelente negocio y los propios jesuitas establecieron plantaciones en lugares más accesibles que “el infierno verde” en el interior del Paraguay, cultivo sistemático que regentearon hasta que fueron expulsados de esta parte de América en 1756.

Así las cosas, el mate escaló posiciones según lo revelan las transformaciones del recipiente original. De las primitivas calabazas simples y humildes como la “galleta” (calabaza aplastada con la boca al costado), el “poro” (con forma de pera) y el “galleta con manija” (con un asa en forma de pico) se pasó a los mates de calabacita ornamentados y enriquecidos con trabajos de plata e incluso de oro. Al llegar a Bolivia (en especial q Potosí, la ciudad de los reyes) y al Perú, puntos clave del desarrollo virreinal, el mate y sus accesorios pasaron a ser verdaderas obras de arte ejecutadas por los más delicados orfebres de la época, tanto de estas tierras como maestros europeos, en especial, italianos.

El mate, en manos de las clases altas de la sociedad colonial, terminó siendo un símbolo de status y marcaba tendencias y durante siglos los estilos denunciaron las modas que venían de Europa, se tratara de las primitivas calabazas recubiertas de plata, con diseños lisos durante la colonia y más repujados a medida que avanzaba el siglo XIX o de recipientes totalmente forjados en oro como los de Potosí hacia 1780, de clara inspiración rococó.

A pesar de todas las vicisitudes y los malos presagios de épocas remotas, el mate hizo su historia y sigue vivo. Quedan, como testimonios de su voluntad de permanencia y de conquista, piezas que atestiguan su devenir, desde los sencillos mates pampas y araucanos a otros ilustres, como el austero mate de campaña del General San Martín y su contracara, el mate “atado” de calabaza, con adorno y bombilla de oro, el “Mate Federal” que perteneció a Encarnación Escurra de Rosas; los mates de Marcelo Torcuato de Alvear y el de Hipólito Irigoyen; mates de indudable filiación con la estética del Art nouveau y del Japanisme; sofisticados mates de porcelana hechos en Inglaterra y Alemania que supieron tener gran difusión entre las familias adineradas rioplatenses del 1900 y hasta el mate que perteneció a Eva Perón, hecho en Francia en 1950, de plata y porcelana y con sus iniciales grabadas.

La costumbre de esta infusión no sólo traspasó el tiempo sino las clases sociales y se convirtió en un elemento distintivo que acompañó el paso de la historia, desde la colonización a nuestros días. Omnipresente en la vida argentina y más allá de nuestras fronteras, el mate criollo pervive en los ranchos más humildes, en las casas más distinguidas y hasta en las oficinas como símbolo de hospitalidad, compañero de charlas y silencios, ceremonia que linda con lo sagrado y en la que la ritualidad sigue vigente, se trate del arte de la cebadura, se trate del “mapa matero”, pues cada pago tiene sus tradiciones, se trate, en fin, de lo que el mate “dice” por sí mismo.

En el arte de la cebadura, las reglas, según las zonas, suelen ser implacables, pero se pueden reconocer, al menos, dos estilos definidos: el “resero o tropero”, en el que cada uno ceba y toma pasando pava y mate al siguiente y la cebadura “estrella”, en la que el que ceba se sienta en el centro y reparte aunque también toma.

En cuanto al “mapa matero”, en la Mesopotamia y Formosa hay mate de verano, “tereré” o mate helado y mate de invierno cebado en “porongo”. En Chaco, el azúcar y la leche en lugar del agua son gestos de buen gusto, los salteños se inclinan por el mate amargo y sencillo mientras que en Santiago del Estero es costumbre tomarlo con miel, en La Rioja, Catamarca, San Luis y Córdoba será bien caliente, con azúcar y los aromas de la peperina, el poleo o la tala así como la menta y la cáscara de naranja, en tanto que en la llanura pampeana y Chubut se vuelve otra vez amargo. Y así como gustos hay variedad de tipos de mate, se trate de la originaria calabaza, el de palo santo (en Chaco y Formosa), el de caña (particularmente del noroeste) y el de calabaza forrada con piel de testículo de toro, frecuente en Chubut y en el Uruguay.

Más allá, el ritual del mate cuenta con un vocabulario propio que forma parte de nuestras tradiciones, porque el mate “habla” y el asunto es comprender su mensaje. El mate amargo será “cimarrón” e indicará indiferencia, cuando quema se dice que “está pelando un chancho” y suele significar que el que ofrece arde de amor, pero si está frío se dirá que es “mate de hospital” y podrá entenderse como desprecio. Al que viene muy dulce se le dice “guarapo” o “mate misqui”, para los santiagueños, pero indicará amistad. El mate con cáscaras de naranja se interpretará como “venga a buscarme” y, por el contrario, el mate tapado deberá entenderse como “búsquese otra” así como el mate lavado, “váyase a tomar a otro lugar”. Mientras el mate con leche se entenderá como estima, el mate con café nos dirá que la ofensa está perdonada. Un diálogo singular que no deja de tener sus misterios.

Pero hasta en lo más general, el mate tiene sus dichos: al primer mate cebado se lo llama “el del zonzo” y al último “el del estribo” y si la bombilla se tapa será “mate trancao” mientras que si lo ceba uno tras otro una misma persona se dirá que “se le enciman los mates como mosquetes de loco”. Y aunque resulte curioso, si alguien promete algo y no lo cumple, le dirán que es como “el mate de las Morales” según el dicho popular, porque parece que estas mujeres se iban siempre en promesas.

El mate, en fin, ha llegado incluso hoy a imbuirse de religiosidad. No hace demasiado, el Día de los Santos Mártires de Caaró se entronizó en la Catedral de Buenos Aires el Santo del Mate, imagen de San Roque González de Santa Cruz, hijo del conquistador Bartolomé González, llegado con Pedro de Mendoza, quien nació en Asunción y ya adulto ingresó en la Compañía de Jesús. Muerto en un levantamiento de hechiceros en 1628 fue canonizado por el papa Juan Pablo II. El ceramista José María Lanús, autor de la imagen, se basó en un retrato perdido y redescubierto por el padre Furlong en Córdoba a comienzos del siglo XX, pero a diferencia de la tela que lo muestra con el corazón en la mano, el artista lo presenta con un matecito de plata aludiendo a la difusión que los jesuitas hicieron del “caá” en beneficio de los naturales.

Y no queda en esta singular imagen el asunto. Noticias se tienen sobre una advocación a la Virgen como Nuestra Señora Gaucha del Mate, humilde e ingenua paisanita que porta como atributos la pava y el mate y que revela la expansión de la religiosidad en lo que hace a nuestras costumbres criollas.

El mate, a no dudarlo, no conoce derrota. Luego de conquistar la América Latina, se extendió a Medio Oriente, a Siria y El Líbano de manos de los inmigrantes que retornaron a sus tierras y a los Estados Unidos, en particular, a la Florida y California. Madonna lo toma. Mel Gibson lo toma. Y hasta los chinos lo toman. Así que ni siquiera podrá resultar curioso que en la lejana Siberia, hoy día, se fabriquen mates confeccionados en madera de tilo siberiano que, al igual que las conocidas “matrioshkas”, se presentan decorados con diseños que provienen del arte iconográfico religioso.

Entre cebada y cebada, el mate trazó su historia, que es la nuestra.

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